Terapia asistida con animales

Algunos animales, como los perros o los caballos, son seres sociales, como nosotros. Les gusta estar en contacto con otros animales de su misma especie y de otras, es más, hacerlo es un requisito para su supervivencia.

De la misma forma, nosotros necesitamos las relaciones sociales, nos proveen de recursos materiales (alimento, abrigo, comercio) y de recursos afectivos (compañía, apoyo, seguridad...). Es fácil ver cómo de imprescindibles son para nuestra supervivencia, si pensamos en un bebé humano, que no podría sobrevivir sin la protección de sus progenitores.

El binomio persona-animal, nos ofrece un tipo de relación muy interesante, que guiada por un psicólogo especializado, ofrece muchas posibilidades:

  • La relación con el animal resulta un gran recurso para la motivación, lo que es básico para el aprendizaje y el cambio. Resulta fácil pensar que un niño o un adolescente acudirán con más disposición y alegría a encontrarse con un compañero de juegos como un perro o un caballo, que a la consulta de un psicólogo en formato tradicional. También para los adultos, el vínculo con el animal, puede ser una gran fuente de motivación.
  • El animal, no muestra prejuicios ni juicios hacia las personas. Con ellos podemos sentirnos seguros, aceptados, queridos. Este factor, hace que la persona se relaje y pueda trabajar más a gusto y mejor.
  • Con ellos, tenemos que crear una relación, basada en la forma de comunicación de cada especie, así como en el conocimiento del temperamento o carácter del otro. Aquí, el responsable de la relación es el humano, que tiene que aprender a regular sus respuestas en función del otro, si queremos que el otro colabore con nosotros. Por tanto, son grandes maestros de la relación y del lenguaje no verbal que usamos en ellas (supone el 90% de la comunicación humana) ya que nos mueven a probar técnicas de relación diferentes: el que tiende a ser sumiso, aprende a ser líder; el que tiende a ser autoritario, aprende a relacionarse desde el afecto; el que es hiperactivo, aprende a regular sus movimientos; el que tiende a ser pasivo, aprende a explorar posibilidades de acción...
  • Nos ayuda a revisar y reflexionar sobre nuestros recursos personales. A propósito de la interacción con el animal podemos plantear actividades con objetivos concretos, de forma que la persona (con el psicólogo como guía) pueda hacer luego una reflexión de cómo se ha sentido, cómo ha reaccionado, qué otras formas de funcionamiento serían posibles... y comparar esto con situaciones cotidianas (¿se siente así en otras situaciones?, ¿reacciona así en otras situaciones?, ¿qué otras formas de funcionamiento serían posibles en esas situaciones?). Aquellos funcionamientos que nos crean sufrimiento y que no somos capaces de resolver, se repiten en diferentes situaciones y relaciones. De esta forma, lo podemos trabajar desde la experiencia, no desde lo teórico, pero en un entorno en el que nos sentimos seguros, protegidos... para luego extrapolarlo a nuestro funcionamiento diario.