El auto gris se detuvo por completo. En su interior, tres siluetas permanecían en silencio, estacionadas frente a un edificio de arquitectura peculiar.
Los dos pasajeros del asiento delantero descendieron primero. Al parecer, tenían prisa.
Desde el interior del vehículo, un zapato tocó el asfalto, seguido de unas piernas delgadas. No era algo común. Una mujer emergió del automóvil.
Sus dos acompañantes se posicionaron detrás de ella. Caminaban atentos, vigilando cada movimiento a su alrededor.
La puerta de cristal de la entrada principal se abrió automáticamente. Todo estaba dispuesto para que su ingreso fuera ininterrumpido.
Al cruzar el umbral, saludaron al guardia apostado en la entrada. Como parte del protocolo, pidió las credenciales de cada uno.
Examinó los documentos con detenimiento. Luego, extrajo una pistola del cajón junto a su cintura y apuntó al código de barras impreso en las tarjetas de identificación.
A un costado, una vieja computadora con pantalla LCD emitió un pitido al confirmar la validación. Una tilde verde parpadeó en la pantalla.
Tras devolver los carnés, el guardia hizo un leve gesto de aprobación e indicó que podían pasar.
—No tienes que ser tan formal conmigo —comentó la mujer agradecida.
—Por favor. Te usted es mi superior señorita —agregó con naturalidad.
El hombre mayor sonrió.
—Eso no cambiará mi forma de tratarte —dice.
Sin más dilación, avanzaron por los largos y altos pasillos.
El ascensor habría sido una opción conveniente, pero la fila que se extendía frente a él los hizo desistir.
—Será mejor usar las escaleras —señala uno de los hombres—. Demasiado tiempos sentados.
El grupo estuvo de acuerdo. Subir unos escalones y mover la sangre por sus venas no les haría daño.
Más personas de lo habitual llenaban el espacio.
Se preguntó qué habría ocurrido con los elevadores del edificio. Por poco, un accidente estuvo a punto de suceder.
Finalmente, llegaron a su destino.
Detrás de aquellas paredes, presencias aguardaban en silencio. Frente a ellos, dos enormes puertas de roble se alzaban imponentes. Cada una medía dos metros de ancho y se extendía hasta tocar el techo.
Sin previo aviso, las tuberías que transportaban cables sobre sus cabezas comenzaron a vibrar.
Alzó la mirada y vio pequeñas piedrecillas desprenderse del techo.
En el suelo, las diminutas rocas temblaban. Parecían bailar, rebotando contra sus zapatos bien lustrados, negros como la noche.
Las puertas se abrieron desde dentro, separando una lujosa habitación de los rústicos pasillos.
Varias personas salían en dirección a la salida. Mientras lo hacían, murmuraban entre sí, intercambiando palabras en voz baja que solo contribuían a aumentar la tensión en el ambiente.
La mayoría vestía trajes formales, corbatas negras y portafolios cuyo contenido solo ellos conocían.
A lo lejos, un anciano levantó la mano derecha y, con un leve movimiento de su dedo índice, les concedió permiso para ingresar.
Solo la mujer cruzó el umbral.
Sus acompañantes permanecieron firmes al otro lado de las gigantescas puertas. Ahora tenían una nueva tarea.
Como si una fuerza invisible se desatara en la habitación, un viento denso y húmedo la envolvió al cerrarse la entrada tras ella.
Sin apresurarse, avanzó hasta situarse frente a una enorme mesa que se extendía de un extremo a otro de la pared.
Se detuvo en el centro del recinto. No movió un solo músculo.
Con lentitud, juntó los brazos y los llevó detrás de su espalda.
Todo allí parecía estar en perfecto orden, dispuesto con una simetría casi obsesiva.
El lugar era un palacio. Sobre sus cabezas, el techo ostentaba una enorme pintura al óleo, cuyos detalles se entrelazaban con los grabados en las columnas.
Cuatro personas ocupaban el robusto escritorio.
El primero en tomar la iniciativa fue un hombre vestido con un traje militar, sentado en el centro de los demás.
Con calma meticulosa, humedeció las yemas de sus dedos con saliva y apagó su cigarrillo.
Debajo de la mesa, sacó unos archivos de un bolso.
Tomó aire y, con voz frustrada, formuló su pregunta con ansiedad:
—¿Cómo va tu labor? —preguntó.
La mujer esbozó una leve sonrisa.
Su respuesta fue rápida, seca.
—Sin inconvenientes. Todo sigue su curso —informa.
El mariscal formó un puño con la mano y, tras levantar el brazo con lentitud, lo dejó caer con violencia sobre la mesa.
El estruendo retumbó por toda la sala.
Acompañó su gesto con un grito enérgico.
—¡Se acabó el tiempo! —motivó.
En otro arrebato de furia, lanzó los papeles al aire. Las hojas cayeron con suavidad, deslizándose hasta posarse sobre sus zapatos.
El silencio se hizo presente.
Con inexpresividad absoluta, se inclinó para recoger los documentos. Sin una palabra, los acomodó sobre su brazo. Sus ojos la escrutaron con dureza.
Ella no se inmutó. Ni siquiera ante su evidente irritación.
Con movimientos precisos, enderezó su espalda y agachó la cabeza en señal de reverencia.
—Mis disculpas —dijo, con serenidad, dirigiéndose a cada uno de los presentes—. Pueden estar seguros de que no hay nada de qué preocuparse.
Las miradas se encontraron.
De un lado, la de un hombre encendido en ira.
Del otro, la de una mujer de rostro impasible, tan inexpresiva como una muñeca de porcelana.
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Escarbó con los dedos dentro de un paquete que usaba como pisapapeles.
Sacó un cigarrillo y, sin apartar la vista, pidió fuego a su compañero.
Los cuatro sujetos intercambiaron una señal con la mano, sincronizados en un gesto silencioso.
Aquello fue la indicación de que podía marcharse.
Sin emitir sonido alguno, giró en dirección a la salida.
Sus dos escoltas la esperaban.
Apenas la vieron aparecer, retomaron el paso tras ella, recorriendo el mismo camino de antes.
Los pasillos seguían igual de sombríos, con la pintura descascarándose a pedazos. Las escaleras estaban abarrotadas de gente, subiendo y bajando en un ir y venir incesante.
El trayecto finalizó cuando llegaron al auto.
Uno de los hombres se adelantó, abriendo la puerta antes de que ella llegara.
Dentro del vehículo, mientras acomodaba su cabello y se observaba en el espejo, la interrumpieron.
Les hizo saber que ya no disponían de tiempo.
Los rostros de sus guardianes cambiaron al instante.
La preocupación los invadió de golpe.
Intentó abrocharse el cinturón, pero estaba roto. Tras un par de intentos, desistió.
—Conduce —ordenó.
Unas pocas cuadras más adelante, las manos del conductor comenzaron a temblar sin razón aparente.
Se dirigió a la mujer, pidiéndole casi en un tono de súplica permiso para estacionar unos segundos.
Giró la cabeza para observarlo. El sudor le resbalaba por la frente, oscureciendo el cuero de la tapicería.
Excusó que no podía continuar manejando.
Su nerviosismo se desbordó, contagiando a su compañero.
Ahora ambos querían salir del vehículo. Necesitaban aire fresco.
El hombre que reposaba la cabeza contra la ventana movió el cuello y los observó. Se preguntaba por qué su estrés había estallado de repente.
Sus iris, al chocar con los rayos del sol, reflejaban un patrón de colores apagados. Su rostro, similar al de una muñeca de porcelana, se mantenía serio, pero no demostraba la misma inquietud.
—Estaciónate, por favor —accedió.
Desesperados, salieron del auto.
Afuera, sus pulmones se llenaron de oxígeno.
Respiraciones controladas, profundas y lentas. Así lograron borrar de sus cabezas aquel terror.
Ella volvió a dejar caer el peso de su cabeza sobre el cristal de la ventana.
La ansiedad apareció. Golpeó los dedos impacientemente contra el cuero de los asientos.
Algo del sentimiento de aquellos hombres había logrado alcanzarla.
El conductor giró la llave. Las luces del salpicadero se encendieron.
Con precisión, su mano coordinó el embrague, cambió de marcha y aceleró el motor.
Ahora, rumbo a una nueva locación, el vehículo volvió a rodar.
El recorrido terminó en las afueras de un motel.
Su prenda se arrugó al sentarse sobre el asiento.
Por aburrimiento, trazaba líneas imaginarias con la mirada sobre el pavimento. Fue entonces, justo cuando estaba por terminar, que un auto se coló en su campo de visión.
El momento había llegado.
Ese hombre parecía estar esperando.
Solo entonces dio la última calada al cigarrillo.
Se encaminó torpemente hasta la puerta trasera. Lento, sin prisa alguna.
Antes de golpear la ventanilla, su reflejo apareció sobre el vidrio polarizado.
Las arrugas de su rostro resplandecieron con la luz, recordándole la ausencia de juventud.
Un sonido mecánico rompió el silencio.
Desde el interior, lo observaban de arriba abajo.
Él también se sumó a las miradas.
Fijó la suya en aquellos ojos curiosos.
Ninguno cedió.
Sus rostros cambiaron de expresión: él alzó el mentón, ella frunció el ceño.
La mujer terminó por concederle el paso.
Abrió la puerta, dejándolo entrar. Se sentó a su lado.
Lo que antes era un trío, ahora era un cuarteto.
Parecía estar completo.
El viaje sería largo. Ninguno pronunció palabra durante el trayecto.
Sobre sus cabezas, los motores de los aviones rugían en todas direcciones.
El cielo estaba congestionado. La gente también.
—Pásame el maletín que dejé en el asiento —pidió.
Ella se lo entregó.
Pero cuando él quiso tomarlo, su mano se detuvo en el aire.
Volvió a clavar la mirada en ella.
Sus brazos flotaban en suspensión, como si dudaran.
Tampoco ella lo soltó.
—Gracias —con una voz desanimada, murmuró.
Se colocó unos guantes.
Con los dedos tiró hacia atrás la manga de su ropa, dejando al descubierto el reloj.
Bajo la esfera, una línea fibrosa y de color extraño sobresalía en su piel.
Cargó sus pulmones con el aire exterior por última vez.
Comenzó a caminar.
Solo aquella mujer lo acompañó hasta el interior de la central.
Mientras avanzaban, aguardaban la señal para abordar su inminente vuelo.
Él se detuvo por unos segundos.
Sin palabras, le tocó la espalda.
Le señaló un cubículo de cristal.
Entró y encendió un cigarrillo.
Le ofreció uno, pero ella no fumaba.
Las aspas de los ventiladores del techo succionaban el humo con un zumbido irritante.
—¿Tal como lo dijeron? —preguntó él.
Ella no respondió de inmediato. Mantenía la vista fija en unos niños que jugaban al otro extremo del lugar.
Sus brazos, como de costumbre, descansaban detrás de su espalda.
—Sí —secamente, respondió.
Un chasquido eléctrico recorrió los altavoces.
El vuelo fue anunciado.
Era momento de abordarlo.
Ambos procedieron a despedirse.
Ella le pidió que se cuidara.
Él sonrió, quitándole importancia con un ademán.
—No necesito la preocupación de una mocosa.
Luego, sin más, volvió a caminar hasta el auto.
A mitad del recorrido, un grupo de adolescentes la vio acercarse.
Todos la observaron al pasar.
Aprovecharon para soltar comentarios sobre lo atractiva que era, pero ella no respondió.
Se detuvo, los miró fijamente.
El silencio los dejó mudos.
Luego, sin decir nada, siguió su camino.
Mientras avanzaba, pensó que pronto no tendría que soportar más las obscenidades de extraños.
Una sonrisa apareció en su rostro.
Subió al vehículo y pidió al conductor que la llevara a la sede central.
El viaje comenzó.
Este trayecto sería el más largo del día, llevándolos a las afueras de la ciudad, entre las colinas.
El sol se había ocultado tras los valles hacía ya unas horas.
El destino final se erguía frente a ellos: un conjunto de instalaciones de hormigón negro macizo.
Seco. Imponente.
Pero incluso aquella austeridad no restaba protagonismo a la modernidad de la arquitectura.
La entrada estaba celosamente custodiada.
Guardias armados detuvieron el automóvil y exigieron identificación.
Revisaron el auto con perros.
Alumbraron cada rincón con linternas, asegurándose de todo.
Tras confirmar que todo estaba en orden, un joven custodio hizo una señal con la mano, permitiéndoles el paso.
Sin embargo, apenas avanzaron unos metros, les ordenaron descender del vehículo.
Adentro de esos muros, la seguridad era máxima.
Nada ni nadie pasaba desapercibido.
Aceleraron el paso hasta cruzar la puerta principal del recinto.
El primer impacto fue el aire helado del sistema de ventilación.
Una brisa fría que los recibió sin ceremonias.
Les agradeció a ambos hombres por haberla acompañado durante el día y afirmó que al día siguiente tendrían aún más trabajo.
Ellos se despidieron. Su turno había terminado.
Abrió la puerta de una habitación. La manilla, a diferencia de las demás, era negra.
Encendió la luz.
Con paciencia, se quitó las prendas y estiró sus extremidades, liberando la tensión acumulada.
Sobre su escritorio, una montaña de documentos aguardaba.
Un archivo en particular destacaba entre el resto: ciento setenta hojas repletas de información sobre una sola persona.
Sosteniéndolas entre sus manos, su expresión cambió drásticamente.
La presión de los últimos meses se reflejaba en su rostro.
No era la única.
Las personas en aquel lugar compartían la misma mirada.
Fuera del edificio, las calles mostraban lo mismo: rostros marcados por la inquietud.
A lo largo de los valles, en los pequeños pueblos y en las grandes ciudades de la tierra del sol naciente, la preocupación era un lenguaje común.
Más allá de las fronteras, en los océanos y en tierras extranjeras, en las megaciudades de los países vecinos, bajo tierra o en los cielos, el miedo se extendía como un virus.
Vivían, habían vivido y seguirían viviendo con esa angustia persistente, carcomiendo sus conciencias sin tregua.
A veces, ese sentimiento se disipaba cuando el monstruo se ocultaba en la oscuridad, sin mostrar sus dientes.
Pero la certeza era absoluta: tarde o temprano, volvería a buscar alimento.
En este mundo, marcado por la sangre y la prosperidad, la gente intentaba llevar vidas normales, aunque cargadas de ansiedad.
Porque, en el viejo continente, décadas atrás, estalló un conflicto que estuvo a punto de envolver a la humanidad en la penumbra.
Se le conoció como la Gran Guerra de los Mayores.
Todas las potencias del mundo participaron en aquella contienda.
Pero solo hubo un vencedor.
El país que, con su victoria, se alzó como un imperio: Sixaounia.
Con su triunfo, el mundo quedó dividido en tres partes, alterando para siempre la vida de millones de personas.
Estas eran: el vasto territorio gobernado por Sixaounia. Los países neutrales durante el conflicto.
Aquellos que se opusieron a su dominio.
Los países enemigos derrotados vieron cómo sus tierras pasaban a formar parte del nuevo imperio. Perdieron su identidad nacional, sus tradiciones y su cultura, y sus banderas fueron quemadas.
Aunque hubo revueltas en todas partes, estas fueron insignificantes para un poder tan vasto. Muchos de los habitantes de las tierras ocupadas se resistieron, tomando las armas contra la dominación.
Algunos intelectuales e historiadores especularon sobre el verdadero motivo de esta guerra. Algunas figuras destacadas, incluso a nivel mundial, murieron en circunstancias misteriosas.
Había una entidad que guardaba celosamente esa información, lo que llevó a que la gente comenzara a conspirar para que ese evento catastrófico fuera olvidado.
Mencionar ese tema en público, donde un oficial o soplón pudiera escuchar, era algo que se evitaba a toda costa. En las escuelas, se enseñaba el material de manera variada, ya que los vencedores son quienes escriben la historia.
El imperio de Noxious no surgió de la nada. Originalmente era un país mediano con raíces europeas, rodeado por el Reino Unido, Noruega e Islandia. Antes de la Primera Guerra Mundial, atravesó momentos oscuros, enfrentando numerosas crisis económicas y sociales.
En la actualidad, es el país dominante a nivel mundial, un gigante que sacude los cimientos internacionales.
Estados débiles formaron numerosos grupos. El motivo de esta alianza estaba impulsado por la preocupación de que, en futuro cercano, Noxious deseara tener más recursos naturales.
Las tensiones mundiales tuvieron un pico de crecimiento nunca antes visto desde la guerra de los Mayores, debido a cientos de rumores sobre un nuevo conflicto bélico a gran escala.
Pero en el medio de toda esa calvarie burocrática, hubo un caso fuera de lo común: Japón.
Durante la lucha de las grandes potencias, en todo momento pese a las amenazas, mantuvo su firmeza.
Incluso, ofreció ayuda a los Sixaounios, suministrando recursos y abriendo sus aguas para operaciones.
Esto fue de gran conveniencia para los japoneses, ya que únicamente así, pudo quitarse de encima el avance que estaba ejerciendo los estados unidos por las islas del sur.
Las dos potencias tenían un mismo fin en común: eliminar a otro imperio.
Culminando así, con la caída de las colonias británicas en Australia.
Luego de que las inmensas batallas terminaran, firmaron un tratado de no agresión.
Únicamente, reclamaría a lo nipones devolver las tierras que habían invadido. Y así, regresó las soberanías que Japón invadió.
El imperio del Japón se disolvió. Ya no tenían intereses algunos en agrandar el país.
Entendieron que la paz que le cedieron, sería temporal.
A escondidas de lobo, comenzarían a armarse masivamente. Reforzar su ejército. Abrir su país, cual estaba cerrado a las demás naciones, así poder conseguir futuros aliados.
Pero los demás países no mostraban tener interés alguno en formar una alianza con los Nipones.
Todo gracias a que ellos mismos, ayudaron anteriormente a los Sixaounios.
La mancha permanecería en la memoria, y el resentimiento de las personas en ese hecho.
Únicamente su fiel comerciante fue China, quien sería clave para su desarrollo económico.
También se estaban preparando para algo que llegaría inminentemente.
Desde hace tiempo, lo más importante que se le oculta a la humanidad era la verdad. La división entre las masas ha dejado ciegas a las personas. Enfrentándose unas a otras.
Podrán encerrar sus cuerpos físicos, pero nunca podrán bloquear las mentes de quienes buscan la verdad.
A pesar de todo mal, la lluvia seguía cayendo. La atmósfera albergaba oxígeno. Millones de hectáreas de tierra eran fértiles.
Luego del primer contacto.
«Él» llevaba a la mitad su lata de refresco. Uno de los muchos relajos que gustaba tener.
Con la otra mano, sostenía su celular. Pero no hacía nada más que mirar la pantalla.
No se movía, porque se encontraba vociferando cientos de veces acerca del origen de ese mensaje.
Su corazón no podía evitar dar grandes brincos de preocupación. Estaba algo asustado.
Alguien tenía información sensible sobre él. Por eso, apenas lo leyó, salió corriendo como forma de apaciguar el estrés.
Intentaba buscar alguna información mínima que pudiera ayudarlo a dar con el emisario del mensaje de texto.
Número privado: no había datos registrados. Era absoluta la inexistencia.
Marcó a su compañía móvil. Preguntó si podrían rastrearlo. Le dijeron que no era posible.
Comenzó a cuestionarse si se trataba de una broma de Haiden. Procedió a reclamarle por esto.
A esa hora, su compañero se encontraba roncando.
Cada segundo, se frustraba más.
—¿Será gente del trabajo? —pensó.
La cabeza no le daba tregua alguna. Rondaba cualquier posibilidad para encontrar al responsable.
¿Por qué tenían esas inquisiciones sobre él? ¿Quién era o quiénes eran las personas que se atrevieron a hacer eso?
Por un momento, dejó de molestarse tanto. Decidió volver adentro.
Luego de que pasara la adrenalina del momento, la resaca volvió a su cuerpo.
Por cualquier motivo o circunstancia, daría su vida para protegerla.
Arrancó con furia un tubo de metal que estaba por debajo del sofá. Lo ocultó debajo de las almohadas.
Al mediodía, le comentaría todo a Haiden con respecto al acosador que lo estaba acechando.
La paranoia, en ocasiones, podía con él.
Apagó el celular. Sacó el chip. Guardó todo dentro de una caja.
Esa madrugada durmió con un ojo abierto. Estaría descansando de frente a la puerta.
Cuando se despertó, lo primero que hizo fue armar nuevamente el móvil.
Precavido, ante todo, anotó el texto en una hoja de papel que tenía cerca.
Su hermana lo vio levantarse de un brinco y correr a revisar el celular.
—¿Ocurre algo? —le preguntó.
Él sonrió tímidamente mientras, con una mano, frotaba su nuca.
—Solo espero un mensaje del trabajo.
Abrió rápidamente el chat de Haiden. Leyó lo que había respondido en la madrugada.
—Tengo tiempo libre de sobra. ¿Nos reunimos dentro de una hora en el centro?
Preparó un cambio de ropa cómoda. Ella seguía confundida por su extraño comportamiento.
—¿Te irás a algún lado? —insistió.
—Sí. Tengo una reunión.
Su pequeño rostro se entristeció y suspiró de forma desganada.
Lo mira. Pregunta si algo le molesta, pero no obtiene respuesta; ella solo volteó, dándole la espalda.
Con prisa, sale del hospital. Ahora se dirigía hacia la estación de tren.
Al momento de querer pagar la entrada, descubrió que se había acabado el saldo en su tarjeta de transporte.
Una niña colegiala detrás de él le reclamó que se apurara. Segundos después, escuchó el pitido del rechazo.
Avergonzado por la situación, se apartó de su camino y se disculpó.
Al ver cómo «Él» se quedaba del otro lado del carrusel, la niña llamó su atención.
Estiró su mano hasta el cobrador. Ahora la luz era verde para su camino.
—No me lo agradezcas. La próxima no seas tacaño y carga saldo —le dijo.
Rojo de vergüenza, se marchó. Corrió disparado hacia el tren que estaba por salir.
Tenía un recorrido de unas estaciones. Recostó su cuerpo.
A través del paisaje, veía las casas, los autos, las personas. Su mente no dejaba de pensar en lo ridículo que se había visto.
—Tuve que depender de una mocosa —murmuró, para sí mismo.
Revisó el celular. El otro ya se encontraba en el sitio del encuentro.
Al salir de la estación, reenvió un mensaje: no estaba lejos.
Caminó hasta las afueras del edificio.
Su estómago rugió. Ya había pasado por tanto en los últimos minutos que le dio igual.
—¿Quieres ir a comer algo? —propuso.
Sentados en un banco, disfrutaban de un café en el parque.
Sacó su móvil del bolsillo y le mostró el mensaje que había recibido en la madrugada.
—¿Y esto? —tiró, sorprendido.
Su reacción fue la misma que la suya cuando lo leyó por primera vez.
—No sé quién carajos puede ser. Me tiene algo preocupado —expresó.
Insistió en ver de nuevo el texto.
—Qué puto miedo... ¿Tienes alguna sospecha de quién te lo envió? —indaga.
Él negó con la cabeza.
—Tienes que mostrárselo a la policía —elevó la voz.
—¡Tampoco lo grites, imbécil! —lo retó.
A sus espaldas había otro banco, separado por un lago pequeño. Más asientos estaban alineados a la orilla.
Las personas comenzaron a sentarse en ellos. Justo detrás, dos hombres tomaron asiento.
—¡Perdón! —susurró.
—Como sea. Tengo que irme ahora mismo —habla.
—¡¿Tan pronto?! —se quejó.
Mintió descaradamente. No tenía un compromiso que reclamara su tiempo. El verdadero motivo era que comenzó a sentirse incómodo, casi paniqueado.
—¡Tu café y medialunas! —Procede a comerlo—. Que se le va hacer… Sería un desperdicio tirarlo.
Caminó hasta la estación de policía más cercana.
Lo primero que hizo fue ir al baño. Mojó su rostro por completo. Se sentía agotado de todo.
En la entrada, estaban tomando una denuncia. Tuvo que esperar a que lo llamaran.
Ansiosamente, movía los pies y los dedos. Buscaba cualquier estímulo que lo distrajera.
Para su suerte, no tardaron demasiado en atenderlo.
Al momento de entrar a la sala, una mano lo detuvo.
—Te equivocaste de lugar —le reclamó una voz.
Le dijeron que lo siguiera. Amablemente, lo condujeron por el camino correcto.
Cerraron la puerta y bajaron las persianas. Prendieron el ventilador de techo.
El oficial le dio rienda suelta para que comenzara a hablar.
Él explicó todo lo que le había sucedido y le mostró el mensaje.
Indagaron en todos sus datos posibles. Le hicieron preguntas acerca de los hechos.
Habló sobre sus sospechas; su mayor miedo era que lastimaran a su hermana.
En medio de toda esa emoción, el oficial intentó apaciguar sus preocupaciones.
—No tienes de qué preocuparte. Estos casos suelen pasar muy a menudo —contestó.
Le dio un último consejo: le recomendó cambiar su número de teléfono.
Procedieron a firmar el acta de denuncia. Agradeció al oficial y se retiró.
Tal como entró esa gran preocupación en él, salió del edificio con la misma sensación.
Pero, en el fondo, nada le había sido de ayuda. Percibió en todo momento que aquel agente no lo estaba tomando en serio.
Ya oscureciendo, regresó al hospital.
Allí, ella lo estaba esperando desde hacía un rato largo.
Lo primero que llamó su atención fueron las luces apagadas de la habitación.
—¿Hermana? —llamó.
Ella estaba sentada en el balcón, mirando hacia afuera. Se acercó hasta su lado.
Cuando quiso tocarla, rápidamente retiró la mano.
—¿Qué haces aquí? —soltó ella.
Su reacción tan repentina lo extrañó.
—¿Estás bien? —insiste.
El viento movía su largo cabello.
—¿Por qué no te quedas en tu trabajo mejor? —arrojó de repente.
La expresión en su rostro cambió completamente. Se sentó a su lado.
—Dime qué tienes.
Ella lo miró indignada.
—Sé que me mientes todo el tiempo, desde hace semanas.
Su boca se cerró. Sus labios se contrajeron.
—¡No es así! ¡Estás imaginando cosas! —contestó molesto.
—¡Se suponía que hoy probaríamos ese juego de porquería que compraste! —gritó ella.
—¡¿Por qué me hablas de esa forma?! ¡Esa mierda la quieres tú! —replicó él.
El ambiente calmado desapareció.
—¡Yo no te pedí nada!
Sus emociones estaban desbordadas. Terminaron por salirse un poco del recipiente.
—¡YO NO PEDÍ QUE TE ENFERMARAS!
El aire dejó de transportar sonido. El silencio volvió a la habitación.
Se dio cuenta de que había hablado de más.
Intentó disculparse, pero ella ya no lo escuchaba. Lo maldecía por dentro mientras lloraba.
Su disgusto fue tan grande que decidió encerrarse en el baño para evitar su vista.
Golpeaba su cabeza repetidas veces con la palma de su mano. Ahora se sentía una basura.
Ella no quería verlo.
Imaginó que sería mejor salir de la habitación y dejarla tranquila.
Bajó al supermercado que se encontraba a unas cuadras. De paso, le serviría para bajar sus humos.
Mientras recorría los pasillos buscando qué comprar para comer, sus dedos temblaban por la emoción.
—Me lo merezco. Soy una mierda total —imaginó.
De pronto, el aire se le cortó repentinamente. Levantó la mirada de la caja de hamburguesas.
Personas lo habían rodeado de la nada. Pudo sentir sus presencias.
Pero todos parecían estar en su propio mundo.
Uno de ellos podría ser su acosador.
—¡Quizás son los dos hombres que se sentaron atrás nuestro en el parque! Sí, de seguro. Uno de ellos debe serlo —pensó.
Siguió fingiendo que leía el envoltorio. De reojo, los observaba disimuladamente.
Hasta que no pudo resistir la emoción de hacer algo al respecto.
Caminó despacio hacia donde estaban los hombres. Llamó su atención.
Los muchachos lo observaron al ver cómo ese joven interrumpía su charla.
Súbitamente, apretó su puño derecho por detrás de la espalda.
Dio un golpe certero en la nariz del sujeto más intimidante. Un chorro de sangre brotó de inmediato.
—¡Deja de acosarme! ¿¡Tú enviaste ese mensaje! —gritó, furioso.
El hombre, aturdido en el piso, suplicaba que parara. Estaba completamente desorientado.
La gente alrededor corrió a asistirlo. Lo miraban con repudio por lo que acababa de hacer.
No tardaron mucho en reaccionar.
Antes de que pudieran hacerle algo, llegaron tres agentes de policía.
Todos señalaron al joven violento como el responsable.
Él no hizo más que quedarse mirando al hombre desplomado en el suelo.
Quedó en shock por lo que acababa de hacer. La sangre en su puñose secó.
Los policías, al verlo en estado psicótico, decidieron esposarlo a la fuerza y llevarlo a un Kōban.
Estuvo encerrado alrededor de dos horas hasta que lo llamaron para declarar.
Sin ninguna excusa de por medio, asumió toda la responsabilidad por lo que hizo.
Terminó por afirmar que todo fue producto de un ataque de pánico dentro del supermercado.
—Tuve una discusión con mi hermana. Vengo con muchos problemas personales detrás —expresa.
El hombre al que golpeó resultó ser el encargado de la tienda.
Después de pasar por urgencias, presentó una denuncia en su contra.
El brutal golpe le fracturó varias partes del tabique nasal.
Intentaba resolver un problema solo para meterse en otro.
Ahora tendría que indemnizar a la víctima.
Tenía una fecha límite para entregar ese dinero y estaba hasta el cuello.
Su mal accionar lo llevó a enfrentarse a alguien poderoso; no saldría ileso de esta.
Con una mancha en su historial cívico, caminó exhausto hacia el hospital.
Su puño y sus piernas se hinchaban cada vez más.
Era una de esas ocasiones en las que el lugar se sentía vacío, con las luces mínimas.
Antes de girar el pomo de la puerta, se detuvo. Dudó si era lo correcto entrar de nuevo después de lo ocurrido.
Sus lágrimas salpicaban las baldosas. La rabia volvía a atacarlo.
—Lo siento mucho, hermana. Es que yo… —pensaba, agarrándose el pecho con la mano— vengo…
Destrozado, se dio la vuelta y caminó hacia el ascensor.
Aprovechó que no había alma alguna por los pasillos para liberarse.
Por esa noche, decidió no dormir con ella. Seguía pensando que necesitaba más tiempo.
Marchó hacia su casa.
Estaba polvorienta, sucia. Hacía tiempo que no la limpiaba a fondo, pero era una de sus mínimas preocupaciones.
Moría de hambre. Solo comió algo pequeño que compró en el camino.
La heladera estaba más que vacía y, de haber algo en ella, estaría cubierto de moho.
Subió las escaleras. Guardaba el poco dinero que le quedaba en la caja fuerte de su padre.
Agarró ese fajo de billetes y lo lanzó con todas sus fuerzas al piso.
Cayó de espaldas en la orilla de la cama. Al rebotar, terminó en el suelo.
Acostado, la tenue luz de una vela, la única iluminación de la casa, alumbraba el reloj.
Observaba cómo el tiempo lo acechaba, esperando para devorarlo.
Solo era cuestión de días para caer en la pobreza.
Hacía un mes que habían suspendido los servicios de la casa: electricidad, gas, su compañía móvil.
Dejó de pagarlos. Eran un gasto enorme, incluso a veces no podía comer.
La última factura que lo dejó sin un centavo fue la cuota del hospital.
Ya no le alcanzaría para cubrir la del próximo mes. Se vio obligado a vender algunas pertenencias.
Pero temprano se quedó sin cosas de valor. No podría seguir viviendo así.
Con los últimos datos móviles, mandó un mensaje a Haiden.
—Acompáñame mañana a buscar trabajo. ¿Puedes?
—Claro. Te dije que estaba libre por unos días.
El sol brillaba, irradiando un calor agradable esa tarde.
Estaban alimentando a los patos mientras pensaban qué hacer.
—¿Sabes algo de Naoki? —preguntó.
—¿Ella? Esto… hablamos hace unos días —responde.
Terminó su lata y la tiró al cesto de basura.
—Supongo que ya sabes que estamos peleados, por así decirlo —aclaró.
—Ah, sobre eso. Mencionó el tema vagamente. ¿Qué pasó entre ustedes dos? —cuestionó.
Agachó la cabeza, encogió los hombros y respiró hondo.
—No lo sé, sinceramente. Solo se enojó conmigo y… no volvimos a hablar.
—Deberías mandarle un mensaje. Sabes lo orgullosa que puede ser —opina.
Le mostró su contacto, pero ella lo tenía bloqueado.
—Creo que no podré hacer eso —ríe.
Lograron contagiarse la risa.
—¡Así son las mujeres, Hiromi! Difíciles —opinó.
El tiempo pasó rápido mientras hacían hora hasta que la mayoría de los locales abrieran.
Ambos se levantaron y comenzaron a caminar en dirección al centro.
Hacía tiempo que no tenían una charla larga.
Aprovecharon para hablar de su situación.
Haiden insistió en ayudarlo, como era su costumbre, pero él rechazó su ayuda.
El momento contribuyó a liberar ciertas tensiones que albergaba en su conciencia.
Le comentó que se peleó con su hermana anoche y el problema que tuvo en el supermercado.
Pero gran parte de la verdad se la guarda para él. Solo le cuenta algunos problemas menores.
—¡Necesito trabajar! —pensó en su cabeza.
Mentirle a su mejor amigo le sabía sumamente mal.
Eran sus problemas, y él solo lidiaría con ellos.
En la zona más céntrica de Akihabara, comenzaron a recorrer cientos de locales y supermercados.
Empezaron por los restaurantes de la zona. Luego, fueron a los centros comerciales y locales de ropa. También buscaron avisos por internet.
En todos los sitios, recibía la misma respuesta:
—Te llamaremos.
Para cuando llegaron las cinco de la tarde, estaban agotados.
—Estás haciendo las cosas mal —comentó Haiden.
Lo miró, confundido.
—No entiendo. ¿Qué hago mal?
Haiden golpeó su nariz con el dedo.
—¡Deberías trabajar en clubes nocturnos! —Apreta sus cachetes—. Solo mira tú cara. ¡Eres el ridículo más guapo que conozco!
No supo si sentirse halagado o mal por considerar esa posibilidad laboral.
Pero, posiblemente, tenía razón.
En esos rubros, las personas atractivas eran altamente requeridas, así que podría conseguir empleo.
Le aconsejó volver por la noche, cuando la vida nocturna comenzara a brillar.
Después de darle vueltas al asunto, terminó por convencerse.
Ambos se despidieron. Él decidió que era hora de volver con su hermana.
Para disculparse por lo que hizo.
Ella seguía un poco molesta. Cuando lo vio entrar, su expresión cambió.
Se sentó en la cama.
—Hola.
Ella hizo un ruido con la boca, indicando que seguía enojada.
—Discúlpame… Me enfurecí por algunas cosas que me están pasando. Tú no tienes la culpa de nada.
Aprovechó para abrazarla.
Ella lo perdonó; no le quitó la mano de encima.
A él se le escapó una pequeña sonrisa, seguida de la sensación de alivio.
Ella se sintió un poco incómoda.
Sin saber cómo reaccionar, acarició su cabello con sus largas uñas pintadas de negro.
Por encima de su mano, tenía muchas pecas. Las había heredado de su madre.
Resaltaban debido a su tono de piel, casi blanco como el mármol, aunque no llegaba a ser desagradable.
—Juguemos a ese maldito juego —soltó ella de repente.
Sin esperarlo, él afirmó que ya lo había terminado la madrugada anterior.
Ambos se rieron a carcajadas.
Le comentó que por la noche iría con Haiden al centro por motivos laborales.
Ella se quejó, amenazándolo con que sería la última vez que la dejaría sola.
Él juró que así sería, y acto seguido le frotó la cabeza, despeinándola.
—Volveré en dos horas. Pórtate bien.
Un joven bastante guapo y pulcro salió de ese edificio.
Algunas chicas en el metro se quedaron mirándolo.
Era una de esas ocasiones en las que, de vez en cuando, solía arreglarse bien.
Su apariencia no le importaba mucho; tenía otras preocupaciones más importantes.
Pero ahora, necesitaba conseguir trabajo de cualquier manera.
—¡Hey! ¡Aquí estoy!
No iba a dejar que solo Haiden se robara toda la atención durante la noche.
—Te ves bien.
Sacó su celular y le mostró las zonas y lugares que podrían visitar.
Antes de que siguiera hablando, Haiden lo interrumpió.
—Vine exclusivamente para conseguir un trabajo.
Su rostro cambió y se desanimó al escucharlo.
Comenzaron a recorrer cientos de lugares: clubes, bares, discotecas.
—¡Qué te parece ese! —apuntó con la mirada a un lugar cerrado—.
—Eso es un prostíbulo.
De intentar verse formales, terminaron en conversaciones graciosas y despreocupadas, riendo.
El ambiente cambió por completo.
Cansados de tanto hablar y caminar, decidieron tomar un pequeño descanso.
Entraron a una discoteca con entrada gratuita.
Pidieron algunos tragos y se sentaron en unos sillones incómodos.
—Hace mucho que no salíamos así. Solo nosotros —dijo Haiden.
Destapó dos cervezas.
—Tienes razón —afirma.
—¡Deberíamos salir más a menudo! —dijo, atragantándose con un sorbo.
Frotó sus manos detrás de la nuca.
—Creo que no hace daño cada tanto —se alegra.
Por la otra esquina del lugar bailable, una chica observaba sus mesas.
Él se percató de esto y bebió disimuladamente, en un intento de hacerse el distraído.
Haiden lo notó al instante.
—Voy a la barra a pedir más tragos —anunció.
Ahora se encontraba completamente solo en esos sillones. Cruzaban miradas tímidas de vez en cuando.
La chica aprovechó la oportunidad y se acercó hasta donde estaba.
Él se quedó mirándola. Era extremadamente atractiva, pero su imaginación se vio interrumpida por su voz.
—¿Está ocupado? —preguntó amablemente.
Tartamudeando, miró hacia la barra. Haiden ya estaba borracho.
Sonrió tímidamente; los nervios no le dejaban articular palabra. En vez de responder, negó con la cabeza.
La chica tenía un cabello largo y rubio, y llevaba un vestido ajustado de color blanco. Sin dudas, era la envidia de cualquier hombre.
Lo maldecía en su cabeza por haberlo dejado abandonado. Haiden se divertía hablando con unas mujeres.
—¿No te estoy molestando verdad? Pareces preocupado —indagó ella.
—¿Eh? ¡No! Solo… No importa —balbuceó nervioso.
Ella esbozó una pequeña sonrisa y tomó la iniciativa, acercándose más.
—Mis amigos me dejaron plantada aquí. Compré esta botella cara para nada —se quejó.
Él la miró. Se veía algo desanimada.
—Debió de gastar la mitad de su sueldo en eso— reflexionó.
Juntó sus manos y le preguntó si sería tan amable de beber con ella.
Aceptó sin más. Entre copa y copa, fueron entablando conversaciones de todo tipo.
Había encontrado una compañía agradable en ese sitio, ya que detestaba la vida nocturna.
Las personas que frecuentaban estos lugares no le caían bien.
No tomó mucho de la botella; como máximo, fueron dos vasos.
Ella, en cambio, se encargó de vaciarla casi por completo, dejando solo la espuma en el fondo.
—¡Mataré a mis amigos! ¡¿Cómo se atreven a dejarme plantada?! —lloró, recostada sobre la mesa.
Él notó que estaba bastante desanimada.
—Hoy era mi cumpleaños —soltó ella.
No pudo evitar sentirse mal. Intentó consolarla dándole pequeños golpecitos en la espalda.
Ella levantó la cabeza y lo miró fijamente. Esbozó una pequeña sonrisa.
—Oye… ¿Quieres que nos vayamos de este basurero? —le propuso.
—Lo siento. No puedo dejar a mi amigo solo —respondió ansioso.
Su humor cambió de repente. Sus lágrimas aumentaron.
—¡¿Eh?! ¡¿Cómo qué no quieres?! —insistió.
—Tengo que cuidar del idiota borracho que está en la barra.
—¡Pero él estará bien! Vámonos, guapo —dijo con hipo.
Él frotó su mano detrás de la cabeza.
—Discúlpame, pero no puedo.
Ella hizo un gesto de desprecio y se atrevió a rebajarlo con la mirada.
Se puso de pie tambaleándose.
—Debes ser solo otro virgen del montón —lo insultó.
La chica, a quien había considerado una buena persona, se había convertido en el tipo de gente que más odiaba.
Con una mano sobre su rostro, movió los hielos de su vaso entre los dedos.
—¡La hora! —gritó internamente.
Entre toda esa emoción, se le había pasado el tiempo.
Se levantó de la mesa y se dirigió hacia la barra, sacudiendo su cuerpo.
—¡Oye! ¡Tenemos que irnos! —gritó, por encima del volumen de la música.
—Eh… Si tú lo dices, cara de bebé…
Las chicas a su lado agradecieron que lo alejara.
—Estúpido… Me haces pasar vergüenza.
A la vez que lo sostenía para que caminara, le golpeó el pecho.
—Vamos al baño —Tose—. Quiero vomitar —Agarrándose la boca, dijo.
No había más remedio. Quería asesinarlo ahí mismo.
Estuvo un buen rato liberando todo lo que había tomado.
Él sintió lástima por su amigo.
—No quiero ni pensar en toda la porquería que habrás mezclado —dijo riendo.
A pesar de todo, su enojo pasó rápido.
No podía hacer más que reírse. Era un amigo cuidando de otro. No se puede abandonar a alguien que se quiere.
Salió del local un poco mareado, pero seguía sin poder caminar solo.
—Te llevaré hasta tu casa —determinó él.
—Gracias, amigo. Aprecio lo que haces —murmuró Haiden.
Comenzaron a caminar.
Pero, para sorpresa de él, cuatro hombres les bloquearon el paso.
Uno se acercó y preguntó si tenía fuego.
—Lo siento, no fumo —se disculpó.
De inmediato, los desconocidos hicieron una maniobra extraña, rodeándolo con la intención de intimidarlo.
Intentó retroceder, pero el peso de Haiden en sus hombros se lo impidió.
Por detrás suyo, apareció la misma chica con la que había estado hablando tanto tiempo.
—señaló con su dedo—. ¡Sí tío mío! Este es el baboso que intentó manosearme dentro de la discoteca.
Él quedó inmóvil al escuchar semejante estupidez.
No entendía qué estaba pasando.
Ese sujeto le pidió todo su dinero. A cambio, se olvidaría de lo que había hecho a su pequeña sobrina.
—¡Está mintiendo! ¡Ni siquiera la conozco!
No se tomó la molestia de escuchar su versión. Le propinó un fuerte golpe en el estómago.
Nuevamente reclamó todo el dinero que tuviera a mano. De ningún modo lo dejarían escapar.
Le entregó todo lo que llevaba encima. Ellos sonrieron, agradecieron su amabilidad y se marcharon.
Siguió caminando adolorido. Lo despertó, ya que se encontraba durmiendo.
—¡Despierta, pedazo de mierda!
Meramente, tendrían que volver en taxi. Rogaron para que aceptara dinero virtual.
«Él» quedó bastante sorprendido al ver la casa que Haiden había comprado. Hace un mes que se mudó solo.
Ayudó a desvestirlo. El olor a alcohol que salía de su boca le provocaba arcadas.
Terminó por acostarlo en su cama. También dormiría bajo ese mismo techo.
Era demasiado tarde como para que volviera al hospital. Se acostó en un colchón inflable a su lado.
—Gracias por cuidarme —murmuró.
Apretó los dientes. Terminó por enfurecerse con él.
—¡Duerme de una vez, maldita sea!
La incomodidad de ese inflable provocó que se despertara.
Al parecer, él se había despertado antes. No se encontraba en la habitación.
Un fuerte olor a arroz y sopa invadió su nariz. Acomodó todo como estaba y salió hacia la cocina.
Eran exactamente las tres de la tarde.
Le señaló que su desayuno estaba en la mesa.
Se sentó. Esperó a que terminara de preparar su desayuno para comer juntos.
—Debiste haberme despertado cuando te levantaste —reclamó.
Puso lo último que horneó en su plato y dio el primer bocado.
—Sí que te compraste un buen departamento —concluyó.
—Bueno… Todo gracias a que me ascendieron —se excusó.
—¿En serio? ¿Qué puesto te dieron? —preguntó emocionado.
Dejó de tragar. Hizo un pequeño parón antes de contestarle.
—Pues… el de líder del grupo —dijo, apenado.
—Bueno, al menos esos idiotas están en buenas manos contigo.
Se produjo un breve silencio incómodo entre ambos.
—¡Oye, no te preocupes! Al fin y al cabo, ya no trabajo más allí.
El aire transmitía su incomodidad.
—¡Daré lo mejor de mí! —declaró con entusiasmo.
Sonrió con sinceridad.
—Sé que lo harás, amigo —lo alentó.
Los dos se despidieron.
Ayudó a que su estado de ánimo cambiara. Le sentó bien que se divirtieran, aunque fuera por un rato.
Bajando las escaleras de aquel lujoso edificio, observó una silueta que subía por el otro extremo.
—Es… Na…
La figura de esa mujer terminó por chocar con su mirada.
—Tú…
Las alertas de todo su cuerpo se dispararon. Tartamudeó, incapaz de articular palabra.
—¿Qué haces aquí?
Juntó las piernas y apartó la mirada hacia otro lado.
—Me mudé aquí —afirmó.
Antes de que pudiera formular una respuesta, ella siguió caminando.
—¡Naoki! ¡Espera! —elevó la voz.
Consiguió que se detuviera, pero no como él habría querido.
Ella lo miró. Quería librarse de su presencia y de las molestas sensaciones que le despertaba.
—Haces que me sienta mal —pidió cruelmente, mientras las lágrimas resbalaban por su rostro.
Siguió subiendo los escalones hasta perderse en el corredor de la derecha.
Un sentimiento desagradable recorrió su estómago. Deseaba marcharse lo antes posible de allí.
Por el camino, con el último crédito que quedaba en su tarjeta, compró algo rico para compartir con su hermana. Los dos disfrutaron de esas golosinas mientras miraban una película.
—¿Por qué comenzaste a actuar de manera extraña?
Aparentó desentenderse, empezó a mover el cuerpo despacio por la ansiedad.
Reafirmó que estaba equivocada. Nada había cambiado en él. Le molestaba que siguiera cuestionándolo. No podía entender cómo una simple pregunta lo ponía tan nervioso.
—¡No lo sé! Quizás el estrés por el trabajo…
El tiempo que pasaba a su lado aumentaba, pero para que no sospechara, salía algunas horas, simulando trabajar. De poco le sirvió perder el tiempo de esa manera. Ella sabía que algo andaba mal.
—Me molesta que no digas la verdad. ¿Es por una novia?
Su pregunta lo hizo reír. Negó haber estado viéndose con alguna chica.
—Naoki y yo decidimos dejar de hablarnos. Solo es eso.
Ella cambió de humor de inmediato. Los celos la invadieron. Especuló que estaba enamorada de él. Tal vez se había molestado al ser rechazada.
Él sintió que se había quitado un peso de encima. Ahora, una mentira menos tenía que sostener. Pero aún estaba lejos de sentirse con la conciencia limpia.
Le funcionó gratamente. El interrogatorio terminó sin más. Siguieron viendo aquella película.
Sin embargo, su cabeza no dejaba de mostrarle escenas ficticias de los problemas que tendría que enfrentar más adelante. No pudo seguir disfrutando por la amargura. Creyó que pasaría un buen momento junto a ella, pero volvió a pensar en el futuro incierto que le esperaba.
Un nuevo problema surgió: su tarjeta de crédito había sido suspendida.
Pasaron las noches y rogaba para que lo llamaran, aunque fuera de uno de los muchos lugares donde había solicitado empleo.
La dama de la fortuna no le sonreía. No hubo suerte. En ningún momento recibió una notificación.
En dos o tres lugares, al menos, se molestaron en rechazarlo amablemente o darle la excusa de que lo llamarían.
Siguió buscando sin descanso. Parecía como si tuviera una maldición siguiéndolo.
Su preocupación no era lo único que se inflaba. Ya no sabía si seguía cuerdo o si estaba al borde de la locura. La realidad se distorsionaba frente a sus ojos.
La última opción que pasó por su cabeza fue vender su propio celular.
Aun así, solo recibiría una pequeña cantidad de dinero, una cifra que se esfumaría en un día.
Las deudas estaban al otro lado de la puerta, esperando. El tiempo corría sin descanso.
Los días malos dejaron de ser solo días; se convirtieron en una masa informe, llena de vacío, digna de la nada misma.
Revisó ese misterioso mensaje una vez más. La fecha límite para responder era esa misma noche.
El texto indicaba el lugar del encuentro. Solo pedían su presencia en el templo de Kaneiji a las doce de la noche.
Solo tenía una hora. Su cabeza daba vueltas.
—¿Será verdad? ¿Quizás me roben o me secuestren? —se cuestionó.
Hablaban de una buena paga. La duda comenzaba a volverlo loco. Mordía sus uñas con ansiedad.
Miró a su hermana, que se había dormido hace relativamente poco.
—Si la dejo sola otra vez, se enfadará de nuevo.
Por un arrebato de frustración, se calzó las zapatillas a toda prisa. Debajo de la sudadera guardó el fierro punzante que había arrancado del sofá.
Antes de salir por la puerta, se detuvo repentinamente. Su corazón pedía a gritos escapar de esa abrumadora situación.
La mano le temblaba descontroladamente. La mitad de su cuerpo quería salir, la otra le impedía moverse.
En medio de ese calvario de emociones, se auto excusó, alentándose a sí mismo con la idea de que solo iría a darle una paliza al responsable de todo esto.
Salió de la habitación.
Al final del pasillo, algunos enfermeros conversaban.
Los saludó como de costumbre. Ellos insistieron en invitarle un café, pero los rechazó con la excusa de que tenía prisa.
Apenas estuvo en el exterior, el fierro comenzó a molestarle el estómago, dificultándole el caminar.
Corrió con dificultad hasta la estación de trenes. Tuvo suerte: alcanzó el último.
El vagón donde viajó estaba casi vacío. Solo quedaba un grupo de cuatro mujeres.
Estaban vestidas formalmente. Oficinistas. Se notaban un poco borrachas.
Se giró a mirarlas una sola vez e intentó ignorarlas a pesar del escándalo que hacían.
Una de ellas lo notó. Empezó a gritarle piropos. Las demás se sumaron.
Pretendió hacer como si no escuchaba, aunque la incomodidad lo carcomía.
Al ver que no respondía a sus halagos, decidieron acercarse.
—¡Oye tú! Te estoy hablando… ¿Quieres que sea tu mamá?
Las risas reverberaban en las paredes del vagón.
Por el enojo, apretó los dientes. Movía la pierna para calmarse.
—Te dejaré tocarme una teta… si me miras a los ojos…
Del otro extremo del vagón, el guarda del tren se acercaba.
—¡Disculpen! ¿Sucede algo aquí?
Las mujeres se quedaron calladas, sumisas. Él aprovechó para cambiarse de vagón.
Respondió amablemente que no había problema.
No necesitaba más problemas de los que ya tenía. Pero, sobre todo, estaba demasiado nervioso por el objeto afilado que escondía. Si lo descubrían, todo se iría a la mierda.
El recorrido terminó en la estación de Ueno.
Al bajar del tren, se alivió en gran medida.
Estuvo a punto de lastimar a esa mujer.
Salió de la terminal. Solo le quedaban unas pocas cuadras hasta el templo. Sin embargo, sus piernas no querían moverse.
Estaba aterrado por lo que podía pasarle.
—Ya estoy aquí. Llevo esto conmigo, por si pasa algo —piensa.
Cada paso que daba en dirección al lugar de encuentro hacía temblar su columna vertebral.
A lo lejos, ya divisaba la llamativa estructura del templo.
Distraído, un auto casi lo arrolla.
El conductor lo insultó.
Entró siguiendo los caminos de piedra.
Revisó nuevamente el mensaje:
«Estaré esperándote en la entrada del templo».
Su cerebro dio el último pulso eléctrico, la señal que lo dejó parado justo en el lugar indicado.
Hacía frío. El cielo estaba nublado. No había una sola alma en los alrededores.
Había llegado justo a tiempo.
Miró la hora en su celular: las doce de la noche.
Suspiró profundamente y exhaló el aire despacio.
Meneaba los dedos junto a sus ojos en un intento de liberar la presión que le explotaba en el cráneo.
Estuvo ahí parado unos treinta minutos.
Todo estaba oscuro. Solo se escuchaban los ruidos de la ciudad y los bichos nocturnos.
La desesperación comenzó a abordarlo. Pensó en irse o quedarse un rato más.
Terminó por concluir que todo era obra de algún estúpido aburrido.
No perdería más el tiempo. Ya era tarde.
Frustrado, se dio media vuelta, pero chocó contra algo.
O mejor dicho… contra alguien.
Agitó los brazos, nervioso.
—¡Perdóname! ¡Lo siento muchísimo!
Al recuperar la visión tras el golpe, se dio cuenta de que había tropezado con una mujer.
—Me golpeaste la nariz…
Quería que la tierra se lo tragara. La culpa lo asfixiaba.
Le tendió la mano para ayudarla a levantarse.
—¡Fue mi culpa! —dijo, todavía nervioso.
—No te preocupes. Estoy bien.
Aunque lo asegurara, su mente no paraba de castigarlo por su torpeza.
—¿Qué haces aquí tan tarde y solo? —preguntó la chica.
No supo qué responder de inmediato. Intentó pensar en una buena excusa.
—Vine… a… rezar —mintió, de la peor manera posible.
A la chica se le escapó una pequeña risa.
—Pero si el templo está cerrado.
Se llevó la mano a la nuca.
—Por eso… ya me iba —murmuró.
Sacudió el polvo de su ropa. Ella le agradeció por prestarle su pañuelo.
—Me alegra no ser la única rara que viene a estos lugares de noche.
Él rió por su comentario. Se disculpó con ella una vez más y se aseguró de que no estuviera lastimada.
Ambos procedieron a despedirse.
—Vuelve seguro a casa —le deseó la chica.
—Igualmente —respondió él.
Seguía un poco agitado por la secuencia que vivió. Casi le da un infarto por el susto. No lograba entender las sensaciones que lo invadían. Creía estar molesto, frustrado por haber caído en esa broma, pero a la vez se sentía seguro de sí mismo al haber tenido el valor de encarar la situación.
Todo había sido para nada. Un gasto de energía y dinero innecesario.
La oscuridad lo envolvía. Solo se escuchaban los sonidos de la ciudad y los bichitos nocturnos.
La desesperación comenzaba a abordarlo. Dudaba entre irse o quedarse un rato más.
Le faltaban solo unos metros para salir del recinto. Decidió arrojar el fierro a los arbustos.
De repente, parpadeó y, al abrir los ojos, yacía tirado en el suelo. Su instinto de supervivencia rogaba a gritos que huyera de esa situación, pero su cuerpo no respondía. Las luces de las lámparas de tela fueron lo último que su vista alcanzó a dibujar antes de desvanecerse.
Permanecía acostado, aunque el suelo que chocaba contra su espalda ya no le parecía tan rústico. Algo comenzaba a molestarle. Sentía un calor en la nuca que luego se expandía hasta su cabeza.
Su ojo izquierdo fue el primero en abrirse. Lo primero que captó fue la imagen de un techo de madera, de roble oscuro.
Intentó incorporarse rápidamente, pero unas poleas atadas a sus extremidades se lo impidieron. Tiró con fuerza, raspando el metal de la cama con la esperanza de romperlas, pero no cedieron ante la escasa fuerza que podía ejercer.
Aún seguía aturdido; cuando pretendía enfocar algo con la vista, su visión se desenfocaba.
En ese punto, el ataque de pánico era inminente. Temía por su vida. Sentía que lo matarían ahí mismo.
Con dificultad, intentó identificar el cuarto en el que se hallaba. Gran parte de las cuatro paredes estaban sumidas en la penumbra.
Dirigió la mirada hacia la única fuente de luz: un velador de buen tamaño que proporcionaba una iluminación tenue. A su lado, descubrió un diván.
No tuvo oportunidad de discernir más detalles.
Logró divisar unas piernas con pantalón y zapatos negros.
Su cuerpo y alma se paralizaron. Sudaba gotas enormes de desesperación.
La luz de un auto que pasó por la calle iluminó por un instante el rostro de aquella mujer.
Era la misma chica con la que se había cruzado en el templo.
Todo ocurrió tan velozmente que dudaba de la veracidad de esos recuerdos.
Ella lo miraba fijamente. Su sola presencia lo atravesaba.
Gritó con todas sus fuerzas, pero solo desperdició energías. Tenía puesto un cubrebocas.
Tal vez era una de las tantas pesadillas que lo atormentaban con frecuencia.
Sin embargo, estaba equivocado.
Absolutamente todo lo que lo rodeaba era real. El dolor en su cuerpo, su ataque de nervios…
Como si un trueno hubiera retumbado en la habitación, pegó un brinco del susto al escuchar una voz.
—Tranquilízate. No compliques las cosas.
Se quedó inmóvil.
Estaba aterrado, invadido por un pavor sin precedentes.
Tal como un cachorrito moribundo, obedeció.
Forzó la lengua con desesperación para quitarse aquello que le impedía hablar.
—¡No tengo dinero! ¡Llévate mi celular! ¡Por favor, déjame ir! —rogó, nervioso.
Ella sonrió.
Otro golpe de desesperación lo obligaba a moverse.
Tal era la fuerza que ejercía, que terminó por hacer que toda la cama se sacudiera, generando un ruido molesto.
Ella volvió a pedirle amablemente que guardara la calma, pero esta vez no le hizo caso.
Se levantó del asiento donde descansaba. Antes de marcharse por la puerta, lo miró por última vez.
Sus miradas se encontraron.
Su sonrisa se esfumó.
Luego, salió del cuarto.
Segundos después, dos hombres entraron.
Nuevamente, él insistió en que no tenía dinero. Si lo preferían, hasta podía dar sus órganos con tal de que no lo mataran.
Sus palabras fueron ignoradas.
Sin piedad, lo golpearon una y otra vez, evitando las zonas vitales.
Mientras todo sucedía, lo único que pasaba por su mente era la imagen de su pequeña hermana.
«Debí quedarme acostado a su lado».
Al otro lado de la puerta, la chica esperaba pacientemente.
Miraba el techo, con las manos detrás de la espalda, tarareando una canción.
Una anciana encargada de la limpieza pasó a su lado.
—¿Cómo estás, querida?
—Todo va bien. Muero por darme una ducha después de esto —respondió con una sonrisa cariñosa.
Pasaron dos minutos.
La joven golpeó la puerta; esa fue la señal para que se detuvieran.
Los hombres salieron, limpiándose los puños.
No hubo más interacción.
Ella volvió a entrar, pero antes se aseguró de que nadie estuviera espiando.
Examinó el cuerpo tirado en aquel colchón.
La almohada, que tenía una funda blanca, ahora estaba teñida por una enorme mancha de sangre.
Se le notaba sin aliento, aunque aún consciente de su entorno. Sus ojos reflejaban una desesperación muda.
Había llegado a su límite.
Su cuerpo cedió, desmayándose ahí mismo.
Despertó solo unos minutos después.
Una sensación extraña lo mantenía alerta.
Había una presencia cerca.
Podía percibir cómo la gravedad de ese cuerpo hundía las sábanas.
Algo reposaba sentado a su lado.
No podía abrir los ojos por completo, ya que hacerlo le causaba un dolor insoportable.
Su respiración estaba agitada.
Trató de calmarse, pero sintió que sus pulmones iban a explotar.
Le dolía todo el pecho.
Los dedos de sus manos y pies, o lo que quedaba de ellos, lucían deformes, hinchados por el impacto.
Su rostro estaba lastimado.
El pelo, pegado a sus mejillas, ocultaba la sangre.
Logró reconocer la silueta.
Sus miradas se cruzaron.
Un rostro reflejaba agonía; el otro, escasa emoción.
Un aroma floral llegó a su nariz, mezclado con un dejo metálico.
La chica limpiaba sus heridas con lo que parecía ser su propio pañuelo.
Él sintió el calor de sus dedos sacando la sangre seca de sus labios.
—Ustedes… la gente del… Men —intentó articular.
Ella sonrió al escucharlo.
Tomó un cuchillo.
Lo afiló, rascando el borde contra el metal de la cama.
Él aceptó su destino.
Cerró los ojos y comenzó a pedir perdón.
Las lágrimas se le escurrían.
Lloró todos los errores que había cometido en los últimos años.
Escuchó el sonido de una cuerda rota. Luego, otra, y otra más.
Seguía respirando.
Su corazón latía.
Las ataduras habían desaparecido.
Movió los brazos con cautela. Podía moverse.
Empezó a toser con fuerza, escupiendo el flujo acumulado en su estómago.
La mujer lo había desatado.
Aunque ya no tenía ataduras, su cuerpo seguía paralizado por el terror.
Ella volvió a sentarse a su lado.
Levantó su mentón con un solo dedo.
—No intentes nada estúpido o te matarán.
Hubo un largo silencio.
—Mueve la cabeza si me entendiste.
Con esfuerzo, obedeció.
—¿Tienes hambre?
Él asintió.
—¿Puedes moverte solo?
Su pierna era la única parte de su cuerpo que se había salvado de la golpiza.
Inesperadamente, lo sujetó por el costado y lo ayudó a incorporarse de la cama. Le hizo saber que, si no podía caminar, podía sostenerse de su brazo.
Como paciente y enfermero, ambos salieron de aquella sala oscura.
Desorientado, marchaba. No había posibilidad de que supiera dónde se hallaba.
Los largos pasillos blancos irritaban sus ojos. Finalmente, salieron de algún tipo de edificio. Desde afuera, la construcción tenía un aspecto descuidado.
Antes de cruzar la puerta, logró leer un cartel:
«Servicios Sociales».
Un viento fresco golpeó sus heridas, reavivando el dolor.
Se detuvieron frente a un automóvil negro. Cortésmente, ella le abrió la puerta y se aseguró de que no se lastimara al entrar.
En cuanto cerró la puerta, se dio media vuelta, pero algo la inquietó.
Junto al vehículo negro había otro estacionado.
De él bajó un anciano.
El hombre lo miró con detenimiento: golpeado, ensangrentado.
—¿Necesita algo? —preguntó.
—No, no necesito nada. Ya me marchaba…
Mientras conversaban afuera, un subidón de adrenalina lo sacudió.
—¡Si grito me escuchará! ¡Por favor ayúdeme señor! —dialogó con su consciencia.
Disuadido, intentó jalar la manija de la puerta, pero no se abrió. Estaba encerrado.
El anciano, aún preocupado, dio las buenas noches y se subió a su carro.
Cuando puso la marcha en reversa, él abrió la mano y la hundió sutilmente en la chapa del capó, esperando que el hombre notara algo.
No sucedió.
Después de que el anciano se alejara, la mujer ingresó al auto y se sentó junto a él.
Las primeras gotas de lluvia comenzaron a estallar contra el parabrisas.
Sin pronunciar palabra, encendió el motor y puso la marcha. Se dirigían a algún lugar extraño.
El pánico volvió a atacarlo. Imaginaba que lo llevarían a un sitio apartado para ejecutarlo de un balazo.
Transcurrieron alrededor de quince minutos. La llovizna cesó.
Cuando llegaron a su destino, divisó una estructura metálica. Al acercarse, notó que se trataba de un puesto de comida callejera.
Se quedó con la boca entreabierta. Sus extremidades se paralizaron mientras observaba el lugar.
—Elige algo. Yo pagaré.
Señaló tímidamente un sándwich con una salchicha. Nunca había visto una comida así, pero era lo único que vendían.
Ambos compraron lo mismo y se sentaron en una mesa de madera cercana.
«Gracias por elegir Marusero Choripán».
Ella mordió el sándwich y lo animó a comer.
—¿Quién eres? —consulta.
La mujer limpió su boca con una servilleta antes de responder:
—Me llamo Akami.
Él dio un pequeño bocado al pan especiado.
—Hiromi —se presentó.
Akami apoyó las manos sobre sus rodillas y sonrió.
—Sonríe—. Sé quién eres.
Aquellas palabras le quitaron el apetito al instante.
Un nudo se formó en su estómago.
Era ella. La persona detrás del macabro mensaje.
—¿Cómo sabes qu…?
—Guarda silencio por favor. Come tu comida en silencio.
Tragó saliva. Su voz se entrecortó.
—Perdí el hambre —confesó.
Akami estiró el brazo hasta su mano. Sus cálidos dedos rozaron la parte superior de la suya.
—No te haré daño. Tienes que tranquilizarte.
Una lágrima rodó por su mejilla. Con todo lo que estaba ocurriendo, dudaba de su propia cordura.
—¿Te sucede algo?
—No, solo… son momentos difíciles.
Secó la lágrima con la yema de los dedos, procurando no lastimarse con las uñas.
De nuevo, ese fuerte aroma a flores le impregnó la nariz.
Quedó deslumbrado.
—Entonces ¿Aceptarás? Si me dices que no, dejaré que te vayas.
Motivado por la angustia, golpeó la mesa de madera.
No tenía otra opción. Estaba arruinado. Necesitaba ese dinero, costara lo que costara.
La expresión amable de Akami se desvaneció.
La lluvia volvió a caer. Era momento de regresar al auto.
Antes de entrar, pensó en dejar la puerta cerrada, pero sin asegurar. Si lograba hacerlo sin que ella notara, podría escapar cuando estuviera distraída.
Akami retomó la conversación. Explicó la importancia del compromiso en el trabajo. La paga cubriría todos sus gastos.
Pero una vez que llegara al sitio donde trabajaría, no habría marcha atrás.
—Me interesa, cuénteme más por favor…
—Inclina un poco la cabeza, mientras lo mira—. No puedo hablarte de nada hasta que seas oficialmente un empleado —arroja.
Movió la puerta con el codo, balanceándola en el aire.
—Cierra la puerta correctamente, por favor.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Obedeció en silencio.
El auto tomó rumbo hacia el centro de la ciudad.
Seguía inquieto.
Pasaron por un control policial, pero no tuvo el valor de pedir ayuda.
El miedo persistía. Las marcas en su piel palpitaban.
Pero estaba allí por decisión propia.
Todo esto, en primer lugar, lo había ocasionado él mismo.
Revisaron semáforos y cuadras. El ambiente en el auto se volvía asfixiante.
—¿Puedo bajar un poco la ventanilla? Tengo calor.
—Encenderé el aire acondicionado en su lugar, si te parece.
—No hay problema —se apena.
Ella ríe suavemente.
—Tendremos que viajar una larga distancia.
Su mente era un caos de emociones.
—Rasca su nuca—. Lo siento pero no puedo salir de la ciudad…
Akami detuvo el auto en un semáforo en rojo.
Juntó las manos y las frotó, tratando de aliviar la tensión.
—Mi hermana está… Enferma. No puedo dejarla sola…
El semáforo cambió a verde.
—No habrá inconveniente por eso.
Mordió sus labios con fuerza.
—¿Cómo se llama tu hermana?
—Tartamudea—: Hideyo.
—Se sonroja, mostrando sus dientes levemente—. Lindo nombre. Debe ser una princesa.
Tendrían que partir esa misma madrugada.
Le preguntó si necesitaba pasar a algún lugar antes de irse.
—Solo a mi casa… Y a recoger a mi hermana del hospital —solicitó.
Ella giró el volante y cambió de dirección.
Lo guio hasta su hogar.
Se estacionaron frente a la casa.
Lo esperó en el auto, bajo la lluvia, vigilando cada uno de sus movimientos.
—No tardes demasiado, por favor.
La llave la había dejado en el hospital. No podía entrar por la puerta principal.
Se acercó a la mujer.
—Tendré que entrar por atrás.
Dio la vuelta hasta el patio trasero.
Forzó la ventana que siempre dejaba entreabierta.
Al entrar, tropezó con algo y cayó, rompiendo un velador.
El vidrio rajó su rodilla.
Adolorido, buscó agua en la nevera.
Con un trapo y jabón, limpió la herida.
Echó un vistazo por la ventana.
Ella seguía esperando, inmóvil bajo la lluvia.
Subió al segundo piso. Sus pertenencias importantes estaban en el hospital. Solo recogió los pocos yenes que le quedaban.
Entonces, escuchó un sonido.
La puerta principal, mal mantenida, chirrió al abrirse.
—¿Hola?
Silencio.
Se paralizó.
La luz de una farola iluminó los marcos de unas fotografías.
Las observó durante dos minutos.
Las sacó, las guardó en su bolsillo y salió.
—Perdona la tardanza.
Akami movió la cabeza, indicando que no había problema.
—¿Vamos por tu hermana?
—Sí. Al hospital Tachikawa…
El auto arrancó.
La lluvia caía con más fuerza.
Su hogar se desdibujaba en la distancia.
Notó la herida en su muslo y preguntó si había tenido algún problema adentro.
—Solo me tropecé. Eso es todo —respondió con voz apagada.
La pobre alma golpeada se encontraba sin ánimos, un cansancio sobrehumano lo invadía. Recostado en el asiento, vigilaba cómo la chica manejaba con calma: su pelo atado, la ropa negra que vestía, su tono de piel parecido al de una muñeca de porcelana.
Había algo en ella que lo atraía. Quizás su aroma, quizás la forma en que lo trató. No le había causado ninguna de sus heridas; fueron otros. Pero aun así, fue ella quien las atendió, una por una.
Su rostro reflejaba seguridad, una paz que él tenía prohibida desde hacía largo tiempo. Y fue entonces, después de toda esa tortura, que por primera vez respiró con tranquilidad.
Comprendió que ella no lo lastimaría. Tal vez, incluso, sería quien lo cuidara. Pero no se atrevió a pronunciarle una sola palabra. Viajó en silencio, pegándose lo más posible a la puerta, evitando cualquier contacto.
Pensó que lo dejaría en la entrada del hospital. Sin embargo, una cuadra antes, detuvo el auto.
Bajó únicamente la mujer. Le ordenó que aguardara en el interior.
Desde el asiento, él la observó caminar hasta otro vehículo y dar unos golpecitos en la chapa. Cuatro hombres descendieron. Todos dirigieron su mirada hacia la sombra dentro del auto. La presión de esas miradas lo intimidó. Instintivamente, intentó ocultarse debajo del asiento.
Ella hizo una leve señal con la cabeza. Era la indicación de que podía salir.
En ese momento, descubrió una entrada que jamás habría creído que existiera en ese hospital. Caminaron hasta la parte trasera del sanatorio.
Desde una cabina de vigilancia, un guardia vio a través de las cámaras a aquellas personas aproximarse. Parecían sospechosas. Inmediatamente, tomó la radio para reportarlo, pero lo único que recibió como respuesta fue un inquietante sonido de estática. Confundido, insistió varias veces. Nadie le contestó.
Sin más opciones, decidió encargarse él mismo de la situación.
Esperó firmemente parado en la entrada de ambulancias. Al final de la curva, los vio salir de la oscuridad.
—Buenas noches —saludó con cortesía, aunque sin bajar la guardia—. Esta zona es restringida.
Pero antes de que pudiera terminar su advertencia, algo en la actitud de aquellos sujetos le hizo titubear. Su rostro palideció. Lo entendió demasiado tarde.
No logró escuchar las palabras que intercambiaron. Solo vio la expresión del guardia cambiar drásticamente. Y, sin más, se apartó del camino.
—Usen el ascensor —murmuró con voz débil.
Su deber como seguridad ya no importaba.
Los demás entraron. Sin embargo, cuando el ascensor llegó, ella pulsó el botón y se quedó quieta.
—Nosotros nos desviaremos un rato —anunció.
Las puertas se cerraron.
Él, sin fuerzas, se desplomó en el suelo. Sentía punzadas en la herida reciente. Imaginaba cómo sus glóbulos rojos luchaban por cerrarla.
El dolor en su muslo palpitaba al ritmo acelerado de su corazón.
Sonó el timbre del ascensor. Habían llegado al piso deseado.
Algo en el ambiente lo tenía inquieto. Tal vez las luces, que parecían más tenues de lo normal. O la ausencia de enfermeros en la entrada.
Aun así, avanzó.
El dolor de cabeza comenzó a ser insoportable.
Estiró la mano para abrir con sutileza la puerta de la habitación, sin cerrarla del todo para evitar hacer ruido.
Se quedó en el umbral. La única fuente de luz provenía de la televisión encendida.
«¿Estará despierta?»
Dio pequeños pasos para no generar sonido alguno. Se asomó apenas, observando desde la esquina.
Ella estaba despierta. Miró el reloj en la pared.
Sintió un nudo en la garganta. Con gran dificultad, lo tragó y, finalmente, salió de la oscuridad.
—¿Hermano? —su voz tembló.
Pero antes de llegar por completo al borde de la cama, sus piernas cedieron. Se desplomó sobre ella.
Las sábanas blancas quedaron manchadas con la suciedad y la sangre de su cuerpo.
Ella se desesperó. Su expresión se transformó en puro terror al ver su estado.
—¡¿Qué te pasó?! ¡Estás cubierto de sangre! —gritó, alarmada.
—No ha pasado… nada —intentó responder, con la voz apenas audible.
Con violencia, arrebató la botella de agua de la mesa. Bebió como un animal sediento.
Tosió.
—Tengo un trabajo nuevo… Nos vamos —logró decir.
El esfuerzo físico fue demasiado. Sin que se diera cuenta, las heridas comenzaron a abrirse nuevamente. Su respiración era entrecortada, errática. Perdía demasiada sangre.
—¡¿A dónde quieres ir?! ¡Llamaré a los enfermeros! —exclamó su hermana, aterrada.
—Estoy bien… Guarda tus cosas en la mochila —con más firmeza, ordenó
Pero ella no lo escuchó. Sus ojos, llenos de lágrimas, se dirigieron a la puerta. Salió corriendo en busca de ayuda. Pero afuera solo encontró oscuridad.
—¡Tengo miedo! ¡Por favor, llama a alguien! —suplicó.
Él, tambaleándose, se levantó.
—Hermana… Pon tus cosas en la mochila —insistió.
Ella seguía en la puerta, paralizada, sin saber qué hacer.
Su paciencia se agotó. Agarró un florero de la mesa y lo lanzó contra la pared.
—¡Dije que guardaras tus cosas! —con furia, gritó.
Aterrada, cayó al suelo, sollozando.
La ira y la frustración lo consumían. Irritado, la sujetó con fuerza, obligándola a obedecer.
Al ver que no respondía, comenzó a empacar sus pertenencias él mismo.
Un golpe en la puerta lo interrumpió.
La puerta se abrió de golpe. Era la mujer.
—Es hora de irnos —anunció.
La oleada de adrenalina lo cegó. No se percató del estado en el que estaba su hermana. Ella sufría un ataque de pánico, inmóvil, incapaz de reaccionar.
Colgándose la bolsa al hombro, la obligó a caminar sujetándola del brazo.
Desde la puerta, la mujer insistió en que se dieran prisa.
Antes de salir, él aflojó la mano.
Ella, temblorosa, lo miró fijamente.
Las pupilas de la mujer se dilataron enormemente. Era como si viera a un ángel frente a ella.
Ocultando su incomodidad, la joven se aferró al brazo de su hermano, ignorando la mano extendida de la mujer.
—Hide…
Se apartó del camino y los dejó pasar.
—Él necesita sus medicamentos. No puede estar más de un día sin ellos —aclaró.
—Creí haberte dicho que no habría problema con eso —respondió ella.
Salieron del hospital. Al otro lado de la calle, una camioneta los esperaba.
A lo lejos, luces azules y rojas destellaban, acompañadas del eco de sirenas.
Él se detuvo. Miró a su alrededor, sintiendo una punzada en el pecho.
¿Realmente tenían la autoridad para llevarse así a un paciente crónico? ¿Se estaba convirtiendo en cómplice de un delito?
Pero los rostros de esas personas no mostraban la menor preocupación.
—Sube al auto, por favor —lo apuró la mujer.
Él tragó saliva.
—Discúlpame —murmuró.
El motor rugió. La camioneta arrancó. Viajaban los tres en los asientos traseros. Los otros hombres los seguían en otro vehículo.
El copiloto pasó una mochila hacia atrás. Ella la tomó y sacó un sobre plateado.
Pidió que se quitara la ropa. Como cualquier joven al recibir semejante petición de una mujer, su rostro se tiñó de rojo.
Con gran esfuerzo, rasgó su vestimenta. No tenía fuerzas suficientes para quitársela por completo.
Destapó una botella y volvió a lavar sus heridas. Luego, abrió un sobre con un envoltorio llamativo y esparció un polvo amarillo sobre las zonas afectadas.
—¿Puedes tragarte las pastillas?
Murmuró algo ininteligible. Su debilidad era evidente; la anemia se hacía inminente.
Su hermana sostenía con fuerza su mano, sin despegarse un solo momento de él.
—No te preocupes, princesa. Tu hermano tuvo un accidente en el trabajo, pero se recuperará —aseguró la mujer.
El auto aceleró al entrar a la autopista.
—Perdió mucha sangre. No resistirá mucho tiempo más —reflexionó la mujer.
La lluvia, antes serena, ahora golpeaba con fuerza la carrocería, su sonido resultaba agobiante.
Ordenó al conductor tomar la próxima salida. El copiloto emitió un sonido de duda ante la orden.
—Tengo sed. No hay nada para beber aquí atrás.
Los dedos del conductor, firmemente aferrados al volante, se movieron para accionar la señal de giro. La luz intermitente parpadeó en los faros del vehículo.
Las ruedas traseras se friccionaron violentamente contra el pavimento; las agujas del tablero rozaron su límite. El repentino impulso ejerció una presión inesperada sobre los ocupantes.
—¿Qué quieres beber? —preguntó el conductor.
Mientras pensaba en su respuesta, notó que sus zapatos estaban manchados. Bajo la pierna de “Él”, un fluido goteaba.
Desabrochó el cinturón de seguridad y usó la cinta para envolver una herida que no había notado antes.
—Family Mart —contestó, buscando en su celular la ubicación más cercana.
Golpeó el respaldo del asiento delantero y el copiloto colocó el teléfono en el soporte del GPS.
El corazón de Hideyo comenzó a latir irracionalmente. Temía que algo estuviera mal con su hermano.
Su voz se quebró al preguntar:
—¿Qué le pasa a mi hermano?
Antes de que la mujer pudiera responder, la luz de un incandescente cartel verde llamó su atención. En él había una cruz.
—Espéranos aquí, enseguida volveremos. Cuida de tu hermano.
Cerró la puerta con energía.
El lugar, que hasta minutos antes parecía un calvario, quedó sumido en el silencio, interrumpido únicamente por el golpeteo de la lluvia.
Lo abrazó. Lo movió. Lo tocó. Preguntó insistentemente si se encontraba bien.
—Así es —respondió débilmente.
Llevó las manos a su boca y comenzó a llorar, maldiciéndolo al mismo tiempo. Había llegado a su límite. Por las mentiras. Por su tristeza. Por su odio hacia sí misma.
Pero en medio de su angustia, un estímulo interrumpió su dolor. Sintió algo cálido sobre su cabeza.
La mano de “Él” la acariciaba. Sus dedos recorrían su cabello, dejando algunos mechones pegajosos de sangre.
—Hermano…
Su momento íntimo no duró mucho. La mujer y los dos hombres regresaron con una bolsa en brazos. Dentro había tubos de plástico y tabletas de medicamentos.
No tardaron más de cinco minutos en la farmacia antes de trasladarse a otro sitio. Las ruedas del auto se detuvieron frente a un hotel. Antes de bajar, los hombres escudriñaron el entorno con la mirada.
Uno se quedó de guardia. Otro caminó hasta la recepción. Luego, uno inclinó la cabeza en dirección a la mujer.
Procedió a bajar, cargándolo en sus brazos.
Al levantarlo, notó que el asiento donde había reposado estaba empapado en fluidos. Su expresión cambió: cerró la boca y frunció el ceño.
—Nos dieron la última habitación del segundo piso.
Entró sin más y lo acostó en la cama. Los hombres se quedaron afuera, observando desde el umbral. Ella los miró, cuestionando su actitud. Parecían reacios a entrar.
—Si hay —balbuceó uno de los trajeados pero fue interrumpido.
—No hay tiempo. Está perdiendo el pulso —sentenció.
Antes de ingresar, fijó la mirada en el hombre, quien, a su vez, dirigió la suya hacia la niña, haciéndole una señal.
Ella asintió y se llevó a su hermana a la habitación de al lado.
Cerraron la puerta con llave.
El hombre que se quedó en la habitación se sentó en un sillón junto a la ventana. Disimuladamente, sacó un revólver de su pecho y lo sostuvo con firmeza.
Con el mayor sigilo, retiró el seguro y corrió la corredera.
La mujer rasgó la ropa de “Él”, dejándolo con lo mínimo necesario. De su cabello, sacó una bincha elástica y la ató sobre la parte superior de su brazo.
Sus sospechas se confirmaron: aquello no había sido un correctivo. Era tortura. Una despiadada. Las heridas cubiertas por la ropa le habían impedido ver la magnitud del daño.
Pero no había tiempo para especular.
Se arremangó la camisa y colocó otra goma elástica en su propio brazo. Desenrolló una manguera transparente y respiró hondo, seguro de lo que hacía.
Abrió unos sobres que contenían agujas, tomó un trozo de tela impregnado en desinfectante y limpió la piel de ambos.
Un leve dolor. La aguja perforó su dermis y alcanzó la vena.
Repitió el proceso en el otro brazo. Un líquido comenzó a recorrer lentamente los tubos.
Se recostó a su lado y suspiró, liberando tensión.
En su mente, las reflexiones se sucedían una tras otra. Cada pieza encajaba en su lugar. Pero no había tiempo para pensar en quién era el responsable de semejante aberración.
La noche pasó rápido.
Con un hombre medio muerto a cuestas, no podían quedarse más tiempo. Debían seguir.
—Tenemos un problema con el auto.
El tanque medio vacío les impedía llegar a su destino.
—¿La estación más cercana?
—Desvío de treinta y cinco minutos —respondió el joven a su lado.
—Pensar demasiado solo traerá más problemas —se dijo.
Dio la orden. Todos se pusieron en marcha para cargar el cuerpo.
Con un alicate, arrancó las placas de un automóvil estacionado en la otra vereda.
—Llegaremos con esta porquería, al menos.
Cubrieron cada punto visible del interior. Rozaban peligrosamente el límite.
La única prioridad era llegar a su destino.
Finalmente, la última parada.
Una linterna iluminó el capó. La mujer frunció el ceño con desagrado.
—Por la derecha, por favor —indicó el policía.
Dentro del auto, los corazones latían con una violencia desconocida.
—Dígame, oficial —atiende.
—Buenos días, señorita. Haremos un control.
—Tómese las molestias que desee por favor —respondió sin titubear.
Le pidió que bajara las ventanillas traseras. Ella lo hizo sin dudar.
Los de atrás dormían extrañamente.
El policía revisó cada rincón con su linterna. Otro agente confirmó que el vehículo estaba limpio.
—Sufrí un accidente. Aquí tiene la patente y los papeles.
Los revisó con atención. Un detalle lo alertó.
—¿Quién es el titular? —interroga el oficial.
—Mi nuera —excusó.
El guardia se apartó, pero antes de dejarlos marchar, notó los rasguños en la pintura del capó.
Alzó la mano.
—Estaciónense en la parte trasera.
—Dejen de hacerse los dormidos. ¡Cúbranlo! —dijo, intimidando a cada uno de los hombres.
Mientras escondían el cuerpo, sacó los papeles y los enrolló cuidadosamente.
Un golpe seco rompió la tapa del encendedor.
Del poco alcohol que quedaba, trazó un camino hasta el centro del interior. Revolvió medio coche en busca de cualquier material que pudiera combustionar.
—Solo nos dará unos minutos, lo suficiente para llegar a tiempo y abordar el tren.
Desde el bolsillo de su pantalón, la vibración insistente del celular marcaba cada segundo, jugando en su contra. Cada temblor era más intenso que el anterior.
Sus ansias de correr no eran dignas de sí misma. Había aprendido, a costa de su vida, a ignorar los pensamientos que intentaban sabotearla.
Entraron a la estación de trenes.
Las paredes, esculpidas al límite que el hormigón permitía, ostentaban detalles intrincados.
Hiromi era llevado en silla de ruedas.
Las manos sudorosas y los pies temblorosos del hombre que lo empujaba delataban su nerviosismo.
—Sigan caminando —ordenó.
Respirar se volvía difícil; tragar saliva, aún más.
Esperaron para abordar el vagón.
—¡Hermanito! ¡hermanito! ¡Despierta! —susurraba.
Las pequeñas manos de la niña intentaban mover aquel cuerpo pesado.
A unos pocos metros, al otro lado del andén, un guardia de seguridad permanecía atento.
Un golpe de presión se instaló en su diminuto pecho.
—Si tan solo…
Dio unos pasos hasta donde yacía la mujer. Ella mantenía la mirada perdida, contando las piedras de los rieles.
—Disculpe —preguntó con nerviosismo.
La mujer giró la cabeza lentamente.
—Dígame que desea.
La niña bajó la vista, apretando los puños.
—¡Necesito ir al baño! ¡por favor! —musitó.
La mujer extendió su brazo.
—Qué dedos tan chiquitos tienes —con ingenuidad, se rio.
Los baños estaban justo detrás del andén, en la dirección donde el guardia los observaba.
Se agachó hasta la altura de su frente.
—No te demores mucho, por favor. Nuestro tren partirá pronto.
Los pasos torpes de la niña resonaron en el suelo hasta que su mano giró el cerrojo de la puerta.
Solo imaginarla saliendo corriendo hacia los brazos del guardia era una idea abrumadoramente tentadora.
Afuera del baño, la mujer llamaba la atención. Su piel pálida, su vestimenta impecable y su largo cabello rojizo no pasaban desapercibidos.
De reojo, ella y el guardia se miraban de vez en cuando.
Con una leve sonrisa, la mujer hizo una mueca en su dirección. Él bajó la cabeza en señal de agradecimiento, pero fue la única interacción entre ellos, aparte de esas miradas tímidas.
Los segundos corrían. La niña tardaba más de la cuenta.
Lo último que deseaba era invadir su privacidad, pero no tuvo otra opción.
Se agachó y miró por debajo de los cubículos del baño.
—Señorita, tenemos que irnos. Nos perderemos el tren —suplicó.
De repente, un destello de luz la cegó momentáneamente.
Una pequeña figura plateada corrió a toda velocidad bajo sus pies.
Entre el resplandor, sus ojos lograron divisar la silueta que huía.
Sin piedad, su brazo atrapó el frágil cuello de la niña. La sostuvo con extrema fuerza.
Mientras exhalaba repetidas veces, se percató del daño que le estaba ocasionando.
La marca en su garganta era peligrosamente llamativa ante las miradas de los presentes.
Un chispazo recorrió el cuerpo de Hideyo. No fue doloroso ni aterrador.
Un golpe seco y perfecto acabó con su conciencia.
Desabrochó los botones de su abrigo lo más rápido que pudo.
Pero antes de llegar a la última botonadura, su plan se frustró: la sangre manchaba su camisa, frustrando su salida del baño.
No podía salir sin la niña.
Recordó que el guardia había estado observando cada uno de sus movimientos.
Él estaba afuera de esa puerta.
Era la única persona que la vería salir.
Llamar a sus compañeros tampoco era una opción.
Todo su equipo había ardido con el auto.
Mientras intentaba decidir qué hacer, una sombra cruzó el andén a toda velocidad.
Tal fue su susto que abrazó a la niña con fuerza, ocultando la escena en su pecho.
—¡Discúlpeme! ¡Debe abordar el tren urgentemente!
El guardia alertaba a todos: había un atentado terrorista en la estación.
Sirenas y luces rojas se encendieron, sumando caos al ambiente.
Aunque era de madrugada, algunas personas aguardaban la apertura de los vagones.
Al escuchar el estruendo afuera, corrieron despavoridas.
—¡Suban al coche ahora mismo! ¡Estarán a salvo dentro! —gritó el oficial.
Cubrió a la niña con su abrigo y la cargó en brazos.
—¡Rápido, suba por aquí!
—¡Que salga el tren!
El último paso que dividía el andén del coche se cerró tras ella.
Las puertas de todos los vagones se clausuraron.
El silencio invadió el lugar.
Solo se escuchaba el aire fluyendo por la ventilación y la leve vibración del motor.
Miró por las ventanas difuminadas de las puertas mecánicas.
Afuera, el personal de seguridad corría de un lado a otro.
El oficial que había divisado antes hacía señales con los brazos para que el tren partiera.
Paralizada, solo podía sentir un zumbido adormecedor en los oídos.
—Disculpe... ¿Se encuentra bien? —preguntó una anciana.
Con un leve movimiento de cabeza, confirmó que ambas lo estaban.
—¡Alguien vio a un chico alto de pelo blanco?! —a los presentes, gritó.
La anciana señaló con su débil brazo.
—Sí, jovencita. Creo que está en el vagón de adelante.
La joven le tomó las manos con firmeza.
—¡Debe ser mi novio! ¡Fuimos víctimas de la bomba que pusieron los terroristas!
Un hombre de unos cuarenta años chilló desde el fondo, quejándose.
Susurros iban y venían tras sus palabras.
El pánico se propagó entre los pasajeros.
Lentamente, se acercaban en busca de explicaciones.
—¿Qué está pasando?
—Escuché una fuerte explosión hace unos minutos.
Un anciano, alterado más que nadie, la confrontó.
—¡Tú debes ser cómplice! ¡Dinos la verdad! —gritó, sujetándola con rudeza.
—¡Suélteme, degenerado! ¡Llevo una niña conmigo!
De pronto, las luces del vagón parpadearon tres veces antes de teñirse de rojo.
—¡No lo ven?! ¡No es japonesa, es una terrorista! —vociferó el anciano.
—¿Y tú cómo estás tan seguro? —preguntó la anciana.
—¡Debe ser del GRIPEN! ¡Los conozco!
Un chasquido de estática interrumpió la escena.
«Buenos días, señores pasajeros. Les habla el maquinista. Como habrán notado, sufrimos un atentado en la terminal. Por órdenes del alcalde, el tren no se detendrá hasta llegar a la última estación. Esperen instrucciones del personal».
El silencio cayó sobre todos.
La confirmación oficial de la situación paralizó a los pasajeros.
—¡Es verdad!
—¡Nuestras vidas estuvieron en peligro!
—No queda otra que esperar.
Un pacto silencioso se estableció entre los presentes.
Al mismo tiempo, todos giraron la cabeza hacia el anciano.
Él, sintiendo la presión de sus miradas, se desplomó sobre un asiento.
—A la mierda con esto... ya viví toda una vida —murmuró.
La joven apretó a la niña dormida contra su pecho.
El tren seguía su curso.
«Ruido de estática».
El LED de la cámara que colgaba sobre ella se encendió y apagó.
Intentó encontrar una explicación lógica para su comportamiento, pero cuando intentó abrir la puerta, lo entendió todo.
No necesitaba forzarla ni llamar la atención con su fuerza, lo que solo causaría pánico y revelaría que estaban atrapados.
De un rojo sangre, la luz cambió a un cálido tono verde. El camino quedó despejado.
Avanzó hasta el siguiente vagón. No obstante, las indicaciones de la anciana no habían sido del todo precisas.
No había nadie allí, salvo una joven parecida a ella, quizás unos años menor.
Se acercó con cautela para no asustarla. La intranquilidad de la chica era evidente en medio de toda esa escena.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó, agitando una mano frente a su rostro.
—Mis abuelos —murmuró la joven en voz baja.
Su mirada estaba fija en el suelo; apretaba los dientes en busca de consuelo, lamentando un dolor desconocido.
Sin ningún reparo, la recién llegada pasó una uña por debajo de su mandíbula y le alzó el rostro con suavidad.
Ahora se observaban fijamente, dos polos opuestos en esa circunstancia.
Los patrones de su iris eran peculiarmente llamativos, más aún al mirarlos de frente con atención.
La universitaria sintió un escalofrío cuando percibió una extraña difuminación tras esos colores.
Se le erizó la piel y su respiración se volvió entrecortada, víctima del frenético latido de su corazón.
Un reflejo brillante dificultó su visión, pero alcanzó a distinguir un patrón extraño.
Algo se movía detrás de ese brillo; parecía un ojo de plástico.
Trató de convencerse de que era imposible, que algo así no podía existir en la realidad.
Tal vez solo estaba alucinando por el estrés del momento.
Pensamientos caóticos inundaron su mente, demasiado rápido como para detener el temblor de sus delgadas piernas.
—¿Qué sucede con ellos? —preguntó, intentando controlar su voz.
Algunas gotas de sudor, mezcladas con lágrimas, cayeron sobre el suelo metálico.
—Cuando escuchamos la explosión, los guardias de seguridad nos separaron de inmediato. Ni siquiera sé si mis abuelos siguen en este tren —dijo la joven, con la voz temblorosa.
Con cuidado, la mujer extendió su brazo y posó su pálida mano sobre el hombro de la muchacha.
—Déjame ayudarte. Tal vez tus abuelos estén en los vagones de adelante. Yo también perdí a mi novio en medio de este caos —dijo con pesar.
La chica describió la apariencia de su novio con la esperanza de que la otra lo hubiera visto.
Sin embargo, la universitaria jamás se había cruzado con alguien así.
—Lo siento —susurró con genuina tristeza.
El sentimiento fue mutuo.
Insistió en que la acompañara. Juntas estarían más seguras.
Pero la joven dudó. A pesar de la charla y la evidente muestra de empatía, algo en su interior seguía temiéndole.
La mujer metió la mano en su abrigo y, con un movimiento algo torpe, sacó su identificación de oficial del gobierno, mostrándosela de cerca.
—Puedes confiar en mí. Discúlpame por no presentarme antes… ¿Cómo te llamas?
La chica tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
—Me llamo Ari —respondió con timidez.
—De acuerdo, Ari. Busquemos juntas, ¿sí? —le dijo, extendiendo la mano.
Una vez más, las luces se encendieron y apagaron con un ritmo peculiar.
—Comunicó el maquinista—: ¡Atención! Señores pasajeros, solicitamos con urgencia que se dirijan al anteúltimo vagón. Allí los esperará personal capacitado para atender cualquier emergencia.
El peso de la niña en sus brazos comenzaba a estorbarle, así que le pidió a Ari que la cuidara por unos momentos.
Aceleró el paso hasta la puerta situada al frente. Probó girando la manija. Tal como decía el comunicado, todas las puertas estaban desbloqueadas.
—Ari, tenemos que ir hacia la parte delantera del tren. Es peligroso quedarnos aquí solas —afirmó.
Tímidamente, Ari agarró su brazo con manos temblorosas, buscando la seguridad que antes le había ofrecido.
—Necesito que la cargues por unos minutos —pidió.
Juntas atravesaron el vagón. A mitad de camino, un matafuego llamó su atención.
Sin pensarlo demasiado, lo arrancó de su soporte y asestó un golpe certero contra el seguro manual de la puerta, con la intención de bloquearla.
Antes de llegar al punto donde el maquinista había convocado a todos los pasajeros, un agente de policía custodiaba la última entrada.
—¡Eh! ¡Ustedes! ¡Vengan aquí! —ordenó con voz firme.
El rostro del oficial reflejaba una preocupación latente. Con una linterna, inspeccionaba nervioso los ojos y extremidades de las dos niñas y la mujer. Tal vez él también temblaba de miedo.
Mantuvo la distancia, sin permitirles acercarse más de la cuenta hasta identificarlas. Con autoridad, amenazó con usar su porra si no obedecían.
—Muestren sus identificaciones. Lentamente, una por una —obliga.
De pronto, Hideyo comenzó a despertar de su inconsciencia. Tosió, expulsando un poco de sangre sobre el hombro de Ari. Ella, al sentir la mancha caliente en su ropa, se alteró.
—Necesitamos ayuda. Déjanos pasar…
Cada segundo se volvía más insoportable. Sus preocupaciones aumentaron cuando la otra despertó. Temía que hablara.
—No tengo alternativa… No. Ni siquiera sé quién está detrás de esto —pensó.
Volvió a suplicar al oficial que las dejara pasar. La niña podía estar en peligro de muerte si no recibía atención médica urgente.
Finalmente, el agente cedió, pero con una condición: solo las niñas podían continuar.
Los ojos de la joven cambiaron de tonalidad al escuchar esto. Jadeó, con dificultad para hablar.
—Atiéndalas por favor…
Ari la miró con dudas. No tenía claro si quedarse con ella o ir a un lugar lleno de extraños.
Apenas la había conocido hacía unos minutos, pero algo dentro de sí le decía que estaría más segura a su lado.
—No tengas miedo. Ve y asegúrate de que tus abuelos estén allí dentro —la alentó.
El policía se hizo a un lado para permitirle el paso, aunque no dejó de apuntarla desconfiadamente con su linterna.
—Voy a buscar mis pertenencias. Las olvidé en la parte de atrás —comentó, señalando con el pulgar.
Regresó hasta la manija que había destruido intencionalmente. Para su sorpresa, un grupo de personas intentaba abrir la puerta rota.
Apenas distinguía lo que murmuraban debido al grosor del material y el sello hermético.
El mismo anciano con el que había tenido un altercado media hora antes se acercó y pegó su cara contra la ventana.
—Abre la maldita puerta ¡Ramera! —gruñó, con la voz distorsionada por el vidrio.
Ella llevó una mano a su oído, burlándose.
La respuesta del anciano fue aún más agresiva. Golpeó el vidrio, maldiciéndola y escupiendo contra la superficie.
Al ver que no podía ayudar a cruzar a esa gente, se marchó, dándoles la espalda.
Antes de perderlos de vista, giró lentamente la cabeza y clavó su mirada como dagas sobre el anciano.
Al regresar, el guardia seguía allí, custodiando la entrada. La tensión entre ambos era palpable.
—No me dejarás pasar, así que esperaré aquí —soltó.
Mientras aguardaba, observó las luces, los edificios y las estaciones que se dibujaban al otro lado del grueso cristal.
Pensó en si esas personas serían capaces de abrir la puerta bloqueada. ¿Cómo reaccionaría? ¿Intentaría calmarlos hablando?
La radio del guardia interceptó una señal. Murmuró algo ininteligible.
—¿Cuántos civiles tienes? —consulta por radio otro guardia.
—Solo una mujer conmigo —soluciona.
De repente, el haz de luz de su linterna se alzó sobre el rostro de la joven. Le hizo señales para que se acercara.
El ambiente se volvía cada vez más tenso. Para evitar problemas, ella le dejó claro que estaba dispuesta a cooperar.
—Tengo que revisarte —advirtió.
Sus dedos se deslizaron lentamente por su cuerpo, tocando cada curva, sus partes íntimas y el interior de su boca, mofándose en su cara.
—Ahora sí puedes pasar —exclamó con descaro.
Durante todo el proceso, ella no emitió ni una sola reacción. Se quedó inmóvil, de piedra, ante el acto aberrante.
Cuando él terminó su inspección, se apartó. Con una educación forzada, ella simplemente le agradeció por dejarla pasar.
Del otro lado, un grupo de personas alteradas y eufóricas discutía por todo lo sucedido.
Apenas tardó unos segundos en encontrar a los suyos.
Sus muchachos estaban ayudando al personal a tratar las heridas de los pasajeros.
Al verla, se alarmaron.
—Informen de todo —ordenó.
Uno de ellos señaló con la mano, indicando que necesitaban privacidad.
—Logramos estabilizar al chico. Gracias al equipo de aquí, evitamos que muriera —informó con precisión.
—Muy bien muchachos. En poco tiempo nos detendremos para cambiar de tren —concretó.
Habían transcurrido diez horas desde que el viaje comenzó rumbo al norte.
—Deberíamos estar a las afueras de Tokio —razonó.
Consultó al personal del tren cuánto tardarían en llegar a la estación de Shin-Hakodate-Hokuto.
—Aproximadamente veinte minutos. Pero tardaremos en partir nuevamente: debemos esperar a las autoridades en la última estación —le respondieron.
Los problemas no dejaban de escalar. A pesar de las circunstancias, ella no cedería ante la presión.
Observó sus manos sucias, los rostros de sus hombres, las personas que dependían de ella.
El cartel de bienvenida se iluminó cuando las compuertas del tren se abrieron.
En ese momento, un grito desgarrador resonó en la estación.
Ari, con la voz quebrada por la emoción, corrió hacia una pareja de ancianos.
Eran sus abuelos.
La joven rio cálidamente ante la ironía del destino.
Hizo señas y gestos extraños, incomprensibles para todos. Luego, su orden fue clara: debían marcharse cuanto antes.
Una mano se posó sobre su espalda de manera repentina.
—Podemos hacerlo ahora mismo, si lo ordena —susurró uno de sus agentes.
Con los labios, articuló un claro «No». En esas condiciones, era imposible ejecutar la operación.
El hombre insistió. Intentó convencerla de que lo mejor era actuar de inmediato.
—Solo no los pierdas de vista —le indicó.
Mientras tanto, el altavoz anunció la próxima salida del tren Super-Hokuto hacia Sapporo.
—No podremos abordar hasta que la policía nos autorice —informó a su equipo.
Avanzaron en fila, uno tras otro.
Cada pertenencia debía ser inspeccionada minuciosamente. Ni siquiera los niños se libraban del retén.
—Todo queda en el tren. Si sospechan de alguno, ya no nos conoceremos —recuerda en su cabeza.
Debido al nulo equipamiento que cargaban encima —agotado tras los percances sufridos con Hiromi—, transportarlo se había convertido en un infierno.
—Me quedo con la niña, ustedes con él —dispuso.
Aguardaba un largo camino por delante. Desde el principio, se negó a descansar durante el trayecto. Sin embargo, la brisa que entraba desde el exterior, golpeándole el rostro, terminó por arrastrarlo a un profundo sueño.
Apenas faltaba una hora y media para llegar al destino cuando sintió un calor desagradable en la mejilla izquierda, seguido de una luz que impactó directamente en su ojo. El culpable era un rayo de la estrella madre, lo suficientemente intenso como para interrumpir su descanso.
Las nubes, atravesadas por aquellos aros luminosos, deslumbraban el cielo.
Por un instante, reflexionó sobre si debía preocuparse por la ausencia de la pequeña. Aun así, respiró hondo el aroma a hierbas del climatizador ambiental.
Bostezó, tronó los dedos y estiró cada una de sus extremidades. Su cuerpo despertaba mientras el tren se detenía.
Al otro lado del vagón, la encontró mirando por la ventana. La luz radiante que entraba, iluminándola de frente, creaba un espectáculo de brillos incandescentes a su alrededor.
Parecía un ángel, deslumbrando el lugar con esa aura que envolvía por completo su figura.
No se molestó en pedirle permiso para sujetarle la mano; lo hizo sin dudarlo.
—Si nos retrasamos más de la cuenta, nos meteremos en problemas —explicó.
Anteriormente, en la estación de Morioka, habían separado a las mujeres de los hombres en coches distintos.
Pasaron por otra revisión, aunque esta vez fue menos exhaustiva.
A esas horas, el flujo de gente comenzaba a incrementarse.
Dieron los pasos necesarios hasta llegar a las afueras del edificio. Justo allí, cerca de la calle, cientos de autobuses y automóviles esperaban. Los obligó a sentarse y aguardar.
Ella era la única del grupo que permanecía de pie.
Desde el otro lado de la vereda, observó con atención cómo una camioneta frenaba perteneciente a una extraña silueta, cada uno de sus movimientos era evaluado con cautela.
Un hombre de apariencia madura abrió la puerta trasera del vehículo y salió. Luego, articuló los labios y emitió un silbido.
Solo unos pocos kilómetros de ruta los separaban de Yūbari, un pueblo oculto en la región montañosa de Hokkaidō.
—¿Con qué lo mantienen tan sumiso? —preguntó.
El único que respondió fue el conductor.
—Anestesia general. De otro modo, sería inexplicable la larga duración del sueño…
Ella era amante de los paisajes. Le resultaba difícil apartar la mirada del camino. Aun así, aquella respuesta logró captar su atención. Se giró y observó al hombre a través del espejo retrovisor.
—Siempre me ha sorprendido tu habilidad para la intuición, Albert.
—Por Yūbari, la actividad policial se ha intensificado por culpa de tu desastre. Y aun de viejo tengo que seguir cargando con tus torpezas —quejó.
Ella cerró los ojos al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa.
—Lo siento, papá.
Lejos en el firmamento, las nubes oscuras anunciaban un torrencial que reduciría la visibilidad en los próximos kilómetros.
—Paremos en cualquier estación de servicio —demandó la encargada.
Para intentar acercarse a Hideyo, le ofreció comprarle lo que quisiera, pero la niña, con un reflejo de desagrado, lo rechazó.
Mientras tanto, aguardó pacientemente a que la tormenta amainara antes de continuar el rumbo.
Una pantalla colgante interrumpía su reflexión con su incesante sonsonete al transmitir las noticias.
«No se han reportado víctimas mortales hasta el momento, pero no se descarta la posibilidad de otro ataque».
El pitido constante de la caja registradora irritaba su razón cargada a su vez con la presencia de demasiadas personas.
—Pobre gente…
—Quién podría cometer algo tan atroz…
—No tardarán en llegar hasta aquí los terroristas.
Entreabrió la puerta del vehículo, permitiéndole a la niña entrar antes que los demás.
Conforme pasaba el tiempo, los efectos de los anestesiantes comenzaron a desvanecerse, despertando a su hermano.
Aun así, era demasiado pronto para que recuperara la consciencia por completo. Emitía sonidos ininteligibles y deliraba, observando cómo las gotas explotaban contra el cristal de la ventanilla.
Yūbari, más parecida a un pueblo que a una ciudad, no contaba con un trayecto directo hacia su destino.
Un desvío al costado de la carretera los guio por un camino de tierra que serpenteaba entre las colinas.
La lluvia había convertido el suelo en un lodazal, dificultando la tracción de las ruedas.
Acelerar solo hundía más la carrocería.
Atascados en medio de la nada, la joven decidió salir a empujar, dispuesta a sacarlos de ahí.
Antes de que los caballeros se percataran de lo ocurrido y bajaran a ayudarla, ella ya lo había conseguido.
A sabiendas de que su jefa detestaba dar explicaciones, pactaron entre ellos cerrar la boca y no hacer preguntas.
El cielo se tornaba más oscuro, anunciando una tormenta aún más fuerte que la del mediodía.
Ya comenzaba a oscurecer cuando llegaron a aquel lugar. Desde el inicio de la aventura, se habían mostrado eufóricos por alcanzar ese punto.
Un camino apartado y desolador los acompañó durante la travesía ocultándolos entre colinas infinitas.
El viaje culminó cuando los faros del auto iluminaron una barrera con bandas reflectantes.
Con su mano izquierda el conductor apagó el motor y con la derecha arrojó las llaves sobre el parabrisas.
De inmediato decenas de luces los deslumbraron, imposibilitando cualquier reconocimiento del entorno de parte de los viajeros.
El chofer, a diferencia del resto, se mostró calmado ante la estresante situación. Aprovechó para mirar la hora en su reloj y bajó los parasoles, protegiendo sus ojos del resplandor.
A lo lejos se escuchaban ladridos de perros, cada vez más cercanos como agresivos.
Unidades armadas con rifles de alto calibre apuntaban sus miras de hierro directamente hacia el interior del vehículo.
—¡Identificaciones! —gritó un agente.
En cuanto la luz les permitió distinguir sus rostros, reconocieron de inmediato al conductor del automóvil.
—¡Permitido! ¡Suban la barrera! —exclamó el guardia.
Solo unos pocos metros los separaban del destino final.
Ella estuvo a punto de preguntarle al chofer si era posible que el pasara la noche en aquel lugar, pero el viejo se adelantó a su inquietud con una negativa tajante.
Irónicamente lo había llamado «Recinto» en tono burlón.
La arquitectura del edificio destacaba entre las infraestructuras orientales. Con un diseño vanguardista, moderno y elegante, su estructura negra se fundía con la oscuridad de la noche.
Al igual que la entrada exterior, el acceso al interior estaba rigurosamente custodiado por vigilantes.
Uno de los guardias levantó la mano, indicándoles que se detuvieran. Nadie osó desobedecer.
Desde el interior de una caja fuerte el oficial del medio extrajo un escáner.
Apuntó con la máquina hacia los iris de cada persona, registrando y confirmando sus datos biométricos.
Había llegado el momento de separarse de los hombres cual habían acompañado su travesía. Les prometió que los despediría con honores más tarde, aunque antes debían cumplir una última petición para ella.
Lo primero que hizo fue conducir a Hiromi y su hermana a las habitaciones donde descansarían.
Sin embargo, su plan cambió a último momento: los separó en cuartos distintos con la excusa de que, según el reglamento del lugar, hombres y mujeres debían dormir por separado.
Al principio, la pequeña se negó rotundamente, mostrando agresividad contra cualquiera que intentara acercarse.
Pero el poder de persuasión de la joven superaba con creces la falta de raciocinio de la niña.
Con dulces palabras, le prometió que el sitio más seguro dentro de esas instalaciones era, precisamente, a su lado.
Las manecillas del reloj avanzaban con rapidez dentro de aquel complejo blindado.
La única iluminación en la habitación provenía de la ventana. La luz reflejada en la cama dibujaba un espacio extraño ante los ojos de Hiromi, quien acababa de despertar tras ganar la batalla contra los fármacos que lo habían doblegado.
Sintió una corriente recorrer cada músculo de su cuerpo.
Por más que lo intentara, su cerebro no lograba darles órdenes precisas a sus músculos.
Además de esa sensación eléctrica, notó un calor extraño en su pierna derecha.
A medida que recobraba la consciencia, ese calor subía poco a poco y junto con la temperatura creciente, sintió una presión firme contra su costado.
La misma joven que antes había sido la causa de su agonía, ahora lo abrazaba con fuerza, rozando su corpulenta figura contra él.
Se percató de que ambos yacían tumbados en el suelo de cara a una gran ventana.
Tosió violentamente.
—¿Dónde me trajiste? —preguntó con voz ronca.
Reposaba con la cabeza sobre las piernas carnosas de la mujer, envuelto entre sus brazos ajenos.
—¿Aquí? Un lugar donde la comida sabe horrible —respondió ella con ligereza.
Intentó empujarla, pero cualquier esfuerzo por escapar era inútil.
Débilmente apenas podía respirar mientras intentaba articular palabras coherentes.
Cuando ella escuchó que su primera frase tras tanto tiempo ausente, era una queja, tomó su mano enclenque y la deslizó bajo los botones de su camisa, guiándola hasta su pecho.
Hiromi sintió la textura suave de su piel, el relieve de su anatomía y el frío que emanaba de su cuerpo.
No supo cómo reaccionar. Se quedó en silencio.
Ella continuó moviendo su mano sobre su seno, forzándolo a apretar en ocasiones.
Entre los efectos residuales del anestésico, el dolor y la vergüenza por la escena, terminó quebrándose en un leve llanto.
—Necesito que seas un hombre para mí —susurró ella, fijando su mirada en él.
—¿Mi hermana está a salvo? —logró preguntar entrecortadamente.
Antes de responder, la joven soltó su mano, dejándola caer sobre su seno.
—Descansa en la habitación de al lado —tranquilizó.
—¿En qué clase de trabajo te golpean hasta matarte? —la provocó.
Se incorporó y sin mirarlo, se apartó de encima de él.
—Mordió levemente sus laidos—. Servirás al país…
Caminó hasta la puerta. Antes de marcharse echó un vistazo al joven. Agonizaba de dolor en el suelo.
—Date una ducha. Hueles mal —concluyó, cerrando la puerta tras de sí.
Al salir del cuarto oscuro, la brisa gélida del pasillo la golpeó de inmediato.
Metió las manos en los bolsillos de su abrigo y caminó en dirección opuesta.
Se detuvo al llegar a uno de los cuatro puentes de cristal que dividían el edificio.
A través del vidrio empañado por la lluvia, contempló una hermosa laguna rodeada de una jardinería meticulosamente cuidada.
Las luces tenues y cálidas del exterior creaban un ambiente pacífico.
Cuando estuvo a punto de continuar su andar, un detalle la obligó a detenerse.
En uno de los bancos del santuario, una figura atrapó su atención.
Con un cambio de rumbo decidido, avanzó hacia aquel sitio.
—¿Puedo sentarme? —preguntó.
El hombre dio un sorbo a su cerveza.
Ella notó la fuerza con la que sus dedos apretaban la lata.
—Adelante —respondió él sin mirarla.
Procedió a recostarse a su lado, sin estar demasiado lejos pero tampoco demasiado cerca.
—Creo que no tuvimos el placer de presentarnos correctamente —reconoció.
Ambos miraban perdidamente hacia adelante, observando como las gotas de rocío caían en el estanque mientras conversaban.
—Sé quién eres, Agora. Conozco cada maldita cosa de ti… tu color de tanga, la puta comida sin sal que comes —con un tono cortante, soltó.
Su oreja arrugada y llena de cicatrices, captó la pequeña risa que ella dejó escapar.
—Con eso puedo confirmar que a ambos nos espían —carcajeó.
Del bolsillo de su pantalón sacó un paquete de cigarrillos. Le ofreció uno, aunque ella lo rechazó con desdén. Confesó que le repudiaba el olor a tabaco.
—Quería felicitarte por la gala de condecoración de tu hijo. Un soldado lleno de talento, con un futuro prometedor… pero es una pena que lo desperdicie en prostitutas y alcohol —con sorna, comentó.
Escupió el tabaco humedecido en sus labios secos, esperando a que se encendiera.
—Sabes que te espían ¿eh? —dijo, mientras prendía otro cigarrillo—. También eres consciente de que soy la única persona aquí capaz de patearte el culo.
El espectáculo de luces, los insectos brillando en la noche, el sonido de las hojas movidas por la brisa… todo pasó a un segundo plano.
El ambiente, que comenzó con una charla amistosa, escaló en tensión.
Dio un sorbo más a su lata. Luego otro. Y tras vaciarla por completo dejó escapar:
—Nunca me diste buena espina. Si tramas algo yo mismo voy a encargarme de ti...
Las risas amigables, al igual que sus sonrisas, se desvanecieron por completo.
Continuaban mirando la laguna con la vista desenfocada. Sin respirar. Sin moverse.
—Solo eres otro perro de la organización. Lideras a un grupo de drogadictos. Nunca serás nadie. No entiendo por qué se empeñan en ponerte al servicio —sentenció.
Escupió con fuerza al suelo, liberando parte de la tensión acumulada en sus puños.
La joven se desabrochó su cabello largo y sedoso, mismo de un intenso color anaranjado. Aprovechó el momento para quitarse los zapatos.
El aroma de su cabello suelto era sumamente embriagador; invadió por completo sus sentidos.
Levantó un pie, luego el otro, y posó los brazos sobre sus rodillas.
En esa posición, lo vigilaba cuidadosamente. En silencio.
—Respóndeme: ¿cómo es posible que una mujer derribe a tres hombres… que pesaban más de cien kilos? —interrogó.
Ella bostezó.
—Creí que las grabaciones de la academia eran clasificadas —murmuró con confusión.
—¿Al menos sabías el oficio de tus padres? —insistió con tono severo.
Ella llevó un dedo a su labio inferior y en tono burlón, hizo una mímica de estar pensando.
—Creo que eran exploradores —dudó.
Intentó encender otro cigarrillo, sin embargo al revisar la cajetilla, se dio cuenta de que el anterior había sido el último.
Arrojó el paquete vacío con desgano.
—Mientes como toda mujer… Tus padres eran arqueólogos. Solo quería asegurarme de que ni en la intimidad dejas de mentir —afirmó, con convicción.
—¿También los odias? —preguntó con tono inescrutable.
Con esfuerzo, él se incorporó, apoyando el peso en sus extremidades superiores.
—Me quitaron a dos seres queridos —exhaló con pesadez.
Tras soltar esa frase, ambos se quedaron en silencio. Se miraron fijamente.
—Lamento escucharlo… pero yo no tengo por qué cargar con los pecados de mis padres —habló Akami, con firmeza.
—Los hijos cargan con los pecados de sus padres hasta que llega uno dispuesto a romper esa cadena de maldición generacional. Dime, Agora… ¿la romperás o también nos traicionarás como ellos lo hicieron con mis mejores amigos?
Sus rostros, que minutos antes reflejaban cierto grado de comodidad, se endurecieron.
El hombre notó un extraño brillo rojizo en los ojos de la joven, como si pudiera manipular el tamaño de su iris a voluntad.
—Estás muy tenso. ¡Tranquilízate! Actúas como si fuera a matarte aquí mismo —se defendió.
Ella soltó una carcajada tratando de disipar la tensión acumulada en su interior.
Se estiró perezosamente y volvió a bostezar.
—¡Suerte la tuya que me hice la manicura! Si no, ya te habría matado. Una lástima —lo provocó.
Trató de tomárselo con humor. No estaba en condiciones de razonar la situación.
—Pasaré por alto tus faltas de respeto… solo porque me di un festín y estoy ebrio —concluyó, mientras se ponía de pie, y se alejaba.
—De acuerdo, teniente coronel —arrojó, ella.
Él frenó en seco, se quedó inmóvil un segundo, extrañado de escuchar esas palabras salir de su mal educada boca.
Su única reacción fue devolverle un simple:
—Buenas noches, mocosa…
—¿Estará enojado porque no le hablé con respeto en el aeropuerto? —reflexionó en su mente.
Repentinamente percibió que el hedor del humo de los cigarrillos se había impregnado en su ropa.
Cuando se quedó sola, la tranquilidad inicial volvió a dominar el santuario.
Las carpas, atraídas por el reflejo de su figura en el agua, se acercaron en busca de alimento.
Pero no pudo seguir admirando el paisaje por mucho tiempo.
Sus responsabilidades habían aumentado tras ser ascendida como consecuencia de llevar a Hiromi hasta las instalaciones.
Tendría otra junta por la mañana. Esta vez, se animó a sí misma que podría lograr su cometido. Esta sería su oportunidad luego de tanto tiempo esperando tener una oportunidad como esta.
Al menos ahora estaba un paso más adelante.
—¡Silencio en la sala por favor! —ordenó el vocero.
Los asistentes acomodaron sus cuerpos en sus asientos.
No era una sala común; estaba equipada con cientos de micrófonos ocultos y paredes tan gruesas que podían resistir un ataque nuclear.
Incluso se percató de la presencia de inhibidores de señal dentro y fuera del aposento.
—Bien… Antes de comenzar la reunión, quiero que le demos un fuerte aplauso a Akami por su éxito y ascenso. Ahora es la jefa del departamento de investigación —con entusiasmo, anunció.
Cientos de aplausos resonaron en la sala, aturdiendo sus pequeños tímpanos.
Ella se levantó del asiento y reverenció a los presentes, aunque en su expresión no parecía darle demasiada importancia a la ovación.
—Otro punto que quisiera abordar con urgencia es el siguiente —el vocero, continuo.
Desde el proyector que posaba encima de sus cabezas, disparó la imagen proyectada encima de una pizarra blanca.
—Lo que ven es un medio de comunicación Noxiouano. Al parecer están al tanto de lo ocurrido en la estación de Tokyo.
Todos interpretaron la notificación como un percance desafortunado.
Pasaban de videos a las siguientes diapositivas. Buscaban captar la mayor cantidad de información antes de que cambiasen de página.
—Esta cadena nacional se empezó a trasmitir casi por todo el continente.
La firmeza de Akami se vio interrumpida al darse cuenta que esa misma noticia, buscaba, a la vez que solicitaba un pedido de captura para uno de los hombres qué lideraba.
Una cámara de vigilancia en la estación de Tokyo había registrado con máximo lujo de detalle el rostro del agente involucrado en el siniestro.
Murmullos y susurros iban y venían en todas las direcciones; se miraban unos a los otros ideando una respuesta inmediata.
La desesperación no fue el único sentimiento en expandirse con rapidez. Enojo, mal estar, dudas…
«¡¿Como fue posible esto?!>
«No fuimos cuidadosos con la situación>.
«¡Tiempo y recursos perdidos!>
«¡¡A la mierda! ¡Destruyamos ahora que podemos todo rastro de la operación!!»
Agarró coraje en ese mismo instante; dejó su asiento vacío y se atrevió a postrarse de frente para dirigirse a los funcionarios.
—¡Les pido que me escuchen! —Elevando la voz, pidió.
Del caos de voces, pasó de repente a ser dominado por el ruido de la estática generada por los focos de iluminación.
—Sepan disculpar mi falta de precaución al transportar el sujeto de pruebas. Acepto toda responsabilidad por esta situación y pido que todo castigo recaiga únicamente en mí. Pero no estoy dispuesta a entregar uno de mis hombres —frasea.
Otra vez volvía a predominar el sonido de bocas quejándose. Silenciosas maldecían el accionar y resultados obtenidos por su liderazgo.
«¡¿Te das cuenta de lo que hiciste?!»
«Solicitaré un avión para irme por la mañana del país!»
«¡Es inaceptable! ¡Solo es un estúpido agente! ¡Un número más!»
«¡¿Entregas el futuro de la nación por uno de tus hombres?!»
Toda opinión iba direccionada hacía la misma conclusión; la indiscutible decisión de entregar al agente vulnerado.
Verbal como mental fue la abrumadora presión que punzaba dentro y fuera de su ser, terminando así con su reclamo.
En voz alta nuevamente, volvía a captar la atención de todos los masculinos asistiendo;
—Lo entiendo. Si existe la posibilidad de entregarme en vez de él, lo haré —Pone la mano en su pecho.
«¡Impasible!»
«Vieron la cara del tipo».
«¡Quiero una solución ahora mismo!»
La mano del hombre con mayor edad de la junta se encontraba sosteniendo su misma cabeza; su mano tomo forma de puño con el afán en golpear fuerte la desgastada madera de la mesa.
—Se olvidaron que son funcionarios al gobierno —Impone con una voz ronca.
Este sería su primer pronunciamiento delante del caos generado recientemente.
Oirían con retenimiento cada palabra que saliese de su boca, todo lo que pretendía formular.
—Admiro la valentía y el honor que has demostrado al ofrecer tu vida en vez de la del muchacho. Pero usted, señorita —dijo, señalándola—, ahora es un alto mando. No podemos permitir que caiga en manos del enemigo.
Los brazos temblorosos del viejo solicitaron un vaso de agua. Por su estado de salud insistieron en que debía de tomarse un descanso.
Durante un prevé receso ofrecieron una gran cantidad de aperitivos durante ese tiempo.
Ella no se inmutó por ninguno de estos manjares que adormecían los sentidos con su dulzor.
Todos yacían posados en sus lugares; una voz pidió disculpas solicitando la atención de todos.
—Aquel hombre... —paseó el dedo índice frente al rostro de cada uno de los presentes—. ¡No se discute! ¡Entregaremos al agente! ¡Si juró lealtad a la patria desde niño, entregará su vida por ella! —declaró con angustia.
Sincronizados entre sí ascenderían con las cabezas en frente en forma de cooperación al mandato.
Aunque Akami quiso seguir discutiendo la toma de decisiones, terminó siendo interrumpida por un tono que era familiar para tus oídos proveniente del fondo de la habitación.
—¿Porque deberíamos entregar a uno de los nuestros solo porque salió en las noticias? —contrarrestó.
—¡¿Y lo preguntas todavía?! —exclamó el agente.
—No me importa cómo te haga sentir esta situación. Conserva tu postura —le dijo, rebajándolo con la mirada—, ¿De dónde proviene esta información?
El asistente de la junta tomó iniciativa ante su inquietud: supuestamente un diplomático Noxiouano había resultado herido. El hecho fue clasificado como un atentado según las autoridades de su nación.
Agora... —clavó la mirada en sus ojos—. ¿Por qué entregas con tanta facilidad a tus hombres? —preguntó con desconfianza.
Aquellos vistazos juzgadores se dirigían directamente hacia su figura expectantes de recibir una respuesta inmediata.
—Provocaste este lio… sueltas a tus subordinados como basura ¿Y después quieres entregarte? —titubea.
—A qué quieres llegar —ofende—.
Esa voz a lo lejos intencionadamente provocada una irritación en ella.
—Sospecho que andas detrás todo esto —apoya.
Oculto detrás de un sofá, oyó todo de principio a fin. Su consciencia, irritada por el pánico de ellos, provocó su pronunciación.
No fue visible hasta que se movió al costado de la mesa, donde descansaba la máxima autoridad.
Como era de costumbre en él, antes, como durante el transcurso de la reunión, tomó y fumó.
—Ningún capitán negociaría la vida de sus hombres. Respóndeme a lo que te pregunté —apuró.
—Juzgarme fuera de la ley es un crimen grave —defendió la dama.
Como las únicas voces que reverberaban dentro de esas cuatro paredes eran las suyas, el restó quedó en silencio el choque de aquellos dos.
—No necesito un tribunal para ejecutarte aquí mismo si confirmo mis sospechas que cometes alta traición —consuma.
—Deberías tratar la pérdida de tus amigos con un psicólogo —lo aconseja.
Estas últimas palabras provocaron que se desplazara cada vez más cerca a la posición de Akami.
Parecían dos bestias luchando entre sí por demostrar quien dominaba al otro.
—Qué harás Agora… ¿Serás tú la que lo entregue al agente? ¿Tú escribirás la carta explicándole a su familia de su desaparición?
El hombre expresaba el disgusto a través de sus expresiones fáciles. Por otra parte, ella mantenía firme su postura; espalda recta, elevando su montón con una sonrisa de muñeca de porcelana.
—¿Cual fue tu motivo para explotar un vehículo en una zona con civiles? —continúa interrogándola.
Esa sensación de disgusto era emanada por todos los presentes.
Tan solo parecía faltar la mínima chispa para encender un pleito inevitable. Toda provocación se fue acumulando en ira.
Segundos antes de que la situación escalase para más, fueron interrumpidos por el grito irritante.
—¡Silencio! ¡Basta con esta discusión! ¡Pónganse de pie para recibir al presidente de la nación! —dirige.
Las bisagras de la puerta, cual se encontraba detrás de ellos, quedaron abiertas en par.
Un nuevo e inexperimentado presidente compartía el mismo oxígeno que los funcionarios encerrados en esa habitación impenetrable.
Este preguntó la situación de crisis por la cual estaban atravesando.
—¿Es necesario humillarnos por esas lacras? —enfoca.
—Sixaounia es aliada de Japón. No podemos negarnos a cooperar —contradice el anciano.
—Inteligencia se había adelantado al entregar un comunicado de captura —agrega un tercero.
Los departamentos del gobierno eran perturbados por cientos de llamadas provenientes de la embajada de Sixaounia.
La presencia del primer ministro allí estuvo convocada para dar confirmación y continuar con el restante del proyecto.
Hizo saber a sus autoridades la urgencia de volar hacia el extranjero para ayudar con la investigación del atentado.
Tocó el hombro del jefe del departamento. Mismamente el viejo devolvió el afecto recibido.
—Lo dejo en tus manos —constituye.
—¡Se levanta la sesión y mañana a primera hora continuaremos con el proyecto! —vociferó el asistente.
No existía la posibilidad que alguno seguirá perdiendo un solo segundo.
Cayo él atardecer y la oscuridad de la noche se apoderó del sitio.
Akami, Inmóvil frente al enorme espejo del baño, observaba cada detalle de su fino rostro. Estuvo quieta analizándose durante un largo tiempo.
Parecía estar todo normal. Dejó correr el agua y con su mano derecha accionó el dispenser de bajón.
Delicadamente frotaba el líquido espeso dentro de las uñas por debajo y por arriba.
El agua resultante de eso que escurría por el drenaje, estaba enturbia por tonos marrones y rojizos.
Seguido, movió el dedo central junto al índice, así sostendría con firmeza la piel alrededor del glóbulo ocultar.
Esa misma extremidad primordial hizo que colisionara de lleno al ojo.
Y de esa acción, se desprendió un objeto pequeño en forma de ovalo; muy circular, tan suave e delicado como una delgada lámina de hidrogel.
Vuelve a visualizar su reflejo. El pigmento marrón se había esfumado por completo.
Ahora era notable la llamativa colorida rojiza predominante en su iris.
Quedaban tan solo media hora para que tuviese que abandonar el complejo militarizado.
Aprovechó este íntimo tiempo para culminar algunas cuentas pendientes que tenía desde que pisó aquel lugar.
Nuevamente se encontró parada por fuera de esa puerta. La misma donde animó al inocente Hiromi tocar su pecho.
Tocó el timbre. La puerta se abrió lentamente, el suave rechinar de las bisagras delató la ansiedad del inquilino.
Él le dio la bienvenida invitándola a pasar al cuarto. Ella con amabilidad le sonrió a la vez que se agachaba para quitarse los zapatos antes de ingresar.
—¿Tu hermana está aquí?
—Está en la habitación donde la dejaste —acota.
—No me hiciste caso cuando te dije que te bañarás. Eres un pervertido y sucio niño —riéndose, sospecha.
De su desesperación igual a vergüenza que sintió al escucharla decir eso, brincó desde del futón.
Le provocó una carcajada silenciosa. Le pidió que dejara de ser sucio y que por favor no se le acercara tanto, mientras daba sorbitos a su té.
Si de por si le quedaba nula autoestima, esa última frase terminó por hundirlo en un pozo depresivo.
—Nervioso, mueve los dedos. Me siento muy incómodo…
—¿Sí, por qué? —atendió.
Enseguida entendió lo que quería expresar, aunque la inmadurez de él se lo imposibilitara.
—Ah… Eso. Tú me lo pediste…
Iba alterando su vocabulario a medida que su cara se iba tornando completamente roja.
—Si… Fue algo así;
—Estuve a punto de llamar a la puerta —Señala la entrada—. Cuando noté que se encontraba abierta. Entré y te vi tirado en el piso llorando.
—¿Estás bien? —te pregunté.
—Me trajeron aquí para morir… ¡Y todavía no pude tocar un par de tetas! —lamenta.
—Te vi demasiado emocionado —hace memoria.
Cuando entendió la verdadera naturaleza de sus pensamientos lascivos, apretó con gran vigor los alrededores de su cuero cabelludo.
Justamente después de que volviera abrir sus ojos, vio por debajo de la gargantilla de la camisa blanca de ella una mancha pequeña, ocasionada por algún fluido extraño.
Ella, extrañada por la situación, se quitó la prenda manchada que ocasionaba la desarmonía en su figura.
Quedó sorprendida al notar la capacidad de observación que tuvo al instante.
Se ofreció a darle ropa nueva. Misma que habían entregado por la tarde a los huéspedes.
—Si no te molesta…
Antes de que se cambiara la camisa, le pide que se volteara unos segundos.
Dominaba una inquietud al tenerla nuevamente desnudando frente a él. Con su vista pendiente al horizonte, extrañó que alguien como ella pudiera cometer tal descuido así arruinado su angelical imagen.
—Un pequeño despiste.
El tiempo que duró entre cambio de prenda fue el mismo que reflexionó del error que había cometido.
Estuvo recordando lo que había hablado anteriormente con el chico, atrapada en sus pensamientos fue cuando una voz proveniente del exterior la aterrizo en tierra.
«Señora, lo que ordenó llegó»
Se levantó del asiento donde reflexionaba trasladándose donde esperaba a ser interceptada por el paquete cual quedó aguardando su llegar por horas.
Un roble de tamaño considerable imponía presencia en medio de cuatro paredes, predominantemente por los alrededores albergaba única oscuridad.
los acompañantes clavaron con destreza barrenas en cada esquina.
Al caer esta pared, misma que servía de acceso al interior, invadió a todos el tufo proveniente de ahí dentro.
Los sujetos vestidos del color ambiental predominante, procedieron arrastrar a las tres personas agonizantes que se encontraban aferradas a las paredes de tablones delgados de la caja.
Esas almas desplomadas y mugrientas en el suelo, les causó a todos un pequeño sentimiento de repulsión.
Con delicadeza por detrás de la espalda, abrió la botella de agua que cargaba consigo.
La persona más joven, una niña, intentaba lamber el líquido derramado por todo el piso.
Después de que dificultosamente pudiera dar algunas lambidas al agua ya contaminada, su diminuto corazón entró en estado de taquicardia.
La expresión de la mujer cual tenía enfrente, era visible incluso en la oscuridad de ese deposito por un pequeño destello rojizo proveniente de los ojos de la dama de traje. esos mismos glóbulos oculares que la ayudaron anteriormente ahora pasaban a ser su mayor verdugo.
—Hola, Ari —se pronunció.
Alrededor de su mirada, comenzarían a sobresaltársele los vasos sanguíneos, cada vez con mayor violencia.
Desde sus cuencos oculares, descenderían esos mismos espasmos por la arteria que baja por su cuello, culminando en el talón de sus pequeños pies.
Y de tal forma, la adrenalina fue dispersada a hacia cada una de las extremidades que conformaban su materia; así culminaron estallando varias arterias oculares, sintiendo nulo dolor.
La sangre que chorreaba a cántaros por su iris, nubló la cruda imagen reflejada en el charco de agua que yacía en el piso.
Cualquier intento que la adolescente hiciera con el mayor de los esfuerzos ordenando a sus músculos obedecer su voluntad era totalmente inútil.
Quizás le quedaban alguna mínima fuerza como para que pudiera únicamente mover los párpados.
El mismo infierno se le manifestó por el órgano que le permitió visualizar el mayor de sus tormentos.
De pronto, la mujer con el pelo carmesí, arrastraba la suela de los zapatos, armando un estruendo que reverberaba por todas las esquinas, y para cuando ese rebote llegó por segunda vez a sus oídos, esa honda vino acompañada con las perturbaciones emitidas por el anciano.
Jadeaba suplicando que se detuviera; las lágrimas, debido a la contracción de su cuello, no paraban de escapársele desde sus ocelos.
Ella ejercía más presión cada vez que escuchaba los quejidos débiles del hombre mayor emitidos por su aparato fonador pero estos iban perdiendo decibeles a consecuencia de estar siendo desgarrados por una cuerda de acero, misma que Akami utilizaba para agredirlo.
La esposa del sujeto intentó levantarse, tumbarla a la joven tirándole su cuerpo encima, aunque esto solo provocó que el estómago blando y débil de la señora fuese impactado por la pierna del verdugo.
Sin aliento tirada en el suelo, entendió que nada de lo que tramará podría detener aquella escena de violencia.
La sangre emanada a montones, trazaba la línea al paso del arrastre del cuerpo, enturbiando el reciente lustre del piso.
Doblegada aceptó que pronto le tocaría pasar por el mismo distinto que su marido; moribundo, arrojado nuevamente hacia el interior de la caja de madera.
Pero con la mujer mayor no utilizó ningún utensilio. Con las mismas manos que accionaban las pesadas cuerdas, ordenó a los caballeros terminar con el asunto.
Una pizca de piedad es lo que recibió la anciana de su parte. Terminó su calvario al momento que miró a los ojos al hombre que le apuntaba.
Ari sintió el chispazo, el destello fugaz, impactando contra su lastimada córnea.
—¿La pequeña? —sondea un agente.
El momento culmine fue el haber exterminado la vida de sus dos abuelos.
Al instante que Akami clavó la mirada fijamente en la adolescente, no hubo bello alguno que no se hubiese erizado en su dermis.
Utilizó las últimas energías que poseía; tal fue el subidón dé adrenalina al notar que la figura demoníaca se dirigía hacia ella.
La niña intentaba pararse, aunque no tuviera las fuerzas para mantenerse de pie. Todo alrededor suyo le daba vueltas porque aquel pavor que experimentaba no era soportable para ningún ser humano.
Rogaba suplicaba por su vida; quebrantaba en llanto de sudor y sangre para que le dejase vivir.
Por la coleta de su cabello la agarró tirándola violentamente hasta el lugar de inicio que tanto se había esforzado por avanzar.
Ese zapato, manchado de la sangre de sus parientes, ahora pisaba su enclenque espalda.
Gemía por la falta de aire en sus pulmones a causa de la presión que ejercía el peso de ese pie encima suyo.
De un segundo para otro, dejó sentir la sensibilidad en su brazo derecho porque este fue sujetado con tanto agarre que se le hizo imposible percatarse con la rapidez que la joven mujer rompió por la mitad la extremidad.
Entre tanto de esta torturada, los oficiales del fondo observaron con pavor el desarrolla de toda la escena delante de sus ojos.
El pánico comenzó a invadirlos… también un pavor desenfrenado que, aunque ella fuese camarada, tenían la necesidad de salir corriendo de esa situación a cómo diese lugar.
Solo necesitó un movimiento rápido a la vez que sutil, así nuevamente volvía a tenerla entre sus fauces para hacer con ella lo que le plazca.
Levantó más alto el brazo de la niña, fuerza que usó para hacer implosionar los músculos, huesos y tendones alrededor del área que oprimía con sus manos.
Aquel dolor era semejante a sufrir una condena en el infierno, intensidad que ocasionó el desplome final de la muchacha. Su cuerpo se dio por vencido.
—¿La mató? —inquieto, preguntó el caballero a su lado.
—No. Me contuve. Tenía que dejarle una marca —argumenta.
—¿Con qué motivo? Pudo haber silenciado a los tres rápidamente —inquirió, incapaz de comprenderlo.
—Suéltenla lejos de aquí pero inyéctenle adrenalina para evitar que muera… el resto quémenlos.
Impunemente, salía caminando de ese galpón rumbo a su habitación. El nivel de cortisol en su sistema nervioso comenzaba a disminuir cuando idealizaba las dudosas y cálidas sabanas que la esperaban en su cama.
Giró la canilla derecha, la que permitió el flujo de agua caliente, y por la a mitad, la izquierda. Así esperó a que se llenara la tina.
Sumergió su cuerpo recubierto de fluidos y hedor nauseabundo en el agua. Notó una picazón por debajo de su pecho; esa cicatriz seguía palpitándole como el primer día que apareció.
Y se preguntó en su cabeza el origen de ella. Cuál era la razón por la que tenía tal defecto, por qué tenía que cargar con él.
Apenas termino el aseo, apagó la luz del baño. Entretanto secaba su pelo con una toalla mientras caminaba semidesnuda a la sala de estar.
Ahí la vio acostada en el sofá.
Confirmó el horario; moviendo la cabeza hacia un costado para asegurarse que eran las doce la de noche.
—Estás despierta —acude.
Ella se mantuvo reposada mirando hacia afuera por la ventana que yacía entre abierta.
No respondió a su pregunta. Por lo tanto, decide acercársele, sentándose a la misma altura que su cabeza.
—¿Necesitas algo? —atiende.
Tampoco tuvo respuesta.
El silencio que devolvía marcaba un rotundo. Su compañía no era bienvenida.
En ese mismo momento incómodo, la miraba más de cerca. Nota porque se encontraba inquieta despierta hasta altas horas de la madrugada; entonces ve entre sus piernas como decencia sangre.
—Hide…
Devolvió la vista directamente a sus ojos.
Aquella acción terminó por confirmar la intranquilidad que percibía.
—A todas las mujeres nos pasa eso cuando llegamos a cierta edad. No tienes por qué preocuparte —dilucidó.
Se tomó su tiempo para explicarle lo que le estaba sucediendo a su cuerpo, ahora el de una mujer.
Entre todo el palabrerío que soltó, por debajo de la almohada donde apoyaba la cabeza, iba metiendo despacio los brazos.
Buscaba con la yema de los dedos un objeto que anteriormente había guardado. Sin embargo, a último momento durante la conversación desistió.
—Ven, recuéstate sobre mis piernas —la invitó.
Sumamente, limpiaba sus muslos manchados de fluido con la toalla que había quedado húmeda al secar su cabello.
Ruidos desde el exterior aparecieron; golpes del viento contra el vidrio de la ventana debido al torrencial que de nuevo azotaba la región.
Al tanto, acariciaba su plateado pelo.
Entrelazaba sus dedos uno por uno. Esos cabellos con textura tan suave, digna de ser llamada cabello de ángel.
Escuchaban el relajante sonido de la lluvia, así fue como ambas quedaron dormidas pegadas una a la otra, como si parecieran madre e hija.
Del otro lado de la pared amanecía su hermano, adolorido porque los fármacos dejaron de anestesiarlo.
Ese sitio al ser un lugar desconocido a la vez que hostil para él, prefirió no salir de la habitación hasta que se lo ordenasen.
Ansiosamente se quedaría esperando encerrado a ser llamado.
Cuando el aburrimiento terminó por agobiarlo, prendió la televisión.
En ese preciso momento estaba siendo consciente de lo que había ocurrido en Tokyo.
Intentaba hacer memoria; algo de todo eso se le hacía familiar, aunque la amnesia terminaba por dominar sus recuerdos.
En las noticias, no cedían de trasmitir el mismo tópico todos los días. Únicamente comunicaban tragedias o más morbo que alimentaba la paranoia de los ciudadanos del país.
De un momento para el otro, la televisión se apagó por un fallo eléctrico.
Dejó de visualizar el panel de la tele para ahora mirar su cara lastimada reflejada a través de esta.
Y Justo por detrás de su reflejo, se hallaba la figura que tanto esperaba que viniese a verlo.
—Las noticias te lavan el cerebro…
Él se levantó rápidamente del piso, como si le hubiera dado una orden.
—¡Necesito pedirte un favor! —tartamudeó.
—Colocó detrás de su cadera las manos—. —¿Sí? —atendió.
—Quiero hacer una llamada —nerviosos expresa.
El rostro de ella cambió, ahora se mostraba confundida por la petición.
—Aquí no se pueden hacer llamadas. Tendríamos que movernos hasta Yūbari —concluyó.
El no entendió el motivo de esa respuesta.
Al ser una joven serena, amablemente pasó a explicarle que; por todo el perímetro, dentro de lo que cubría el recinto, sería imposible realizar la llamada por los inhibidoras de señales.
Para su suerte, se ofreció llevarlo hasta la ciudad más cercana, pero sin antes saber el motivo de su insistencia.
Nervioso, trajo a colación la existencia de una persona importante para él. Solo quería hacerle saber su estado, que se encontraba bien.
Intrigada, le preguntó el nombre de esa tal persona, aquella que le robaba su tranquilidad.
«Haiden. Estuve llamándote muchas veces. Seguro no puedes atenderme ahora. Quería decirte que estoy bien. Yo y mi hermana lo estamos. No tengo idea si me escribiste estos días pero ya no tengo forma de comunicarme… tampoco la tendré por un largo tiempo. Discúlpame por molestarte. ¡Te quiero hermano!». texteo.
—Listo. Ya podemos regresar, Akami.
Justo cuando extendió la mano para entregarle el celular, este comenzó a vibrar.
Por la pantalla se podía ver; era el mismo número cual estuvo marcando repetidas veces.
—Ella, dudando, le dice—: ¿Vas atender?
Su mano sostuvo con gran firmeza el teléfono. Dudaba entre responder o solamente dejarlo pasar.
No fue capaz de mantener la frialdad en ese momento. Apretó el botón verde en pantalla y acercó el celular a su oreja.
—¿Hola? —habló.
—Hola… Hiromi. Soy Naomi. Discúlpame por no contestar tus llamadas —enunció.
—Naomi… Tanto tiempo. ¿Dónde está Haiden? ¿Por qué tienes su celular?
—Está durmiendo… Si estuvi…
Ella, antes de que pudiera su oración, fue interrumpida. Él se encontraba irritado al reconocer el timbre de voz que respondía desde el otro lado.
—Tengo que irme. Dile cuando despierte que le mando saludos —remata.
—¡Pero necesito hablar lo qué pasó! —alteró.
—Discúlpame. No quiero escucharte...
—¡Hiro! —entreoyó, después de colgar.
La mujer bromeo ante tal situación sospechando que se encontraba discutiendo con alguna ex novia.
Un poco molesto, le contesto que su suposición era incorrecta.
«¿Regresamos por favor?»
Akami se apenó porque se encontraba tranquila, comiendo un helado, hasta que Hiromi tuvo que molestarla con su mal humor, haciendo que tirase el helado.
Conducían de nuevo rumbo al complejo, ahí es cuando se sintió con la confianza de consultarle;
—Todavía no me dices que clase trabajo haré —se queja.
—Ni bien lleguemos de vuelta al cuartel, te llevaré a que lo averigües —tranquiliza.
Luego de ese intercambio de palabras, ambos, durante todo el camino, guardaron un silencio incomodo.
Por la entrada principal, esperaban la llegada del vehículo. Una custodia se mostraba sumamente ansioso, el otro, fumaba a la vez que tomaba una petaquita de licor que escondida disimuladamente en su bolsillo.
Este primero, se adelantó asomándose hasta la puerta del auto para abrirla.
«¿El viejo traumado?» pensó.
Los dos se miraron la cara fijamente al otro: por dentro, seguía ardiendo esa llama, esa intención que se percibía alrededor de sus almas conflictuadas.
—Pensé que tenías el viaje a Tokyo —imaginó.
Dio una seca a su cigarrillo, que terminó por tirarlo al quedar solo la colilla. Seguido, bebió otro shot de ron.
—Dentro del bolsillo de su abrigo sacó unos papeles y le dijo—: Al parecer soy la persona más afortunada del mundo. Por eso necesito que pongas tu firma aquí —con sarcasmo, culminó.
Desde el bolsillo de la chaqueta sacó un marcador indeleble. Así, firmó la autorización, luego se la entregó.
—Ahora estas a cargo, Agora…
Algo dentro su conciencia entendió la responsabilidad con la cual cargaba ahora.
Todas las miradas estarían al pendiente en sus acciones, cuestionándola, porque ella no pertenecía a esas tierras aunque había jurado lealtad a la misma.
Del otro lado del complejo, se encontraba una zona designada exclusivamente para el personal de salud.
Ahí, se encontraba él, esperando en ese largo pasillo, a la espera de ser llamado por la puerta al costado suyo.
Inquietante era el contraste existente por fuera como en el interior del lugar: hormigón teñido de negro en el exterior, y desde adentro, aturdía el porcelanato blanquecino.
Desde el centro del consultorio, escucha la llamada de su apellido. A levantarse, debido al intenso dolor, percata de la cantidad de moretones que tiene esparcidos por todo el cuerpo.
Adolorido, se movió hasta la camilla para sentarse, aunque en ese mismo momento, la doctora se percata del estado de sus piernas, insistiéndole en que debía de acostarse.
Quita las prendas con suma delicadeza, tratando de no hacerle sentir dolor pero a veces era inevitable.
La profesional reflexiona a medida que indaga más en los síntomas del chico.
Anotó en un papel las medidas de sus extremidades, color de ojos, tono pelo. Cada parte de su organismo parecía estar diseñado por las mismas manos de Dios: una belleza que lograba incentivar todo tipo de deseos entre las personas que estuvieran cerca de su presencia.
La doctora estaba fascinada, como si estuvieran estudiando a un animal nunca antes visto. Sus características biológicas reflejaban la perfección evolutiva.
Finalizó su labor, no con una hoja, sino con algunas cuantas plantillas que había llenado a lo largo de toda la consulta.
Por encima del escritorio, presionó un botón de teléfono. Enseguida, una luz roja, indicaba la comunicación.
No logró distinguir lo que la señorita estaba murmurando pero esto no hacía más que aumentar su ansiedad al no entender que estaba ocurriendo.
—lo tranquila, diciendo—: Estás más que bien. Todos los resultados salieron de maravilla.
Fue apenas salir del consultorio, Akami aguardaba su llegada, la misma que se había vuelto tardía.
Ella lo felicita inesperadamente.
Extrañado por ese comportamiento, instaba el motivo: vital era que aquellos estudiosos salieran favorables para ambos.
Aunque escuchar eso salir de su boca, dejó un nudo en su garganta.
Tampoco tuvo el coraje de seguir insistiendo con el tema.
Hicieron unos cuantos pasos hasta culminar la caminata en el centro del fuerte. Ahí custodiaban con mayor recelo lo que se ocultaba por debajo de esa puerta.
Rangos, condecoraciones, no importaba nada del mérito propio. cualquier alma interesada de ingresar por esa imponente puerta, sin autorización, debía de ser examinados de pies a cabeza, por dentro y por fuera.
Ella, adelantándose, dio el primer paso hacia delante. Por encima suyo, se encontraba una pantalla: en la imagen que devolvía al monitor, mostraba un filtro translucido blanco y negro, provocado por los fotones que chocaban contra los cuerpos extraños, así revelando toda incredulidad ante el intento de burlar ese sistema.
Entonces, pasaba por sus zancas el detector de metales. Todo estaba en orden, así le cedieron el paso.
El guardia, al momento de levantar el brazo para acercar el aparato hasta la cabeza de la muchacha, entró en estado de alerta.
Rápidamente, sin pensar en otra cosa, dirige la mano encima del estuche que colgaba por la cintura, donde guardada su arma.
—Perdón —dijo, con vergüenza—. Me olvidé de mencionar la cápsula entre mis dientes.
Ella conocía el protocolo. Un pequeño percance que le hizo olvidar de informar lo que cargaba dentro suyo.
Se adelantó al respecto del accionar de los guardias. Por esa misma razón, la calma nunca abandonó su juicio, aunque de Hiromi no se podía decir lo mismo.
Lo tomó de la mano, así tirándolo para adelante, debido a que quedó conmocionado por la escena de hace unos segundos atrás.
Ahora, se repetía nuevamente el protocolo, pero esta vez, el sería el protagonista. Ese mal entendido le robó la poca calma que tenía.
Latía con más rigor su órgano vital: Bombeo que aumentaba a consecuencia de tener efectivos persiguiéndolos por todo el camino.
Tampoco servía de consuelo la oscuridad predominante, donde la poca luminosidad era emitida por tenues señales de emergencia.
A medida que la caminata extendía su duración con cada paso daba, cargaba sobre su conciencia una renaciente impaciencia por finalizarla.
Por delante de él, guiaba el paseo la imponente joven. Cuando intentó buscar alguna forma de liberar ansiedad, empezó a divisarla por completo.
Una tenue ráfaga de aire impactaba de lleno sobre el rostro suyo. Y como si fuese de un opioide, el aroma de su pelo siendo arrastraos por la brisa entumeció sus sentidos.
—¿Todo en orden? —consulto—. Estás… transpirando.
—Sí, eso creo —respondió—. ¿Adónde nos dirigimos?
Únicamente tuvo la decencia de responder a su duda sonriéndole. Dentro de no mucho tiempo, llegarían al final del recorrido.
Mismo tramo no era más que otro ramal de distintos: habiendo en total tres que se dividían en diferentes recorridos.
Él grupo siguió marchando por la abertura que se abría en el medio, cual este los llevaría hasta una puerta cuya forma era imposible de ver al completo por la poca visión alrededor.
—No te separes de mi lado, por favor —suplicó.
Por el piso, se comenzaba a trazar franjas amarillas con blanco, la cual parecían salir, como recorrer de un extremo al otro por todo ese camino. Aunque no pudo averiguar de donde salían, o hacia donde se dirigían porque parecían
Entonces, la caminata del grupo culminó luego de tanto recorrido. Al lado de Akami se encontraba un panel eléctrico.
En el momento que la muchacha se dirigió a pararse encima de aquel artefacto, se trataba nada más y nada menos que de un escáner biométrico.
Otra luz verde, tenue, distingue el salir de esa pantalla. Entonces, tuvo el visto bueno para seguir adelante.
Él, como los hombres armados, tenían la obligación de escanearse antes de poder atravesar la puerta gigantesca, la cual yacía cerrada delante de ellos.
Ella levantó un recubrimiento de plástico, que posaba encima de un botón, y su impecable mano, presionó el botón debajo del artefacto.
Volvía a reflejarse en el cristal de la pantalla, con esos píxeles verdes. Entrones, sé voltearon a esperar que la puerta se abriera.
De un instante para el otro, la corriente qué pasó a través de los gruesos cables, colgados encima de sus cabezas, encendió un reflector que iluminaba los alrededores del perímetro de la entrada.
Luz emitida con una sutil coloración roja que, al reflejar contra los charcos de agua postrados en el suelo, revelaban que aquella habitación era mucho más enorme de lo que parecía.
Esto, él, lo noto desprevenidamente: una barandilla de varios metros de grosor recorría los dos extremos del costado del camino. Debido a la escasa luminosidad, la cual le mostró que en realidad estaban en el centro de un precipicio, donde el aire, desde abajo, corría haciendo mover algunos medidores.
El verdadero motivo, por el cual no existía corriente eléctrica en ese punto justo del complejo, era principalmente la depresión tan grande que los rodeaba, un gasto incensario de recursos para solo iluminarlo.
De la nada, percibió como todo el puente parecía temblar por alguna extraña razón. Esa vibración aumentaba con el paso de los segundos.
Por arriba de las barreras de acero, teñidas de negro, se alimentaban más focos, con la misma tonalidad de la sangre.
Aquel evento, no solo iba acompañado de vibraciones por doquier, a su vez, oían más de cerca un estruendo que a cualquier persona, en ese mismo lugar, sintiéndose tan diminuto por las dimensiones colosales del recinto, perturbaran.
Al tener casi de frente al generador de esos eventos extraños, cedieron de un segundo para el otro.
Algo estaba detrás de esa puerta. Era imposible que algún ser vivo emitiera esa clase de sonidos y estruendos abrumadores.
El ambiente se quedó completamente en silencio cuando toda esa maquinaria se detuvo delante del grupo, quienes esperaban ansiosos la apertura de la entrada.
Pistones, clavijas de seguridad como demás sistemas hidráulicos ponían en marcha su accionar para lentamente ir levantando la barrera.
Hiromi tensionó la gran mayoría de sus músculos pensando que alguna criatura extraña podría salir de ahí dentro.
Tragó cientos de nudos en su garganta, esperando a que le dieran alguna orden que podría marcarse o peor para él.
Mientras el mecánico elevaba el portón de seguridad, al momento de llegar casi por la mitad del esfuerzo, sus inocentes ojos no podían dejar de enfocar la oscuridad que emanaba dentro del interior de ese elevador.
Trabaja rigurosamente su órgano principal: su cerebro ingenuo era inyectado de adrenalina, su organismo le daba un pase gratis para salir corriendo de ese lugar cual no paró de ser hostil desde su llegada.
Cerró los ojos, apretándose los dientes en el intento de amortiguar el eminente ataque que recibirían de lo que estuviera atrapado allí dentro.
Seguido de escuchar un fuerte golpe, como si de un objetó sumamente pesado cayera, impactando violentamente contra el pavimento.
Grito desenfrenadamente:
—¡Cubriéndose la totalidad de su rostro con su mano y lo que pudieran del rostro con los brazos!
Todos se voltearon a mirarlo desconcertadamente. Se quedaron varios segundos en silencio observándolo, hasta que un guardia se atrevió a romper esa incomodidad preguntándole:
—¿Te pasa algo?
—Eh... este... —dijo, abriendo los ojos.
Del interior de la apertura, se encendía una fluorescencia cálida, mostrando que adentro de ese hueco no se hallaba ninguna criatura.
—No había nada ahí? —intranquilo, dice, mientras apuntaba la mano hacia la dirección del elevador.
—Es solo el ruido del ascensor —aclara la joven.
—Pero… ¿Todo el ruido?
El operario de la maquina estalló en una resonante carcajada. Mientras se secaba las lágrimas, recuperando el aire, tranquilizó su paranoia explicándole que solo era el ruido de accionar mecánico de todas las piezas del mismo elevador.
Su zapato se elevó unos pocos centímetros en el aire para después dejarlo caer.
La primera parte de su pierna, que posó sobre el suelo del elevador, fue la planta del pie. Por debajo de la suela, quedó atrapada una pieza mecánica.
—Es normal que esta pieza esté suelta? —preguntó, apartando el trozo de metal con su talón.
Luego, todos los presentes, lo miraron fijamente, acción que únicamente fue ocasionada por su enorme ignorancia que demostró desde el primer momento en que llegaron a ese lugar.
—Presiona el botón que está a tu derecha, por favor —solicitó la mujer.
Giraron nuevamente los rodamientos que accionaban el motor del portón, haciendo que lentamente bajara la puerta.
Ahora otra vez se encontraban sumergidos en esa oscuridad segadora debido al repentino apague de los focos centrales de arriba.
Un poco por encima de la entrada, se hallaba una pantalla cual llevaba una cuenta: esta media los metros que estaban descendiendo.
Mientras tanto, a medida que iban descendiendo más profundo en la tierra, franja de luces coloradas, impactan de lleno contra las figuras abordo.
Desde que habían estado en tierra firme, estuvieron osado algunos minutos, a la vez que el altímetro seguía sumando números a su cuenta.
A la altura de dos mil metros, el aparato dejó de sumar dígitos. Se detuvo por completo al ritmo de un pitido alarmante.
Por las rejillas de metal, la que funciona como divisor de un lado al otro, ases deslumbrantes se colaban por las rencillas.
Encandilarlos también suponía una importante regla del protocolo: asegurarse que las personas, quienes bajasen hasta ese lugar, fueran solo personal autorizado.
Un soldado, al notar aquella cabellera rojiza, características de ella, levantó el puño en alto, dando la orden que bajasen las armas.
—¡Señorita Akami! Un gusto volver a verla.
—Pensé que esta vez sí me iban a disparar —dijo, riéndose.
—¡Discúlpeme! ¡Pase por favor! —se disculpaba, mientras que tomaba acción para apartarse de su camino.
Un solo paso hacia delante le bastó a Hiromi para tomar consciencia de la verdadera escala del sitio donde se encontraba.
El grupo de la superficie, quienes se encargaron de escoltarlos hasta ese punto, volvieron al elevador.
Ahora, con la ayuda de un chofer y otro guardia, siguieron caminando en dirección al interior del gran agujero civilizado.
Desde lejos se podían ver como personas al igual maquinarias se movían trabajando de un lado para el otro: parecían hormigas en un gigantesco nido.
El asombro del joven fue tan impactante que no daba lugar a que algo como lo que estaba delante de sus ojos pudiera existir.
Llamarla una ciudad subterránea sería faltar al respeto a cada uno de los ingenieros quienes dieron la vida para llevar a cabo tal obra como esa.
Una maravilla de la ingeniería japonesa: resplandece, encandilando a los que se atrevan a levantar la mirada para ver el domo de hormigón blanco cubriendo cielo como al igual que las paredes.
Allí abajo, el aire se sentía distinto. No molestaba respirar ese oxígeno, aunque en algunas ocasiones, en los residentes del lugar, se podría llegar a presentar pequeñas alergias o irritaciones debido al polvo que se colaba por los sistemas de ventilación.
Unos cuantos pasos más, acabaron detrás de una parcela. Parados ahí, esperarían la llegada de un vehículo cuyo destino sería llevarlos hasta otro punto, cual tampoco se habló en donde quedaba.
Él creyó ingenuamente que todo lo divisado, era el refugio subterráneo completo pero este se dividía en distintas zonas especializas en diferentes áreas.
Dimensiones descomunales separaban sectores de otros. Su vehículo, en particular, se dirigía donde existía un modesto edificio de viviendas.
Exactamente, esa construcción, se hallaba dentro del mismo manto terrestre, y por afuera de la roca, sobresalían cientos de balcones.
Aquel pequeño transporte, se detuvo a las afueras del aposento. Una entrada que se asemejaba a un hotel cinco estrellas, aunque la firma arquitectónica del lugar, era la frialdad del hormigón blanco.
Por arriba de sus cabezas, sin previo aviso alguno, se escuchó un fuerte relámpago, acompañando una formación de nubes.
—¿Una tormenta acá abajo? —se preguntó así mismo al mirar el cielo raso.
Dentro, en el lobby, notable era la diferencia cromática como ambiental percibida. Todo aquello le resultaba hostil, siendo a su vez confuso para su mente aturdida.
—Sube hasta el piso anotado en la tarjeta que te di, tu habitación esta detrás de la misma —indicó un Akami, señalando el ascensor—. Mañana temprano llamaré a tu puerta. Descansa por hoy.
Subió hasta donde le indicaba su colgante, otorgado por su cuidadora, siguiendo al pie de la letra las indicaciones que le dio, así evitaría perderse.
Con la punta de los dedos empujó la tarjeta, apoyándola levemente por la cerradura Smart. Este, detectó la tarjeta, así accionaria el mecanismo, permitiéndole entrar al cuarto.
Dentro del espacio, predomina la ausencia de luz, sin embargo, terminó por esfumarse cuando utilizó el codo, dando corriente a los focos con un golpe limpio.
Caminó despacio, hasta el centro de la sala: dividida entre una cocina como también sala de estar amueblada.
Se llevó un susto tremendo al notar una masa amorfa, cubierta entre sábanas, al igual que las almohadas alrededor delataban la figura de una persona acostada, tirada sobre ese sofá.
Giró la cabeza, buscando con la vista algún utensilio filoso, o tal vez de preferencia, un objeto más grande como una sartén para intentar defenderse de lo que sea que estuviese postrado allí.
Con la máxima precaución, cuál le permitiera su torpeza, comenzaría a levantar con suma sutileza aquellas sábanas negras.
Lo primero en asomarse por debajo de ellas, fueron unas uñas oscuras, puntiagudas y negras, semejantes a unas garras.
Entonces, apartaría la tela con más ánimo, descubriendo que, en realidad, eso acostado, era nada más que su hermanita durmiendo plácidamente.
Buscando liberar toda la adrenalina que había acumulado en vano, reaccionó dejando caer el peso de su cuerpo al otro lado del sillón.
Abrió los ojos. Suspira y exalta lentamente: con la frente apurando al techo, huele ese dulce aroma agradable de frutos silvestres.
Delante de ellos dos, se hallaba una ventana, la cual daba al balcón de la habitación. Algunos rayos traspasaban la translúcida tela de las cortinas.
Para el alivio de su consciencia, algunas lágrimas descendían lentamente por sus cuencas llenas de moretones.
Sería la culpable, esa misma tranquilidad, invadiéndolo dentro de un lugar aparentemente hostil para sus sentidos, pero familiar para el cuerpo suyo.
—Pareciera que estuviéramos en casa —reflexionó.
Para ese entonces, no le importaba que iban hacer con él, a cambio de que su hermana tenga un lugar como ese para vivir y descansar.
Entonces…
¿Está bien que su juicio sea nublado por ella?
El ama a su hermana. Daria lo que sea por curarla del mal que le drena la vitalidad día y noche. Quererla tiene un precio para este varón: Amarla, a ella, le pudre lentamente su alma.
Todo ahí dentro parecía estar construido como si de un sueño se tratase. Donde no sufre, tampoco llora.
¿Está bien que su juicio sea nublado por ella?
La decoración de la habitación, la arquitectura, suponía una carga psicológica al ser tan monótona, tan apagada y fría, sin ningún detalle que pudiese notarle. Todo parecía estar construido sin un alma detrás, como si todo fuera una simulación.
Todo se sentía tan sombrío al mirar hacia afuera.
Asemejó en su mente que se había vuelto una miserable hormiga más de ese nido.
Justamente, la habitación asignada a su nombre, tenía vista panorámica desde el balcón a todo el complejo subterráneo.
Nada lograba hacerle sentir cómodo, salvo por la presencia de su hermanita, aunque ese sentimiento no lograba sostenerlo por mucho tiempo ya que los pensamientos intrusivos volvían atacarlo de repente.
Con las manos encima de la rodilla, empujó con su pesado cuerpo hasta acomodarlo en una posición donde estuviera relativamente cómodo.
¡Sin tregua alguna, un pitido molesto comenzaba a sonar desde alguna parte de la cocina!
Se movió hasta donde pensaba que el zumbido provenía: buscada desesperadamente la fuente de aquella irritación sonora.
¡Era nada más que la heladera causando todo ese alboroto!
Dándole honor a su bruteza, por no saber apagar la alarma, decidió desenchufarla.
Pero existía un inconveniente: él toma corrientes del electrodoméstico, estaba detrás del mismo.
Por los costados era imposible que accedería, debido a la mesada de mármol, impeliéndole acercarse hasta el enchufe.
La única alternativa seria mover el aparato, cuyo peso superaba por montón a cualquier cosa movida antes por sus brazos.
Haciendo un pequeño escándalo, aguantando la respiración al igual flexionando las piernas, lo logró mover unos centímetros hacia fuera del cubículo.
Seguía apretando los dientes, debido al timbre insoportable del pitido. Le supuso un placer enorme cuando finalmente pudo cortar la corriente.
No antes de que sucumbiera ese infernal sonido, fueron sus dedos, la entrada principal de una descarga eléctrica, lo bastante potente para hacerlo gritar del dolor.
Aquel sonido fue tan reverberante, que su mayor consecuencia fue respetar a su hermana por accidente.
Lentamente, abrió los ojos, diciendo:
—¿Hiro?
En ese instante, presenció como estaba retorciéndose de dolor en el piso pero sin importarle ninguna otra cosa, salió corriendo abrazarlo.
No se percató al instante que ella lo fue a tablear directamente.
Gracias al dolor que permaneció con los ojos cerrados, hasta notar como algo lo envolvía.
—¡Hiro! ¡¿Dónde estabas?! ¡Me abandonas en este lugar! ¡Ahora te apareces de la nada! —lloraba, mientras golpeaba su abdomen.
Algo dentro de su consciencia, hizo que reflexionara acerca de todo lo que estaba reclamándole. Ella tenía razón en todo.
Las cosas, últimamente, estuvieron sucediendo a sus espaldas, con motivos y intereses inexplicables para su corta edad.
Reaccionó callando por todos sus reclamos. Agachó la frente, para a su vez, envolverla al igual sus largos brazos.
Olió el pelo de su hermana.
Él tenía la misma cabellera pero el suyo se notaba sucio, apagado, sobre todo con mal olor.
Tan hermosa, como de costumbre, su hermana lucia una apariencia deslumbrante.
Sea la ocasión que fuese, algo indiscutible suyo, era su inmaculada apariencia en todos los escenarios posibles.
—Perdóname. No te volveré a ocultar nada más. Te lo prometo —juró.
El estómago de la muchacha gruñó sutilmente, lo que le provocó un enrojecimiento de sus pómulos.
Se dispuso a mirar dentro de la heladera si había algo para comer, no antes de darle una fuerte patada.
Ahora ambos estaban juntos. Postrados entre las almohadas, mientras bebían y comían con la claridad de la televisión encendida de fondo.
—Ni siquiera sé en dónde estamos, ni del por qué que nos trajeran hasta este lugar. Creo que trabajaré en este lugar —confirmó, a la vez que se llevaba un trozo de pizza a la boca.
—¡¿Te lastimaron de vuelta?! —nerviosa, lo interrumpió.
—¡No, no! Estoy bien... solo necesito descansar un poco.
Reposó sin más el cuerpo entre el colchón.
Podía sentir aquel tacto suave contra su espalda pero esa comodidad no era suficiente para aliviarle el dolor.
—Prometo que nada malo nos pasará a partir de ahora.
—Cuánto valen tus promesas Hiro —llevándose las manos hacia la cabeza, soltó.
—Más que las tuyas de seguro —con una mueca, responde.
Inesperadamente, de lleno, recibe en su rostro el impacto de un almohadón. Uno que había juntado suciedad al estar tirado en el piso.
—Buenas noches —remató.
Como era de esperarse de ella, rápidamente quedó dormida profundamente.
—El problema es que dejé de disociar la verdad de la mentira. Lo que tengo delante de mis manos, o lo que veo por fuera de la ventana… ¿realmente está presente conmigo? Pero siento que nada de lo que veo sea real —reflexionó en su mente.
Aprovechó la ocasión para revisar el resto del departamento.
La habitación principal, exaltaba de lujo, con la elegante ambientación, era el responsable de generarle aquella sensación calidez familiar.
Aunque, desde pequeño, se acostumbró a lo extravagante: siempre existía algún detalle fuera de lo común cual terminaba por llamarle la atención.
Todo el estrés vivido recientemente, comenzaba a pasarle factura a su cuerpo.
La mejor alternativa que tenía, dentro de la habitación, era rellenar la tina con agua lo suficientemente tibia para lograr relajar sus músculos, en un afán de aliviar su dolor.
Su iris enfocaba a la rejilla, en la canaleta, como se escoria la turbia agua, manchada de su sangre como de otros fluidos.
Fue hasta mirarse al espejo, notando como algunos de los hematomas comenzaban a desaparecer.
Con la consciencia un poco más limpia, ahora se sentía un poco más relajado dentro de esas cuatro paredes.
Otra vez, volvía a estar parado, al lado de la cama perfectamente arreglada, lista para que el liberase toda la tensión de sus músculos a través de sus finas capas de algodón.
El colchón, a raíz de ser estresado por el peso de su cuerpo, moldeó la forma de su figura: como si lo estuviera resguardando del absoluto mal que percibía por esos lugares.
También era acompañado de la sutileza del perfume, impregnado por las sábanas qué deleitaban cualquier fosa nasal cual las oliera.
Estuvo dando vueltas en la cama por largos minutos sin poder conciliar el sueño, ni siquiera por diez minutos de descanso.
La mente, como su cuerpo, se ponían de acuerdo para hacerle pasar por un mal rato sea donde esté pero este problema no era nuevo para él, que cargaba con esta bruma desde hace años.
En algunas ocasiones, en madrugadas como estas, un sentimiento de nostalgia aparecía repentinamente: ya no recordaba la sensación de estar anestesiado por ansiolíticos. Adicción que pudo superar gracias a su hermana, quien lo apoyó para dejar de tomar pastillas.
Casando de visualizar aquellas imágenes, ves tras ves en su memoria fotográfica, decide callarse con lo que tenía a mano ahí.
Sin pensarlo demasiado, salió corriendo del edificio, intentando encontrar algo que pudiera adormecerle la ansiedad.
Misma aventura, terminó por reconfortarlo por unas horas.
De cierta manera, para él, perderse por lugares desconocidos, era una de las actividades que más disfrutaba hacer de niño junto con Haiden y Naomi.
Esta rebeldía provocó la desobediencia a Akami:
—Tienes prohibido salir de esta habitación hasta que regrese —ordena.
—De… acuerdo —se doblega.
Esta situación, trajo a memoria todos aquellos buenos recuerdos que pasó junto a sus mejores amigos, en su infancia, cuando el dinero y la salud no eran una preocupación para su vida.
—Disculpe. ¿Sabe dónde hay algún café? —le preguntó a una persona que pasaba.
—Esta es la zona residencial del Corp. Tendrías que caminar hasta la plaza central —señaló con el brazo hacia donde debía ir.
—¿El Corp? —indagó.
El extraño, lo mira confundido. En su hablar se distinguía su incomodidad por charlar con él. Termina por cerrar la conversación indicándole:
—¿El cisne negro? Como sea… Caminé por esa dirección hasta que se tope con la fuente.
El joven siguió caminando su rumbo, sin haberle entendido del todo al sujeto.
Con tanta estructura de hormigón masivo, digo de la obra más brutalista de la humanidad, el sentimiento de comparación al visualizarlo, y sentirse un bicho pequeño, era inevitable.
A la vez, caminaba fascinado al presenciar semejante obra de ingeniería. Todavía su alma no era capaz de procesar por que algo como esta estructura pudiera ser construida por el hombre.
Era de admirar el espectáculo de luces. Hizo el esfuerzo mental de imaginase cuánta energía se necesaria para alimentar algo de estas dimensiones.
A los lejos, puede ir reconociendo la dichosa fuente de agua plantada, plenamente en el centro de la avenida principal.
Cruzando la calle, un bocinado lo tomó por sorpresa. Tal fue su susto, por ir desprevenido, que pudo haber muerto del infarto en ese mismo instante. Su corazón daba punzadas violentas.
Como era de esperarse, las indicaciones que había pedido a ese tipo, sí fueron certeras.
En la plaza de comidas, hubo un solo escápate el cual había atrapado su atención enteramente.
Ese mismo aroma a café, las luces cálidas, como la decoración semi industrial, eran exactamente como la cafetería que solía ir con Haiden.
Corroboró lo que le había dicho la pelirroja;
—Con esta tarjeta podrás comer o acceder a cualquier sitio, siempre que te lo permitan, claro.
Al recordar la risa diabólica de Akami, un escalofrío le recorrió la espalda.
Creo que eso último no terminó pasando pero su locura galopante hizo creer que si…
Tomó despacio la taza, así lentamente olió el líquido. Ese olor a café tostado, hizo que los bellos de todo su cuerpo se pusieran en punta, y una lagrima se le saliera por el ojo izquierdo.
El primer sorbo, lo hizo cuidadosamente, tragando un poco de aire para oxigenar el líquido, tradición que no pertenecía a esas esas tierras.
Al tragar, y notar como todas sus papilas gustativas, se encendían al entrar en contacto con el fluido, hizo que su cabeza recodara momentos agradables del pasado.
—La lágrima doble nunca falla —alagó.
Un grupo de jóvenes, en la otra punta del local, estaban murmurando debido a la reciente llegada del chico.
Fue que una de ellas, quien tomo coraje para acercarse a saludarlo. Con la mayor de las vergüenzas, le preguntó quién era.
Devolvió su nombre de pila pero este advirtió que se encontraba totalmente perdido y que solamente estaba de paso en ese lugar.
—¿Por quién entraste aquí? —agudizando la voz, preguntó la chica.
El la miró extrañado. No supo que responder eso.
—Ah… ¿Qué te refieres?
Desde lo lejos, las demás damas seguían chusmeando, afirmando que se estaba haciendo el difícil.
—O sea, como entraste hasta la sede del Corp. En este trabajo no hay chicos guapos como tu…
—Vine por… trabajo. Aunque todavía no me dijeron cual es. No conozco a nadie de aquí así soy nuevo en este lugar.
Mientras charlaban a la par, ella notó en su tarjeta, que estaba apoyado sobre la madera, el tipo de identificación que poseía.
—¡Me disculpo! ¡Tengo que irme! ¡Me llaman! —tartamudeó.
Incomodo por esta situación, se levantó de la misma para cambiarse a otra más apartada.
—Por qué siempre se me acercan las locas —quejó.
Aquella palabra <Corp> había atrapado su atención anteriormente.
El café logró que se olvidara de ella, aunque otra vez, volvían a mencionarla delante suya.
Se le vino a la mente, buscar la dichosa palabra en alguna en cualquier lugar que tuviera una computadora con internet, sin embargo, la memoria volvía a jugarle una mala pasada.
Tampoco tenía mucho caso gastar tantos recursos en saciar su ansiedad por saber el significado de esa palabra.
Más bien, seguiría disfrutando de su bebida caliente.
El café se lo habían dado gratis con la tarjeta que guardaba en el bolsillo de su pantalón. Así, podría pedir todo lo que quisiera sin que me lo cobrasen por nada.
Seguía avanzando por dicha jungla de cemento, y en cada paso que da daba, el ambiente comenzaba a volverse un poco más soportable para su consciencia. Su mente finalmente lo procesó.
Pero, desde su interior, algunas emociones residuales, no terminaba de atar cabos sueltos, lagunas mentales de preocupación latente.
Por el modesto cristal del local, podía mirar hacia afuera; como esas nubes falsas goteaba derramaban lluvia y por los charcos en la calle reflejada la iluminación abundante.
Lentamente, sé deslizaban en el vidrio las gotitas, esa transpiración, consecuencia de la condensación del agua.
Cielo enturbiado, como oscuro a falta de luminosidad, esa ambientación hizo volver su dolor de cabeza que lo atormentaba hace una hora atrás.
Tuvo que salir, ir a caminar o perderse de nuevo para deja de respirar aquel aire sofocante, respirable dentro de local.
Al menos, el oxígeno de afuera, podía respirarlo con mayor facilidad, porque estaba comenzando a notar molestia en el pecho, culpa de la pésima calidad que algunos lugares reciben el mismo aire.
Lentamente, sin que se percatara de inmediato, comenzaría a sofocarse. De la desesperación, aceleraba los pasos intentando encontrar un lugar donde poder sentarse.
En una esquina, giró bruscamente, así terminaria chocando contra una máquina expendedora.
¡Con velocidad, pasaba la tarjeta en el detector de cobro de la misma!
Debido con la intensidad con lo cual lo hacía, no le daba tiempo a la máquina de procesar el pago.
Uno de esos intentos, terminó por funcionarle, dejando caer por el cubículo de abajo un refresco azucarado junto a un agua mineral.
Vertió todo el líquido del agua entre sus manos, cara como nuca también.
Despacio, como si los segundos, para el ese momento, contaran como largos minutos, iba disminuyendo su pánico.
Respiraba y exhalaba, aunque todavía estaba algo mareado. La azúcar del refresco ayudó a disminuir su ansiedad, misma que hacia temblar cada parte de su cuerpo.
El sonido de confirmación, en la máquina, volvía a emitirse. Debajo por la ranura sacaba otra botella más de agua.
Esta vez, no tiró todo el restante en su cuerpo, sino que reservó una gran parte para beberla.
Entones, en ese momento, había perdido toda noción del tiempo al no saber, si, por arriba de estas paredes, sería de día o de noche.
Sentando en un banco, al costado de la calle, vio como coexistía fauna de alguna manera, allí bajo tierra.
Otra vez pasó la tarjeta. Abrió rápidamente una bolsa de maní, tirándole unas cuantas con el dedo a las ardillas trepadas en los árboles.
Una en especial, se acercó. Más que por la comida, curioseando a la nueva persona caminante por esos lados.
Y cuando pensó que ese pequeño animal sería el único en acercársele, detrás de esta, comenzaron a venir más.
No solo las ardillas, quienes estas tenían su nido establecido en el árbol, sino también cientos de insectos iban hacia su figura.
Al principio se asustó por este comportamiento, pensó de alguna manera que estarían molestos por su presencia.
Pero extrañamente, esos animalitos, no parecían demostrarle un comportamiento agresivo.
Quedó conmocionado debido a los cientos de bichos que lo estaban rodeando por completo.
—¿Que estarán pensando? —vaciando la bolsa de maní en el piso se preguntó.
Desde atrás de la cuadran siguiente, en la que estaba parado, escuchó unos ladridos de perro.
Se cuestionó la posibilidad de que hubiese perros viviendo aquí debajo, aunque todo lo que estuvo viendo hace ya horas, lo dejó de parecerle extraño.
¡Efectivamente! ¡No estaba sufriendo una alucinación auditiva!
La misma silueta de un cachorro, corría velozmente, hasta su posición se abalanzó sobre el cuándo estuvo lo suficientemente cerca.
Este encuentro fue tan grotesco al ser impactado a gran velocidad de lleno por esa figura.
¡El animal movía cola feliz de verlo! ¡Como si lo conociera desde hace mucho tiempo!
Su cabeza, al chocar contra la del perrito, no parecía estar pasándola tan bien como ese canino.
Por lo lejos, percibía más ruido salir del mismo sitio por donde había salido este bicho.
No era nada más que el mismo dueño llamándolo.
Este hombre cuando llegó y lo vio tirado en el suelo, con su mascota acosándolo encima de él, corrió pegando un alarido para ayudarlo a levantarse del piso.
—¡Lo siento mucho! ¡Discúlpeme! ¿Se encuentra bien?
—¡No se preocupe! Yo me encontraba en el piso y e solo llegó a buscar mimos —avergüenza.
El joven, estiró su mano, ofreciéndola a modo de disculpa, y con un pequeño esfuerzo, lo ayudó a levantarse del piso.
—¿Como se llama? —le preguntó.
—Yo me llamo Jonasan. El Cachorro, es Shaylon. ¿Estás perdido no? —riéndose, responde.
—Quizás, o tal vez no... —miró hacia abajo—. Bueno, sí.
—Lo supuse. Nadie camina por aquí a estas horas. Deberías volver a tu hospedaje. Derecho hasta la fuente y cuando llegues a ella, lo mismo para la izquierda.
Terminó por sacudirse toda la migre que se le había acumulado entre la ropa.
—¡Gracias Jonasan! Será mejor que regrese e intente dormir —afirma.
—Antes, yo tampoco podía dormir: deambulaba de noche porque mi alma estaba sufriendo. También lo pasé pero con el tiempo lograras sanar esa herida.
Agradeció su consejo, para después, estrecharle la mano.
Arriba, desde el cielo nuevamente, volvía a caer con más ferocidad aquella lluvia. Este cambio no perjudicó en lo más mínimo a su estado.
Permitiendo así que terminara por completo empapado. Ahora la neblina que se había levantado, dificultaba la visión.
Él se sentía un residuo de nostalgia, parecido al estar cerca de casa. Imaginó, caminando en esas calles oscuras, que el ambiente desolador de estas era muy característico de las mismas de su barrio en Tokyo.
Entonces, él, aunque caminara por nuevos lugares, era ese mismo sentimiento de desolación quien lo acompañaba en cualquier sitio que se encuentre.
Se había acostumbrados a caminar con la frente hacia abajo, encorvando su espalda, evitando así levantar la mirada.
Quizás él no lo perseguía; el mismo apego emocional a eventos del pasado, eran los responsables de su melancolía.
Andando, contaba las rayas en las solas el piso, como cuando era un pequeño, costumbre que a ningún varón se le olvida.
Para ese instante, cuando atravesó la puerta del complejo residencial, esta vez no hubo ningún control por el cual pasar.
Sería la clave aquella tarjeta de plástico la responsable de su trato como un miembro importante en cualquier parte.
Esta vez, no quiso subir por el ascensor: buscaría intencionalmente hacer la caminata hasta la habitación lo más larga posible.
No pudo creer, que apenas unos metros antes del elevador, se hallaba la escalera principal del edificio, adornada con una alfombra roja que debía cubrir el perímetro varios kilómetros.
Mientras ejercitaba los pies subiendo escalones, en las paredes, acompañaba un diseño extraño en el papel tapiz, donde está al tocarla, tenía una textura agradable al tacto.
Un impulso dentro suyo alentó que pasara por encima los dedos, sintiendo en el proceso esa estimulación táctil.
Comenzó a imaginar el verdadero sentido de todo lo que estaba percibiendo con la mano. Porque desde hace largo tiempo, dejó de darles importancia a sus percepciones sensoriales.
Aunque siguiera cuestionándose esa materia presente ante sus ojos, nada podía quitarle su sentimiento de desorientación que comenzaba a intensificarse.
Los problemas, como ansiedades, lograron arrebatarle su estado de consciencia, disociando todo lo que veía.
El mismo papel pintado, pegado a las paredes, trasformaban sus figuras dibujadas de estrellas, manchándose de un vívido tinte rojo.
A medida que ascendía los pisos, pareciera que estas mismas formas de astros cobraban vida, girando con una gran velocidad.
Su último paso culminó en el piso donde residía su habitación.
Sin tregua alguna, la agitación feroz que estaba experimentando, se intensificaba muchísimo más con cada paso que hacía retumbar todo su organismo.
Cada segundo transcurrido, el pecho suyo, exigía más oxígeno, y lo pudo sentir cuando por esto, frunció el ceño para después apretarse el pecho con la palma de la mano.
Abrió la puerta de la escalera con el peso de su cuerpo, cuya salida le llevaba hasta el corredor principal de ese piso.
Antes, no había notado que la misma alfombra de las escaleras se extendía por casi la totalidad del recinto.
Tanto el suelo, como las paredes, ahora también las luces, se habían envuelto en un color completamente rojo.
Se desplomó directo al piso debido a la ausencia de aire en sus pulmones.
Las gotas de sudor le resbalaban por la frente hasta el suelo, que estaba a unos pocos centímetros de su cara.
Podía sentir como dentro de su organismo, hervían la gran mayoría de sus líquidos.
Le bastó girar un poco la vista para darse cuenta que esas siluetas pintadas en el papel tapiz, estaban creciendo en tamaño.
Cuanto más grandes eran, mayor velocidad tomaban, y no solo esa parte de sus compasiones cambiaban, elevaban también la saturación de su luminosidad.
Era demasiado sofocante aquel nuevo sentimiento que estaba por encima él; un mal estar infernal que se había levantado de repente contra todo su ser.
Misteriosamente, estaba siendo aplastado contra la alfombra por una extraña fuerza.
Sintió un peso enorme sobre su espalda, de tal manera que no se podía mover.
¡Tiraba manotazos por detrás de su nuca! ¡Algo se encontraba ahorcándolo o eso es lo que percibía!
Pero sus manos, chocaban contra él mismo aire en ausencia de alguna presencia sentada por encima de su espalda.
¡Arrastraba con las mayores de sus fuerzas su cuerpo por el piso!
Cada centímetro avanzado, supuso un esfuerzo como si hubiera corrido una mataron completa, sin descanso.
Le quedaban tan solo unos pocos metros para que llegara a la habitación donde se hospedaba.
Movía los brazos, piernas y rodillas: encarnaba las uñas dentro de la alfombra buscando tener el más mínimo impulso hacia delante.
La puerta se hallaba cerca de sus manos. Divisaba la estructura de roble, la altura entre la cabeza suya y la manija.
Resistía todavía ponerse de pie, con gran parte del tiempo temblando gracias al enorme esfuerzo que conllevaba para sus piernas.
El peso de sus dedos, aferrándose a la manija, hacían que se moviese hacia abajo, aunque esa acción no era suficientemente fuerte como para abrir la entrada.
Olvido pasar la tarjeta colgada en su pecho. El mayor problema para su ánimo, se encontraba más arriba de lo que podía alcanzar.
No le quedaban más fuerzas para llegar hasta esa altura. Dejó caer su cuerpo nuevamente hasta el piso.
Escuchaba dentro de su mente una voz repitiéndole de estar a punto de perder la batalla, que terminaría perdiendo la vida, siendo aplastado por aquella gravedad misteriosa.
¡Desde el otro lado de la entrada, se pudo escuchar un pitido, y por la parte superior de la manija, se encendió una luz verde!
—¡Hiromi! ¡¿Qué te está pasando?! —gritó su hermana.
Rápidamente lo agarró por debajo de sus brazos, jalándolo hacia el interior de la habitación.
No daba lugar en el estado que había vuelvo de su caminata.
La pequeña corrió hasta el baño para prender la ducha, dejando fluir únicamente el agua helada.
Dificultaba bastante la diferencia enorme entre sus cuerpos, porque mover a su hermano, era una tarea casi imposible para sus pequeñas extremidades.
No tuvo alternativa alguna que tirarle esa misma agua directamente con ollas y botellas pero el agua no servía para despertarlo. Ni siquiera reaccionaba algún estímulo que ella pudiera ocasionarle.
Sin que ella se diera cuenta, una abrumadora nube de humo negro comenzó a invadir el baño.
Asustada, salió corriendo hasta la cocina, pensando que algo se estaba incendiando, sin embargo, todo parecía estar tranquilo.
—Que está sucediendo —entrando en estado de pánico, pensó.
La puerta detrás suya, se azotó con tal fuerza que pudo percibir el viento chocar contra sus pómulos.
¡Pateaba, golpeaba, sacudía el marco de la entrada!
Otra vez, en su desesperación, nada de lo que intentara afectaba la situación. Lloraba de la impotencia al sentirse un inútil.
—¡¿Por qué?! ¡Por qué soy tan inútil cuando me necesitan?! —quebrantada, lloraba.
En el medio de aquella desesperación, buscaba el teléfono del cuarto. Intentaba hacer memoria en donde lo había dejado tirado.
Anteriormente, estuvo varias horas jugando con él, solicitando absolutamente todo del menú de la cocina.
Con el corazón a mil, buscaba desesperada bajo las almohadas del sofá, o debajo de la cama como detrás de la tele pero aun así no lograba hallarlo.
El tiempo corría y su hermano seguía desvaneciéndose. Por debajo de la puerta, observó como del baño, salían chorros de agua, acompaña de ese humo negro.
Sus manos quedaron totalmente rojas de tantos intentos de golpearlas contra la gruesa madera de la puerta.
Pero para ese momento, luego de unos segundos de repetir esa acción, dolor se le había vuelto tan insoportablemente, cayendo rendida ante sus débiles capacidades físicas.
Solo pudo arrastrarlo hasta un costado de la bañera, dejándolo recostado sobre la pared de cerámica de esta.
Llorar, al igual que gritar, con toda su voluntad, fue el último recurso que tenía a disposición, desgarrándose las cuerdas vocales en el esfuerzo.
Por fuera del cuarto, dentro del corredor, se escuchaban murmullos, también ruidos sin precedentes alguno.
Pero por culpa de su mal estar, al igual que angustia, se tornó incapaz de escuchar el llamado del timbre por la entrada del cuarto.
Ya no era el timbre sonando: ahora eran golpes estruendosos, cuales solicitaban la apertura de esta.
Nada parecía responder a su llamado de atención. La persona que estuviese llamando por fuera, se cansó de esperar.
Esa figura, giró la cabeza hacia los costados, buscando de que nadie estuviese observándola en el pasillo.
Cuando confirmó que estaba únicamente su presencia allí, adoptó una postura semi erguida: tragó sutilmente un poco del oxígeno con la boca entre abierta. El aire alrededor de su puño, cargado con la humedad que salía desde adentro del lugar, comenzó a evaporarse, mientras los músculos de sus dedos se endurecían para soportar un inminente impacto. Por arriba de su cabeza, los focos explotaron en presencia de su perturbación. Hizo una cuenta regresiva de tres segundos, y a la misma velocidad que tardó en exhalar lo retenido en sus pulmones, fue que salió disparado su puño contra el marco de acero de la puerta.
En el interior, Hideyo pudo notar como se colaba una especie de luminosidad rojiza detrás de la entrada.
A tan solos centímetros de su cara, es qué pasó volando con extrema violencia un trozo de metal gigantesco, siendo repelido con una gran velocidad hasta chocar contra la televisión del comedor.
Por poco, casi sería ella quien estaría destrozada en vez de la tele.
Ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar por la increíble ferocidad que tomó ese objeto al ser impactado por ese golpe.
Las palabras no lograban salir de su boca, tampoco tuvo las energías para formar una palabra entendible.
Semejante escenario, estaba transcurriendo delante de sus ojos.
Ambos hermanos sucumbieron en un estado de total desvinculación de los sentidos.
Desplomados, cayeron en un profundo silencio.
La joven, corrió a socorrer a la pequeña. Reviso cada parte su cuerpo búscanos algún indicio de daños por el accionar que tuvo hace sólo unos segundos atrás.
Miro de reojo cada extremidad suya pero para su suerte, no pareció haber sufriendo ningún daño, aunque casi estuvo a punto de morir.
Al levantarla del piso, la reposó sobre el sillón que se encontraba al costado de ella, reposándola de costado, así evitaría que se ahogase con sus propios fluidos.
Con prisa, se desplazó hasta el baño. Para su sorpresa, la puerta estaba atascada y el agua seguía estorbando.
Al momento cuando quiso abrir la puerta, percibía como si una gran masa estuviera atascando el acceso.
incluso, aplicando una considerable resistencia contra la misma, no parecía querer ceder.
No tuvo otra alternativa más que volver a usar su fuerza bruta.
En efecto, al instante justo de entrar, esa masa líquida que percibió, era en efecto, el responsable de imposibilitar el acceso al baño.
Lo vio ahí: sumergido por debajo de agua que rebalsaba desde los costados de la tina.
Reflexionó por un instante si había llegado demasiado tarde para ese punto.
Las personas, que caminan por debajo en la calle del edifico, incluso los recepcionistas, se fijaron como desde del balcón de esa habitación, chorreaban cientos de litros de agua.
Akami lo levantó para dejarlo caer sentado encima del inodoro. Levantó con su mano izquierda su cabeza, sosteniéndola en la frente de él, y acercando los dedos de la mano derecha, confirmó lo que tanto temía: todavía seguía vivo, aunque teniendo un débil pulso.
Mismo pulso que era inestable, igual que descendían la voluntad de los latidos con el transcurso de los segundos. Estaba pronto a sufrir un fallo cardíaco.
La luz que se colaba por la ventana de la sala de estar, rebotaba en el espejo del baño, así encandiló un reflejo molesto sus ojos.
Destellos de diferentes colores se manifestaban en ese cristal. En seguida, su primer instinto fue cargar ambos hermanos en sus brazos y espalda.
Al llegar hasta el ascensor, apretaba con sumo vigor el botón para llamar al elevador, sin embargo, el mecanismo había sido dañado por el agua que se había estando escapando durante esa hora última hora.
Era extremadamente peligroso seguir insistiendo en descender por ese lugar. Imaginó que, tal vez, la gran mayoría de circuitos de ese piso del edificio, podría estar fallando a raíz de la fuja de agua.
La única alternativa que tuvo, fue bajar cuidadosamente las largas escaleras de emergencia.
Comenzaba a sonar la sirena de catástrofes del propio edificio, donde las luces, se apagaban completamente para emitir única luminiscencia roja.
Unos escalones más abajo, diviso los rayos fugaces de una linterna. Seguía bajando los desniveles, ahora con mayor velocidad para dirigirse hasta el origen de esas luces.
El equipo de rescate los divisó enseguida; hacían señales con la mano, algunos gritaban, otros agitaban las linternas para que se dé más prisa.
Estos elementos de seguridad, cuando lograron divisar con claridad la figura que se movía entre la oscuridad, al acercarse a la fuente de luz, se percataron que era mujer, y no estaba sola, sino que venía acompañada, cargando a dos personas.
El personal médico los asistió inmediatamente.
Mientras esto pasaba, le preguntaban a la chica que les había sucedido, y como es que habían terminado en ese estado.
—Los encontré en estes estado. Por suerte pude ayudarlos a tiempo—devolvió.
—¡Aquí no podemos hacer nada! ¡Levémoslos hasta el hospital! —gritó.
Volvían a escucharse las sirenas, que allá arriba, generaban un estruendo. A toda velocidad la ambulancia manejó hasta el siguiente distrito, donde estaba el único hospital del complejo.
Afuera del edificio municipal, estaba esperando otro personal médico la llegada de la ambulancia.
No tardaron demasiado tiempo en cocarlos a una camilla a cada uno. Especulaban que no sobrevivirían.
Metidos adentro, en la zona de terapias intensivas, luchaban por sus vidas peleando contra una anomalía sin precedentes.
Akami se quedó al pendiente de los gemelos en todo momento. También, estaba haciendo un esfuerzo mental considerable para llegar al artífice del caos reciente.
—¿Intentó de suicidarse? —pensó.
Posiblemente esa sería la respuesta, aunque no sé con su primer pensamiento automático.
Se acercó hasta ella, un enfermero. El sujeto necesitaba información acerca de lo que les había ocurrido, cualquier aviso, aunque sea mínimo, sería de gran ayuda.
—Soy la responsable de ellos —confirma.
El joven muchacho, cual parecía tener poca experiencia en ese lugar, le pidió si podía rellenar algunos papeles en caso de que ambos fallecieran.
Akami, parar ese entonces, estaba ocupada leyendo unos documentos mientras guardaba en la sala de espera. Todo el tiempo donde este joven se le acercó hablarle, lo había hecho sin dirigirle la mirada.
Aquellas palabras, que escuchó salir de su boca, fueron el detonante para que ella lo mirase directamente hacia los ojos, dejando caer entre sus muslos los papeles cuales sostenía.
El joven enfermero, no era consciente en la posición que existía entre sus autorías.
Los dos pasaron unos segundos en un silencio incómodo, mientras se miraban fijamente uno al otro, culminando con la inclinación de su cabeza, aceptando firmar los papeles.
—Si los hermanos mueren, eso significará que perderás tu trabajo. ¿Entiendes lo que te digo? —impuso.
No se iba a quedar esperando en esa sala.
Se levantó y regresó nuevamente hasta la habitación donde había comenzado todo. Ahora hasta el propio edificio se percibía con una atmósfera fuera de lo común.
El perímetro del complejo, estaba rodeado de cintas y policías como demás personal auxiliar que impedían el paso a las personas.
—Que está pasando aquí…
Antes de atravesar las barreras, fue interceptaba por un oficial de policía, quien este, parecía conocerla.
—¡Kami! ¡No pases! ¡No sabemos qué ocurre ahí dentro! ¡Espera a que llegue el equipo de seguridad radiológica!
—No te preocupes por mí. —tranquilizó, ignorando su advertencia.
—¡Oye! ¡Vuelve aquí! —tartamudeó.
Sus bellos fosales, distinguían en un aroma extraño a medida que se acercaba más a pared de roca: un sabor a mental dulce que se podía sentir en el aire.
Por la entrada a la suite, se percató que absolutamente todos los focos de iluminación estaban reventados: cientos de cristales adornaban casi la totalidad del mármol frío del suelo.
Pisaba los restos a medida que caminaba, crujido que revotaba hacia todas las direcciones. Toda esta escena seguía generando más preguntas que respuestas.
Toco esos trozos de cristales rotos para darse que cuenta que estos mismos, estaba sumamente calientes.
Al rededor de estas explosiones, como en la pintura de las paredes y techos, se hallaba pegado una especie polvillo colorado.
Cuando llego hasta las escaleras principales, se detuvo a mirar en todas direcciones, buscando algo que quizás estuviese pasando por alto.
Nada raro parecía estar sucediendo a pesar de todo el caos de allá afuera. Sin perder más tiempo, subió directamente escalones arriba.
Recuerdos, como olores extraños, golpeaban su consciencia. Seguía subiendo los pisos, y todas esas percepciones, aumentaban en intensidad.
Para todo esto, el edificio había sido desconectado totalmente de cualquier fuente de electricidad.
Fue justamente, al llegar hasta las habitaciones, donde solo hace una hora atrás ella estaba durmiendo, que sintió una presión envolver su cuerpo.
El pasillo era largo y oscuro. Las únicas fuentes de luz eran las que entraban por las ventanas abiertas de los cuartos.
Aquella agua se había evaporado por completo, dejando la sitúela de su paso junto a la mugre que arrastró, machando gran parte del corredor.
Camino con cuidado hasta al baño donde Hiromi se ahogaba: el mármol blanco de los azulejos, como bañera y demás aparatos, yacían manchados de un tinte azulado mezclado con algunos tonos de rojo.
Es como si el líquido, que cubría hasta la mitad del cuarto cuando lo rescató, se hubiera esfumado, dejando todo el sitio seco, sin rastro de lo que había pasado.
Mismo tinte que tocó, con la punta de sus dedos, moviéndolos sin cesar, logró diferenciar una textura que jamás había sentido antes.
Otro sonido, acompañado de una vibración, apareció dentro de su pantalón, el responsable era su celular emitiendo el ringtone.
—¿Hola? —contesto.
Pero la bocina del aparato, pegado a su oído, solamente reprodujo un molesto bucle de estática.
Abrió la aplicación de telefonía para buscar quien le había marcado, aunque no pudo encontrar ningún rastro del emisor.
Los pocos segundos que estuvo encendida la pantalla, comenzó a fallar la imagen al igual que su señal recibida.
Algo se encontraba bloqueando toda señal por los alrededores. Imaginó que esto quizás sería obra de alguna medida de seguridad del Corp.
Pero lo extraño es que poseía un teléfono especial, donde únicamente se lo daban a los oficiales, donde estos tenían acceso a una red local, como también al exterior.
Antes de salir por la puerta, se percata que divisó un cristal incrustado sobre la chapa de metal que golpeó contra el televisor.
Este emitía una luz tenue pero visible para sus ojos. Sin cuestionar su naturaleza, lo puso dentro su bolsillo del pantalón.
La multitud fuera del lugar creció considerablemente, y esas mismas personas que curioseaban fueron intervenidas por el accionar militar.
Todos vieron cómo desde el interior del lugar, salía caminando esa figura delgada.
—¡Akami! ¿Qué… Sucedió? —calló.
—Solo fue un accidente. No hay nada grave de lo que preocupase. —afirma.
Ahora, no le quedaba ningún interés en permanecer en ese edificio abandonado. Marchaba otra vez hacia el hospital para corroborar el estado en el que se encontraban los gemelos.
Ascendió hasta el piso número tres del hospital. Se encontraba en un pasillo angosto, blanquecino por el mármol, mismo que la redirigía a la zona de terapia intensiva.
Caminaba con la mirada perdida hacia delante: no fue hasta que su olfato diferenció otro olor extraño. Partículas que provenía en dirección hacia donde se dirigía.
Giró hacia la izquierda, continuando el andar, para que su mirada al levantar la vista, terminara chocando contra la silueta de una persona.
Esta figura, miraba a través del cristal en la puerta, cual permitía divisar desde el exterior hacia dentro de la habitación.
—Aquí estás. He estado esperando a que volvieses —se presentó el enfermero.
—Dime que necesitas —soltó.
—No sé cómo explicarle. Están vivos, pero con los síntomas que cargan, no deberían estarlo —desahoga.
Ella le pidió que fuera más específico con sus palabras.
El peso de su autoridad, encima de él, generó un nudo en su garganta.
—Se encuentran dormidos, parecidos a un estado de profundo sueño, aunque tampoco empeora o mejoran. No sé qué diagnóstico devolverle —decía, a la vez que miraba a través del cristal.
—¿Puedo entrar? —dice, señalando con el dedo.
—Usted debe tener más autoridad que yo pare decidir eso señorita… —agachó la cabeza refutó.
Su mano accionó hacia abajo la manija de la puerta, y lo primero que le dio la bienvenida, fue ese aroma de nuevo: el mismo olor dulzón que también se encontraba impregnado en las paredes del hotel.
A ambos hermanos, solo los separaban una camilla de distancia, pero, aun así, no dejaban de irradiar ese aroma desagradable.
—Con tal solo sentirlo en el hotel lo supe, aunque esto lo confirma —pensó.
El enfermero, que estaba caminando en la dirección opuesta para tomar su descanso, vio como todo el pasillo se iluminó velozmente con una luz roja.
—¿Que mierda? —gritó, a la vez que se detenía para voltear mirar hacia atrás.
Se quedó unos segundos pensando si abra sido su imaginación lo que acababa de suceder a sus espaldas.
—Seguramente lo sea —reflexionó.
Para ese punto, se encontraba cansado y estresado por todo. Justamente ese pestañeo, en ese momento, le habría de jugar una mala pasada.
Aquel aroma se esfumó del aire sin dejar rastro alguno.
Ella, con la parte delantera de sus dedos, toca sus frentes.
El pitido estable de la máquina, cual monitoreaba sus signos vitales, volvía a emitir, como dibujar, una estabilidad creciente.
Al tocar sus frentes, se dio cuenta que, por debajo de sus palmas abiertas sobre la camilla, descendía por sus venas del brazo un resplandor de la misma tonalidad azulada que predominaba cuando entró a la habitación del hotel.
También, esta anomalía fue acompañada de una comezón molesta que irritaba sus manos al haberse expuesto a este brillo.
Como entro del lugar, salió con igual impunidad yendo a buscar al enfermero que recientemente había hablado con ella.
Unos metros más adelante, caminando por el pasillo, se cruzó a una anciana del personal médico.
Preguntó si había visto al joven enfermero que estaba, sin embargo, devolvió no haberlo visto.
Quizás lo reconozca escuchando su nombre, insiste en que se lo diga, pero otra vez la respuesta fue negativa.
Se despidió de ella al instante, dejándola seguir con su labor. Tal vez, lo encontraría en el comedor del edificio.
Acertadamente, lo encontraría sentando en una mesa para dosg en el área de comida, esperando su pedido pronto de llegar.
—Perdone. ¿Puedo molestarlo un rato? —solicita.
—¡Oh por Dios! ¡Es esta hermosa mujer de nuevo! Es… ¡¿Un ángel?! ¡Si le diré que sí! —Imaginó.
Se quedó callado unos segundos, mirándola con firmeza. Esto la incomodó un poco…
—sí. Adelante —responde, cambiando su tono de voz a uno más grueso.
Llegó su plato de comida hasta la mesa. Aprovechó la ocasión ella para pedirse algo de comer también.
—¿Podría traerme un café? —pide a un moso.
Como todo un caballero, insiste en esperar a que le traigan la bebida, así ambos podrían comer a la vez.
—Bien. ¿A qué debo su molestia? —consultó.
«¡Seguramente quiera mi número!», pensó.
Sujeta una servilleta con los dedos, limpiando los húmedos labios del líquido restante en ellos.
—Quería notificarle que ambos gemelos ahora se encuentran estables.
—¡¿Cómo cuándo?! —chilló, escupiendo su bebida.
Miró hacia arriba, pensativo, llevándose una mano a la boca.
—Hace media hora.
—Maldición… moriré virgen.
Al despertar, hiromi vio en el techo como giraban las aspas del ventilador colgante. Ese viento, chocando contra su cara, hizo que lo invadiera una paz inexplicable.
Notaba una molestia en su fosa nasal: como si hubiera bañado en una piscina contaminada por cloro.
De repente, un arrebato de adrenalina puso sus pelos de punta con el afán de buscar con su vista a su hermana. Entonces, se preocupó en vano cuando se dio cuenta que estaba descansando a su lado.
Había perdido completamente la memoria. No entendía el motivo del porque ambos estuvieran en la misma habitación de un hospital.
Se levantó sin más de la cama, y su cuerpo no le dolía o sentía alguna molestia superficial. Hace tiempo que no percibía tal estado de bien estar en su organismo.
—Hermana. ¿Estás despierta? —preguntó.
Entonces se movió hasta su camilla
—Todavía no… ¿Y este dolor de cabeza?
El único síntoma que estaba percibiendo, era una visión borrosa, una dificultad para lograr enfocar los objetos.
Al momento de girarse, su ojeada chocó contra los de la pelirroja: distinguió como caminaba silenciosamente detrás suyo.
Los dos se quedaron mirándose, sin emitir alguna palabra como movimiento involuntario.
Ella le regaló una sonrisa amable, cual hizo que él se sonrojara.
—Venía a cuidarlos, pero veo que ya te puedes cuidar solo.
Haciéndose el moribundo, es que cambió de repente sus gestos como postura:
—Eh… ¡Hay me duele la cabeza! ¡Necesito acostarme!
En el medio de su circo, con los ojos entre cerrados, divisó como resplandina una bolsa blanca cargada de cosas en la mano de ella.
Le señaló con su dedo lastimado:
—¿Qué tienes en la bolsa?
Levantó la bolsa, inclinando unos centímetros hacia atrás su cabeza.
—¿Esto? Ropa que les traje.
Su estómago, sin previo aviso, gruñó, delatando que se estaba muriendo del hambre. De la vergüenza que esto le ocasionó, delante de ella, desea a toda costa que se lo tragara la tierra.
—¿Tienes hambre? —sondea.
Ella se tomó la molestia de ir a comprarle lo que a él se le había antojado. Regresó con cuatro platos de Udon.
—¿Puedes comer por tu cuenta? —le dice, mientras sacaba los utensilios.
—Sii-ouu… No puedo…
A su vez, que se encontraba reposado en la cama, la cuchara con el caldo y fideos se acercaba a su boca.
Cuando le rosó los labios con la punta del plástico, detrás de ellos, se escuchó un grito desgarrador.
Hideyo estaba parada arriba de la cama con una expresión aterradora, enfocando su mirada en la cuchara pegada a la boca de su hermano.
—Como te atreves… ¡¡¿HACER ESO FRENTE A MI?!! —los ensordeció.
Había saltado de su cama hasta casi tocar el techo para intentando contener su ataque de celos.
—¿Es mi imaginación, o soy la única que ve salir fuego de sus ojos?
Soltó la cuchara vacía repentinamente.
—Si. También lo veo…
La mujer les ordenó que, al terminar de comer, se ducharan, cambiaran su ropa, y fueran a buscarla hasta su oficina.
Cuando sacó las mudas de ropa, en especial, al momento de ponerse la suya, olió ese aroma característico de ella. Su perfume se había colado por accidente en esas prendas.
Aprovechó el encierro del baño para seguir olfateando la prenda que tanto le hacía recodar.
Lo primero que se encontró al salir, fue a la pequeña llevando puesto un vestido blanco con detalles floreados.
Pasaron los días, y ya estaban listo para recibir su alta del hospital.
Según las indicaciones que les dio Akami, el complejo delante de sus ojos, tendría que ser el lugar donde esperarían a ser recogidos por un chofer.
Este tenía una arquitectura diferente: más rústica de lo habitual, al menos de todos los edificios cuáles lo rodeaban.
—¿Seguro que es acá? —duda, la pequeña.
—La tarjeta dice que si…
Se toparon de lleno con una entrada de madera maciza. Golpeó con los nudillos de su mano derecha la puerta.
Desde adentro, contestaron que podían pasar.
Ahí estaba de nuevo la pelirroja: sentada detrás de una oficina. Esta estaba descuidada, lo bastante rústica para la estética que solía manejar.
—Hideyo, necesito que nos dejes a solas por momento…
Reaccionó poniendo una cara de molestia. Su hermano intentó que se calmara, asegurándole que solo sería por un corto tiempo hasta que hablaran de unos asuntos.
—¿Estoy en problemas? —dijo, alterado.
—No. Te leeré las cláusulas de tu contrato laboral.
A raíz de estas palabras, se generaba miles de dudas dentro de su cabeza, hasta el punto que sus manos comenzaron a temblar.
—Hiromi… Voy a ofrecerte lo siguiente y escúchame con atención. —dice.
Tragó la saliva que estuvo acumulando dentro de su boca todo este tiempo. Prestó total atención, a la vez que tensionaba los músculos de la mandíbula sin respirar, para no despistar una sola palabra salir de la boca de ella.
Por debajo de su escritorio, sacó unos papeles.
—Tienes dos opciones. La primera: rechazar el contrato. Si lo haces, lo entenderé... y tendré que matarte ahora mismo junto con tu hermana. La segunda: aceptar el trato a cambio de la vida de tu hermana. Te recomiendo elegir la segunda.
Una helada bajó por su columna vertebral. Los poros de sus manos, comenzarían a secretar grandes cantidades de sudor acompañado de un temblor irracional de por sus extremidades.
—Si estoy aquí es porque lo acepté desde un principio… pero todavía no me dices que labor haré.
Ella sonrió levemente.
—Aquí, en estas instalaciones, necesitamos de personal dispuesto a experimentar con tecnologías nuevas.
Hizo una mímica con los dedos, confundido, se percata de un logo, hecho de metal, colgado en un cuadro de la pared a su costado.
El señaliza con el índice.
—Perdón por interrumpirte. ¿Ese logo pertenece a esta organización?
—Así es, es la insignia del Mikoyan Corp: Una entidad del gobierno creada para llevar a cabo investigaciones clasficados.
Tragó saliva, no emitió ningún otro sonido al respecto.
—Estos días estarás acompañado —arroja.
Detrás de él, escuchó como la manija de la puerta se giraba, produciendo un ruido chillante para luego abrirse por completo.
—Él es Ronoe. Será tu asesor durante tus días de formación laboral.
Hiromi intentó saludarlo acercándole la mano, sin embargo, el extraño nunca movió las suyas dentro de sus bolsillos. Solo contestó con un pequeño
—hola.
Akami se pronunció, diciéndoles que se durante este corto periodo de tiempo, convivirían bajo el mismo techo.
Al salir de la oficina, su hermana, estaba lo demasiado molesta con él por haber tardado más de la cuenta. Intento explicarle la situación sin lograr que lo escuchara.
Encaminados ahora, el mismo viaje no duró mucho hasta que llegaron al sector residencial. Tal zona ocupaba varias manzanas a la redonda.
El cielo raso, poseía un sistema donde se simulaba el día y la noche, dando espacios a cambios de clima como los que experimentó al llegar hasta acá abajo.
Ronoe, invitó a pasar dentro de la casa primero a ellos dos. Se sacaron los zapatos al igual que sus prendas para entrar. Dentro, todo parecía estar normal.
La pequeña dijo que necesitaba ir al baño con urgencia, se estaba haciendo encima…
—Arriba, al fondo a la derecha —indica.
Esperó a que la niña se perdiera de su vista. Cuando escucho que cerró la puerta del baño, camino despacio hasta donde estaba su nuevo compañero.
A traición, sin avisar, le proporcionó un fuerte puño al costado de su mejilla izquierda. Semejante fuerza tuvo ese golpe que terminó por tirarlo encima del sillón.
—No es nada personal, pero te ayudaré a escapar lo antes posible de aquí —avisa.
Con la conmoción del golpe, no lograba formular una respuesta. Seguía frotándose la boca, escupiendo la sangre.
Intentó levantarse del suelo.
—¡¿Qué… mierda… te pasa?! —gadea.
—Les estoy haciendo un favor. Terminaras muerto si no intentan escapa esta noche.
No se quedó a asistirlo.
Dejó que su herida siguiera sangrando mientas él se preparaba para dar una caminata.
—Iré a fumar. Cuando vuelva, ponte ropa negra, lo mismo tu hermana —ordena.
Se puso su chaqueta, ya que comenzaría a lloviznar otra vez.
—Es tu única oportunidad. Esta noche habrá una prueba de energía y apagaran la gran mayoría de luces. Es escapar o morirte aquí.
Tras decirle estas palabras, con el tono de voz más cruel posible, cerró la puerta y se marchó.
Giró lo máximo que permitía la canilla de la cocina para poner su cara de lleno en el chorro de agua.
Desde la otra punta de la casa, bajaba las encalaras la pequeña. Vio como su hermano tenía el rostro cubierto con una mancha.
Tranquilizó su preocupación, afirmando su integridad ante la situación pasada. Al tiempo cuál esperar su regreso, aprovecharon comer toda su heladera.
Mientras tanto, el joven, reintegraba su vuelta. Comenzó a pensar que haría de cenar esta noche, pensar eso lo mantenía ocupado.
Abre la puerta de la casa, para luego caminar hasta la cocina.
—No vi sus cosas en la entrada —piensa.
Antes de que pudiera alzar la voz, sintió un pinchazo por toda la columna vertebral: sus bolas habían sido golpeadas con ferocidad.
De repente, se teletransportó a un campo lleno de flores, cuál por el cielo, pasaban estrellas fugaces por encima de su cabeza.
Pero esa visión suya, no era más que su consciencia procesando el inmenso dolor cual lo hacía delirar.
Suspiró, recuperando fuerzas.
—¡Imbécil… d-e mierda! Te juro que cuando me levan…
—No me iré de aquí. Necesito el dinero del trabajo —argumenta.
Con un gran esfuerzo y voluntad, puesto sobre su cuerpo, logró levantarse del piso, que, por cierto, estaba con bastante mugre, ensuciando su fina ropa de trabajo.
—¡¿No entiendes lo qué te dije?! —le gritó.
El se le burló, haciéndole una mueca.
—No me importa lo que digas —arroja.
—¡¿CÓMO TE ATREVES A PEGARME AHÍ ABAJO!? —quejó.
—Tú me atacaste a traición primero…
Detrás de sus espaldas, por las escaleras, bajaba Hideyo dispuesta a pelear con todas las energías, con una armadura completa de utensilios de cocina, haciendo un estruendo golpeando la olla en su mano.
Miró la escena de ambos discutiendo: el tipo con los huevos rotos y cara de emo.
—¡QUE NO SOY EMO! Agh me duele…
La miró directamente a los ojos.
—Creo que mejor me vuelvo arriba…
Tardó lo suyo en terminar desapareciendo. Al mismo tiempo, el nuevo amigo, caminaba con dificultad hasta la cocina.
Apoya el peso del cuerpo sobre un taburete alto al lado de la mesada en la cocina, donde arriba de ese, posaba el teléfono de la casa.
Aunque se le dificultaba marcar la línea, cuál se quería comunicar, pudo hacerlo luego de estar esperando en tono por unos minutos.
—Disculpe por molestarla a esta hora señorita Akami, pero ¿Podría preguntarle por qué me encajo a estos dos simios en la casa? —comunica.
—Porque eres el único en cual confío —contesta.
En el instante que escuchó esas palabras salir por la bocina infierno del teléfono, los latidos de su corazón se detuvieron de repente. La cara comenzaba a cambiarle de color como la tonalidad de un tomate.
Para ese transcurso, no había manera alguna de que sus quejas lograran ahuyentar ambos de la casa. Mágicamente, ahora podía soportarlos una eternidad.
Su felicidad habrá durado unos pocos segundos, hasta darse cuenta nuevamente de la presencia de él a su lado, apagándole toda emoción.
—Oye emo ¿Por qué estás tan frustrado en querer echarme? —indaga.
No se quedó a charlar con él. Solo se marchó y para cuando subía las escaleras, le aclaró:
—Haz lo que quieras. Mañana nos levantaremos temprano. Buenas noches —culminó.
—¡¿Y la cena?! —elevó la voz.
—Calienten lo de la heladera…
Cerró la puerta de su habitación.
Ronoe, supuso desde la tarde, mañana sería un largo día como también agotador mentalmente. Ahora, tenía nuevas responsabilidades a las cuales atender.
No se molestó en prender ninguna otra luz de su cuarto, dejando como única fuente de luz, una ventana entre abierta.
Piensa, juega con sus emociones a la vez que respira, como recuerda las vivencias pasadas con alguien a quien extrañaba.
Boca arriba, acostado en la cama, dejaría que lentamente la hormona del sueño, comenzara a invadirlo en su materia gris.
Para su mala suerte, un ruido estruendoso proveniente desde abajo, en el comedor, lo despertó, haciendo poner en estado máximo de alerta.
Cuidadosamente, descendía los escalones portando un Canto sin filo, que tomó desde una decoración del corredor.
Intentando intimidar al intruso, es que elevó la espada al cielo, tratando de encajarle un espadazo.
La enorme sorpresa, como disgusto que se llevó, fueron demenciales a tal punto que explotó en un enojo feroz.
—¡ME DESPERTASTE! ¿POR QUÉ HACES TANTO RUIDO?! —forzó la voz.
—Buenos días emo.
Apuntó a la ventana con su dedo.
—Pero si ya amaneció...
Perdió la noción del tiempo de un instante para el otro. De igual manera, seguía quejándose porqué había hecho un verdadero desastre en la cocina para preparar un simple desayuno.
Hideyo, haciendo una pose tonta, también agudizando su tono de voz, le contestó:
—Es que no supe que desayunabas, por eso te hice de todo…
Totalmente agotado, suspiró, echando la cabeza y cerrando los ojos en forma de rendición para sentarse en la mesa.
—Terminaré desertando yo al final de cuentas para que acaben con mi sufrimiento…
Decidió mantener una postura acorde a una persona adulta, y dejar que las demás autoridades, en el trabajo, se encargaran de ella más tarde.
—Haz lo que quieras, mocosa —termina.
Su hermano, para ese momento, ya estaba más que preparado para irse, sin embargo, él lo detuvo diciéndole que no necesitaba llevar nada.
No ante de que pudiera darle otro sorbo al café, miro el reloj disimuladamente, y sin que se diera cuenta, a la primera ojeada, estaban atrasados.
Mientras se paraba, vacío en el lavabo lo poco que había dejado en el fondo de la taza. Seguía un poco despistando por el despertar abrupto, hasta que volvió a consultar el reloj de pared.
—¡TENEMOS QUE IRNOS YA MISMO! —levanta la voz.
Apareció Hiromi, quejándose del ruido que hacían, a la vez que flotaba sus ojos con los dedos para quitarse las lagañas.
—¿Ir a dónde? —cansado, contesta.
Entonces, de nuevo, clavó su vista fijamente en él, como lo hizo la tarde pasada. Dando como resultado su despabilar.
Ferozmente lava sus dientes y muda de ropa.
—¡Tú te quedas aquí! Nosotros nos tenemos que ir —le ordena a su hermana.
La tranquilidad del ambiente quedó perturbada cuando entraron esas claras palabras por sus oídos, pero… como entraron por uno, salieron por el otro.
—No me importa… iré igual… —dijo, cruzando los brazos.
Un auto frenó sus ruedas, quedando estacionado a las afueras de la vivienda.
El conductor presionó la mano contra el volante para pitar dos veces el claxon.
Por la puerta que estaba entre abierta, salieron tres figuras, esperando el llegar de ellos hasta el vehículo.
Procedieron a sentarse en la parte trasera, donde cada uno se les obligó a ponerse los cinturones de seguridad.
Interrumpe él alboroto otra vez el conductor, consultando al joven de apariencia sombría, el destino cual deseaban ir.
Para cuando terminó de abrochar el cinturón, respiro unos segundos. Le respondió que al edificio central del Mikoyan.
Ahora, el auto, se ponía en marcha, dirigiéndose hasta donde se indicó. El viaje no duro demasiado por las distancias.
Sin avisar, en el cielo, de nuevo caía otro torrencial, impidiendo que pudieran salir del vehículo sin antes empaparse.
En las afueras del lugar, esperaba la figura de esa mujer aguardando el llegar del trasporte, sin inmutarse por el clima.
Cuando este se estacionó, caminó, dándole una vuelta al coche. La puerta se abría, dejando entrar su aroma reconocible en cualquier lugar que estuviera.
Por dentro de Hiromi, algo comenzaba a formarse, quedándose atrapado en las nubes de su consciencia, formando escenarios como también repitiendo recuerdos vividos. El causante, era ese aroma, su olor de mujer.
No antes de ir directamente hasta el destino principal, tuvieron que recoger a la responsable de vidas allí abajo.
Al momento para cuando se acomodó en la butaca, giró hacia atrás la cabeza para saludar a los muchachos, y vio que su hermana estaba acompañándolos.
—Lo siento mucho, señorita Akami. Le dije que no podía venir, pero hizo capricho. Le pido por favor que la ec…
Antes de que pudiera terminar la frase, ella lo interrumpe
—Está bien, no te preocupes. Yo me quedaré con ella para que no esté sola —confirma.
El rostro se le tornó de una tonalidad pálida, y la boca, abierta hasta rozar la alfombra.
Por última vez, el coche conduciría en la dirección aclamada por los labios del copiloto.
Pasaban las edificaciones por fuera de la ventana: él seguía mirando con una expresión de preocupación.
Más delante, se detuvieron por una señalización.
El chofer bajo todas las ventanillas, que de por sí, poseían un polarizado oscuro.
Antes de que alguno de ellos se diera cuenta, salvo por la mujer, un rayo invisible impactó de golpe en los rostros de todos los pasajeros.
Únicamente, esa fue la medida de seguridad tomada para controlar quienes ingresaba como salían. Con ese sistema de seguridad se manejaba todo el complejo.
Todos procedieron a bajar del auto.
—Caminaremos a partir de ahora —aclamó.
Hicieron caso completo a sus palabras. El chofer, por otra parte, se quedó esperando la vuelta de cualquiera que buscará regresar hasta la otra punta.
—Hermosa, tienes que esperarnos aquí, luego nos iremos contigo. ¿De acuerdo? —mandó.
Ella la miró, apenada al oírla. Quiso intentar convencerla de dejarla ir, sin embargo, no le salieron las palabras para expresarle su descontento.
Volvía a meterse adentro del vehículo, acostándose en los tres advientos de atrás. En el interior, se encargó de hacerle saber, cruzando los brazos, lo molesta que se encontraba.
—Ronoe, necesito que te quedes con ella. —le pide, inclinando la cabeza.
El clima yacía cambiando de formas y tiempos con relatividad a medida que las agujas del reloj giraban.
Aquella zona, donde estaba ahora presente, no compartía mayor similitud con el resto del complejo. Todo parecía pertenecer a un mismo organismo, como si fuera un ser viviente de concreto.
Ella siempre caminaba de la misma forma. Usaba las mismas expresiones, era una personal que intimidaba sólo con su andar.
Lo último que quería lograr era incomodarle, actuando o haciendo alguna pregunta que llegara a molestarle, pero estar junto a su lado, hacía estragos en los sentimientos suyos.
Unos pocos metros más adelante, paró la caminata de repente para girar hacia la derecha y, por último, terminar llegando donde una entrada.
No se dirigieron directamente por la entrada principal, sino que tomaron un camino alternativo, cual este, tenía una decoración gótica combinado con vegetación y jardinería extraña.
La muchacha, procedió hacer un gesto de respeto en una fuente de agua en el centro de la entrada.
Observando toda aquella secuencia, el no hizo lo mismo, porque no creía en la adoración de figuras, ya que era agnóstico. Solo se limitó a guardar silencio en forma de respeto hacia las creencias de la persona que tenía al frente.
Siguieron caminando. Más adelante, terminarían por chocar contra una escalera que dirigía un camino bajo tierra.
Comenzarían a descender por ella, dicha entrada que aparentaba alcanzar unos siete metros bajo tierra, o eso es lo que calculó su consciencia.
Al llegar al final, esta culminó en un enorme sarcófago: había cientos de placas conmemorativas pegadas alrededor de las paredes.
La única fuente de claridad, eran las mismas velas remitiendo una luz tenía al igual que cálida.
En la parte central, existía una fuente de agua, y sus canales recorrían el perímetro completo, rodeando la cámara, reflejando el agua por los muros.
—Disculpe Akami. ¿Dónde me está llevando? —inquietó.
Delante de ellos se encontraba un hombre de espaldas.
—Ese tipo, será la persona encargada de instruirte para tus labores —informó.
—Pero… creí que tú lo harías ¿Además quién es el? —apenó.
—Yo estaré viajando fuera del país por la mañana. Estoy ocupada con otros asuntos. Por eso yo no puedo capacitarte.
Al instante que dejó de observar la belleza del lugar, se percató que, todo este tiempo, hubo otras personas detrás de sus espaldas.
—Ryoei, aquí traje al nuevo aspirante —pronunció.
Ante sus palabras, Hiromi se quedó estático. Frase que erizaró su piel, dilatando sus pupilas como causándole un silbido en el oído izquierdo.
El hombre extraño, de estar apoyado sobre sus rodillas, se alzó, levantando primero su cabeza para después sus piernas, hasta revelar su figura robusta, aunque delgada a la vez.
—Dime tu apellido —arrojó, dando un último sorbo a su whisky.
—Oneourstein ¿Por qué lo pregunta?
El sujeto con apariencia de hombre maduro, miró a la señorita Akami fijamente a los ojos para decirle que podía retirarse del lugar.
No supo que hacer ante tal escenario.
El cuerpo de Hiromi se tensionó, contrayendo casi la totalidad de sus músculos. A la vez, su cerebro mandó grandes cantidades de adrenalina así mitigando de lleno el inmenso dolor que experimentó repentinamente.
Había cubierto su rostro justo a tiempo antes de que el puño del hombre impactara de frente contra sus cuerdas vocales.
Tal fue la fuerza del golpe, que quedó tirado en el suelo, observando cómo se acercaba lentamente.
Todo se había tornado sombrío de repente. Pensó que simplemente hablarían de temas aburridos de formación laboral, como siempre es de costumbre, sin embargo, ahora su vida parecía correr peligro.
Como tan rápido pudo permitirle su velocidad de reacción, levantó su cuerpo lastimado del piso, intentando ponerse en guarda para el próximo ataque.
Otra vez el tipo atacaría de nuevo a la yugular. Lo notó en sus movimientos. Cubrió apresuradamente la misma zona del cuerpo que había sido impáctala antes.
Estaba seguro que repetiría el mismo ataque, lo vio en sus movimientos. en la forma de posicionarse y donde clavaba la miraba.
El inminente golpe se le acercaba otra vez por la misma dirección, con claras intenciones de lastimarlo con un choque certero.
Aquel sujeto preparó ese trompazo para intentar acabar con la consciencia de él.
La mente de Hiromi quedó desconcertada, como sí le hubieran extirpado todos los nervios de su cerebro. Ahora, por sus ojos, no visualizaba su alrededor, sino que toda su vista se había nublado.
Todo había pasado tan rápido que no tuvo tiempo de reaccionar, mucho menos de intentar analizar qué había pasado hace escasos segundos atrás, porque para cuando sus ojos lograron recuperar el sentido de la visión, se percató que yacía tirado piso.
—Me sorprende que hayas detenido el primer golpe. Por lo general, es el más letal, porque es fuerte y llega de sorpresa. Pero una simple patada bastó para derribarte…
Agonizando en el piso, hizo un gesto con el dedo para que se acercara.
Accedió, poniendo su oído al frente de sus labios.
Cuando lo tuvo a escasos centímetros, buscó darle un rodillazo de lleno en el pecho.
El viejo, esquivó el ataque con suma facilidad, logrando inmovilizándole la pierna, como rodilla. Empujando sus extremidades de nuevo hacia el concreto con suma violencia.
—Trucos de mierda no te servirán.
Al igual que repelió el ataque con su mano izquierda, ahora con la derecha terminó de agarrarle el brazo.
Con un mínimo fuerzo, lo mandaría a volar hasta la fuente de agua, haciendo que impactase con la estatua de la misma para terminar cayendo dentro de ella.
Burbujas salían a la superficie, teñidas de rojo. Completamente débil, sin alguna fuerza de voluntad más que la de sobrevivir, intentaría salir desesperadamente.
Pero esa silueta, bloqueaba el acceso a la salida. Estaba aguardando que él saliera del agua, parado en el medio del sarcófago.
Se quedó esperando unos segundos a que saliera del estanque. Al darse cuenta que no poseía la suficiente energía para salir del agua, sacó su cantimplora con licor.
Casi dando el primer sorbo, se percata que había logrado ponerse de pie, pero no parecía estar estable, ya que todo su cuerpo temblaba ante tal esfuerzo.
Eso fue el detonante que causó que guardara otra vez la bebida dentro de su abrigo, lo cual hizo cambiar la expresión en su otro.
Infló su pecho con una cantidad considerable de aire para posterior dejarlo salir. Adoptó una postura de carrera.
Para esto, Hiromi todavía seguía respirando con dificultad. Su inminente desplome estaba más cerca que nunca.
Aquel oxígeno, cual inflaba su tórax, salió disparado hacia el exterior al momento de salir en carrera, saltando a mitad de camino para clavar la suela de su zapato directo en el rostro del chico.
La perspectiva suya, al observar como aquel tipo iba tras él nuevamente, todo se le tornó lento a su alrededor, como si estuviera viendo la muerte delante de sus ojos.
Con la última pizca de energías, con esas pocas reservas, su cerebro pudo hacerle reaccionar todos sus músculos del cuerpo, tirándose para un costado.
El pie del hombre, terminó por chocar secamente contra el hormigón, chisporroteando, dejando la figura del zapato impresa en el mismo.
Existiendo cierta distancia entre ellos por primera vez, pretendió marcharse por la salida. Era su única oportunidad para escaparse.
De seguido, escuchó un fuerte chasquido. Razón por la que cayó desplomado sin tener mayor noción de lo ocurrido.
No se podía mover. Ningún nervio de sus piernas respondía a los impulsos ordenados por él, y hacerlo forzar esta acción biológica le suponían un dolor desgarrador.
—No intentes moverte. Te disloqué las dos piernas. Llamaré a una ambulancia para que vengan por ti. Yo me voy, terminamos tu entrenamiento de hoy —dijo, mientras volvía a tomar de su cantimplora.
Dio el último sorbo que quedaba de líquido en ella. No antes de volver a guardarla, detuvo su andar para observarlo detenidamente una vez más.
—¿Oneourstein? —Su rostro se ensombreció—. Quizá esté delirando por el alcohol…
Volvió a caminar.
—Mañana entrenaremos temprano —despidió.
No hubo otra palabra después de eso, solo la sensación de sentir todo el su cuerpo hirviendo.
Para la dichosa de su suerte, mientras intentaba luchar aguantando el dolor, a o la vez que jadeaba, tragando aire, los servicios de emergencias había llegado al lugar.
Se lo llevaron sin más hasta el hospital, ubicado a unas calles más adelante de ese altar. En todo el camino, miró como el cielo se le desdibujaba delante sus ojos.
Aquellos pocos segundos que transcurrieron en ese enfrentamiento, los percibía como horas.
Tratado ya, cuando llego a la casa, los ojos se le cerraron.
Ahora, se abrían los glóbulos oculares de Akami, cual se encontraba despertándose luego de un sueño reparador.
Tendría que levantarse de la cama pronto para alistar su viajar al exterior.
Por fuera, esperaba un vehículo: el mismo conductor que anteriormente los acompañó.
El último paraje, concluiría en el aeropuerto de Sapporo, donde unos hombres del personal aeroportuario, aguardaban el llegar de la señorita.
Una larga alfombra guiaba el su andar, culminando la misma en una escalera de gran altura, permitiéndole así entrar al avión.
Su asiento fue elegido por ella misma. Estaría viajando por la parte trasera del avión, casi rozando la cola, en la última.
Viajar mirando por la ventana, eran una de sus cosas preferidas.
Trascurrieron los minutos hasta que encendieron los motores del avión, así se comenzarían a dirigir hasta la pista principal de despegue. Tuvieron un ascenso impecable a pesar de las condiciones climáticas.
Las luces del ala derecha, cuya fuente de luminosidad, era lo único que podía distinguir por fuera del pequeño panel de vidrio. Mientras a su vez, se perdía en ocasiones entre las nubes, ocultando su resplandor.
Habían trascurrido una hora y cuarenta minutos. Para ese punto, comenzaban asomarse en el horizonte las luces de la ciudad de Tokoy, cuya escala era de suma urgencia. Tendrían una pequeña demora de unas horas para llegar al destino principal.
El piloto apretó un botón en cabina. Les habló a los pasajeros informándoles que estaban a punto de realizar un aterrizaje.
Piloto que accionó el mecanismo de la aeronave, y el sistema hidráulico inferior, comenzaría a descender, mientras los flaps se levantaban.
Esas primeras ruedas del avión, siendo las traseras las encargadas de resistir el impacto más duro del descenso, tocaron la pista, consecuencia que generó una fuerza de presión gigantesca sobre las gomas.
Por detrás, como por delante, y al costado de los asientos donde estaba ella, se elevaron figuras borrosas, que no alcanzó a distinguir con la mirada de quienes pertenecían.
No le dio mayor importancia.
Ella sintió un temblor esparcirse por todos lados. Este, viajando por todas partes al fuselaje al instante justo al instante del aterrizaje.
Ese mismo estruendo, fue aprovechado por unas manos manchadas de mugre, cual ejerció la fuerza necesaria para empujar un gatillo de metal hacía atrás: haciendo funcionar aquel engranaje que permitió martillar un cilindro de plomo con punta hueca.
Una explosión de fuego, expulsó aire por el pequeño cagón metálico y corto, disparando violentamente gases, ardiendo a una temperatura extrema.
Pequeñas bolas metálicas impactaron de lleno contra el blando cuerpo de la mujer. Aquellas metrallas, desfiguraron su cuerpo por totalidad: cada lado, extremidad o forma que compusiera su anatomía, dejándola masacrada tanto a ella como a sus compañeros de viaje.
En milésimas de segundos, luego de que las personas a bordo escucharan los sonidos de detonaciones, los pilotos terminarían por perder el control, no lograron estabilizar el avión.
La pesada nave, se volcaría contra el pavimento, cuya superficie se encontraba sumamente resbaladiza por culpa de la lluvia. Esto generó una detonación, donde toda alma que estuviera a un kilómetro a la redonda, pudo oír la explosión.
En la oscuridad de aquella noche, se elevaba una columna de humo por encima de las nubes, dejado un rastro de ruinas a su paso por culpa de aquel fuego incandescente.
Fin capítulo 2