El auto gris se detuvo por completo. En su interior, tres siluetas permanecían en silencio, estacionadas frente a un edificio de arquitectura peculiar.
Los dos pasajeros del asiento delantero descendieron primero. Al parecer, tenían prisa.
Desde el interior del vehículo, un zapato tocó el asfalto, seguido de unas piernas delgadas. No era algo común. Una mujer emergió del automóvil.
Sus dos acompañantes se posicionaron detrás de ella. Caminaban atentos, vigilando cada movimiento a su alrededor.
La puerta de cristal de la entrada principal se abrió automáticamente. Todo estaba dispuesto para que su ingreso fuera ininterrumpido.
Al cruzar el umbral, saludaron al guardia apostado en la entrada. Como parte del protocolo, pidió las credenciales de cada uno.
Examinó los documentos con detenimiento. Luego, extrajo una pistola del cajón junto a su cintura y apuntó al código de barras impreso en las tarjetas de identificación.
A un costado, una vieja computadora con pantalla LCD emitió un pitido al confirmar la validación. Una tilde verde parpadeó en la pantalla.
Tras devolver los carnés, el guardia hizo un leve gesto de aprobación e indicó que podían pasar.
—No tienes que ser tan formal conmigo —comentó la mujer, agradecida.
—Por favor. Te usted es mi superior señorita —agregó, con naturalidad.
El hombre mayor sonrió.
—Eso no cambiará mi forma de tratarte —dice.
Sin más dilación, avanzaron por los largos y altos pasillos.
El ascensor habría sido una opción conveniente, pero la fila que se extendía frente a él los hizo desistir.
—Será mejor usar las escaleras —propuso uno de los hombres—. Demasiado tiempos sentados.
El grupo estuvo de acuerdo. Subir unos escalones y mover la sangre por sus venas no les haría daño.
Más personas de lo habitual llenaban el espacio.
Se preguntó qué habría ocurrido con los elevadores del edificio. Por poco, un accidente estuvo a punto de suceder.
Finalmente, llegaron a su destino.
Detrás de aquellas paredes, presencias aguardaban en silencio. Frente a ellos, dos enormes puertas de roble se alzaban imponentes. Cada una medía dos metros de ancho y se extendía hasta tocar el techo.
Sin previo aviso, las tuberías que transportaban cables sobre sus cabezas comenzaron a vibrar.
Alzó la mirada y vio pequeñas piedrecillas desprenderse del techo.
En el suelo, las diminutas rocas temblaban. Parecían bailar, rebotando contra sus zapatos bien lustrados, negros como la noche.
Las puertas se abrieron desde dentro, separando una lujosa habitación de los rústicos pasillos.
Varias personas salían en dirección a la salida. Mientras lo hacían, murmuraban entre sí, intercambiando palabras en voz baja que solo contribuían a aumentar la tensión en el ambiente.
La mayoría vestía trajes formales, corbatas negras y portafolios cuyo contenido solo ellos conocían.
A lo lejos, un anciano levantó la mano derecha y, con un leve movimiento de su dedo índice, les concedió permiso para ingresar.
Solo la mujer cruzó el umbral.
Sus acompañantes permanecieron firmes al otro lado de las gigantescas puertas. Ahora tenían una nueva tarea.
Como si una fuerza invisible se desatara en la habitación, un viento denso y húmedo la envolvió al cerrarse la entrada tras ella.
Sin apresurarse, avanzó hasta situarse frente a una enorme mesa que se extendía de un extremo a otro de la pared.
Se detuvo en el centro del recinto. No movió un solo músculo.
Con lentitud, juntó los brazos y los llevó detrás de su espalda.
Todo allí parecía estar en perfecto orden, dispuesto con una simetría casi obsesiva.
El lugar era un palacio. Sobre sus cabezas, el techo ostentaba una enorme pintura al óleo, cuyos detalles se entrelazaban con los grabados en las columnas.
Cuatro personas ocupaban el robusto escritorio.
El primero en tomar la iniciativa fue un hombre vestido con un traje militar, sentado en el centro de los demás.
Con calma meticulosa, humedeció las yemas de sus dedos con saliva y apagó su cigarrillo.
Debajo de la mesa, sacó unos archivos de un bolso.
Tomó aire y, con voz frustrada, formuló su pregunta con ansiedad:
—¿Cómo va tu labor? —preguntó.
La mujer esbozó una leve sonrisa.
Su respuesta fue rápida, seca.
—Sin inconvenientes. Todo sigue su curso —informa.
El mariscal formó un puño con la mano y, tras levantar el brazo con lentitud, lo dejó caer con violencia sobre la mesa.
El estruendo retumbó por toda la sala.
Acompañó su gesto con un grito enérgico.
—¡Se acabó el tiempo! —motivó.
En otro arrebato de furia, lanzó los papeles al aire. Las hojas cayeron con suavidad, deslizándose hasta posarse sobre sus zapatos.
El silencio se hizo presente.
Con inexpresividad absoluta, se inclinó para recoger los documentos. Sin una palabra, los acomodó sobre su brazo. Sus ojos la escrutaron con dureza.
Ella no se inmutó. Ni siquiera ante su evidente irritación.
Con movimientos precisos, enderezó su espalda y agachó la cabeza en señal de reverencia.
—Mis disculpas —dijo con serenidad, dirigiéndose a cada uno de los presentes—. Pueden estar seguros de que no hay nada de qué preocuparse.
Las miradas se encontraron.
De un lado, la de un hombre encendido en ira.
Del otro, la de una mujer de rostro impasible, tan inexpresiva como una muñeca de porcelana.
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Escarbó con los dedos dentro de un paquete que usaba como pisapapeles.
Sacó un cigarrillo y, sin apartar la vista, pidió fuego a su compañero.
Los cuatro sujetos intercambiaron una señal con la mano, sincronizados en un gesto silencioso.
Aquello fue la indicación de que podía marcharse.
Sin emitir sonido alguno, giró en dirección a la salida.
Sus dos escoltas la esperaban.
Apenas la vieron aparecer, retomaron el paso tras ella, recorriendo el mismo camino de antes.
Los pasillos seguían igual de sombríos, con la pintura descascarándose a pedazos. Las escaleras estaban abarrotadas de gente, subiendo y bajando en un ir y venir incesante.
El trayecto finalizó cuando llegaron al auto.
Uno de los hombres se adelantó, abriendo la puerta antes de que ella llegara.
Dentro del vehículo, mientras acomodaba su cabello y se observaba en el espejo, la interrumpieron.
Les hizo saber que ya no disponían de tiempo.
Los rostros de sus guardianes cambiaron al instante.
La preocupación los invadió de golpe.
Intentó abrocharse el cinturón, pero estaba roto. Tras un par de intentos, desistió.
—Conduce —ordenó.
Unas pocas cuadras más adelante, las manos del conductor comenzaron a temblar sin razón aparente.
Se dirigió a la mujer, pidiéndole casi en un tono de súplica permiso para estacionar unos segundos.
Giró la cabeza para observarlo. El sudor le resbalaba por la frente, oscureciendo el cuero de la tapicería.
Excusó que no podía continuar manejando.
Su nerviosismo se desbordó, contagiando a su compañero.
Ahora ambos querían salir del vehículo. Necesitaban aire fresco.
El hombre que reposaba la cabeza contra la ventana movió el cuello y los observó. Se preguntaba por qué su estrés había estallado de repente.
Sus iris, al chocar con los rayos del sol, reflejaban un patrón de colores apagados. Su rostro, similar al de una muñeca de porcelana, se mantenía serio, pero no demostraba la misma inquietud.
—Estaciónate, por favor —accedió.
Desesperados, salieron del auto.
Afuera, sus pulmones se llenaron de oxígeno.
Respiraciones controladas, profundas y lentas. Así lograron borrar de sus cabezas aquel terror.
Ella volvió a dejar caer el peso de su cabeza sobre el cristal de la ventana.
La ansiedad apareció. Golpeó los dedos impacientemente contra el cuero de los asientos.
Algo del sentimiento de aquellos hombres había logrado alcanzarla.
El conductor giró la llave. Las luces del salpicadero se encendieron.
Con precisión, su mano coordinó el embrague, cambió de marcha y aceleró el motor.
Ahora, rumbo a una nueva locación, el vehículo volvió a rodar.
El recorrido terminó en las afueras de un motel.
Su prenda se arrugó al sentarse sobre el asiento.
Por aburrimiento, trazaba líneas imaginarias con la mirada sobre el pavimento. Fue entonces, justo cuando estaba por terminar, que un auto se coló en su campo de visión.
El momento había llegado.
Ese hombre parecía estar esperando.
Solo entonces dio la última calada al cigarrillo.
Se encaminó torpemente hasta la puerta trasera. Lento, sin prisa alguna.
Antes de golpear la ventanilla, su reflejo apareció sobre el vidrio polarizado.
Las arrugas de su rostro resplandecieron con la luz, recordándole la ausencia de juventud.
Un sonido mecánico rompió el silencio.
Desde el interior, lo observaban de arriba abajo.
Él también se sumó a las miradas.
Fijó la suya en aquellos ojos curiosos.
Ninguno cedió.
Sus rostros cambiaron de expresión: él alzó el mentón, ella frunció el ceño.
La mujer terminó por concederle el paso.
Abrió la puerta, dejándolo entrar. Se sentó a su lado.
Lo que antes era un trío, ahora era un cuarteto.
Parecía estar completo.
El viaje sería largo. Ninguno pronunció palabra durante el trayecto.
Sobre sus cabezas, los motores de los aviones rugían en todas direcciones.
El cielo estaba congestionado. La gente también.
—Pásame el maletín que dejé en el asiento —pidió.
Ella se lo entregó.
Pero cuando él quiso tomarlo, su mano se detuvo en el aire.
Volvió a clavar la mirada en ella.
Sus brazos flotaban en suspensión, como si dudaran.
Tampoco ella lo soltó.
—Gracias —murmuró con voz desanimada.
Se colocó unos guantes.
Con los dedos tiró hacia atrás la manga de su ropa, dejando al descubierto el reloj.
Bajo la esfera, una línea fibrosa y de color extraño sobresalía en su piel.
Cargó sus pulmones con el aire exterior por última vez.
Comenzó a caminar.
Solo aquella mujer lo acompañó hasta el interior de la central.
Mientras avanzaban, aguardaban la señal para abordar su inminente vuelo.
Él se detuvo por unos segundos.
Sin palabras, le tocó la espalda.
Le señaló un cubículo de cristal.
Entró y encendió un cigarrillo.
Le ofreció uno, pero ella no fumaba.
Las aspas de los ventiladores del techo succionaban el humo con un zumbido irritante.
—¿Tal como lo dijeron? —preguntó él.
Ella no respondió de inmediato. Mantenía la vista fija en unos niños que jugaban al otro extremo del lugar.
Sus brazos, como de costumbre, descansaban detrás de su espalda.
—Sí —respondió secamente.
Un chasquido eléctrico recorrió los altavoces.
El vuelo fue anunciado.
Era momento de abordarlo.
Ambos procedieron a despedirse.
Ella le pidió que se cuidara.
Él sonrió, quitándole importancia con un ademán.
—No necesito la preocupación de una mocosa.
Luego, sin más, volvió a caminar hasta el auto.
A mitad del recorrido, un grupo de adolescentes la vio acercarse.
Todos la observaron al pasar.
Aprovecharon para soltar comentarios sobre lo atractiva que era, pero ella no respondió.
Se detuvo, los miró fijamente.
El silencio los dejó mudos.
Luego, sin decir nada, siguió su camino.
Mientras avanzaba, pensó que pronto no tendría que soportar más las obscenidades de extraños.
Una sonrisa apareció en su rostro.
Subió al vehículo y pidió al conductor que la llevara a la sede central.
El viaje comenzó.
Este trayecto sería el más largo del día, llevándolos a las afueras de la ciudad, entre las colinas.
El sol se había ocultado tras los valles hacía ya unas horas.
El destino final se erguía frente a ellos: un conjunto de instalaciones de hormigón negro macizo.
Seco. Imponente.
Pero incluso aquella austeridad no restaba protagonismo a la modernidad de la arquitectura.
La entrada estaba celosamente custodiada.
Guardias armados detuvieron el automóvil y exigieron identificación.
Revisaron el auto con perros.
Alumbraron cada rincón con linternas, asegurándose de todo.
Tras confirmar que todo estaba en orden, un joven custodio hizo una señal con la mano, permitiéndoles el paso.
Sin embargo, apenas avanzaron unos metros, les ordenaron descender del vehículo.
Adentro de esos muros, la seguridad era máxima.
Nada ni nadie pasaba desapercibido.
Aceleraron el paso hasta cruzar la puerta principal del recinto.
El primer impacto fue el aire helado del sistema de ventilación.
Una brisa fría que los recibió sin ceremonias.
Les agradeció a ambos hombres por haberla acompañado durante el día y afirmó que al día siguiente tendrían aún más trabajo.
Ellos se despidieron. Su turno había terminado.
Abrió la puerta de una habitación. La manilla, a diferencia de las demás, era negra.
Encendió la luz.
Con paciencia, se quitó las prendas y estiró sus extremidades, liberando la tensión acumulada.
Sobre su escritorio, una montaña de documentos aguardaba.
Un archivo en particular destacaba entre el resto: ciento setenta hojas repletas de información sobre una sola persona.
Sosteniéndolas entre sus manos, su expresión cambió drásticamente.
La presión de los últimos meses se reflejaba en su rostro.
No era la única.
Las personas en aquel lugar compartían la misma mirada.
Fuera del edificio, las calles mostraban lo mismo: rostros marcados por la inquietud.
A lo largo de los valles, en los pequeños pueblos y en las grandes ciudades de la tierra del sol naciente, la preocupación era un lenguaje común.
Más allá de las fronteras, en los océanos y en tierras extranjeras, en las megaciudades de los países vecinos, bajo tierra o en los cielos, el miedo se extendía como un virus.
Vivían, habían vivido y seguirían viviendo con esa angustia persistente, carcomiendo sus conciencias sin tregua.
A veces, ese sentimiento se disipaba cuando el monstruo se ocultaba en la oscuridad, sin mostrar sus dientes.
Pero la certeza era absoluta: tarde o temprano, volvería a buscar alimento.
En este mundo, marcado por la sangre y la prosperidad, la gente intentaba llevar vidas normales, aunque cargadas de ansiedad.
Porque, en el viejo continente, décadas atrás, estalló un conflicto que estuvo a punto de envolver a la humanidad en la penumbra.
Se le conoció como la Gran Guerra de los Mayores.
Todas las potencias del mundo participaron en aquella contienda.
Pero solo hubo un vencedor.
El país que, con su victoria, se alzó como un imperio: Sixaounia.
Con su triunfo, el mundo quedó dividido en tres partes, alterando para siempre la vida de millones de personas.
Estas eran: el vasto territorio gobernado por Sixaounia. Los países neutrales durante el conflicto.
Aquellos que se opusieron a su dominio.
Los países enemigos derrotados vieron cómo sus tierras pasaban a formar parte del nuevo imperio. Perdieron su identidad nacional, sus tradiciones y su cultura, y sus banderas fueron quemadas.
Aunque hubo revueltas en todas partes, estas fueron insignificantes para un poder tan vasto. Muchos de los habitantes de las tierras ocupadas se resistieron, tomando las armas contra la dominación.
Algunos intelectuales e historiadores especularon sobre el verdadero motivo de esta guerra. Algunas figuras destacadas, incluso a nivel mundial, murieron en circunstancias misteriosas.
Había una entidad que guardaba celosamente esa información, lo que llevó a que la gente comenzara a conspirar para que ese evento catastrófico fuera olvidado.
Mencionar ese tema en público, donde un oficial o soplón pudiera escuchar, era algo que se evitaba a toda costa. En las escuelas, se enseñaba el material de manera variada, ya que los vencedores son quienes escriben la historia.
El imperio de Noxious no surgió de la nada. Originalmente era un país mediano con raíces europeas, rodeado por el Reino Unido, Noruega e Islandia. Antes de la Primera Guerra Mundial, atravesó momentos oscuros, enfrentando numerosas crisis económicas y sociales.
En la actualidad, es el país dominante a nivel mundial, un gigante que sacude los cimientos internacionales.
Estados débiles formaron numerosos grupos. El motivo de esta alianza estaba impulsado por la preocupación de que, en futuro cercano, Noxious deseara tener más recursos naturales.
Las tensiones mundiales tuvieron un pico de crecimiento nunca antes visto desde la guerra de los Mayores, debido a cientos de rumores sobre un nuevo conflicto bélico a gran escala.
Pero en el medio de toda esa calvarie burocrática, hubo un caso fuera de lo común: Japón.
Durante la lucha de las grandes potencias, en todo momento pese a las amenazas, mantuvo su firmeza.
Incluso, ofreció ayuda a los Sixaounios, suministrando recursos y abriendo sus aguas para operaciones.
Esto fue de gran conveniencia para los japoneses, ya que únicamente así, pudo quitarse de encima el avance que estaba ejerciendo los estados unidos por las islas del sur.
Las dos potencias tenían un mismo fin en común: eliminar a otro imperio.
Culminando así, con la caída de las colonias británicas en Australia.
Luego de que las inmensas batallas terminaran, firmaron un tratado de no agresión.
Únicamente, reclamaría a lo nipones devolver las tierras que habían invadido. Y así, regresó las soberanías que Japón invadió.
El imperio del Japón se disolvió. Ya no tenían intereses algunos en agrandar el país.
Entendieron que la paz que le cedieron, sería temporal.
A escondidas de lobo, comenzarían a armarse masivamente. Reforzar su ejército. Abrir su país, cual estaba cerrado a las demás naciones, así poder conseguir futuros aliados.
Pero los demás países no mostraban tener interés alguno en formar una alianza con los Nipones.
Todo gracias a que ellos mismos, ayudaron anteriormente a los Sixaounios.
La mancha permanecería en la memoria, y el resentimiento de las personas en ese hecho.
Únicamente su fiel comerciante fue China, quien sería clave para su desarrollo económico.
También se estaban preparando para algo que llegaría inminentemente.
Desde hace tiempo, lo más importante que se le oculta a la humanidad era la verdad. La división entre las masas ha dejado ciegas a las personas. Enfrentándose unas a otras.
Podrán encerrar sus cuerpos físicos, pero nunca podrán bloquear las mentes de quienes buscan la verdad.
A pesar de todo mal, la lluvia seguía cayendo. La atmósfera albergaba oxígeno. Millones de hectáreas de tierra eran fértiles.
Luego del primer contacto.
«Él» llevaba a la mitad su lata de refresco. Uno de los muchos relajos que gustaba tener.
Con la otra mano, sostenía su celular. Pero no hacía nada más que mirar la pantalla.
No se movía, porque se encontraba vociferando cientos de veces acerca del origen de ese mensaje.
Su corazón no podía evitar dar grandes brincos de preocupación. Estaba algo asustado.
Alguien tenía información sensible sobre él. Por eso, apenas lo leyó, salió corriendo como forma de apaciguar el estrés.
Intentaba buscar alguna información mínima que pudiera ayudarlo a dar con el emisario del mensaje de texto.
Número privado: no había datos registrados. Era absoluta la inexistencia.
Marcó a su compañía móvil. Preguntó si podrían rastrearlo. Le dijeron que no era posible.
Comenzó a cuestionarse si se trataba de una broma de Haiden. Procedió a reclamarle por esto.
A esa hora, su compañero se encontraba roncando.
Cada segundo, se frustraba más.
—¿Será gente del trabajo? —pensó.
La cabeza no le daba tregua alguna. Rondaba cualquier posibilidad para encontrar al responsable.
¿Por qué tenían esas inquisiciones sobre él? ¿Quién era o quiénes eran las personas que se atrevieron a hacer eso?
Por un momento, dejó de molestarse tanto. Decidió volver adentro.
Luego de que pasara la adrenalina del momento, la resaca volvió a su cuerpo.
Por cualquier motivo o circunstancia, daría su vida para protegerla.
Arrancó con furia un tubo de metal que estaba por debajo del sofá. Lo ocultó debajo de las almohadas.
Al mediodía, le comentaría todo a Haiden con respecto al acosador que lo estaba acechando.
La paranoia, en ocasiones, podía con él.
Apagó el celular. Sacó el chip. Guardó todo dentro de una caja.
Esa madrugada durmió con un ojo abierto. Estaría descansando de frente a la puerta.
Cuando se despertó, lo primero que hizo fue armar nuevamente el móvil.
Precavido, ante todo, anotó el texto en una hoja de papel que tenía cerca.
Su hermana lo vio levantarse de un brinco y correr a revisar el celular.
—¿Ocurre algo? —le preguntó.
Él sonrió tímidamente mientras, con una mano, frotaba su nuca.
—Solo espero un mensaje del trabajo.
Abrió rápidamente el chat de Haiden. Leyó lo que había respondido en la madrugada.
—Tengo tiempo libre de sobra. ¿Nos reunimos dentro de una hora en el centro?
Preparó un cambio de ropa cómoda. Ella seguía confundida por su extraño comportamiento.
—¿Te irás a algún lado? —insistió.
—Sí. Tengo una reunión.
Su pequeño rostro se entristeció y suspiró de forma desganada.
Lo mira. Pregunta si algo le molesta, pero no obtiene respuesta; ella solo volteó, dándole la espalda.
Con prisa, sale del hospital. Ahora se dirigía hacia la estación de tren.
Al momento de querer pagar la entrada, descubrió que se había acabado el saldo en su tarjeta de transporte.
Una niña colegiala detrás de él le reclamó que se apurara. Segundos después, escuchó el pitido del rechazo.
Avergonzado por la situación, se apartó de su camino y se disculpó.
Al ver cómo «Él» se quedaba del otro lado del carrusel, la niña llamó su atención.
Estiró su mano hasta el cobrador. Ahora la luz era verde para su camino.
—No me lo agradezcas. La próxima no seas tacaño y carga saldo —le dijo.
Rojo de vergüenza, se marchó. Corrió disparado hacia el tren que estaba por salir.
Tenía un recorrido de unas estaciones. Recostó su cuerpo.
A través del paisaje, veía las casas, los autos, las personas. Su mente no dejaba de pensar en lo ridículo que se había visto.
—Tuve que depender de una mocosa —murmuró para sí mismo.
Revisó el celular. El otro ya se encontraba en el sitio del encuentro.
Al salir de la estación, reenvió un mensaje: no estaba lejos.
Caminó hasta las afueras del edificio.
Su estómago rugió. Ya había pasado por tanto en los últimos minutos que le dio igual.
—¿Quieres ir a comer algo? —propuso.
Sentados en un banco, disfrutaban de un café en el parque.
Sacó su móvil del bolsillo y le mostró el mensaje que había recibido en la madrugada.
—¿Y esto...? —tiró, sorprendido.
Su reacción fue la misma que la suya cuando lo leyó por primera vez.
—No sé quién carajos puede ser. Me tiene algo preocupado —expresó.
Insistió en ver de nuevo el texto.
—Qué puto miedo... ¿Tienes alguna sospecha de quién te lo envió? —indaga.
Él negó con la cabeza.
—Tienes que mostrárselo a la policía —elevó la voz.
—¡Tampoco lo grites, imbécil! —lo retó.
A sus espaldas había otro banco, separado por un lago pequeño. Más asientos estaban alineados a la orilla.
Las personas comenzaron a sentarse en ellos. Justo detrás, dos hombres tomaron asiento.
—¡Perdón! —susurró.
—Como sea. Tengo que irme ahora mismo —habla.
—¡¿Tan pronto?! —se quejó.
Mintió descaradamente. No tenía un compromiso que reclamara su tiempo. El verdadero motivo era que comenzó a sentirse incómodo, casi paniqueado.
—¡Tu café y medialunas! —Procede a comerlo—. Que se le va hacer… Sería un desperdicio tirarlo.
Caminó hasta la estación de policía más cercana.
Lo primero que hizo fue ir al baño. Mojó su rostro por completo. Se sentía agotado de todo.
En la entrada, estaban tomando una denuncia. Tuvo que esperar a que lo llamaran.
Ansiosamente, movía los pies y los dedos. Buscaba cualquier estímulo que lo distrajera.
Para su suerte, no tardaron demasiado en atenderlo.
Al momento de entrar a la sala, una mano lo detuvo.
—Te equivocaste de lugar —le reclamó una voz.
Le dijeron que lo siguiera. Amablemente, lo condujeron por el camino correcto.
Cerraron la puerta y bajaron las persianas. Prendieron el ventilador de techo.
El oficial le dio rienda suelta para que comenzara a hablar.
Él explicó todo lo que le había sucedido y le mostró el mensaje.
Indagaron en todos sus datos posibles. Le hicieron preguntas acerca de los hechos.
Habló sobre sus sospechas; su mayor miedo era que lastimaran a su hermana.
En medio de toda esa emoción, el oficial intentó apaciguar sus preocupaciones.
—No tienes de qué preocuparte. Estos casos suelen pasar muy a menudo —contestó.
Le dio un último consejo: le recomendó cambiar su número de teléfono.
Procedieron a firmar el acta de denuncia. Agradeció al oficial y se retiró.
Tal como entró esa gran preocupación en él, salió del edificio con la misma sensación.
Pero, en el fondo, nada le había sido de ayuda. Percibió en todo momento que aquel agente no lo estaba tomando en serio.
Ya oscureciendo, regresó al hospital.
Allí, ella lo estaba esperando desde hacía un rato largo.
Lo primero que llamó su atención fueron las luces apagadas de la habitación.
—¿Hermana? —llamó.
Ella estaba sentada en el balcón, mirando hacia afuera. Se acercó hasta su lado.
Cuando quiso tocarla, rápidamente retiró la mano.
—¿Qué haces aquí? —soltó ella.
Su reacción tan repentina lo extrañó.
—¿Estás bien? —insiste.
El viento movía su largo cabello.
—¿Por qué no te quedas en tu trabajo mejor? —arrojó de repente.
La expresión en su rostro cambió completamente. Se sentó a su lado.
—Dime qué tienes.
Ella lo miró indignada.
—Sé que me mientes todo el tiempo, desde hace semanas.
Su boca se cerró. Sus labios se contrajeron.
—¡No es así! ¡Estás imaginando cosas! —contestó molesto.
—¡Se suponía que hoy probaríamos ese juego de porquería que compraste! —gritó ella.
—¡¿Por qué me hablas de esa forma?! ¡Esa mierda la quieres tú! —replicó él.
El ambiente calmado desapareció.
—¡Yo no te pedí nada!
Sus emociones estaban desbordadas. Terminaron por salirse un poco del recipiente.
—¡YO NO PEDÍ QUE TE ENFERMARAS!
El aire dejó de transportar sonido. El silencio volvió a la habitación.
Se dio cuenta de que había hablado de más.
Intentó disculparse, pero ella ya no lo escuchaba. Lo maldecía por dentro mientras lloraba.
Su disgusto fue tan grande que decidió encerrarse en el baño para evitar su vista.
Golpeaba su cabeza repetidas veces con la palma de su mano. Ahora se sentía una basura.
Ella no quería verlo.
Imaginó que sería mejor salir de la habitación y dejarla tranquila.
Bajó al supermercado que se encontraba a unas cuadras. De paso, le serviría para bajar sus humos.
Mientras recorría los pasillos buscando qué comprar para comer, sus dedos temblaban por la emoción.
—Me lo merezco. Soy una mierda total —imaginó.
De pronto, el aire se le cortó repentinamente. Levantó la mirada de la caja de hamburguesas.
Personas lo habían rodeado de la nada. Pudo sentir sus presencias.
Pero todos parecían estar en su propio mundo.
Uno de ellos podría ser su acosador.
—¡Quizás son los dos hombres que se sentaron atrás nuestro en el parque! Sí, de seguro. Uno de ellos debe serlo —pensó.
Siguió fingiendo que leía el envoltorio. De reojo, los observaba disimuladamente.
Hasta que no pudo resistir la emoción de hacer algo al respecto.
Caminó despacio hacia donde estaban los hombres. Llamó su atención.
Los muchachos lo observaron al ver cómo ese joven interrumpía su charla.
Súbitamente, apretó su puño derecho por detrás de la espalda.
Dio un golpe certero en la nariz del sujeto más intimidante. Un chorro de sangre brotó de inmediato.
—¡Deja de acosarme! ¿¡Tú enviaste ese mensaje, ¿no?! —gritó, furioso.
El hombre, aturdido en el piso, suplicaba que parara. Estaba completamente desorientado.
La gente alrededor corrió a asistirlo. Lo miraban con repudio por lo que acababa de hacer.
No tardaron mucho en reaccionar.
Antes de que pudieran hacerle algo, llegaron tres agentes de policía.
Todos señalaron al joven violento como el responsable.
Él no hizo más que quedarse mirando al hombre desplomado en el suelo.
Quedó en shock por lo que acababa de hacer. La sangre en su puño se secó.
Los policías, al verlo en estado psicótico, decidieron esposarlo a la fuerza y llevarlo a un Kōban.
Estuvo encerrado alrededor de dos horas hasta que lo llamaron para declarar.
Sin ninguna excusa de por medio, asumió toda la responsabilidad por lo que hizo.
Terminó por afirmar que todo fue producto de un ataque de pánico dentro del supermercado.
—Tuve una discusión con mi hermana. Vengo con muchos problemas personales detrás —expresa.
El hombre al que golpeó resultó ser el encargado de la tienda.
Después de pasar por urgencias, presentó una denuncia en su contra.
El brutal golpe le fracturó varias partes del tabique nasal.
Intentaba resolver un problema solo para meterse en otro.
Ahora tendría que indemnizar a la víctima.
Tenía una fecha límite para entregar ese dinero y estaba hasta el cuello.
Su mal accionar lo llevó a enfrentarse a alguien poderoso; no saldría ileso de esta.
Con una mancha en su historial cívico, caminó exhausto hacia el hospital.
Su puño y sus piernas se hinchaban cada vez más.
Era una de esas ocasiones en las que el lugar se sentía vacío, con las luces mínimas.
Antes de girar el pomo de la puerta, se detuvo. Dudó si era lo correcto entrar de nuevo después de lo ocurrido.
Sus lágrimas salpicaban las baldosas. La rabia volvía a atacarlo.
—Lo siento mucho, hermana. Es que yo… vengo… —Pensaba, agarrándose el pecho—.
Destrozado, se dio la vuelta y caminó hacia el ascensor.
Aprovechó que no había alma alguna por los pasillos para liberarse.
Por esa noche, decidió no dormir con ella. Seguía pensando que necesitaba más tiempo.
Marchó hacia su casa.
Estaba polvorienta, sucia. Hacía tiempo que no la limpiaba a fondo, pero era una de sus mínimas preocupaciones.
Moría de hambre. Solo comió algo pequeño que compró en el camino.
La heladera estaba más que vacía y, de haber algo en ella, estaría cubierto de moho.
Subió las escaleras. Guardaba el poco dinero que le quedaba en la caja fuerte de su padre.
Agarró ese fajo de billetes y lo lanzó con todas sus fuerzas al piso.
Cayó de espaldas en la orilla de la cama. Al rebotar, terminó en el suelo.
Acostado, la tenue luz de una vela, la única iluminación de la casa, alumbraba el reloj.
Observaba cómo el tiempo lo acechaba, esperando para devorarlo.
Solo era cuestión de días para caer en la pobreza.
Hacía un mes que habían suspendido los servicios de la casa: electricidad, gas, su compañía móvil.
Dejó de pagarlos. Eran un gasto enorme, incluso a veces no podía comer.
La última factura que lo dejó sin un centavo fue la cuota del hospital.
Ya no le alcanzaría para cubrir la del próximo mes. Se vio obligado a vender algunas pertenencias.
Pero temprano se quedó sin cosas de valor. No podría seguir viviendo así.
Con los últimos datos móviles, mandó un mensaje a Haiden.
—Acompáñame mañana a buscar trabajo. ¿Puedes?
—Claro. Te dije que estaba libre por unos días.
El sol brillaba, irradiando un calor agradable esa tarde.
Estaban alimentando a los patos mientras pensaban qué hacer.
—¿Sabes algo de Naoki? —preguntó.
—¿Ella? Esto… hablamos hace unos días —responde.
Terminó su lata y la tiró al cesto de basura.
—Supongo que ya sabes que estamos peleados, por así decirlo —aclaró.
—Ah, sobre eso. Mencionó el tema vagamente. ¿Qué pasó entre ustedes dos? —cuestionó.
Agachó la cabeza, encogió los hombros y respiró hondo.
—No lo sé, sinceramente. Solo se enojó conmigo y… no volvimos a hablar.
—Deberías mandarle un mensaje. Sabes lo orgullosa que puede ser —opina.
Le mostró su contacto, pero ella lo tenía bloqueado.
—Creo que no podré hacer eso —ríe.
Lograron contagiarse la risa.
—¡Así son las mujeres, Hiromi! Difíciles… —opinó.
El tiempo pasó rápido mientras hacían hora hasta que la mayoría de los locales abrieran.
Ambos se levantaron y comenzaron a caminar en dirección al centro.
Hacía tiempo que no tenían una charla larga.
Aprovecharon para hablar de su situación.
Haiden insistió en ayudarlo, como era su costumbre, pero él rechazó su ayuda.
El momento contribuyó a liberar ciertas tensiones que albergaba en su conciencia.
Le comentó que se peleó con su hermana anoche y el problema que tuvo en el supermercado.
Pero gran parte de la verdad se la guarda para él. Solo le cuenta algunos problemas menores.
—¡Necesito trabajar! —pensó en su cabeza.
Mentirle a su mejor amigo le sabía sumamente mal.
Eran sus problemas, y él solo lidiaría con ellos.
En la zona más céntrica de Akihabara, comenzaron a recorrer cientos de locales y supermercados.
Empezaron por los restaurantes de la zona. Luego, fueron a los centros comerciales y locales de ropa. También buscaron avisos por internet.
En todos los sitios, recibía la misma respuesta:
—Te llamaremos.
Para cuando llegaron las cinco de la tarde, estaban agotados.
—Estás haciendo las cosas mal… —comentó Haiden.
Lo miró, confundido.
—No entiendo. ¿Qué hago mal?
Haiden golpeó su nariz con el dedo.
—¡Deberías trabajar en clubes nocturnos! —Apreta sus cachetes—. Solo mira tú cara. Eres el ridículo más guapo que conozco —argumenta.
No supo si sentirse halagado o mal por considerar esa posibilidad laboral.
Pero, posiblemente, tenía razón.
En esos rubros, las personas atractivas eran altamente requeridas, así que podría conseguir empleo.
Le aconsejó volver por la noche, cuando la vida nocturna comenzara a brillar.
Después de darle vueltas al asunto, terminó por convencerse.
Ambos se despidieron. Él decidió que era hora de volver con su hermana.
Para disculparse por lo que hizo.
Ella seguía un poco molesta. Cuando lo vio entrar, su expresión cambió.
Se sentó en la cama.
—Hola.
Ella hizo un ruido con la boca, indicando que seguía enojada.
—Discúlpame… Me enfurecí por algunas cosas que me están pasando. Tú no tienes la culpa de nada.
Aprovechó para abrazarla.
Ella lo perdonó; no le quitó la mano de encima.
A él se le escapó una pequeña sonrisa, seguida de la sensación de alivio.
Ella se sintió un poco incómoda.
Sin saber cómo reaccionar, acarició su cabello con sus largas uñas pintadas de negro.
Por encima de su mano, tenía muchas pecas. Las había heredado de su madre.
Resaltaban debido a su tono de piel, casi blanco como el mármol, aunque no llegaba a ser desagradable.
—Juguemos a ese maldito juego —soltó ella de repente.
Sin esperarlo, él afirmó que ya lo había terminado la madrugada anterior.
Ambos se rieron a carcajadas.
Le comentó que por la noche iría con Haiden al centro por motivos laborales.
Ella se quejó, amenazándolo con que sería la última vez que la dejaría sola.
Él juró que así sería, y acto seguido le frotó la cabeza, despeinándola.
—Volveré en dos horas. Pórtate bien.
Un joven bastante guapo y pulcro salió de ese edificio.
Algunas chicas en el metro se quedaron mirándolo.
Era una de esas ocasiones en las que, de vez en cuando, solía arreglarse bien.
Su apariencia no le importaba mucho; tenía otras preocupaciones más importantes.
Pero ahora, necesitaba conseguir trabajo de cualquier manera.
—¡Hey! ¡Aquí estoy!
No iba a dejar que solo Haiden se robara toda la atención durante la noche.
—Te ves bien.
Sacó su celular y le mostró las zonas y lugares que podrían visitar.
Antes de que siguiera hablando, Haiden lo interrumpió.
—Vine exclusivamente para conseguir un trabajo.
Su rostro cambió y se desanimó al escucharlo.
Comenzaron a recorrer cientos de lugares: clubes, bares, discotecas.
—¡Qué te parece ese! —apuntó con la mirada a un lugar cerrado—.
—Eso es un prostíbulo.
De intentar verse formales, terminaron en conversaciones graciosas y despreocupadas, riendo.
El ambiente cambió por completo.
Cansados de tanto hablar y caminar, decidieron tomar un pequeño descanso.
Entraron a una discoteca con entrada gratuita.
Pidieron algunos tragos y se sentaron en unos sillones incómodos.
—Hace mucho que no salíamos así. Solo nosotros —dijo Haiden.
Destapó dos cervezas.
—Tienes razón —afirma.
—¡Deberíamos salir más a menudo! —dijo, atragantándose con un sorbo.
Frotó sus manos detrás de la nuca.
—Creo que no hace daño cada tanto —se alegra.
Por la otra esquina del lugar bailable, una chica observaba sus mesas.
Él se percató de esto y bebió disimuladamente, en un intento de hacerse el distraído.
Haiden lo notó al instante.
—Voy a la barra a pedir más tragos —anunció.
Ahora se encontraba completamente solo en esos sillones. Cruzaban miradas tímidas de vez en cuando.
La chica aprovechó la oportunidad y se acercó hasta donde estaba.
Él se quedó mirándola. Era extremadamente atractiva, pero su imaginación se vio interrumpida por su voz.
—¿Está ocupado? —preguntó amablemente.
Tartamudeando, miró hacia la barra. Haiden ya estaba borracho.
Sonrió tímidamente; los nervios no le dejaban articular palabra. En vez de responder, negó con la cabeza.
La chica tenía un cabello largo y rubio, y llevaba un vestido ajustado de color blanco. Sin dudas, era la envidia de cualquier hombre.
Lo maldecía en su cabeza por haberlo dejado abandonado. Haiden se divertía hablando con unas mujeres.
—¿No te estoy molestando verdad? Pareces preocupado —indagó ella.
—¿Eh? ¡No! Solo… No importa —balbuceó nervioso.
Ella esbozó una pequeña sonrisa y tomó la iniciativa, acercándose más.
—Mis amigos me dejaron plantada aquí. Compré esta botella cara para nada… —se quejó.
Él la miró. Se veía algo desanimada.
—Debió de gastar la mitad de su sueldo en eso— reflexionó.
Juntó sus manos y le preguntó si sería tan amable de beber con ella.
Aceptó sin más. Entre copa y copa, fueron entablando conversaciones de todo tipo.
Había encontrado una compañía agradable en ese sitio, ya que detestaba la vida nocturna.
Las personas que frecuentaban estos lugares no le caían bien.
No tomó mucho de la botella; como máximo, fueron dos vasos.
Ella, en cambio, se encargó de vaciarla casi por completo, dejando solo la espuma en el fondo.
—¡Mataré a mis amigos! ¡¿Cómo se atreven a dejarme plantada?! —lloraba, recostada sobre la mesa.
Él notó que estaba bastante desanimada.
—Hoy era mi cumpleaños… —soltó ella.
No pudo evitar sentirse mal. Intentó consolarla dándole pequeños golpecitos en la espalda.
Ella levantó la cabeza y lo miró fijamente. Esbozó una pequeña sonrisa.
—Oye… ¿Quieres que nos vayamos de este basurero? —le propuso.
—Lo siento. No puedo dejar a mi amigo solo —respondió ansioso.
Su humor cambió de repente. Sus lágrimas aumentaron.
—¡¡¿Eh?!! ¡¿Cómo que no quieres?! —insistió.
—Tengo que cuidar del idiota borracho que está en la barra.
—¡¡Pero él estará bien!! Vámonos, guapo —dijo con hipo.
Él frotó su mano detrás de la cabeza.
—Discúlpame, pero no puedo.
Ella hizo un gesto de desprecio y se atrevió a rebajarlo con la mirada.
Se puso de pie tambaleándose.
—Debes ser solo otro virgen del montón —lo insultó.
La chica, a quien había considerado una buena persona, se había convertido en el tipo de gente que más odiaba.
Con una mano sobre su rostro, movió los hielos de su vaso entre los dedos.
—¡La hora! —gritó internamente.
Entre toda esa emoción, se le había pasado el tiempo.
Se levantó de la mesa y se dirigió hacia la barra, sacudiendo su cuerpo.
—¡Oye! ¡Tenemos que irnos! —gritó por encima del volumen de la música.
—Eh… Si tú lo dices, cara de bebé…
Las chicas a su lado agradecieron que lo alejara.
—Estúpido… Me haces pasar vergüenza.
A la vez que lo sostenía para que caminara, le golpeó el pecho.
—Vamos al baño… —Tose—. Quiero vomitar —Agarrándose la boca—, —dijo.
No había más remedio. Quería asesinarlo ahí mismo.
Estuvo un buen rato liberando todo lo que había tomado.
Él sintió lástima por su amigo.
—No quiero ni pensar en toda la porquería que habrás mezclado —dijo riendo.
A pesar de todo, su enojo pasó rápido.
No podía hacer más que reírse. Era un amigo cuidando de otro. No se puede abandonar a alguien que se quiere.
Salió del local un poco mareado, pero seguía sin poder caminar solo.
—Te llevaré hasta tu casa —determinó él.
—Gracias, amigo. Aprecio lo que haces —murmuró Haiden.
Comenzaron a caminar.
Pero, para sorpresa de él, cuatro hombres les bloquearon el paso.
Uno se acercó y preguntó si tenía fuego.
—Lo siento, no fumo —se disculpó.
De inmediato, los desconocidos hicieron una maniobra extraña, rodeándolo con la intención de intimidarlo.
Intentó retroceder, pero el peso de Haiden en sus hombros se lo impidió.
Por detrás suyo, apareció la misma chica con la que había estado hablando tanto tiempo.
—señaló con su dedo—. ¡Sí tío mío! Este es el baboso que intentó manosearme dentro de la discoteca.
Él quedó inmóvil al escuchar semejante estupidez.
No entendía qué estaba pasando.
Ese sujeto le pidió todo su dinero. A cambio, se olvidaría de lo que había hecho a su pequeña sobrina.
—¡Está mintiendo! ¡Ni siquiera la conozco!
No se tomó la molestia de escuchar su versión. Le propinó un fuerte golpe en el estómago.
Nuevamente reclamó todo el dinero que tuviera a mano. De ningún modo lo dejarían escapar.
Le entregó todo lo que llevaba encima. Ellos sonrieron, agradecieron su amabilidad y se marcharon.
Siguió caminando adolorido. Lo despertó, ya que se encontraba durmiendo.
—¡Despierta, pedazo de mierda!
Meramente, tendrían que volver en taxi. Rogaron para que aceptara dinero virtual.
«Él» quedó bastante sorprendido al ver la casa que Haiden había comprado. Hace un mes que se mudó solo.
Ayudó a desvestirlo. El olor a alcohol que salía de su boca le provocaba arcadas.
Terminó por acostarlo en su cama. También dormiría bajo ese mismo techo.
Era demasiado tarde como para que volviera al hospital. Se acostó en un colchón inflable a su lado.
—Gracias por cuidarme —murmuró.
Apretó los dientes. Terminó por enfurecerse con él.
—¡Duerme de una vez, maldita sea!
La incomodidad de ese inflable provocó que se despertara.
Al parecer, él se había despertado antes. No se encontraba en la habitación.
Un fuerte olor a arroz y sopa invadió su nariz. Acomodó todo como estaba y salió hacia la cocina.
Eran exactamente las tres de la tarde.
Le señaló que su desayuno estaba en la mesa.
Se sentó. Esperó a que terminara de preparar su desayuno para comer juntos.
—Debiste haberme despertado cuando te levantaste —reclamó.
Puso lo último que horneó en su plato y dio el primer bocado.
—Sí que te compraste un buen departamento —concluyó.
—Bueno… Todo gracias a que me ascendieron —se excusó.
—¿En serio? ¿Qué puesto te dieron? —preguntó emocionado.
Dejó de tragar. Hizo un pequeño parón antes de contestarle.
—Pues… el de líder del grupo —dijo, apenado.
—Bueno, al menos esos idiotas están en buenas manos contigo.
Se produjo un breve silencio incómodo entre ambos.
—¡Oye, no te preocupes! Al fin y al cabo, ya no trabajo más allí.
El aire transmitía su incomodidad.
—¡Daré lo mejor de mí! —declaró con entusiasmo.
Sonrió con sinceridad.
—Sé que lo harás, amigo —lo alentó.
Los dos se despidieron.
Ayudó a que su estado de ánimo cambiara. Le sentó bien que se divirtieran, aunque fuera por un rato.
Bajando las escaleras de aquel lujoso edificio, observó una silueta que subía por el otro extremo.
—Es… Na…
La figura de esa mujer terminó por chocar con su mirada.
—Tú…
Las alertas de todo su cuerpo se dispararon. Tartamudeó, incapaz de articular palabra.
—¿Qué haces aquí?
Juntó las piernas y apartó la mirada hacia otro lado.
—Me mudé aquí —afirmó.
Antes de que pudiera formular una respuesta, ella siguió caminando.
—¡Naoki! ¡Espera! —elevó la voz.
Consiguió que se detuviera, pero no como él habría querido.
Ella lo miró. Quería librarse de su presencia y de las molestas sensaciones que le despertaba.
—Haces que me sienta mal —pidió cruelmente, mientras las lágrimas resbalaban por su rostro.
Siguió subiendo los escalones hasta perderse en el corredor de la derecha.
Un sentimiento desagradable recorrió su estómago. Deseaba marcharse lo antes posible de allí.
Por el camino, con el último crédito que quedaba en su tarjeta, compró algo rico para compartir con su hermana. Los dos disfrutaron de esas golosinas mientras miraban una película.
—¿Por qué comenzaste a actuar de manera extraña?
Aparentó desentenderse, empezó a mover el cuerpo despacio por la ansiedad.
Reafirmó que estaba equivocada. Nada había cambiado en él. Le molestaba que siguiera cuestionándolo. No podía entender cómo una simple pregunta lo ponía tan nervioso.
—¡No lo sé! Quizás el estrés por el trabajo…
El tiempo que pasaba a su lado aumentaba, pero para que no sospechara, salía algunas horas, simulando trabajar. De poco le sirvió perder el tiempo de esa manera. Ella sabía que algo andaba mal.
—Me molesta que no digas la verdad. ¿Es por una novia?
Su pregunta lo hizo reír. Negó haber estado viéndose con alguna chica.
—Naoki y yo decidimos dejar de hablarnos. Solo es eso.
Ella cambió de humor de inmediato. Los celos la invadieron. Especuló que estaba enamorada de él. Tal vez se había molestado al ser rechazada.
Él sintió que se había quitado un peso de encima. Ahora, una mentira menos tenía que sostener. Pero aún estaba lejos de sentirse con la conciencia limpia.
Le funcionó gratamente. El interrogatorio terminó sin más. Siguieron viendo aquella película.
Sin embargo, su cabeza no dejaba de mostrarle escenas ficticias de los problemas que tendría que enfrentar más adelante. No pudo seguir disfrutando por la amargura. Creyó que pasaría un buen momento junto a ella, pero volvió a pensar en el futuro incierto que le esperaba.
Un nuevo problema surgió: su tarjeta de crédito había sido suspendida.
Pasaron las noches y rogaba para que lo llamaran, aunque fuera de uno de los muchos lugares donde había solicitado empleo.
La dama de la fortuna no le sonreía. No hubo suerte. En ningún momento recibió una notificación.
En dos o tres lugares, al menos, se molestaron en rechazarlo amablemente o darle la excusa de que lo llamarían.
Siguió buscando sin descanso. Parecía como si tuviera una maldición siguiéndolo.
Su preocupación no era lo único que se inflaba. Ya no sabía si seguía cuerdo o si estaba al borde de la locura. La realidad se distorsionaba frente a sus ojos.
La última opción que pasó por su cabeza fue vender su propio celular.
Aun así, solo recibiría una pequeña cantidad de dinero, una cifra que se esfumaría en un día.
Las deudas estaban al otro lado de la puerta, esperando. El tiempo corría sin descanso.
Los días malos dejaron de ser solo días; se convirtieron en una masa informe, llena de vacío, digna de la nada misma.
Revisó ese misterioso mensaje una vez más. La fecha límite para responder era esa misma noche.
El texto indicaba el lugar del encuentro. Solo pedían su presencia en el templo de Kaneiji a las doce de la noche.
Solo tenía una hora. Su cabeza daba vueltas.
—¿Será verdad? ¿Quizás me roben o me secuestren? —se cuestionó.
Hablaban de una buena paga. La duda comenzaba a volverlo loco. Mordía sus uñas con ansiedad.
Miró a su hermana, que se había dormido hace relativamente poco.
—Si la dejo sola otra vez, se enfadará de nuevo.
Por un arrebato de frustración, se calzó las zapatillas a toda prisa. Debajo de la sudadera guardó el fierro punzante que había arrancado del sofá.
Antes de salir por la puerta, se detuvo repentinamente. Su corazón pedía a gritos escapar de esa abrumadora situación.
La mano le temblaba descontroladamente. La mitad de su cuerpo quería salir, la otra le impedía moverse.
En medio de ese calvario de emociones, se auto excusó, alentándose a sí mismo con la idea de que solo iría a darle una paliza al responsable de todo esto.
Salió de la habitación.
Al final del pasillo, algunos enfermeros conversaban.
Los saludó como de costumbre. Ellos insistieron en invitarle un café, pero los rechazó con la excusa de que tenía prisa.
Apenas estuvo en el exterior, el fierro comenzó a molestarle el estómago, dificultándole el caminar.
Corrió con dificultad hasta la estación de trenes. Tuvo suerte: alcanzó el último.
El vagón donde viajó estaba casi vacío. Solo quedaba un grupo de cuatro mujeres.
Estaban vestidas formalmente. Oficinistas. Se notaban un poco borrachas.
Se giró a mirarlas una sola vez e intentó ignorarlas a pesar del escándalo que hacían.
Una de ellas lo notó. Empezó a gritarle piropos. Las demás se sumaron.
Pretendió hacer como si no escuchaba, aunque la incomodidad lo carcomía.
Al ver que no respondía a sus halagos, decidieron acercarse.
—¡Oye, tú! Te estoy hablando… ¿Quieres que sea tu mamá?
Las risas reverberaban en las paredes del vagón.
Por el enojo, apretó los dientes. Movía la pierna para calmarse.
—Te dejaré tocarme una teta… si me miras a los ojos…
Del otro extremo del vagón, el guarda del tren se acercaba.
—¡Disculpen! ¿Sucede algo aquí?
Las mujeres se quedaron calladas, sumisas. Él aprovechó para cambiarse de vagón.
Respondió amablemente que no había problema.
No necesitaba más problemas de los que ya tenía. Pero, sobre todo, estaba demasiado nervioso por el objeto afilado que escondía. Si lo descubrían, todo se iría a la mierda.
El recorrido terminó en la estación de Ueno.
Al bajar del tren, se alivió en gran medida.
Estuvo a punto de lastimar a esa mujer.
Salió de la terminal. Solo le quedaban unas pocas cuadras hasta el templo. Sin embargo, sus piernas no querían moverse.
Estaba aterrado por lo que podía pasarle.
—Ya estoy aquí. Llevo esto conmigo, por si pasa algo —piensa.
Cada paso que daba en dirección al lugar de encuentro hacía temblar su columna vertebral.
A lo lejos, ya divisaba la llamativa estructura del templo.
Distraído, un auto casi lo arrolla.
El conductor lo insultó.
Entró siguiendo los caminos de piedra.
Revisó nuevamente el mensaje:
«Estaré esperándote en la entrada del templo».
Su cerebro dio el último pulso eléctrico, la señal que lo dejó parado justo en el lugar indicado.
Hacía frío. El cielo estaba nublado. No había una sola alma en los alrededores.
Había llegado justo a tiempo.
Miró la hora en su celular: las doce de la noche.
Suspiró profundamente y exhaló el aire despacio.
Meneaba los dedos junto a sus ojos en un intento de liberar la presión que le explotaba en el cráneo.
Estuvo ahí parado unos treinta minutos.
Todo estaba oscuro. Solo se escuchaban los ruidos de la ciudad y los bichos nocturnos.
La desesperación comenzó a abordarlo. Pensó en irse o quedarse un rato más.
Terminó por concluir que todo era obra de algún estúpido aburrido.
No perdería más el tiempo. Ya era tarde.
Frustrado, se dio media vuelta, pero chocó contra algo.
O mejor dicho… contra alguien.
Agitó los brazos, nervioso.
—¡Perdóname! ¡Lo siento muchísimo!
Al recuperar la visión tras el golpe, se dio cuenta de que había tropezado con una mujer.
—Me golpeaste la nariz…
Quería que la tierra se lo tragara. La culpa lo asfixiaba.
Le tendió la mano para ayudarla a levantarse.
—¡Fue mi culpa! —dijo, todavía nervioso.
—No te preocupes. Estoy bien.
Aunque lo asegurara, su mente no paraba de castigarlo por su torpeza.
—¿Qué haces aquí tan tarde y solo? —preguntó la chica.
No supo qué responder de inmediato. Intentó pensar en una buena excusa.
—Vine… a… rezar… —mintió, de la peor manera posible.
A la chica se le escapó una pequeña risa.
—Pero si el templo está cerrado.
Se llevó la mano a la nuca.
—Por eso… ya me iba… —murmuró.
Sacudió el polvo de su ropa. Ella le agradeció por prestarle su pañuelo.
—Me alegra no ser la única rara que viene a estos lugares de noche.
Él rió por su comentario. Se disculpó con ella una vez más y se aseguró de que no estuviera lastimada.
Ambos procedieron a despedirse.
—Vuelve seguro a casa —le deseó la chica.
—Igualmente —respondió él.
Seguía un poco agitado por la secuencia que vivió. Casi le da un infarto por el susto. No lograba entender las sensaciones que lo invadían. Creía estar molesto, frustrado por haber caído en esa broma, pero a la vez se sentía seguro de sí mismo al haber tenido el valor de encarar la situación.
Todo había sido para nada. Un gasto de energía y dinero innecesario.
La oscuridad lo envolvía. Solo se escuchaban los sonidos de la ciudad y los bichitos nocturnos.
La desesperación comenzaba a abordarlo. Dudaba entre irse o quedarse un rato más.
Le faltaban solo unos metros para salir del recinto. Decidió arrojar el fierro a los arbustos.
De repente, parpadeó y, al abrir los ojos, yacía tirado en el suelo. Su instinto de supervivencia rogaba a gritos que huyera de esa situación, pero su cuerpo no respondía. Las luces de las lámparas de tela fueron lo último que su vista alcanzó a dibujar antes de desvanecerse.
Permanecía acostado, aunque el suelo que chocaba contra su espalda ya no le parecía tan rústico. Algo comenzaba a molestarle. Sentía un calor en la nuca que luego se expandía hasta su cabeza.
Su ojo izquierdo fue el primero en abrirse. Lo primero que captó fue la imagen de un techo de madera, de roble oscuro.
Intentó incorporarse rápidamente, pero unas poleas atadas a sus extremidades se lo impidieron. Tiró con fuerza, raspando el metal de la cama con la esperanza de romperlas, pero no cedieron ante la escasa fuerza que podía ejercer.
Aún seguía aturdido; cuando pretendía enfocar algo con la vista, su visión se desenfocaba.
En ese punto, el ataque de pánico era inminente. Temía por su vida. Sentía que lo matarían ahí mismo.
Con dificultad, intentó identificar el cuarto en el que se hallaba. Gran parte de las cuatro paredes estaban sumidas en la penumbra.
Dirigió la mirada hacia la única fuente de luz: un velador de buen tamaño que proporcionaba una iluminación tenue. A su lado, descubrió un diván.
No tuvo oportunidad de discernir más detalles.
Logró divisar unas piernas con pantalón y zapatos negros.
Su cuerpo y alma se paralizaron. Sudaba gotas enormes de desesperación.
La luz de un auto que pasó por la calle iluminó por un instante el rostro de aquella mujer.
Era la misma chica con la que se había cruzado en el templo.
Todo ocurrió tan velozmente que dudaba de la veracidad de esos recuerdos.
Ella lo miraba fijamente. Su sola presencia lo atravesaba.
Gritó con todas sus fuerzas, pero solo desperdició energías. Tenía puesto un cubrebocas.
Tal vez era una de las tantas pesadillas que lo atormentaban con frecuencia.
Sin embargo, estaba equivocado.
Absolutamente todo lo que lo rodeaba era real. El dolor en su cuerpo, su ataque de nervios…
Como si un trueno hubiera retumbado en la habitación, pegó un brinco del susto al escuchar una voz.
—Tranquilízate. No compliques las cosas.
Se quedó inmóvil.
Estaba aterrado, invadido por un pavor sin precedentes.
Tal como un cachorrito moribundo, obedeció.
Forzó la lengua con desesperación para quitarse aquello que le impedía hablar.
—¡No tengo dinero! ¡Llévate mi celular! ¡Por favor, déjame ir! —rogó, nervioso.
Ella sonrió.
Otro golpe de desesperación lo obligaba a moverse.
Tal era la fuerza que ejercía, que terminó por hacer que toda la cama se sacudiera, generando un ruido molesto.
Ella volvió a pedirle amablemente que guardara la calma, pero esta vez no le hizo caso.
Se levantó del asiento donde descansaba. Antes de marcharse por la puerta, lo miró por última vez.
Sus miradas se encontraron.
Su sonrisa se esfumó.
Luego, salió del cuarto.
Segundos después, dos hombres entraron.
Nuevamente, él insistió en que no tenía dinero. Si lo preferían, hasta podía dar sus órganos con tal de que no lo mataran.
Sus palabras fueron ignoradas.
Sin piedad, lo golpearon una y otra vez, evitando las zonas vitales.
Mientras todo sucedía, lo único que pasaba por su mente era la imagen de su pequeña hermana.
«Debí quedarme acostado a su lado…»
Al otro lado de la puerta, la chica esperaba pacientemente.
Miraba el techo, con las manos detrás de la espalda, tarareando una canción.
Una anciana encargada de la limpieza pasó a su lado.
—¿Cómo estás, querida?
—Todo va bien. Muero por darme una ducha después de esto —respondió con una sonrisa cariñosa.
Pasaron dos minutos.
La joven golpeó la puerta; esa fue la señal para que se detuvieran.
Los hombres salieron, limpiándose los puños.
No hubo más interacción.
Ella volvió a entrar, pero antes se aseguró de que nadie estuviera espiando.
Examinó el cuerpo tirado en aquel colchón.
La almohada, que tenía una funda blanca, ahora estaba teñida por una enorme mancha de sangre.
Se le notaba sin aliento, aunque aún consciente de su entorno. Sus ojos reflejaban una desesperación muda.
Había llegado a su límite.
Su cuerpo cedió, desmayándose ahí mismo.
Despertó solo unos minutos después.
Una sensación extraña lo mantenía alerta.
Había una presencia cerca.
Podía percibir cómo la gravedad de ese cuerpo hundía las sábanas.
Algo reposaba sentado a su lado.
No podía abrir los ojos por completo, ya que hacerlo le causaba un dolor insoportable.
Su respiración estaba agitada.
Trató de calmarse, pero sintió que sus pulmones iban a explotar.
Le dolía todo el pecho.
Los dedos de sus manos y pies, o lo que quedaba de ellos, lucían deformes, hinchados por el impacto.
Su rostro estaba lastimado.
El pelo, pegado a sus mejillas, ocultaba la sangre.
Logró reconocer la silueta.
Sus miradas se cruzaron.
Un rostro reflejaba agonía; el otro, escasa emoción.
Un aroma floral llegó a su nariz, mezclado con un dejo metálico.
La chica limpiaba sus heridas con lo que parecía ser su propio pañuelo.
Él sintió el calor de sus dedos sacando la sangre seca de sus labios.
—Ustedes… la gente del… Men… —intentó articular.
Ella sonrió al escucharlo.
Tomó un cuchillo.
Lo afiló, rascando el borde contra el metal de la cama.
Él aceptó su destino.
Cerró los ojos y comenzó a pedir perdón.
Las lágrimas se le escurrían.
Lloró todos los errores que había cometido en los últimos años.
Escuchó el sonido de una cuerda rota. Luego, otra, y otra más.
Seguía respirando.
Su corazón latía.
Las ataduras habían desaparecido.
Movió los brazos con cautela. Podía moverse.
Empezó a toser con fuerza, escupiendo el flujo acumulado en su estómago.
La mujer lo había desatado.
Aunque ya no tenía ataduras, su cuerpo seguía paralizado por el terror.
Ella volvió a sentarse a su lado.
Levantó su mentón con un solo dedo.
—No intentes nada estúpido o te matarán.
Hubo un largo silencio.
—Mueve la cabeza si me entendiste.
Con esfuerzo, obedeció.
—¿Tienes hambre?
Él asintió.
—¿Puedes moverte solo?
Su pierna era la única parte de su cuerpo que se había salvado de la golpiza.
Inesperadamente, lo sujetó por el costado y lo ayudó a incorporarse de la cama. Le hizo saber que, si no podía caminar, podía sostenerse de su brazo.
Como paciente y enfermero, ambos salieron de aquella sala oscura.
Desorientado, marchaba. No había posibilidad de que supiera dónde se hallaba.
Los largos pasillos blancos irritaban sus ojos. Finalmente, salieron de algún tipo de edificio. Desde afuera, la construcción tenía un aspecto descuidado.
Antes de cruzar la puerta, logró leer un cartel:
«Servicios Sociales»
Un viento fresco golpeó sus heridas, reavivando el dolor.
Se detuvieron frente a un automóvil negro. Cortésmente, ella le abrió la puerta y se aseguró de que no se lastimara al entrar.
En cuanto cerró la puerta, se dio media vuelta, pero algo la inquietó.
Junto al vehículo negro había otro estacionado.
De él bajó un anciano.
El hombre lo miró con detenimiento: golpeado, ensangrentado.
—¿Necesita algo? —preguntó.
—No, no necesito nada. Ya me marchaba…
Mientras conversaban afuera, un subidón de adrenalina lo sacudió.
—¡Si grito me escuchará! ¡Por favor ayúdeme señor! —dialogó con su consciencia.
Disuadido, intentó jalar la manija de la puerta, pero no se abrió. Estaba encerrado.
El anciano, aún preocupado, dio las buenas noches y se subió a su carro.
Cuando puso la marcha en reversa, él abrió la mano y la hundió sutilmente en la chapa del capó, esperando que el hombre notara algo.
No sucedió.
Después de que el anciano se alejara, la mujer ingresó al auto y se sentó junto a él.
Las primeras gotas de lluvia comenzaron a estallar contra el parabrisas.
Sin pronunciar palabra, encendió el motor y puso la marcha. Se dirigían a algún lugar extraño.
El pánico volvió a atacarlo. Imaginaba que lo llevarían a un sitio apartado para ejecutarlo de un balazo.
Transcurrieron alrededor de quince minutos. La llovizna cesó.
Cuando llegaron a su destino, divisó una estructura metálica. Al acercarse, notó que se trataba de un puesto de comida callejera.
Se quedó con la boca entreabierta. Sus extremidades se paralizaron mientras observaba el lugar.
—Elige algo. Yo pagaré.
Señaló tímidamente un sándwich con una salchicha. Nunca había visto una comida así, pero era lo único que vendían.
Ambos compraron lo mismo y se sentaron en una mesa de madera cercana.
«Gracias por elegir Marusero Choripán».
Ella mordió el sándwich y lo animó a comer.
—¿Quién eres? —consulta.
La mujer limpió su boca con una servilleta antes de responder:
—Me llamo Akami.
Él dio un pequeño bocado al pan especiado.
—Hiromi —se presentó.
Akami apoyó las manos sobre sus rodillas y sonrió.
—Sonríe—. Sé quién eres.
Aquellas palabras le quitaron el apetito al instante.
Un nudo se formó en su estómago.
Era ella. La persona detrás del macabro mensaje.
—¿Cómo sabes qu…?
—Guarda silencio por favor. Come la comida callado.
Tragó saliva. Su voz se entrecortó.
—Perdí el hambre —confesó.
Akami estiró el brazo hasta su mano. Sus cálidos dedos rozaron la parte superior de la suya.
—No te haré daño. Tienes que tranquilizarte.
Una lágrima rodó por su mejilla. Con todo lo que estaba ocurriendo, dudaba de su propia cordura.
—¿Te sucede algo?
—No, solo… son momentos difíciles.
Secó la lágrima con la yema de los dedos, procurando no lastimarse con las uñas.
De nuevo, ese fuerte aroma a flores le impregnó la nariz.
Quedó deslumbrado.
—Entonces ¿aceptarás? Si me dices que no, dejaré que te vayas.
Motivado por la angustia, golpeó la mesa de madera.
No tenía otra opción. Estaba arruinado. Necesitaba ese dinero, costara lo que costara.
La expresión amable de Akami se desvaneció.
La lluvia volvió a caer. Era momento de regresar al auto.
Antes de entrar, pensó en dejar la puerta cerrada, pero sin asegurar. Si lograba hacerlo sin que ella notara, podría escapar cuando estuviera distraída.
Akami retomó la conversación. Explicó la importancia del compromiso en el trabajo. La paga cubriría todos sus gastos.
Pero una vez que llegara al sitio donde trabajaría, no habría marcha atrás.
—Me interesa, cuénteme más por favor…
—Inclina un poco la cabeza, mientras lo mira—. No puedo hablarte de nada hasta que seas oficialmente un empleado. —arroja.
Movió la puerta con el codo, balanceándola en el aire.
—Cierra la puerta correctamente, por favor.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Obedeció en silencio.
El auto tomó rumbo hacia el centro de la ciudad.
Seguía inquieto.
Pasaron por un control policial, pero no tuvo el valor de pedir ayuda.
El miedo persistía. Las marcas en su piel palpitaban.
Pero estaba allí por decisión propia.
Todo esto, en primer lugar, lo había ocasionado él mismo.
Revisaron semáforos y cuadras. El ambiente en el auto se volvía asfixiante.
—¿Puedo bajar un poco la ventanilla? Tengo calor.
—Encenderé el aire acondicionado en su lugar, si te parece.
—Se apena—. No hay problema…
Ella ríe suavemente.
—Tendremos que viajar una larga distancia.
Su mente era un caos de emociones.
—Rasca su nuca—. Lo siento, pero no puedo salir de la ciudad —argumenta.
Akami detuvo el auto en un semáforo en rojo.
Juntó las manos y las frotó, tratando de aliviar la tensión.
—Mi hermana está… Enferma. No puedo dejarla sola…
El semáforo cambió a verde.
—No habrá inconveniente por eso.
Mordió sus labios con fuerza.
—¿Cómo se llama tu hermana?
—Tartamudea—, Hideyo…
—Se sonroja, mostrando sus dientes levemente—. Lindo nombre. Debe ser una princesa.
Tendrían que partir esa misma madrugada.
Le preguntó si necesitaba pasar a algún lugar antes de irse.
—Solo a mi casa… Y a recoger a mi hermana del hospital —solicitó.
Ella giró el volante y cambió de dirección.
Lo guio hasta su hogar.
Se estacionaron frente a la casa.
Lo esperó en el auto, bajo la lluvia, vigilando cada uno de sus movimientos.
—No tardes demasiado, por favor.
La llave la había dejado en el hospital. No podía entrar por la puerta principal.
Se acercó a la mujer.
—Tendré que entrar por atrás.
Dio la vuelta hasta el patio trasero.
Forzó la ventana que siempre dejaba entreabierta.
Al entrar, tropezó con algo y cayó, rompiendo un velador.
El vidrio rajó su rodilla.
Adolorido, buscó agua en la nevera.
Con un trapo y jabón, limpió la herida.
Echó un vistazo por la ventana.
Ella seguía esperando, inmóvil bajo la lluvia.
Subió al segundo piso. Sus pertenencias importantes estaban en el hospital. Solo recogió los pocos yenes que le quedaban.
Entonces, escuchó un sonido.
La puerta principal, mal mantenida, chirrió al abrirse.
—¿Hola?
Silencio.
Se paralizó.
La luz de una farola iluminó los marcos de unas fotografías.
Las observó durante dos minutos.
Las sacó, las guardó en su bolsillo y salió.
—Perdona la tardanza.
Akami movió la cabeza, indicando que no había problema.
—¿Vamos por tu hermana?
—Sí. Al hospital Tachikawa…
El auto arrancó.
La lluvia caía con más fuerza.
Su hogar se desdibujaba en la distancia.
Notó la herida en su muslo y preguntó si había tenido algún problema adentro.
—Solo me tropecé. Eso es todo —respondió con voz apagada.
La pobre alma golpeada se encontraba sin ánimos, un cansancio sobrehumano lo invadía. Recostado en el asiento, vigilaba cómo la chica manejaba con calma: su pelo atado, la ropa negra que vestía, su tono de piel parecido al de una muñeca de porcelana.
Había algo en ella que lo atraía. Quizás su aroma, quizás la forma en que lo trató. No le había causado ninguna de sus heridas; fueron otros. Pero aun así, fue ella quien las atendió, una por una.
Su rostro reflejaba seguridad, una paz que él tenía prohibida desde hacía largo tiempo. Y fue entonces, después de toda esa tortura, que por primera vez respiró con tranquilidad.
Comprendió que ella no lo lastimaría. Tal vez, incluso, sería quien lo cuidara. Pero no se atrevió a pronunciarle una sola palabra. Viajó en silencio, pegándose lo más posible a la puerta, evitando cualquier contacto.
Pensó que lo dejaría en la entrada del hospital. Sin embargo, una cuadra antes, detuvo el auto.
Bajó únicamente la mujer. Le ordenó que aguardara en el interior.
Desde el asiento, él la observó caminar hasta otro vehículo y dar unos golpecitos en la chapa. Cuatro hombres descendieron. Todos dirigieron su mirada hacia la sombra dentro del auto. La presión de esas miradas lo intimidó. Instintivamente, intentó ocultarse debajo del asiento.
Ella hizo una leve señal con la cabeza. Era la indicación de que podía salir.
En ese momento, descubrió una entrada que jamás habría creído que existiera en ese hospital. Caminaron hasta la parte trasera del sanatorio.
Desde una cabina de vigilancia, un guardia vio a través de las cámaras a aquellas personas aproximarse. Parecían sospechosas. Inmediatamente, tomó la radio para reportarlo, pero lo único que recibió como respuesta fue un inquietante sonido de estática. Confundido, insistió varias veces. Nadie le contestó.
Sin más opciones, decidió encargarse él mismo de la situación.
Esperó firmemente parado en la entrada de ambulancias. Al final de la curva, los vio salir de la oscuridad.
—Buenas noches —saludó con cortesía, aunque sin bajar la guardia—. Esta zona es restringida.
Pero antes de que pudiera terminar su advertencia, algo en la actitud de aquellos sujetos le hizo titubear. Su rostro palideció. Lo entendió demasiado tarde.
No logró escuchar las palabras que intercambiaron. Solo vio la expresión del guardia cambiar drásticamente. Y, sin más, se apartó del camino.
—Usen el ascensor —murmuró con voz débil.
Su deber como seguridad ya no importaba.
Los demás entraron. Sin embargo, cuando el ascensor llegó, ella pulsó el botón y se quedó quieta.
—Nosotros nos desviaremos un rato —anunció.
Las puertas se cerraron.
Él, sin fuerzas, se desplomó en el suelo. Sentía punzadas en la herida reciente. Imaginaba cómo sus glóbulos rojos luchaban por cerrarla.
El dolor en su muslo palpitaba al ritmo acelerado de su corazón.
Sonó el timbre del ascensor. Habían llegado al piso deseado.
Algo en el ambiente lo tenía inquieto. Tal vez las luces, que parecían más tenues de lo normal. O la ausencia de enfermeros en la entrada.
Aun así, avanzó.
El dolor de cabeza comenzó a ser insoportable.
Estiró la mano para abrir con sutileza la puerta de la habitación, sin cerrarla del todo para evitar hacer ruido.
Se quedó en el umbral. La única fuente de luz provenía de la televisión encendida.
«¿Estará despierta?»
Dio pequeños pasos para no generar sonido alguno. Se asomó apenas, observando desde la esquina.
Ella estaba despierta. Miró el reloj en la pared.
Sintió un nudo en la garganta. Con gran dificultad, lo tragó y, finalmente, salió de la oscuridad.
—¿Hermano? —su voz tembló.
Pero antes de llegar por completo al borde de la cama, sus piernas cedieron. Se desplomó sobre ella.
Las sábanas blancas quedaron manchadas con la suciedad y la sangre de su cuerpo.
Ella se desesperó. Su expresión se transformó en puro terror al ver su estado.
—¡¿Qué te pasó?! ¡Estás cubierto de sangre! —gritó, alarmada.
—No ha pasado… nada —intentó responder, con la voz apenas audible.
Con violencia, arrebató la botella de agua de la mesa. Bebió como un animal sediento.
Tosió.
—Tengo un trabajo nuevo… Nos vamos —logró decir.
El esfuerzo físico fue demasiado. Sin que se diera cuenta, las heridas comenzaron a abrirse nuevamente. Su respiración era entrecortada, errática. Perdía demasiada sangre.
—¡¿A dónde quieres ir?! ¡Llamaré a los enfermeros! —exclamó su hermana, aterrada.
—Estoy bien… Guarda tus cosas en la mochila —ordenó con tono más firme.
Pero ella no lo escuchó. Sus ojos, llenos de lágrimas, se dirigieron a la puerta. Salió corriendo en busca de ayuda. Pero afuera solo encontró oscuridad.
—¡¡Tengo miedo!! ¡¡Por favor, llama a alguien!! —suplicó.
Él, tambaleándose, se levantó.
—Hermana… Pon tus cosas en la mochila —insistió con dureza.
Ella seguía en la puerta, paralizada, sin saber qué hacer.
Su paciencia se agotó. Agarró un florero de la mesa y lo lanzó contra la pared.
—¡Dije que guardaras tus cosas! —gritó con furia.
Aterrada, cayó al suelo, sollozando.
La ira y la frustración lo consumían. Irritado, la sujetó con fuerza, obligándola a obedecer.
Al ver que no respondía, comenzó a empacar sus pertenencias él mismo.
Un golpe en la puerta lo interrumpió.
La puerta se abrió de golpe. Era la mujer.
—Es hora de irnos —anunció.
La oleada de adrenalina lo cegó. No se percató del estado en el que estaba su hermana. Ella sufría un ataque de pánico, inmóvil, incapaz de reaccionar.
Colgándose la bolsa al hombro, la obligó a caminar sujetándola del brazo.
Desde la puerta, la mujer insistió en que se dieran prisa.
Antes de salir, él aflojó la mano.
Ella, temblorosa, lo miró fijamente.
Las pupilas de la mujer se dilataron enormemente. Era como si viera a un ángel frente a ella.
Ocultando su incomodidad, la joven se aferró al brazo de su hermano, ignorando la mano extendida de la mujer.
—Hide…
Se apartó del camino y los dejó pasar.
—Él necesita sus medicamentos. No puede estar más de un día sin ellos —aclaró.
—Creí haberte dicho que no habría problema con eso —respondió ella.
Salieron del hospital. Al otro lado de la calle, una camioneta los esperaba.
A lo lejos, luces azules y rojas destellaban, acompañadas del eco de sirenas.
Él se detuvo. Miró a su alrededor, sintiendo una punzada en el pecho.
¿Realmente tenían la autoridad para llevarse así a un paciente crónico? ¿Se estaba convirtiendo en cómplice de un delito?
Pero los rostros de esas personas no mostraban la menor preocupación.
—Sube al auto, por favor —lo apuró la mujer.
Él tragó saliva.
—Discúlpame… —murmuró.
El motor rugió. La camioneta arrancó. Viajaban los tres en los asientos traseros. Los otros hombres los seguían en otro vehículo.
El copiloto pasó una mochila hacia atrás. Ella la tomó y sacó un sobre plateado.
Pidió que se quitara la ropa. Como cualquier joven al recibir semejante petición de una mujer, su rostro se tiñó de rojo.
Con gran esfuerzo, rasgó su vestimenta. No tenía fuerzas suficientes para quitársela por completo.
Destapó una botella y volvió a lavar sus heridas. Luego, abrió un sobre con un envoltorio llamativo y esparció un polvo amarillo sobre las zonas afectadas.
—¿Puedes tragarte las pastillas?
Murmuró algo ininteligible. Su debilidad era evidente; la anemia se hacía inminente.
Su hermana sostenía con fuerza su mano, sin despegarse un solo momento de él.
—No te preocupes, princesa. Tu hermano tuvo un accidente en el trabajo, pero se recuperará —aseguró la mujer.
El auto aceleró al entrar a la autopista.
—Perdió mucha sangre. No resistirá mucho tiempo más —reflexionó la mujer.
La lluvia, antes serena, ahora golpeaba con fuerza la carrocería, su sonido resultaba agobiante.
Ordenó al conductor tomar la próxima salida. El copiloto emitió un sonido de duda ante la orden.
—Tengo sed. No hay nada para beber aquí atrás.
Los dedos del conductor, firmemente aferrados al volante, se movieron para accionar la señal de giro. La luz intermitente parpadeó en los faros del vehículo.
Las ruedas traseras se friccionaron violentamente contra el pavimento; las agujas del tablero rozaron su límite. El repentino impulso ejerció una presión inesperada sobre los ocupantes.
—¿Qué quieres beber? —preguntó el conductor.
Mientras pensaba en su respuesta, notó que sus zapatos estaban manchados. Bajo la pierna de “Él”, un fluido goteaba.
Desabrochó el cinturón de seguridad y usó la cinta para envolver una herida que no había notado antes.
—Family Mart —contestó, buscando en su celular la ubicación más cercana.
Golpeó el respaldo del asiento delantero y el copiloto colocó el teléfono en el soporte del GPS.
El corazón de Hideyo comenzó a latir irracionalmente. Temía que algo estuviera mal con su hermano.
Su voz se quebró al preguntar:
—¿Qué le pasa a mi hermano?
Antes de que la mujer pudiera responder, la luz de un incandescente cartel verde llamó su atención. En él había una cruz.
—Espéranos aquí, enseguida volveremos. Cuida de tu hermano.
Cerró la puerta con energía.
El lugar, que hasta minutos antes parecía un calvario, quedó sumido en el silencio, interrumpido únicamente por el golpeteo de la lluvia.
Lo abrazó. Lo movió. Lo tocó. Preguntó insistentemente si se encontraba bien.
—Así es —respondió débilmente.
Llevó las manos a su boca y comenzó a llorar, maldiciéndolo al mismo tiempo. Había llegado a su límite. Por las mentiras. Por su tristeza. Por su odio hacia sí misma.
Pero en medio de su angustia, un estímulo interrumpió su dolor. Sintió algo cálido sobre su cabeza.
La mano de “Él” la acariciaba. Sus dedos recorrían su cabello, dejando algunos mechones pegajosos de sangre.
—Hermano…
Su momento íntimo no duró mucho. La mujer y los dos hombres regresaron con una bolsa en brazos. Dentro había tubos de plástico y tabletas de medicamentos.
No tardaron más de cinco minutos en la farmacia antes de trasladarse a otro sitio. Las ruedas del auto se detuvieron frente a un hotel. Antes de bajar, los hombres escudriñaron el entorno con la mirada.
Uno se quedó de guardia. Otro caminó hasta la recepción. Luego, uno inclinó la cabeza en dirección a la mujer.
Procedió a bajar, cargándolo en sus brazos.
Al levantarlo, notó que el asiento donde había reposado estaba empapado en fluidos. Su expresión cambió: cerró la boca y frunció el ceño.
—Nos dieron la última habitación del segundo piso.
Entró sin más y lo acostó en la cama. Los hombres se quedaron afuera, observando desde el umbral. Ella los miró, cuestionando su actitud. Parecían reacios a entrar.
—Si hay ca… —balbuceó uno de los trajeados, pero fue interrumpido.
—No hay tiempo. Está perdiendo el pulso —sentenció.
Antes de ingresar, fijó la mirada en el hombre, quien, a su vez, dirigió la suya hacia la niña, haciéndole una señal.
Ella asintió y se llevó a su hermana a la habitación de al lado.
Cerraron la puerta con llave.
El hombre que se quedó en la habitación se sentó en un sillón junto a la ventana. Disimuladamente, sacó un revólver de su pecho y lo sostuvo con firmeza.
Con el mayor sigilo, retiró el seguro y corrió la corredera.
La mujer rasgó la ropa de “Él”, dejándolo con lo mínimo necesario. De su cabello, sacó una bincha elástica y la ató sobre la parte superior de su brazo.
Sus sospechas se confirmaron: aquello no había sido un correctivo. Era tortura. Una despiadada. Las heridas cubiertas por la ropa le habían impedido ver la magnitud del daño.
Pero no había tiempo para especular.
Se arremangó la camisa y colocó otra goma elástica en su propio brazo. Desenrolló una manguera transparente y respiró hondo, seguro de lo que hacía.
Abrió unos sobres que contenían agujas, tomó un trozo de tela impregnado en desinfectante y limpió la piel de ambos.
Un leve dolor. La aguja perforó su dermis y alcanzó la vena.
Repitió el proceso en el otro brazo. Un líquido comenzó a recorrer lentamente los tubos.
Se recostó a su lado y suspiró, liberando tensión.
En su mente, las reflexiones se sucedían una tras otra. Cada pieza encajaba en su lugar. Pero no había tiempo para pensar en quién era el responsable de semejante aberración.
La noche pasó rápido.
Con un hombre medio muerto a cuestas, no podían quedarse más tiempo. Debían seguir.
—Tenemos un problema con el auto.
El tanque medio vacío les impedía llegar a su destino.
—¿La estación más cercana?
—Desvío de treinta y cinco minutos —respondió el joven a su lado.
—Pensar demasiado solo traerá más problemas —se dijo.
Dio la orden. Todos se pusieron en marcha para cargar el cuerpo.
Con un alicate, arrancó las placas de un automóvil estacionado en la otra vereda.
—Llegaremos con esta porquería, al menos.
Cubrieron cada punto visible del interior. Rozaban peligrosamente el límite.
La única prioridad era llegar a su destino.
Finalmente, la última parada.
Una linterna iluminó el capó. La mujer frunció el ceño con desagrado.
—Por la derecha, por favor —indicó el policía.
Dentro del auto, los corazones latían con una violencia desconocida.
—Dígame, oficial —atiende.
—Buenos días, señorita. Haremos un control.
—Tómese las molestias que desee por favor —respondió sin titubear.
Le pidió que bajara las ventanillas traseras. Ella lo hizo sin dudar.
Los de atrás dormían… extrañamente.
El policía revisó cada rincón con su linterna. Otro agente confirmó que el vehículo estaba limpio.
—Sufrí un accidente. Aquí tiene la patente y los papeles.
Los revisó con atención. Un detalle lo alertó.
—¿Quién es el titular? —interroga el oficial.
—Mi nuera —excusó.
El guardia se apartó, pero antes de dejarlos marchar, notó los rasguños en la pintura del capó.
Alzó la mano.
—Estaciónense en la parte trasera.
—Dejen de hacerse los dormidos… Cúbranlo —intimido a cada uno de los homres—.
Mientras escondían el cuerpo, sacó los papeles y los enrolló cuidadosamente.
Un golpe seco rompió la tapa del encendedor.
Del poco alcohol que quedaba, trazó un camino hasta el centro del interior. Revolvió medio coche en busca de cualquier material que pudiera combustionar.
—Solo nos dará unos minutos, lo suficiente para llegar a tiempo y abordar el tren.
Desde el bolsillo de su pantalón, la vibración insistente del celular marcaba cada segundo, jugando en su contra. Cada temblor era más intenso que el anterior.
Sus ansias de correr no eran dignas de sí misma. Había aprendido, a costa de su vida, a ignorar los pensamientos que intentaban sabotearla.
Entraron a la estación de trenes.
Las paredes, esculpidas al límite que el hormigón permitía, ostentaban detalles intrincados.
Hiromi era llevado en silla de ruedas.
Las manos sudorosas y los pies temblorosos del hombre que lo empujaba delataban su nerviosismo.
—Sigan caminando —ordenó.
Respirar se volvía difícil; tragar saliva, aún más.
Esperaron para abordar el vagón.
—¡Hermanito! ¡hermanito! ¡Despierta! —susurraba.
Las pequeñas manos de la niña intentaban mover aquel cuerpo pesado.
A unos pocos metros, al otro lado del andén, un guardia de seguridad permanecía atento.
Un golpe de presión se instaló en su diminuto pecho.
—Si tan solo…
Dio unos pasos hasta donde yacía la mujer. Ella mantenía la mirada perdida, contando las piedras de los rieles.
—Disculpe —preguntó con nerviosismo.
La mujer giró la cabeza lentamente.
—Dígame que desea.
La niña bajó la vista, apretando los puños.
—¡Necesito ir al baño! ¡por favor! —musitó.
La mujer extendió su brazo.
—Qué dedos tan chiquitos tienes —rió con suavidad.
Los baños estaban justo detrás del andén, en la dirección donde el guardia los observaba.
Se agachó hasta la altura de su frente.
—No te demores mucho, por favor, ¿sí? Nuestro tren partirá pronto.
Los pasos torpes de la niña resonaron en el suelo hasta que su mano giró el cerrojo de la puerta.
Solo imaginarla saliendo corriendo hacia los brazos del guardia era una idea abrumadoramente tentadora.
Afuera del baño, la mujer llamaba la atención. Su piel pálida, su vestimenta impecable y su largo cabello rojizo no pasaban desapercibidos.
De reojo, ella y el guardia se miraban de vez en cuando.
Con una leve sonrisa, la mujer hizo una mueca en su dirección. Él bajó la cabeza en señal de agradecimiento, pero fue la única interacción entre ellos, aparte de esas miradas tímidas.
Los segundos corrían. La niña tardaba más de la cuenta.
Lo último que deseaba era invadir su privacidad, pero no tuvo otra opción.
Se agachó y miró por debajo de los cubículos del baño.
—Señorita, tenemos que irnos. Nos perderemos el tren —suplicó.
De repente, un destello de luz la cegó momentáneamente.
Una pequeña figura plateada corrió a toda velocidad bajo sus pies.
Entre el resplandor, sus ojos lograron divisar la silueta que huía.
Sin piedad, su brazo atrapó el frágil cuello de la niña. La sostuvo con extrema fuerza.
Mientras exhalaba repetidas veces, se percató del daño que le estaba ocasionando.
La marca en su garganta era peligrosamente llamativa ante las miradas de los presentes.
Un chispazo recorrió el cuerpo de Hideyo. No fue doloroso ni aterrador.
Un golpe seco y perfecto acabó con su conciencia.
Desabrochó los botones de su abrigo lo más rápido que pudo.
Pero antes de llegar a la última botonadura, su plan se frustró: la sangre manchaba su camisa, frustrando su salida del baño.
No podía salir sin la niña.
Recordó que el guardia había estado observando cada uno de sus movimientos.
Él estaba afuera de esa puerta.
Era la única persona que la vería salir.
Llamar a sus compañeros tampoco era una opción.
Todo su equipo había ardido con el auto.
Mientras intentaba decidir qué hacer, una sombra cruzó el andén a toda velocidad.
Tal fue su susto que abrazó a la niña con fuerza, ocultando la escena en su pecho.
—¡Discúlpeme! ¡Debe abordar el tren urgentemente!
El guardia alertaba a todos: había un atentado terrorista en la estación.
Sirenas y luces rojas se encendieron, sumando caos al ambiente.
Aunque era de madrugada, algunas personas aguardaban la apertura de los vagones.
Al escuchar el estruendo afuera, corrieron despavoridas.
—¡Suban al coche ahora mismo! ¡Estarán a salvo dentro! —gritó el oficial.
Cubrió a la niña con su abrigo y la cargó en brazos.
—¡Rápido, suba por aquí!
—¡Que salga el tren!
El último paso que dividía el andén del coche se cerró tras ella.
Las puertas de todos los vagones se clausuraron.
El silencio invadió el lugar.
Solo se escuchaba el aire fluyendo por la ventilación y la leve vibración del motor.
Miró por las ventanas difuminadas de las puertas mecánicas.
Afuera, el personal de seguridad corría de un lado a otro.
El oficial que había divisado antes hacía señales con los brazos para que el tren partiera.
Paralizada, solo podía sentir un zumbido adormecedor en los oídos.
—Disculpe... ¿se encuentra bien? —preguntó una anciana.
Con un leve movimiento de cabeza, confirmó que ambas lo estaban.
—¡Alguien vio a un chico alto de pelo blanco?! —gritó a los presentes.
La anciana señaló con su débil brazo.
—Sí, jovencita. Creo que está en el vagón de adelante.
La joven le tomó las manos con firmeza.
—¡Debe ser mi novio! ¡Fuimos víctimas de la bomba que pusieron los terroristas!
Un hombre de unos cuarenta años chilló desde el fondo, quejándose.
Susurros iban y venían tras sus palabras.
El pánico se propagó entre los pasajeros.
Lentamente, se acercaban en busca de explicaciones.
—¿Qué está pasando?
—Escuché una fuerte explosión hace unos minutos.
Un anciano, alterado más que nadie, la confrontó.
—¡Tú debes ser cómplice! ¡Dinos la verdad! —gritó, sujetándola con rudeza.
—¡Suélteme, degenerado! ¡Llevo una niña conmigo!
De pronto, las luces del vagón parpadearon tres veces antes de teñirse de rojo.
—¡No lo ven?! ¡No es japonesa, es una terrorista! —vociferó el anciano.
—¿Y tú cómo estás tan seguro? —preguntó la anciana.
—¡Debe ser del GRIPEN! ¡Los conozco!
Un chasquido de estática interrumpió la escena.
«Buenos días, señores pasajeros. Les habla el maquinista. Como habrán notado, sufrimos un atentado en la terminal. Por órdenes del alcalde, el tren no se detendrá hasta llegar a la última estación. Esperen instrucciones del personal».
El silencio cayó sobre todos.
La confirmación oficial de la situación paralizó a los pasajeros.
—¡Es verdad!
—¡Nuestras vidas estuvieron en peligro!
—No queda otra que esperar.
Un pacto silencioso se estableció entre los presentes.
Al mismo tiempo, todos giraron la cabeza hacia el anciano.
Él, sintiendo la presión de sus miradas, se desplomó sobre un asiento.
—A la mierda con esto... ya viví toda una vida —murmuró.
La joven apretó a la niña dormida contra su pecho.
El tren seguía su curso.
«Ruido de estática».
El LED de la cámara que colgaba sobre ella se encendió y apagó.
Intentó encontrar una explicación lógica para su comportamiento, pero cuando intentó abrir la puerta, lo entendió todo.
No necesitaba forzarla ni llamar la atención con su fuerza, lo que solo causaría pánico y revelaría que estaban atrapados.
De un rojo sangre, la luz cambió a un cálido tono verde. El camino quedó despejado.
Avanzó hasta el siguiente vagón. No obstante, las indicaciones de la anciana no habían sido del todo precisas.
No había nadie allí, salvo una joven parecida a ella, quizás unos años menor.
Se acercó con cautela para no asustarla. La intranquilidad de la chica era evidente en medio de toda esa escena.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó, agitando una mano frente a su rostro.
—Mis abuelos… —murmuró la joven en voz baja.
Su mirada estaba fija en el suelo; apretaba los dientes en busca de consuelo, lamentando un dolor desconocido.
Sin ningún reparo, la recién llegada pasó una uña por debajo de su mandíbula y le alzó el rostro con suavidad.
Ahora se observaban fijamente, dos polos opuestos en esa circunstancia.
Los patrones de su iris eran peculiarmente llamativos, más aún al mirarlos de frente con atención.
La universitaria sintió un escalofrío cuando percibió una extraña difuminación tras esos colores.
Se le erizó la piel y su respiración se volvió entrecortada, víctima del frenético latido de su corazón.
Un reflejo brillante dificultó su visión, pero alcanzó a distinguir un patrón extraño.
Algo se movía detrás de ese brillo; parecía un ojo de plástico.
Trató de convencerse de que era imposible, que algo así no podía existir en la realidad.
Tal vez solo estaba alucinando por el estrés del momento.
Pensamientos caóticos inundaron su mente, demasiado rápido como para detener el temblor de sus delgadas piernas.
—¿Qué sucede con ellos? —preguntó, intentando controlar su voz.
Algunas gotas de sudor, mezcladas con lágrimas, cayeron sobre el suelo metálico.
—Cuando escuchamos la explosión, los guardias de seguridad nos separaron de inmediato. Ni siquiera sé si mis abuelos siguen en este tren… —dijo la joven con la voz temblorosa.
Con cuidado, la mujer extendió su brazo y posó su pálida mano sobre el hombro de la muchacha.
—Déjame ayudarte. Tal vez tus abuelos estén en los vagones de adelante. Yo también perdí a mi novio en medio de este caos… —dijo con pesar.
La chica describió la apariencia de su novio con la esperanza de que la otra lo hubiera visto.
Sin embargo, la universitaria jamás se había cruzado con alguien así.
—Lo siento… —susurró con genuina tristeza.
El sentimiento fue mutuo.
Insistió en que la acompañara. Juntas estarían más seguras.
Pero la joven dudó. A pesar de la charla y la evidente muestra de empatía, algo en su interior seguía temiéndole.
La mujer metió la mano en su abrigo y, con un movimiento algo torpe, sacó su identificación de oficial del gobierno, mostrándosela de cerca.
—Puedes confiar en mí. Discúlpame por no presentarme antes. ¿Cómo te llamas?
La chica tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
—Me llamo Ari… —respondió con timidez.
—De acuerdo, Ari. Busquemos juntas, ¿sí? —le dijo, extendiendo la mano.
Una vez más, las luces se encendieron y apagaron con un ritmo peculiar.
—Comunicó el maquinista—; ¡Atención! Señores pasajeros, solicitamos con urgencia que se dirijan al anteúltimo vagón. Allí los esperará personal capacitado para atender cualquier emergencia.
El peso de la niña en sus brazos comenzaba a estorbarle, así que le pidió a Ari que la cuidara por unos momentos.
Aceleró el paso hasta la puerta situada al frente. Probó girando la manija. Tal como decía el comunicado, todas las puertas estaban desbloqueadas.
—Ari, tenemos que ir hacia la parte delantera del tren. Es peligroso quedarnos aquí solas —afirmó.
Tímidamente, Ari agarró su brazo con manos temblorosas, buscando la seguridad que antes le había ofrecido.
—Necesito que la cargues por unos minutos —pidió.
Juntas atravesaron el vagón. A mitad de camino, un matafuego llamó su atención.
Sin pensarlo demasiado, lo arrancó de su soporte y asestó un golpe certero contra el seguro manual de la puerta, con la intención de bloquearla.
Antes de llegar al punto donde el maquinista había convocado a todos los pasajeros, un agente de policía custodiaba la última entrada.
—¡Eh! ¡Ustedes! ¡Vengan aquí! —ordenó con voz firme.
El rostro del oficial reflejaba una preocupación latente. Con una linterna, inspeccionaba nervioso los ojos y extremidades de las dos niñas y la mujer. Tal vez él también temblaba de miedo.
Mantuvo la distancia, sin permitirles acercarse más de la cuenta hasta identificarlas. Con autoridad, amenazó con usar su porra si no obedecían.
—Muestren sus identificaciones. Lentamente, una por una —obliga.
De pronto, Hideyo comenzó a despertar de su inconsciencia. Tosió, expulsando un poco de sangre sobre el hombro de Ari. Ella, al sentir la mancha caliente en su ropa, se alteró.
—Necesitamos ayuda. Déjanos pasar…
Cada segundo se volvía más insoportable. Sus preocupaciones aumentaron cuando la otra despertó. Temía que hablara.
—No tengo alternativa… No. Ni siquiera sé quién está detrás de esto —pensó.
Volvió a suplicar al oficial que las dejara pasar. La niña podía estar en peligro de muerte si no recibía atención médica urgente.
Finalmente, el agente cedió, pero con una condición: solo las niñas podían continuar.
Los ojos de la joven cambiaron de tonalidad al escuchar esto. Jadeó, con dificultad para hablar.
—Atiéndalas por favor…
Ari la miró con dudas. No tenía claro si quedarse con ella o ir a un lugar lleno de extraños.
Apenas la había conocido hacía unos minutos, pero algo dentro de sí le decía que estaría más segura a su lado.
—No tengas miedo. Ve y asegúrate de que tus abuelos estén allí dentro —la alentó.
El policía se hizo a un lado para permitirle el paso, aunque no dejó de apuntarla desconfiadamente con su linterna.
—Voy a buscar mis pertenencias. Las olvidé en la parte de atrás —comentó, señalando con el pulgar.
Regresó hasta la manija que había destruido intencionalmente. Para su sorpresa, un grupo de personas intentaba abrir la puerta rota.
Apenas distinguía lo que murmuraban debido al grosor del material y el sello hermético.
El mismo anciano con el que había tenido un altercado media hora antes se acercó y pegó su cara contra la ventana.
—¡Abre!… maldita puer… ¡Ramera! —gruñó, con la voz distorsionada por el vidrio.
Ella llevó una mano a su oído, burlándose.
La respuesta del anciano fue aún más agresiva. Golpeó el vidrio, maldiciéndola y escupiendo contra la superficie.
Al ver que no podía ayudar a cruzar a esa gente, se marchó, dándoles la espalda.
Antes de perderlos de vista, giró lentamente la cabeza y clavó su mirada como dagas sobre el anciano.
Al regresar, el guardia seguía allí, custodiando la entrada. La tensión entre ambos era palpable.
—No me dejarás pasar, así que esperaré aquí —soltó.
Mientras aguardaba, observó las luces, los edificios y las estaciones que se dibujaban al otro lado del grueso cristal.
Pensó en si esas personas serían capaces de abrir la puerta bloqueada. ¿Cómo reaccionaría? ¿Intentaría calmarlos hablando?
La radio del guardia interceptó una señal. Murmuró algo ininteligible.
—¿Cuántos civiles tienes? —consulta por radio otro guardia.
—Solo una mujer conmigo —soluciona.
De repente, el haz de luz de su linterna se alzó sobre el rostro de la joven. Le hizo señales para que se acercara.
El ambiente se volvía cada vez más tenso. Para evitar problemas, ella le dejó claro que estaba dispuesta a cooperar.
—Tengo que revisarte —advirtió.
Sus dedos se deslizaron lentamente por su cuerpo, tocando cada curva, sus partes íntimas y el interior de su boca, mofándose en su cara.
—Ahora sí puedes pasar —exclamó con descaro.
Durante todo el proceso, ella no emitió ni una sola reacción. Se quedó inmóvil, de piedra, ante el acto aberrante.
Cuando él terminó su inspección, se apartó. Con una educación forzada, ella simplemente le agradeció por dejarla pasar.
Del otro lado, un grupo de personas alteradas y eufóricas discutía por todo lo sucedido.
Apenas tardó unos segundos en encontrar a los suyos.
Sus muchachos estaban ayudando al personal a tratar las heridas de los pasajeros.
Al verla, se alarmaron.
—Informen de todo —ordenó.
Uno de ellos señaló con la mano, indicando que necesitaban privacidad.
—Logramos estabilizar al chico. Gracias al equipo de aquí, evitamos que muriera —informó con precisión.
—Muy bien muchachos. En poco tiempo nos detendremos para cambiar de tren —concretó.
Habían transcurrido diez horas desde que el viaje comenzó rumbo al norte.
—Deberíamos estar a las afueras de Tokio —razonó.
Consultó al personal del tren cuánto tardarían en llegar a la estación de Shin-Hakodate-Hokuto.
—Aproximadamente veinte minutos —respondieron—. Pero tardaremos en partir nuevamente; debemos esperar a las autoridades en la última estación.
Los problemas no dejaban de escalar. A pesar de las circunstancias, ella no cedería ante la presión.
Observó sus manos sucias, los rostros de sus hombres, las personas que dependían de ella.
El cartel de bienvenida se iluminó cuando las compuertas del tren se abrieron.
En ese momento, un grito desgarrador resonó en la estación.
Ari, con la voz quebrada por la emoción, corrió hacia una pareja de ancianos.
Eran sus abuelos.
La joven rio cálidamente ante la ironía del destino.
Hizo señas y gestos extraños, incomprensibles para todos. Luego, su orden fue clara: debían marcharse cuanto antes.
Una mano se posó sobre su espalda de manera repentina.
—Podemos hacerlo ahora mismo, si lo ordena —susurró uno de sus agentes.
Con los labios, articuló un claro «No». En esas condiciones, era imposible ejecutar la operación.
El hombre insistió. Intentó convencerla de que lo mejor era actuar de inmediato.
—Solo no los pierdas de vista —le indicó.
Mientras tanto, el altavoz anunció la próxima salida del tren Super-Hokuto hacia Sapporo.
—No podremos abordar hasta que la policía nos autorice —informó a su equipo.
Avanzaron en fila, uno tras otro.
Cada pertenencia debía ser inspeccionada minuciosamente. Ni siquiera los niños se libraban del retén.
—Todo queda en el tren. Si sospechan de alguno, ya no nos conoceremos —recuerda en su cabeza.
Debido al nulo equipamiento que cargaban encima —agotado tras los percances sufridos con Hiromi—, transportarlo se había convertido en un infierno.
—Me quedo con la niña, ustedes con él —dispuso.
Aguardaba un largo camino por delante. Desde el principio, se negó a descansar durante el trayecto. Sin embargo, la brisa que entraba desde el exterior, golpeándole el rostro, terminó por arrastrarlo a un profundo sueño.
Apenas faltaba una hora y media para llegar al destino cuando sintió un calor desagradable en la mejilla izquierda, seguido de una luz que impactó directamente en su ojo. El culpable era un rayo de la estrella madre, lo suficientemente intenso como para interrumpir su descanso.
Las nubes, atravesadas por aquellos aros luminosos, deslumbraban el cielo.
Por un instante, reflexionó sobre si debía preocuparse por la ausencia de la pequeña. Aun así, respiró hondo el aroma a hierbas del climatizador ambiental.
Bostezó, tronó los dedos y estiró cada una de sus extremidades. Su cuerpo despertaba mientras el tren se detenía.
Al otro lado del vagón, la encontró mirando por la ventana. La luz radiante que entraba, iluminándola de frente, creaba un espectáculo de brillos incandescentes a su alrededor.
Parecía un ángel, deslumbrando el lugar con esa aura que envolvía por completo su figura.
No se molestó en pedirle permiso para sujetarle la mano; lo hizo sin dudarlo.
—Si nos retrasamos más de la cuenta, nos meteremos en problemas —explicó.
Anteriormente, en la estación de Morioka, habían separado a las mujeres de los hombres en coches distintos.
Pasaron por otra revisión, aunque esta vez fue menos exhaustiva.
A esas horas, el flujo de gente comenzaba a incrementarse.
Dieron los pasos necesarios hasta llegar a las afueras del edificio. Justo allí, cerca de la calle, cientos de autobuses y automóviles esperaban. Los obligó a sentarse y aguardar.
Ella era la única del grupo que permanecía de pie, expectante.
Desde el otro lado de la vereda, observó con atención cómo una camioneta frenaba. Cada uno de sus movimientos era evaluado con cautela.
Un hombre de apariencia madura abrió la puerta trasera del vehículo y salió. Luego, articuló los labios y emitió un silbido.
Solo unos pocos kilómetros de ruta los separaban de Yūbari, un pueblo oculto en la región montañosa de Hokkaidō.
—¿Con qué lo mantienen tan sumiso? —preguntó.
El único que respondió fue el conductor.
—Anestesia general. De otro modo, sería inexplicable la larga duración del sueño —confirmó.
Amante de los paisajes como era, le resultaba difícil apartar la mirada del camino. Aun así, aquella respuesta logró captar su atención. Se giró y observó al hombre a través del espejo retrovisor.
—Siempre me ha sorprendido tu habilidad para la intuición, Albert.
—Por Yūbari, la actividad policial se ha intensificado por culpa de tu desastre. Y aun de viejo, tengo que seguir cargando con tus cagadas —quejó.
Ella cerró los ojos al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa.
—Lo siento, papá.
Lejos en el firmamento, las nubes oscuras anunciaban un torrencial que reduciría la visibilidad.
—Paremos en cualquier estación de servicio —demandó la encargada.
Para intentar acercarse a Hideyo, le ofreció comprarle lo que quisiera, pero el niño, con un reflejo de desagrado, rechazó cada intento.
Mientras tanto, aguardó pacientemente a que la tormenta amainara antes de continuar el rumbo.
Una pantalla colgante interrumpía su reflexión con su incesante sonsonete al transmitir las noticias.
«No se han reportado víctimas mortales hasta el momento, pero no se descarta la posibilidad de otro ataque».
El pitido constante de la caja registradora anunciaba la presencia de demasiadas personas para su gusto.
—Pobre gente…
—Quién podría cometer algo tan atroz…
—No tardarán en llegar hasta aquí los terroristas.
Entreabrió la puerta del vehículo, permitiéndole a la niña entrar antes que los demás.
Conforme pasaba el tiempo, los efectos de los anestesiantes comenzaron a desvanecerse, despertando a su hermano.
Aun así, era demasiado pronto para que recuperara la consciencia por completo. Emitía sonidos ininteligibles y deliraba, observando cómo las gotas explotaban contra el cristal de la ventanilla.
Yūbari, más parecida a un pueblo que a una ciudad, no contaba con un trayecto directo hacia su destino.
Un desvío al costado de la carretera los guio por un camino de tierra que serpenteaba entre las colinas.
La lluvia había convertido el suelo en un lodazal, dificultando la tracción de las ruedas.
Acelerar solo hundía más la carrocería.
Atascados en medio de la nada, la joven decidió salir a empujar, dispuesta a sacarlos de ahí.
Antes de que los caballeros se percataran de lo ocurrido y bajaran a ayudarla, ella ya lo había conseguido.
A sabiendas de que su jefa detestaba dar explicaciones, pactaron entre ellos cerrar la boca y no hacer preguntas.
El cielo se tornaba más oscuro, anunciando una tormenta aún más fuerte que la del mediodía.
Ya comenzaba a oscurecer cuando llegaron a aquel lugar. Desde el inicio de la aventura, se habían mostrado eufóricos por alcanzar ese punto.
Un camino apartado y desolador los acompañó durante la travesía, ocultándolos entre colinas del resto del mundo.
El viaje culminó cuando los faros del auto iluminaron una barrera con bandas reflectantes.
Con su mano izquierda, el conductor apagó el motor, y con la derecha, arrojó las llaves sobre el parabrisas.
De inmediato, decenas de luces los deslumbraron, imposibilitando cualquier reconocimiento del entorno.
El chofer, a diferencia del resto, se mostró calmado ante la estresante situación. Aprovechó para mirar la hora en su reloj y bajó los parasoles, protegiendo sus ojos del resplandor.
A lo lejos, se escuchaban ladridos de perros, cada vez más cercanos y agresivos.
Unidades armadas con rifles de alto calibre apuntaban directamente hacia el interior del vehículo.
—¡Identificaciones! —gritó un agente.
En cuanto la luz les permitió distinguir sus rostros, reconocieron de inmediato al hombre al volante.
—¡Permitido! ¡Suban la barrera! —exclamó el guardia.
Solo unos pocos metros los separaban del destino final.
Ella estuvo a punto de preguntarle al conductor si podía pasar la noche en aquel lugar, pero el viejo se adelantó a su inquietud con una negativa tajante.
Irónicamente, lo había llamado «Recinto» en tono burlón.
La arquitectura del edificio destacaba entre las infraestructuras orientales. Con un diseño vanguardista, moderno y elegante, su estructura negra se fundía con la oscuridad de la noche.
Al igual que la entrada exterior, el acceso al interior estaba rigurosamente custodiado por vigilantes. Sus miradas intimidaban a cualquiera que osara fijarse demasiado en ellos.
Uno de los guardias levantó la mano, indicándoles que se detuvieran. Nadie osó desobedecer.
Desde el interior de una caja fuerte, el oficial del medio extrajo un escáner.
Apuntó con la máquina hacia los iris de cada persona que deseaba ingresar, registrando y confirmando sus datos biométricos.
Había llegado el momento de separarse de los hombres que la habían acompañado durante largos días. Les prometió que los despediría con honores más tarde, pero antes debían cumplir una última misión.
Lo primero que hizo fue conducir a Hiromi y su hermana a las habitaciones donde descansarían.
Sin embargo, su plan cambió a último momento: los separó en cuartos distintos con la excusa de que, según el reglamento del lugar, hombres y mujeres debían dormir por separado.
Al principio, la pequeña se negó rotundamente, mostrando agresividad contra cualquiera que intentara acercarse.
Pero el poder de persuasión de la joven superaba con creces la falta de raciocinio de la niña.
Con dulces palabras, le prometió que el sitio más seguro dentro de esas instalaciones era, precisamente, a su lado.
Las manecillas del reloj avanzaban con rapidez dentro de aquel complejo blindado.
La única iluminación en la habitación provenía de la ventana. La luz reflejada en la cama dibujaba un espacio extraño ante los ojos de Hiromi, quien acababa de despertar tras ganar la batalla contra los fármacos que lo habían doblegado.
Sintió una corriente recorrer cada músculo de su cuerpo.
Por más que lo intentara, su cerebro no lograba darles órdenes precisas a sus extremidades.
Además de esa sensación eléctrica, notó un calor extraño en su pierna derecha.
A medida que recobraba la consciencia, ese calor subía poco a poco. Y, junto con la temperatura creciente, sintió una presión firme contra su costado.
La misma joven que antes había sido la causa de su agonía ahora lo abrazaba con fuerza, rozando su cuerpo contra él.
Se percató de que estaban tumbados en el suelo, de cara a una gran ventana.
Tosió violentamente.
—¿Dónde me trajiste? —preguntó con voz ronca.
Reposaba con la cabeza sobre las piernas carnosas de la mujer, envuelto entre sus brazos ajenos.
—¿Aquí? Un lugar donde la comida sabe horrible —respondió ella con ligereza.
Intentó empujarla, pero cualquier intento de escapar era impensable.
Débil, apenas podía respirar mientras intentaba articular palabras coherentes.
Cuando ella escuchó que su primera frase, tras tanto tiempo ausente, era una queja, tomó su mano enclenque y la deslizó bajo los botones de su camisa, guiándola hasta su pecho.
Hiromi sintió la textura suave de su piel, el relieve de su anatomía y el frío que emanaba de su cuerpo.
No supo cómo reaccionar. Se quedó en silencio.
Ella continuó moviendo su mano sobre su seno, forzándolo a apretar en ocasiones.
Entre los efectos residuales del anestésico, el dolor y la vergüenza por la escena, terminó quebrándose en un leve llanto.
—Necesito que seas un hombre para mí —susurró ella, fijando su mirada en él.
—¿Mi hermana está a salvo? —logró preguntar entrecortadamente.
Antes de responder, la joven soltó su mano, dejándola caer sobre su pecho.
—Descansa en la habitación de al lado —tranquilizó.
—¿En qué clase de trabajo te golpean hasta matarte? —lo provocó.
Se incorporó y, sin mirarlo, se apartó de encima de él.
—Mordió levemente sus laidos—. Servirás al país…
Caminó hasta la puerta. Antes de marcharse, echó un vistazo al joven, quien agonizaba de dolor en el suelo.
—Date una ducha. Hueles mal —concluyó, cerrando tras de sí.
Al salir del cuarto oscuro, la brisa gélida del pasillo la golpeó de inmediato.
Metió las manos en los bolsillos de su abrigo y caminó en dirección opuesta.
Se detuvo al llegar a uno de los cuatro puentes de cristal que dividían el edificio.
A través del vidrio empañado por la lluvia, contempló una hermosa laguna rodeada de una jardinería meticulosamente cuidada.
Las luces tenues y cálidas del exterior creaban un ambiente pacífico.
Cuando estuvo a punto de continuar su andar, un detalle la obligó a detenerse.
En uno de los bancos del santuario, una figura atrapó su atención.
Con un cambio de rumbo decidido, avanzó hacia aquel sitio.
—¿Puedo sentarme? —preguntó.
El hombre dio un sorbo a su cerveza.
Ella notó la fuerza con la que sus dedos apretaban la lata.
—Adelante —respondió él sin mirarla.
Procedió a recostarse a su lado, sin estar demasiado lejos, pero tampoco demasiado cerca.
—Creo que no tuvimos el placer de presentarnos correctamente —se quejó.
Ambos miraban perdidamente hacia adelante, observando cómo las gotas de rocío caían en el estanque mientras conversaban.
—Sé quién eres, Agora. Conozco cada maldita cosa de ti: tu color de tanga, la puta comida sin sal que comes —soltó con tono cortante.
Su oreja, arrugada y llena de cicatrices, captó la pequeña risa que ella dejó escapar.
—Con eso puedo confirmar que a ambos nos espían —carcajeó.
Del bolsillo de su pantalón sacó un paquete de cigarrillos. Le ofreció uno, pero ella lo rechazó con desdén, repugnando el olor.
—Quería felicitarte por la gala de condecoración de tu hijo. Un soldado lleno de talento, con un futuro prometedor… pero es una pena que lo desperdicie en prostitutas y alcohol —comentó con sorna.
Escupió el tabaco humedecido en sus labios secos, esperando a que se encendiera.
—Sabes que te espían, ¿eh? —dijo mientras prendía otro cigarrillo—. También eres consciente de que soy la única persona aquí capaz de patearte el culo.
El espectáculo de luces, los insectos brillando en la noche, el sonido de las hojas movidas por la brisa… todo pasó a un segundo plano.
El ambiente, que comenzó con una charla amistosa, escaló en tensión.
Dio un sorbo más a su lata. Luego otro. Y tras vaciarla por completo, dejó escapar:
—Nunca me diste buena espina. Si tramas algo, yo mismo te detendré.
La risa amigable, al igual que su sonrisa, se esfumó por completo.
Continuaban mirando la laguna con la vista desenfocada. Sin respirar. Sin moverse.
—Solo eres otro perro de la organización. Lideras a un grupo de drogadictos. Nunca serás nadie. No entiendo por qué se empeñan en ponerte al servicio —sentenció.
Escupió con fuerza al suelo, liberando parte de la tensión acumulada en sus puños.
La joven se desabrochó el cabello, largo, sedoso y de un intenso color anaranjado. Aprovechó el momento para quitarse los zapatos.
El aroma de su cabello suelto era sumamente embriagador; invadió por completo sus sentidos.
Levantó un pie, luego el otro, y posó los brazos sobre sus rodillas.
En esa posición, lo vigilaba cuidadosamente. En silencio.
—Respóndeme: ¿cómo es posible que una mujer derribe a tres hombres… que pesaban más de cien kilos? —interrogó.
Ella bostezó.
—Creí que las grabaciones de la academia eran clasificadas —murmuró con confusión.
—¿Al menos sabías el oficio de tus padres? —insistió con tono severo.
Ella llevó un dedo a su labio inferior y, en tono burlón, hizo una mímica de estar pensando.
—Creo que eran exploradores —dudó.
Intentó encender otro cigarrillo, pero al revisar la cajetilla, se dio cuenta de que el anterior había sido el último.
Arrojó el paquete vacío con desgano.
—Mientes como toda mujer… Tus padres eran arqueólogos. Solo quería asegurarme de que ni en la intimidad dejas de mentir —afirmó con convicción.
—¿También los odias? —preguntó con tono inescrutable.
Con esfuerzo, él se incorporó, apoyando el peso en sus extremidades superiores.
—Me quitaron a dos seres queridos —exhaló con pesadez.
Tras soltar esa frase, ambos se quedaron en silencio. Se miraron fijamente.
—Lamento escucharlo… pero yo no tengo por qué cargar con los errores de mis viejos —dijo ella con firmeza.
—Los hijos cargan con los pecados de sus padres hasta que llega un primogénito dispuesto a romper esas cadenas de maldiciones. Dime, Agora… ¿la romperás o también nos traicionarás como ellos lo hicieron con mis mejores amigos?
Sus rostros, que minutos antes reflejaban cierto grado de comodidad, se endurecieron.
El hombre notó un extraño brillo rojizo en los ojos de la joven, como si pudiera manipular el tamaño de su iris a voluntad.
—Estás muy tenso. ¡Tranquilízate! Actúas como si fuera a matarte aquí mismo —se defendió.
Soltó una carcajada, tratando de disipar la tensión acumulada en su interior.
Se estiró perezosamente y volvió a bostezar.
—¡Suerte la tuya que me hice la manicura! Si no, ya te habría matado. Una lástima —lo provocó.
Trató de tomárselo con humor. No estaba en condiciones de razonar la situación.
—Pasaré por alto tus faltas de respeto… solo porque me di un festín y estoy ebrio —concluyó mientras se ponía de pie y se alejaba.
—De acuerdo, teniente coronel —le soltó ella.
Él frenó en seco. Se quedó inmóvil un segundo, extrañado de escuchar esas palabras salir de su maleducada boca.
Su única reacción fue devolverle un simple:
—Buenas noches, mocosa.
—¿Estará enojado porque no le hablé con respeto en el aeropuerto? —reflexionó en su mente.
Se quejó al notar que el hedor de los cigarrillos se había impregnado en su ropa.
Cuando se quedó sola, la tranquilidad inicial volvió a dominar el santuario.
Las carpas, atraídas por el reflejo de su figura en el agua, se acercaron en busca de alimento.
Pero no pudo seguir admirando el paisaje por mucho tiempo.
Sus responsabilidades habían aumentado tras ser ascendida como consecuencia de llevar a Hiromi hasta las instalaciones.
Tendría otra junta por la mañana. Esta vez, se convenció de que podría lograr su cometido.
Al menos ahora estaba un paso más adelante.
—¡Silencio en la sala, por favor! —ordenó el vocero.
Los asistentes acomodaron sus cuerpos en sus asientos.
No era una sala común; estaba equipada con cientos de micrófonos ocultos y paredes tan gruesas que podían resistir un ataque nuclear, garantizando la seguridad de quienes se encontraban dentro.
Incluso se percató de la presencia de inhibidores de señal dentro y fuera del aposento.
—Bien… Antes de comenzar la reunión, quiero que le demos un fuerte aplauso a Akami por su éxito y ascenso. Ahora es la jefa del departamento de investigación —anunció con entusiasmo.
Cientos de aplausos resonaron en la sala, aturdiendo sus pequeños tímpanos.
Ella se levantó del asiento y reverenció a los presentes, aunque en su expresión no parecía darle demasiada importancia a la ovación.
—Otro punto que quisiera abordar con urgencia es el siguiente —continuó el vocero.
Desde el proyecto que posaba encima de sus cabezas, disparó la imagen proyectada encima de una pizarra blanca.
—Lo que ven es un medio de comunicación Noxiouano. Al parecer están al tanto de lo ocurrido en la estación de Tokyo.
Todos interpretaron la notificación como un percance desafortunado.
Pasaban de videos a las siguientes diapositivas. Intentaban captar la mayor cantidad de información antes de que cambiasen de página.
—Esta cadena nacional se empezó a trasmitir por todo el continente.
La firmeza de la Akami se vio perturbada al darse cuenta que esa misma noticia, buscaba a la vez que solicitaba un pedido de captura para uno de los hombres qué lideraba.
Una cámara de vigilancia en la estación de Tokyo, había registrado con máximo lujo de detalle el rostro del agente.
Murmullos y susurros iban y venían en todas las direcciones; se miraban unos a los otros ideando una respuesta inmediata.
Desesperación no fue el único sentimiento en expandirse con rapidez. Enojo, mal estar, duda, sobre todo.
«¡¿Como fue posible esto?!>
«No fuimos cuidadosos con la situación>.
«¡Tiempo y recursos perdidos!>
«¡¡A la mierda! ¡Destruyamos ahora que podemos todo rastro de la operación!!»
Agarró coraje en ese mismo instante; dejó su asiento vacío, caminando al frente para dirigirse a los funcionarios.
—¡Por favor guarden silencio! —Elevando mucho la voz pidió—.
Del caos de voces pasó de repente ser dominado por el ruido de la estática generada por los focos de iluminación.
—Sepan disculpar mi falta de precaución al transportar el sujeto dé pruebas. Acepto toda responsabilidad por esta situación y pido que recaiga únicamente en mí. Pero no estoy dispuesta a entregar uno de mis hombres. —frasea—.
Otra vez volvía a predominar el sonido de bocas quejándose, silenciosas maldecían el accionar y resultados obtenidos por su liderazgo.
«¡¿Te das cuenta de lo que hiciste?!»
«Solicitaré un avión para irme por la mañana del país!»
«¡Es inaceptable! ¡Solo es un estúpido agente! ¡Un número más!»
«¡¿Entregas el futuro de la nación por uno de tus hombres?!»
Toda opinión iba direccionada hacía la misma conclusión; la indiscutible decisión de entregar al muchacho.
Verbal como mental fue la semejante presión que punzaba dentro de su cráneo, terminando así con su reclamo.
En voz alta nuevamente volvía a captar la atención de todos los masculinos asistiendo;
—Lo entiendo. Si existe la posibilidad de entregarme en vez de él, lo haré. —Pone la mano en su pecho—.
«¡Impasible!»
«Vieron la cara del tipo».
«¡Quiero una solución ahora mismo de este problema!»
La mano del sujeto con mayor edad de la junta, se encontraba sosteniendo su cabeza; pasaría a tomar forma de puño con el afán en golpear fuerte la madera.
—Se olvidaron que son funcionarios al gobierno. —Impone—.
Este sería su primer pronunciamiento delante del caos generado recientemente.
Oirían con retenimiento cada palabra que saliese de su boca, todo lo que pretendía formular.
—Admiro el honor de Akami por pretender entregarse en vez del muchacho. Pero tu Kami, ahora eres un alto mando de la cede. No podemos permitir tu captura. —idealiza—.
Los brazos temblorosos del viejo solicitaron un vaso de agua. Por su estado de salud solicitaron tomarse un descanso.
Ofrecieron gran cantidad de aperitivos durante es ese tiempo.
Ella no se inmutó por ninguno de estos manjares que adormecían los sentidos con su dulzor.
Todos yacían posados en sus lugares; pide disculpas a raíz de interrumpir la junta.
—Pasea el dedo índice encima del rostro de cada uno—. —¡No se discute! ¡Entregaremos al agente! Si de niño en la escuela juró lealtad… ¡Entregará su vida por la patria! —lideró—.
Sincronizados entre sí, ascenderían con las cabezas en frente, en forma de cooperación al mandato.
Aunque Akami quiso seguir discutiendo la toma de decisiones, terminó siendo interrumpida por una extraña voz proveniente del fondo.
—¿Porque deberíamos entregar a uno de los nuestros solo porque salió en las noticias? —contrarrestó—.
—¡¿Y lo preguntas todavía?! —exclamó—.
—No me interesa lo ofendido que te muestres. Conserva tu postura imbécil. —Lo rebaja con la mirada—. — De donde proviene esta información. —cuestiona—.
Tomó iniciativa el asistente, satisfaciendo su inquietud; supuestamente un diplomático Noxiouano había resultado herido. El hecho fue clasificado como un atentado.
—Agora… —Clava su mirada fija en sus ojos—. —Porque entregas tan fáciles a tus hombres… —desconfía—.
Aquellos vistazos juzgadores se dirigían directamente hacia su figura, esperando recibir una respuesta inmediata.
—Provocaste este lio… Sueltas a tus subordinados como basura y después quieres entregarte? —titubea—.
—A qué quieres llegar—. —ofende—.
Esa voz a lo lejos que intencionadamente provocada una irritación
—Sospecho que andas detrás todo esto. —apoya—.
Oculto detrás de un sofá, oyó todo de principio a fin. Su consciencia, irritada por el pánico de ellos, provocó su pronunciación.
No fue visible hasta que se movió al costado de la mesa, donde descansaba la máxima autoridad.
Como era de costumbre en él, antes, como durante el transcurso de la reunión, tomó y fumó.
—Ningún capitán negociaría la vida de sus muchachos. Respóndeme a lo que te pregunté. —apuró—.
—Juzgarme fuera de la ley es un crimen grave—compara—.
Como las únicas voces que reverberaban dentro de esas tres paredes, eran las suyas, el restó quedó impactado ante tal escena llevada a cabo frente a sus narices.
—No necesito un tribunal para ejecutarte aquí mismo si confirmo mis sospechas que cometes alta traición. —consuma—.
—Deberías tratar la pérdida de tus amigos con un psicólogo. —lo aconseja—.
Esto último provocó que se desplazara cada vez más cerca a la posición de Akami.
Parecían dos bestias luchando entre sí por demostrar quien dominaba al otro.
—Que harás Agora… ¿Serás tú la que lo entregue al mancebo? ¿Escribirás la carta explicándole a su familia porque desapareció?
El hombre expresaba el disgusto a través de sus expresiones fáciles. Por otra parte, ella mantenía firme su postura; espalda recta, elevando su montón, con la sonrisa de porcelana.
—¿Cual fue tu motivo para explotar un vehículo en una zona con civiles? —continúa interrogándola—.
Esa sensación de disgusto estaba emanada por todos los alrededores.
Tan solo parecía faltar la mínima chispa para encender un pleito inevitable. Toda provocación se fue acumulando en ira.
Segundos antes de que la situación escalase para más, fueron interrumpidos por el grito irritante del arcaica.
—Silencio! ¡Basta con esta discusión! ¡Pónganse de pie para recibir al presidente de la nación! —dirige—.
Las bisagras de la puerta, cual se encontraba detrás de ellos, quedaron abiertas en par.
Un nuevo e inexperimentado presidente compartía el mismo oxígeno que los presentes anteriormente.
Preguntó la situación de crisis por la cual estaban atravesando en ese mismo instante.
—¿Es necesario humillarnos por esas lacras? —enfoca—.
—Sixaounia es aliada de Japón. No podemos negarnos a cooperar. —contradice el anciano—.
Aquel primer ya se había adelantado al entregar un comunicado de captura.
«¡La embajada no para de llamar!»
«Quieren a los responsables».
Su misma presencia allí estuvo convocada para dar confirmación y continuar con el restante del proyecto.
Hizo saber a sus autoridades la urgencia de volar hacia el extranjero para ayudar con la investigación del atentado.
Tocó el hombro del jefe del departamento. Mismamente el viejo devolvió el afecto recibido.
—Lo dejo en tus manos (viejo). —constituye—.
—¡Se levanta la sesión y mañana a primera hora continuaremos con el proyecto! —vociferó el asistente—.
No existía la posibilidad que alguno seguirá perdiendo un solo segundo.
Cayo él atardecer y la oscuridad de la noche se apoderó del sitio.
Inmóvil frente al enorme espejo del baño, observaba cada detalle de su fino rostro. Estuvo quieta analizándose durante rato largo.
Parecía estar todo normal. Dejó correr el agua y con su mano derecha accionó el dispensar de bajón.
Delicadamente, frotaba el líquido espeso, dentro de las uñas, por fuera.
El agua resultante de eso, que escurría por el drenaje, estaba enturbia por tonos marrones y rojizos.
Seguido, movió el dedo central, junto al índice, así sostendría con firmeza la piel alrededor del glóbulo ocultar.
Esa misma extremidad primordial, hizo que colisionara de lleno al ojo.
Y de esa acción, se desprendió un objeto pequeño en forma de ovalo; muy circular, tan suave e delicado como una delgada lámina de hidrogel.
Vuelve a visualizar su reflejo. El pigmento marrón se había esfumado por completo.
Entonces, ahora era notable la llamativa colorida rojiza predominante en su iris.
Quedaban tan solo media hora para que tuviese que abandonar el complejo militarizado.
Aprovechó este íntimo tiempo para culminar algunas cuentas pendientes que tenía desde que pisó aquel lugar.
Nuevamente se encontró parada por fuera de esa puerta. La misma donde animó al inocente chico a tocar su pecho.
Tocó el timbre. Él le dio la bienvenida, por ende, la invitó a pasar. Con amabilidad le sonrió, a la vez que se sacaba los zapatos para ingresar.
—¿Tu hermana está aquí? —le consultó—.
—Está en la habitación donde la dejaste. —acota—.
—No me hiciste caso cuando te dije que te bañarás. Eres un pervertido y sucio niño. —riéndosele, sospecha—.
De su desesperación igual a la vergüenza que sintió al escucharla decir eso, brincó desde del futón.
Le provocó una carcajada silenciosa. Pide que dejara de ser un sucio y no se le acercara tanto, mientras le daba sorbitos al té.
Si de por si le quedaba nula autoestima, esa última frase terminó por hundirlo en un pozo depresivo…
—Mueve los dedos nerviosos—. —Me siento muy incómodo… —apena—.
—¿Sí? Porqué. —atendió—.
Enseguida entendió lo que Hiromi quería expresar, aunque su inmadurez se lo imposibilitara.
—Ah… Eso. Tú me lo pediste. —aclaró—.
Alteró su vocabulario a medida que el rostro se le tornaba completamente roja.
—Si… Fue algo así;
«Estuve a punto de llamar a la puerta, —Señala la entrada—. Cuando noté que se encontraba abierta. Entre y te vi tirado en el piso llorando».
—¿Estas bien? —ayuda—.
—Me trajeron aquí para morir… ¡Y todavía no pude tocar un par de tetas! —lamenta—.
—Te vi demasiado emocionado. —recuerda en su cabeza—.
Al saber la verdadera naturaleza de aquellos lascivos pensamientos, apretó con gran vigor los alrededores de su cuero cabelludo.
Justamente, después de abrir los ojos, vio por debajo de su gargantilla una mancha pequeña, ocasionada por algún fluido extraño.
Extrañada, se quitó la prenda que ocasiono la desarmonía solo hace segundos atrás.
Quedó sorprendida al confirmar la capacidad de observación que tuvo al instante.
Él ofreció darle ropa nueva. Misma que habían entregado por la tarde a los huéspedes.
—Si no te molesta. —accedió—.
Antes de que se cambiara la prenda, le pide que se volteara unos segundos.
Inquietud al tenerla nuevamente desnudando frente a él, con su vista pendiente al horizonte, extrañó que alguien como ella cometiera tal descuido, arruinado su angelical imagen.
—Un pequeño despiste… —menciona—.
El tiempo que duró entre cambio de prenda fue el mismo que reflexionó del error que había cometido;
«Señora, lo que ordenó llegó»
Y se trasladó donde esperaba a ser interceptada por el paquete cual deseaba que llegara hace algunas horas atrás.
Un roble de tamaño considerable imponía presencia en medio donde por cuatro paredes, predominantemente albergaba única oscuridad.
Impenitentemente, los acompañantes clavaron con destreza barrenas en cada esquina.
Al caer esta pared, misma que servía de acceso al interior, invadió a todos el tufo proveniente de ahí dentro.
Los sujetos vestidos del color ambiental predominante, procedieron arrastrar a las tres personas agonizantes que estaban pegadas en la pared.
Aquellas figuras, desplomadas y mugrientas en el suelo, les causó un pequeño sentimiento de repulsión.
Con delicadeza, por detrás de la espalda, abrió la botella de agua que cargaba consigo.
La figura más pequeña y joven, intentaba lamber el líquido derramado por todo el piso.
Después de que dificultosamente pudiera dar algunas lambidas al agua ya contaminada, su diminuto corazón entró en estado de taquicardia.
Su rostro, facciones, esos mismos glóbulos oculares que la ayudaron anteriormente, pero ahora pasaban a ser su mayor verdugo.
—Hola Ari. —se pronunció—.
Alrededor de sus ojos, comenzarían a sobresaltarse los vasos sanguíneos, cada vez con mayor violencia.
Desde el cuenco ocultar, bajaría esos mismos espasmos por la (arteria que baja por el cuello), culminando en el talón de los pies.
Y de tal forma, la adrenalina fue dispersada a hacia cada una de las extremidades que conformaban su materia; así culminaron estallando varias arterias oculares, sintiendo nulo dolor.
La sangre que chorreaba a cántaros por su iris nubló la cruda imagen reflejada en el charco de agua que yacía en el piso.
Cualquier intento que la adolescente hiciera con en mayor de los esfuerzos, ordenando a sus músculos que se respondieran a su voluntad, era totalmente inútil.
Quizás le quedaban alguna voluntad mínima para que moviera los párpados.
Al finaliza el cierre y pronto a que los volviera abrir, el mismo infierno se manifestó por el órgano que le permitió visualizar el mayor de sus tormentos.
De pronto, la mujer con el pelo rojizo, arrastraba la suela de los zapatos, armando un estruendo que reverberaba por toda pared, y para cuando ese rebote llegó por segunda vez a sus oídos, esa honda vino acompañada con las perturbaciones emitidas por el anciano.
Jadeaba suplicando que se detuviera. Las lágrimas debido a la contracción de su cuello, no paraban de escapársele de las cuencas oculares.
Ella ejercía más presión cada vez que escuchaba los quejidos débiles del pobre tipo, emitidos por su aparato fonador, pero este iba bajando los decibeles a raíz de ser desgarrado por la cuerda de acero que utilizaba para agredirlo.
Su esposa intentó tumbarla tirándole el cuerpo encima. El estómago blando y arrugado de la señora fue impactado por la pierna del verdugo.
Sin aliento, tirada en el suelo, entendió que nada de lo que tramará podría detener aquella escena de violencia.
La sangre, emanada a montones, trazaba la línea al paso del arrastre del cuerpo, enturbiando el reciente lustre del suelo.
Aceptó que pronto le tocaría pasar por el mismo distinto que su marido; moribundo, arrojado nuevamente hacia el interior de la caja de madera.
Pero esta vez con la mujer mayor, no utilizó ningún utensilio. Con las mismas manos que accionaban las pesadas cuerdas, ordenó a los caballeros terminar con el asunto.
Una pizca de piedad para ella es lo que había recibido de su parte. Terminó su calvario al momento que miró a los ojos al hombre que le apuntaba.
Ari sintió el chispazo, el destello fugaz, impactando contra su lastimada córnea.
—¿La pequeña? —sondea un tercero—.
El momento culmine fue el haber exterminado la vida de sus dos abuelos.
Al instante que Akami clavó la mirada, fijamente en la adolescente, no hubo bello alguno que no se hubiese erizado en su dermis.
Utilizó las últimas energías que poseía; tal fue el subidón dé adrenalina, al notar que la figura demoníaca iba por ella.
Intentaba pararse, aunque no tuviera las fuerzas para mantenerse de pie y todo alrededor suyo le daba vueltas, porque aquel pavor que experimentaba no era soportable para ningún ser humano.
Rogaba, suplicaba por su vida; quebrantaba en llanto de sudor y sangre para que le dejase vivir.
Por la coleta de su cabello, la agarró, tirándola violentamente hasta el lugar de inicio que tanto se había esforzado por avanzar.
Ese zapato, manchado de la sangre de sus parientes, ahora pisaba su enclenque espalda.
Gemía por la falta de aire en sus pulmones a causa de la presión que ejercía el peso de ese pie encima suya.
De un segundo para otro, dejó sentir la sensibilidad en su brazo derecho, porque este fue sujetado con tanta potencia, que se le hizo imposible percatarse con la rapidez que la joven mujer rompió por la mitad la extremidad.
Entre tanto de esta torturada, los oficiales del fondo observaron con pavor el desarrolla de toda la escena delante de sus ojos.
El pánico comenzó a invadirlos, también un pavor desenfrenado que, aunque ella fuese una aliada, querían salir corriendo de esa situación a cómo diese lugar.
Solo necesitó un movimiento rápido a la vez que sutil, así nuevamente volvía a tenerla entre sus fauces, para hacer con ella lo que le plazca.
Levantó más alto el brazo de la niñera, fuerza que usó para hacer implosionar los músculos, huesos y tendones alrededor del área que agarraba con sus manos.
Aquel dolor, semejante al que sufren las pobres almas condenadas en el infierno, ocasionó el desplome final de la muchacha. Su cuerpo se dio por vencido.
—¿La mato, señora? —inquieto, preguntó el caballero a su lado—.
—No. Me contuve. Tenía que dejarle una marca. —argumenta—.
—Se acercó a divisar el cuerpo en el suelo—. —¿Con qué motivo? Pudo haber silenciado a los tres rápidamente. —confunde—.
—Suéltenla en cualquier sitio. Pero eso sí, inyéctenle cualquier droga. Y respecto a los viejos, quémenlos.
Impunemente, salía caminando de ese galpón rumbo a su habitación, cual, la cama, le esperaba desde hace una hora.
Giró la canilla derecha, la que permita el flujo de agua caliente, y por la a mitad, la izquierda. Así esperó a que se llenara la tina.
Sumergiendo el cuerpo cubierto de líquido con temperatura agradable, notó una picazón por debajo de su pecho; esa cicatriz seguía palpitándole como el primer día que apareció.
Y se preguntó en su cabeza el origen de ella. Cuál era la razón por la que tenía tal defecto, porqué tenía que cargar con él.
Apenas termino el aseo, apagó la luz del baño, entretanto, secaba su pelo con una toalla. Ahí la vio, acostada en el sofá.
Confirmó el horario; moviendo la cabeza hacia un costado para asegurarse que eran las doce la de noche.
—Estás despierta. —acude—.
Ella se mantuvo reposada, mirando hacia afuera por la ventana que yacía entre abierta.
No respondió a su pregunta. Por lo tanto, decide acercársele, sentándose a la misma altura que su cabeza.
—¿Necesitas algo? —atiende—.
Tampoco tuvo respuesta. El silencio que devolvía, marcaba un rotundo. Su compañía no era bienvenida.
En ese mismo momento incómodo, la miraba más de cerca. Nota porque se encontraba inquieta, despierta hasta esa hora; entonces, ve entre sus piernas, como correaba sangre.
—Hide… —insiste—.
Devolvió la vista directamente a sus ojos. Aquella acción, terminó por confirmar la intranquilidad que percibía.
—A todas las mujeres nos pasa eso cuando llegamos a cierta edad. No tienes por qué preocuparte. —dilucidó—.
Tomaba su tiempo para explicarle lo que le estaba sucediendo a su cuerpo, ahora, el de una mujer.
Entre todo el palabrerío que soltó, por debajo de la almohada donde apoyaba la cabeza, iba metiendo despacio los brazos.
Buscaba con las llenas de los dedos algún objeto que anteriormente había guardado. Sin embargo, a último momento, durante la conversación, desistió.
—Ven, recuéstate sobre mis piernas. —la invitó—.
Sumamente, limpiaba sus muslos manchados de fluido con la toalla que había quedado húmeda al secar su cabello.
Ruido, golpes del viento contra el vidrio de la ventana debido al torrencial que de nuevo azotaba la región.
Al tanto, acariciaba su plateado pelo.
Entrelazaba sus dedos uno por uno. Esa textura, tan suave, digna de ser llamada cabello de ángel.
Escuchaban el relajante sonido de la lluvia, así fue como ambas quedaron dormidas, pegadas una a la otra, tal de madre e hija.
Del otro lado de la pared, amanecía su hermano, adolorido porque los fármacos dejaron de anestesiarlo.
Ese sitio al ser un lugar desconocido a la vez que hostil para él, decide no salir de la habitación hasta que se lo ordenasen.
Ansiosamente, esperó encerrado. Al prender la televisión, culpa del aburrimiento, descubrió lo que había ocurrido en Tokyo.
Intentaba hacer memoria; algo de todo eso se le hacía familiar, aunque la amnesia terminaba por dominar sus sentidos.
En las noticias, no cedían de trasmitir el mismo tópico todos los días. Únicamente comunicaban tragedias, morbo del país.
De un momento para el otro, dejo de visualizar los píxeles del panel para darse cuenta que ahora se miraba su cara lastimada.
Y Justo por detrás de su reflejo, se hallaba la figura que tanto esperaba que viniese a verlo.
—La tele te lava el cerebro. —demandó—.
Él se levantó rápidamente del piso, como si le hubiera dado una orden.
—¡Necesito pedirte un favor! —tartamudeó—.
—Colocó detrás de su cadera las manos—. —¿Sí? —atiende—.
—Quiero hacer una llamada. —nerviosos expresa—.
El rostro de ella cambió, ahora se mostraba confundida por la petición.
—Aquí no se pueden hacer llamadas. Tendríamos que movernos hasta Yūbari. —concluyó—.
No entendió el motivo de esa respuesta. Amablemente, pasó a explicarle que; por todo el perímetro, dentro de lo que cubría el recinto, sería imposible realizar la llamada.
Para su suerte, se ofreció llevarlo hasta la ciudad más cercana, pero sin antes saber el motivo de su insistencia.
Le hizo saber la existencia de una persona importante para él. Únicamente, quería hacerle saber su estado, que se encontraba bien.
Intrigada, le preguntó el nombre de esa tal persona, aquella que le robaba su tranquilidad.
«Haiden. Estuve llamándote muchas veces. Seguro no puedes atenderme ahora. Quería decirte que estoy bien. Yo y mi hermana lo estamos. No tengo idea si me escribiste estos días, pero ya no tengo forma de comunicarme, tampoco la tendré por un largo tiempo. Discúlpame por molestarte. ¡Te quiero hermano!». texteo.
—Listo. Podemos volver Akami. —arrojó—.
Justo cuando extendió la mano para entregarle el celular, este comenzó a vibrar.
Por la pantalla se podía ver; era el mismo número cual estuvo marcando repetidas veces.
«¿Vas atender?» curiosea.
Su mano sostuvo con gran firmeza el teléfono. Dudaba entre responder, o simplemente dejarlo pasar.
Sin embargo, no fue capaz de mantener la frialdad en ese momento. Apretó el botón en pantalla para acercar el dispositivo a su oreja.
—¿Hola? —habló—.
—Hola… Hiromi. Soy Naomi. Discúlpame por no contestar tus llamadas. —enunció—.
—Naomi… Tanto tiempo. ¿Dónde está el otro? ¿Por qué tienes su número? —demanda—.
—Está durmiendo… Si estuvi…
Pronto a que pudiera terminar su oración, interrumpió sus palabras, irritado por las mismas que oía.
—Tengo que irme. Dile cuando despierte que le mando saludos. —remata—.
—¡Pero necesito hablar lo qué pasó! —alteró—.
—Discúlpame. No quiero escucharte. —niquitó—.
—¡Hiro…! —entreoyó, después de colgar—.
La mujer bromeo por la situación, pensando que estaba discutiendo con alguna ex novia.
Un poco molesto, le contesto que su suposición era incorrecta.
«¿Regresamos por favor?»
Se apenó porque estaba tranquila comiendo helado, hasta que Hiromi tuvo que molestarla con su mal humor, haciendo que se le cayera el helado.
Conducían de nuevo rumbo al complejo, ahí es cuando se sintió con la confianza de consultarle;
—Todavía no me dices que clase trabajo haré. —se queja—.
—Ni bien lleguemos, te llevaré a que lo averigües. —tranquiliza—.
Ambos se quedaron en silencio posteriormente a que respondiera fríamente a su inquietud.
Por la entrada principal, esperaban la llegada del vehículo. Uno se mostraba sumamente ansioso, el otro, fumaba a la vez que tomaba.
Este primero, se adelantó asomándose hasta la puerta del auto para abrirla.
«¿El viejo?» pensó.
Los dos se miraron la cara fijamente al otro; por dentro, seguía ardiendo esa llama, ese odio mutuo.
—Pensé que tenías el viaje a Tokyo. —imaginó—.
Dio una seca al cigarrillo, que terminó por tirarlo al quedar solo la colilla. Seguido, bebió otro shot de ron.
—Tengo que firmar que te cedo la responsabilidad del chico y de esto y de la otra mierda.
Desde el bolsillo de la chaqueta sacó un marcador indeleble. Así, firmó la autorización, luego se la entregó.
—Ahora estas a cargo. Agora. —Pone su mano en el hombro—.
Algo, dentro su conciencia, entendió la responsabilidad con la cual cargaba ahora.
Todas las miradas, estarían al pendiente en sus acciones, cuestionándola, porque ella no pertenecía a esas tierras, pero le había jurado lealtad.
Del otro lado del complejo, se encontraba una zona designada exclusivamente para el personal de salud.
Ahí, se encontraba él, esperando en ese largo pasillo, a la espera de ser llamado por la puerta al costado suyo.
Inquietante era el contraste existente por fuera y dentro del lugar; hormigón teñido de negro en el exterior. Desde adentro aturdía el porcelanato blanquecino.
Desde el interior del consultorio, escucha la llamada de su apellido. A levantarse, se da cuenta la cantidad de moretones que tiene hematomas.
Adolorido, se movió hasta los aviento*****, pero ese mismo momento, la doctora se percata del estado de sus piernas, insistiéndole acostarse en la camilla.
Quita las prendas con suma delicadeza, tratando de no hacerle sentir dolor, aunque a veces era inevitable.
La profesional reflexiona, a medida que indaga más en los síntomas del chico.
Anotó en un papel las medidas de extremidades, color de ojos, pelo. Como si estuvieran estudiando a un animal nunca antes visto.
Finalizó su labor, no con una hoja, sino con algunas cuantas plantillas que había llenado a lo largo de toda la consulta.
Por encima del escritorio, presionó un botón del teléfono. Enseguida, una luz roja indicaba la comunicación.
No logró distinguir lo que la señorita estaba murmurando, pero esto no hacía más que aumentar su ansiedad al no entender que estaba ocurriendo.
—Todo está bien. —tranquiliza—. No te preocupes.
Fue apenas salir del consultorio, Akami aguardaba su llegada, la misma que se había vuelto tardía.
Ella lo felicita inesperadamente, extrañado por ese comportamiento, instaba el motivo; vital era que aquellos estudiosos salieran favorables para ambos.
Aunque escuchar eso salir de su boca, dejó un nudo en su garganta, tampoco tuvo el coraje de seguir insistiendo con el tema.
Hicieron unos cuantos pasos hasta culminar la caminata en el centro del fuerte. Ahí custodiaban con mayor recelo lo que se ocultaba por debajo de esa puerta.
Rangos, condecoraciones; no importaba nada del mérito propio. Absolutamente, cualquier alma tentada de acceder, tendría la obligación de ser revisada.
Primero, dio el paso a delante la mujer. Una pantalla, marcaba las zonas escaneadas del cuerpo.
Entonces, pasaba por sus zancas el detector de metales, dándole paso, emitiendo una luz verde. Igualmente, por donde los brazos, también el pecho.
El guardia, al momento de levantar el brazo para acercar el aparato hasta la cabeza de la muchacha, entró en estado de alerta.
Rápidamente, sin pensar en otra cosa, dirige la mano encima del estuche que colgaba por la cintura, donde guardada su arma.
—Perdón. —dice, mientras se apena—. —Me olvide mencionar la cápsula entre mis dientes.
Conocía el protocolo. Se adelantó al respecto del accionar de los guardias. Por esa misma razón, la calma nunca abandonó su juicio, aunque de Hiromi no se podía decir lo mismo.
Lo tomó de la mano, así tirándolo para adelante, debido a que conmocionado por la escena de hace unos segundos atrás.
Ahora, se repetía nuevamente el protocolo, pero esta vez, el sería el protagonista. Ese mal entendido, ocurrido hace unos instantes, robó la poca calma que tenía.
Latía con más rigor su órgano vital; Bombeo que aumentaba a consecuencia de tener efectivos persiguiéndolos por todo el camino.
Tampoco servía de consuelo la oscuridad predominante, donde la poca luminosidad era emitida por tenues señales de emergencia.
A medida que la caminata extendía su duración con cada paso daba, cargaba sobre su conciencia una renaciente impaciencia por finalizarla.
Por delante de él guiaba el paseo la imponente joven. Cuando intentó buscar alguna forma de liberar ansiedad, empezó a divisarla por completo.
Una tenue ráfaga de aire impactaba de lleno sobre el rostro suyo. Y como si fuese de un opioide, el aroma de su pelo siendo arrastraos por la brisa tranquilizó un poco su mente.
—¿Todo en orden? —le consulto—. Estás… Transpirando.
—devuelve—; —Si… Eso creo ¿A dónde vamos?
Únicamente tuvo la decencia de responder a su duda sonriéndole. Dentro de no mucho tiempo llegarían al final del recorrido.
Mismo tramo no era más que otro ramal de distintos; habiendo en total tres que se dividían en diferentes recorridos.
Él grupo siguió marchando por la abertura que se abría en el medio, dónde los llevaría hasta una puerta cuya forma era imposible de ver al completo por la poca visión alrededor.
—No te separes de mi lado —suplicó—. Por favor.
Por el piso se trazaba una granja amarilla con blanco la cual parecía recorrer de un extremo al otro. Aunque no pudo averiguar hasta donde llegaba debido a las sombras que la hacían perderse.
Entonces frenaron el andar del grupo. Al costado de su figura se hallaba un panel electrónico.
Al momento que la muchacha se dirigió a pararse encima de aquel artefacto, que se trataba nada más de un escáner biométrico.
Otra luz verde tenue distingue salir de esa pantalla. Entonces tuvo el visto nuevo para seguir adelante.
Él como los hombres armados tenían la obligación de escanearse antes de poder atravesar la puerta gigantesca cual yacía cerrada atrás de sus espaldas.
Levanta un recubrimiento de plástico que posaba encima de un botón y su impecable mano, presionó el botón debajo del artefacto.
Volvía a reflejarse en el cristal de la pantalla esos píxeles verdes. Entrones sé voltearon a esperar que la puerta se abriera.
Entonces de un instante para el otro, la corriente qué pasó a través de los gruesos cables colgados encima de sus cabezas encendió un reflector que iluminaba alrededor del perímetro de la entrada.
Luz emitida con una sutil coloración roja que, al reflejar contra los charcos de agua postrados en el suelo, revelaban que aquella habitación era mucho más enorme de lo que parecía.
Esto él lo noto desprevenidamente; una barandilla a los dos extremos del costado del camino, debido a la luminosidad cual le mostró que en realidad estaban en el centro de un precipicio donde el aire desde abajo corría haciendo mover algunos medidores.
El verdadero motivo por el cual no existía corriente eléctrica en ese punto justo del complejo era principalmente ese; la depresión era tan grande que era un gasto incensario de recursos iluminarlo.
Percibió como todo el puente parecía temblar por alguna extraña razón. Esa vibración aumentaba con el paso de los segundos.
Por arriba de las barreras de acero teñidas de negro se prendían más focos con la misma tonalidad.
Aquel evento lo solo iba acompañado de vibraciones por doquier, sino que también a su vez oían más de cerca un estruendo que a cualquier asustaría.
Al tener casi de frente al generador de esos eventos extraños, cedieron de un segundo al otro.
Algo estaba detrás de esa puerta. Era imposible que algún ser vivo emitiera esa clase de sonidos y estruendo abrumadores.
Fue que el ambiente se quedó completamente en silencio al culminar delante del grupo, quienes esperaban ansiosos la apertura de la entrada.
Pistones, clavijas de seguridad como demás sistemas hidráulicos ponían en marcha su accionar para lentamente ir levantando la barrera.
Hiromi tensionó la gran mayoría de sus músculos pensando que alguna criatura extraña podría salir de ahí dentro.
Tragó cientos de nudos en su garganta esperando a que le dieran alguna orden que podría marcarse o peor para él, quedarse a pelear contra eso.
Mientras el mecánico elevaba el portón de seguridad, al momento de llegar casi la mitad, los inocentes ojos no podían dejar de enfocar la oscuridad que emanaba dentro del interior de esa cosa.
Trabaja rigurosamente su órgano principal; el cerebro inocente del muchacho, era inyectado de adrenalina con motivo de que saliese corriendo del lugar hostil.
Cerró los ojos apréndanse los dientes en el intento de amortiguar el eminente ataque que recibirían de lo que estuviese atrapado allí.
Seguido de escuchar un fuerte golpe, como si de un objetó sumamente pesado cayera impactando violentamente contra el pavimento.
¡Grito desenfrenadamente! ¡Cubriéndose la totalidad de su rostro con su mano y lo que pudieran del rostro con los brazos!
—Todos se voltearon a verlo—. ¿Te pasa algo?
—abre los ojos, diciendo—. —Eh…
Del interior de la apertura se encendía una fluorescencia cálida, mostrando que adentro de ese hueco no se hallaba ninguna criatura.
—Apunta con su mano hacia delante, nervioso—. —¿No había nada ahí?
—declara—; Es un ascensor…
—Pero… ¿Todo el ruido?
Su zapato se elevó unos pocos centímetros en el aire para después dejarlo caer.
El primer parte del pie que posó sobre el suelo del elevador fue la planta del pie, por debajo de la suela quedó atrapada una pieza mecánica.
—Apartó el trozo de metal con el talón—. —Creo que algo importante se rompió. Quizás muramos bajando.
Luego de que todos los presentes se le quedaran mirando fijamente por lo entupido que se vio gritando de esa forma, abrió la palma de la mano para golpearse la frente.
—dice—. —Presiona el botón a tu lado por favor.
Giraron nuevamente los rodamientos que accionaban el motor del portón, haciendo que lentamente bajara la puerta.
Sumergidos otra vez en la oscuridad debido al repentino apague de los focos centrales de arriba.
Un poco por encima de la entrada se hallaba una pantalla cual llevaba una cuenta; esta media los metros que estaban descendiendo.
Mientras tanto que se sumergían más profundo en la tierra, franja de luces coloradas, impactan de lleno contra las figuras abordo.
Desde que habían estado en tierra firme, habían osado algunos minutos a la vez que el contador seguía aumentando los números.
A la altura de dos mil metros, el récord dejó de sumar dígitos. Se detuvo por completo al ritmo de un pitido alarmante.
Por las rejillas de metal, la que funciona como divisor de un lado al otro, ases deslumbrantes se colaban por las rencillas.
Encandilarlos también suponía una importante regla del protónico; asegurarse de todas las almas quienes bajasen hasta ese lugar fueran solo personal autorizado.
Un soldado al notar aquella cabellera rojiza, características de ella, levantó el puño en alto, dando la orden que bajasen las armas.
—¡Señora Akami! Un gusto volver a verla.
—Pensé que esta vez sí me iban a disparar. —riendo, suelta—.
—Se apartó del camino—. —¡Discúlpeme! ¡Pase por favor!
Un solo paso hacia delante le bastó para tomar magnitud de las verdaderas magnitudes que ocupaba ese sitio tan profundo.
La camita, ahora acompañada con estos nuevos hombres, siguió marchando en dirección al interior del gran agujero civilizado.
Desde lejos se podían ver como personas al igual maquinarias se movían trabajando de un lado para el otro; parecían hormigas en gigantesco nido.
El asombro del joven fue tan impactante y daba lugar a algo como lo que estaba delante de sus ojos pudiera existir.
Llamarla una ciudad subterránea sería faltar al respeto a cada uno de los ingenieros quienes dieron la vida para llevar a cabo tal obra como esa.
Una maravilla de la ingeniería japonesa; resplandece encandilando a los que se atrevan a levantar la mirada para ver el domo de hormigón blanco cubriendo cielo y paredes.
Aquí abajo el aire se sentía distinto, no molestaba el respirar o te llenaba de tierra la garganta, mucho más respirable.
Unos cuantos pasos más, acabaron detrás de una parársela. Parados esperarían la llegada de un vehículo cuyo destino sería llevarlos hasta otra zona.
Él creyó ingenuamente que todo lo divisado era el refugio subterráneo completo, pero este se dividía en distintas zonas especializas en muchas materias.
Dimensiones descomunales separaban sectores de otros. Su vehículo en particular se dirigía donde existía un modesto edificio de viviendas.
Exactamente esa construcción se hallaba dentro del mismo manto terrestre y por afuera de la roca sobresalían cientos de balcones.
Aquel pequeño transporte se detuvo a las afueras del aposento. Entrada con apariencia de hotel cinco estrellas, aunque no dejaba su estética fríamente de cemento.
Por arriba de sus cabezas sin previo aviso alguno, se escuchó un fuerte relámpago acompañando una formación de nubes.
—se preguntó así mismo al mirar el cielo raso—; —¿Una tormenta acá abajo?
Dentro, en el lobby, notable era la diferencia cromática como ambiental percibida. Seguía siendo confuso para la mente débil suya.
—Sube hasta el piso anotado en la tarjeta por ese ascensor. Le señaló. Entra a la habitación. Mañana temprano te tocaré la puerta. Descansa por hoy.
Subió hasta donde indicaba el colgante otorgado por su cuidadora, siguiendo al pie de la letra las indicaciones que le dio así evitaría perderse.
Con la punta de los dedos agarró pasando por el detectó la tarjeta pegada al collar, así accionaria el mecanismo, permitiéndole entrar al cuarto.
Dentro del espacio accedido predomina la ausencia de luz, sin embargo, terminó por esfumarse cuando utilizó el codo dando corriente a los focos.
Caminó despacio hasta el centro de la sala, dividida entre una cocina como también sala de estar amueblada complementariamente.
Se llevó un susto tremendo al notar una masa amorfa, cubierta entre sábanas al igual que almohadas, tirada encima del sofá.
Giró la cabeza buscando con la vista algún utensilio filoso, o tal vez una sartén para intentar defenderse de la cosa postrada.
Con la máxima precaución cuál le permitiera su torpeza, levantando esas sábanas negras sutilmente.
Lo primero en asomarse por debajo de ellas fueron unas uñas pintadas. Parecían garras pensó…
Entonces apartaría la tela con más ánimo, descubriendo que en realidad eso acostado era nada más que su hermanita durmiendo plácidamente.
Reacciono dejando caer el peso del cuerpo al otro lado del sillón, suspirando en un afán de liberar todo el estrés acumulado ese día.
Abrió los ojos, suspira y exalta lentamente; con la frente apurando al techo huele ese dulce agradable aroma de frutos silvestres.
Delante de ellos dos se hallaba una ventana cual daba al mirador de la habitación. Algunos rayos traspasaban la translúcida tela de las cortinas.
Para él alivio de su consciencia, lágrimas descendían lentamente por esas cuencas llenas de moretones.
Sería la culpable esa misma tranquilidad invadiéndolo dentro de un lugar aparentemente hostil para los sentidos de él.
Ya no le importaba que intentaran matarlo a cambio de que la pésquela descansando a su lado pudiera seguir con vida.
Entonces… ¿Estaría bien que su juicio se nublará por ella? La ama. Daria lo que fuese por curarla del mal que la asechaba día y noche. El coste de amarla es la que el alma se le pudra.
Todo ahí dentro parecía estar construido como si de un sueño se tratase. Donde no sufre, tampoco llora.
Esa decoración como arquitectura, suponía una carga psicológica al ser tan perfecta, sin ningún detalle que pudiese notarle.
Tan sombría al mirar hacia afuera. Asemejó en su mente que se había vuelto una miserable hormiga más del nido.
Justamente, la habitación asignada a su nombre tenía vista panorámica desde el balcón a toda infraestructura.
Nada lograba hacerle sentir cómodo salvo por la presencia de su hermanita, aunque ese sentimiento no se sostenía por mucho tiempo.
Tuvo suficiente al sentarse, para relajarse, solamente escuchar su consciencia reproducir una y otra vez pensamientos envolventes.
Con las manos encima de la rodilla empujó la gran mayoría del cansado cuerpo que cargaba.
¡Sin tregua alguna un pitido molesto comenzaba a sonar desde alguna parte de la cocina!
Se movió hasta donde pensaba que el zumbido provenía; buscada desesperadamente la fuente de aquella irritación sonora.
¡Era nada más la heladera causando todo ese alboroto! Dándole honor a su bruteza, por no saber apagar la alarma, decidió desenchufarla.
Pero existía un inconveniente; él toma corrientes del electrodoméstico estaba detrás del mismo.
Por los costados era imposible que accedería debido a la mesada de mármol impeliéndole acceder al enchufe.
La única alternativa cual le quedaba era mover el aparato cuyo peso superaba por montón a cualquier cosa movida antes por sus brazos.
Haciendo un pequeño escándalo, aguantando la respiración al igual flexionando las piernas, lo logró mover unos centímetros hacia fuera del cubículo.
Seguía apretando los dientes debido al timbre insoportable del pitido. Le supuso un placer enorme cuando finalmente pudo cortar la corriente.
No antes de que sucumbiera ese infernal sonido, fueron sus dedos la entrada principal de una descarga eléctrica lo bastante potente para hacerlo gritar del dolor.
Fue tan reverberante como alarmante el grito, logrando sin querer despertar a la pequeña Hideyo.
—Despertándose miró—. —¿Hermano?
Al momento de verlo presenció cómo se retorció a del dolor, pero sin importarle ninguna otra cosa salió corriendo abrazarlo.
No se percató al instante que ella lo fue a tablear directamente. Gracias al dolor que permanecía con los ojos cerrados hasta notar como algo lo envolvía.
—¡Hiro! ¡¿Dónde estabas?! ¡Me dejas sola aquí con estos enfermos mentales por mucho tiempo. —Golpea su abdomen—. —Ahora te apareces de la nada! ¡¿Qué te está pasando?!
Algo dentro de su consciencia le hizo reflexionar acerca de todo lo que estaba reclamándole, porque tenía razón en todo.
Las cosas últimamente estuvieron sucediendo a sus espaldas, con motivos extraños al igual qué intereses.
Reaccionó callando a todos esos reclamos. Agachó la frente para a su vez devolverla igual sus largos brazos.
Olió el pelo característico de la niña.
También lo poseí de la misma manera, pero el suyo se notaba sucio, apagado, sobre todo con mal olor.
Tan impecable siempre estaba. Sea la ocasión que fuese, algo indiscutible era su inmaculada apariencia en todos los escenarios posibles.
—Perdóname. No te volveré a ocultar nada más. Te lo prometo. —le juró—.
El estómago de la muchacha gruñó sutilmente lo que le provocó un enrojecimiento de sus pómulos.
Se dispuso a mirar dentro de la heladera que podrían comer, no antes de darle una fuerte patada.
Ahora estaba juntos, postrados entre las almohadas mientras bebían y comían con la claridad de la televisión encendida de fondo.
—Bueno… Ni siquiera sé dónde estamos ni porque nos trajeron hasta este lugar. —Tragó una porción de pizza después de decirle—; —Creo que trabajaré con ellos.
—nerviosa, lo interrumpió—. —¡¿Te lastimaron de vuelta?!
—¡No, no! Estoy bien. Solo necesito descansar un poco…
Reposó sin más el cuerpo entre el colchón. Si tenía un tacto suave contra su espalda, pero esa comodidad no era suficiente para aliviarle el dolor.
—Prometo que nada malo nos pasará a partir de ahora.
—Llevo los dedos a su frente—. —Cuánto valen tus promesas hermanito…
—Más que las tuyas de seguro. —devolvió—.
Recibió de lleno el impacto del almohadón tirado en el piso, el que juntó polvo hace unos instantes atrás.
—Buenas noches. —remató—.
—El problema es que dejé de disociar la verdad de la mentira. Lo que tengo delante de mis manos, o lo que veo por fuera de la ventana, está presente conmigo. Pero siento que no es real. —reflexionó en su mente—.
Como era de esperarse de ella, rápidamente quedó dormida profundamente.
Aprovechó la ocasión para revisar el resto del departamento. La habitación principal exaltaba de lujo con la elegante ambientación.
Aunque desde pequeño se acostumbró a lo extravagante, siempre existía algún detalle fuera de lo común cual le llamaba la atención.
Intentaría relajarse yendo al baño para estar un largo tiempo metido bajo la ducha.
Su iris enfocaba como la rejilla en la canaleta se llevaba la turbia agua manchada de sangre al igual de mugre.
Fue hasta mirarse al espejo notando como algunos de los hematomas comenzaban a desaparecer.
Con la consciencia un poco más limpia ahora se sentía relajado dentro de esas cuatro paredes.
Otra vez volvía a estar parado al lado de la cama perfectamente arreglada, lista para que el liberase toda la tensión de sus músculos a través de sus finas capas de algodón.
Se hunde con el mínimo esfuerzo pasado en esa superficie. Parece que lo envolviera resguardándolo del absoluto mal rondando.
También acompañado de la sutileza del perfume impregnado por las sábanas qué deleitaban cualquier fosa nasal cual las oliera.
Estuvo dando vueltas en la cama por largos minutos sin poder conseguir, aunque sea diez minutos de relajo.
La mente como su cuerpo se ponían de acuerdo en hacerle pasar un mal rato sea donde esté pero este problema no era nuevo sino que cargaba con él desde hace años.
Ya no recordaba la sensación de estar anestesiado por ansiolíticos puesto a su problema, echa a su hermana, en dejar de consumirlas.
Tampoco sea él motivo por una promesa banal; era el peso psicológico remanente en su cerebro después de consumir cualquier sustancia lo perjudicial para el.
Casando de visualizar aquellas imágenes ves tras ves en su memoria fotográfica, decide callarse con lo que tenía a mano ahí.
Sin pensarlo demasiado salió corriendo del edificio intentando encontrar algo que pudiera adormecerle la ansiedad.
Misma aventura terminó por reconfortarlo por unas horas. De cierta manera se le di por perderse en un sitio que era totalmente ajeno.
—preguntó a una persona en la calle—. —Disculpe. ¿Sabe dónde hay algún café?
—Señala con el brazo—. —Está es la zona residencial del Corp. Tendrías que caminar hasta la plaza central.
—No le entiendo bien. ¿Qué es el Corp? —indagó—.
—confundido lo mira—. —¿El cisne negro? Como sea… Caminé por esa dirección hasta que se tope con la fuente.
Siguió sin entenderle del todo, pero al sujeto que le preguntó las indicaciones parecía tener prisa así que lo dejó marcharse.
Con tanta estructura colócales de hormigón masivo, se percibía un microbio a la comparación de ellas.
A la vez caminaba fascinado por el ingenio de la humildad al conseguir divisar algo tan espectacular en vida.
También era de admirar el espectáculo de luces. Hizo el esfuerzo mental de imaginase cuánta energía se necesaria para alimentar algo de esas dimensiones.
A los lejos puede ir notando como se divisa la dichosa fuente de agua plantada plenamente en el centro de la avenida principal.
Cruzando la calle, un bocinado lo tomó por sorpresa, tal fue el susto por ir desprevenido que pudo haber causado un accidente grave.
Como era de esperarse, las indicaciones que había pedido aquel tipo sí fueron certeras.
En la plaza de comidas hubo un solo escápate cual había atrapado su atención enteramente.
Ese mismo aroma a café, las luces cálidas como la decoración semi industrial. Exactamente como la cafetería que solía ir con Haiden.
Corroboró lo que le había dicho la pelirroja;
—Con esta tarjeta podrán comer o acceder a cualquier sitio. —terminó con una risa diabólica—.
Creo que eso último no terminó pasando pero su locura galopante hizo creer que si…
Tomó despacio la taza para oler su contenido. Era asemejado al que estaba acostumbrado a percibir.
El primer sorbo lo hizo cuidadosamente, tragando un poco de aire para oxigenar el líquido, tradición que no pertenecía a esas esas tierras.
Al tragar y notar como todas sus papillas gustativas se encendían al entrar en contacto con el fluido, hizo que su cabeza recodara viejos tiempos.
—El lágrima doble nunca falla. —alagó—.
Un grupo de jóvenes en la otra punta del local estaban murmurando debido a su presencia.
Fue que una de ellas se acercó a saludarlo. Con la mayor vergüenza del mundo le preguntó quién era.
Devolvió su nombre de pila pero este advirtió que se encontraba totalmente perdido siendo un turista en el lugar.
—la chica le preguntó sin vergüenza alguna—. —¿Por quién entraste aquí?
—La mira confundido—. —Ah… ¿A qué te refieres?
Desde lo lejos las demás damas seguían chusmeando afirmando que se estaba haciendo el difícil.
—O sea, como entraste hasta la sede del Corp.
—Vine por… Un trabajo, aunque todavía no me dijeron cual es… No conozco a nadie de aquí, soy nuevo acá abajo.
Mientras charlaban a la par, ella notó en su carnet que estaba apoyado sobre la madera, el tipo de identificación cual tenía.
—¡M-me disculpo! ¡Tengo que irme me llaman! —tartamudeó—.
Como vino impulsivamente hasta su mesa, de la misma forma fue que se marchó sin avisarle de nada.
—se quejó—; Porque siempre se me acercan las locas. Dios…
Aquella palabra <Corp> había atrapado su atención anteriormente. El café logró que se olvidara de ella, aunque otra vez volvían a mencionarla delante suya.
Se le vino a la mente buscar la dichosa palabra en el teléfono, sin embargo, la memoria volvía a jugarle una mala pasada.
Tampoco tenía mucho caso que estuve ansioso por saber el origen. Más bien; seguiría disfrutando de su bebida caliente.
—El café me lo dieron gratis con esto. —Agita la tarjeta—. Entonces, podría pedir todo lo que quisiese sin que me lo cobren… —La deja caer—. No, tampoco voy aprovecharme.
Todo se asemejaba a una naturaleza creada artificialmente. Si, era notable que personas coexistían con normalidad bajo tierra. ¿Porque algo no le terminaba de inquietar?
Por el modesto cristal del local podía mirar hacia afuera; como esas nubes falsas goteaba derramaban lluvia y por los charcos en la calle reflejada la iluminación abundante.
Lentamente sé deslizaban en el vidrio las gotitas, esa transpiración consecuencia de la condensación del agua.
Cielo enturbiado como oscuro a falta de luminosidad, esa ambientación hizo volver su dolor de cabeza que lo atormentaba hace una hora atrás.
Tuvo que salir, ir a caminar o perderse de nuevo para deja de respirar el aire sofocante emanado adentro del local.
Al menos el oxígeno de afuera podía respirarlo con mayor facilidad, porque estaba comenzando a notar molestia en el pecho.
Empezó a sofocarse. De la desesperación aceleraba los pasos intentando encontrar un lugar donde calmarse.
En una esquina giró bruscamente así terminar chocando contra una máquina expendedora.
¡Rápido pasaba la tarjeta en el detector de la misma! Debido a la ferocidad con cual lo hizo, no le daba tiempo a la máquina de procesar el pago.
Uno de esos intentos terminó por funcionarle, dejando caer por el cubículo de abajo un agua embotellada.
Vertió todo el líquido que venía dentro de ella en sus manos, cara como nuca también.
Despacio iba disminuyendo esa adrenalina que le impedía estar serenamente. Respiraba y exhalaba, aunque todavía estaba algo mareado.
El sonido de confirmación en la máquina volvía a emitirse. Debajo por la ranura sacaba otra botella más.
Esta vez no tiró todo el restante en su cuerpo, sino que reservó una gran parte para beberla.
Entones en ese momento había perdido toda noción del tiempo al no saber si por arriba de estas paredes sería de día o noche.
Sentando en un banco al costado de la calle, vio como coexistía fauna de alguna manera.
Otra vez pasó la tarjeta. Abrió rápidamente una bolsa de maní, tirándole unas cuantas con el dedo a las ardillas trepadas en los árboles.
Una en especial, se acercó. Más que por la comida; curioseando a la nueva persona caminante en esos lados.
Y cuando pensó que ese pequeño animal fue el único valiente, seguidas detrás de ella comenzaron a venir más.
No solo las ardillas, quienes estas tenían su nido establecido en el árbol, cientos de insectos iban hacia su figura.
Al principio se asustó por este comportamiento, pensó de alguna manera que estarían molestos por la presencia suya.
Pero extrañamente esos animalitos no parecían estar agresivos. Mucho menos buscaban aumentarlo.
Quedó conmocionado debido a los cientos de bichos que lo estaban rodeando por completo, observándomelo quietos.
—¿Que estarán pensando? Se preguntó. —Agarró la bolsa de maní, vaciándola en el piso—.
Desde atrás de la cuadran siguiente en la que estaba parado, escuchó unos ladridos de perro.
Imagino que sería imposible que hubiera un camino viviendo aquí debajo, aunque todo lo que estuvo viendo hace horas dejó de parecerle extraño.
¡Efectivamente! ¡No estaba sufriendo una alucinación auditiva! La misma silueta de un cachorro corría velozmente hasta su posición.
Este encuentro fue tan grotesco al ser impactado a gran velocidad de lleno por esa figura.
¡Movía la cola feliz de verlo! ¡Como si lo conociera desde hace mucho tiempo!
Su cabeza al chocar contra la del perrito no parecía estar pasando tan bien como él.
Por lo lejos percibía más ruido salir del mismo sitio por donde había salido este bicho; era el dueño llamándolo.
Este al verlo en el suelo tirado con el perro encima, corrió en el afán de ayudarlo a levantarse de la mugre.
—¡Lo siento mucho disculpe! ¿Se encuentra bien? ¡Lamentó si lo lastimo el perro!
—Agitó las manos en todas direcciones—. —¡No tranquilo! Yo me encontraba en el piso… —avergüenza—.
El joven estiró su mano, ofreciéndola a modo de disculpa y con un pequeño esfuerzo, se levantó del piso.
—consultó—; ¿Como se llama?
—Yo me llamo Jonasan. El Cachorro Shaylon. ¿Estás perdido no?
—riendo contesta—.
—Quizás… O tal vez no. —Mira para abajo—. Bueno sí.
—Lo supuse. Nadie camina por aquí a estas horas. Deberías volver a tu hospedaje. Derecho hasta la fuente y cuando llegues a ella, lo mismo para la izquierda.
Terminó por sacudirse toda la migre que s ele había acumulado entre la ropa y las extremidades.
—¡Gracias Jonasan! Será mejor que regrese e intente dormir. —afirma—.
—Ríe gentilmente—. —Yo tampoco podía dormir, deambulaba de noche porque mi alma estaba sufriendo. También lo pase, pero con el tiempo entenderás a lo que me refiero.
Agradeció su consejo para después estrechar la mano del extrañado cual se la ofreció.
Arriba desde el cielo nuevamente volvía a caer con más ferocidad aquella lluvia. Este cambio no perjudicó en lo más mínimo a su estado.
Permitiendo así que terminara por completo empapado. Ahora la neblina cubría gran parte de la visión suya.
Se sentía como estar cerca de casa imaginó; caminando en calles oscuras, con el ambiente desolador característico de Tokyo.
Entonces, él, cambiaba los aires, o era ese mismo lugar quien lo acompañaba en cualquier lugar que se encuentre.
Se había acostumbrados a caminar con la frente hacia abajo, encorvando su espalda evitando levantar la mirada.
Quizás el ambiente no lo perseguía; el mismo apego emocional a eventos del pasado eran los responsables de su melancolía.
Andando contaba las rayas en las solas el piso como cuando era un pequeño, costumbre que a ningún humano se le olvida.
Para ese instante cuando atravesó la puerta del complejo residencial, esta vez no hubo ningún control por el cual pasar.
Sería la clave aquella tarjeta de plástico la responsable de su trato como un príncipe en cualquier parte.
Esta vez no quiso subir por el ascensor; intenta hacer la caminata hasta la habitación lo más larga posible.
No pudo creer que apenas unos metros del elevador exista la escalera principal del edificio. Adornada con una alfombra roja que debía cubrir el perímetro varios kilómetros.
Mientras ejercitaba los pies subiendo escalones, en las paredes acompañaba un (Insertar papel en la pared) donde esta tenía una textura agradable al tacto.
Un impulso dentro suyo alentó que pasara por encima los dedos, sintiendo en el proceso esa estimulación táctil.
Comenzó a imaginar el verdadero sentido de todo lo que estaba percibiendo con la mano. Porque desde hace largo tiempo que dejo de darle importancia a las percepciones quienes eran las encargadas de mantenerlo vivo.
Aunque siguiera cuestionándose esa materia presente ante sus ojos, nada podía quitarle su sentimiento de desorientación.
Los problemas como ansiedades, lograron arrebatarle su estado de consciencia disociando todo lo que veía.
El mismo papel pintado, pegado a las paredes, trasformaban sus figuras dibujadas de estrellas manchadas de un vívido tinte rojo.
A medida que ascendía los pisos, pareciera que estas mismas formas de astros cobraban vida girando con una gran velocidad.
Su último paso culminó en el piso ante último del edificio. Volvía de nuevo la agitación feroz que lo atormentaba desde las calles de abajo.
Cada segundo transcurrido el pecho suyo pedía más oxígeno y lo pudo sentir cuando por esto, frunció el ceño para después apretarse el pecho con la palma de la mano.
Abrió la puerta con el peso de su cuerpo, cuya salida le llevaba hasta el corredor principal de ese piso.
Antes no había notado que la misma alfombra de las escaleras se extendía por casi la totalidad del recinto.
Tanto el suelo como las paredes, ahora también las luces, se habían envuelto en un color completamente rojo.
Se desplomó directo al piso debido a la ausencia de aire; las gotas de sudor le resbalaban por la frente al suelo que estaba a unos pocos centímetros de su cabeza.
Notaba como hervían la gran mayoría de sus líquidos almacenados en todas partes que el cuerpo humano pudiese albergar.
Le bastó girar un poco la vista para darse cuenta que esas siluetas pintadas estaban creciendo en tamaño.
Cuanto más grandes eran, mayor velocidad tomaban, y no solo esa parte de sus compasiones cambiaban, elevaron la luminosidad de su saturación.
Era demasiado sofocante aquel nuevo sentimiento que estaba por encima é; un calor que se levantó de repente.
Misteriosamente estaba siendo aplastado contra la alfombra por una extraña fuerza. Sintió el peso enorme sobre su espalda de tal manera que no se podía mover.
¡Tiraba manotazos por detrás de su nuca! ¡Algo se encontraba ahorcándolo o eso es lo que percibía!
Pero sus manos chocaban contra él mismo aire en ausencia de alguna presencia sentada por encima de su espalda.
¡Arrastraba con las mayores de sus fuerzas el cuerpo por el piso! Cada centímetro avanzado supuso un esfuerzo como si hubiera corrido un kilómetro.
Le quedaban tan solo unos pocos metros para que llegara a la habitación donde se hospedaba.
Movía los brazos, piernas y rodillas, encarnaba las uñas dentro de la alfombra buscando tener un impulso hacia delante.
La puerta se hallaba cerca de sus manos. Divisaba la estructura de acero, la altura entre la cabeza suya y la manija.
Resistía todavía ponerse de pie con gran parte del tiempo temblando gracias al enorme esfuerzo que conllevaba.
El peso de sus dedos aferrándose a la manija hacían que se moviese hacia abajo, aunque esa acción no era suficiente para abrir la entrada.
Olvido pasar la tarjeta colgada en el pecho. El mayor problema para su ánimo se encontraba más arriba de lo que pudo alcanzar.
No le quedaban más fuerzas para llegar hasta esa altura. Dejó caer su cuerpo nuevamente hasta el piso.
Escuchaba dentro de su mente una voz diciéndole que está a punto de perder la vida, siendo aplastado por esa gravedad.
¡Desde el otro lado de la entrada se pudo escuchar un pitido y por la parte superior de la manija, se encendió una luz verde!
—¡Hiromi! ¡¿Qué te está pasando?! —gritó su hermana—.
Rápidamente lo agarró por debajo de sus brazos, jalándolo hacia el interior de la habitación.
No daba lugar en el estado que había vuelvo de su caminata. Tampoco ella era consciente de que él se encontraba ausente.
Corrió hasta el baño para prender la ducha, dejando caer únicamente el agua congelada.
Dificultaba bastante la diferencia enorme de entre sus cuerpos, porque mover a su hermano era una tarea casi imposible.
El agua no servía para despertarlo. Ni siquiera reaccionaba algún estímulo que ella pudiera ocasionarle.
Sin que ella se diera cuenta, una abrumadora nube de humo negro comenzó a invadir el baño.
Asustada, salió corriendo hasta la cocina, pensando que algo se estaba incendiando, sin embargo, todo parecía estar normal.
—Que está sucediendo… —pensó—.
La puerta detrás suya se azotó con tal fuerza que pudo percibir el viento chocando contra sus pómulos.
¡Pateaba, golpeaba, sacudía el marco de la entrada! Otra vez, nada de lo que intentara afectaba la situación.
En el medio de aquella desesperación, buscaba el teléfono del cuarto. Hizo memoria de donde lo había dejado tirado.
Anteriormente estuvo varias horas jugando con él, solicitando absolutamente todo del menú de la cocina.
Bajo las almohadas, del sofá o la cama como detrás de la tele pero aun así no lograba encontrarlo.
El tiempo corría y su hermano seguía desvaneciéndose. Por debajo de la puerta vio como del baño salían chorros de agua acompaña de ese humo negro.
Sus manos quedaron totalmente rojas de tanto estrellarlas contra la gruesa madera de las entradas.
Y el dolor se volvió tan insoportablemente, cayendo rendida ante las débiles capacidades físicas suyas.
Llorar al igual que gritar con toda su voluntad, fue el último recurso que tenía a disposición, desgarrándose las cuerdas vocales en el esfuerzo.
Por fuera del cuarto, dentro del corredor, se escuchaban murmullos, también ruidos sin precedentes alguno.
Pero por culpa de su dolor al igual que la angustia, se tornó incapaz de escuchar el llamado del timbre.
Ya no era el timbre sonando, ahora eran golpes estruendosos cuales solicitaban la apertura de la entrada.
Nada parecía responder a su llamado de atención. Esa figura se cansó de esperar; golpeando sin ser atendida.
Giró la cabeza hacia los costados, buscando de que nadie estuviese observándola en el pasillo.
Cuando confirmó que estaba únicamente su presencia allí, adoptó una postura semi erguida; tragó sutilmente un poco del oxígeno con la boca entre abierta. El aire alrededor de su puño, cargado con la humedad que salía desde adentro del lugar comenzó a evaporarse, mientras los músculos de sus dedos se endurecían para soportar un inminente impacto. Por arriba de su cabeza, los focos explotaron en presencia de su perturbación. Hizo una cuenta regresiva hasta tres, y a la misma velocidad que tardó en exhalar lo retenido en sus pulmones, fue que salió disparado su puño contra el marco de acero de la puerta.
En el interior, Hideyo pudo notar como se colaba una especie de luminosidad rojiza detrás de la entrada.
A tan solos centímetros de su cara es qué pasó un trozo de metal gigantesco, siendo repelido con una gran violencia hasta chocar contra la televisión del comedor.
Por poco, casi sería ella quien estaría destrozada en vez de la tele. Ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar por la increíble velocidad que tomó ese objeto volador.
Las palabras no lograban salir de su boca, tampoco tuvo las energías para formar una palabra siempre.
Semejante escenario estaba transcurriendo delante de sus ojos. Como algo por el estilo pudo suceder. Quizás un ángel guardián resguardo su vida en ese momento.
Ambos hermanos sucumbieron en un estado de total desvinculación de los sentidos, desplomados, cayendo en un profundo silencio.
La joven corrió a socorrer a la pequeña. Reviso cada parte su cuerpo búscanos algún indicio de daños por el accionar que tuvo hace sólo unos segundos atrás.
Miro de reojo cada extremidad suya pero para su suerte, no pareció haber sufriendo ningún daño, aunque casi estuvo a punto de morir.
Al levantarla del piso, la reposó sobre el sillón que se encontraba al costado de ellas, dejando la de costado así evitaría que se ahogase con su propia baba.
Con prisa se desplazó hasta el baño. Para su sorpresa, la puerta estaba atascada y el agua seguía empapando por debajo sus zapatos.
Sentía como si una gran masa estuviera atascando el acceso; incluso, aplicando una considerable resistencia contra su peso, no parecía querer ceder.
No tuvo otra alternativa más que volver a usar aquella fuerza bruta, escondida en lo más profundo de su ser.
En efecto, al instante justo de entrar, esa masa líquida que percibió era en efecto el responsable de imposibilitar el acceso.
Lo vio ahí; sumergido por debajo del agua que rebalsaba desde los costados de la bañera. Tal vez había llegado demasiado tarde para ese punto.
Las personas que caminan en la calle por debajo del edifico, hasta inclusos los recepcionistas se fijaron como desde del balcón de esa habitación chorreaban cientos de litros.
El chico se notaba pálido. Con los dedos puestos sobre su muñeca como también las venas del cuello que indagaba un indicio de que todavía estuviese con vida.
Mismo pulso que era inestable igual que descendían la voluntad de los latidos con transcurso de los segundos. Estaba pronto a sufrir un fallo cardíaco.
La luz que se colaba por la ventana de la sala de estar, rebotando en el espejo del baño encandiló su ojo derecho.
Destellos de diferentes colores se manifestaban en ese cristal. En seguida el instinto suyo fue agarrarlo ambos cargándolos en sus brazos y espalda.
Al llegar hasta el ascensor probó llamándolo repetidas veces apretando el botón, sin embargo, el mecanismo había sido dañado por el agua escurriéndose por todas partes.
Era extremadamente peligroso seguir insistiendo en descender por ese lugar; tal vez esa cantidad de fluido haría fallar la maquinaria.
La única alternativa que tuvo fue bajar cuidadosamente las largas escaleras de emergencias, tratando de que los chicos no fallecieran en el camino tardío.
Comenzaba la sirena de catástrofes del propio edificio donde las luces se apagaban completamente para emitir única luminiscencia roja.
Unos escalones más abajo diviso los rayos fugaces de la linterna. Seguía bajando los desniveles ahora con mayor velocidad para terminar de confirmar el origen de esas luces.
El equipo de rescate los vio enseguida; hacían señales con la mano algunos gritando agítanos las linternas para que se dé más prisa.
Cuando lograron divisarla mejor, entonces se percataron que la mujer no estaba sola, sino que venía acompañada.
Enseguida el personal médico que subió hasta ahí asistieron con toda la velocidad que sus capacidades físicas pudieron ejercer a los gemelos.
Mientras los asistían, le preguntaban a la chica que les había sucedido y como es que habían terminado en ese estado.
—Sé lo mismo que ustedes! Nada. Por suerte pude ayudarlos a tiempo. —devolvió—.
—¡Aquí no podemos hacer nada! ¡Levémoslos hasta el hospital! —gritó—.
Volvían a escucharse las sirenas que allá arriba generaban un estruendo. A toda velocidad manejaban hasta el siguiente distrito donde estaba el hospital central.
Afuera del edificio municipal estaba esperando otro personal médico la llegada de la ambulancia.
No tardaron demasiado tiempo en cocarlos a una camilla a cada uno. Vieron el estado cual s rencontraban. Especulaban que no sobrevivirían.
Metidos adentro en la zona de terapias intensivas, luchaban por sus vidas peleando contra una anomalía sin
precedentes.
Akami se quedó al pendiente de los dos en todo momento. También estaba haciendo un esfuerzo mental imaginando el origen de ese suceso.
¿Intentó de suicidio? Tal vez esa sería la respuesta. Pero no sé quedó con su primer pensamiento automático.
Se acercó hasta ella un enfermero al tanto quien iba al tanto de la situación, su duda fue aclararle cuál era su relación como ellos dos.
—contesta–; soy la responsable de ellos, responden únicamente a mí.
El joven muchacho cual parecía tener poca experiencia en ese lugar le pidió si podía rellenar algunos papeles en caso de que ambos fallecieran.
Ella lo miró extrañada, es como si verdaderamente no entierra en la posición que existía entre sus figuras.
Unos segundos en silencio incómodos mientras se miraban fijamente uno al otro culminando con la inclinación de su cabeza, aceptando firmar los papeles.
—Te pediré el favor que les tengas un trato especial, porque lo son. —impuso—.
Una mala sensación había invadido su consciencia desde que todo aquello había transcurrido.
Se dirigía nuevamente hasta el piso de donde provino todo el incidente. Ahora hasta el propio edificio se percibía con una atmósfera fuera de lo común.
El perímetro del complejo estaba rodeado de cintas y policías como demás personal auxiliar que puédanse impedir el paso a las personas.
—Que está pasando aquí…
Antes de pasar por las barreras, fue interceptaba por un oficial de policía, quien este parecía conocerla.
—¡Akami no pases! ¡No sabemos qué está pasando ahí dentro, falta evácuanos todos los residentes. Está en camino el equipo de seguridad radiológica.
—No te preocupes por mí. —Pasó caminando por su costado, ignorando su imponente presencia—.
—¡Oye! ¡Vuelve por favor! —tartamudeó—.
Sus delicados bellos fosales distinguían en un aroma extraño a medida que se acercaba más a pared de roca; un sabor a mental dulce que se podía sentir en el aire.
Por la entrada a la suite se percató que absolutamente todos los focos de iluminación estaban estaban estallados.
Piso los restos de uno con la punta de su zapato. Algo de todo esto seguirá generándole más intriga.
Toco esos trozos de cristales rotos para darse que cuenta que estos mismos estaba sumamente calientes.
Al rededor de las explosiones marcas por la pintura de la pared como techos, pegado estaba una especie polvillo colorado.
Cuando llego hasta las escaleras principales, se detuvo a mirar hacia arriba buscando algo que quizás estuviese pasando por alto.
Nada raro parecía estar sucediendo a pesar de todo el caos de allá afuera. Sin perder más tiempo subió directamente los escalones.
Recuerdos como demás olores extraños invadían su consciencia. Seguía subiendo los pisos y todas esas percepciones aumentaban de intensidad.
Para todo esto, el edificio había sido desconectado totalmente de cualquier fuente de electricidad.
Fue justamente al llegar hasta las habitaciones, donde solo hace una hora atrás ella estaba durmiendo, que sintió una presión envolver su cuerpo.
El pasillo era largo y oscuro. Las únicas fuentes de luz eran las que entraban por las ventanas abiertas de los cuartos.
Aquella agua se había secado por completo, dejando la sitúela de su paso junto a la mugre que arrastró, machando gran parte del corredor.
Camino con cuidado hasta al baño donde Hiromi se ahogaba; el mármol blanco de los azulejos, como bañera y demás aparatos yacían manchados de un tinte azulado al igual que con algunos tonos de rojo.
Es como si el líquido que cubría hasta la mitad del cuarto se hubiera vaporado dejando todo el sitio seco, sin rastro de lo que había pasado.
Mismo tinte que tocó con la punta de sus dedos, moviéndolos sin cesar, diferenciando una textura que jamás había sentido antes.
Otro sonido acompañado de una vibración, apareció dentro de su pantalón, el responsable era su celular emitiendo el ringtone.
—¿Hola? —contesto—.
Pero la bocina del aparato, pegado a su oído, solamente reprodujo un molesto bucle de estática.
Abrió la aplicación de telefonía para buscar quien le había marcado, aunque no pudo encontrar ningún rastro del emisor.
Los pocos segundos que estuvo encendida la pantalla, comenzó a fallar la imagen al igual que su señal recibida.
Algo se encontraba bloqueando toda señal por los alrededores. Imagino que esto quizás sería obra de alguna medida de seguridad del Corp.
Antes de salir por la puerta se percata que estaba un cristal incrustado sobre la chapa de metal que golpeó contra el televisor.
Este emitía una luz tenue pero visible para sus ojos. Sin cuestionar su naturaleza lo puso dentro su bolsillo del pantalón.
La multitud fuera del lugar creció considerablemente y esas mismas personas que curioseaban o eran empleados del hotel.
Vieron cómo salía caminando desde el interior esa figura delgada con curvas como rasgos finos.
—¡Akami! ¿Que… Sucedió? —calló—.
—Solo fue un accidente. No hay nada grave de lo que preocupase. —afirma.
Ahora no le quedaba ningún interés en permanecer en ese edificio abandonado. Marchaba otra vez hacia el hospital a ver el estado en el que se encontraban.
Ascendió hasta el piso número tres del lugar, hay un pasillo angosto, blanquecino por el mármol, la redirigía a la zona de terapia intensiva.
Caminaba con la mirada perdida hacia delante; no fue hasta que su olfato diferencio otro olor extraño. Provenía del destino al que iba.
Giró hacia la izquierda continuando el andar para que su mirada al levantar la vista terminara chocando contra la silueta de una persona.
Esta figura miraba a través del cristal en la puerta, cual permitía divisar desde el exterior hacia dentro de la habitación.
—Aquí estás. He estado esperando a que volvieses. —se dirigió el enfermero—.
—Inclinó su cabeza mirando hacia el interior del panel—. —Dime que necesitas.
—No sé cómo explicarle. Están vivos pero con los síntomas que presentan, no deberían estarlo. —aclaró—.
Ella le pidió que fuera más específico con sus palabras. El peso de sus palabras encima de él generó un nudo en su garganta.
—Puso su mano en el vidrio—. —Se encuentran dormidos, parecidos a un estado de profundo sueño, aunque tampoco empeora o mejoran. No sé qué diagnóstico devolverle.
—Lo mira, señalando con el dedo—. ¿Puedo entrar?
—Agachó la cabeza entrecerrando los ojos—. —Usted debe tener más autoridad que yo pare decidir eso señorita… —apeló—.
Su mano giró el mango de la puerta y lo primero que le dio la bienvenida fue ese aroma de nuevo. El mismo impregnado en las paredes del hotel.
A ambos hermanos, solo los separaban una camilla de distancia, pero, aun así, no dejaban de irradiar ese aroma desagradable.
—pensó—; con tal solo sentirlo en el hotel lo supe, aunque esto lo confirma.
El enfermero que estaba caminando en la dirección opuesta para tomar su descanso, vio como todo el pasillo se iluminó velozmente con una luz roja.
—Se detuvo y volteó a mirar hacia atrás—. —¿Que mierda?
Se quedó unos segundos pensando si abra sido su imaginación lo que acababa de suceder a sus espaldas.
Seguramente lo sea pensó. Para ese punto encontraba cansado y estresado por todo, justamente pestañeo en ese momento.
Aquel aroma se esfumó del aire sin dejar rastro alguno. Intentando indagar, con la parte delantera de sus dedos toca sus frentes.
El pitido estable de la máquina cual monitoreaba sus signos vitales, volvía a emitir como dibujar una estabilidad creciente.
Al tocar sus frentes se dio cuenta que, por debajo de sus palmas, defendiendo por esas venas del brazo, la misma tonalidad que predominaba en el aire, le escurrían por las vías venáticas.
También fue acompañado de una comezón molesta, y aunque no entró en pánico por esa anomalía, intentó ocultarlo por debajo en la manga de la chaqueta.
Como entro, salió con igual impunidad yendo a buscar al enfermero que recientemente había hablado con ella.
Unos metros más adelante, siguiendo el pasillo, se cruzó a una anciana del personal médico.
Preguntó si había visto al joven que estaba describiendo con sus palabras, sin embargo, devolvió no haberlo visto.
Quizás lo reconozca escuchando su nombre, insiste en que se lo diga pero otra vez la respuesta fue negativa.
Se despidió de ella al instante dejándola tranquila en su labor. Tal vez estaría en el comedor del edificio.
Y justamente lo encontró sentando en una mesa para dos en el área de comida, epernado su pedido pronto a llegar.
—Perdone. ¿Puedo molestarlo un rato? —solicita.
—¡Oh por Dios! ¡Es esta hermosa mujer de nuevo! Es… ¡¿Un ángel?! ¡Si le diré que sí! —Imaginó, seguido, responde con un tono rudo—; sí. Adelante…
Llegó el plato de comida hasta la mesa. Aprovecho la ocasión para comer algo también.
—¿Podría traerme un café por favor? —pide.
Como todo un caballero, insiste en esperar a que le traigan la bebida, así ambos podrían comer a la vez.
—Bien. ¿A qué debo su molestia —consulta y luego piensa; ¡Seguramente quiera mi número!
Sujeta una servilleta con los dedos, limpiando los húmedos labios del líquido restante en ellos.
—Quería notificarle que ambos gemelos ahora se encuentran estables. —Da otro sorbo—.
—Escupe su gaseosa—. —¡¿Cómo cuándo?!
—Mira hacia arriba pensando, poniendo la mano en su boca—. —Hace media hora.
—imagina—; maldición, moriré virgen…
Al despertar, hiromi vio en el techo como giraban las aspas del ventilador colgante. Ese viento chocando contra su cara hizo que lo invadiera la paz.
Notaba una molestia en su fosa nasal, como si hubiera bañado en una piscina profunda, llena de sal.
De repente un arrebato de adrenalina puso sus pelos de punta buscando con la vista a su hermana. Entonces se preocupó en vano cuando noto que estaba a su lado.
Había perdido completamente la memoria; no entendía el motivo de que ambos estuvieran en un hospital.
Se levantó sin más de la cama y su cuerpo no le dolía o sentía alguna molestia superficial. Hace tiempo que no percibía tal estado anémico.
—Hermana. ¿Estás despierta? —preguntó. —entonces se movió hasta su camilla—. —Todavía no. ¿Y este dolor de cabeza?
El único síntoma que estaba pareciendo era una visión borrosa como dificultad para enfocar la mirada.
Al momento de girarse, su ojeada chocó contra de la pelirroja; distinguió como caminaba silenciosamente detrás suyo.
Los dos se quedaron mirando fijamente al otro, sin emitir alguna palabra como movimiento involuntario.
—Sonríe—. —Venía a cuidarlos pero veo que estás bien.
—Eh… ¡Hay me duele la cabeza! ¡Necesito acostarme! —Se hizo el moribundo.
En el medio de su circo, con los ojos entre cerrados, divisó como resplandia una bolsa blanca cargada de cosas en la mano de ella.
—Señala con el dedo—. —¿Y eso que es?
—Levanta la bolsa, inclinando la cabeza—. —¿Esto? Ropa que traje para ustedes.
Su estómago sin previo aviso, gruñó, delatando que se estaba muriendo de inanición. Por dentro quería que se lo tragara la tierra.
—¿Tienes hambre? —sondea.
Ella se tomó la molestia de ir a comprar lo que a él se le había antojado hace unos instantes; regresó con cuatro platos de udon.
—¿Puedes comer por tu cuenta? —dice, mientras sacaba los hutencilios.
—Sii-ouu… No puedo…
A su vez que estaba reposado en la cama, la cuchara con el caldo y fideos se acercaba a su boca.
Cuando le rosó los labios con la punta del plástico, detrás de ellos, se escuchó un grito desgarrador.
Hideyo estaba parada arriba de la cama con una expresión aterradora, enfocado a la cuchara pegada a la boca de su hermano.
—Como te atreves… ¡¡¿HACER ESO FRENTE A MI?!! —los ensordeció.
Había saltado de la almohada hasta casi tocar el techo para regañarlos entre ese ataque de celos.
—¿Tú también ves el fuego salir de sus ojos no?
—Suelta la cuchara—. —Si.
La mujer les ordenó que, al terminar de comer, se bañaran, cambiaran su ropa y fueran a buscarla hasta su oficina.
Cuando sacó las mudas, en especial al momento de ponerse la suya, olió ese aroma característico de ella.
Aprovechó al estar encerrado en el baño a seguir olfateando la prenda con ese agradable olor.
Lo primero que se encontró al salir fue a la pequeña llevando puesto un vestido blanco con detalles floreados.
Estaba listos para salir a verla. Según las indicaciones que les dio, el complejo delante de sus ojos tendría que ser el lugar del encuentro.
Este tenía una arquitectura diferente; más rústica de lo habitual, al menos de todos los edificios cuáles lo rodeaban.
—¿Seguro que es acá? —pregunta.
—La tarjeta dice que si…
Se toparon de lleno con una entrada de madera maciza. Golpeó con los nudillos de su mano derecha la puerta. Desde dentro contestó que podían pasar.
Ahí estaba de nuevo la pelirroja; sentada detrás de una oficina. Esta estaba descuidada, lo bastante rústica para la estética que acostumbraba.
—Hideyo, necesito que nos dejes a solas por momento. ¿Puedes? —pide.
Reaccionó pendiendo una cara de molestia. Intento que se cálmala asegurándole que solo sería por un corto tiempo hasta que hablaran de unos asuntos.
—alterado, dice, ¿Estoy en problemas?
—No. Vengo a proponerte el contrato por el cual estás aquí.
Es cierto que estaba en ese lugar por la oferta, cosa que se había olvidado por toda la conmoción pasada estos últimos días.
A raíz de estas palabras se generaba miles de dudas dentro de su cabeza hasta el punto que sus manos comenzaron a temblar.
—Hiromi… Voy a ofrecerte lo siguiente y escúchame con atención. —dice.
Tragó la saliva que estuvo acumulada dentro de su boca por prestarle atención a la vez que tensionaba los músculos de la mandíbula sin respirar.
—Sacó un papel debajo desde abajo del escritorio—. — Actualmente tienes dos opciones: La primera es; no aceptas el trabajo y te mato aquí mismo. Segunda; cooperas con la organización a cambio de salvar a tu hermana. Te recomiendo que elijas la dos.
Quedó congelado ante tales palabras salir de la boca de esa mujer, misma que lo había estado tratando con demasiada atención como cariño.
—Si estoy aquí es porque lo acepté desde un principio… Pero todavía no me dices lo que haré.
—Sonríe levemente—. —A eso iba. Viajarás lejos a realizar un trabajo, bajo las órdenes de la organización.
Hizo una mímica con los dedos confundido como la figura que estaba dibujaba en la pared, colgando de un cuadro.
—Perdón por interrumpirte —señaliza con el índice—, —¿Eso es la organización?
—Así es. Mikoyan Corp es una entidad del gobierno creada para llevar a cabo investigaciones.
Volvía a sentarse. Demasiada información de golpe, terminó por afectarle, haciendole reflexionar en el lugar que se metio.
—Estos días estarás acompañado. —arroja.
Detrás de él, escuchó como la manija de la puerta se giraba, produciendo un ruido chillante para luego abrirse por completo.
—Él es Ronoe, tu nuevo compañero.
Intento saludarlo, aunque su mirada no fue devuelta, si no que contestó con un pequeño <hola>.
Ella les dijo que se llevaran bien mientras convivirían en el mismo techo por unos días. Cosa que a ambos parecieron no entender del todo.
Al salir de la oficina, su hermana estaba lo demasiado molesta con él por haber tardado más de la cuenta. Intento explicarle todo, sin lograr que lo escuchara.
Con eso, tampoco tuvo la motivación de avisarle a partir de ahora, tendría que compartir casa con el tipo cuál caminaba al frente.
No duro mucho el recorrido hasta llegar a unas especies de viviendas, edificadas como un barrio normal de Tokyo. Tal construcción ocupaba varias manzanas a la redonda.
El cielo raso, en sus cabezas, poseía un sistema donde simulaba el día y la noche; dando espacios a cambios de clima como los que experimentó al llegar.
Los invitó a que pasaran primero ellos dos. Se sacaron los zapatos al igual que sus prendas para entrar a la casa, dentro todo parecía estar normal.
La pequeña dijo que necesitaba ir al baño con urgencia, se estaba haciendo encima…
—Arriba, fondo a la derecha. —indica.
Espero que la niña se perdiera de su vista. Cuando escucho que cerró la puerta del baño, camino despacio hasta el dónde el huésped nuevo.
A traición, sin avisar, le proporcionó un fuerte puño al costado de su mejilla izquierda. Semejante fuerza tuvo ese golpe que terminó por tirarlo encima del sillón.
—No es nada personal pero márchense lo antes que puedan de aquí. —ordena.
Con la conmoción del golpe, todavía no pida formular una respuesta a su queja. Seguí frotándose la boca, escupiendo la sangre.
—Intenta sentarse—. —¡¿Qué… Mierda… Te pasa?! —gadea.
—Les estoy haciendo un favor diciéndoles esto. Terminaras muerto si no renuncias.
No se quedó asistirlo. Dejó que su herida siguiera sangrando mientas el se preparaba para dar una caminata.
—Iré a fumar. Cuando vuelva espero que estés viajando de regreso a Tokyo. —Cierra la puerta—.
Giró lo máximo que permitía la camilla de la cocina, donde puso su cara de lleno en el chorro de agua.
Desde la otra punta de la casa bajaba las encalaras la pequeña. Vio como su hermano tenía el rostro cubierto con una mancha morada.
Tranquilizó su preocupación, afirmando su integridad ante la situación pasada. Al tiempo cuál esperar su regreso, aprovecharon comer toda su heladera.
Mientras tanto el joven reintegraba su vuelta, comenzó a pensar que haría de cenar esta noche, algo ocupado lo mantenía ocupado.
—Abre la puerta de la casa, para luego caminar hasta la cocina—. —No vi sus cosas en la entrada —piensa. Ese simio al final uso la…
Antes de que pudiera terminar de gesticular la frase, sintió un pinchazo por toda la columna vertebral; sus bolas habían sido golpeadas con ferocidad.
Es como si de repente se teletransportara a un campo lleno de flores cuál por el cielo pasaban estrellas fugaces por encima de su cabeza.
Pero ese sueño al que parecía haber sido ubicando no era más que su consciencia procesando él inmenso dolor que lo hacía delirar.
—Suspiró—; ¡Imbécil… D-e mierda! Te juro que cuando me levan…
—No me iré de aquí. Necesito el dinero del trabajo. —argumenta.
Con un gran esfuerzo y voluntad puesto sobre su cuerpo, logró levantarse del suelo, que, por cierto, estaba con bastante mugre, ensuciando su ropa de trabajo.
—¡¿No entiendes lo qué te dije?!
—Se burló, haciendo una mueca—. —Me importa un pedo lo que digas. —arroja.
—¡¿CÓMO TE ATREVES A PEGARME AHÍ ABAJO!? —quejó.
—Tú me atacaste a traición primero…
Detrás de sus espaldas, por las escaleras, bajaba Hideyo dispuesta a pelear con todas las energías, con una armadura completa de utensilios de cocina, haciendo un estruendo golpeando la olla en su mano.
Miro la escena de ambos discutiendo; el tipo con los huevos rotos y cara de emo —¡QUE NO SOY EMO! Agh me duele—. La miró directamente a los ojos.
—Creo que mejor me vuelvo arriba… —Regresando, aviso—.
Tardo lo suyo en terminar desapareciendo. Al mismo tiempo, el nuevo amigo caminaba con dificultad hasta la cocina.
Apoya el peso del cuerpo sobre un taburete alto, pegado a la mesada en la cocina, donde arriba de ese, posaba el teléfono de la casa.
Aunque se le dificultaba marcar la línea cuál se quería comunicar pudo hacerlo luego de estar esperando en tono por unos minutos.
—Disculpe por molestarla a esta hora señorita Akami pero ¿podría preguntarle porque me encajo a estos dos simios en la casa? —comunica, diciéndolo rápidamente.
—Porque eres el único en cual confío. —contesta.
Escuchó esa frase salir de la bocina inferior del aparato para después, detener los latidos de su corazón. La cara comenzaba a cambiarle de color como la tonalidad de un tomate.
Para ese transcurso, no había manera alguna de que sus quejas lograran ahuyentar ambos de la casa, soportándolos hasta cuan ron tiempo sabrá.
Su felicidad habrá durado unos pocos minutos hasta darse cuenta nuevamente de la presencia de él a su lado, apagando toda emoción.
—Oye emo. ¿Por qué estás tan frustrado en querer echarme? —indaga.
—Sube las escaleras—. —Haz lo que quieras. Mañana nos vamos a primera hora, me acabó de avisar Akami. Buenas noches. —culminó.
—¡¿Y la cena?! —elevó la voz.
—Calienten lo de la heladera… —Cerró la puerta de su habitación—.
Supuso desde la tarde sobre mañana sería un largo día como también agotador mentalmente. Ahora tenía nuevas responsabilidades a las cuales atender.
No se molestó en prender ninguna otra luz, dejando como una sola fuente, la misma que permitía el paso de claridad, entrando por el traga luz del techo.
Piensa; juega con sus emociones a la vez que respira, como recuerda las vivencias pasadas con alguien a quien extrañaba.
Boca arriba, acostado en la cama, dejaría que lentamente la hormona del sueño, comenzara a duplicarse en su materia gris.
Para su mala suerte, un ruido estruendoso proveniente desde abajo, en el comedor, lo despertó haciendo que se preparara para luchar contra lo que fuera que estuviese haciendo ese escándalo.
Cuidadosamente, descendía los escalones portando un Canto, sin filo, que tomó desde el corredor, uno que era de decoración.
Intentando intimidar al intruso, es que elevó la espada al cielo, tratando de nomas girar la vista, encajarle un espadazo.
La enorme sorpresa, como disgusto que se llevó fueron demenciales a tal punto que explotó en un enojo feroz.
—¡ME DESPERTASTE DE MI SUEÑO POR TU RUIDO?! —forzó la voz.
—Buen día emo. —Tira el dedo a la ventana—. —Pero si ya amaneció —.
Perdió la noción del tiempo de un instante para el otro. De igual, manera seguía quejando porqué había tanto desastre para cocinar un desayuno.
—Haciendo una pose sexy también con el tono, le contestó—; Es que no supe que desayunabas, por eso te hice de todo.
—Se sienta en la mesa—. —Terminaré desertando así acaban con mi sufrimiento…
Cayó rendido ante tan animal caprichoso. Decidió mantener una postura adulta, y dejar que las demás autoridades en el trabajo, se encargaran de ella más tarde.
—Haz lo que quieras, mocosa. —termina.
Su hermano, para ese momento, ya estaba que preparado para irse, sin embargo, él lo detuvo diciéndole que no necesitaba llevar nada.
No ante de que pudiera darle otro sorbo al café, miro el reloj disimuladamente, y sin que se diera cuenta a la primera vez, estaban atrasadas en la reunión de hoy.
Mientras se paraba, vacío en el lavabo lo poco que había dejado en el fondo de la taza. Seguía un poco despistando por el despertar abrupto hasta que volvió a consultar el reloj de pared.
—¡OYE TENEMOS QUE IRNOS! —levanta la voz.
Aparecía de nuevo la pequeña, quejándose del ruido que hacían, a la vez que flotaba sus ojos para quitarse las lagañas.
—¿Ir a dónde? —cansada, contesta.
Entonces, de nuevo, clavó su vista fijamente en ella, como lo hizo la tarde pasada. Dando como resultado el despabilar de ella.
—Se pone los zapatos— —¡Tú te quedas aquí! Nosotros nos tenemos que ir. —ordena.
La tranquilidad del ambiente quedó perturbada cuando entraron esas claras palabras por sus oídos, como entraron, salieron igualmente.
—No me importa… Iré igual… —Cruza los brazos—.
Un auto frenó sus ruedas, quedando estacionado a las afueras de la vivienda.
El conductor, presionó la mano contra el volante para pitar dos veces el claxon.
Por la puerta que estaba entre abierta, salieron las tres figuras esperando el llegar del vehículo.
Procedieron a sentarse en la parte trasera, donde cada uno se les obligó a ponerse los cinturones de seguridad.
Interrumpe él alboroto otra vez el conductor, consultando al joven de apariencia sombría, el destino cual deseaban ir.
Para cuando terminó de abrochar el cinturón, respiro unos segundos. Le respondió que al edificio central del Mikoyan.
Ahora, el auto se ponía en marcha, dirigiéndose hasta donde sus palabras indicaron. El viaje no duro demasiado por las distancias, aunque hacerlas a pie sería agotador.
Sin avisar, en el cielo, de nuevo caía otro torrencial, impidiendo que pudieran salir del vehículo si no antes empaparse todos.
En las afueras del lugar, esperaba la figura de esa mujer; aguardando el llegar del trasporte sin molestarse por el clima.
Caminó dándole una vuelta al coche. La puerta se abría, dejando entrar su aroma reconocible en cualquier lugar que estuviera.
Por dentro de Hiromi, algo comenzaba a formarse, quedándose atrapado en las nubes de su consciencia, formando escenarios como también repitiendo recuerdos vividos. El causante, era ese aroma, su olor de mujer.
No antes de ir directamente hasta el destino principal, tuvieron que pasar a la responsable de sus vidas allí abajo.
Al momento para cuando se acomodó en la butaca, giró hacia atrás la cabeza para saludar a los muchachos, y vio que su hermana estaba acompañándolos.
—dice, Lo siento señorita Akami. Le dije que no puede venir pero siguió insistiendo. Le pido por favor que la ec… —pero es interrumpido.
—Está bien, no pasa nada. —arroja—.
El rostro se le tornó de una tonalidad pálida, y la boca; abierta hasta rozar la alfombra.
Por última vez, el coche conduciría en la dirección aclamada por los labios del copiloto, donde viajaba la señorita.
Pasaban las edificaciones por fuera de la ventana; seguía mirando con una expresión apagada, sin mostrar algún sentimiento de calidez.
Más delante, fueron detuvimos por una señalización con una barrera, cual permanentemente se encontraba posada sobre el soporte en el otro extremo.
El chofer bajo todas las ventanillas, que de por sí, poseían un polarizado oscuro, impidiendo observar desde fuera quienes iban a bordo.
Antes de que alguno de ellos se diera cuenta, salvo por la mujer, un rayo invisible impactó de golpe en los rostros de todos los pasajeros.
Únicamente, esa fue la medida de seguridad tomada para controlar quienes ingresaba como salían. Así era en todo el complejo.
—Se bajó del auto—. —Caminaremos a partir de ahora. —aclamó.
Hicieron caso completo a sus palabras claras. El chofer, por otra parte, se quedó esperando la vuelta de cualquiera que buscará regresar hasta la otra punta.
—Hermosa, tienes que esperarnos aquí, luego nos iremos contigo. ¿De acuerdo? —mandó.
Ella la miró apenada por eso. Quiso intentar convencerla de dejarla ir, sin embargo, no le salieron las palabras para expresarle su descontento.
Volvía a meterse adentro del vehículo, acostándose en los tres advientos de atrás. En el interior, se encargó de hacerle saber, cruzando los brazos, lo molesta que se encontraba.
—Ronoe, necesito que te quedes con ella. —inclina la cabeza—. —¿Podrías hacerlo? —pide.
Poniendo el brazo izquierdo por detrás de su espalda, sobre su mano izquierda, agarrando su muñeca derecha, es que caminaron hasta la otra punta del sitio.
El clima se yacía cambiando de formas y tiempos con relatividad a medida que las agujas del reloj giraban, en minutos, para después horas, dejando de rociar su líquido.
Aquella zona donde estaba ahora presente, no compartía mayor su multitud el resto del complejo cuál dificultosamente adaptó su mentalidad.
Con ese olor de nuevo pegándome de lleno en la nariz, dejando arrastrar por la débil brisa pasando a través de sus finos cabellos.
Porque siempre ella, caminaba de la misma forma. Usaba las mismas expresiones, era una personal que intimidaba sólo con su andar.
Lo último que quería lograr era incomodarle, actuando o haciendo alguna pregunta que llegara a molestarle pero estar junto a su lado, hacía estragos en los sentimientos suyos.
Unos pocos metros más adelante, paró la caminata de repente para girar hacia la derecha y, por último, terminar llegando donde una entrada.
La muchacha procedió hacer un gesto de respeto en la fuente al lado de la puerta, así podía obtener una sagrada entrada al lugar.
Observando toda aquella secuencia, el hizo lo mismo, aunque no creyera en figuras como adoraciones, no faltaría el respeto a las creencias de esa región.
Comenzarían a bajar una larga escalera subterránea que aparentaba alcanzar unos siete metros bajo tierra, o eso es lo que calculó su consciencia.
Al llegar al final de ellas, estas culminaban en un enorme sarcófago; había cientos de placas conmemorativas pegadas alrededor de las paredes. La única fuente de claridad eran las mismas velas remitiendo una luz tenía al igual de cálida.
Justamente en la parte central, existía una fuente de agua y sus canales recorrían el perímetro completo, rodeando la cámara, reflejando el agua por los muros.
—Disculpe Akami. ¿Dónde me está llevando? —inquietó.
—El hombre que está al frente, será la persona encargada en instruirte para el trabajo.
—Pero… Creí que tú lo harías. ¿Además quién es el? —apenó.
—Lo siento. Estaré viajando fuera del país mañana temprano. Estoy ocupada con otros asuntos.
Al instante que dejó de observar la belleza del lugar, se percató que todo este tiempo hubo otra persona con ellos, aunque ignoró sus presencias por completo hasta que no se pusieran detrás suyo.
—pronunció; Ryoei, aquí traje al nuevo aspirante. —pronunció, para luego guardar silencio—.
Ante sus palabras, se quedó más estático, las mismas que erizaron su piel, dilatando sus pupilas, causándole un silbido en el oído izquierdo.
De estar apoyado sobre sus rodillas, se alzó, levantando primero su cabeza, después las piernas, hasta relevar una figura robusta, aunque delgada a la vez.
—indaga, Responde algo primero. Tu apellido, como es. —dio un último sorbo al whisky—.
—Oneourstein. ¿Por qué lo pregunta?
El sujeto con apariencia de hombre maduro, miró a la señorita Akami fijamente a los ojos para decirle que podía retirarse del lugar.
No puso que hacer ante tal escenario; su cuerpo se tensionó, contrayendo casi la totalidad de sus músculos, a la vez, el cerebro le mandó dosis altas de adrenalina, impactando de lleno con esas cintas musculares estresadas.
Había cubierto su rostro justo a tiempo antes de que el puño del hombre imputara de frente contra sus cuerdas vocales. Tal fue la fuerza del golpe, quedando tirado en el suelo, observando cómo se acercaba lentamente.
Esto no era un juego, pensó que simplemente hablarían de temas aburridos como siempre es de costumbre sin embargo ahora su vida corría peligro.
Como tan rápido pudo permitirle su velocidad de reacción, levantó su cuerpo lastimado del piso, intentando ponerse en guarda para el próximo ataque.
¡Otra vez atacaría de nuevo a la yugular! ¡Lo noto en sus movimientos! Cubrió apresuradamente la misma zona del cuerpo que había sido impáctala antes.
Estaba seguro que repetiría el mismo ataque. Lo vio en sus movientes, en la forma de posicionarse y donde clavaba la miraba.
El puño se acercaba otra vez en esa dirección, ejerciendo la misma voluntad de lastimarlo con un golpe certero, intentando acabar con la consciencia de él.
Su mente quedó desconcertada, como sí alguien le hubiera desenfundado la corriente eléctrica, cual termites seguir visualizando el mundo, ahora se había nublado.
Todo había pasado tan rápido que no le dio tiempo de reaccionar. Mucho menos de intentar analizar qué había pasado hace escasos 2 segundos, porque volvía a estar en el piso tirado si ese golpe no lo había acertado.
—analizó, me sorprende que hayas detenido el primer golpe. Por lo general, es el más letal; porque es fuerte, y nunca lo ves venir. Pero una simple patada bastó para derribarte…
Reposando en el piso, hizo un gesto con el dedo para que se acercara. Accedió poniendo su oído al frente de sus labios. Cuando lo tuvo a escasos centímetros, buscó meterle un rodillazo de lleno en la pera.
El viejo, esquivó el ataque con suma facilidad, atrapando su pierna como rodilla con mano, así, empujándola de nuevo hacia el piso, haciéndola chocar con suma violencia contra el cemento.
—Trucos de mierda no te servirán.
Al igual que repelió el ataque con su mano izquierda, ahora con la derecha; terminó de agarrarle el brazo.
Con un mínimo fuerzo, lo terminaría empujando haciéndolo volar hasta la fuente de agua, impactando con la estatua de la misma, cayendo finalmente en el charco.
Burbujas salían a la superficie teñidas de rojo. Completamente débil, sin alguna fuerza de voluntad más que la de sobrevivir, intentaba salir desesperadamente de esa situación.
Pero esa silueta, bloqueaba el acceso a la salida. Estaba aguardando que el chico saliera del agua, plantado en el medio de la habitación.
Se quedo esperando unos segundos a que saliera del estanque. Al ver como no parecía tener las energías para ponerse de pie, sacó su cantimplora con licor.
Casi dando el primer sorbo, nota que pudo conseguirlo; salir del agua, pero no sé paro firme, sino mantenían su atomización postrada en el piso.
Eso fue el detonante que causó que guardara otra vez la bebida dentro de su abrigo, lo cual hizo cambiar la expresión en su otro.
Infló su pecho con una cantidad considerable de aire, ahora lo dejaría salir cuando adoptó una postura de carrera. Para esto, Hiromi todavía seguía respirando con dificultad para no terminar desmayado.
Aquel oxigeno almacenado cual inflaba su tórax, salió disparado hacia el exterior al momento de saltar salir en carrera, saltando a mitad de camino para clavar la suela de su zapato directo en el rostro del chico.
La perspectiva suya, al observar como venía tras él, cada vez descendía más lento, como si estuviera viendo la muerte delante de sus ojos, aclamando por su cabeza.
Ultima pizca de energías como voluntad, con esas pocas reservas, aquel cerebro pudo hacer reaccionar todos los músculos del cuerpo, girándolo para un costado.
El pie del hombre terminó por chocar secamente el hormigón, chisporroteando, dejando la figura del zapato impresa en el mismo.
Estando desamparados a ciertas distancias por un momento, pretendía marcharse ahora por la salida donde yacía sin estorbo.
De seguido, escuchó un fuerte chasquido. Razón por la que cayó desplomado, sin tener mayor noción de lo ocurrido.
¡No se podía mover! Ningún mute Colli de sus piernas respondían a los impulsos ordenados por él y hacerlo le suponían un dolor desgarrador.
—No intentes moverte. Te disloqué las dos piernas. Llamaré a una ambulancia para que vengan por ti. —Desenrosca la cantimplora—. Yo me voy. Terminamos por hoy. —culmina.
Dio el último sorbo que quedaba de líquido en ella. No antes de volver a guardarla, detuvo su andar para observarlo detenidamente una vez más.
—¿Oneourstein? —Apena su rostro—. Quizá esté delirando por el alcohol. —Vuelve a caminar—. Mañana entrenaremos temprano. —termina la conversación.
El sujeto continuó su camino, sin mirar hacia atrás. Entonces lo dejó desesperado, hundido en su derrota en el suelo.
Para la dichosa de su suerte, mientras intentaba luchar para aguantar el dolor a o la vez que jadeaba tragando aire, emergencias había llegado al lugar.
Se lo llevaron sin más hasta el hospital ubicado a unas calles más adelante de ese altar. En todo el camino, miró como el cielo se le desdibujaba delante sus ojos.
Aquellos pocos segundos que transcurrieron en ese enfrentamiento, los percibía como horas, parecido al haber estado luchando incansablemente.
Le re colocaron los huevos huesos de las piernas. No tuvo mayor complicación que esa, motivo cuál lo mandaron de regreso a la casa.
Cuando llego a la casa, los ojos se le cerraron. Ahora, se abrían los glóbulos de Akami, quien se encontraba alistándose para viajar unos días al exterior.
Por fuera esperaba ese mismo vehículo, conductor que anteriormente los había llevado de un lado para el otro.
El último paraje concluiría en el aeropuerto de Sapporo, donde unos hombres del personal aeroportuario aguardaban el llegar de la señorita.
Una larga alfombra guiaba el paso para que su andar culminase en la escalera con gran altura, permitiéndole así entrar al avión a bordar.
Su asiento fue elegido por ella misma. Estaría viajando por la parte trasera del avión, casi rozando la cola, en la última fila que permita la longitud del transporte.
Pegada a la ventana, era su vista preferida. Trascurrieron los minutos hasta que encendieron los motores del avión, así se, comenzarían a dirigirían a la pista principal de despegue, teniendo un ascenso impecable a pesar de las condiciones climáticas.
Las luces del ala derecha, cuya fuente de luminosidad, era únicamente lo que podía distinguir por fuera del pequeño panel de vidrio, mientras a su vez, se perdía en ocasiones entre las nubes, ocultando su resplandor.
En una hora y cuarenta minutos, comenzaban asomarse en el horizonte las luces de la ciudad de Tokoy, cuya parada era de urgencia, escalando, tendrían una pequeña demora de unas horas para viajar al destino principal.
El piloto apretó aquel botón en cabina, luego de repetir la acción en voz alta de que lo haría; mismo mecanismo de la aeronave accionó el sistema hidráulico inferior, así permitiendo bajar el tren de aterrizaje mientras los flaps se activaban para el aterrizaje.
Esas primeras ruedas del avión, siendo las traseras las encargadas de resistir el impacto duro del descenso, tocaron la pista mojada de aterrizaje, generó una fuerza de presión gigantesca sobre las gomas del disco.
Por detrás, como delante y al costado de los asientos donde estaba ella, se elevaron figuras borrosas que no alcanzó a distinguir con la mirada, de quienes pertenecían cada una, a su vez que no le dio importancia.
Sintió el temblor esparcirse en el interior, este, viajando por todas partes al fuselaje al instante justo del aterrizaje y mismo estruendo, esas manos manchadas de mugre igual de sudor, ejercieron la fuerza necesaria para empujar la palanca de metal hacía atrás; haciendo funcionar aquel engranaje que permitió martillar ese cilindro de plomo con punta hueca.
Una explosión de fuego, trasmitió la fuerza de choque por todo el aire alcanzado alrededor de su onda expansiva. Por las pequeñas ranuras de un largo cañón metálico, saliendo disparados violentamente estos gases, ardiendo a una temperatura extrema.
Impactaron de lleno contra el blando cuerpo de la mujer aquellas metrallas, masacrando sin piedad alguna cada parte, extremidad o forma que compusiera su anatomía, dejándola masacrada tanto a ella como a sus compañeros de trabajo.
En milésimas de segundos, luego de que las personas a bordo escucharan los sonidos de detonaciones, los pilotos terminarían por perder el control; no lograron estabilizarlo. Así, la pesada nave, se volcaría contra el pavimento cubierto de agua, generando una detonación cuyo bombazo fue percibido por toda alma alrededor de un kilómetro a la redonda, dejando un rastro de ruina a su paso como de fuego incandescente, elevando una columna de humo por encima de las nubes.
Fin capítulo 2