Tres meses después. Finales de Julio. Tokio. 2030.
Eran pasadas las doce de la noche, cerca de las dos de la madrugada. «Él» se encontraba sentado en un banco, su lugar habitual para relajarse, especialmente porque estaba junto a un río. Podía sentir la brisa fría proveniente de sus aguas.
Había largos caminos a lo largo de sus orillas. Sus caminatas nocturnas le ayudaban a relajar su mente, a dejar a un lado la sensación de soledad y a ignorar sus preocupaciones. Era una maniobra para escapar de su tristeza, algo a lo que estaba acostumbrado desde que era consciente.
El uso de la razón no es más que un depósito de prejuicios establecidos en la mente antes de cumplir los dieciocho años. Está acompañado por eventos en los que nos hemos visto envueltos a lo largo de nuestro desarrollo, como aquella vez que tu madre te regañó por comportarte mal. Estas experiencias se graban en nosotros, moldeándonos.
Muchas personas podrían ahogar sus penas con alcohol o drogas, pero ese tipo de soluciones no le llamaban la atención. Su forma de enfrentar la realidad era clara: permitirse sentir, en lugar de suprimir esos sentimientos falsamente. Hasta cierto punto, tiene razón. Ocultar el problema real sería engañarse a sí mismo y, cuando llegara el momento de enfrentarlo, volvería a ocultarlo.
Su mente se había vuelto escéptica respecto a casi todo. Los eventos de su vida los describía como trágicos, nada más. Para «Él», no existía un dios ni el karma, nada que pudiera tener influencia en la vida de las personas.
Si le tocaba morir por enfermedad, su cuerpo biológicamente se había vuelto débil. Si era por manos de otra persona, no pudo contestar rápido a la amenaza que el agresor ejerció. Por un accidente, será un motivo de un error humano. Por un factor climático, solamente naturaleza.
Todo tenía su explicación en su mente. Nada podía alejarse de los parámetros de la realidad.
Creía fielmente en la meritocracia. Esto es lo que lo motivó siempre. Su esfuerzo fue quien lo llevó adelante. Así consiguiendo todos sus éxitos personales.
La ayuda que otros le ofrecían, siempre terminaba rechazándola.
Las decisiones que tomase, serían las que lo llevarían por diferentes caminos. Similar a un efecto mariposa o domino.
Para muchas personas, su forma de pensar sería bastante fría y negativa. Casi todos los humanos son guiados por algo. Por religiones o energías espirituales. Necesitando una figura de influencia que los haga sentir fuertes. Algo que apoye sus acciones, dándoles nombres propios. Sentirse querido es algo que la gran mayoría busca en grupos de diferentes índoles. Nos cuesta adaptarnos en un entorno donde nos vemos envueltos solos y en algún momento, somos parte de una. Tal vez, ni siquiera nos damos cuenta de que pertenecemos a uno. Estamos sumergidos en ellos. Nos sería difícilmente alejarnos.
Prácticamente, a lo largo de los años, nos fuimos desarrollando en muchos grupos. Saltando de uno en otra. Como cuando pasas de la escuela primaria al bachillerato. Podría decirse que cualquiera que no se adapte a estas, sería una persona marginada.
«Él» Se marchó a su casa.
Desde que fue despedido, comía con los ahorros que tenía guardado desde hace tiempo. Siempre fue precavido por diferentes motivos. Por cosas que pudieran afectarle a futuro. Pero ese dinero se acabaría.
Se cruzó una tienda de conveniencia de camino. Aprovechó y compró de la manera que pudiera ahorrar en lo posible. En su cartera, quedaban unos dieciséis mil yenes.
Su mejor amigo constantemente le ofrecía dinero, pero «Él» lo rechazaba. Que hiciera eso, tal vez seria por orgullo, o por no hacerle cargar a él con su peso.
Cuando llego, soltó todas las bolsas en la cocina. Estaba demasiado cansado para ordenarlas.
Se durmió sin más.
Su cerebro empezaba a reflejar las primeras imágenes de un sueño.
Estaba cenando con una persona que no podía reconocer. El rostro de esta poseía una neblina que hacía imposible observarla.
Esta figura rara, emitió unos sonidos.
«Blim, blim.»
Esto hizo que «Él» se sintiese sumamente confundido.
Volvió a hablar.
«Sonidos raros»
De golpe, se despertó. En realidad, estaban llamando a su puerta. A través del comunicador, avisó que iría a atenderlos de inmediato. Abrió la puerta y un rayo de luz que se filtraba desde los techos de las casas vecinas lo dejó encandilado. Lo primero que pudo observar fue una ambulancia. Se sentía extrañado por verlos en la puerta de su casa. El hombre vestido de enfermero preguntó si invitaba a pasar.
«Por supuesto», contestó. Vergonzosamente, se disculpó por las bolsas tiradas.
«Tomen asiento por favor. Iré a traer té.»
En la sala de estar le preguntó el motivo de su visita.
—Usted debe ser el Tutor de…
Sin previo aviso lo interrumpió.
—Sí. ¿Qué pasó con ella? —dijo.
—Vinimos del hospital Fukagawa Tachikawa. Conozco casi nada sobre el caso que padece su familiar. Soy nuevo. El antiguo médico que estaba tratándola renunció —contestó.
—¿Entonces…? —preguntó preocupadamente.
—Soy el nuevo suplente. Pero con lo que he podido examinar y por el motivo que vinimos, ella está empeorando —afirmó.
—No esperaba esto. No lo entiendo… ¡Hace unas semanas la fui a visitar! ¡Ella se encontraba bien! ¿Cómo es que está empeorando? —respondió alterado.
—Su enfermedad afecta principalmente a su cerebro, degenerándolo progresivamente. La medicación que suministramos atrasa su deterioro, pero actualmente, con las drogas que implementamos, solo atrasamos un proceso que, al final, llegaría hasta su materia gris —protestó.
Su cabeza no paraba de maldecirlo.
—¿Qué sucederá si eso llega a su cerebro? —dijo mientras agachaba la cabeza.
—Hay pocos casos en el mundo como para tener una referencia sobre los desenlaces. Teorizamos que, en cualquier caso, posiblemente sería como si estuviese en un estado de mínima conciencia —manifestó.
«Él» comenzaba a temblar. Su voz se quebrantaba.
—Por favor… Díganme que hay una solución para esto —suplicó desgarrado.
—Emplearemos nuevos medicamentos. Nunca antes fueron testeados, pero ya no hay tiempo para esperar —aseguró.
Su temperamento se volvió más agresivo.
—No lo entiendo. ¿Por qué no pueden curar a mi hermana? Llevo años pagando su carísimo tratamiento. ¿Y todavía no pueden encontrar ninguna forma de poder curarla? —furioso reclamó.
El sujeto tomó un sorbo largo de té y procedió a darle una respuesta amarga.
—Firme estos documentos. Estos otros nos hacen saber que usted pueda seguir pagando los tratamientos —asumió.
En ellos había una redacción sobre los problemas de salud de su hermana, los procedimientos que se llevaban actualmente para tratarla. En la siguiente hoja, al final, se encontraba la lista de los posibles nuevos tratamientos que se le podrían aplicar y sus costos.
Esa respuesta que recibió lo molestó demasiado, al punto de sentir impulsos de querer golpearlo. Pero «Él» entendía que aquel médico no tenía la culpa de absolutamente nada.
—Gracias por haberse tomado la molestia de venir —expresó.
Los profesionales se levantaron. Antes de salir por la puerta, el doctor le dijo una última cosa: «Espero que Dios los ayude.»
Cerró la puerta.
Inesperadamente, se desplomó al suelo. Su cuerpo lo sentía demasiado pesado. Tres minutos después, recuperó el aliento. Se dirigió a la cocina, abrió la llave de la canilla y sumergió su rostro de lleno en el chorro de agua. Debajo, en los cajones, sacó un mechero y quemó los papeles.
Todo se estaba haciendo sumamente agobiante para «Él». A pesar de haber transcurrido dos meses desde su despido, no le comentó a su hermana sobre su situación. Tomó esta decisión para no preocuparla.
Se quedó una hora dando vueltas en la cocina.
«¿Cómo solucionaré esto?» Se preguntó.
El tratamiento que mencionaba aquellos papeles, no aseguraba que tuvieran éxito. Tampoco habían sido testeados antes. Lo más probable que usaran a su hermana como sujeto de pruebas. Estaba más que claro que no dejarían pasar una oportunidad como esta.
Los medicamentos y terapias que se emplearían, eran sumamente costosos. Algo que lo dejaría sin dinero pronto.
Su nerviosismo estaba concentrado en cómo sería solucionaría este nuevo dilema. Tarde o temprano, se lo veía venir.
El dinero que tenía ahorrado se le fue rápidamente. Pagando tanto sus necesidades, como la cuota del hospital.
Caminó hacia la sala de estar. Se acostó en el sofá.
Despacio cerró sus ojos.
Volvió a ensoñación.
Allí estaba esa figura de nuevo: Sin rostro. Incapaz de emitir alguna señal de comunicación.
«Otra ve…. ¿Qué eres?» Le preguntó.
Sus labios se movieron suavemente.
Escuchaba algún que otro murmullo. Pronto, sonidos extraños se iban formando en una sola palabra. Únicamente, fue cuando se acercó hacia esa cosa, que pudo distinguir algo.
«Se hará…»
Intentó acercarse más. Miró a su alrededor. Tuvo una sensación extraña. Algo parecido a un mal estar.
Las demás personas que también estaban cenando en aquella terraza, no poseían rostro.
Sé asustó. Pegó un salto de la silla.
«¡¿Dónde estoy?!»
La figura volvió a emitir un sonido.
«Tarde…»
Cuando pudo tranquilizarse, se giró y se volvió a sentar.
«¿Quién eres?» Le preguntó.
No respondió.
Intentó tocarla, pero no pareció hacer efecto. De repente, empezó a sonar una música extraña.
«Lo que faltaba. Jazz.»
Esto le dificultaba poder descifrar sus murmullos.
Agarró la copa de vino que estaba al lado de su plato. Se la arrojó en la cara. Pero igualmente no funcionó. No hubo respuesta. Solamente se quedaba en su asiento. Moviendo los labios.
«Ahora me siento mal por ensuciarte.» Culpablemente dijo.
La miró fijamente. Estaba tratando de reconocerla. Buscando alguna señal que le pudiera ser familiar.
Descartó a Heiden, porque tenía un cuerpo de una mujer. Luego pensó en su amiga Naoki. Pero la figura era más delgada, casi pareciéndose a un esqueleto. Lo cual lo perturbaba.
Se estaba rindiendo. Cualquier cosa que hiciera para comunicarse con ella, no daba resultados.
Raramente, la música se puso más lenta.
«¿Qué carajos está pasando?»
Al mirar de nuevo a su alrededor, las personas que estaban allí, se esfumaron. Ni siquiera quedó rastro de los platos o mozos. Estaban ellos dos solos.
«Al parecer quedamos tú y yo nada más.»
La música volvió a ponerse más lenta.
En la terraza en donde se encontraban, tenía vista a un cielo estrellado. Un paisaje deslumbrante: Las tenues luces generaban un ambiente perfecto para observarlas. A pesar de estar en la ciudad, no se percibía rastro de contaminación lumínica.
Un destello repentino lo asustó. Giró su cabeza mirando en dirección donde provino el sonido. Allí apareció una estrella roja con una forma exótica.
De repente, el cielo se empezó a mover demasiado rápido.
Las demás estrellas alrededor se movían, pero a la roja no parecía afectarle. Se quedaba fija allí. Como si estuviese observándolo.
La música se empezó a oír trabada. Ya no se podía distinguir la letra.
Distraído por esto, sintió la fricción de algo cálido que tocó su brazo. Volteó mirando a la creatura. Ella era quien lo había tocado.
Un enorme estruendo se oyó. La música se aceleró. La enorme estrella comenzaba a dirigirse hacia ellos.
«¡¿Qué mierda es esto?!» gritó fuertemente mientras se levantaba de la mesa.
Corrió por todo el lugar tratando de buscar la salida, pero no encontró una. Estaba atrapado en lo que aparentaba ser una terraza. La única salida de allí sería saltar el barandal de cristal cayendo al precipicio. Se encontraba en la azotea de algún edificio extremadamente alto.
Otro sonido ensordecedor lo alertó. La estrella roja parecía estar a unos pocos kilómetros de él y se aproximaba rápidamente. Algo comenzaba a emanar desde el interior de la estrella: un enorme ojo. Podía sentir cómo aquel ojo lo observaba fijamente, exclusivamente a él. A la par, se percató de que la criatura con figura de mujer había desaparecido. Desesperado, trató de buscarla.
«¡¿Dónde se fue?! ¡Quizás esa cosa me saque de aquí!» El ojo gigantesco estaba a solo unos escasos edificios.
Se aproximó al borde de la baranda de cristal. Miró hacia abajo y por la enorme altura se quedó reflexionando. Tomó coraje y se lanzó al vacío sin pensarlo mucho más tiempo.
A unos tres metros de caída, una red lo atrapó. No podía creerlo. Estaba flotando a lo que seguramente serían unos quinientos metros de altura.
Una luz molesta lo dejaba encandilado. El culpable era un cartel amarillo con luces pegado en la pared del rascacielos. Este contenía una leyenda escrita: «Valore su vida. Suicidarse no es una opción. Si posee depresión, comuníquese al…»
No podía entender cómo había sucedido eso. «¡¿De dónde salió esta red de mierda?!»
Antes de que se precipitara, las sogas no estaban. Una descomunal fuerza empezó a aplastar su cuerpo. «Creí que sería rápido, pero es… Me está ahorcando…» Uno de sus mayores temores era morirse por asfixia, de por sí, es una muerte horrible.
Sus pulmones estaban a punto de estallar; de su boca no paraba de emanar sangre. La fuerza de gravedad que experimentaba era inmensa, lo cual le suponía un esfuerzo titánico para respirar. Su pecho apenas resistía la presión interna, por lo que dejó de intentarlo; seguir intentando respirar haría que su tórax estallara por completo.
En su mente se imaginó que la responsable de esta gravedad sería la desagradable estrella roja. Agitó su cabeza en todas direcciones, pero no encontró ningún rastro de ella. El cielo volvió a ponerse tranquilo.
«¡¿Será la criatura?! ¡Es imposible, desapareció!» Otra fuerza lo estaba alcanzando, pero esta era diferente, parecida a una corriente marina que lo empujaba violentamente lejos de la costa. Le resultaba imposible moverse. Entró en pánico; estaba colgando en el aire.
De la nada, entreoyó un tañido estremecedor. Volteó su cabeza a la izquierda. La colosal estrella roja se encontraba a unos pocos metros de él. Intentaba moverse con todas sus fuerzas, pero todo era en vano. Nuevamente, le tocaron el hombro.
Reapareció esa criatura de nuevo y se acercó hacia él, murmurando ininteligiblemente. Se postró encima de él, puso sus manos en su rostro y acercó su boca hasta su oído.
El vapor borroso de su rostro pareció desvanecerse, pero para cuando esto pasó, él ya no podía mirarla a la cara; solo pudo distinguir que la mano de la criatura tenía pequeñas pecas.
Lamentándose, pronunció: «Llegarás tarde... Llegarás tarde... ¡Levántate!»
Atrás en el tiempo.
25 de marzo de 2020.
«Llegarás tarde...»
Esas fueron las últimas palabras que puedo recordar. ¿Qué será de nosotros a partir de ahora?
Después de un tiempo, dejé de pensar en eso. O quizás solamente se me haya olvidado. Solo estaba siendo egoísta conmigo mismo por pensar que estaba solo. Ahora sé perfectamente que estaba equivocado. Porque tú estarás velando por mí. En donde sea, el tiempo que sea.
«¡Llegarás tarde cariño! ¡Levántate!»
En esa mañana. Aún recuerdo algunas cosas que sucedieron. Aquella voz hablándome, era mi madre. Diciéndome que me despertara. También recuerdo el clima que hacía. El calor insoportable. Había mucha humedad. Lo detesto.
«Ya estoy despierto…»
No entiendo el por qué esa mañana me encontraba demasiado cansado. Ah, sí, lo recuerdo. Me quedé toda la noche estudiando para el examen de hoy. No sé si verdaderamente valió la pena. Supongo que todos pensarían que si lo ameritaba.
Caminé hasta la cocina.
«¿Ya está el desayuno?»
«En la mesa hijo.»
Cuando me senté, al momento de querer agarrar la taza, un dolor molestó, me atacó. Era lo esperado después de estar muchas horas con el cuello erguido.
«Hijo ¿Puedes traer a tu hermanita?»
Como olvidarme de ella. La primera vez que no lloró cuando la sostuve en mis brazos. Fue precisamente ese día.
Fui a recogerla a su cuna.
Al principio, no podía entender cómo había sacado ese tono de piel. Bueno, observando a mi madre, de cierto modo sería lo normal. No fue muy alta, y por supuesto, era extremadamente blanca. Es obvio que mi hermana sacó los mejores rasgos de nuestros padres. A veces sentía envidia por sus ojos.
¿Quién no quisiera tener esos ojazos?
Mi parecido se asemejaba más al de mi padre. Alto. De cabello gris. Otra cosa de las que no podía entender el motivo.
«Déjala en su corralito.»
La acosté. Volví a sentarme. Desayuné lo más rápido posible.
Me alisté.
Saliendo del departamento, mi madre me llamó.
«¡Hijo tu peluca!»
Me la había olvidado. Estaba lo bastante apurado para acordarme de eso.
«¡Ya voy!»
¿Por qué mi madre me reclamaría algo así?
En todo Japón, sobresalir está mal visto. Absolutamente en todas las escuelas primarias y secundarias, te reclamarán a ti y a tus padres si posees un color de pelo que no sea el negro.
Los estudiantes no solo teníamos prohibido teñirnos el cabello. Aquellos que lo tengan de otro color, son forzados a teñirse del mismo color que tiene el resto de sus compañeros. Da igual si eres pelirrojo o rubio natural. Serás obligado.
En mi caso, no podía darme el lujo de teñirme. El problema, soy alérgico a cualquier tipo de tinte. La escuela, por razones de salud, me permitió usar una peluca de color negro.
Por mi corta edad, no sabía por qué tenía ese color de cabello. Ahora sé que lo heredé de la familia padre.
¿Por qué será que nací con ese color tan llamativo?
«¡Me voy mamá!»
Tenía muchos nervios. Caminé rápido hacia la escuela. No se encontraba demasiado lejos de casa, pero no podía gustaba llegar tarde.
Al cruzar por el puente del río, por debajo escuché una voz.
«¡Ayu…!»
«¿La voz de alguien?»
Curiosamente, me acerqué al barandal del puente. Ese sonido había llamado mi atención. Lo suficiente para hacerme olvidar que tenía prisa.
Pude observar que había una bicicleta con la rueda delantera torcida. Un poco más al lado, había un niño intentando subir al muelle.
Con todas mis fuerzas, corrí para ayudarlo.
«¡Agárrate de mi mano!»
«¡Súbeme!»
Me empapé todo.
Fui el único que estaba pasando por ese lugar. Los autos también lo hacían, pero los motores generaban demasiado ruido como para que escuchasen su quejido.
—¿Estás bien? —tartamudeando pronuncia.
Algo raro le pasaba. Sabía que se estaba ahogando. Nunca creí que me tocaría salvar a una persona.
—Muchísimas gracias —Mientras tocía—. —dijo.
—¿Qué te pasó? —le preguntó.
—Estaba distraído andando en mi bicicleta cuando un gato se cruzó en mi camino. Giré rápido. Entonces caí directo hacia abajo.
—¡Hey! ¡Tu pierna está sangrando mucho! —mencionó preocupado.
—¡¿QUÉ?! —gritó.
—¡T-tu pierna, idiota! —respondió.
—Espera, ¿tú? Vamos al mismo curso —pensó.
—¡Eso no importa! ¡Ahora tenemos que llevarte a un hospital! —insistió.
—¡NADA DE ESO! —repentinamente chilló.
—¿Qué? —contestó extrañado.
—¡Hoy tenemos prueba de matemáticas, idiota! —recordó.
—Pero tú… no te conozco. ¡No sé quién eres! —le reclamó.
—Yo tampoco te conozco. Pero eres el chico que usa peluca, ¿no? —insinuó.
Me sentía incómodo cuando los demás niños mencionaban eso. Cada vez que le preguntaba a mi padre sobre el porqué del color raro de cabello que teníamos, evitaba la conversación.
—¡Cierto, el examen! ¡Vayamos a la escuela! —contestó.
—¡Espera! ¡Espera! ¡No puedo caminar! —se quejó.
—Mier… ¡Está bien, súbete a mi espalda! ¡Te cargaré! —confirmó alterado.
Ese niño era el primero de todos con quien interactué sin que me desagradara. Él estaba preocupado por el examen. Yo no paraba de pensar en llevarlo al hospital.
—Oye, pesas mucho. No te muevas. —reclamó.
—Lo siento. ¡Pero apúrate! —replicó.
Quién diría que esa sería la forma trágica de conocer a quien, en la actualidad, sería mi mejor amigo.
—¡Llegamos! —dijo.
—¡Bien! ¡Justo a tiempo! Vamos al curso. —habló.
—¡De eso nada! ¡Tengo que llevarte a la enfermería! —le reclamó.
—¡¿CÓMO?! —enojadamente entonó.
En ese momento, nos pusimos a discutir en la puerta de la escuela. Dos profesores se acercaron hasta nosotros. Es raro que dos alumnos entren de esa forma gritando. Llamamos su atención. Sus caras cambiaron completamente cuando vieron que una zona pequeña de su pierna estaba abierta. La maestra pegó un grito. Hasta nos asustamos.
«¡¿QUÉ LES PASÓ?!»
No podían creerlo, menos yo.
«¡No nos hemos peleado! ¡Tuve un accidente y él me ayudó!»
Enseguida, el profesor lo cogió en sus brazos y lo llevó corriendo a la enfermería.
Hicimos un gran escándalo en la entrada. Algunos profesores salieron al pasillo para averiguar qué estaba pasando.
«Jovencito, espere en dirección».
Me castigarían también.
La dirección estaba al lado de la enfermería.
Los profesores creyeron que nos habíamos peleado. Tampoco los culpo por pensarlo. Si hubieran visto cómo estaba su herida, lo primero que pensarían es que hubo una pelea entre nosotros. Todos los adultos estaban preocupados.
Escuchaba pequeños murmullos detrás de la puerta. Hablaban sobre si deberían llamar a nuestros padres.
Una amable maestra me tocó el hombro. Sonriéndome, me dijo que ya no había problema. Por un momento, creí que citarían a mis padres para expulsarme.
«Jovencito. Puedes irte a tu curso».
Después de todo, el día transcurrió normalmente.
De camino a casa, me preguntaba qué le habría pasado a ese niño. A pesar del estado de su pierna, en ningún momento pareció mostrar que le doliera. Era extremadamente raro.
Hasta una pequeña pellizcada bastaría para hacer llorar a un niño. Me dejó sorprendido.
«¡Mamá! ¡Ya estoy en casa!»
«¡Hola! Tus padres salieron. Me pidieron si los podía cuidar.»
Por el trabajo de mis padres, ellos solían viajar mucho. A veces me quedaba cuidando a mi hermana los fines de semana. Pero los días de escuela, contrataban a una niñera. No es que me disgustara tener una, pero prefería estar a solas en casa. Eso era lo mejor.
«¿Mi hermana?»
«Se durmió hace poco. La puse en su cuna.»
Dejé todas las cosas en la entrada. Subí las escaleras y me dirigí a su cuarto.
Ahí estaba durmiendo.
Ahora que lo recuerdo, cómo solía dormir tranquilamente en su cuna, rodeada de almohadas y sábanas blancas, como si todo combinara con su tono de piel.
Fui a darme un baño.
Estaba demasiado cansado. Solo pensaba en cenar y tratar de dormir.
No dejaba de pensar en lo que había pasado hoy. Me dejó una sensación extraña en todo el cuerpo.
¿Y si no lo hubiera escuchado?
¿Si no hubiera corrido a tiempo?
¿Sin mi ayuda ese chico habría muerto?
Lo más probable es que sí. Ese niño habría muerto.
Estuve días pensando en eso. En mi mente una y otra vez se repetía esa escena. Puedo decir que este acontecimiento me dejó un trauma. No estoy tan seguro, pero es probable.
Empecé a desarrollar miedo a los grandes cuerpos de agua, más que nada a morir ahogado.
Aunque quisiera dormir esa noche, me costó poder conciliar el sueño.
En la mañana siguiente, los molestos cantos de los pájaros me despertaron. Miré el reloj al lado de mi cama, pero se me olvidó que hace unos días se había descompuesto.
Me levanté. Fui a mirar el otro reloj en la cocina. Eran las seis de la madrugada. Por suerte, me levanté una hora antes para entrar a la escuela.
Al momento, pude notar una silueta negra pasar de lado por la puerta de una habitación.
Me quedé asustado. Con cautela me acerqué.
Despacio dije: «¡¿Emi eres tú?!»
No recibí una respuesta.
Me acerqué hasta la puerta, pero no me asomé a mirar adentro. Escuché como lentamente deslizaban la puerta corrediza del placar.
En ese instante, empecé a tener miedo.
El último sonido que oí fue cuando la puerta se terminó de cerrar. Grité lo necesario para que me pudiese escuchar.
«¡Emi no es divertido!»
Me di la vuelta. Revisé cada rincón de mi casa. Pensé que mis padres podrían estar haciéndome una broma. Pero para mi sorpresa, no encontré a nadie.
Corrí hasta el estante de lleves.
Las llaves de papá y mamá no estaban. Tampoco la de la niñera.
Como ella era una persona de confianza, decidieron hacerle una copia para facilitarle el trabajo.
Si también faltaba esta, significaba que ella no se encontraba en la casa. Justo ahí, me acordé que lo único que no revisé eran las ventanas. No me aseguré de que tuviesen puesto el seguro.
Arriba se escuchó un extraño ruido. Esta vez, como si la puerta de madera de aquel antiguo placar, lo estuvieran aplastando.
«¡¿En el piso de arriba?! ¡¿Alguien habrá entrado?!»
De nada serviría correr por todo el lugar, asegurándome de que cada entrada tuviera el seguro puesto. Primero, porque sería una pérdida de tiempo. Segundo, alguien ya está adentro.
«¡Un extraño está en la casa!»
Rápidamente corrí hacia la cocina. Agarré el teléfono fijo para llamar a la policía. Marqué, pero no parecía funcionar el servicio telefónico.
Seguía escuchando ruidos.
Mi mayor preocupación era que algún mal viviente hubiera entrado para robarnos.
Tenía mucho miedo. No sabía qué hacer. Mamá y papá no estaban. La niñera se había ido. Estaba yo solo en la casa.
Del cajón de cuchillos saqué uno. El miedo se estaba apoderando de mí por completo. Recuerdo cómo me quedé unos minutos quieto como una estatua. Pensando en qué podría hacer.
Oí que una puerta se cerró.
«Arriba...»
Subí a todo pulmón las escaleras.
«¡Mi!… ¡Mi Hermanita!»
En el pasillo todo estaba normal. No vi rastros de objetos robados. Teníamos cuadros y decoraciones caras. Tampoco había pisadas en la alfombra. Solamente, la puerta de la habitación de mis padres, que antes estaba semiabierta, ahora se encontraba totalmente cerrada.
Me metí al dormitorio de mi hermanita. Se encontraba durmiendo plácidamente.
Suspiré demasiadas veces como para tranquilizarme. Lo que tanto me preocupaba, es que le pasara algo a ella. Estaba ilesa. Pero no podía relajarme de momento.
Algo se encontraba en la casa. Estaba encerrado en la habitación de mis padres.
Junté un montón de sábanas para envolver a mi hermana. Fue lo primero que pensó mi instinto. Supongo que estaba intentando de alguna manera protegerla.
Fui despacio para cerrar la puerta.
Tenía en mente encerrarme hasta que algún adulto viniera, o aquel ladrón se fuera. Pero antes de cerrarla por completo, percibí que la puerta de enfrente ya no se encontraba cerrada. Ahora estaba entreabierta.
«¡¿Qué cómo?! ¡Dónde están mis padres!»
Me quedé paralizado en el marco. Desde el ángulo en donde estaba, se podía mirar como las cortinas se movían, generando sombras en la habitación, a la vez que entraba una pequeña brisa.
Entonces. Mi hermana se despertó. Comenzó a llorar.
Era el peor lugar y momento para que hiciera eso.
Corrí lo más rápido para taparle la boca.
«¡Hermanita! ¡Duérmete de nuevo!»
Pero la solté enseguida. No funcionaría eso. Además, que la podría llegar a asfixiarla.
«¡Por favor! ¡No hagas ruido!»
En el otro cuarto, se escuchó algo. Era el sonido de la madera crujiendo cuando es pisada. Él rechine de las bisagras cuando se abre una puerta.
«Mira, mira, ya pasó, ya pasó. ¡Duérmete ya!»
Mi corazón latía exageradamente rápido.
Los pasos, cuáles parecían ser las de unas botas pasadas, empezaban a acercarse hacia nosotros.
Ese extraño al oír el llanto de mi hermana, supo que no se encontraba solo.
Empezó a llorar más fuerte.
Sentía los pasos a mi lado.
Impulsivamente, agarré algunos mantos y me oculté en el pequeño armario.
Tenía cajas y cosas que guardábamos adentro.
Dejé un huequecito para poder mirar la cuna. Pensé que quizás podía observar el rostro del ladrón.
La puerta se abrió.
Cuando creí que estaba a salvo, me olvidé de algo.
«La cuna. La cuna… ¡¡ME OLVIDÉ DE TRAERLA CONMIGO!!» Grité en mi mente.
Con las dos manos me estaba tapando la boca para que no me escuchara.
Ese desconocido caminó hasta la cuna.
No podía reconocer nada de él. Estaba vestido completamente de negro. Incluyo tenía guantas para evitar dejar rastro de huellas.
Mis lágrimas empezaron a salir. Tapé con todas mis fuerzas mi rostro para no poder emitir ni un solo sonido.
Pensé que la raptaría, o aún peor, que la asesinaría al frente mío.
Se sacó un guante y le tocó el rostro.
No pude distinguir bien lo que estaba haciendo. Me encontraba en medio de cosas polvorientas. Me irritaban los ojos. La visión era nula.
«Ya... pequeña hermosa. Vuélvete a dormir.»
No entendía absolutamente nada.
Incluso ahora, por más que intentase buscar una razón del porqué este hombre hizo eso, no puedo encontrar nada que lo justifique.
«Cuando crezcas, serás una niña valiente.»
Luego de que dijera eso, mi hermanita, de apenas cuatro años, ¡se había dormido!
«¿Cómo fue posible?»
«¡Solo acaricié su cara un poco y con eso bastó para hacerla dormir!»
«¿Será que entendió sus palabras?»
Mi malestar estaba en el clímax perfecto para hacerme sufrir un paro cardíaco.
«Tengo que irme, ave de plata.»
Abrió la ventana que estaba al lado de la cuna.
Juré que se tiraría por allí, pero no lo hizo. Raramente, dejó la ventana abierta.
Procedió a darle un beso en la frente. Pasó un pañuelo por los lugares que había tocado, incluso en su frente y mejilla. Antes de irse por la puerta, escuché un sonido metálico cayendo.
Cuando parecía haberse ido, no salí por nada en el mundo. No recuerdo el tiempo que me quedé adentro de la caja.
Abajo, escuché el ruido de las llaves. También lo que parecían ser voces. No tenía la mínima intención de salir del escondite. Un terror profundo recorría todo mi pequeño cuerpo, incluso impedía que mis cuerdas vocales se moviesen para emitir la mínima palabra.
De un momento para otro, sentí como si un flash de cámara se disparara delante de mis ojos.
«H... jo... ¡Hijo! ¡Hijo!»
Mi padre... Mi padre... Me encontró adentro del armario.
Parecía estar asustado por la situación.
Aunque quisiese responderle, no poseía la fuerza para hacerlo.
Madre apareció. Ella sí se notaba desesperada.
No logré entender lo que los dos estaban tratando de decirme. Solo había un ruido molesto, como un pitido.
«¿Qué dicen? No puedo escucharlos…»
La imagen en mi retina cambió repentinamente. Era el pecho de mi padre. Me estaba cargando.
Cuadros, alfombra, las escaleras. Me estaban llevando a algún lugar. Semáforo, las nubes, luces fuertes, un sonido metálico.
Me desperté en una camilla de hospital. Allí estaban mis padres, alterados.
Todo cambió repentinamente, tan veloz, como si de un momento para otro me teletransportara desde mi casa hasta esa camilla.
«Ma…»
Solo pude pronunciar esa pequeña palabra.
Poco a poco dejaba de percibir mi vista borrosa. Al mismo tiempo, pude escuchar el llanto de mi madre.
Allí me encontraba, postrado sin la mínima conciencia sobre mi entorno.
Una enfermera se acercó hacia mí.
Inyectó un líquido en mi vía venosa. Todo empezaba a ponerse oscuro. Dejaba de percibir mi alrededor.
Cuando desperté a la mañana siguiente, esta vez pude recuperar un poco de mis sentidos. Al parecer, me encontraba entumecido por algún motivo.
En mi brazo izquierdo, algo cálido me estaba tocando. Era mi madre que sujetaba mi mano.
«¿Qué… ocurrió?»
Me supuso un gran esfuerzo poder decir esas sencillas palabras. Todo mi cuerpo parecía estar dormido. Me costaba moverme, solo hacía pequeños movimientos de manos y pies, lo suficiente para que pudiera despertar a mi madre.
«¡Hijo... ¡¡HIJO!!»
Ella soltó un grito enorme y saltó para abrazarme.
Hubiera preferido que no hiciera eso. Me encontraba sensible a cualquier tipo de estímulo.
Por suerte, se dio cuenta rápido de que me estaba causando dolor.
«¡Lo siento, cariño!»
No paraba de llorar.
Todavía seguía sin entender lo que estaba pasando.
«Espérame. Iré a llamar a tu padre por teléfono.»
Salió y cerró la puerta.
En esa habitación de hospital se percibía un silencio profundo.
Observé a mi alrededor. No encontré mucho, solo una camilla con unos cuadros y asientos.
Intentaba buscar la ventana de la habitación, pero la tenía justo detrás. Tal vez, si miraba por ella, podría saber dónde me encontraba. No tuve la energía necesaria para mover mi cuerpo.
Aparte de algunos dolores, no tenía otra dolencia. Más que nada, estaba desorientado.
Alguien abrió la puerta.
Entró un enfermero con unos guantes extraños.
«Bien, campeón… Te llamas…»
«¿Qué pasó?» Le pregunté, pero actuó como si no me hubiese escuchado.
«No te preocupes. Enseguida vendrán tus padres.»
Procedió a darme unas pastillas y se fue.
En la mesa donde dejó las cosas, noté un brillo extraño en una de las cajas de medicamentos. Justo el panel de luz que alumbraba el cuarto se encontraba encima de mí, lo que hacía que brillase con más intensidad.
Entró mamá a la habitación, esta vez seguida por mi padre.
«¡Gracias a Dios que te encuentras bien!»
Papá también lloraba.
Era la primera vez que lo veía con ese comportamiento, tan alterado y preocupado.
«Díganme… ¿qué pasó?
«Nada grave, cielo. Solo te desmayaste por el calor.»
«¿Me había desmayado?»
Me costaba creerlo, pero tampoco lo negaba. Si me encontraba en un hospital, en una camilla, con mis padres a mi lado muriéndose de la preocupación, era más que claro que no mentían.
Mi padre caminó hasta la puerta. Comenzó a hablar con alguien.
Esta persona tenía un manto negro entre sus brazos.
Sé lo entrega a papá. Camina de nuevo hacia mí.
«Mira quien vino a verte.»
Acercó el manto negro hasta mi pecho. Era mi pequeña hermana. Me había olvidado por completo de ella.
«Menos mal que no pasó nada malo...»
¡En ese momento lo recordé todo!
¡El motivo por el cual me encontraba en el hospital! ¡Era porque un desconocido había entrado a la casa!
Estaba metido en una caja… Había sábanas y... La besó en la frente... No recuerdo lo que pasó después de eso.
«Pá… Un ladrón entró…»
Quería decirles a mis padres que alguien había entrado. Pero tenía la boca adormecida. Se me dificultaba mucho decir unas cuantas palabras seguidas. La desesperación y frustración que me invadieron era casi igual a la que puedes experimentar en una parálisis del sueño. Estar acostado en tu cama, incapaz de moverte o decir una palabra.
A pesar de todo, ella se encontraba bien. No parecía tener ningún rasguño.
«¿Quién era ese hombre?»
Estoy seguro de que buscaba dañarnos, pero por alguna razón no lo hizo. Ni siquiera se molestó en robar algún objeto de valor. Mi primer pensamiento fue ocultarme. Me siento totalmente un idiota por haber hecho eso. Debí enfrentarlo, tratar de protegerla. Pero es que poco podría haber logrado. Tal vez era solo un pervertido.
No quiero volver a vivir una experiencia como esa nunca más en la vida.
«Tienes que tener más cuidado.»
Claro. Ellos no sabían nada.
Al día siguiente, los enfermeros me dieron el alta. Volví a mi casa. Todo estaba como antes. Según los médicos, ya me encontraba bien. Pero mis padres permanecían inquietos por algo. Dieron aviso a la escuela de que había sufrido un accidente. Mañana volvería a asistir sin problema. ¿Fue solo un desmayo por calor, no es así? Porque algo no me terminaba de encajar. No hacía demasiado calor como para que pudiera causarme un desmayo. Estaba dentro de casa. Además, corría una brisa fresca desde las dos ventanas que estaban abiertas. No creo que ese haya sido el motivo verdadero.
En la noche, durante la cena, traté de preguntarles si de verdad me había desmayado por el calor.
«Eso es lo que dijeron los doctores ¿No?»
Parecía que estaban tratando de esquivar el tema.
Si me preguntaran cuáles son mis remordimientos hacia mis padres, uno de ellos sería el no haberme dicho la verdad sobre lo que pasó ese día.
Claramente estaban ocultándome algo.
Como ya había pasado suficiente en tan poco tiempo, decidí no insistir más en el tema.
Se acercaba la hora de irme a dormir. Mientras me lavaba los dientes, noté que el marco del cristal del espejo del baño estaba corrido. Lo volví a poner en su lugar. Tampoco quería saber nada de lo que había pasado. Recordarlo me traía sensaciones extrañas en todo el cuerpo. Algunos dolores de cabeza.
Me fui a la cama. Nuevamente, ese profundo silencio se hacía presente, acompañado de un zumbido molesto. Quizás desarrollé tinnitus a una edad temprana. Otra vez me costó conciliar el sueño.
No pensaba en otra cosa que no sea la figura de ese extraño hombre. Tenía tanto miedo que creía que saldría desde la esquina del cuarto. La suerte que estaba demasiado cansado para quedarme pensando.
Sin darme cuenta, ya me había dormido.
Tuve un sueño raro esa noche.
Pasó hace tantos años. Así que no recuerdo casi nada de él.
Solo una pequeña parte: me encontraba mirando la parte exterior del lado izquierdo de mi casa. Estaba saliendo del cuarto del fondo en el patio. Miré para el cielo y la luna estaba extraña. Más bien, ya no se podría llamar una luna. Ocho enormes pedazos de ella de kilómetros y kilómetros cada uno, estaban cayendo desde el cielo. Eran tan monstruosamente enormes que ocupaban casi toda la estratosfera.
Mi primer instinto fue asustarme terriblemente.
Tal fue el susto que llegue a despertarme.
Darme cuenta de que solo había sido un sueño, me dejó totalmente calmado.
Traté de volverme a dormir, pero comenzaba a oír unos pequeños murmullos.
Me levanté para escuchar mejor. Sí, eran murmullos.
Aquellos empezaron a volverse más acelerados y fuertes. Pensé que mis padres estaban discutiendo por su trabajo como era de costumbre.
«Cosas de adultos» pensé.
Me recosté de nuevo. Quería volver a dormirme.
Ellos seguían en los suyo. Desde siempre me costó conciliar el sueño con ruidos molestos.
Cuando llevaba casi dos minutos con los ojos cerrados, escuché que pronunciaron mi nombre.
«¿Están hablando de mí?»
Me quedé extrañado.
«¿Por qué ellos hablarían de mí en temas de su trabajo?»
No era para nada normal que tuvieran una discusión acalorada así. Y más que nada, que me hayan nombrado en ella. Estaba claro que no era por el tema de siempre.
Caminé despacio hasta la puerta para hacer el máximo silencio.
Abrí la puerta con cuidado. Miré al pasillo. Noté que los murmullos venían desde abajo. Terminé de confirmarlo cuando llegué a las escaleras: la luz de la cocina yacía encendida.
Bajé, pero vi que mi madre salió de la cocina.
Fui para atrás. Me tiré en el suelo.
Lo menos que quería era que me viera despierto tan tarde. Para peor, espiándolos en sus discusiones.
La luz del reloj del pasillo me hizo ver la hora. Dos y media de la madrugada.
Ahora tenía más dudas sobre por qué se encontraban despiertos a esa hora».
Procedí a bajar rápidamente.
Me oculté detrás del jarrón que estaba cerca de la entrada de la cocina.
«Es temprano todavía. Esa mierda quizás ya haya despertado».
«¿Cómo estás tan seguro de eso?»
«¡Por supuesto que lo estoy! ¿Qué otra cosa explicaría su desmayo?»
«Los doctores dijeron que podría ser por el calor…»
«¿¡Y tú te lo crees?! ¡Ni siquiera saben lo que están haciendo!»
«Tampoco pienso mencionarlo… No quiero que tú lo hagas ¿De acuerdo?»
«Sí.»
Nisiquiera entendía nada de lo que estaban hablando. Parecían discutir sobre algo extraño que lo despertaría o algo por el estilo.
No me quedé para escuchar más. Me sentía demasiado culpable porque estaban peleando por mí. Traté de subir las escaleras lo más rápido posible sin que me escucharan. Cerré con llave la puerta y me envolví en mis sábanas.
«¿Por qué pelean por mí…?»
Hubiera preferido no haber espiado.
Apoyé una almohada en mi boca.
«¡TODO ES CULPA DE ESE HOMBRE DE NEGRO!»
Mi pequeño grito provocó que mi hermana en la habitación de al lado se despertase. Mis padres abajo no me escucharon.
«Mierda…»
Se escuchaba como subían las escaleras.
El pomo de mi puerta empezó a girar.
«¿Me habrán escuchado?»
Al instante me hice el dormido.
Me había quedado varios minutos dándole vueltas, hasta que pude pegar el ojo.
Cuando salió el sol, la niñera me despertó.
Medio raro me sentía por todo lo que ocurrió a la madrugada pero fui sin más al colegio.
Justo cuando pasé la puerta de mi salón, lo encontré a ese...
¡¿Corrió su banco al lado del mío?!
No me esperaba eso.
«¡Buenos días!»
«Hola…»
Me pareció extraño que se haya sentado al lado mío. No estoy acostumbrado a que los demás muestren estar interesados en tener una relación de amistad conmigo. Supongo que se sentirá sumamente agradecido por lo que hice. Pero no recuerdo haberle reclamado nada.
Tal vez, esta es su forma de agradecerme.
«Buenos días. Niños. Abran el libro de…»
Era un poco incómodo.
Más tarde, tocó la campana del recreo.
Creí que se iría con los demás niños como suele hacerlo, pero se había quedado a mi lado.
—Oye, espero que no estés enojado conmigo. —dijo.
—¡¿Qué?! No… —contesté.
—¿Entonces por qué me evitas? —preguntó.
—Es que… Me dio mucho miedo lo que pasó la otra vez. —excusó.
—¡Lo sé, a mí igual! Pero... No tengo una forma de pagarte. —apenado aclaró.
—¡No! ¡No necesitas pagarme! —afirmé.
—Apenas me alcanza para mi almuerzo. Mis padres me castigaron por el accidente. No me darán dinero por un tiempo. —dijo.
—¿No te duelen tus raspones? —interrogué.
—Un poco. ¡Pero no es algo con lo que no pueda lidiar! —contestó.
—Me alegra que estés bien. —dije.
—Disculpa, pero… Mi única forma de agradecerte es pidiéndote que seas mi amigo. ¡Hazlo por favor! —suplicó.
Me quedé sorprendido en ese momento.
Sus intenciones eran extremadamente puras. Hasta el punto de comenzar a sentir una extraña sensación.
¿Cómo podía estar pasando algo como esto?
En todos los casos lo veía imposible, principalmente porque…
—¿Entonces no quieres? —insistió.
—Sí… Claro. Me encantaría —nervioso confirmó.
—¡Muy bien! —riendo expresó.
Al parecer, sí estaba diciéndome la verdad sobre su castigo. Que él pensara que le reclamaría dinero me hacía sentir mal.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó.
—Haiden, ¿El tuyo? —devolvió.
En ese momento hice mi primer amigo.
Transcurrió el día normal.
Por la noche, sonó el teléfono de la cocina. La niñera cogió el teléfono, pero no llegaba a escuchar lo que estaba hablando.
«De acuerdo señor.»
Se volteó y me miró. Estaba detrás de ella.
Sonriendo me dijo: «Prepararé la cena.»
La noté un poco rara el resto del tiempo que estuvo con nosotros. Me quedó la duda sobre qué habrá hablado por teléfono que le hizo cambiar de humor. Tampoco insistiría en preguntarle por esa estupidez.
¿Por qué me importaría lo que hablaran los adultos?
Igualmente, evitaría la pregunta diciendo otra cosa para distraerme.
Luego de cenar se marchó.
Lo raro es que se haya marchado temprano. Solamente eran las nueve P.M. de la noche. Por costumbre, primero se aseguraba de que mis padres llegaran antes de irse. Ellos solían volver por eso de las diez u once P.M.
«Tengo que volver a mi casa. Mi abuela se siente mal. ¿Te portarás bien hasta que lleguen tus padres?»
Cerró la puerta con llave y se fue.
Sin más vueltas, no le presté mucha atención. Tener mis dulces y la televisión para mí solo hacía que no me importara. Esas eran las únicas preocupaciones de un niño. Me dormí en el sofá. Luego de un rato, el ruido de mis padres llegando me despertó.
«Hijo, despierta. Tienes que dormir en tu cama.»
Estaba muy cansado para quedarme hablando con ellos, así que decidí irme a acostar a la habitación.
En la mañana, estaba lloviendo. Mamá se encontraba en casa. Tenía revisión médica. Por eso no habría ido a trabajar hoy. Mi cabeza insistía en preguntarle sobre quiénes eran mis abuelos.
«¡Mamá! ¿Dónde están mis abuelos?»
«Ellos… Lamentablemente, ya no se encuentran con nosotros.» Se le notó incómoda por preguntarle eso.
Poseía la edad suficiente para comprender que habían fallecido, pero no le encontraba sentido que intentara maquillar la respuesta.
Me dejó en la puerta de la escuela y se marchó.
Haiden seguía sentado al lado mío.
«Psss, psss»
—¿Qué pasa? —dice.
—¿Me acompañas hasta las máquinas de comida? —preguntó.
—En la hora del almuerzo, sí. —respondió.
—okey… —calla.
Sonó el timbre.
«Los veo el jueves niños. Adiós.»
«¡Vamos! ¡Rápido!»
«¡Ya voy!»
—¿Crees que tengan el jugo de arándanos? —pregunta.
—No estoy seguro. —responde.
En la máquina expendedora, se encontraba una compañera del curso. Al parecer, su bebida se había atascado dentro de la máquina.
«¿Me dejas comprar?» le preguntó Haiden.
«No me moveré hasta tener mi lata.»
«¡¿Cómo?!»
Allí mismo discutieron los dos. Ella no quería esperar o pagar otra lata. Y él, bueno, siempre fue desesperado. Por poco no comenzaron a darse golpes si no fuese porque el conserje los vio.
«Me encargaré de esta máquina. Váyanse a comprar al buffet.»
Esa era una mejor idea.
—¡Maldita niña! Si no fuese por ella, habría podido comprar mi jugo. —se queja.
—Podrías haber comprado otra cosa. —dice.
—¡Lo sé! Pero no venden el mismo en otro lugar. —tristemente exclama.
En verdad, ese jugo siempre le gustó mucho.
—¡Le daré una lección! —furioso declara.
—¡¿Qué harás qué?! —alterado pregunta.
—En el próximo recreo lo sabrás. —expresa.
Al recreo. Me agarró fuerte del brazo.
—¡Espera! ¡¿Qué harás?! —asustado interroga.
—¡Baja la voz o nos escuchará! —le dijo.
Exactamente, estábamos persiguiéndola sin que ella se enterara.
¿Eso cuenta como acoso?
Probablemente sí.
—¿Qué pretendes hacer? Parecemos unos degenerados. —remarcó.
—No digas estupideces. Solo le daré una lección. —insistió.
La seguimos sigilosamente hasta el sótano de la escuela.
—¿Qué diablos? —dijo.
—Se metió al sótano de la escuela. ¡Eso está prohibido! —reclamó.
«Suena la campana»
—Creo que deberíamos volver al salón. —propone.
—No haremos eso. Y tú me ayudarás en esto. —responde.
—Si nos metemos en problemas, te echaré la culpa a ti. —le dice.
Entramos detrás de ella, pero para nuestra sorpresa, la perdimos de vista en un abrir y cerrar de ojos.
—Aquí abajo está oscuro. ¡Ayúdame a abrir esa puerta! —señala.
—¿Quieres robar algo de esa sala? —contesta.
—¡Claro que no! Es la sala de herramientas. Habrá una linterna allí. —garantizó.
La mejor idea que se le ocurrió para abrir la puerta fue patearla fuertemente.
«¡Clash!»
Resulta que estaba abierta.
Tampoco encontramos una linterna allí adentro.
«Mejor vámonos.»
Dirigiéndonos hacia la puerta de salida, escuchamos un ruido en una de las habitaciones al fondo.
«Me estoy asustando.»
Cuando giramos el pestillo de la puerta para salir, no se abría.
«¡OYE! ¡OYE! ¡LA PUERTA NO SE ABRE!»
«¡Te dije que era una mala idea!»
Escuchamos otro ruido en la habitación a nuestro lado. Esta se encontraba sin puerta. Provino de adentro del casillero.
En la oscuridad del sótano, con ruidos extraños, cosas siendo golpeadas, casi nos meamos en los pantalones.
«¡Bu!»
«gritos de mocosos asustados.»
Esa estúpida niña nos había asustado.
«Se lo merecen por seguirme, pervertidos.»
—¡No, no es lo que crees! —afirma.
—¿Entonces? —pregunta.
—Apunta su dedo hacia Haiden—. —¡De acuerdo! Él quería golpearte. —apenado confirma.
—Ya les di su merecido. Mejor me voy. —habló. —mientras intentaba abrir la puerta.
—La puerta no se abre. —le dijo.
Los tres intentamos forzar la puerta. No hubo caso. No abría.
Por suerte, para ese momento, los profesores ya se habían percatado de que estábamos ausentes.
«¡Necesitamos salir! ¡Oigan!»
Esa chica pareció entrar en pánico. El otro también lo hizo.
Él no quería que lo regañaran de nuevo, y ella, supongo, quería lo mismo.
Se escuchó un trueno que recorrió todo el sótano.
«¡¡MIERDA!!» «¡¡AYUDA!!» «¡¡FUE UNA MALA IDEA!!»
Los tres nos asustamos mucho.
Habían pasado unos quince minutos. Todavía no nos encontraban. Escuchamos la alarma de emergencia de la escuela.
Una profesora que buscaba por allí, justamente nos vio llorar por la puerta.
«¡Los encontré! ¡Están en la entrada del sótano!» gritaba.
Nos llevaron de nuevo a clases. Mientras tanto, llamaban a nuestros padres.
Otra vez nos metíamos en problemas.
Cuando pudimos calmarnos, nos dejaron a los tres en la enfermería.
Le pregunté a la niña cómo se llamaba.
«Me llamo Naoki.»
Lindo nombre.
Haiden seguía un poco molesto con ella. No lo culpo, pero… ¿Todo esto solo fue por una lata de jugo?
Sí, que fue un verdadero idiota desde pequeño.
Esa niña se convertiría en nuestra mejor amiga después de aquello. Mis dos amistades más preciadas las conocí solo porque ocurrieron tragedias de por medio. Eso no es algo tan agradable de recordar.
Mis padres llegaron a la escuela y me llevaron a casa.
Con mentiras evitando dar explicaciones, logramos que ninguno saliera perjudicado.
De camino a casa, noté que mamá y papá estaban un poco inquietos. Me metí en problemas. Junto por el estrés de su trabajo, hizo que me sintiera mal por ellos.
«Hijo, baja e entra rápido.» soltó de la nada.
Notaba a mi padre demasiado serio. Con ese tono de voz. Todavía lo recuerdo.
«Tenemos un viaje por trabajo. No estaremos por unos días. No tardaremos en volver.»
Debió ser por el estrés que les causé. También su trabajo como supuse. Les hice perder su tiempo.
Ellos tenían algunas inversiones por todo el país. Mamá me dijo que se dedicaban a la industria farmacéutica.
«Nos iremos enseguida o perderemos el vuelo.»
«Vendrá una nueva niñera mañana por la mañana.»
«¿Una nueva? Pero y…»
«Cierra todo bien. Cuida de tu hermana. Cualquier cosa que llegue a pasar, nos llamas.»
Me abrazaron para luego marcharse.
Comenzó a llover.
Los truenos empezaron a escucharse más fuertes. Estaría feo el día mañana.
Ahora sí me aseguré de que todas las entradas de la casa estuvieran bien cerradas.
A pesar de que mis padres tuvieran dinero, vivíamos en una casa no muy ostentosa.
Mi hermana estaba en el sofá del living. Me acosté con ella a mirar la TV por unas horas.
El estómago empezaba a hacer ruidos.
«Tengo que preparar algo.»
La complicada labor de calentar comida rápida en el microondas.
«No hay nadie aquí. Así que puedo darte comida deliciosa y no ese puré horrible que comes.»
Eran las once de la noche. Para mi suerte se quedó dormida rápido. Con el ambiente en silencio, escuchando el ruido de la televisión y la lluvia afuera, recordé lo que había pasado hoy. No puedo explicar cómo ella sola pudo haber causado tantos ruidos en diferentes habitaciones del sótano. Es algo que todavía me causa rareza de recordar. Poco a poco se me iban cerrando los ojos.
«Mañana hay escul…»
«Mañana hay escuela...» una voz apagada dijo.
«¿Quién dijo eso?» inquieto dice.
«Estoy aquí. A tu lado…»
«¿Dónde?»
«Mira el otro extremo.»
«¡HEY! ¡QUÉ MIERDA!»
«No puedes moverte.»
Desperté de golpe. Miré a todos los rincones de la sala. No había nadie. Sentía que me faltaba el aire. Con la garganta seca. Me levanté a beber agua. Solamente dormí por tres horas. Mi hermana estaba sin un rasguño.
«Puta pesadilla.»
No solía sufrir pesadillas a menudo. Pero cuando me pasaban eran muy profundas. Aquellos monstruos extrañamente, siempre trataban de dañar a mis seres queridos. Estaba lo bastante agitado para intentar dormir de nuevo.
TV: «una lluvia con fuertes vientos azota la prefectura de Tokio y sus alrededores.»
Cambié de canal. Traté de calmarme.
Al rato de eso, hubo un apagón por la fuerte lluvia.
«Esta maldita lluvia...»
Había una linterna en los cajones de la cocina. Las de emergencia no recordaba dónde estaban guardadas.
Suponía que estaban en el ático.
Obviamente, no subiría hasta allí.
La luz volvió a los dos minutos, pero con menos tensión eléctrica.
Una angustia había comenzado a recorrer mi columna vertebral.
Recordé aquel hombre que entró a casa con intenciones de llevarse a mi pequeña hermana.
Volví a hacer el recuento para asegurarme de que todas las entradas de la casa estuvieran bien cerradas.
Mi angustia persistía.
Me senté al lado de ella. Agarré el teléfono.
Antes de poder siquiera marcar un solo número, estaba entrando una llamada.
Me tomó por sorpresa.
«Número privado»
Contesté la llamada.
—Con una voz tenue. —dijo—. ¿Hola?
—Ah. Eres tú. Debe ser su hijo mayor. —sospecha.
—¿Conoces a mi padre? —pregunta.
—Sí. Era amiga de tus padres. —afirmó.
—¿Por qué me llamas a la casa? —interroga.
—Escúchame. Tus padres fallecieron. —informa.
El cuerpo se me endureció. Dejé de respirar al escuchar eso.
—No es posible… ¡¿Quién rayos eres?! —pregunté furioso.
—Lo siento mucho. —apenado dice.
Agarró fuertemente el teléfono—. —Pero ¿Por qué mientes? —reclamé.
—Por favor… Necesito que te quedes en tu casa. No le abras la puerta a nadie hasta que te llame de nuevo. ¿De acuerdo? —suplicó.
«Estática de teléfono.»
Solo quedó el ruido de estática en el altavoz.
«¡¿Qué fue eso?!»
«¡¿Me estarán jugando una broma?!»
«No puede ser verdad…»
Me faltaba el aire. El ambiente se torcía. Las paredes se alejaban.
«Tiene que ser un sueño.»
Me levanté del sofá y fui hacia la canilla del lavabo.
Mojé mi cara con la intención de despertarme, pero solo entonces me di cuenta de que lo ocurrido era real.
Me dejé caer al suelo y comencé a llorar.
Mi rabia hizo que lanzara un vaso fuertemente contra el reloj del comedor.
El ruido despertó a mi hermana.
«Tranquila. Mamá y Papá vendrán. Sí…»
Escuché un teléfono sonar arriba, en el piso de arriba.
«¿Eh? Arriba...»
Subí. El sonido venía de la habitación de trabajo de mi padre.
Intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada.
«Las llaves…»
Mis padres solían guardar sus cosas del trabajo en su habitación, junto a la puerta, en una caja donde estaban todas las llaves de la casa.
«Llave de la oficina.»
El teléfono seguía sonando. La llamada era muy insistente.
Corrí hasta la puerta. Era la llave correcta.
La regla más estricta que ellos me impusieron era que no se podía entrar allí.
«¡Riiin! ¡Riiin!»
Cogí el teléfono lentamente.
«¡Abogados! Necesito resg…» Lo último que escuché antes de colgar.
Debían ser socios de negocios que trabajaban con mis padres, preocupados por algo.
Al parecer, todo esto estaba ocurriendo rápido. La noticia se había extendido.
Dejé todo en su lugar y cerré la puerta.
Nunca imaginé que entraría en ese cuarto de la manera menos pensada.
Dejé la llave en su lugar, pero antes de irme, tomé todas las sábanas y almohadas de la enorme cama y las dejé en el sofá del salón.
Cuando por fin pude relajarme, me quedé dormido.
Su llanto por hambre fue mi despertador. Me levanté alrededor de las nueve de la mañana.
A pesar de tener clases por la mañana, eso no me importaba. No quería saber nada del mundo exterior.
La primera sensación que experimenté fue aquella que invade cuando te despiertas de una horrible pesadilla.
Me levanté corriendo y grité: «¡Papá! ¡Mamá!»
El único eco que respondió a mis gritos desesperados fue el silencio de las paredes de cemento.
Conté el segundo que duró ese pensamiento para volver a caer en la realidad.
«Todo sigue igual.»
Mi estómago empezó a gruñir de hambre.
«Voy a calentar algo para los dos.»
Mientras ponía la comida en el microondas, sonó el timbre de la puerta principal.
«Sonido de timbre»
Miré por la pantalla del intercomunicador. Era una mujer alta acompañada por dos personas.
«Mis padres no están en casa. Váyanse.» Contesté rápidamente.
Di media vuelta.
«Lo sabemos, pe…»
Enojado interrumpí: «¡Dije que no están! ¡Lárguense!»
«Soy la mujer que te llamó ayer. ¿Puedes abrirnos? Me estoy mojando.»
Escuché cómo les dijo a sus acompañantes que volvieran al auto.
«¿Puedo entrar? Me llamo Mika.»
Abrí la puerta.
«Gracias. Con permiso.»
—Ahí estás, pequeño. Estás grande. —dijo.
—No te conozco… —dice.
—Vayamos a sentarnos primero. Luego hablaremos, ¿sí? —propone.
No se molestó en ponerse cómoda. Yo intentaba aguantarme las ganas de llorar solo para aparentar ser más adulto.
«¿Tienen hambre?»
Mi estómago seguía haciendo ruido.
«Sí.»
«Entonces cocinaré algo.»
Hizo una especie de sopa con fideos que sobraban en la nevera.
—¿A qué sabe rico, no? —le pregunta mientras sonríe.
—Sabe a la sopa de mamá. —responde a la vez que se siente apenado.
—Pues, ella me enseñó a hacerla. —confirma.
La desconfianza que tenía en ella se iba achicando de a poco.
No sé por qué la dejé entrar. Podrían haber sido unos ladrones y robarme. Pero su voz, en ese momento, me convenció.
—¿Quién eres? —pregunta.
—Trabajaba con tus padres. Estoy aquí para cuidarlos a ustedes. —contesta.
—No necesitamos que nadie nos cuide. —enojado, refuta.
De repente, se acercó hacia mí. Me abrazó.
—Lo siento mucho. Pero les prometí que los cuidaría a ambos. —argumentó.
No pude seguir resistiéndome. Comencé a llorar en su regazo.
—Tranquilo. Tranquilo. Todo va a estar bien. —lo consuela.
Unas semanas después, esta mujer se convirtió en nuestra tutora legal, hasta que yo sea mayor de edad.
Me aseguró que cuando lo sea, si así lo quisiera, me daría la custodia legal de mi hermana. Nuestra casa quedó clausurada.
Nos mudamos a su casa en otro distrito. Este estaba más cercano al centro de Tokio.
Ella no tenía hijos. Tampoco mascotas.
La casa era tres veces más grande y moderna que la nuestra. No estaba acostumbrado a ver tanto lujo.
Le pregunté a Mika si podía dormir en la misma habitación que mi hermana.
Todavía tenía ese miedo de que aquel hombre extraño entraría por la noche e intentaría llevársela. Si dormía con ella, estaría a su lado para protegerla, aunque me cagaría en los pantalones si lo tuviera enfrente.
Diría que mi vida pudo continuar de cierta manera, normalmente.
Gracias a mis padres adoptivos, no nos faltó nada para nuestras necesidades.
No tardé mucho en agarrarles cariño, en refugiarme de toda esa tormenta que sufría.
Aunque, al igual que mis padres, ellos también solían estar la mayoría del tiempo fuera de la casa por trabajo.
Pero sé que se esforzaban para que estuviéramos felices.
Notable era la forma en que intentaban darnos todo lo que quisiéramos, como si lo material pudiera llenar el vacío que sentía tras la muerte de ellos.
Lo único que me quedaba era ella. Un nuevo comienzo.
Seguí yendo a la misma escuela, aunque tuviera que viajar un poco más de la cuenta. Mika no quería que perdiera a mis únicos amigos.
Mi hermana, cuando cumplió los seis años, empezó a ir a preescolar.
Ella no sabía nada sobre nuestros padres. Solamente nos limitábamos a decirle que no estaban. Pero cuando creciera, lo entendería.
Odié con toda mi alma que ella también estuviese sufriendo acoso por el raro color de su pelo. Algo hereditario que parecía más bien una maldición.
Era una de las mejores alumnas, y de eso estaba orgulloso.
Algunas cosas cambiaron para mí.
Nunca me resultó fácil lidiar con mis problemas de salud mental. Sufría de estrés postraumático tras el abandono de mis padres. La terapia ayudaba a veces.
En bachillerato, me enamoré de mi mejor amiga. Me rechazó tres veces. Dejé de intentarlo.
Haiden siempre estuvo en todos los momentos de mi vida para ayudarme.
Un amigo que todos quisiéramos tener ¿no?
Todo se sentía como una amalgama de sentimientos de alegría y tristeza.
Mi terapeuta recomendó adquirir una mascota.
Anteriormente, lo intentamos, pero se negaron.
Nos compraron un gato siamés hermoso.
Mi hermana insistió en ponerle de nombre: «Sunny.»
El significado de ese nombre raro sería algo así como Sol radiante.
Este gato ayudó a mantener a mi hermana ocupada por mucho tiempo. Resultó ser terapéutico para ambos.
Salvo. Hasta esa tarde.
De camino a casa, regresando del club de deporte, nuestros padres pelearon esa misma tarde. Arrojaron cosas. Gritaron. Esto hizo que espantaran al gato y saliese corriendo.
El chofer que me llevaba, llegando a la casa, distraído, no vio al pequeño salir corriendo.
Lamentablemente lo descuartizó.
Tras eso, escuché un sonido espeluznante. Algo parecido al pisar una lata de tomate.
Me bajé del auto. Ahí estaba el pobre gatito.
Mirándolo en el suelo, no sentí mucha más cosa que lástima por él.
Mika y su esposo salieron afuera. Vieron el desastre que hizo el chofer. Si bien, la culpa era ellos, lo despidieron ese mismo día.
Rápidamente, limpiaron la entrada.
Salimos en búsqueda de otro gatito. Compramos uno que al menos se le pareciera.
No lo sé si coló, pero para mi hermana todo pareció seguir normal.
Todo aquello me revolvía el estómago.
Tiempo después: Tres años.
Mika me hablaba sobre las responsabilidades que implicaba ser adulto, algo que no tenía importancia para mí, salvo lo de poder vivir con mi hermana en nuestra casa verdadera.
Terminé mis estudios secundarios. Ella habría entrado a bachillerato.
Sin duda, era mi pequeño orgullo.
Sentía un poco de pena por separarme de Mika, tras habernos cuidado por tanto tiempo.
Rondaba el mes de diciembre.
Navidad. Frío. Nieve.
A principios del mes estuvimos preparando todo el papeleo. Faltaban dos semanas para que obtuviera la tutoría legal y las llaves de la casa.
Del trabajo no tendría que preocuparme. Me habrían guardado un puesto jugoso en la empresa de papá.
Nos quedamos a pasar las fechas de Navidad con Mika. Me pareció triste pasar solo estas fechas.
Nos estaba esperando otro nuevo comienzo.
Festejamos Nochebuena reunidos, como una familia normal.
El conteo del reloj. Los fuegos artificiales. La champaña abierta.
«Brindo por la salud de nosotros.»
Estaba un poco cansado para seguir festejando, por lo que me senté en el futón al lado de la chimenea.
Prontamente, mi hermana vino a observarme con cara fea.
«¿Por qué me miras así?»
«Tan pronto y ya te duermes. Eres un abuelo.»
Insistió en que jugara con ella. Aunque estuviese cansado, me levanté. Salimos afuera.
«Ve a abrigarte. Si no, no saldremos.»
Hacía un frío de cagarse.
«Iremos a jugar afuera. Volveremos pronto.»
Cerré la puerta. Caminamos media cuadra.
Apilados arriba de la acera, encontramos unos muñecos de nieve.
«¡El que tiene los ojos grandes, se parece a ti!» riendo dice.
La envidia nos ganó. Así que decidimos crear el nuestro.
«Junta un poco de nieve para hacer la cabeza.»
Se quitó los guantes. Juntó una buena cantidad de nieve.
Al momento de poner la cabeza en su lugar, me comentó: «Hermanito, no siento los brazos.»
—¿Cómo es eso de que no sientes los brazos? —pregunté, sospechando.
—Sí. Casi no puedo moverlos. —contestó confundida.
Al instante, la obligué a ponerse los guantes.
—¿Será porque te quitaste los guantes? Apenas te los quitaste dos minutos. Además, no hace un frío extremo. —pensaba para mí.
—Me duelen. —dijo, al borde del llanto.
—Quítate los guantes. Dáselos a ella —le dije—. Ponte estos. Volvamos a la casa rápido. —expresé.
De regreso, llamé a Mika de inmediato.
—¡Mika! ¡Baja por favor! —grité.
Confundida, bajó las escaleras.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Dice que no siente los brazos. Le duelen —informé.
La dejamos frente a la chimenea.
Le quitamos la mayoría de la ropa. Observamos que la tonalidad de sus brazos era diferente al resto de su piel. Las venas estaban más hinchadas en la zona de los brazos.
Mika la revisaba con atención. Sus pupilas se dilataron. Su rostro reflejó una expresión de asco.
«Un té de hierbas la hará sentir mejor.»
Lentamente, el té comenzó a calmarle el dolor.
Preocupado y desconcertado, me acosté a su lado. Acaricié suavemente su cabello lacio para que se durmiera.
Mika se asomó detrás de los sofás. Movió su cabeza hacia el lado derecho para indicarme que tenía algo que decirme.
Cuidadosamente, para evitar despertarla, me acerqué a donde estaba ella.
—Dime. —dijo.
—Necesito hablar contigo de esto. —pronunció.
—No entiendo. ¿A qué te refieres con esto? —dijo confuso.
—Sobre lo que sufrió tu hermana. —contestó.
—Sigo sin entender. Sé directa por favor. —le reclamó.
—Tu madre, antes de fallecer, me mencionó una posibilidad de que tu hermana estuviera enferma. —sostuvo.
Su rostro se arrugó mostrando disconformidad.
—Mi hermana no está enferma. —defendió.
—Sí, o no lo sé. Pero ella me advirtió que podría ocurrir en cualquier momento. —replicó.
—Explícame lo que mi madre te dijo. —interrogó.
—Agarró su brazo y achicó sus hombros—. Tu padre es hereditario de una poco conocida condición. No sé exactamente en qué afecta a la salud, pero sé que es grave. —pronunció.
—Cerró los puños. Apretó los dientes—. —¿Por qué no me lo dijiste antes? —dijo furioso.
—¡Perdóname! ¡Lo siento mucho! —lagrimeando suplicó.
—¿Quién más lo sabe? —demandó.
—Solamente yo. —apoyó.
Mis piernas dejaron de tener fuerza.
El ambiente quedó en total silencio.
Solo se escuchaba el ruido de las brasas explotando en la chimenea y el movimiento de las manecillas del reloj.
Mientras ella seguía durmiendo, pensaba por qué mis padres me ocultaron esto. Si mi hermana lo heredó, tranquilamente yo también podría tenerlo.
«¿Es cuestión de tiempo para que me pase a mí? ¿Y si no me hubiera enterado si esto no hubiera ocurrido?»
—Oye. Estoy hablándote. —reclamó.
—Cállate. —manifestó.
—Estaré aquí para cuidarlos a ambos. —aseguró.
—Pudiste habérmelo dicho antes. —Lamentando avaló.
—No tuve la fuerza de hacerlo. —asumió.
Quité sus manos de encima de mí. Era demasiado mi enojo que solo el estar parado enfrente de ella, hacía que me irritase.
—Encolerizado, a la vez que agitaba sus manos—. —la insulto. —¡Me estuviste engañando todo este tiempo! No sé cómo pudiste aguantar ese secreto tú sola. Tu cara me da asco.
—No fue mi intencio… —demacrada intentó decir.
—Golpeó la pared a su lado—. Necesito que te largues de mi vista. —le proclamó.
Con una voz apagada habló: «Te dejaré solo…» Pronto subió. Se fue a la cocina. Por mi parte, volví al lado de la chimenea. Me acosté a su lado de nuevo. La envolví con unas mantas. Yo intenté dormir. Pero todo aquello fue demasiada información de golpe. Me estuvo taladrando la cabeza.
«Tengo que pensar una forma de decírselo a ella también.»
Tanta la preocupación mía, que no pude echar ojo en toda la madrugada.
Pasaron unos días. Continuamos un tiempo más en la casa. Mika y yo, ya no hablábamos. Las cosas quedaron incómodas entre nosotros. En ese tiempo, estuve rencoroso por haberse guardado ese secreto. Intentaba no estar encerrado con ella en la casa. Así que salía cada vez que podía. Con mis amigos si tenían tiempo libre. A mi hermana, decidí no mencionarle el tema. Lo que le ocurrió solo habría sido un calambre por el frío y nada más. En eso quedó la cosa.
No tenía la menor idea sobre la supuesta enfermedad que quizás podría desarrollar. En varias ocasiones, intenté hablar con Mika sobre qué era. Pero mi enojo seguía.
Así que a último momento pasaba de preguntarle.
Sigo sintiéndome culpable por haberme enojado de esa manera con ella. Ya que un periodo después, ocurrió aquello. Principios de enero. Volvíamos del centro comercial de Akihabara. Mi hermana estuvo insistiendo mucho con que le comprara un juguete que deseaba mucho. Antes de mudarnos, le prometí que se lo compraría.
—Hermano ¿Puedo saltar en los charcos? —pregunta.
—Mika se enojará contigo si vuelves a casa toda roñosa. —contesta.
Igual lo hizo…
—¿Para qué me preguntas si lo harás de todas formas? —le reclama.
—Es que ya no pasaremos más por aquí. —entristecida, dice.
—Claro que volveremos. Vendremos de visita cada cierto tiempo. No nos separaremos. Solo nos vamos a otra casa. ¿De acuerdo? —asegura.
—Okey. —asciende.
—Saca su celular del bolsillo—. —señala dentro de una tienda con la mano—. —Vayamos adentro. Hablaré por teléfono.
Tenía dos llamadas perdidas del esposo de Mika.
«¿Qué pasó?»
Extrañado, devolví la llamada, pero no respondió.
«Hermanito. Tengo frío. Quiero un chocolate.»
Saqué dinero y se lo di.
«Toma. Ten cuidado que sale caliente.»
«Chí.»
Volví a marcar de nuevo.
«¿Hola?»
«¡TIENES QUE VENIR AHORA MISMO!» gritó.
Colgó.
La cargué encima. Salí lo más rápido posible.
«Tenemos que irnos. En casa hay chocolate.»
«Pero…»
De lo lejos, comencé a notar un polvillo raro en el aire.
«Hermanito. La nieve es negra.»
No sabía qué significaría eso.
Apuré el paso.
Estando a unas cuadras de la casa, algunos autos de policía bloqueaban salidas y entradas del barrio.
«¿Qué diablos está pasando?»
Al aproximarme a los vehículos, los oficiales me detuvieron.
«Lo siento chico. No puedes pasar. Es zona roja.»
«¿Qué está sucediendo?»
«Una casa está incendiándose. Es peligroso, hay ductos debajo de ella. No puedo dejarte pasar.»
«Una casa ardiendo. Las llamadas perdidas. No puede ser. No lo creo…»
Debería haber otra calle sin bloquear.
Mi desesperación por llegar aumentaba. Quería comprobar si mis pensamientos estaban equivocados.
Di la vuelta a la manzana para encontrar otra entrada. Hallé un pasillo. Nadie lo vigilaba.
«El aire se siente extraño.»
Mi hermana empezaba a toser.
«Cúbrete la boca con esto.»
Seguí corriendo.
A una cuadra, el humo y el calor se intensificaban. El aire era denso, dificultando la respiración.
«¡Ya casi llegamos!»
Doblé en la esquina. Donde estaba el árbol de cerezo: sus hojas estaban tintadas de gris oscuro, semejante a la ceniza.
Ese tronco gigantesco fue lo primero que vi antes de enfocar lo que yacía a veinte metros detrás de él.
«No…»
Entre camiones de bomberos y el ruido de sirenas policiales, me encontraba allí parado como una piedra.
«¡¿Hermanito que está pasando?!» alterada gritó.
Me aferraba con fuerza a mi pequeña hermana. Observaba lo mismo que yo.
Cada momento que pasaba, las llamas crecían.
«¡Oye tú! ¡No puedes estar aquí!» Un oficial llamó la atención.
«Mika…»
La desesperación me dejaba inmóvil, mientras dos hombres salieron entre los escombros que formaban la entrada de la casa.
Los miraba haciendo gestos con las manos, poniéndolas en sus cuellos, pidiendo ayuda para quitarse el traje.
Uno se desplomó en el suelo. El otro intentaba ayudarlo a levantarse. Se notaba que tenían poco aliento.
Otro grupo de bomberos acudió para asistirlos.
El que se mantuvo en pie señalaba desesperado hacia la casa. Sus compañeros los sacaron de allí.
Él se negaba a moverse. Continuaba insistiendo, apuntando a la ventana del cobertizo.
Se acercó un hombre por detrás.
Las llamas dificultaban enfocarlo bien.
Era el esposo de Mika.
Mis piernas se movieron hacia donde estaba sin control.
La situación dejó de dominarme.
«Hermanito. Tengo miedo…»
«Ha estado llorando todo este tiempo. No me había dado cuenta.»
«¡Quédate aquí! ¡Volveré enseguida!»
La dejé detrás de un auto estacionado.
Corrí hacia donde estaba Kentaro.
«¡Señor Kentaro!»
Un policía volteó hacia mí e intentó frenarme. Logré esquivarlo.
«¡¿Oh?!»
—¡Señor Kentaro, soy yo! —grité desesperadamente.
—Joven. —pensó en su mente.
—¡¿Qué ocurrió?! ¡¿Qué es todo esto?! —interrogué desesperado.
Las lágrimas caían del Señor Kentaro mientras trataba de mantener la cordura.
—¡No lo sé! ¡Solo sucedió! —respondió quebrantado.
Cuando estuve cerca de los bomberos, pude escuchar su discusión: Todavía había una persona viva adentro de la casa.
La pelea que tenían cesó cuando ese hombre se giró y volvió a entrar aquel infierno ardiente.
Las partículas de gas se podían sentir llegando hasta los pelillos de las narices de todos. Las llamaradas comenzaron a volverse más abrazadoras.
Desde el interior de la casa, comenzaba a emanar un sonido chillante. El suelo tembló, las piedras de la calle empezaron a bailar.
El jefe de bomberos gritó a todo pulmón: «¡¡AL SUELO!! ¡¡ESTO VA A EXPLOTAR!!»
No dudé un solo segundo. Me di media vuelta y corrí en dirección donde se encontraba mi hermana.
En el último segundo, me arrojé encima de ella.
Un sonido metálico de explosión nos atacó.
Los cristales del auto, que se encontraba a nuestro lado, estallaron por la explosión. Los focos de los faroles de la calle tampoco fueron la excepción.
Tras el estruendo, la onda expansiva me azotó gran parte de la espalda, parecido a un látigo de cuero. Todo alrededor tembló como si hubiese sido un terremoto.
Abrí los ojos.
«¡¿ESTÁS BIEN?!»
La voz débil de su boca dijo: «Estoy bien…»
Mi rostro quedó empapado por la mugre que caía con el aire.
«Soy un estúpido… ¡SOY UN ESTÚPIDO!»
Odié cada segundo de mi ser por haberla puesto en peligro a ella.
Desde el otro extremo se escuchó un alarido de auxilio. Seguido de otro. Y de otro.
Un policía volteó a verme e intentó frenarme el paso. Logré esquivarlo.
«¡¿Ohh?!»
—¡Señor Kentaro, soy yo! —grité desaforadamente.
El fuego, tras la explosión, disminuyó drásticamente. Ahora solo eran unas pequeñas llamas alimentándose de los escombros calcinados de la casa.
Intenté levantarme con las pocas fuerzas que tenía.
«Te-nemos que irnos», tartamudeó.
La cargué en mi espalda.
Todo mi cuerpo ardía.
«Quier-o agua, hermanito».
«Iremos a buscar».
Todo estaba cubierto por el polvo negro. La oscuridad de la noche hacía imposible ver donde no alumbraba el poco fuego.
Caminé hasta el camión de bomberos, pero no estaban allí. En la entrada permanecían algunos bomberos. Sus cuerpos estaban totalmente calcinados.
Por el comunicador se escuchaba: «¡Alerta roja! ¡Alerta roja!»
Me detuve abruptamente, a punto de caer al suelo.
«¡¡Joven!!»
El señor Kentaro me agarró con todas sus fuerzas.
«Señ-o…»
«Al parecer pudiste salvarte…»
Mi visión comenzaba a nublarse.
Una persona con traje se llevó a mi hermana, mientras yo me desplomaba sobre el Señor Kentaro. Intenté que no se la llevara.
Solo tenía la suficiente energía para respirar en aquel venenoso aire.
Me la arrebató.
Sus lágrimas cayeron en mis labios lastimados. Gritaba que no nos separasen.
«Solo espera…»
Alrededor mío escuchaba conversaciones ininteligibles. Poco a poco, esas voces se convirtieron en voces de personas.
Mis ojos lograron abrirse lentamente. Al parecer, estuve inconsciente. Me quité la molesta mascarilla que llevaba.
«¡Mi hermana!» «¿Dónde está mi hermana?»
Enseguida, una enfermera entró a la habitación. Mi voz la alertó de que había despertado.
«Hola jovencito. No hagas movimientos bruscos.»
«¿Dónde está mi hermana?»
«Lo siento. No la ingresaron con ninguna niña.»
La enfermera se aseguró de que no tuviera ningún problema y se retiró.
Trataba de recordar cada detalle antes de desmayarme, pero solo podía recordar el último segundo en que estuve consciente. Mi hermana...
«¿Dónde está...?»
La puerta se abrió nuevamente. Era el señor Kentaro.
—¡Señor! —exclamé.
—Niño... —dijo entristecido.
—¿Qué fue todo eso? —pregunté.
—Agachó la cabeza. —La casa. La casa se incendió —dijo.
Mi respiración se aceleró.
—No... ¿Y Mika? ¡¿Dónde está Mika?! —pregunté.
—Lo siento —tartamudeó Kentaro.
Kentaro apretó fuertemente la barandilla de la camilla. La expresión en su rostro confirmaba lo que me estaba negando en mi mente.
Recomendaron días de reposo para recuperarme. Afortunadamente, mis heridas no fueron graves. Pero aún no sabía nada sobre dónde podría estar mi hermana.
—¿Se encuentra bien mi hermana? —pregunté.
Moví mi mirada hacia Kentaro. Me confirmó que estaba bien con un leve movimiento de cabeza."
Un enfermero nos habló. La onda expansiva de la explosión arrojó muchos escombros. Algunos pedacitos de vidrio impactaron en mi espalda, pero no entraron profundo. Fue pura suerte que no haya sufrido mayor daño.
—Podrás irte mañana por la noche a tu casa. —confirma.
Nos dejaron solos en la habitación.
«Se encuentra bien tu hermana. Ahora debes descansar.»
«Gracias por cuidarnos.»
Procedió a darme mis pertenencias.
«Aquí tienes tus cosas. Tu celular y demás. Mañana enviaré un auto por ti.»
Luego de decirme que descansara, se marchó.
Prendí mi celular. Notificaciones de mensajes, uno tras otro, comenzaron a llegarme. Texteé a mis amigos sobre lo que me había ocurrido, confirmándoles que me encontraba bien.
La espalda me comenzaba a doler. Una pequeña molestia.
Mañana por la tarde, un auto negro blindado pasó a recogerme a la clínica.
«Déjame que le abra la puerta. Señorito.»
Viajar en ese vehículo, me desconcertó demasiado.
¿Por qué se tomaría esta molestia? ¿Por qué tanta seguridad?
El chofer no emitió ningún tipo de sonido durante todo el trayecto. La ventanilla que nos separaba, evitaba que el ambiente entre nosotros dos, se volviera incómodo.
Viajamos por unos treinta minutos cuando nos frenamos en una casa.
Se bajó del auto y me abrió la puerta. Luego me dijo: «Lo acompañaré hasta la entrada.»
Allí me dejo y se retiró.
En la puerta había dos hombres altos. Me abrieron. Justo del otro lado, se encontraba el Señor Kentaro para recibirme.
—Jovencito. Llegaste. —remarca.
—Hola. —responde.
Puso su mano en mi hombro. Recuerdo como si estuviese a punto de decirme algo. En ese momento miré a sus labios, su ceño frunciéndose, pero a último momento se lo guardó.
—Tu hermana está jugando arriba. Ve. —propone.
—Gracias. —agradezco.
Mi desesperación por confirmar que se encontrase bien generó que cada escalón se sintiese eterno, sin importar la rapidez con la que subiera.
Toqué la puerta.
«Adelante.» Se escuchó desde el otro lado.
Ahí estaba ella, sentada en un puf enorme con un gato en brazos, el mismo gato que nosotros teníamos. Sin dudas, era Sunny.
Corrí a abrazarla y ella hizo lo mismo conmigo. Las cuencas de sus ojos quedaron desbordadas por su alegría.
—Tranquila. Estoy aquí. —le consolé, acariciando su cabeza.
—¡Hermanito! —lamentó.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunté.
—¡Yo estoy bien! Pero tú… —contestó.
—Lo siento mucho por preocuparte. —me disculpé.
Hice que se preocupara demasiado por mí.
Su enojo se notaba en cada golpe, producto de su rabia. Me sentía devastado por lo ocurrido.
—Apretó su puño que sostenía su remera—. —Dijeron que estabas en el hospital. Tuve miedo. —exclamó.
—Lo importante es que tú estás bien. —respondí.
—No te perdono, tonto. —insistió.
—¡Auch! Eso me dolió. —sonrió al expresarse.
Lo primero que pasó por mi cabeza fue protegerla de la explosión, asegurarme de que no tuviera ningún rasguño. Otra sorpresa que me llevé fue ver a Sunny ileso.
—Veo que Sunny también está feliz de verme. —dijo feliz.
—Está un poco sucio. —opinó.
—¿Por qué no le damos un baño juntos? Como cuando era un gatito bebé. —propuso.
—Sí, está bien. —confirmó.
—A mí también me vendría bien un baño. —imaginó en su mente.
Bañar al gato nos ayudó a distraernos un rato, aunque fue un poco difícil. Terminamos de limpiarlo y mi hermana empezaba a bostezar.
«Ahora tienes que ducharte tú, luego iremos a dormir.»
Mientras ella se bañaba, Kentaro golpeó la puerta. Le dije que pasara.
—Mika… En verdad murió. ¿No es así? —pregunté.
—Me lo confirmaron hoy a la tarde. Encontraron su cuerpo calcinado adentro de la casa. —respondió secamente.
—Llevó sus manos hacia su cara, golpeándose—. —No puede ser verdad. —negó.
—Se quitó los anteojos y pronunció—. —En verdad lo siento mucho. Esto fue mi culpa.
—Elevó la voz diciendo. —¡Oye no te disculpes! ¡No tuviste nada que ver con esto! Solo fue un accidente...
—Temblando—. —contestó. —¿Un accidente?
—Se acercó a él y lo sacudió—. —Por supuesto que sí. Nadie es culpable… —afirmó.
Se quedó sentado ahí, callado, golpeado por alguna culpa que no merecía. Quizás solo se sentía culpable por no haberla cuidado, o que pudo haber evitado ese accidente de alguna manera.
—Quisiera pensar eso.
Decidí no abrumarlo más.
—¿Qué haremos ahora? —interrogó.
—Mañana iré a la morgue a reconocer su cuerpo. Después te diré lo que haremos.
—Está bien. —asintió.
Se marchó de la habitación. Ella entró justo después. Dijo que quería dormir. Preparé su cama.
Esta casa no parecía estar preparada para que personas vivieran en ella, ya que no poseía ningún mueble o algo acogedor.
En este cuarto, solo había dos camas catre. Los colchones parecían ser recientemente comprados. Quité el molesto plástico ruidoso que los envolvía, pero, aun así, no dejaron de ser incómodos.
Extrañamente, la seguridad de esta casa era muy fuerte.
En su entrada, había rejas de hierro, paredes de ladrillos altas, cámaras de seguridad y guardias.
No había ninguna duda de que Kentaro había contratado toda esta seguridad.
¿Pero cuál era el motivo verdadero detrás de esto? ¿Por qué decidiera tomar estas medidas?
También el auto blindado que vino a recogerme a la clínica.
Algo de todo esto me daba una mala espina. Quedarme encerrado en este interior me generaba una inquietud.
Mi cerebro estresado repetía una sensación desagradable cada cierto tiempo: el calor del fuego en mi piel, parecido a estar quemándome vivo.
Tomé una pastilla para el dolor y me fui a dormir.
Los pequeños rayos de sol entrando por la ventana, más el ruido de Sunny maullando, provocaron que me despertara.
Miré al otro lado de la habitación. Ella todavía se encontraba durmiendo.
«¿Quieres salir? Déjame que te abra.»
Busqué mi teléfono por todos lados. Recordé que lo había olvidado en el baño cuando me duché.
Tenía muchos mensajes y llamadas perdidas. Antes de que pudiera contestar alguno de ellos, el celular se quedó sin batería.
«También perdí el cargador.»
Mis únicas pertenencias que me quedaron fueron las que tenía en los bolsillos de mi pantalón. Justo por el corredor, pasó el mozo del lugar.
«Disculpa, ¿puedes hacerme el favor de conseguirme un cargador? El tipo de entrada es…»
«Por supuesto. Solo déjame el celular».
No esperaba que quisiera llevarse el celular. Sin más alternativas, se lo di.
Le pregunté antes de que bajara las escaleras si Kentaro se encontraba en la casa.
Me respondió que volvería pronto.
La panza me comenzó a gruñir. Desde ayer al mediodía, que no había comido nada. Tanto yo como mi hermana perdimos el apetito por completo luego de lo que pasó.
A pesar de que no tuviera ánimos de comer, lo necesitaba.
Subí a despertarla.
«¡Ey! Despiértate...»
«¿Ah?»
«Nos prepararon el desayuno.»
Al dirigirnos hasta el comedor, el mozo al cual le pedí el favor, pudo conseguirlo.
«Aquí tiene.»
Enseguida lo conecté. Lo prendí.
Entré a mis mensajes: más llamadas perdidas, mensajes.
«¡Me enteré lo que pasó!»
«¿Te encuentras bien?»
«No respondes mis mensajes.»
Intenté comunicarme, pero la señal era nula.
«Sal al patio. Dentro de la casa no hay señal», dijo el mozo.
Otra de las extrañas cosas que sucedían.
En el momento no pude asimilar lo fuera de lugar que resultaba eso. Una casa que no permitía ningún tipo de señal en su interior.
Enseguida volví a la mesa. Terminé de comer rápido. La angustia no me permitía desayunar calmadamente. Salí de nuevo para afuera. La señal volvió. Intenté devolver las llamadas al igual que los mensajes, pero tampoco parecía funcionar, aunque afuera sí tuviera señal.
Al revisar los mensajes, todos aquellos pertenecían a excompañeros de escuela, profesores, personas de mi antiguo barrio. No hacerles saber que me encontraba bien era muy horrendo de mi parte, pero esta gente no era tan importante para mí. Podían esperar un tiempo más para que les respondiera. Mis seres queridos ya estaban al tanto de mi situación. Esto era lo único que me importaba.
Volví para adentro. Me dirigí a nuestra habitación. Sentado, me encontraba al lado de la ventana, viendo la vista para matar el tiempo. Detrás de mí, sentí unas manos.
—¿Dónde está Mika? —preguntó.
—¿Mika? —nervioso respondí.
—No la vi ayer ni hoy. Creí que estaría aquí por la mañana. ¿Por qué no nos llamó? —reclamó.
Claramente, al no verla durante el incendio, creyó que ella no se encontraba en la casa. No se había enterado de nada. Luego de la pregunta, no solo mi cuerpo, también mi respiración se detuvo. Demoré cinco segundos pensando en una buena excusa. Sin embargo, no pude decirle otra cosa más que la mera verdad.
—Ella no está más con nosotros. —respondí.
—¿Dónde está? —interrogó.
—Se encoge de hombros mirando hacia un costado—. —Ella… Estaba adentro de la casa durante el incendio. No sobrevivió. —le confirma.
Sus pequeñas manos se cerraban provocando el pliegue de mi ropa.
—Gira para atrás—. —Lo siento muchísimo. —dice. —Luego la abraza.
—Hermanito… Quiero a Mika. ¿Dónde está? —niega.
Empezó a llorar desconsoladamente en medio de mis brazos.
El enojo, junto a la pesadumbre de su muerte repentina, me infligían a odiarme a mí mismo, por no haber hecho nada al respecto. Quedándome allí parado. Viendo como todo se desmoronaba. Tuve miles de incertidumbres pasándome por la mente.
Mi remera quedó empapada por su llanto. Me comenzaba a desesperar cuando no pude calmarla de ninguna manera. Pero solamente me limité a darle su tiempo para desahogarse. Cómo podría decirle… «¿No llores?» Tampoco pude evitarlo. Me quebrante.
Poco tiempo después, soltó una frase que provocó que mi cuerpo entero temblase.
«No me dejes tú tampoco.»
Después de Mika, ella verdaderamente, era lo único que me quedaba. «Siempre te cuidaré.»
El ruido de alguien golpeando la puerta, interrumpió nuestro momento de duelo.
«Disculpe. El Señor Kentaro desea verlo abajo.»
Había vuelto de su viaje. Estaba desesperado por preguntarle qué pasaría a partir de ahora. «¿Vienes?» le dije.
Bajamos las escaleras. Había demás personas vestidas de traje. Parecían ser abogados. Me señaló que tomase asiento al lado suyo. Sobre la mesa, se encontraba una pila de papeles. Presté principal atención a uno largo. Este era el certificado de su fallecimiento. Un poco al lado, los de la fúnebre.
Comentó: «Mañana al mediodía será su velorio. A la tarde su entierro.»
Mi hermana se negaba a soltarme. Ni siquiera podía mirar a las demás personas presentes.
«Está bien.» contesté.
Seguido de eso, antes de que pudiera preguntarles mis dudas, volvió a su plática con los trajeados. En otra ocasión le preguntaría mis inquietudes.
«Vámonos arriba…»
Sin decir nada, se tiró encima de la cama, envolviéndose entre las sábanas. Esto provocó que Sunny se despertara.
Intentaba cambiar el ambiente. Hacerla sentir mejor.
Si me mantenía fuerte, como si no me hubiese afectado, conseguiría cambiarle el humor. Ella no necesitaba verme triste. Necesitaba una figura en la cual refugiarse. Sentirse protegida.
Internet no era una opción para distraerla debido a la inexistente señal.
El gato empezó a maullarnos.
«Creo que lo molestó que lo despertaras. O quizás tenga hambre.»
Me percaté enseguida de que no le habíamos dado nada de comer.
«Dudo que tengan comida de gato aquí. ¿Me acompañas a comprar?»
Se envolvió más profundo dentro de las sábanas.
No me contestó.
Me acerqué hasta el borde de la cama. Puse mi mano encima de ella.
«Sabes que te quiero. ¿No?»
Desde adentro se escuchó: «Yo también.»
«Acompáñame. Por favor.»
Salió del escondite lagrimeando. Su rostro mostraba pena.
«Puedes venir conmigo si así quieres.» Volví a insistir.
Mi intención, más que por otra cosa, era que no estuviera encerrada en esta habitación espantosa. El encierro claustrofóbico que había aquí adentro podía empeorar las cosas.
«Sí.» Respondió.
Bajamos hasta la puerta principal.
Nuestro paso fue interrumpido por el guardia que custodiaba la puerta.
Nos avisó que estaba estrictamente prohibido salir de la casa.
«¿Cómo es así?» reclamé.
Atrás de nosotros, el mozo llamó nuestra atención. Nos dijo que era cierto. No se podía salir de la casa.
«Ahora nos prohíben salir.»
«¿Usted por qué desea salir al exterior?»
Le expliqué el motivo.
«No es necesario que se tome esa molestia. Nos encargaremos del animalito.»
De nuevo, volvían a restringirme las estrictas reglas de seguridad de esta maldita cárcel.
Intenté buscar una respuesta a estas locuras.
Pero ellos no estaban dispuestos a darme una.
Reafirmaban una y otra vez lo inseguro que sería salir de aquí.
Se ofrecieron para hacer la compra, pero no hice más que negarme.
Exaltado por el motivo injustificado del encierro y la discusión, llegaron mis quejas a oídos de Kentaro.
Firme y airado, nos preguntó: «¿Cuál es el motivo de la discusión?»
Nuestros ánimos se dispersaron al instante.
Pedí disculpas al personal por mi comportamiento.
El malestar que causé al molestar a Kentaro me dejó en absoluto silencio.
Él explicó que fueron órdenes suyas, para mantenernos a salvo.
Agarré a mi hermana de la mano y nos fuimos de allí.
Otra estúpida idea que tuve para hacerla sentir mejor terminó generando todo lo contrario.
En medio de mi enojo, no noté lo asustada que estaba por la discusión.
Nos trajeron la comida para el gato.
Ella se refugió nuevamente en sus mantas.
Serví todo en el plato.
Las paredes volvían a moverse solas.
Ese día caían gotas enormes y frías. La nieve tampoco se quedaba atrás, siendo un elemento dañino para nuestras pieles.
Llegó el día de su funeral.
En el gran salón de velorio, llevaron a cabo una antigua tradición japonesa.
Mi hermana se negó a participar.
Cuando la miraba, parecía una muñeca de trapo, apagada en sus emociones.
Me mantuve apartado de ella en todo momento.
Kentaro, desde la primera fila, con un palillo chino, fue pasando en mano los restos de huesos de la difunta Mika hasta una urna.
Era una práctica común entre los seguidores del budismo. Personalmente, nunca me sentí cómodo con esa religión.
La mayoría notó mi disgusto en ese momento.
Me sorprendió la asistencia de tanta gente para despedirla.
En un grupo ajeno a la familia, estaban algunos señores mayores y mujeres, viéndome especialmente a mí.
Ojeaba tímidamente, observándolos rápidamente, solo para percatarme de que seguían mirándome fijamente. Me incomodaba bastante.
El dolor de usar esos incómodos zapatos empezaba a afectarme los pies.
Busqué un lugar tranquilo donde poder sentarme, necesitaba respirar de tantas personas.
Adelante mío se encontraba una mesa con revistas y diarios.
Una portada llamó mi atención.
«Incendio: una casa lujosa en… Una persona resultó…»
Sentí una punzada en mi corazón.
Agarré todos los diarios y revistas para arrojarlos en el cesto de la basura.
En medio de eso, desde el otro pasillo, unas personas empezaron a acercarse.
Eran del grupo que no dejaba de observarme.
Intenté actuar como si no los hubiera visto y me senté.
Los hombres se dirigieron al baño que estaba justo detrás, las mujeres fueron directamente hacia mí.
Mi corazón latía velozmente.
La seriedad del rostro de la mujer cambió; ahora parecía más amable.
—¡Hola! —dijo.
Mis cuerdas vocales tensas por el nerviosismo, tardaron unos segundos en responder.
—Hola —tartamudeé.
—¡Hey! ¿Tú eres el hijo de Mika, no es así? —preguntó.
—Así es. Hijastro en realidad. —confirmé.
—¡Ah! Lamentamos mucho tu pérdida. Debes estar pasando por un momento horrible —dijo.
—No hace falta que sientan lástima —respondí.
Una de las mujeres se puso a mi izquierda, al lado de la máquina expendedora, fingía comprar algo, era evidente su intención de acortar la distancia entre nosotros.
—¡Lo siento! No era nuestra intención molestarte —dijo apenada.
Mis ojos se movían rápidamente, mirando a las tres mujeres a la vez.
—¿Necesitan algo? —pregunté.
—No te preocupes, solo vinimos a acompañar a nuestros maridos al baño —dijo una de ellas con una sonrisa.
Asentí con la cabeza, entendiendo sus intenciones.
Los hombres trajeados salieron del baño y caminaron por el pasillo.
Uno de ellos se volteó para mirarme.
De repente, la mujer que estaba a mi lado antes de marcharse me preguntó mi nombre.
—Me llamo Hi…
Antes de poder responder, desde el otro extremo del pasillo, llegó el Señor Kentaro en mi rescate.
—¡Aquí estás! Me preocupaste. Vámonos, es hora de enterrar sus restos —se quejó.
Sentí un alivio al ser sacado de esa situación.
—¿Dónde está tu hermana? —le preguntó.
—Está…
Al girarme para buscarla, ¡no la encontraba por ninguna parte!
—¡Estaba aquí a mi lado sentada! —afirmé.
Me había quedado tan abrumado por mis miedos que la perdí de vista.
—Mierda…
Corrí a revisar los baños.
No estaba.
Kentaro solicitó su búsqueda de inmediato.
Recibió respuesta por radio: «La encontramos sentada afuera.»
Corrimos hasta el lugar.
La sorprendimos mirando fijamente al hueco de la tumba.
—La agarra del brazo—. —¡Hey! ¿Qué pasa contigo? —le reclama.
La tranquilidad del lugar se perturbó cuando me respondió furiosamente.
—¡DÉJAME SOLA! —gritó.
Desconcertado por su accionar, solté su brazo que sostenía con firmeza.
No necesitábamos una escena de drama en este lugar.
A la par de las gotas de lluvia, que caían con sus lágrimas, se giró a mirarme.
Dijo que se quería ir a casa.
De nuevo, la punzada en mi pecho me atacó. No podía darle una respuesta a eso.
Le comenté que pronto nos iríamos después de despedir a Mika.
—Se acerca más—. —Yo tampoco quiero estar aquí. Pero no podemos irnos y dejar a Mika así. —aclama.
La puerta del recinto se abrió. Todas las personas salieron de dentro.
De primera fila, se asomaba el ataúd con sus restos, cargado por los familiares de Kentaro y Mika.
No perdí de vista en ningún momento el ataúd.
Le tomé la mano. Nos apartamos del camino.
Lo colocaron sobre unas maderas. Un monje procedió a realizar una lectura de sutras.
Todo el ambiente se inundó de un silencio, digno de la nada misma.
Mi hermana no resistió la abrumadora imagen.
Se acercó hasta el ataúd agarrando con fuerza las manijas de la caja en negación.
Mientras apoyaba su cabeza en la madera, pude ver cómo se movían sus pequeños labios.
Dichas palabras se las reservó para Mika.
Igualmente, seguí detrás de ella.
Reposé mi mano sobre el robusto roble. Cerré los ojos. Le dije en mi mente que la extrañaré.
Kentaro dio su último discurso antes de su despido.
Con el rostro demacrado por la furia, asintió con la cabeza al personal para que bajaran el ataúd a tierra.
Las piernas comenzaron a temblarme al mismo tiempo que mi vista se nublaba, congelándome por el frío que acompañaba mis lágrimas.
El aire se tornó pesado, dificultando mi respiración.
Una. Dos. Tres. Cuatro. Era el recuento en mi mente, de las veces que arrojaban tierra encima del ataúd.
Por cada pala cargada, percibía el entorno en cámara lenta.
Preso de mi ansiedad, mi hermana tomó mi mano.
En ese momento, percibí un chispazo eléctrico que me hizo volver.
«Ya vámonos a casa.»
Le aseguré que nos iríamos dentro de un rato. Por el momento, la llevé adentro, alejada de toda multitud morbosa.
Mi cansancio mental empezaba a debilitar mi cuerpo. No quedó más opción que esperar hasta tarde que terminara la ceremonia.
Con el sol escondido tras las nubes grises, la oscuridad se apoderó del lugar.
Regresamos a nuestro hospedaje. No era exactamente una casa. Llamar a esa cárcel nuestro hogar, era semejante a blasfemar.
Tomamos otro camino. Kentaro iba al frente.
«Cambiamos el lugar de hospedaje.»
Con mi mirada vacía y las ojeras, la clave estaba en sus ojos.
Pudo notar cómo sutilmente fruncí los párpados, indicándole que no tenía ánimos para cuestionarlo.
Durante el trayecto, mi hermana se quedó dormida rendida, apoyada en mi hombro.
El nuevo hospedaje se asemejaba más a un hogar.
Las habitaciones aquí tenían camas reales.
Antes de dejarla recostada en una de las camas, me dijo que quería hablar conmigo.
Nos sentamos cara a cara.
Tomó la iniciativa y mencionó los papeles de la casa de mis padres. De repente, mi sequedad se esfumó por completo.
Levanté la mirada, pidiendo más información.
Preocupado y decidido, me habló sobre sus intenciones de abandonar el país lo antes posible.
Mi corazón comenzó a latir con agresividad.
Pregunté el motivo de esta medida tan repentina.
Me contó sobre el cambio en la empresa: estaban tratando de quedarse con los puestos más altos.
Expresó que ya no le quedaba nada en este lugar.
Se puso de pie y, en tono reverente, me pidió disculpas, asegurándome que sería imposible llevarme con él.
¿Cómo, siendo yo un adolescente, podría encargarme de todo esto solo?
Intentó alentarme, diciéndome que podría lograrlo.
«Ya era legalmente un adulto.»
Me confirmó que me conseguiría un trabajo. Los papeles de la casa de mis padres estaban a mi nombre.
Le reproché que esos papeles se habían quemado junto con la casa.
Él aseguró que no me preocupara, que podría solicitar una copia.
Los títulos de la casa estaban a mi nombre, pero la autoridad parental de mi hermana aún no se había tramitado.
Ese era el último trámite pendiente que Mika dejó.
Insistió en resolver la situación de alguna manera.
Intenté comprender su decisión, pero nunca pude perdonarlo por abandonarnos en un momento así.
Su vuelo partiría por la mañana.
Me dejó quinientos mil dólares en efectivo y se marchó.
Desde ese día, no volví a tener noticias suyas.
Cada noche que pasaba, no lograba entender la razón de este infierno.
Buscaba una explicación lógica a todo lo que estaba ocurriendo. ¿Por qué esta mala suerte nos afectaba a nosotros? Darle vueltas a la cabeza aumentaba mi amargura. Me volví un desgraciado, resentido y lleno de rabia por su abandono, lo que me impulsó a estar pendiente de cada segundo de mi tiempo.
Mi cuerpo entero estaba sumido en tristeza y furia. Todo sucedía tan rápido, una desgracia tras otra. Ingenuamente, pensaba que las cosas volvían a la normalidad en nuestras vidas. Fue una felicidad que lamento no haber disfrutado en su momento. La inexorable realidad de la vida adulta se hizo presente, recordándome constantemente sus desafíos.
La ansiedad me atormentaba día y noche, creando planes futuros y responsabilidades inesperadas que nunca imaginé enfrentar. Mi cuerpo y mente se debilitaban, afectando cada parte de mi ser.
Pero pensar en mis propios sufrimientos no era mi prioridad. Era un lujo que no podía permitirme. Mi enfoque estaba en mi hermana. Era mi refugio frente al caos exterior. Dependíamos el uno del otro para mantener nuestra cordura, éramos engranaje y tuerca, responsables del funcionamiento de un reloj.
Al ver sus ojos azules, un nuevo amanecer brillaba dentro de mí. Ella estaba experimentando lo mismo que yo había sentido tiempo atrás, un amargo veneno que tuve que digerir lentamente.
Su memoria fotográfica no ayudaba a mejorar la situación. Sus pesadillas nocturnas eran constantes. Mis emociones afectaban su proceso de duelo de manera significativa. A pesar de todo, siempre intenté animarla, mostrándome sonriente y fuerte, como si no tuviera miedo alguno.
Estaba obsesionado con ser un modelo a seguir para ella, alguien que enfrentara sus miedos sin titubear.
Las responsabilidades me tenían siempre abrumado. Tramitaba papeles, documentos, todo lo necesario para cumplir con mis obligaciones. La burocracia me consumía la mayor parte del tiempo. Le sugerí buscar ayuda terapéutica temporal, pero se negaba.
Necesitaba un refugio mental, aunque nunca llegué a buscarlo de verdad. Aquella fecha grabada en mi mente me robaba todo rastro de sueño por las madrugadas. Los días pasaban y el lugar temporal de residencia solicitó que desalojáramos el recinto.
Más que la preocupación por encontrar un techo donde dormir, tenía en mente el trámite de tutoría legal. No sabía si todo saldría bien y rogaba para que me dieran esa oportunidad. Sabía que era complicado, sin ningún título que corroborara mi legitimidad.
Incluía la posibilidad de levantar una denuncia de abandono parental y asumir la responsabilidad. No tuve más opción que presentarme personalmente y rogar para que me creyeran.
Mis amigos me ayudaron con el papeleo, pero el temor a perderla por pedir su colaboración era abrumador. Dudaba si arriesgarme o no. El primer paso fue conseguir un abogado para ir al ayuntamiento de Tokio. Solo así tenía más posibilidades de éxito.
A pesar de mi olvido sobre el nombre del buen hombre que me respaldó, estaré eternamente agradecido con él. En ocasiones, mi imaginación generaba los peores escenarios, pero se disipaban al saber que solo eran delirios.
El abogado aseguró que conseguiría lo necesario para solicitar los papeles, y efectivamente, no falló en su labor. No obstante, la decisión final la tomaría la asistente social asignada a mi caso. Debía demostrarle que era capaz de cuidarla.
Llegó el momento crucial. Intenté dormir lo máximo posible para lucir más saludable. Aunque mi aspecto no estaba tan demacrado, las ojeras sí eran evidentes. La forma en que te ven es crucial en estas circunstancias.
Levantado por la mañana, alrededor de las nueve y media. Nuestra cita era en una hora aproximadamente. Nos encontrábamos alojados en un AIRBNB no muy lejos del centro. No suponía un gasto tan caro, pero a largo plazo sí lo sería. Todo parecía estar conspirando contra mí, ya que estaba al pendiente del dinero que nos había dejado Kentaro. Necesitábamos ir a nuestro hogar de inmediato.
Me paré y fui hasta la cocina donde ella estaba mirando televisión.
«¡Buenos días!»
«Hola.»
Comentó que la señora dueña de la casa había llamado a la puerta.
Le pregunté al respecto, pero solo dijo que quería hablar conmigo. No sé si necesitaba desocupar la casa, pero comenzaba a molestarme.
Preparados, salimos hacia el ayuntamiento.
En la entrada nos esperaba el abogado.
—¡Buenos días! —saluda.
—¿Cómo estás? —contesto.
—Logré que te asignaran la mejor asistente social de todo el edificio. No deberías tener problema alguno —asegura.
—Agradezco todo lo que estás haciendo por nosotros —suplico.
—¡No me agradezcas! Este es mi trabajo —reconoce.
Nos llevó hasta la oficina.
—Esperarán aquí hasta ser llamados por esa puerta. Les deseo suerte —marchándose— dice.
Mi corazón bombeó tanta sangre de golpe que me ocasionó un nudo en la garganta. Cuando las piernas comenzaron a temblarme y las palmas a sudar, ella tomó mi mano y me sentó en el sillón.
«No te preocupes hermanito. No tengas miedo».
Sus palabras de aliento me ayudaron a regular un poco los latidos. Pero el estado de ansiedad y alerta en el que me encontraba no era para nada agradable.
Cada ruido de una puerta abriéndose lo asemejaba al de nuestro consultorio.
Fui al baño a lavarme la cara.
Tenía que hacer algo al respecto. Mis nervios podrían sabotearme. Aún peor, si se los contagiaba a ella.
Regresé intentando regular mi respiración.
«Gracias. Estoy mejor».
La puerta se abrió y desde adentro nombraron mi apellido.
Tragué saliva. Entramos.
—Buenos días a ambos. Usted es… Y esta niña hermosa… —habla.
—Es correcto —confirmo.
—De acuerdo. Dime. ¿Cómo se encuentran? —pregunta.
—Bien por ahora —respondo.
—Levanta la mirada de los papeles—. —No tienes que tener miedo. Relájate. —propone.
—No lo estoy… —sostiene.
—Las personas suelen temernos. Pero no hay nada de qué preocuparse. Estamos aquí para ayudarlos —dice—, mientras sonríe.
Era cierto. Mis hombros comprimidos hacia delante. Mi garganta tensa, me delataron antes de tiempo.
—Disculpe. —Sacando una sonrisa—. —Confieso.
—Acabo de leer el historial de ambos. Lo siento mucho. —aporta.
Desde ese momento, no hizo más que preguntarnos sobre nuestro historial cívico. Si poseíamos una vivienda, dinero, empleo, estudios, etc.
Pude contestar la gran mayoría de preguntas que sí.
—Todo está perfecto para autorizarlo a usted como su tutor legal. Necesitaremos un seguimiento de sus ingresos por ocho meses. Demuestre que puede generar una estabilidad económica para mantenerla a salvo. —declaró.
Casi llorando, firmé los documentos. Todo salió tal como lo esperado.
Salimos del edificio exaltados de alegría.
El abogado nos felicitó por nuestra victoria. Nunca tendré las palabras suficientes para agradecerle.
Volvimos al Airbnb a recoger nuestras cosas.
Cuando llegamos, justamente la señora dueña nos vio.
Interrumpiéndome el paso, me llama la atención.
«Lo lamento. Deben dejar la casa lo antes posible.»
Le sonreí diciéndole en un tono burlesco: «No se moleste Abuela. Ya estábamos yéndonos.»
De camino a nuestro antiguo hogar, durante todo el trayecto, la percibí demasiado emocionada.
Desde hacía un buen tiempo que no la veía tan feliz. Me contagió esa alegría.
El bus nos dejó en la estación de trenes que solía ver. Todo seguía tal como lo recordaba. Aquello fue un golpe de nostalgia.
Caminamos unas cuadras hasta llegar al barrio.
Al llegar, ahí estaba de pie.
Pasaron unos años, pero nada pareció cambiarla radicalmente.
Un pasto largo, hojas creciendo por las paredes. Las ventanas tapadas. Noté en la entrada un cartel de "se vende" destruido. Me dejó extrañado.
Puse la llave en el cerrojo. Abrí la pesada puerta de madera.
Golpeó de lleno un viento cálido que salió desde el interior. El polvo me hizo estornudar en varias ocasiones.
La mayoría de los muebles estaban cubiertos por sábanas, otros no. Estaba asombrado de que la casa todavía tuviera agua y corriente.
«Dejemos nuestras cosas arriba».
La antigua habitación de mis padres sería la mía.
Dejé las cosas en el cuarto. Al pasar por el pasillo, noté que la ventana de la pieza de ella estaba abierta.
Me moví rápido a cerrarla, entraba un fresco. No cerró bien, el cerrojo de la ventana estaba roto. Sería lo normal después de tanto tiempo.
Desde abajo escuché que me llamó: «¡Hermano, baja!». «¿Qué sucede?».
Al mirar donde me señalaba, los cuadros de nuestros padres y nosotros no se encontraban en el lugar donde deberían estar.
Solo quedó una silueta de suciedad de los marcos.
«Deberían de estar allí». «No importa. Haremos otros».
Que recuerde, la última vez sí estaban allí. Quizás un ladrón entró y se los robó. Lo confuso es que solo se haya robado eso. En las cosas de valor que hay aquí, esos cuadros no valían nada.
Comenzamos a retirar las sábanas de los muebles.
Limpiamos. Barrimos. Tras el paso de los años, la casa, por no recibir mantenimiento, se deterioró bastante: Algunos focos dejaron de funcionar. La pintura de algunas habitaciones empezaba a caerse. Los colchones se habían podrido. Tendría que remodelar gran parte de la casa.
«No dormiremos aquí. Ni siquiera tenemos colchones en condiciones.»
Subí las escaleras. Abrí la maleta donde estaba el dinero. Conté el que teníamos.
«Cuatrocientos mil dólares nos quedan.»
Remodelarla suponía un gasto importante, pero necesario.
Eran alrededor de las cuatro de la tarde. Todavía teníamos tiempo de ir a un IKEA y comprar algunos muebles. De paso la llevaría a pasear.
«¿Quieres salir de paseo?»
«¡¿Dónde?! ¡¿Dónde?!»
«Iremos a comprar cosas para la casa.»
Cerré con llave. Partimos rumbo al centro de la ciudad.
El estómago comenzó a palpitarme. Tal vez por la emoción o el estrés.
«¿Quieres ir a comer o de compras primero?»
Abrió la boca contenta diciendo: «¡A comer!»
Decidido estaba.
El bus nos dejó al lado del centro comercial.
«Vayamos rápido adentro. Quiero ir al baño.»
Estuve esperándola afuera. Sentado en las sillas.
El celular me sonó. Haiden quería invitarnos a su fiesta de cumpleaños.
«Por supuesto. Iré con mi hermana. ¿No hay problema?»
«Claro que no.»
Guardé el celular. Para cuando levanté la mirada hacia un restaurante, tres personas se me quedaron mirando. Observándome unos segundos, hasta que se fueron con su pedido.
Me quedé un poco incómodo.
Ya para esto, mi hermana estaba tardando más de lo normal. Habían pasado ocho minutos.
Mi dedo índice empezó a golpear la mesa impacientemente.
Me volteé de nuevo y otras personas casi idénticas a las otras, me estaban vigilando.
De mi nerviosismo, entré al baño de hombres.
Lavé mi rostro con agua fría. Quizás tenía algo en mi cara que llamaba la atención.
Cuando hice la última pasada con mis manos llenas de agua, justo detrás mías, esa gente entró.
Cerré los ojos y respiré hondo.
«Esta ansiedad social me está matando.»
Intenté relajarme, pero solo imaginaba cosas en mi cabeza. Al salir del baño, uno de ellos se tropezó conmigo.
«¡Lo siento mucho!»
«Descuida. Los accidentes pasan muy a menudo. Desgraciadamente.»
Seguí mi camino avergonzado. Afuera, ella estaba esperándome.
«¿Qué sucedió que tardaste demasiado?» le reclamé.
Me dio un golpe: «¡Déjame ir al baño en paz!»
Buscamos un lugar donde comer. Ese episodio incómodo lo olvidé por completo al verla comer. Era como si estuviera presenciando mi paraíso en su máximo esplendor.
«Sí que te gusta mucho el donburi.»
«Es mi comida favorita.»
Terminamos nuestra comida y nos dirigimos a la entrada del IKEA.
Se sorprendió mucho, ya que era su primera vez en uno. El lugar era inmenso. Saqué la lista de materiales que necesitábamos para remodelar la casa.
«Pintura. Muebles. Dos colchones. Focos. Cerrojo para la ventana.»
Todo aquello resultaba ser un gasto necesario, importante para hacer la casa nuestro nuevo hogar desde cero.
«Vayamos a la sección de pinturas primero.»
Su habitación principalmente necesitaba un cambio en la apariencia. Le pregunté cuál sería el color que escogería para pintar.
«El azul.» eligió.
Decidido estaba, una cosa tachada de la lista. De allí nos dirigimos a ver los muebles. Estuvimos en la zona donde se exhibían las camas.
«¿Y si nos acostamos en ellas para probar su comodidad? ¿Qué te parece?»
Estaba haciendo preguntas al aire. Me giré, pero no estaba a mi lado.
«¿Cuándo se separó de mí?»
Observé una pequeña silueta metiéndose por un pasillo y fui detrás de ella. Al entrar, resultó ser otra niña. Sus padres me miraron de forma extraña, seguro habrán pensado que tenía otras intenciones.
Seguí buscándola y comencé a desesperarme. Pregunté a uno de los empleados si la habían visto, pero ninguno recordaba ver a ninguna niña sola. Aceleré mi paso y unos metros más adelante, la encontré.
«¡Oye Hi…!»
Al instante de querer levantar la voz, un señor me llamó la atención, deteniendo mi paso.
«No puedes gritar aquí o te pediré que abandones el lugar.»
Rápidamente retiré su mano de mi pecho y le pedí disculpas. Me acerqué a mi hermana.
—¡¿Dónde estabas?! ¡¿Por qué te separaste de mi lado?! —le pregunté furiosamente. Me di cuenta de que estaba un poco agitada.
—Se abalanzó sobre mí—. —Perdón. —dijo.
—La aparté—. —No me respondiste lo que te pregunté. —contesté.
—Agachó la cabeza—. —Estaba mirando algo cuando unas personas me llamaron.
—¿Señores? ¿Quiénes? —pregunté.
—No lo sé… —dice.
Salí del pasillo para mirar a todos lados: Lo que pude distinguir a unas siluetas negras marchándose por el ascensor del piso.
Volví a su lado.
—¿Te hicieron algo? —insiste.
—No… Solo decían cosas raras. —responde.
La misma persona que me frenó, se acercó hasta nosotros. Preguntando si todo estaba bien.
«Necesito ayuda. Creo que quisieron secuestrarla. Esos tipos podrían estar todavía en el edificio.»
El empleado avisó por radio sobre lo sucedido. Insistió que lo acompañase a la centrar de seguridad.
El jefe de seguridad nos estuvo interrogando por un largo tiempo. No llegamos a ningún lado.
Mencioné la posibilidad de revisar las cámaras de seguridad.
Se negó rotundamente: por motivos confidenciales de la empresa, no podríamos tener acceso a ellas.
Se nos hacía tarde. Les agradecí las molestias que se tomaron con nosotros. Nos marchamos.
Para nuestra desgracia, el centro comercial había cerrado sus puertas. Ni siquiera alcanzamos a comprar nada de la lista.
Ella seguía algo agitada.
—Hey. No te preocupes. Mañana volveremos con más tiempo. —afirma.
—Eso no importa. Quiero irme a casa. —contesta.
Entramos de día. Al caer la noche, refrescó más de lo habitual. Con la oscuridad, hizo un frío especial.
Dentro de la casa, la temperatura mejoraba un poco, pero seguía siendo una heladera.
Busqué por todos lados las estufas, pero estas ya se encontraban estropeadas por el polvo y la humedad.
«Otra cosa más para la lista.»
Como en casi todas las noches, antes de irme a dormir, suelo tomar un té para relajarme. En la cocina, le dije que durmiera en mi habitación y yo en otra. Como el cerrojo de la ventana de su pieza estaba roto, la ventana no cerraba del todo y entraba frío.
«Quiero dormir contigo...»
Le respondí que estaba grande para que durmiera conmigo.
«No quiero dormir sola...»
Volví a insistirle que dejara de comportarse como una niña pequeña.
Se marchó enojada.
«Todavía sigue comportándose como una niña caprichosa.»
Apagué las luces y me dirigí a la cama. Estuve un tiempo dando vueltas, reflexionando sobre lo ocurrido en el IKEA. Pensar en aquello me dejaba algo inquieto. Conseguí dormir al cabo de media hora.
Pareció que pasaron solo unos segundos desde que cerré los ojos, cuando sentí algo debajo de las sábanas.
Me desperté un poco estúpido tocando por debajo de las cobijas.
Escuché: «Hermanito. ¡Despierta! ¡Levántate!»
Lo mucho que me había costado poder dormir, para que viniera y me despertara.
Malhumorado, le contesté que se fuera inmediatamente.
No recuerdo la hora con exactitud, cuando ella me interrumpió el soñar.
Continuó persistente hasta que logró despabilarme.
«¿Qué es lo qué te pasa?» le dije.
Prendí la luz del velador.
De nuevo la noté agitada. Respiraba rápido.
«Dime qué tienes.» insistí.
Salió debajo de la cobija.
«Mika estaba en la habitación.» Temblorosamente contesta.
«¿Mika?»
Últimamente, estuvo padeciendo pesadillas constantes desde que Mika falleció.
Me dejó un poco fuera de lugar que la haya nombrado. Pero más que pensar en otra cosa, me encontraba molesto.
«¡Vi su sombra en el pasillo y luego entró a mi habitación!»
Para que se callase de una buena vez, decidí ir a revisar. Para que viera que no había nadie.
Se negaba a volver.
Caminé hasta la puerta. Entré. No noté nada más que mi sueño.
«¡Te dije! ¡Solo fue una pesadilla!»
Recogí las sábanas que estaban tiradas en el piso. Las dejé en la cama.
Antes de salir, por mi lado izquierdo, sentí un escalofrío.
Por la oscuridad, no pude distinguir si realmente una de las puertas del placard se movía o no.
No le di mayor importancia. Me estaba cagando del sueño.
«Última vez que duermes conmigo. ¿Está claro?»
«Chí…»
Por las persianas a medio cerrar, entraron los rayos de sol.
La alarma del celular sonó temprano. No tenía que perder tiempo alguno en realizar las compras necesarias para el hogar.
Anoche hablé con ella de ir nuevamente juntos, pero se negó.
Me tocaría ir solo.
Me aseguré minuciosamente de que nada en la lista faltara.
Todo pagado y cubierto, otro peso menos para mis hombros.
Llegué. Comencé la limpieza.
Desempolvando cada rincón de la casa. Poniendo los nuevos muebles. Tirando algunos, otros arrojados a la basura.
Quitando manchas de moho. Cambiando focos. Lustrando los pisos. Cambiando el maldito cerrojo de la ventana.
Terminé devastado por la tarde, pero con una gran satisfacción recorriéndome el cuerpo.
Solo quedaba una última cosa: Cambiar la pintura de algunas paredes.
La primera habitación sería su alcoba.
Obviamente, no haría todo este trabajo solamente yo.
«Ponte los guantes y la mascarilla. Me ayudarás.»
«No quiero…»
«Sí lo harás.»
«Que no…»
«¡Dije que sí!»
«¡Y yo que no!»
«¡Es tu habitación!»
Me demoré un rato en convencerla.
Al verla pintar tan concentrada, me hizo sonreír bastante. Esa actitud terca sin duda la sacó de mamá.
Esto era lo que tanto quería. Mi hogar cálido. Junto a mi familia. Comenzaba a formarse un nuevo capítulo en nuestras vidas.
«¡Toma!» Arrojó pintura a la ropa de «Él.»
«¿Quieres jugar a eso?»
Recordé que mis padres guardaban material para fiestas en el ático.
Volví con unas latas de espuma que, afortunadamente, todavía contenían espuma y no cemento radiactivo.
«¡No, no ¡Espera!»
«¡Ahora te aguantas!» reía.
Las horas pasaron rápido y cuando llegó las diez de la noche, terminamos por completo de pintar.
Mi cuerpo no daba más aliento del cansancio.
Mis brazos se percibían como si estuvieran dislocados.
El sentimiento de gratificación era muchísimo más alto que cualquier dolencia que pudiera estar teniendo.
La remodelación de la casa se extendió por unos días más.
Todo resplandecía. Lucía moderno. Era mi toque personal.
Ahora sí. El mayor de los pesos se me había quitado de mi espalda.
«Mi hogar acogedor.»
Los meses pasaron volando y llegó abril.
La primavera estaba aquí. El calor comenzaba a asomarse por las largas tardes.
Por lo general, la gran mayoría de jóvenes comienzan de nuevo el ciclo escolar en abril.
Esta vez, empezaría de cero en una nueva escuela.
Por mi parte, un puesto en la empresa de papá me estaba esperando. Esa misma semana, tenía pendiente la entrevista de trabajo.
Ese día, primero llevé a mi hermana a la escuela. Más tarde, me reuniría con mis amigos.
Estaba esperándolos en una hermosa cafetería, con vista al río.
«¡Hey!» «Perdón por la tardanza.»
Haiden y Naoki vinieron a saludarme.
—Tanto tiempo, chicos. —saludo.
—¿Por qué siempre esta cafetería? —preguntó Haiden.
—Es la que siempre veníamos. —explica.
—No sé si estás enterado de que existen otros lugares. —responde.
—Conseguimos el puesto de trabajo. —soltó Naoki.
—Ah… Últimamente, oí que es la mejor opción laboral. —dice.
—¡Sí! Todos los recién egresados mueren por entrar a trabajar en la empresa de tu padre. —opina.
—Ya no es más la empresa de mi padre. —aclara.
—Se levanta y grita—. —¿¡QUÉ!?
El ambiente tranquilo de la cafetería se interrumpe.
—Lo golpea—. —¡Cállate, estúpido! Me haces pasar vergüenza. —manifiesta.
—Pero, ¿La compañía no debería ser tuya? —cuestiona confuso.
—Han pasado algunas cosas. —afirma.
—Tendrías la vida resuelta. —sugiere.
—He estado viviendo rodeado de lujos por mucho tiempo. Estoy harto de tenerlo todo sin esfuerzo. Quiero trazar mi propio camino. —declara.
—Eso… No me lo esperaba de ti. —reacciona sorprendida.
—Guarda sus cosas en la mochila—. —Entonces, seremos compañeros de trabajo. Si es que lo consigo. —concluye.
Me despido de ambos. Me dirijo hacia la sede central de la compañía.
Justamente, no queda tan lejos de la cafetería.
Como cualquier persona normal en su primera entrevista de trabajo, estoy nervioso.
Me siento en la sala de espera mientras tomo té gratis.
«Señor Oneroustein. Pase por la oficina cero dos.»
Me recibe una oficinista muy atractiva.
Quedo parcialmente encantado por su belleza.
Empieza a hacer las típicas preguntas que te harían en cualquier otra entrevista.
Más allá de todo eso, extrañamente, su rostro me resulta un poco familiar.
Después del cuestionario, asegura que cumplo con los requisitos necesarios para brindarles servicio.
Pide disculpas.
Levanta el teléfono y pronuncia algunas palabras.
«Usted ya cumplió conmigo. El jefe de este bloque quiere conocerlo primero.»
Se levanta de su asiento.
Pide que lo acompañe hasta el otro extremo de la planta, dejándome en la puerta de la oficina del jefe.
Adentro está esperando esa misteriosa persona.
Saludo con formalidad. Hago una reverencia y me invita a sentarme. Es su manera de recibirme.
«Estoy tan contento de verte aquí. ¿Sabes por qué? Ver el talento juvenil interesado en trabajar con nosotros ¡Es lo que me hace feliz!»
Escuchar sus palabras comienza a inflar mi ego.
«El honor de estar aquí es mío, señor.» respondo.
Empezaré mañana mismo.
Vuelvo a casa extremadamente contento.
No solo por nuestro nuevo hogar, sino también por nuestra estabilidad económica.
Otra oportunidad más ilumina mi vida, sacándome del abismo de tragedias.
Confirmo a mis amigos que trabajaremos juntos. Recibo elogios por parte de ellos esa tarde.
Al salir de ese edificio, paso a recoger a mi hermana en su escuela.
Le informo sobre la noticia.
Su alegría parece ser mayor que la mía. Parece que ella ha conseguido el puesto en lugar de yo.
Esto sin duda cambiará nuestras vidas.
Propongo celebrar yendo a comer a un restaurante. Idea que le fascina.
Se me ocurre el plan cuando miro la heladera: Hay un pin del restaurante al que solían ir mis padres.
Si alguien sabía de comida, ellos eran los indicados para saber a dónde ir.
La noche transcurrió de maravilla.
Había una temperatura ideal, ni muy caliente ni muy frío.
No me importó demasiado volver a casa tarde. Quería disfrutar el momento junto a ella.
También tenía escuela mañana, pero se sumó al festejo.
Me encontraba cansado, algunas ojeras salieron.
Esa madrugada, cuando por fin me acosté sobre mi cama, la tensión en mis músculos se liberó, como si el viento se las llevara.
Temprano por la mañana, el despertador sonó.
Estaba despierto, con un subidón de energía tremendo. Me sentía una máquina capaz de arrollar todo a su paso.
Preparé los desayunos. Me vestí. Salimos rumbo a la estación.
La acompañé hasta la entrada de la escuela.
Volví a la estación rumbo a mi trabajo.
Creí que tendría tiempo de sobra para llegar, sin embargo, la espera del tren se hizo un poco tardada.
Llegué ocho minutos tarde.
En la sociedad japonesa, la puntualidad lo es todo para el estatus de una persona. Romper esta regla no solamente te hace quedar mal, llega hasta tal punto que las demás personas te comenzarán a mirar como una persona despreocupada o poco seria.
Mi cabeza a veces tiene comportamientos dignos de un extranjero. Aunque no lo sea, estaba al pendiente de este margen social casi siempre.
Cualidad heredada parcialmente de mi padre por supuesto.
Esa chica que me atendió el día de la entrevista sería la encargada de hacerme un recorrido por las instalaciones.
Avergonzadamente, me disculpé por la tardanza.
Comenzamos a recorrer el lugar. Dicho complejo era enorme para mi primera impresión.
Un rayo divino tocó las almas de los directivos. Afortunadamente, me encontraba al lado de las oficinas de mis amigos.
«¿Será que fue una señal divina?»
Deseándome suerte, se marchaba la dulce mujer.
Mis compañeros ya habían comenzado a trabajar días antes que yo.
Con el paso de las semanas, pude acostumbrarme al ritmo laboral que los demás.
No estaba acostumbrado a trabajar los seis días de la semana.
El alto desempeño que demostré provocó que hablaran bien de mí en la oficina.
Los superiores se encontraban al tanto de esto. Por lo que, al cabo de dos meses, me ascendieron de puesto.
Por esa misma fecha, se celebraría una junta de negocios en el extranjero.
Sector «4db» era el nombre del equipo que estaría al mando durante el viaje.
Estaba un poco preocupado por el resultado de la reunión.
Una responsabilidad tan grande se me había otorgado en un corto periodo de tiempo.
Todo era nuevo para mí.
Un día antes del vuelo, la hora en el despacho transcurría normal.
No trabajé mucho. Faltaban solo dos horas para irme a casa.
Este día, requerían que me preparara. Por lo tanto, necesitaban que descansara para el vuelo de mañana.
Sentado al frente de la computadora, mi estómago gruñía.
Naoki, quien se encontraba al lado, insistía en que tomara un descanso.
Estando tan ansioso, me quitaba el hambre.
«Sí. Debería descansar solo un rato.»
«No servirá de nada si te mueres antes de la junta.»
Fui hasta el comedor. Elegí mi plato de siempre: Udon.
«Buen provecho.» rezó.
Antes de llevar la cuchara a la boca, el celular en mi bolsillo sonó.
Número desconocido estaba llamando.
Atendí: «¿Buenas tardes?»
«¿Me comunico con el adulto responsable de…»
«Así es. Es mi hermana.»
«Necesitamos que venga a la escuela. Se encuentra mal.»
«Iré en seguida.»
Colgué dirigiéndome a recoger mi mochila.
«Tengo que irme. Mañana por la madrugada los veo en el aeropuerto.»
Llegué a la escuela. En dirección, estaban esperándome.
La profesora me comentó que empezó a sentirse mal en el medio de la clase.
Quizás pensó que sería por el cambio de clima.
Despreocupado, la llevé a casa.
Se quedó dormida apenas llegamos.
Parecía ser un malestar común. Sentía cansancio con dolor de cabeza.
Eran las cuatro y media de la tarde.
Salí de compras aprovechando el tiempo libre.
Cociné la cena. Limpié los trastes. Miré la TV un rato.
Para ese momento, se encontraba un poco mejor.
Alrededor de las doce de la noche, me acosté a dormir.
Tener este trabajo cambió por completo mi rutina de sueño.
Ya no podía quedarme hasta altas horas de la madrugada, cavilando.
El hecho de levantarme temprano, hacer un esfuerzo físico y mental en la oficina, agotaba todas mis energías al final del día.
Intentando dormir, escuché cómo mi hermana tosía muchas veces.
Vi la luz de adentro de su cuarto por mi puerta entreabierta.
La puerta de su recámara se encontraba completamente abierta.
«¡Espero que estés durmiendo! Mañana tienes escuela.» Elevé la voz.
Del otro lado, se escuchó de nuevo.
«Le prohibí quedarse hasta tarde. Ya hablamos de esto.»
No obtuve respuesta.
Levantándome de la cama, caminé hasta su puerta.
Pensé por un momento que estaría con su celular, sin embargo, lo encontré revuelto entre las sábanas.
«¿Hermana?»
Algo le estaba sucediendo. Sus respiraciones eran largas y profundas a la vez.
Toqué su frente. Estaba ardiendo.
«¡¿Te sientes mal?!»
Descendí hasta la cocina para buscar un termómetro. La fiebre arrojó cuarenta grados.
Su cuerpo temblaba por los escalofríos.
Desesperé al no obtener respuesta al hablarle ni al tocarla.
La vestí rápidamente y la llevé al hospital.
Entró a la zona de urgencias.
Como la pequeña habitación estaba llena, no me permitieron entrar.
Estuve esperándola afuera de la sala.
Un doctor se acercó a mí.
Me hizo preguntas sobre cómo había estado ella últimamente.
Le expliqué que estaba completamente normal, solo había padecido resfriados leves.
Se sentó a mi lado.
—Primero tratemos de tranquilizarnos. ¿De acuerdo? —dijo.
—¿Si es una gripe, por qué no me respondía? —pregunté nervioso.
—No sabemos qué tiene aún. Puede que tenga una infección. Es cierto que, en casos de fiebre muy alta, puede inducir a desmayos en adultos y niños, siendo más peligroso en niños. —explicó.
—Como le dije, nunca ha tenido otros problemas de salud que yo conozca. —afirmé.
«¡Doctor! ¡Lo necesitamos!» Gritaron.
—Marchándose—. —Le expresa. —Con eso está bien. No se preocupe. Gracias.
Estaba muriéndome de preocupación. Al ser la primera vez que le sucedía esto, tan repentinamente, me asusté.
Pasaron dos horas desde que estuve en la sala de espera.
Volví a tener noticias en el momento que aquel hombre volvió a acercarse hasta mí.
—Doctor. —habló.
—Disculpe la demora. Conseguimos bajar su fiebre. Pero se tendrá que quedar unas horas más. Necesitamos hacer más estudios. —enunció.
—¿Cuánto tiempo la dejarán internada? —consulté.
—Un día de análisis. El otro en espera de los resultados. —definió.
—No puedo darme el lujo de esperar dos días… ¡Tengo el vuelo de la reunión en unas horas! ¿Qué haré? Pero ella… se encuentra mal. No. No la dejaré. —balbuceé en mi mente.
—Iré a buscar algunas cosas a mi casa. Lo veré más tarde Doctor. Gracias por todo. —agradecía. —A la par que se marchaba—.
En la puerta principal del hospital, saqué mi celular.
Llamé a mi jefe.
«Con todo respeto disculpe el horario, jefe. Me siento tan avergonzado de comentarle esto. ¡Pero no podré asistir a la junta!»
«¿No podrás? ¿Por qué no puedes venir?»
«¡Es mi hermana! Ella. Enfermó repentinamente. Está ingresada ahora. No puedo dejarla sola.»
«Ah. Es una pena. ¿Existe la posibilidad de que un familiar la cuide?»
«Soy su único familiar, señor.»
«Ya veo. Disculpe mi ignorancia y falta de respeto. Entiendo, sí. Buscaré otro sustituto para la reunión. Cuídate. Espero que tu hermana se recupere pronto.»
Colgó.
Un duro golpe dio de lleno en mis planes. Allí se fue una de las mejores oportunidades que se me había presentado en la vida. Pero la tuve que rechazar. No podía dejarla sola. Aquí. En este lugar horrendo.
«¿Ahora cómo me verán mis compañeros de trabajo?»
«Seguro pensarán que soy un vago de mierda.»
«¡POR QUÉ AHORA!» grité.
«¿Qué carajos estoy haciendo? No puedo perder tiempo frustrándome. Ella me necesita.»
Tomé un taxi hasta mi casa.
Puse algunas pertenencias mías y suyas en una mochila.
Nuevamente, marchaba rumbo al hospital.
Cuando llegué, ya no estaba en la zona de urgencias. La habían trasladado.
En la habitación donde se encontraba, dormía profundamente al lado de unas enormes ventanas.
Acaricié su pelo, tocando su frente. Ya no tenía tanta fiebre.
Toda aquella emoción inyectaba adrenalina en mi cerebro, privándome del discernimiento.
Cuando las cosas se calmaron en mi cabeza, comenzó a invadirme el cansancio.
Aproveché la enorme cama. Me acosté a su lado, mirando el exterior por el gigantesco vidrio.
De lejos pasaban los autos como hormigas, emitiendo pequeñas luces.
Dormido quedé ante tanta tranquilidad visual y sonora.
Entre sueños por la mañana, escuché cómo la puerta hizo ruido, ese chirriante sonido al abrirse. Era el mismo doctor que nos levantó.
«Buen día.»
«Buenos días, doctor.»
«Lamento molestarlos tan temprano. Comenzaremos las pruebas en breve.»
«No hay problema.»
Ella tosió fuertemente. Preguntó dónde estábamos.
Le contesté que anoche se puso enferma.
—Ayer tuviste mucha fiebre. —comenta.
—Algo recuerdo… —dice.
Se levanta de la cama.
—Tendremos que quedarnos unos días aquí. Necesitan hacerte pruebas. —confirma.
—Tembló de un escalofrío—. —No quiero quedarme. —rechaza.
—Lo sé. Tampoco yo. —confiesa.
—Se emocionó pronunciando—. —No me digas que…
—Camino hasta su lado—. —Eso no me importa ahora. Tú eres lo único que me preocupa. —dice.
Noté su reacción de tristeza. También me afectó el hecho de perder aquella oportunidad.
Le insistí que no se sintiera culpable. Se negaba repitiendo "por su culpa".
No. Para nada era responsable de esto. Ni siquiera yo.
El ruido de la puerta abriéndose nos interrumpió la discusión. Detrás ingresaron dos enfermeras cargando una silla de ruedas.
Comenté el porqué de la silla de ruedas: Es protocolo, dijeron.
—Vamos hermana, tenemos que ir.
Salimos de la habitación rumbo al segundo piso del hospital, donde se encontraba la zona de laboratorios.
Nerviosa me preguntó si dolerían los análisis. Contesté que solamente le sacarían sangre y luego nos iríamos.
«Oneroustein…» llamaron.
«Vamos. Entraré contigo.»
Los análisis transcurrieron con normalidad. Demoramos cinco horas en completarlos.
Nos encontrábamos exhaustos los dos. Dolores en mis pies y cabeza.
Como dejé mi celular guardado en la mochila, tuve mensajes de mis amigos preguntando por mi ausencia.
«Perdonen. Mi hermana se enfermó.» Enviar.
Volteé a verla. Estaba durmiendo.
Siempre pensé que tiene un superpoder.
¿Cómo hace para poder dormir en cualquier lugar?
De paso, bostecé. Me entró el sueño también.
«Quiero estar en casa. Irme de este lugar de mierda.» pensó.
Caí rendido ante el cansancio.
Me levanté una hora después por la molestia en mi cuello.
La miré y seguía durmiendo.
En su pequeña mano, hasta la mitad de su brazo, noté una tonalidad diferente en su piel.
Sería algo que consultaría la próxima vez con la enfermera.
Tic, tac. El tiempo corrió.
La noche cayó. Todo parecía mejorar.
Su mal había cedido hace unas horas.
Trajeron su cena. Comió.
De un momento para el otro, me pregunta cuánto tiempo estará aquí. Respondí que no lo sabía.
«Estoy seguro de que mañana te dan el alta.»
«Eso quiero...»
Le dije que me encontraba demasiado cansado. Me iría a dormir.
También lo hizo.
Este lugar tenía algo que robaba mi energía. Hospitales. Un lugar de sufrimiento. Puedo sentir un peso en mi espalda tan solo por estar aquí.
¿Cómo existen personas enfermeras? ¿Médicos? Me parece un lugar horripilante para trabajar. Odio la enfermedad y los hospitales.
El trono donde me tocaba descansar era un sillón algo grande, digno de los mejores dolores de espalda.
Cerré los ojos pensando: «No veo la hora de marcharnos.»
Nos deseamos buenas noches. No tardé nada en quedarme babeando contra el cojín.
De repente, yacía en la sala de mi casa. Todo se encontraba oscuro.
«¿Hola?»
La luz no funcionaba. Moví cuidadosamente evitando chocar con algo y pude sentarme en un sofá.
«Estuve esperándote.»
Pude distinguir con mi oído izquierdo que alguien me hablaba desde la esquina.
«¡¿QUIÉN ERES?!»
El candelabro de velas encima de mí se prendió, iluminando solamente la mesa de en medio.
Desde la oscuridad, percibía cómo algunos rayos de luz golpeaban unas piernas de mujer.
«Llegaste tarde como siempre.»
«¿Llegar tarde a dónde?» reclamé.
«Estaba esperándote y aun así me defraudas.»
Golpeó una rabia por toda mi columna vertebral. No lograba entender el motivo de mi agresividad. Solo explotó de un momento para el otro.
Intenté levantarme para golpear a esa mujer, pero mi cuerpo no respondía. Comencé a sentir un peso en todo mi ser.
«Tan primitivo como yo. Una criatura que solo conoce la violencia. Si quieres lastimarme, hazlo.»
Las cadenas invisibles de mi cuerpo se afloraron. Un impulso me tacleó sobre esa sombra parlante.
Mis brazos golpeaban en su rostro, irreconocible por la oscuridad.
Tras un rato, dejé de hacerlo.
Más velas del candelabro se prendieron e iluminaron por fin el rostro de la figura.
«¡¿CÓMO?! ¡NO! ¡NO!»
La claridad mostró una cara desfigurada por mis puñetazos.
Esa cara era. El rostro de Mika.
Ya no se movía. No hablaba. Solo quedó una sonrisa diabólica marcada.
Su cuerpo se congeló. Ya era un cadáver. Gusanos salían de las cuencas de sus oídos.
Un polvo salpicó los músculos de labios, cuando esa cosa se movió.
«¡Tú… me volviste a matar!»
Horrorizado, caí desplomado al suelo. Viendo cómo esa macabra figura, se levantaba.
«¡Si no fuera por ti estaría con vida!»
Mi corazón ya no era un corazón. Se convirtió en una bomba hidráulica.
Otra vez no podía moverme. Tampoco mis cuerdas vocales.
«¡Me duele! ¡Me estoy quemando!»
Pegué un brinco de la almohada. Desorientado.
Volvía a estar despierto.
Al lado tenía a mi hermana tocándome el brazo.
«Hermano. Me duelen los brazos.»
La toqué. Estaba de nuevo ardiendo. No solo su frente, ahora su brazo.
Tocía. Hablaba con una voz débil.
Salí a buscar una enfermera.
«Disculpe. ¿Pueden acompañarme?»
Las enfermeras llegaron para atenderla. Preguntaron qué había sucedido. Contesté que se levantó de su sueño así.
Estaban sorprendidas. Inquietas.
Se miraban una a la otra mientras ponían suero.
Dijeron que me quedase con ella un momento. Salieron unos minutos.
Por la misma puerta entró el doctor.
«¿Se descompensó?» preguntó.
«No lo sé… Estábamos durmiendo y me levantó volando de fiebre.»
«¿Qué molestia sientes?» le preguntó a su hermana.
«Me arden los brazos. Me cuesta moverlos.» Chirriando responde.
El tono de piel alrededor de sus brazos cambió. Sus venas estaban remarcadas. La piel enrojecida.
«¡Abran una camilla en urgencias!»
La llevaron sin decir nada más.
Yo, como espectador, sin poder hacer nada.
Viendo cómo mi pequeña sufre.
¿De esto se trata la vida? ¿De sufrir?
El sufrimiento es lo que nos mantiene vivos. El sentido de la vida. Sí... Una vida sin sufrimiento sería aburrida... El motor que nos impulsa como especie. El dolor... Quédate ahí, parado. Ve cómo tus seres queridos sufren. Mueren. Nacen... Estoy enojado con todo... Todo mi consciente, lleno de rencor... Un monstruo que se alimenta con la más mínima chispa de sufrimiento. Lo miro mientras duerme. Tan callado, esperando salir a defenderme... Me dice que no sería nada sin él. Que ya estaría muerto...
A veces, suelo pelearme con eso. No comprende quién manda aquí. Para él, mis deseos o emociones no le importan. Me dijo que solo quiere protegerme...
Le pregunto de dónde viene. No puede explicarme el dónde, pero quiere defenderme...
Un perro sucio camina por la calle... Está lloviendo y el clima no parece mejorar. Está hambriento. Está solo. Abandonado.
Un anciano lo ve refugiarse en unos cartones. Las gotas gruesas comienzan a romper el techo de cartón.
Se acerca hasta él. Intenta resguardarlo con unas mantas y su paraguas. El perro se niega. Muestra sus dientes, dispuestos a herir la mano del anciano. El señor insiste, hasta que el perro lo muerde...
Su madre murió de esta forma.
Un pequeño cachorro amamantándose de su madre. Unos jóvenes se acercan desde lejos. La perra agita la cola mientras los mira. Sacan comida de sus mochilas e intentan ofrecérsela.
Ella está confiada. Abandona los cartones y chapas para salir a comer. El perrito se queda observando cómo su madre se alimenta.
Un movimiento rápido de uno de los chicos. Coloca cinchas americanas sobre las patas del animal. Otro le propina una patada en su estómago. La tumba por completo.
Comienzan a linchar al animal... Momentos después, abandonan el sitio. Su madre, agonizando en el piso, cede ante la muerte.
El cachorro sale de su refugio e intenta reanimar a su madre, pero es en vano.
Se queda acostado a su lado…
Pasan los días y el cuerpo comienza a descomponerse. A él no le molestan las moscas o gusanos. Se mantiene acostado a su lado. No tiene nada más que hacer. Espera pacientemente su muerte junto a su madre…
Algunas personas que transitan por esa calle lo ignoran. No les interesa ayudarlo.
Una de ellas se detiene. Llama por celular mientras mira al pobre animal mugriento.
Unas horas después, llega un camión. De él bajan dos hombres, uno con una bolsa y otro con una correa.
El cachorro, al verlos acercarse, se levanta y les gruñe.
Esa gente quiere lastimarlo, matarlo como hicieron con su madre.
El hombre de la correa dirige su mano hacia él y recibe una mordida rápida.
Maldice el hecho. El perrito corre hacia unas alcantarillas.
Levantaron el cuerpo de su madre, lo cargaron en el camión, pero antes de irse, marcaron el lugar.
Esto es lo que hizo el perro adulto. Sobrevivía escondiéndose de las personas en las alcantarillas, demostrando desconfianza hacia cualquier ser. Las demás personas extrañas buscan lastimarlo…
Esto es lo que hago. Defenderlo. Somos uno para el otro. Nada nos separa. Solo la muerte…
De lejos escuché un sonido, borroso.
—¡Joven, conteste mi pregunta! —grita.
—Disculpe. Repítamelo, por favor. —dice.
—Se saca sus anteojos—. Sus brazos están morados, sus ojos incapaces de enfocar algo. ¿Qué tiene que decirnos al respecto? —interroga.
—No tengo la mínima idea de lo que le ocurre. —Desesperado, afirma.
El doctor frunce disimuladamente los músculos de su rostro. Sospecha algo.
De lejos se escucha una voz pidiendo la presencia del doctor.
—Haremos todo lo posible para encontrar la causa del mal. —Antes de marcharse, dice.
Intenté estar con ella, pero me negaron el paso.
Se encontraba en sala de urgencias.
De nuevo volvía a atacarme la preocupación. Sentir todo mi cuerpo repleto de cadenas.
Mis lágrimas de frustración estaban por rebalsar. No salieron, de no ser por el lugar donde me encontraba.
Pasaron cuarenta minutos cuando volvieron a informarme.
Gracias a los enfermeros, pudieron estabilizarla.
Ahora sí, me permitieron estar con ella.
No paré de abrazarla. Llorando a la vez. Liberando toda mi frustración.
Se despertó tiempo después.
El doctor tenía razón. Su mirada estaba perdida. Desorientada.
Hablaba lento. Me dijo que le costaba mover el cuerpo. Que sentía un gran dolor.
«Los doctores te ayudarán…» le aseguraba.
Los resultados de los análisis salieron esa misma madrugada.
El doctor me citó a su consultorio.
Entré con el corazón en la garganta. Tomé asiento.
Antes de que pudiera decir la primera palabra, la bomba de mi corazón seguía latiendo con más fuerza a cada segundo. Dichos los segundos más largos, cargados por la ansiedad de escuchar lo que tenía para decirme.
—Necesito pedirte disculpas. —soltó.
«¿Disculpas? ¿Por qué empieza con eso? Será que algo malo pasó…» pensé.
—Nos esforzamos al máximo para garantizar el bienestar de su familiar. Ya no se trata de su bienestar. Ahora puede ser su vida. —confesó.
Cerré los ojos despacio tragando mucha saliva.
—En toda mi carrera, es la primera vez de todas que no sé contra qué estamos lidiando. —ratificó.
Apreté los dientes mirando hacia abajo. Mis dedos tensaban fuerte el fierro de la silla.
—Todos los análisis salieron bien. Descartamos por completo que sea por causa de un virus. Era lo que temíamos. —corroboró.
También pensaba eso. Por su alta fiebre, era lo más probable. Ya veo que no.
El doctor sacó unos papeles. Marcó un número con el teléfono.
—Sospecho de un posible daño neuronal. —propuso.
—¿Daño cerebral? Es imposible. —negué.
—Llevándose una mano a la nuca—. —No quise hablar del tema en el pasillo. Quiero preguntarle aquí, que estamos solos. Por favor, no mienta. Su salud depende de esto. ¿Le causó algún daño a su hermana? —teorizó.
—Golpeé sus manos contra la mesa—. —¡¿Cómo puedes decir semejante barbaridad?! ¡Claro que no! —elevé la voz al afirmar.
Volvió a pedirme disculpas. Se lo veía avergonzado por mencionar eso.
Tampoco lo culpo. Entiendo la posible sospecha. Me encontraba herido, por lo que no pude resistir liberar mi rabia.
El ambiente se puso incómodo. Un silencio llenaba el consultorio.
—Comenzaremos más pruebas enseguida. —asintió.
Gracias, contesté.
Me levanté, marchándome, lagrimeando.
Necesitaba tomar un poco de aire. Los dedos me temblaban.
Respirar profundo y rápido me mareaba.
Agarré mi celular. Llamé a Naoki.
Le molestó que la llamase de madrugada. Se encontraba durmiendo y la desperté.
Informé de mi situación. Necesitaba desahogarme con alguien. No resolvería nada llamándola, pero me servía de consuelo. Algo con lo que poder distraerme.
Prometió estar aquí lo antes posible.
Me dio palabras de aliento.
«Tiene razón. No puedo perder la calma. Todavía no salieron los resultados de los nuevos análisis.»
Así transcurrieron los días. Trasladada de habitación a otra. Incluso, nos cambiaron en varias ocasiones de hospital.
Mi hermana sufría a causa de un mal desconocido. Los médicos no daban con la causa del problema.
La consolaba diciéndole que pronto nos iríamos a casa. Esas palabras también servían para mí, pedía a gritos consuelo.
Ella era lo único que tenía.
Requirieron estudios más profundos para, al menos, tener una pista del origen de su mal.
Dos semanas después.
Hacía calor esa tarde y la humedad tampoco ayudaba.
El viento de los ventiladores me golpeaba directamente en la cara.
«Llevamos más de una hora esperando. Quiero ir al baño».
Me erguí para ayudarla, pero me interrumpió: «Ni se te ocurra. Puedo ir yo sola...»
«¡Está bien!»
Aproveché para ir yo también.
Miré al espejo: reflejaba un rostro agotado. Las notorias ojeras se habían vuelto normales en mí.
Al volver, ya nos estaban esperando.
Era el mismo doctor de siempre, quien personalmente estaba siguiendo su tratamiento.
Hoy era el gran día para saber qué estaba atormentándola.
Sacó algunos papeles debajo de la mesa.
—Estos son los resultados del largo proceso de su investigación. —presenta.
Exhalé profundamente.
—Está claro que, usted jovencita... No... Usted está aquí oyendo esto porque tú lo quieres, ¿no es así? —pregunta.
—No me importa. Quiero saberlo. —responde.
Agacha su cabeza para leer.
—En los estudios, notamos ciertos patrones de comportamiento respecto a los síntomas que presenta. A estas alturas, tenemos más que claro que se trata de una anomalía neuronal. Es difícil explicar la causa. Nunca antes se había tratado un caso similar. —redacta.
El doctor da una pausa y pregunta si desea que continúe.
Respondemos que sí.
—Necesitaremos tenerla monitoreada. Lo lamento mucho, pero no puedo darle de alta en estas condiciones. —sostiene.
—¡Pero! ¡¿Cómo es posible algo así?! —nervioso replica.
—Déjeme decirle, como persona y profesional... No puedo enviarla a casa en su estado actual. Es vital vigilarla. Estudiar su caso. Esta es la única manera de ayudarla. —argumenta.
Volteo a observarla. Se encontraba llorando. Vuelvo a enfocar al doctor.
—Estira su pelo—. —No puede ser posible. —niega.
Rogaba porque fuera un sueño. Una pesadilla como las que solía tener.
Todo era carne y hueso. No podía hacer nada para cambiar la realidad.
Aceptar aquello fue como tomar un vaso de agua podrida.
Lleno de tierra y restos de animales muertos. Un trago amargo sería poco para describirlo.
Su nuevo hogar temporal sería un maldito hospital. Lo único bueno que podía rescatar era la cercanía hasta la casa, no era muy distante.
Quedaría hospitalizada por tiempo indefinido.
Varias cosas cambiarían a partir de ahora para ambos.
Aunque odiara con toda mi alma quedarme en el hospital, alguien tenía que cuidarla.
Esa tarde, después de que cayera el sol, volví a casa.
Fui a recoger algunas cosas personales que necesitaría mi hermana.
Durante todo el trayecto, estuve con la mente en blanco y la mirada perdida en cualquier cosa.
Llegué a casa.
No me molesté en prender la mayoría de luces.
Había pasado tiempo desde que no la limpiaba.
Se notaba sucia. Porque al solo entrar por la puerta, me percibía incómodo con ese ambiente.
Me quité los zapatos. Subí las escaleras en busca de la mochila más grande que tuviéramos.
La humedad, junto con el calor, me sofocaba.
El cuerpo lo tenía pegajoso.
«Ducharme me vendría bien...»
Terminé de guardar las cosas en la mochila.
Entré a ducharme.
Llené la tina hasta el máximo.
El primer contacto de mi piel con el agua fría, despertó un chispazo que recorrió desde mi cerebro, hasta la punta de mis pies.
Los pelos estaban de punta.
Cuando me sumergía despacio, mis pulmones se agrandaban. Permitiendo que entre más oxígeno.
La respiración aumentó. Una sensación de alivio bombeaba mis neuronas. El cuerpo se me relajaba.
Inmóvil, no generaba ondas en el agua. Todo estaba en silencio. A oscuras.
Solo dejé las luces de unas velas. Reflejaban su tenue luminosidad en el mármol. Cuál alumbraba mi alrededor.
«Se siente una paz. Qué tranquilo se está aquí. En tu hogar. Lejos de los extraños. ¿Porque no me despierto?»
Volvía esa electricidad por el cuerpo.
Puse mis brazos sobre mis piernas, formando un candado.
«Mika. Te necesito…»
Lloré todo lo que venía guardando. Lo de Mika. Nunca pude despedirla como es debido. Por las cosas que le estaban pasando a mi hermana, que también me afectaban.
Repetía ciento de veces las imágenes en mi cabeza del incendio.
Mika se había ofrecido acompañarnos esa tarde. Yo no hice más que rechazarla.
No quería que renegase con nosotros. Porque ese día, era uno de los pocos que tenía libre.
Bastó solo unos pares de minutos, para que volvieran esos pensamientos negativos.
Aquellos que me atacan cuando me encuentro solo.
Dejé que mi cuerpo se resbalara en la pared de la tina. Hundiéndome.
«Quizás es verdad… Mi culpa que yo la…»
En el bolsillo del pantalón, sonaba mi celular.
Mojado, me levanté a atenderlo.
«Llamadas anónimas.»
Su sonido sirvió para despabilarme. Estaba perdiendo tiempo.
Me vestí. Recogí las cosas y cerré con llave la puerta.
Esperé el tren en la estación.
Por una parte, me encontraba de licencia por unas semanas. La salud de mi hermana no mejoraba, por lo que tuve que cuidarla todo este tiempo.
Pero el periodo se estaba acabando.
«No puedo seguir faltando al trabajo.» piensa.
Las responsabilidades esperaban en la puerta. Todavía no había encontrado una solución al problema de su cuidado.
Un guardia se me acercó.
«Lo siento. Debes de bajarte en la próxima estación. El tren se detendrá.»
Quedé a unas cuadras del hospital.
Prefería caminar para despejarme un poco.
Desganado, caminé hasta su habitación.
«Con permiso.»
A su lado se encontraba el doc. Pareciera estar hablando con ella.
No se percataron de que había entrado.
Me quedé mirando detrás de la pared. Intentaba escuchar lo que le decía.
Hablaba celosamente despacio.
De todo ese aquel murmullo, solo logré distinguir una palabra. «Pastillas.»
El doc. se iba.
Volví para atrás rápido, abriendo la puerta. Simulando que recién entraba.
«Con permiso.» Más fuerte dije.
Lo crucé casi en la salida.
Sorprendido, me dijo que lo buscara más tarde.
Haciendo el desentendido, respondí que lo haría.
Cerró la puerta.
Dejé las mochilas en la mesa.
«¿Cómo estás?» le pregunté.
Respondió que bien.
El dolor no la molestó hoy. Podía mover los brazos con mayor movilidad.
Me alegré muchísimo por ella.
Estuvimos charlando por un rato. Hasta que se quedó dormida.
Era normal que esto le sucediera.
Aún no terminaba por adaptarse a este ambiente tan hostil.
Haría todo lo posible para que se sintiese cómoda.
De nuevo golpeaba el pensamiento en mi cabeza, acerca del trabajo.
¿Cómo trabajaré o la cuidaré a la vez?
No pensaba una solución para eso.
Busqué una excusa para salir a tomar aire. Justamente, me acordé lo que me dijo el doc.
Salí a buscarlo.
Lo esperé en su oficina, pero no se encontraba.
Quedaba esperarlo.
La suerte fue que no tardó mucho en aparecerse.
Me saludó. Me invitó a seguirlo.
No quiso hablar en su oficina, ya que era la hora de su descanso.
Terminamos en la azotea del edificio. Una pequeña terraza.
Se disculpó por hacerme caminar.
Dijo que este era su lugar de descanso favorito. Lleno de tranquilidad.
—Nos estuvimos viendo bastante seguido últimamente. —soltó.
—Desgraciadamente. —opina.
El doc. levantó una ceja sutilmente.
—¡DISCULPE! No quise decirlo de esa forma. Desgraciado… Por lo que tiene mi… —intenta corregir.
—Descuide. Le entendí. —riendo, le hace saber.
—¿Por qué vinimos a este sitio? —pregunta.
—Aquí arriba, soy yo mismo. Quiero serle honesto. —expone.
«Él» se puso más serio. Ahora le presta mucha atención.
—Como le dije anteriormente, no estamos seguro sobre el padecimiento que tiene. Solo hace unos días, descubrimos que se debe a un factor neurológico. Información que me llegó hoy. —expresa.
—¿Es grave? —cuestiona.
—Por ahora, solo parece afectarle la movilidad de sus brazos, ocasionándole dolor. Mi temor es que esa pérdida de movilidad, se expanda a otros lugares de su cuerpo con el paso del tiempo. —sostiene.
De nuevo, apareció ese chispazo en la espalda de «Él»
—Por eso le insisto, que la tengamos monitoreada aquí. —replica.
—Confío en usted. —afirma.
El doc. Antes de volver a su trabajo, le comenta una última cosa.
—Necesito su permiso para continuar con sus tratamientos. Usted es un hombre ocupado. Me encargaré personalmente de su cuidado. —aclama.
Volví a confirmarle que tenía su apoyo.
Quedándome solo en la azotea. Otra vez, reflexionaba sobre como cambiaran las cosas.
Repetía una y otra vez en mi cabeza: «Si no me mantengo fuerte. ¿Quién le dará esperanzas?»
Allí mismo, mensajee a la oficina. Notificaría sobre mi regreso al trabajo.
Apagué el celular.
Me cambié a una reposera.
La tranquilidad del ambiente llegaba a relajarme, aun teniendo una tormenta en mi mente.
Entendí por qué el doc. elegía ese lugar para descansar.
Las luces de la ciudad iluminaban todo en la oscuridad de la noche.
Una brisa agradable golpeaba desde esta altura.
Tomé el último aliento de aire fresco. Luego entré.
Ella se había despabilado. Creí que era por mi culpa, por hacer ruido al entrar. Sin embargo, no fue así.
Eran esos malditos dolores de nuevo.
Me dijo que no me preocupase, que ya estaba acostumbrada.
Más que un chispazo en la espalda, ahora un pinchazo.
«Mañana tengo que volver al trabajo», le mencioné.
La idea de quedarse sola, con un montón de extraños, la abrumaba.
Tampoco quería dejarla aquí, pero no había alguna alternativa.
Ya era toda una adolescente, responsable. Podía pasar un día sola.
Para que se quedara tranquila, casi todos los días estaría con ella.
En la mañana, partí desde el hospital para la oficina.
La gran mayoría de mis compañeros de trabajo estaban encantados de que volviera.
Me recibieron emocionados.
No conseguí subir el puesto que esperaba para mitad de año.
Igual, ya no me importa.
Ahora tenía el estrés duplicado.
Tendría que mantenerme trabajando, como pendiente de la salud de mi hermana.
Ese mismo día, fui a vomitar al baño. Mi estómago no aguantó las náuseas que me ocasionaba la ansiedad.
Por suerte, poseía una gran habilidad para ocultar cómo me encontraba.
Resultó funcionar.
Tener a los demás preocupados por mí sería empeorar las cosas, aunque intentasen ayudarme.
Así es como mi salud mental empeoró semana tras semana.
Había días que dormía en la casa. Otros en el hospital. Algunos, solo iba de visita.
Firmé un contrato para mantenerla a mi hermana al cuidado del hospital. Pagando una mensualidad.
No solo su cuidado, también sus costosos tratamientos.
Aunque no todo era malo.
El retorno al trabajo me mantenía ocupado: Me quedaba hasta altas horas de la madrugada realizando horas extras, solo para no volver a la soledad de mi casa y luchar contra mis pensamientos.
Todos en la oficina estaban asombrados por mi vocación hacia el trabajo.
Se convirtió en una obsesión.
Logré escalar nuevamente de puesto.
Mis esfuerzos eran notables para mis superiores. Durante los Nomikai, yo era una de las personas favoritas con quien preferían beber.
A medida que subía mi desempeño laboral, con el paso del tiempo, empezó a bajar.
Mi esfuerzo físico tanto como mental terminaba por agotarme por completo.
Tanto desgaste del alma comenzaba a pasarme factura.
Detrás de mis logros, empezaban a formarse malas intenciones.
Algunos de mis compañeros de trabajo empezaban a conspirar contra mí.
Recelosos de mi talento, miraban cómo terminaba compartiendo copas con los jefes.
Esto llegó hasta el punto de que me acusarían de cualquier cosa, con tan solo sacarme de sus intereses.
Todos estos chismes comenzarían a llegar a los oídos de los directivos.
Eso empeoraba las cosas estando en este país.
Tener buena reputación es vital para cualquier factor social, aún más tratándose de mi puesto de trabajo y la responsabilidad que esto supone.
Comencé a tener llamados de atención del jefe cada tanto.
Le expliqué que se trataban de calumnias.
Parecía entender mis argumentos.
Mencionó que muchas veces intentaron bajarlo de su puesto con sucios trucos.
Pero sentía que mis respuestas no le terminaban de convencer.
Él ya me consideraba parte de su equipo, por lo que me mantenía vigilado todo el tiempo.
A mis espaldas, se generaba un nuevo problema en el edificio.
Otra grieta se abrió. Pensando estúpidamente que estaba arreglando correctamente el hueco en la pared.
La salud de mi hermana empeoraba con los meses.
Una maldición que la hacía presa de su debilidad.
Empeoró hasta tal punto de quedarse en cama.
Me volví un zombi: perdido entre la furia y, a la par, bailando sobre una cuerda floja. Esa cuerda era mi cordura. Mis movimientos de danza bruscos hacían que se tensionara cada vez más.
Naoki y Haiden siempre estuvieron preocupándose por mí. Fueron testigos de la degradación de mi salud.
Intentaba pasar el mayor tiempo posible a su lado, poco el que disponía.
Cada segundo a su lado se pasaba volando.
El tiempo lejos de ella se volvía eterno.
Mi atrevimiento llegó más lejos de lo que pude imaginar.
Todo estaba impulsado por mi desesperación por pasar más tiempo a su lado…
Dos años después. Una semana antes.
Después de mi jornada laboral, pasaría por el hospital.
Me pidió ropa nueva. Pasé a comprarle lo que me pidió.
Posteriormente, viajé hasta el hospital.
Aquel día no hubo mucho personal en el edificio.
Un guardia custodiando una sola puerta.
Casi nadie esperando las consultas. Solo se encontraba el personal vital.
Esta idea descabellada me estaba soplando en la nuca desde hace tiempo.
Dadas las circunstancias, ese sería el día perfecto.
Cada paso acercándome a la habitación, aceleraba mi pulso.
Estaba más que decidido a hacerlo.
Me escaparía del hospital con ella.
Hace varios años que no veía el exterior.
Tenía todas las fichas a mi favor para que este plan funcionase.
Nuestro caso era conocido entre todo el hospital.
Diría que ya nos agarraron confianza.
Llegué. Dejé la ropa que me pidió.
Como era de costumbre, se alegró enormemente de verme.
No era la excepción yo.
A veces solía regañarme por todo. Su principal queja era porque la dejaba sola mucho tiempo.
Le contestaba millones de veces que no era así.
«La vida adulta es muy dura. Ya lo entenderás.»
Entre palabra y palabras, la voz dentro de mí no quería esperar. Necesitaba contarme mi plan.
«¡¿Se lo digo ahora?! No. Su humor cambió. Esperaré un poco más… ¡Ahora! No. Todavía no. Se enojó conmigo.»
Me dije a mí mismo que pensar tanto no me llevaría a ningún lado.
Tenía que actuar.
Respiré hondo.
Me acerqué hasta ella.
—¿Quieres ver el exterior? —repentinamente propuse.
Se quedó callada, confundida por lo que soltó de la nada.
—Se sentó en la cama. Lo miró fijamente—. —¿El exterior? —confundida repite.
—Sí… Podemos dar una... Pequeña caminata. —ansioso, contesta.
La mirada confundida de ella seguía cuestionándolo.
«Él» se avergonzaba cada vez más.
—Quisiera, pero es imposible. —expresa.
Se alteró, elevó la voz.
—¡Sí es posible! —exaltado replica.
Volvió a apoyar su espalda contra la cama.
—No me dejan salir del hospital. —Clavándole una mirada fría—. —le replica.
Aquello fue como un disparo directo hacia su corazón. Escuchar esas palabras de desaliento lo hundieron.
Pero no estaba dispuesto a rendirse.
—Si nos vamos por unos minutos… Nadie se dará cuenta. —Apartando los ojos hacia una esquina—. —expresa.
Estaba esperando que rechazara por completo mi idea.
Ya me veía venir la vergüenza que caería sobre mí después de decir semejante estupidez.
Fuera de cualquier pronóstico, contestó secamente que estaría bien.
¡Me quedé de piedra! ¡Inmóvil!
¡Apoyando mis brazos sobre la cama!
Estaba seguro de que me diría rotundamente que no.
Con la boca abierta, la observaba.
¡Ella también me miraba!
¡Simplemente no podía creerlo! Ella es tan estricta… Sigue todas las leyes a rajatabla…
«Te he dicho que sí.» arroja.
Por poco y más no me agarra un infarto.
Estaba reteniendo demasiada presión en mi cabeza. Y luego, ¡Boom! Salió volando de un segundo para otro.
Ella le movía el brazo, preguntándole si se encontraba bien.
«Perdón. Me dejé llevar.» Poniendo la voz gruesa aclaró.
Le comenté mi plan a fondo. Estuvo de acuerdo con él.
Si bien la actividad en el hospital no era mucha, intentar salir ahora mismo sería una mala idea.
A medio de toda la planeación, me detuve.
«¿Por qué no te resistes?» le pregunté.
Fue directa con lo que me dijo.
Su cumpleaños pasado fue el más triste que tuvo. Dentro de este horrible lugar.
Quería salir a disfrutar lo que no pudo.
Mi corazón se abrió: No solo él, también mi alma luego de escuchar eso; ambos se encontraban al aire libre. Por la misma ventana que se encontraba a mi lado, se posicionó por encima un láser. Un sonido fuerte, seguido de un dolor infernal, me atacó enseguida. Miré de reojo por los cristales rotos. Todo era obra de un francotirador. El mismo que disparó a mi corazón, destrozándolo en mil pedazos.
De nuevo ella se preocupa. «¿Por qué estás llorando?» extrañada indaga.
«Otra vez… Mis sentimientos me ganaron.» Haciendo aún más gruesa la voz, se motiva.
Establecí orden.
Dentro de treinta minutos, cuando haya bajado aún más la actividad del personal, nos escaparíamos por la parte trasera.
Nos preparamos para salir.
Conocía bien el edificio.
Evitamos los pasillos con cámaras.
Bajamos por las escaleras.
Estábamos a unos pocos metros de poder salir.
Saqué mi cabeza por la puerta de las escaleras.
Solo había un guardia custodiando la salida. Se encontraba pegado a ella.
«Intentemos llegar hasta el otro extremo.» susurraba.
«De acuerdo.»
El lugar donde le señalé, había otro pasillo que conducía hasta las puertas de salida de emergencia. Primero fui yo. Caminé cuidadosamente hasta el otro lado.
Le hice una señal que podía pasar.
A medio camino, el guardia se gira. Se queda mirándola.
La descubre.
Llama su atención.
El corazón se me paralizó. Me quede completamente congelado, sin saber que hacer.
«¡Hay! ¡Disculpe, señor, necesito ayuda!» Sin previo aviso le dijo.
Escuchaba como el sonido de los zapatos del guardia, se acercaban hasta nosotros.
Ella evitaba mirarme. Si lo hacía, expondría mi posición.
Antes de que pueda aproximarse más, ella va y le toma de la mano.
«¡Estoy perdida! ¡No sé dónde está mi hermanito!»
«¡Esa fue una idea peor! ¡Ahora dará el aviso por radio a todo el hospital!» imagina.
Se dio la vuelta y fue a buscar su radio.
Ella se giró a mirarme. También la observé.
La expresión en su rostro me hizo entender que el plan estaba acabado.
Lo acepté.
Salí del pasillo en dirección hacia ella.
«Te dije que no se separaran de mí.» Disimulando le dije.
El guardia pregunta si era familiar. Contesté que sí.
«Los niños no deberían de andar solos por el hospital.» regañándome me comenta.
Atrapados ya, nos hizo esperar ahí.
En un momento, se olvidó algo que buscaba.
Tocaba todos sus bolsillos, pero no encontraba nada.
«¡La radio! ¡Había perdido la radio! ¡Sin ella no podía informar sobre nosotros!»
Nos mirábamos mi hermana y yo sin saber qué hacer.
Pero ella empezó a temblar.
Su cuerpo estaba comenzado a perder fuerzas. No podía estar más de treinta minutos parada.
Se agitaba por la falta de aire. Intentaba disimularlo lo máximo que podía.
«Disculpen por hacerlos esperar. Soy nuevo aquí y me olvido de algunas cosas.» excusaba.
Justo en ese momento, se me prendió la lámpara. Era el hueco que estaba esperando para meterme.
«¡Por favor! La hora de visita ya terminó. Tengo que llevarla a mi casa.» inventaba.
«¿Papá nos va a regañar hermanito?» tiernamente decía.
Intenté convencerlo de que nos dejara ir.
No nos conocía. Era un guardia nuevo. Pude colarle la historia que inventé justo en ese momento.
Como estábamos vestidos de una forma casual, no pensó que ella era una paciente del montón.
«Mi padre me regañará el doble si se entera de que le cause problemas a usted señor.» mentía.
Tan piadoso como ingenuo, nos dejó marchar.
Caminamos un poco más lejos de la salida. Donde no nos viera.
Ella se cayó al suelo.
Sus manos estaban moradas.
«¡Hermana!»
«Estoy bien. Solo cárgame…» tosiendo aclamaba.
Me menciono que era normal eso.
Yo no estaba acostumbrado a dejar que sufriera por eso.
Le insistí en que volviéramos adentro, pero ella se negó.
«No habrá otra oportunidad.»
Tenía razón.
Ella no dejaría que esto arruinara el plan. No lo permitiría.
La cargué y salimos caminando.
Preguntó a dónde íbamos.
Me reí.
Respondí que iríamos a un lago de por aquí cerca.
A medida que seguimos nuestro camino, se percató de que no estábamos yendo donde mencioné.
No había ningún estanque de agua a la vista. En vez de eso, comenzaban a asomarse a lo lejos pequeñas luces que cada vez se hacían más luminiscentes. Numerosas.
Habíamos llegado a una feria. Era el festival de verano, que se estaba celebrando en su segundo día.
No esperaba que la trajera aquí. Se sorprendió gratamente.
Sin dudas, creyó que la llevaría a un aburrido parque.
«Perdón por mentirte. Supongo que no hay mejor regalo que esto.»
Se quedó asombrada por la gran variedad de luces y olores de comida. Por la cantidad de personas bailando.
Nuestras caras dejaron de ser serias. Era notable su enorme sonrisa.
Desesperada pidió que la bajase.
«¡Puedo caminar!»
La tomé de la mano y comenzamos a recorrer los puestos.
Compramos mucha comida.
Jugamos a juegos de feria.
Entramos en un templo.
Hacíamos descansos cada poco tiempo porque se mareaba o perdía fuerzas por momentos.
Decía que no le prestara atención o arruinaría el plan.
Ella se encaprichó con unos collares compartidos que no pudo ganar en uno de los juegos.
Como buen hermano mayor que soy, los tuve que ganar. Aunque me haya costado muchos intentos por lo malo que soy…
Solo eran unos collares duales más del montón. Una luna y un sol.
Cada uno se quedó con una parte.
Yo me quedé con la del sol y ella con la luna.
Le quedaba demasiado hermoso, esa collera colgando de su cuello: Su dije plateado, brillante como su piel.
Los pies ya me dolían de tanto caminar.
Nos sentamos un rato a descansar.
A diferencia de mí, parecía que tuviera un depósito lleno de energía para toda la noche.
«No recordaba lo divertido que eran los festivales.» habló de la nada.
La entendí perfectamente. Hacía tiempo que no salíamos juntos.
Durante la última hora, nos olvidamos de toda preocupación. Solo nos divertíamos.
Siguió con la mirada a una familia que pasaba delante de nosotros.
Su sonrisa cambió a una con pinceladas de tristeza.
Se encogió.
«Extraño a papá y mamá.» se queja.
Saqué dos dulces. Le di uno.
A la par que me lo mandé a la boca, le dije: «También yo. Quisieran que estén aquí.»
Frotaba mis dedos sobre su cabello, intentando que no se volviera triste el ambiente.
El sonido de los altavoces, repartidos por todos lados, me ayudaron con el momento incómodo: Comenzaban a anunciar sobre el espectáculo de fuegos artificiales.
Las personas empezaban a moverse. Amontonarse a orillas del Sumida.
Miré la hora.
«¡Es hora! ¡Miremos los fuegos artificiales!»
Agarré su brazo y la llevé.
No quería que tuviéramos un lugar feo para verlos.
Se asustó por mi repentino movimiento.
El lugar se puso en silencio tras la cuenta regresiva.
La agitada feria se inmovilizó. Las bocinas reproducían una canción. Ese era el único ruido.
Se apagaron la mayoría de luces de la zona. Todo quedó a oscuras.
Delante nuestra a lo lejos, se escuchó una reverberación silbante. Muy aguda.
Ahora diferentes. Y otra.
Se elevó la primera columna de partículas de fuego.
Las otras dos las siguieron más abajo.
Cuando las estelas de llamaradas se iban a extinguir, un petardazo hizo temblar el aire.
Lo pude sentir por todo el cuerpo.
Ulteriormente del escándalo, alumbraron todo el cielo nocturno.
El cohete formó una extraordinaria figura: una luna y un sol.
Este primer espectáculo fue el inicio para los demás fuegos artificiales.
Lanzaron uno detrás de otro.
El cielo nocturno encandilaba por sus hermosas figuras dibujadas en él.
La alcé en mis brazos para que pudiera ver mejor.
Veía como en sus ojos se reflejaban las luces de los destellos.
Sus pupilas se dilataban.
Alcancé a notar cómo se estremecía su cuerpo por tanto estímulo visual.
Estaba tan concentrada enfocando los resplandores.
Una lágrima descendió por mi ojo izquierdo. Únicamente por ese ojo. Ni siquiera lo había notado.
La subí arriba de mi cabeza. Ahora sí poseía una vista espectacular.
Decidí dejar de pensar.
También empecé a observar los colores del cielo.
El show duró alrededor de dos horas.
Para este tiempo estábamos agotados.
Le propuse descansar un poco más cerca del río. A sentir la brisa fresca de él. En unos bancos más alejados de la multitud.
Dijo que sí con la cabeza.
Al sentarme, experimenté un placer indescriptible. Dos horas parado, terminaron por destrozarme los pies.
Me quité los zapatos.
Ambos estábamos exhaustos por la emoción del evento.
De ningún modo recordaba lo fabuloso que podrían llegar a ser estas festividades.
No había asistido a ninguna de ellas desde que está internada.
Toda mi atención iba dirigida a su salud. También a las cosas de mi trabajo.
Me sentí renovado. Sin dudas era algo que necesitaba desde hace ya un tiempo.
El ambiente se tornó conticinio.
Las personas del alrededor volvían a sus casas.
Los puestos de feria cerraban. Guardaban las lonas. Apagaban sus luces.
—Gracias por… Traerme aquí. —tímidamente arrojó.
Él se giró a mirarla.
—¿A qué viene esa seriedad? —contestó riéndose.
—No… No es nada. Me lo pasé bien. —contradijo.
Se acercó. Lo abraza, a la par que se forma una sonrisa de alivio en boca.
«Él» Posa su mano derecha en su cabello.
—Te prometo que te sentirás mejor. No sé cuándo, pero si lo harás. Volveremos a casa tarde o temprano. —la alienta.
Aprieta su abrazo.
—Sí… —acepta.
Desde la calle, cuatro adolescentes los vieron.
Se acercaron hasta el barandal.
«¡Ya dale un beso!» gritó uno.
Los dos abrieron los ojos. El momento de tranquilidad se quebró.
Ella se puso roja. Lo soltó de inmediato.
«¡ES MI HERMANA ¡¡IMBÉCIL!» enojado alzó la voz.
Los jóvenes se fueron de inmediato a carcajadas.
Mirándose uno al otro, también se sumaron a las risas.
—¡Esos idiotas! —aclamó.
—Nunca estaría con un llorón como tú. —soltó.
—Y yo con una enana como tú. —devolvió.
—¡¿QUÉ DIJISTE?! —chilló.
Aunque peleáramos, cada palabra llevaba a otra carcajada.
Volvimos a estar calmados en el silencio de la noche.
Ya era tarde, teníamos que volver.
Cerré su habitación con llave para que ningún enfermero pudiera entrar.
Pero si tocaban la puerta y nadie respondía, podrían entrar a la fuerza.
Me metería en grandes problemas si ven que no está en su cama.
Me paré. Mientras me estiraba, le dije que era hora de irnos.
No me respondió. Estaba quieta.
Movió sus ojos hacia mí. Se me quedó mirando fijamente.
Solo lo hizo un segundo para volver a mirar hacia delante.
«¿Hermana?»
Siguió sin contestarme.
Estando parado. Quieto. Observándola. Fue cuando se desplomó hacia atrás.
Se desmayó.
Las cadenas de seguridad que separan la orilla de la tierra con el agua cedieron ante el peso de su cuerpo, dejándola caer en el río.
«¡Hermana!» grité.
Me quité casi toda la ropa. La dejé apartada y me tiré de lleno en el agua.
Siento este mismo, una desembocadura al mar. Cada metro se hacía más ancho.
La corriente no daba tregua.
Mi desesperación me dificultaba aguantar la respiración bajo el agua.
Nadando hacia la profundidad, en sentido de su fluir, la visibilidad era nula. Aun así, abriendo los ojos, solo notaba oscuridad.
La suciedad de este hacía que me ardieran los ojos.
Me sumergí más hondo. Pero no la encontraba.
Movía mis brazos en todas direcciones intentando tocar algo. Tampoco la hallaba.
Empecé a descender de izquierda a derecha. Rozando mis manos por el medio.
No había caso.
Mi cerebro pedía a gritos oxígeno. Mis pulmones estaban esforzándose al máximo.
Sin darme cuenta, algo se metió por mi nariz. No sé lo que era. Pero fue el causante que abriera la boca repentinamente, intentando estornudar.
Un poco de agua me entró por la garganta.
No aguantaba un minuto más. Quería volver a la superficie a respirar.
La desesperación ya no era desesperación: Se convirtió en pánico. El miedo se apoderó de mí. Las fuertes bombeadas de mi corazón, intentando llevar oxígeno al resto del cuerpo, retumbaban por toda mi vértebra, desde mi espalda hasta la punta de mis pies.
En mi frustración, ya no nadaba. Movía mis extremidades por toda el agua.
Sentí que algo golpeó mi dedo anular.
Vigorosamente, me desplacé por esa dirección.
Le toqué el brazo.
Gasté todas mis últimas energías intentando subirla a la superficie.
Cada segundo perdía fuerzas. Apenas podía elevar mi cuerpo.
La poca luminosidad de la superficie comenzaba a nublarse.
«¿Ahora qué haré?» pensé vagamente.
Se terminó por nublarme la visión. Solo hubo oscuridad…
Tosía fervientemente al intentar sacar el agua de mis pulmones.
Abrí los ojos.
Estaba en la orilla del río. La vista la tenía borrosa.
Una silueta me tocó el pecho.
Había luces encandiladoras por todos lados.
Pude entenderle lo que decía segundos después.
La visión se me normalizó un poco. Aunque tenía que parpadear repetidas veces para poder enfocar algo.
Era la policía costera. Los identifiqué por sus uniformes.
Con las pocas fuerzas que poseía, intentaba ponerme de pie.
«¿Dónde estoy?» pronuncié.
Observé la parte trasera de una ambulancia. Adentro, en una camilla, estaba ella.
Seguía sin poder enfocar del todo. Me costaba distinguir algo todavía. Pero lo supe por su pelo gris ceniza.
«Mi… Hermana…»
Quitándome las manos del hombre de encima, caminé hasta donde se encontraba.
«¡Ella! ¡¿Cómo está ella?!» tartamudeaba.
Me apartaron de encima de ella.
Preguntaban cosas que no lograba entender.
«Estamos haciendo lo que podemos...»
«Tiene el pulso débil...»
Cerraron las puertas de la ambulancia. Prendieron las sierras.
Fue demasiado para mí ver eso.
Sin aliento, volví a desmayarme.
Me desperté en un hospital. Nos ingresaron en el más cercano.
El primer pensamiento que se me vino a la cabeza fue ella.
«¿Dónde está?»
Una auxiliar se pronunció ante mí.
Revisó que me encontrase bien. No encontraron ningún problema mayor. El agua que entró, mi cuerpo pudo expulsarla con facilidad.
Comentaron que hace una hora había vomitado demasiado. Estaba conectado a suero.
Todas las extremidades me dolían. Respirar me costaba, ardía.
«¿Dónde está la niña que estaba conmigo?» pronuncié.
«En terapia intensiva», contestó.
Intentaba levantarme de la camilla.
Le dije que no me detuviera. Que necesitaba verla.
No me detuvo. Me ayudó.
«¿Reconoce a su familiar?» me preguntó.
Respondí que sí con la cabeza.
Solo me dejaría allí unos minutos. Tenía que volver lo antes posible a la cama.
Busqué por la gran ventana en qué camilla se encontraba.
No me sentía bien del todo: Me costaba mantener el equilibrio. Mi visión seguía borrosa.
Los enfermeros se encontraban atendiéndola.
Agitados, realizaban movimientos rápidos. Controlando cada parte de su cuerpo.
Otra vez me quedaba inerte.
Perdido con la mirada desenfocada. El entorno que me rodeaba se volvió gris. Ya no escuchaba el sonido de nada.
Una mano me tocó por mi costado. Era el doc.
Mi mandíbula, junto con mis labios, temblaron al querer intentar decir algo.
«Doc.?» pensé.
Lo notaba cansado. Su rostro enojado. Conmigo seguramente.
«No puedo creer lo que has hecho…» suspiró.
«¿Lo que he hecho?»
Miré mis manos, intentando recobrar la conciencia. Por poco me caigo al piso. Me ayudaron a sentarme.
«Hablaremos luego. Tienes que descansar ahora.»
Mientras me desvanecía, seguí su trayectoria con la mirada. Entró a la sala de terapia intensiva. Luego de eso, todos los enfermeros salieron y entraron unos nuevos.
La enfermera que me había llevado hasta allí me trajo de vuelta en una silla de ruedas a mi camilla.
Me hicieron pruebas.
No quedaron secuelas por haber estado inconsciente bajo el agua. Agradezco a la guardia costera por su rápida actuación.
Un rato después, nos llevaron en una ambulancia de vuelta a nuestro hospital.
Ella viajó y llegó dormida. Dijeron que se había salvado milagrosamente. Yo permanecía en shock, sin emitir ni un solo sonido.
Cuando llegamos, nos separaron nuevamente. Aún necesitaban tratarla y nos cambiaron de habitación.
En este punto, me sentía mejor. Me dolía un poco la cabeza y respirar me incomodaba porque había entrado agua por mi garganta.
Me tocaba esperar a mi hermana. Cerraron la puerta dejándome solo en la habitación.
Desplomado en el sillón, solo tenía el consuelo del silencio. Pero no era un silencio; escuchaba el ruido de mi cuerpo.
Tragaba fuerte para destapar mis oídos. El ruido era similar al que se escucha bajo el agua.
Pitidos fuertes venían e iban. Se perdían cuando me quedaba mirando fijamente el techo de hormigón blanco.
«Quisiera… ¿Por qué no existe la máquina del tiempo? Revertir esta cagada que hice. Es mi culpa.» pensaba.
La puerta abriéndose interrumpió mi momento reflexivo.
«Estoy cansado de verte la puta cara.»
Cerró la puerta con seguro y caminó hasta mí para sentarse a mi lado.
—Tu hermana estará bien —alienta.
—Gracias. —dijo en voz baja.
Volteó su mirada a la ventana de la puerta, asegurándose de que nadie nos estuviera espiando.
—Fijó su mirada—. —No importa lo que hicieron. Lo hecho, hecho está —expresó.
«Él» Comenzó a morderse las uñas.
—Solo dime lo que tienes que decirme y vete. Por favor —suplicó.
—Tanto el paciente como su cuidador, ambos por violar el acuerdo de internación, tendrán consecuencias —le informó.
Paró de masticar y tragó el nudo que tenía guardado desde que llegó.
—¿Qué consecuencias tendré? —preguntó, malhumorado.
El doctor se levantó. Dirigiéndose hacia la puerta, antes de salir, le dijo: «Descansa.»
Posteriormente, las consecuencias llegaron en una carta: Redujeron mi tiempo de visita, tuve que pagar una indemnización muy costosa por poner en peligro nuestras vidas y un guardia de seguridad debía estar pendiente de mí hasta que abandonara el edificio.
Mi hermana se recuperó lentamente. El tiempo que estuvo inconsciente durante el accidente le dejó secuelas. Por poco no sobrevive.
¿Cómo me sentí yo? Todo fue mi idea. Siento que casi la mato por mi culpa. Ahora tendría que sufrir el doble.
Ella es tan sensible a todo, un ángel tan delicado que hasta el viento podría llevársela. No hice más que lastimarla intentando ayudarla. Es algo que nunca me perdonaré mientras siga respirando.
Estuvo dos días luchando por sobrevivir. Pudo vencer y salir victoriosa. Solo por poco.
La trajeron a la habitación en cuanto pudo mejorar. Esa misma tarde había despertado.
Se la notaba desorientada. Perdida por el entorno que la rodeaba.
No eran las paredes que estaba acostumbrada a ver. Tampoco el techo o la cama donde solía dormir.
Tenía una fuerte amnesia producto de su casi ahogamiento. Aunque los doctores dijeron que quizás, durante el tiempo que la corriente la llevó, pudo haberse golpeado la cabeza con algo.
Verla viva ante mis ojos después de todo este calvario, me ganaban las ganas de abrazarla como nunca lo había hecho.
Llorar no era una opción porque mis lágrimas no salían. Tocarla menos.
Se encontraba en estado muy delicado para estimularla con el roce de mis manos.
El doc. dijo que sería mejor dejar que ella sola, recuperara la conciencia. Sin estimularla de más.
Intentaba hablar: Balbuceaba palabras cortas.
Su mirada se movía en todas direcciones. Parecía buscar respuestas con sus ojos.
Seguramente se estaría preguntando dónde está. Qué le había pasado. Por qué le duele tanto el cuerpo. Si yo me encontraba bien.
Se recuperaba poco a poco. La primera hora pudo hablar. La segunda se puso de pie.
Dijo que le ardía respirar: Los oídos los tenía taponados. La nariz, un nudo que le iba a reventar la cabeza.
No recordaba mucho de lo que había pasado.
Pasaban las horas. Su memoria del último día, antes de desmayarse, no daba indicios de volver.
Ahora debía estar el triple de monitoreada. Tendría que seguir nuevos tratamientos. Más sufrimiento para ella…
Era mucha información de golpe que tuvo que digerir.
Quería hacerle miles de preguntas, pero era demasiado por hoy. Solo hacía unas horas que había despertado. Mañana le preguntaría mi duda.
Esperé al día siguiente por la noche.
Se encontraba sentada al lado de la ventana. El viento movía su largo y sedoso cabello.
—Hermana, quería preguntarte algo. —pronuncia.
No respondió. Siguió perdida con su mirada en las luces del cielo.
—¡Hermana! —eleva la voz.
Dio un saltito. Se asustó.
Su piel se puso de gallina.
—Dime. —con vergüenza contesta.
Desde que despertó, mostró un comportamiento raro.
No era propio en ella. Nunca se había portado así.
—Se acerca delante de ella—. —Quería preguntarte… ¿Tú collar, se perdió en el río? —indaga.
Teniendo sus manos juntas, roza sus dedos entre sí, regulando su ansiedad.
Tardó en responder.
—¿Qué collar? —replica.
La mandíbula de «Él» tartamudeo.
—El que… ganamos en el juego de feria. —le hace recordar.
Ella lo mira con cara de no entender a lo que se refiere.
—La feria? —duda.
—La… Olvídalo… —intenta aclarar.
Me levanté y la dejé sola en la ventana.
Excusé que iría a tomar un café.
Apenas cerré la puerta, me tiré al piso.
Entre a llorar. No podía creerlo lo que estaba sucediendo.
«Conclusión del diagnóstico: Daño cerebral causado por hipoxia. Amnesia regular. Pulmones afectados. Trastornos del sueño.»
Es el informe que me dio el doc. Ayer.
Solía perder la memoria en ocasiones. Borró de su cabeza por completo el día que salimos al festival.
Cuando comimos esa comida deliciosa. Los juegos donde nos divertíamos. Aquellos fuegos artificiales.
Le compré un collar nuevo. Pero cada que lo hacía, lo perdía porque se olvidaba de él.
Me aferré a la idea de intentar hacerle recordar nuestra salida. Regalándole cada cierto tiempo el mismo tipo de collar.
Dijeron que, quizás viendo algunos objetos, pueda recuperar la memoria.
Es como si todo hubiese sido en vano. Porque mi mayor deseo en ese momento, era que sintiese lo especial de compartirlo a su lado.
Sí. Fue en vano… Empeoré su vida por mi egoísmo.
Empecé a pensar que sí. Tal vez fue mi culpa que Mika ya no esté…
Y si mis pensamientos me gritaban la verdad, cada día que me levantaba.
Que todo lo malo que pasó es por mi responsabilidad.
Pero no tenía tiempo. Ni siquiera el suficiente para poder afrontar mis demonios en paz.
Notifiqué a mi trabajo que me ausentaría por un tiempo.
Me concedieron pocos días para que la cuidara. Percibía que ya estaban cansados de mí en la empresa. Que usaba a mi hermana como excusa para faltar al trabajo.
En la primera semana de agosto, la empresa cumplía años.
Volví a mi rutina laboral de siempre.
Algunas caras me miraban extrañado de que yo todavía estuviese allí.
Lo sé con exactitud porque Naoki me lo contó.
No sé cómo, pero la noticia del accidente llegó a oídos de mis superiores.
Quién le haya hecho saber lo sucedido, es un completo misterio.
Soplaron a propósito en contra mía. Parece que le salió bien la jugada.
Consiguió su propósito quien sea que lo hizo.
Intentaba ignorar el hecho. Eran unas que otras miradas de desprecio.
No creo que alguno de los que me miraban mal, tuviera los huevos de observarme frente a frente por más de tres segundos.
Por esos días, se celebraría una fiesta organizada por nuestro jefe. Para recompensarnos por nuestro arduo trabajo tiempo.
Absolutamente, todos los empleados de esa misma planta, asistiríamos. Ya que no era un Nomikai normal como cualquier otro.
Este era especial porque estaríamos demasiado cerca del jefe. Incluso, dentro de su propia casa.
¿Quién no aprovecharía un momento así de borrachera, para chantajear al jefe?
Pero mi interés no era pedirle un aumento de sueldo, mientras no podríamos ni caminar de tanto alcohol. Mi verdadero motivo, no era más que el de poder limpiar mi imagen.
Estuve ausente mucho tiempo, y volvía dispuesto a imponer mi autoridad de nuevo.
Esto me serviría para recuperarme.
Si faltabas a esta fiesta de trabajo, aparentarías como si no te importaran tus compañeros. Ni mucho menos la empresa donde trabajas. No podía ganarme esa imagen. Necesitaba aprovechar cualquier oportunidad que se me atravesara en el camino, algo que me impulsara aún más alto de donde ya estoy.
La celebración sería un viernes por la noche. Después de la jornada laboral.
Sesenta personas vestidas de traje, metidas en una enorme mansión.
Sí que el jefe tenía una casa demasiado grande.
Todo estaba tan alejado de todo. El espacio entre todo me daba ansiedad.
Estaría allí metido un buen rato. Eso significaba que me aburriría mucho.
No me gustan las fiestas. Mucho menos estar con personas que me dan igual.
Deambulaba por la casa en busca de algún estímulo que me distrajera.
Sería descortés ponerme a mirar la televisión.
En esa enorme sala, con esos sillones…
«¡¿POR QUÉ TODO ES TAN GRANDE?!»
Naoki y Haiden tuvieron que irse temprano. Me habían dejado solo esos dos desgraciados.
Algunas miradas de desprecio seguían cayéndome. No les di mucha importancia. Seguía a mi bola buscando algo entretenido.
Encontré una librería que llegaba hasta el techo, con algunos títulos interesantes.
No creí que mi jefe podría llegar a tener casi mi gusto.
«69 Leyes del Poder. Mirando a mi alrededor, se nota que le sirvió.»
Me hizo sacar una pequeña sonrisa.
Salí al balcón del segundo piso.
La vista daba a todos los rascacielos de la ciudad. Una imagen agradable de ver.
Noté que una mujer se me quedó mirando fijamente desde que entré.
Alguien que nunca había visto antes. Supe enseguida que no pertenecía a nuestro equipo. Tampoco la había visto en la oficina.
Me volteé para asegurarme de que estuviese mirando para otro lado. Pero seguía mirándome.
Tenía razón. No era un presentimiento mío.
Tras ver que cruzó miradas conmigo, la motivé. Se acercó hasta donde yo estaba.
—¡Hola! Tú debes ser… —se pronuncia.
—Es un placer. Sí, soy yo. ¿Cómo sabes mi nombre? Nunca te había vis… —responde, pero es interrumpido.
—Se ríe—. —Kiyoshi me contó mucho sobre ti. —avala.
—Así que el jefe le contó de mí. ¿Será alguien importante? No lo sé, pero me hace sentir bien lo que me dijo. —reflexiona en su cabeza.
La mujer se apoya sobre el barandal a la par de «Él». Le insiste que den la espalda a la casa y miren la ciudad.
—Perdona mi atrevido comportamiento por mirarte así. —se disculpa.
—La mira y mueve las manos—. —No te preocupes. Últimamente estoy, acostumbrado. —afirma.
Su timidez hace que la chica lo perciba tierno. Se sonroja.
—Sí… Es impresionante como un joven como tú, puede lograr tantas cosas. —sorprendida confiesa.
—No sería posible sin mis compañeros de trabajo. —concreta.
Ella se acerca más, casi rozan los brazos.
—Guapo y humilde, como me gustan. —diciendo, ríe.
«Él» dibuja una sonrisa incómoda para no quedar como un virgen.
Movió su boca hasta su oído. Pronunció: «Estás aquí parado, por su capricho. No eres talentoso. La única razón por la cual estás trabajando para él, es porque odia a toda tu sangre.»
«Él» la apartó rápidamente. La empujó con sus brazos.
—¿Qué mierda te pasa, perra? Ya bebiste demasiado, estúpida. —enojado levanta la voz.
La dama no contesta. Se retira riéndose y bebiendo de su copa.
Miré cómo otros dos hombres la detienen. Le quitan la copa para llevársela a otra parte.
«Quién sería tan estúpido de trabajar con alguien que odia. Deberían de prohibirle el alcohol a algunas personas.»
Traga su botella de Cervera de golpe.
La música se paró de repente.
El jefe solicitó la presencia de todos en el patio de la casa.
Se hizo un silencio por todos lados.
¿Tengo que aclarar que el patio era inmenso?
Allí, en el medio, se encontraba él: Un hombre de altura baja. Cuerpo algo pasado de peso. Lleno de Botox en la cara. Con su traje de miles de dólares, seguramente.
Habló de lo muy orgulloso que estaba de nosotros. Que éramos su primer equipo de trabajo, con el más alto índice de éxito que jamás tuvo.
Obviamente, teniéndome a mí en su equipo, es normal que esto sucediera.
No es egocentrismo. Solamente pura meritocracia e ingeniería social lo que me llevó hasta donde estoy ahora parado.
De nuevo se me escapó otra sonrisa. Estaba claro que hablaba especialmente de mí.
Mozos traían cientos de Dom Pérignon para descorchar.
Luego del brindis, la fiesta terminó. Comenzaron a irse por la puerta de a montón.
Yo fui el último en irme.
El lugar quedó hecho un desastre.
«Pobre del que limpié», pensé, mientras me ponía mi chaqueta. Comenzó la llovizna. Se levantó un fresquito. Detrás de mí sonó un grito llamando por mi atención.
«¿Jefe?»
«Lo siento mucho por molestarte… ¿Serías tan amable de ayudarme a limpiar?» Se excusó que su esposa no estaba para el aseo, que era mucho trabajo para él solo y se encontraba borracho.
Sabía que estaba perfectamente sobrio. Ni siquiera lo vi beber. Supongo que fui el idiota que se fue último. Alguien se aprovecharía para no limpiar todo él solo. Exhalé.
«Sí. Lo ayudaré.»
Se alegró mucho de oírlo. No podía decirle que no. Era mi jefe… En realidad, quería irme de ahí lo antes posible.
Junté residuos. Tiré la basura. Acomodé algunas cosas. Barrimos los pasillos. Terminé exhausto.
«¿Quieres tomar un café?» ofreció.
«Por favor.»
Cuando mi cuerpo se estiró en el enorme sillón de la sala, un mar de placer inundó mi cuerpo. Por fin podía descansar. En silencio. Con luces cálidas. Con un café. Afuera lloviendo. Di el primer sorbo. Mi boca se expandió hacia adentro, haciendo una mueca rara.
«Es la primera vez que pruebo un café tan… Caro y… Delicioso», avalé sorprendido.
«Directo de las sierras de Colombia», aseguró. De seguro sería el mejor café que probaría en toda mi vida.
Charlamos del trabajo. De la vida. Hizo que conociera una parte agradable de él. También me abrí. Ventilé algunas de mis quejas. Las aceptó maduramente. En algunas ideas coincidíamos.
Después de que las tazas quedaran vacías, los temas de conversación se terminaron. Cortó el silencio.
Volví a estar tenso. En alerta. Se levantó a servirse whisky. Me ofreció. Le dije que no tomaba. Esta vez, no se sentó en su sillón. Ahora se había puesto al lado mío.
«Con respecto a tu reputación en la empresa, no es muy buena» soltó.
Comenzó a hablar del tema que tanto estaba evitando. Empecé a preocuparme un poco.
Tragó el shot y se sirvió otro. Ahora estaba más cerca de mí. Cada sorbo hacía que nuestras distancias se acortasen. Pero el último vaso no lo vació. Lo posó sobre la mesa. Se giró y me miró fijamente.
Tocó la fosa de mi brazo con sus dedos. Seguido, fue su otro brazo por detrás de mi hombro. Los pelos se me pusieron de punta. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
«¿Jefe? ¿Qué está haciendo?» dice nervioso.
Me sujetó el hombro con más agarre. Los dedos de la otra mano subían por mi brazo. Pronto las dos culminaron con un movimiento circular. Se lanzó a mí. Yo me tiré para atrás. Quedé de espaldas contra el sillón.
Estaba en shock por lo que estaba sucediendo. Creía estar imaginándomelo todo. Que estuviera soñando. Era real. Sentía el calor de sus manos en la piel.
«Estuve resistiéndome tanto tiempo… Déjate llevar…» pronunciaba jadeando. Tiró su peso encima mío. Manoseaba cada zona de piel que pudiera tocar. Intentaba besarme el cuello. Me resistía. Lo apartaba. Quería alejarlo con todas mis fuerzas. Por cada segundo, apretaba aún más mis hombros.
«No tienes por qué hacerlo difícil...»
Los brazos comenzaban a cansarme. No podía creer el episodio que me estaba tocando vivir. Al estar oponiéndome, se enfadó. Se puso más agresivo. Ahora pretendía quitarme el pantalón, dándole fuertes tirones. Me rompe la camisa en un arrebato. Mi pecho queda al descubierto. Se frota. Lo manosea.
Logré quitármelo de encima empujándolo con mis piernas. Perdió el equilibrio y se fue de lleno contra la mesa. Quedó empapado del whisky. Aproveché ese momento. Solo tomé mi celular y salí corriendo de ahí. Corrí y corrí y corrí. No hice más que escapar de ese lugar. Mientras lo hacía lloraba desganadamente.
¿Por qué había pasado eso? ¿Acaso me lo merecía? ¿Por lastimar a mi hermana?
¿A Mika?
Millones de preguntas llovieron en mi consciente. Por más que pensara en cualquier cosa, solo escapaba corriendo. Me frené en un parque. Sin aliento. Estuve sentado en un banco. Oculto por las ramas de un árbol.
El corazón me latía de una forma anormal: Sentía como si me hubiera a desmayar. Cada palmito movía mi visión. Tardé un poco en poder tranquilizarme. Seguía agitado. Perseguido. En mi desesperación por escapar, me olvidé todas mis cosas en su casa. Estaba por la calle. Con una camisa rota. De madrugada. Sin zapatos y mojándome por la llovizna.
Me quebré en ese mismo banco. Posaba mis manos sobre mi boca para callar el llorar.
«¿Hice lo correcto? ¿Qué pasará ahora? Lastimé al jefe… Pero si le hice daño. Yo tuve la culpa de algo…»
El cuerpo me temblaba. Me faltaba el aire. Dificultaba mi respirar. Maquinaba miles de cosas por minuto. El corazón se normalizó, pero la cabeza no dio un respiro.
Quise llamar a mi hermana, pero me acordé que perdió su celular en el río. Por quedarme a limpiar y tomar el café, perdí la forma de volver a casa. El transporte público recién volvería a funcionar dentro de unas cuatro horas.
Volver caminando no era una opción. Estaba algo lejos de casa. Menos hacerlo sin calzado.
No me quedó otra que esperar a que amaneciera.
Caminé hasta una estación de servicio. Me quedé adentro.
Estuve inmóvil mirando un punto fijo, perdiéndome en mi mente, imaginando qué pasaría luego de todo esto.
Nadie puede saber de esto. Si hablo podrían...»
Golpeaba mi cabeza una y otra vez, repitiendo esa escena en bucle.
Todavía podía sentir el fuerte olor a whisky que desprendía su boca, me daban arcadas.
La cajera de la tienda fue muy amable conmigo todo el tiempo.
Me olvidé de, aunque sea, preguntarle su nombre.
Los trenes junto a los buses ya comenzaban a funcionar.
Tenía pensado ir a casa, sin embargo, me dirigí directo para el hospital.
Estar encerrado solo con mis pensamientos empeoraría la situación.
Sin decir ninguna palabra, entré a la habitación.
Me movía despacio para no despertarla, pero me sorprendió diciéndome por qué estaba allí.
Creí que estaba dormida.
Pregunté si no pudo dormir, contestó que no: se sentía incómoda de alguna manera, eso le quitó el sueño.
«Entonces, no soy el único que pasó una mala noche.»
Me avisó que intentaría dormir.
Gracias a la oscuridad, que no vio mi ropa o rostro, fui para el baño a ducharme.
Tiré la camisa rota, me puse unas chanclas que guardé aquí.
Antes de abrir la puerta, respiré hondo.
Salí como si nada hubiese pasado.
Molestaba mi pie al andar, la cabeza me daba vueltas, seguía afectado por lo que había pasado horas atrás, estaba un poco paranoico.
Recién acostado en el sofá conseguí bajar un poco los humos.
«Estoy seguro aquí... Ya pasó…»
Daba vueltas en el cojín, buscando el sueño. Pasaban los minutos y no llegaba.
Repetía la escena vez tras vez, imaginaba mucho.
Fue cuando se me cortó el aire: sentí el cuero del sillón contra mi espalda, acostado boca arriba.
Abrí los ojos, pegué un brinco del sofá, el corazón latía a mil.
Me vino esa imagen desagradable de nuevo, estando yo en esa posición, se me revolvía el estómago.
En un arrebato de desesperación, fui a tomar Clonazepam, le robé uno de su cajón.
Respiraba en la ventana abierta.
«No me voy a morir… No aparecerá… Es solo un ataque de pánico…»
"Tocia de las náuseas. Me acosté de nuevo.
Por cualquier cosa del mundo, quería dormirme. Que pasara ese mal momento.
Minutos largos después, logré descansar.
Agotado. Rendido caí.
Las agujas de reloj se movían. El sol se encima de mi cabeza.
Una señora que trajo la comida, me levantó del yacer.
Aparte de eso, tenía una molestia en los hombros. Fui hasta el espejo del baño para verme esa zona.
Tenía algunos moretones.
«Será mejor que no los vea.»
Continué fingiendo el resto del día. Absolutamente nada pasó.
Ella volvió a insistirme por qué vine al hospital a esa hora tan extraña.
Le inventé una mentira.
Pero por más que fingiera estar bien, el monstruo seguía devorándome por dentro. La preocupación de ver al jefe el lunes en el trabajo.
No sabía qué pasaría. Proyectaba cientos de películas en mi psique.
Las palabras exactas que me diría. Quizás los motivos de su comportamiento. Las excusas mías o las suyas.
En eso estuvo ocupado mi mente desde el sábado hasta el domingo.
Mi hermana me notaba un poco extraño. Distraído.
«Es por la fiesta. Solo tengo un poco de resaca.»
El domingo, antes de que oscurezca, pasé por casa a buscar otro traje.
Zapatos. Mochila.
Esa fue la noche más dura. Porque faltarían unas horas para volver a trabajar. Cruzarme con el jefe.
Aparte de verle la cara de nuevo, ella sufrió episodios de su enfermedad.
Subía mi estrés y desesperación. Quería que todo terminase.
Próximo lunes. Agosto. 2030.
Previamente de ir al trabajo, me tomé una ducha de agua congelada. Era la primera vez que hacía eso. En vano lo hice, porque no sirvió de nada para calmar mi nerviosismo.
Durante el viaje, contaba cada metro, cuadra, parque, calle, parada, que me acercara al edificio de la empresa.
Llegue a la puerta. Entré de lleno sin tener otro pensamiento en cabeza.
Caminé hasta el ascensor. Subí unas escaleras.
En un intento de todavía evitar el encuentro, me corrí hasta el baño.
Deseaba que cada gota de orina, cayera lo más lento posible.
Lavaba mis manos despacio. Tiraba agua sobre mi cara.
«Por qué imaginó cosas malas. Todo estará bien.»
Salí. Entré a la oficina. Directo para el cubículo.
Salude a Haiden Y Naoki.
La jordana laboral transcurría como de costumbre.
Observaba para todos lados donde pudiese estar el jefe.
Durante toda la tarde, no pasó nada de lo que estuve imaginando todo este tiempo.
Comenzaba a despreocuparme.
Pasaron las horas. No noté algo fuera de lo común. Parecía ser un día norma de trabajo.
Hablaba y reía con los chicos.
«Todo lo que imaginé. Al final no pasó.» meditaba.
Había podido relajarme de una buena vez.
Solo faltaba una hora para que me vaya a casa.
Trabaja un poco más contento. Pero. Escucho como pronuncian mi nombre por el altavoz.
«Por favor… Preséntese en la oficina del jefe.»
Justo allí, se me paró el corazón. Quedé inerte. Dejé de respirar. De parpadear.
Una compañera de trabajo me tocó el hombro. El dolor hizo que reaccionase.
«Disculpa, te están llamando en la oficina.»
Respondí que lo había escuchado.
Esperando lo peor, me dirigí hasta su despacho, con el corazón en la garganta.
No podía tragar el nudo. Una pelota enorme me tapaba el ducto del cuello.
Estaba encerrado.
Golpeo la puerta.
Escuché su voz del otro lado. Dándome permiso para entrar.
No lo miré a la cara hasta que me senté en la silla.
Todas las alertas de mi cuerpo se dispararon. Pedían a desgarradamente que saliera corriendo de ese lugar.
—¿Quería verme jefe? —con la voz temblorosa dijo.
El hombre junta sus manos y las lleva a su frente.
—Así es. —asegura.
Sus miradas no se cruzaban.
Uno tiene sus manos en su cara.
El otro no puede observar su rostro.
Solo es cuando del cajón, saca un papel. Lo coloca sobre la mesa.
Ahora ambos están cara a cara.
Lo ataca con una mirada furiosa. Frustrada.
—Estás despedido. Tienes que marcharte. —pronuncia secamente.
«Él» no dice una palabra. Presta notoria atención al texto de aquellos papeles.
Lo que estuvo proyectando en su mente, las dos noches anteriores, se había vuelto realidad.
Intentaba negarlo. Se pellizcaba por debajo de la mesa, en un afán de liberar su rabia.
—Ya no necesitamos tus servicios en la empresa. Ya no nos eres útil. —añade.
Firma los documentos. No emite algún otro sonido. Cero decibeles salen de su boca.
Me levanté de la silla.
Salí del despacho.
Con pequeñas lágrimas que rápidamente secaba, caminé hasta mi cubículo.
Recogí mis cosas. Las puse en una caja.
Los chicos me preguntaban preocupados qué había ocurrido.
Les dije que no trabajaría más en este sitio de mierda.
Tenía muchas pertenencias encima. No quedaba de otra que ir a dejarlas en casa.
Ir a mi hogar, era una de las cosas que siempre evitaba en lo posible. Porque su soledad me aterraba. Tan fría y oscura.
Llegué destruido.
Tiré la caja en un arrebato de furia por en la sala. Todas las cosas quedaron desparramadas por doquier.
Los premios que habíamos ganado con el equipo, tiré uno por uno.
Nuestra foto juntos, la quemé.
Quise romper más cosas. Solo me detenía el hecho saber que eran muebles de mis difuntos padres. No podía romperlos.
El lugar era un desastre total.
Subí hasta mi habitación.
Me tiré encima de la cama.
La oscuridad y soledad de la casa, ya no me molestaba. Era lo de menos.
Ahora, los únicos sentimientos que pasaban por mi conciencia, eran la frustración mezclada con pesadumbre.
Lloré sin apoyo alguno.
«¡NO ES MI CULPA! ¡NO HICE NADA MALO! ¡POR QUÉ!» vociferaba.
En algún momento del duelo, me quedé dormido.
El cansancio físico seguía presente.
Pasaron las semanas.
Día tras día me quedaba con menos dinero.
La salud de mi hermana empeoraba.
Necesitaba tratamientos que no podía pagar. Ya no más.
Mi vida estaba arruinada. Perdí el apoyo de personas que menos me lo esperaba. Me quedé solo sin darme cuenta.
A pesar de todo lo que pasó, no le comenté a ella todo lo que sucedió. Suficiente tiene ya con su delicada salud. Pero la mentira no duraría para siempre.
¿Cómo le digo que ya no puedo pagarle los medicamentos?
Dejarla en casa no era una opción. Por cualquier urgencia que podría llegarle a pasar, necesitaría asistencia urgentemente. El tiempo que llevaría de camino al hospital, podría costarle la vida.
Mis últimos ahorros iban dedicados para el hospital.
No me importaba otra cosa que no sea el bienestar de mi hermana.
Perdí varios kilos por no comer durante días.
Dormía con ella. La abrazaba todas las noches.
No entendía mi comportamiento.
Es gracioso ver cómo ahora yo soy el que la busca para dormir. Cuando antes solía regañarla por querer pasar las noches conmigo, solo porque tenía una que otra pesadilla.
Acariciaba su pelo casi siempre. Eso la ayudaba a dormirse. También me relajaba ese momento de tranquilidad…
Del otro lado de la ciudad, un auto negro apaga sus luces. De él bajan dos hombres.
Estacionaron alrededor de la Tokio Skytree.
Suben hasta la cima de la torre.
Están solos.
A esa hora de la noche, no hay casi personas en el mirador.
Uno saca un teléfono. Lo prende.
El otro muchacho se acerca. Entrega un papel con números.
Le pregunta si es el objetivo correcto. Asegura con la cabeza que lo es.
Comienza a textear.
Mientras el sujeto está ocupado con el teléfono, el otro se percata de que hay alguien observándolos a escondidas.
Levanta la suela del zapato: hace una señal en código con los golpes que da al suelo.
Responde que sí. Sigue escribiendo.
Se gira y saca una pistola pequeña del bolsillo.
Dispara siete veces hacia donde estaba el curioso.
Los primeros disparos rebotan, pero terminan dándole los últimos.
Exige que se apure en escribir.
Le garantiza que ya termina.
Terminó de enviar el mensaje.
Ambos salen a toda prisa de ese lugar.
Encienden el auto y se marchan.
«Él» se encontraba medio dormido. Pero la notificación de su celular lo despierta.
Tenía un nuevo mensaje de texto.
Somnoliento, revisa el celular.
«Si llega a ser spam, bloquearé a todo el mundo», se queja.
Revisa el mensaje: ¡Hola!… ¡Le hacemos saber por este medio que usted ha sido uno de los afortunados en ser elegidos para ejercer nuestro nuevo rubro laboral! Por favor, no se comunique a este número. Si se encuentra interesado, búsquenos en esta dirección… A tal hora… El día…
Te estaremos esperando. Tu hermana también querrá que trabajes con nosotros. No solo ella, Mika, tus padres. Todos lo querrán…
¡Saludos! Onean Hiromi Oneroustein.