Martes Santo - Liturgia

Martes 7 de abril A.D. 2020

OFICIO DE LECTURA


Invocación inicial

V Dios mío, ven en mi auxilio.

R Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Himno

¡Oh, cruz fiel, árbol único en nobleza!

Jamás el bosque dio mejor tributo

en hoja, en flor y en fruto.

¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

Cantemos la nobleza de esta guerra,

el triunfo de la sangre y del madero;

y un Redentor, que en trance de Cordero,

sacrificado en cruz, salvó la tierra.

Dolido mi Señor por el fracaso

de Adán, que mordió muerte en la manzana,

otro árbol señaló, de flor humana,

que reparase el daño paso a paso.

Y así dijo el Señor: «¡Vuelva la Vida,

y que el Amor redima la condena!»

La gracia está en el fondo de la pena,

y la salud naciendo de la herida.

¡Oh, plenitud del tiempo consumado!

Del seno de Dios Padre en que vivía,

ved la Palabra entrando por María

en el misterio mismo del pecado.


¿Quién vio en más estrechez gloria más plena,

y a Dios como el menor de los humanos?

Llorando en el pesebre, pies y manos

le faja una doncella nazarena.

En plenitud de vida y de sendero,

dio el paso hacia la muerte porque él quiso.

Mirad de par en par el paraíso

abierto por la fuerza de un Cordero.

Al Dios de los designios de la historia,

que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;

al que en la cruz devuelve la esperanza

de toda salvación, honor y gloria. Amén.

Salmodia

Ant. 1. Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.


Salmo 36

La verdadera y la falsa felicidad

Dichosos los sufridos, por que ellos heredarán la tierra (Mt 5, 4).

I

No te exasperes por los malvados,

no envidies a los que obran el mal:

se secarán pronto, como la hierba,

como el césped verde se agostarán.

Confía en el Señor y haz el bien,

habita tu tierra y practica la lealtad;

sea el Señor tu delicia,

y él te dará lo que pide tu corazón.

Encomienda tu camino al Señor,

confía en él, y él actuará:

hará tu justicia como el amanecer,

tu derecho como el mediodía.


Descansa en el Señor y espera en él,

no te exasperes por el hombre que triunfa

empleando la intriga:

cohíbe la ira, reprime el coraje,

no te exasperes, no sea que obres mal;

porque los que obran mal son excluidos,

pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.

Aguarda un momento: desapareció el malvado,

fíjate en su sitio: ya no está;

en cambio, los sufridos poseen la tierra

y disfrutan de paz abundante.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.


Ant. 2. Apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia.

II

El malvado intriga contra el justo,

rechina sus dientes contra él;

pero el Señor se ríe de él,

porque ve que le llega su hora.

Los malvados desenvainan la espada,

asestan el arco,

para abatir a pobres y humildes,

para asesinar a los honrados;

pero su espada les atravesará el corazón,

sus arcos se romperán.

Mejor es ser honrado con poco

que ser malvado en la opulencia;

pues al malvado se le romperán los brazos,

pero al honrado lo sostiene el Señor.


El Señor vela por los días de los buenos,

y su herencia durará siempre;

no se agostarán en tiempo de sequía,

en tiempo de hambre se saciarán;

pero los malvados perecerán,

los enemigos del Señor

se marchitarán como la belleza de un prado,

en humo se disiparán.

El malvado pide prestado y no devuelve,

el justo se compadece y perdona.

Los que el Señor bendice poseen la tierra,

los que él maldice son excluidos.

El Señor asegura los pasos del hombre,

se complace en sus caminos;

si tropieza, no caerá,

porque el Señor lo tiene de la mano.

Fui joven, ya soy viejo:

nunca he visto a un justo abandonado,

ni a su linaje mendigando el pan.

A diario se compadece y da prestado;

bendita será su descendencia.

Apártate del mal y haz el bien,

y siempre tendrás una casa;

porque el Señor ama la justicia

y no abandona a sus fieles.

Los inicuos son exterminados,

la estirpe de los malvados se extinguirá;

pero los justos poseen la tierra,

la habitarán por siempre jamás.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia.


Ant. 3. Confía en el Señor y sigue su camino.

III

La boca del justo expone la sabiduría,

su lengua explica el derecho;

porque lleva en el corazón la ley de su Dios,

y sus pasos no vacilan.

El malvado espía al justo

e intenta darle muerte;

pero el Señor no lo entrega en sus manos,

no deja que lo condenen en el juicio.

Confía en el Señor, sigue su camino;

él te levantará a poseer la tierra,

y verás la expulsión de los malvados.

Vi a un malvado que se jactaba,

que prosperaba como un cedro frondoso;

volví a pasar, y ya no estaba;

lo busqué, y no lo encontré.

Observa al honrado, fíjate en el bueno:

su porvenir es la paz;

los impíos serán totalmente aniquilados,

el porvenir de los malvados quedará truncado.

El Señor es quien salva a los justos,

él es su alcázar en el peligro;

el Señor los protege y los libra,

los libra de los malvados y los salva

porque se acogen a él.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Confía en el Señor y sigue su camino.


Versículo

V Cuando yo sea elevado sobre la tierra.

R Atraeré a todos hacia mí.


Primera lectura

De la carta a los Hebreos. 12, 1-13

Teniendo a Cristo por guía, corramos en la carrera

Hermanos: Una nube ingente de testigos nos rodea:

por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado

que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca,

sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa

nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato,

soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora

está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad

al que soportó la oposición de los pecadores, y no os

canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado

a la sangre en vuestra pelea contra el pecado. Habéis

olvidado la exhortación paternal que os dieron: «Hijo

mío, no rechaces la corrección del Señor, no te enfa-

des por su reprensión; porque el Señor reprende a los

que ama y castiga a sus hijos preferidos». Aceptad la

corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues,

¿qué padre no corrige a sus hijos? Si os eximen de la

corrección, que es patrimonio de todos, será que sois

bastardos y no hijos. Más aún, tuvimos por educadores

a nuestros padres carnales, y los respetábamos. ¿No

nos sujetaremos, con mayor razón, al Padre de nuestro

espíritu, para tener vida? Porque aquellos nos educaban

para breve tiempo, según sus luces; Dios, en cambio,

en la medida de lo útil, para que participemos de su

santidad. Ninguna corrección nos gusta cuando la

recibimos, sino que nos duele; pero, después de pasar

por ella, nos da como fruto una vida honrada y en paz.

Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las

rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así

el pie cojo, en vez de retorcerse, se curará.


Responsorio Heb 12, 2; Flp 2, 8


V El que inició y completa nuestra fe, Jesús, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.


R El que inició y completa nuestra fe, Jesús, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.


V Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte.

R Y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.


Segunda lectura

Del libro de san Basilio Magno, obispo, sobre el Espíritu Santo.

(Cap. 15, 35: PG 32, 127-130)

Es una sola la muerte en favor del mundo y una sola la resurrección

de entre los muertos

Nuestro Dios y Salvador realizó su plan de salvar al

hombre levantándolo de su caída y haciendo que pa-

sara del estado de alejamiento, al que le había llevado

su desobediencia, al estado de familiaridad con Dios.

Este fue el motivo de la venida de Cristo en la carne,

de sus ejemplos de vida evangélica, de sus sufrimientos,

de su cruz, de su sepultura y de su resurrección: que el

hombre, una vez salvado, recobrara, por la imitación

de Cristo, su antigua condición de hijo adoptivo. Y

así, para llegar a una vida perfecta, es necesario imitar

a Cristo, no solo en los ejemplos que nos dio durante

su vida, ejemplos de mansedumbre, de humildad y de

paciencia, sino también en su muerte, como dice Pablo,

el imitador de Cristo: Muriendo su misma muerte, para

llegar un día a la resurrección de entre los muertos. Mas,

¿de qué manera podremos reproducir en nosotros su

muerte? Sepultándonos con él por el bautismo. ¿En qué

consiste este modo de sepultura, y de qué nos sirve el

imitarla? En primer lugar, es necesario cortar con la vida

anterior. Y esto nadie puede conseguirlo sin aquel nuevo

nacimiento de que nos habla el Señor, ya que la regene-

ración, como su mismo nombre indica, es el comienzo

de una vida nueva. Por esto, antes de comenzar esta

vida nueva, es necesario poner fin a la anterior. En esto

sucede lo mismo que con los que corren en el estadio:

estos, al llegar al fin de la primera parte de la carrera,

antes de girar en redondo, necesitan hacer una pequeña

parada o pausa, para reemprender luego el camino de

vuelta; así también, en este cambio de vida, era nece-

sario interponer la muerte entre la primera vida y la

posterior, muerte que pone fin a los actos precedentes

y da comienzo a los subsiguientes. ¿Cómo podremos,

pues, imitar a Cristo en su descenso a la región de los

muertos? Imitando su sepultura mediante el bautismo.

En efecto, los cuerpos de los que son bautizados que-

dan, en cierto modo, sepultados bajo las aguas. Por

esto el bautismo significa, de un modo misterioso, el

despojo de las obras de la carne, según aquellas palabras

del Apóstol: Fuisteis circuncidados con una circuncisión

no hecha por hombres, cuando os despojaron de los bajos

instintos de la carne, por la circuncisión de Cristo. Por el

bautismo fuisteis sepultados con él, ya que el bautismo en

cierto modo purifica el alma de las manchas ocasiona-

das en ella por el influjo de esta vida en carne mortal,

según está escrito: Lávame: quedaré más blanco que la

nieve. Por esto reconocemos un solo bautismo salvador,

ya que es una sola la muerte en favor del mundo y una

sola la resurrección de entre los muertos, y de ambas

es figura el bautismo.


Responsorio Rom 6, 3. 5. 4a

V Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Porque, si hemos que dado incorporados a él por una muerte como la suya, lo estaremos también por una resurrección como la suya.


R Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Porque, si hemos quedado incorporados a él por una muerte como la suya, lo estaremos también por una resurrección como la suya.


V Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte.

R Porque, si hemos quedado incorporados a él por una muerte como la suya, lo estaremos también por una resurrección como la suya.

Oración

Oremos.

DIOS todopoderoso y eterno, concédenos participar de tal modo en las celebraciones de la pasión del Señor, que merezcamos tu perdón.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

R Amén.

Conclusión

V Bendigamos al Señor.

R Demos gracias a Dios.


ORACIÓN DE LA MAÑANA

LAUDES


Invocación inicial

V Dios mío, ven en mi auxilio.

R Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Himno

I

¡Oh, cruz fiel, árbol único en nobleza!

Jamás el bosque dio mejor tributo

en hoja, en flor y en fruto.

¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

Vinagre y sed la boca, apenas gime;

y, al golpe de los clavos y la lanza,

un mar de sangre fluye, inunda, avanza

por tierra, mar y cielo, y los redime.

Ablándate, madero, tronco abrupto

de duro corazón y fibra inerte;

doblégate a este peso y esta muerte

que cuelga de tus ramas como un fruto.

Tú, solo entre los árboles, crecido

para tender a Cristo en tu regazo;

tú, el arca que nos salva; tú, el abrazo

de Dios con los verdugos del Ungido.

Al Dios de los designios de la historia,

que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;

al que en la cruz devuelve la esperanza

de toda salvación, honor y gloria. Amén.


II

Jesús de María,

Cordero santo,

pues miro vuestra sangre,

mirad mi llanto.

¿Cómo estáis de esta suerte,

decid, Cordero casto,

pues, naciendo tan limpio,

de sangre estáis manchado?

La piel divina os quitan

las sacrílegas manos,

no digo de los hombres,

pues fueron mis pecados.

Bien sé, Pastor divino,

que estáis subido en alto,

para llamar con silbos

tan perdido ganado.

Ya os oigo, Pastor mío,

ya voy a vuestro pasto,

pues como vos os dais

ningún pastor se ha dado.

¡Ay de los que se visten

de sedas y brocados,

estando vos desnudo,

solo de sangre armado!

¡Ay de aquellos que manchan

con violencia sus manos,

los que llenan su boca

con injurias y agravios!

Nadie tendrá disculpa

diciendo que cerrado

halló jamás el cielo,

si el cielo va buscando.

Pues vos, con tantas puertas

en pies, mano y costado,

estáis de puro abierto

casi descuartizado.

¡Ay si los clavos vuestros

llegaran a mí tanto

que clavaran al vuestro

mi corazón ingrato!

¡Ay si vuestra corona,

al menos por un rato,

pasara a mi cabeza

y os diera algún descanso! Amén.


Salmodia


Ant. 1. Defiende mi causa, Señor, sálvame del hombre traidor y malvado.

Salmo 42 (Deseo del templo. Yo he venido al mundo como luz (Jn 12, 46).


Hazme justicia, oh, Dios, defiende mi causa

contra gente sin piedad,

sálvame del hombre traidor y malvado.

Tú eres mi Dios y protector,

¿por qué me rechazas?,

¿por qué voy andando sombrío,

hostigado por mi enemigo?

Envía tu luz y tu verdad:

que ellas me guíen

y me conduzcan hasta tu monte santo,

hasta tu morada.

Que yo me acerque al altar de Dios,

al Dios de mi alegría;

que te dé gracias al son de la cítara,

Dios, Dios mío.

¿Por qué te acongojas, alma mía,

por qué te me turbas?

Espera en Dios, que volverás a alabarlo:

«Salud de mi rostro, Dios mío».

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Defiende mi causa, Señor, sálvame del hombre traidor y malvado.


Ant. 2. Te encargaste de defender mi causa y de salvar mi vida, Señor, Dios mío.


(Cántico Is 38, 10-14. 17-20. Angustias de un moribundo y alegría de la curación

Yo soy el que vive; estaba muerto, y tengo las llaves de la muerte (Ap 1, 18)).


Yo pensé: «En medio de mis días

tengo que marchar hacia las puertas del abismo;

me privan del resto de mis años».

Yo pensé: «Ya no veré más al Señor

en la tierra de los vivos,

ya no miraré a los hombres

entre los habitantes del mundo.

Levantan y enrollan mi vida

como una tienda de pastores.

Como un tejedor, devanaba yo mi vida,

y me cortan la trama».

Día y noche me estás acabando,

sollozo hasta el amanecer.

Me quiebras los huesos como un león,

día y noche me estás acabando.

Estoy piando como una golondrina,

gimo como una paloma.

Mis ojos mirando al cielo se consumen:

¡Señor, que me oprimen, sal fiador por mí!

Me has curado, me has hecho revivir,

la amargura se me volvió paz

cuando detuviste mi alma ante la tumba vacía

y volviste la espalda a todos mis pecados.

El abismo no te da gracias,

ni la muerte te alaba,

ni esperan en tu fidelidad

los que bajan a la fosa.

Los vivos, los vivos son quienes te alaban:

como yo ahora.

El padre enseña a sus hijos tu fidelidad.

Sálvame, Señor, y tocaremos nuestras arpas

todos nuestros días en la casa del Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Te encargaste de defender mi causa y de salvar mi vida, Señor, Dios mío.


Ant. 3. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

Salmo 64 (Solemne acción de gracias)


Cuando se habla de Sión

debe entenderse de la ciudad

eterna (Orígenes).


Oh, Dios, tú mereces un himno en Sion,

y a ti se te cumplen los votos,

porque tú escuchas las súplicas.

A ti acude todo mortal

a causa de sus culpas;

nuestros delitos nos abruman,

pero tú los perdonas.

Dichoso el que tú eliges y acercas

para que viva en tus atrios:

que nos saciemos de los bienes de tu casa,

de los dones sagrados de tu templo.

Con portentos de justicia nos respondes,

Dios, salvador nuestro;

tú, esperanza del confín de la tierra

y del océano remoto;

tú que afianzas los montes con tu fuerza,

ceñido de poder;

tú que reprimes el estruendo del mar,

el estruendo de las olas

y el tumulto de los pueblos.

Los habitantes del extremo del orbe

se sobrecogen ante tus signos,

y a las puertas de la aurora y del ocaso

las llenas de júbilo.

Tú cuidas de la tierra, la riegas

y la enriqueces sin medida;

la acequia de Dios va llena de agua,

preparas los trigales;

riegas los surcos, igualas los terrones,

tu llovizna los deja mullidos,

bendices sus brotes;

coronas el año con tus bienes,

tus carriles rezuman abundancia;

rezuman los pastos del páramo,

y las colinas se orlan de alegría;

las praderas se cubren de rebaños,

y los valles se visten de mieses,

que aclaman y cantan.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó

con los crímenes de ellos.


Lectura breve Zac 12, 10-11a

DERRAMARÉ sobre la dinastía de David y sobre

los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia

y de clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron,

harán llanto como llanto por el hijo único, y llorarán

como se llora al primogénito. Aquel día será grande

el luto de Jerusalén.


Responsorio breve

V Nos has comprado, Señor, con tu sangre.

R Nos has comprado, Señor, con tu sangre.

V De toda raza, lengua, pueblo y nación.

R Con tu sangre.

V Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R Nos has comprado, Señor, con tu sangre.

Cántico evangélico

Ant. Glorifícame, Padre, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.

Benedictus Lc 1, 68-79

El Mesías y su Precursor


Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando la misericordia

que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tinieblas

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Glorifícame, Padre, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.

Preces

Acudamos a Cristo, nuestro Salvador, que nos redimió

con su muerte y resurrección, y supliquémosle, diciendo:

Señor, ten piedad de nosotros.

1. Tú que subiste a Jerusalén para sufrir la pasión y

entrar así en la gloria,

— conduce a tu Iglesia a la Pascua eterna.

2. Tú que exaltado en la cruz quisiste ser atravesado

por la lanza del soldado,

— sana nuestras heridas.

3. Tú que convertiste el madero de la cruz en árbol

de vida,

— haz que los renacidos en el bautismo gocen de la

abundancia de los frutos de este árbol.

4. Tú que clavado en la cruz perdonaste al ladrón

arrepentido,

— perdónanos también a nosotros, pecadores.

Padre nuestro.

Oración

DIOS todopoderoso y eterno,

concédenos participar de tal modo

en las celebraciones de la pasión del Señor,

que merezcamos tu perdón.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,

que vive y reina contigo

en la unidad del Espíritu Santo y es Dios

por los siglos de los siglos.

R Amén.

Conclusión

V El Señor nos bendiga,

nos guarde de todo mal

y nos lleve a la vida eterna.

R Amén.


ORACIÓN DEL ATARDECER

VÍSPERAS


Invocación inicial

V Dios mío, ven en mi auxilio.

R Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Himno

¡Victoria!, tú reinarás.

¡Oh, cruz, tú nos salvarás!

El Verbo en ti clavado, muriendo, nos rescató;

de ti, madero santo, nos viene la redención.

Extiende por el mundo tu reino de salvación.

¡Oh, cruz fecunda, fuente de vida y bendición!

Impere sobre el odio tu reino de caridad;

alcancen las naciones el gozo de la unidad.

Aumenta en nuestras almas tu reino de santidad;

el río de la gracia apague la iniquidad.

La gloria por los siglos a Cristo libertador,

su cruz nos lleva al cielo, la tierra de promisión.

Salmodia


Ant. 1. Oía el cuchicheo de la gente: «Pavor en torno». Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado.


Salmo 48

Vanidad de las riquezas


¡Difícilmente entrará un rico en

el reino de los cielos (Mt 19, 23).

I

Oíd esto, todas las naciones;

escuchadlo, habitantes del orbe:

plebeyos y nobles, ricos y pobres;

mi boca hablará sabiamente,

y serán muy sensatas mis reflexiones;

prestaré oído al proverbio

y propondré mi problema al son de la cítara.

¿Por qué habré de temer los días aciagos,

cuando me cerquen y acechen los malvados

que confían en su opulencia

y se jactan de sus inmensas riquezas,

si nadie puede salvarse

ni dar a Dios un rescate?

Es tan caro el rescate de la vida,

que nunca les bastará

para vivir perpetuamente

sin bajar a la fosa.

Mirad: los sabios mueren,

lo mismo que perecen los ignorantes y necios,

y legan sus riquezas a extraños.

El sepulcro es su morada perpetua

y su casa de edad en edad,

aunque hayan dado nombre a países.

El hombre no perdura en la opulencia,

sino que perece como los animales.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oía el cuchicheo de la gente: «Pavor en torno». Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado.


Ant. 2. Sé tú mi fiador ante ti mismo, pues, ¿quién, si no, será mi garante?

II

Este es el camino de los confiados,

el destino de los hombres satisfechos:

son un rebaño para el abismo,

la muerte es su pastor,

y bajan derechos a la tumba;

se desvanece su figura,

y el abismo es su casa.

Pero a mí, Dios me salva,

me saca de las garras del abismo

y me lleva consigo.

No te preocupes si se enriquece un hombre

y aumenta el fasto de su casa:

cuando muera, no se llevará nada,

su fasto no bajará con él.

Aunque en vida se felicitaba:

«Ponderan lo bien que lo pasas»,

irá a reunirse con sus antepasados,

que no verán nunca la luz.

El hombre rico e inconsciente

es como un animal que perece.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sé tú mi fiador ante ti mismo, pues, ¿quién, si no, será mi garante?


Ant. 3. Fuiste degollado, Señor, y con tu sangre nos compraste para Dios.

Cántico Ap 4, 11; 5, 9. 10. 12

Himno de los redimidos


Eres digno, Señor, Dios nuestro,

de recibir la gloria, el honor y el poder,

porque tú has creado el universo;

porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,

porque fuiste degollado

y con tu sangre compraste para Dios

hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;

y has hecho de ellos para nuestro Dios

un reino de sacerdotes,

y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado

de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,

la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Fuiste degollado, Señor, y con tu sangre nos

compraste para Dios.

Lectura breve 1 Cor 27b-30


Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención.


Responsorio breve

V Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.

R Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.

V Porque con tu cruz has redimido el mundo.

R Y te bendecimos.

V Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.

Cántico evangélico

Ant. Tengo poder para entregar mi vida y tengo poder para recuperarla.

Magníficat Lc 1, 46-55 Alegría del alma en el Señor

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de la misericordia

—como lo había prometido a nuestros padres—

en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tengo poder para entregar mi vida y tengo poder para recuperarla.

Preces

Adoremos al Salvador de los hombres, que, muriendo,

destruyó nuestra muerte y, resucitando, restauró la

vida, y digámosle humildemente:

Santifica, Señor, al pueblo que redimiste con tu sangre.

1. Redentor nuestro, concédenos que, por la penitencia,

nos unamos más plenamente a tu pasión,

— para que consigamos la gloria de la resurrección.

2. Concédenos la protección de tu Madre, consuelo

de los afligidos,

— para que podamos confortar a los que están atribula-

dos, mediante el consuelo con que tú nos confortas.

3. Haz que tu fieles participen en tu pasión mediante

los sufrimientos de su vida,

— para que se manifiesten en ellos los frutos de tu

salvación.

4. Tú que te humillaste, haciéndote obediente hasta

la muerte, y una muerte de cruz,

— enseña a tus fieles a ser obedientes y a tener paciencia.

5. Haz que los difuntos sean transformados a semejanza de tu cuerpo glorioso,

— y a nosotros danos un día parte en su felicidad.

Padre nuestro.

Oración

DIOS todopoderoso y eterno,

concédenos participar de tal modo

en las celebraciones de la pasión del Señor,

que merezcamos tu perdón.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,

que vive y reina contigo

en la unidad del Espíritu Santo y es Dios

por los siglos de los siglos.

R Amén.

Conclusión

V El Señor nos bendiga,

nos guarde de todo mal

y nos lleve a la vida eterna.

R Amén.


LECTURAS DE LA MISA


Primera lectura Is 49, 1-6

Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta

el confín de la tierra

Lectura del libro de Isaías.

ESCUCHADME, islas; atended, pueblos lejanos: El

Señor me llamó desde el vientre materno, de las

entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre. Hizo de

mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra

de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su

aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, por medio

de ti me glorificaré». Y yo pensaba: «En vano me he

cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas».

En realidad el Señor defendía mi causa, mi recompensa

la custodiaba Dios. Y ahora dice el Señor, el que me

formó desde el vientre como siervo suyo, para que le

devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he

sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi

fuerza: «Es poco que seas mi siervo para restablecer

las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes

de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi

salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Palabra de Dios.

R Te alabamos, Señor.


Salmo responsorial

Sal 70, 1-2. 3-4a. 5-6ab. 15ab y 17 (R.: cf. 15ab)


R Mi boca contará tu salvación, Señor.


V A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para

siempre. Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,

inclina a mí tu oído y sálvame. R

V Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve,

porque mi peña y mi alcázar eres tú. Dios mío, líbrame

de la mano perversa. R

V Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza y mi confianza,

Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me

apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías. R

V Mi boca contará tu justicia, y todo el día tu salvación.

Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy

relato tus maravillas. R

Versículo antes del Evangelio

V Salve, Rey nuestro, obediente al Padre; fuiste llevado

a la crucifixión, como manso cordero a la matanza.

Evangelio

V El Señor esté con vosotros.

R Y con tu espíritu.( Jn 13, 21-33. 36-38)

Uno de vosotros me va a entregar... No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces

V Lectura del santo Evangelio según san Juan.

R Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar». Los discípulos se miraron

unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.

Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la

mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas

para que averiguase por quién lo decía. Entonces él,

apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor,

¿quién es?».

Le contestó Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo

de pan untado». Y, untando el pan, se lo dio a Judas,

hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él

Satanás. Entonces Jesús le dijo: «Lo que vas a hacer,

hazlo pronto». Ninguno de los comensales entendió a

qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos

suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario

para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después

de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.

Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el

Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios

es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí

mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco

de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije

a los judíos os lo digo ahora a vosotros: “Donde yo

voy no podéis venir vosotros”». Simón Pedro le dijo:

«Señor, ¿adónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde

yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más

tarde». Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo se-

guirte ahora? Daré mi vida por ti». Jesús le contestó:

«¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad

te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas

negado tres veces».

Palabra del Señor.

R Gloria a ti, Señor Jesús.