El Fuster
Conocí al Fuster cuando tenía veinte años. Aún no sabía que algunas personas aparecen en tu vida para enseñarte más de lo que imaginas. Yo era un crío disfrazado de adulto, trabajando a turnos en una planta química, con las manos aún demasiado limpias para alguien que quería parecerlo. Él, en cambio, tenía las manos de la gente que construye cosas: ásperas, firmes, llenas de pequeñas cicatrices que parecían líneas de un mapa que solo él sabía leer.
Me escuchó hablar de mi rompecabezas como quien escucha una confesión importante: sin prisas, sin burlas, sin ese gesto de condescendencia que tantos otros me habían dedicado.
El puzzle era mi pequeño milagro: veintisiete cubos únicos, unidos por tetones diagonales, capaces de formar figuras imposibles. Lo había imaginado de niño, como quien sueña con un idioma secreto.
Él lo entendió al instante.
—Això és bo, nano.
En su voz había una certeza que yo no tenía.
Lo construyó en su carpintería siguiendo el dibujo que yo llevaba en la cabeza, pieza a pieza, con una precisión que aún hoy me emociona recordar. Cuando me entregó el prototipo, lo sostuvo entre sus manos como si fuera algo vivo.
Nadie fue capaz de montarlo. Ni él, ni ningún compañero de la fábrica. Y eso, lejos de desanimarnos, nos hizo reír.
—Si fos fàcil, no seria teu.
Fue él quien insistió en que lo presentáramos a una empresa de inyección de plástico. Yo no tenía ni idea de negocios, pero él sí. Me acompañó como un padre acompaña a un hijo en su primer día de escuela.
El empresario nos recibió con sonrisas grandes y promesas aún más grandes. Habló de distribución nacional, de beneficios, de futuro.
Yo, ingenuo, me lo creí todo.
El Fuster no. Observaba en silencio, con los brazos cruzados, como quien huele el humo antes de ver el fuego.
Cuando el empresario nos pidió quince días para “cerrar unos asuntos”, mi compañero me llevó aparte y me dijo:
—Nano, patenta això. No et refiïs.
Invertí un mes entero de sueldo en la patente. No dormí en esas dos semanas, imaginando un futuro que por primera vez parecía posible.
Cuando volvimos, el empresario ya no sonreía igual. Puso excusas. Habló de costes, de tiempos, de dificultades técnicas.
El Fuster no le dejó terminar.
Recogió el prototipo, me agarró del hombro y dijo:
—Vinga, marxem. Aquest només volia robar-te.
Salimos a la calle sin decir nada. Encendió un cigarrillo y me lo ofreció. Lo rechacé.
Me miró con una mezcla de orgullo y tristeza.
—No deixis de fer coses, nano. Tens un cap que val molt.
Hoy, décadas después, el puzzle sigue en una caja en el trastero.
Él ya no está.
Y lo que más me duele no es que el invento no llegara a ninguna parte, sino no haberle dicho nunca que, en aquel momento, él fue el único que creyó de verdad en mí.
A veces lo saco y vuelvo a montarlo.
Y siempre acabo con la sensación que falta algo.
No en el puzzle.
En mí.
Como si el Fuster aún estuviera esperando para decirme cómo encaja.