Acrílico sobre lienzo
12 x 25 cms
Nace de la contemplación de un instante tan cotidiano como irrepetible, el peso sereno de un hijo descansando sobre el pecho de su padre, acompañado por el ritmo constante de un corazón que ha estado ahí desde el primer día.
La figura principal, envuelta en una atmósfera de quietud, evoca el refugio que existe antes de las palabras. Detrás de ella, una presencia apenas insinuada se desvanece entre las pinceladas, como una sombra que observa, acompaña y permanece. No busca protagonismo; basta con estar.
La obra habla de los vínculos que persisten a pesar de la distancia y del tiempo medido por los encuentros. Es una promesa silenciosa: la certeza de que siempre existe un lugar donde volver, un latido que reconoce al otro y una presencia que nunca deja de acompañar.
Más que representar un momento, busca preservar la memoria de un abrazo, ese espacio donde el amor encuentra su forma más sencilla y profunda.