Discursos sobre la presencia
Sandra val, Ana de Alvear, Cristobal Ochoa, Mareo Rodríguez yKmilo Morales
Sandra val, Ana de Alvear, Cristobal Ochoa, Mareo Rodríguez yKmilo Morales
Texto para la exposición «Confluencias Vitales» en Ahorita Ahorita
Enciclopedias, atlas, el Oriente y el Occidente, siglos, dinastías, símbolos, cosmos y cosmogonías brindan los muros, pero inútilmente.
Borges veía su biblioteca como un lugar de lo eternamente sublime, un conocimiento incontenible ante el que estaba presente, tanto física como mentalmente. El escritor, que vivió entre dos continentes, supo a través de su fantasía canalizar la ancestralidad y la contemporaneidad de dos extremos que se han encontrado en constante sintonía y que en esta muestra se vuelven a reunir.
Confluencias vitales está planteada como un diálogo mestizo entre tres artistas europeas y tres artistas latinoamericanos, un balance entre técnicas y almas que transitan entre los elementos que componen la naturaleza y otras energías que van más allá de la materia que limita nuestro mundo. Hay algo de ritual, una reminiscencia suprasensible que podemos intuir tras las obras aquí reunidas. Estas tienden a la abstracción, por ser este el territorio donde las fronteras de la mímesis o de la realidad son difuminadas y las energías liberadas. El mítico tratado de la Grecia clásica titulado De lo sublime — aún hoy día de autoría incierta — habla de la necesidad de la imaginación como forma de transportar y lograr ese concepto indeterminado que actúa en la órbita de lo psicológico con una fuerza implacable. El autor de dicho tratado habla también de las diferentes fuentes que nos derivan a tal fin, de los llamados «instintos naturales» y, aunque sea esta una cosa recibida más que adquirida, nos anima a elevar nuestra percepción a todo lo que sea grandioso y a surtirla constantemente de los nobles arrebatos de los que nace el arte. En sintonía con este marco, es posible identificar la imaginación, la pasión, la elevación y la mimesis creativa en la obra de estos y estas artistas, pues al dejarnos envolver por el aura que desprenden — como si de una práctica estética se tratase — nos permiten acceder a unos espacios ficticios donde la naturaleza es, de nuevo, una fuente no solo de inspiración, sino de experiencia, de aprendizaje y, sobre todo, una posibilidad alternativa de conocimiento. El resto de lo sublime, pensado en términos del filósofo clásico, se sitúa al nivel de la téchne: el uso apropiado de figuras de pensamiento y dicción, la noble elección del lenguaje y los extraordinarios ritmos y composiciones que dominan en estos trabajos son también capaces de transcender cualquier discurso sobre destrezas y equipararse a dicho término.
No solo se trata de pintura, dibujo, escultura o sonido, sino que podemos ver cómo la presencia, nuestra presencia, evoca un paisaje, modifica el espacio y a su vez incide en su lectura. Es un órgano hecho lugar. Y aunque la obra de un artista será siempre inseparable del mundo de la significación del que, por ejemplo, obtiene su legitimidad la disciplina iconológica, el espectador acaba por eludir el objeto y alterar el orden en cuanto hace aparecer los límites inmanentes. Cada una de las obras aquí presentes es el descubrimiento de una ley del universo
en tanto y cuanto que exige una nueva forma de relacionarnos con el espacio que reconocemos. Un acto de conocimiento que se constituye como un discurso de la presencia y que hace énfasis en el lugar al que nos transportan estas piezas como espectadores: las obras de Mareo Rodriguez y de Sandra Val, e incluso la pieza sonora de Iga Vandenhove, nos trasladan directamente a otro lugar, construyen una atmósfera a nuestro alrededor por la que podemos transitar e incluso habitar. Es más, la obra de Mareo y Vandenhove se basa directamente en el más puro concepto romántico de lo sublime, buscando esa grandeza que acaba por apoderarse de nosotros al percibir las cosas sin término. Pero además se nos muestran otras alternativas, nuevos paisajes: Ana de Alvear nos engaña a través de sus prodigiosos dibujos realizados con lápices de colores que parecen ser captados con una lente fotográfica, «hiperdetalles» de fragmentos de cristales o platas que son erigidos como grandes construcciones fantásticas —lo insignificante se convierte en templo—. También Val parte de una concepción del espacio similar, reformulando y reconstruyendo por medio de materiales cerámicos los discursos vinculados a las arquitecturas rituales. Asimismo, la complejidad y el movimiento de los universos orgánicos y laberínticos de Cristobal Ochoa animan la sensación de un paisaje imposible y surrealista, que incluso parece respirar gracias al volumen conseguido con su característica técnica a base de imanes superpuestos sobre el lienzo. Son formas intuitivas, como también lo es el gesto de Kmilo Morales, el cual nos remite a una espiritualidad propia de oriente, a una pintura meditada, muchas veces concebida en el suelo — como si fuera la planta de un edificio — para reivindicar la escala humana dentro de la pintura y posicionarnos en un espacio puramente formal y pictórico.
Confluencias vitales nos traslada a otras superficies, con sus organizaciones propias y sus nervaduras secretas, con los espacios que las articulan y los tiempos que las producen; pero también a la representación de sus presencias, pues en cada trabajo se anuncia una subjetividad, un saber y una conciencia que, desde el fondo de su propia historia, trata de saber dónde posicionarnos para que aparezca lo que está agazapado detrás. Esa gran cosa vive dentro, surge de nosotros, se yergue y nos atrapa, aumentando desmesuradamente hasta intervenir las coordenadas habituales del espacio, hasta digerir aquello de lo que empezó siendo un apéndice. Una forma de acceder, a través del espacio mínimo que ocupa la obra de arte, a todo un universo de conocimiento, seres y creaciones humanas asombrosas. Y es que el asombro es, en última instancia, el efecto de lo sublime en su grado más alto.