Me estaba cuestionando la importancia de la relación con uno mismo. ¿Puede ser tóxica esa relación? Me vino a la cabeza la imagen de un cubo, que bien podría representar mi “yo”: ese ser compuesto por tres colores, tres dimensiones, cuya configuración única da forma a la figura completa. Cada color podría significar un aspecto distinto de ese yo: el cuerpo (entendido en sus dimensiones física, química, neuronal y genética), el alma (como conciencia y discernimiento), y una tercera parte (“la tercera caja”), que corresponde a lo emocional, por simplificar.
Estas tres dimensiones se complementan, y cada yo tiene su propio tamaño, su color, su intensidad, su forma de encaje. Esa composición es única, y pienso que, según cómo se relacionen esas partes entre sí, la figura se mantendrá firme y compacta… o se destruirá por la inercia de la propia vida. ¿Destruirse? Pensemos en la rueda de una bicicleta, con sus distintos componentes: cámara, radios, eje… Si por alguna razón la rueda presentara una leve deformación, esta haría vibrar la bicicleta. Y cuanto mayor sea la velocidad, mayor será el riesgo de perder el equilibrio y sufrir un accidente. Ante esa situación, cabe parar y reparar la deformación.
Está claro que una mala relación con mi cuerpo puede derivar —como ya es evidente en la sociedad moderna— en ciertas enfermedades y trastornos. Más allá del foco concreto del problema (alimentación, musculación, estética, etc.), lo que sucede en definitiva es una distorsión de la realidad, no solo de la realidad objetiva que me rodea, sino de una realidad mucho más profunda: la de cómo me veo a mí mismo.
Estas distorsiones suelen ser evidentes y fácilmente detectables, y con los debidos tratamientos terapéuticos, pueden ser solucionadas en un tiempo razonable. Pero entonces me pregunto: ¿Qué pasa si la mala relación es conmigo mismo, con lo que soy? ¿No estaré siendo infiel a mi propia esencia?
Construyamos, en primer lugar, un pequeño relato sobre la infidelidad. Para ser infiel, es necesario que haya amor, porque la fidelidad es el vínculo afectivo hacia aquello que queremos. No tiene sentido hablar de fidelidad hacia algo que no nos importa, del mismo modo que tampoco tiene sentido amar aquello a lo que no estamos dispuestos a mantenernos fieles. Por ejemplo, si no amo los colores de mi equipo de fútbol, difícilmente seré fiel a sus partidos. Es un ejemplo simple, quizá banal, pero ilustrativo.
Esto nos lleva a un paso previo y esencial: “no se puede amar aquello que no se admira”. El primer paso del amor es, pues, la admiración. Al hablar de admiración por uno mismo, algunos podrían pensar que se trata de vanidad. Permitidme, entonces, citar a Aristóteles: “El hombre virtuoso debe ser un amante de sí mismo, porque al hacer lo que es noble, se beneficia a sí mismo y a los demás.”
Debo, entonces, admirar esa figura compleja que soy, sea como sea. Aquí se plantea una cuestión esencial: la importancia de saber quién soy, no tanto cómo soy. Lo que sustenta el amor es el “quién”, no el “cómo”.
Descubrir ese “quién” me conduce a comprender cómo debo relacionarme conmigo mismo y a valorar esa relación en su justa medida. Como ser único, es fundamental entender la relación entre las distintas partes de ese cubo y sus respectivos colores. Cada ser humano tiene una forma y una composición distinta. De ahí que cada persona sea irrepetible. Por eso es tan importante validar mi relación conmigo mismo, por encima de las comparaciones y de los reflejos que me devuelven los demás, que inevitablemente serán distintos a mi esencia.
Esa relación conmigo mismo debe ser una relación de fidelidad hacia mi conciencia, evitando su deformación —ya sea por escrúpulos, por laxitud o por excesos—; hacia mi intelecto; y también hacia esa “tercera caja”, que actúa como transmisora de las anteriores: la emoción, la sensibilidad, la percepción. Estas nos indican cómo vivimos las otras dos dimensiones y, de algún modo, son las que permiten que vivamos en equilibrio.
Cuando la razón quiere imponerse, cuando los pensamientos obsesivos intentan desoír lo que dicta la conciencia, o cuando la emoción, desbordada, distorsiona el resto de las dimensiones del yo, entonces la rueda de la bicicleta comienza a vibrar. Esa vibración es la señal del desequilibrio. Es el momento de parar, de equilibrar la rueda. Es el momento de darnos cuenta de que hay pensamientos que distorsionan, emociones exageradas que alimentan ideas inadecuadas, o incluso cuestiones de conciencia alteradas por una o ambas.
Debo ser fiel a quién soy. Debo atender a lo que percibo (que es diferente a lo que simplemente “siento”). Y esas percepciones pueden nacer desde cualquiera de los tres colores. Lo importante es que estén coordinadas. Si no lo están, el discernimiento se verá afectado y las decisiones se desviarán del camino correcto.
Ser fiel a mí mismo es aceptar —rectifico: admirar— la figura que soy, con todos sus colores y formas. Admirar lo que soy implica reconocer que todo ello me ha sido dado, que no es propio en el sentido de que no lo he creado yo, sino que es obra de Otro. Una obra de arte. Y precisamente porque me ha sido dada, esa obra no puede engañarse ni engañarme. Conocer quién soy —como figura, como color, como composición— me ayuda a saber cuándo debo parar, cuándo debo concederme un espacio para la admiración. Y eso, inevitablemente, me lleva a la contemplación.
La contemplación no es simplemente mirar. Es una forma de ver desde el corazón, de dejarse tocar por la verdad, la belleza o el misterio, sin necesidad de diseccionarlos. Es un conocimiento amoroso, silencioso, que se deja transformar por lo contemplado. Pero para llegar ahí, es necesario —insisto— crear espacios interiores. Es necesario parar la bicicleta y observar qué sucede en la rueda, o en los radios, o en el eje… y solo entonces seguir rodando.
Si caemos únicamente en lo analítico, en el juicio racional constante, nos estrellaremos. Esa actitud deja al margen la “tercera parte” de ese yo, el espacio desde el cual suscitamos las verdades. Ninguna de las partes de mi yo es modificable. Vanos son los intentos por cambiar mi esencia. Esa disposición a modificarme, a no admirarme, lleva no solo a los trastornos antes mencionados, sino a un rompimiento interior. Y sus consecuencias no son predecibles. A menudo, ese quiebre interno nos puede llevar a la peor situación existencial del ser humano respecto a la vida: la desesperación, con los riesgos que esa situación conlleva.
Como toda relación afectiva, la relación conmigo mismo debe nacer de la voluntad: “Te quiero porque quiero quererte”. Y como todo acto de voluntad, debe traducirse en gestos concretos, en acciones, en cuidado.
Entonces, me pregunto:
¿Qué hago para cuidarme?
¿Tengo en cuenta la “tercera caja”?
¿Pongo en orden mis pensamientos?
¿Pongo filtros para que, en el andar de la vida, la rueda no se estropee?
¿Soy consciente de quién soy y actúo en consecuencia, omitiendo las comparaciones?
¿Doy espacio al silencio interior para escucharme y poder ser contemplativo?
¿Admiro la obra de arte que soy, gracias al Creador? Ahí lo dejo…
Conclusiones: El reto de preguntarse para evitar la toxicidad interna
Estas preguntas finales no son meras reflexiones, sino puntos cruciales para evitar que la relación con nosotros mismos se transforme en una relación tóxica. La mala relación con uno mismo puede llevar a una distorsión profunda de la realidad de cómo nos vemos y, en definitiva, a ser infieles a nuestra propia esencia.
La imagen de la rueda de bicicleta ilustra que un leve desequilibrio o "deformación" en nuestro "yo" complejo puede generar vibraciones que, con velocidad (la inercia de la vida), aumentan el riesgo de perder el equilibrio y "estrellarnos". Esta vibración es la señal del desequilibrio, que puede nacer de pensamientos que distorsionan, emociones exageradas o una conciencia alterada.
La toxicidad en esta relación interna surge de no atender, de no ser fieles, y de intentar modificar una esencia que no es modificable. La falta de admiración por "la figura que soy", reconocida como una "obra de Otro", lleva a un rompimiento interior cuyas consecuencias, como la desesperación, son graves.
Las preguntas, en este contexto, actúan como un inventario de las acciones necesarias que nacen de la voluntad de quererse ("Te quiero porque quiero quererte"). Esta voluntad es el origen activo y consciente de una relación sana y debe traducirse en gestos concretos, acciones, en cuidado.
Preguntarnos qué hacemos para cuidarnos es aplicar esa voluntad en acciones que nutren las distintas dimensiones del yo.
Considerar la “tercera caja” (lo emocional, la sensibilidad, la percepción) asegura que no dejamos al margen esa parte fundamental que indica cómo vivimos las otras dimensiones y permite el equilibrio. Desatenderla o permitir que se desborde contribuye al desequilibrio de la "rueda".
Poner en orden los pensamientos es contrarrestar aquellos que distorsionan la realidad interna.
Poner filtros es una acción preventiva para evitar que la "rueda" (nuestro ser) se estropee en el andar de la vida.
Ser consciente de quién soy y omitir las comparaciones nos mantiene anclados en la base de la admiración ("Lo que sustenta el amor es el 'quién', no el 'cómo'") y la unicidad irrepetible, evitando las distorsiones que vienen de querer ser algo que no somos o de buscar validación externa por encima de la interna.
Dar espacio al silencio interior y la contemplación permite esa forma de ver desde el corazón que es necesaria para equilibrar el juicio puramente analítico y percibir las verdades que emanan también de la "tercera parte", ayudando a la coordinación necesaria para un discernimiento correcto.
Finalmente, preguntar si admiro la obra de arte que soy va directamente a la raíz de la fidelidad y el amor propio, contrarrestando la falta de admiración que conduce al rompimiento interior y la desesperación.
En resumen, estas preguntas actúan como un termómetro y una guía de acción. Al abordarlas con sinceridad, estamos ejerciendo esa voluntad activa de cuidarnos, manteniendo la fidelidad a nuestro "quién", equilibrando las distintas dimensiones de nuestro ser, y cimentando la relación en la admiración de la obra única que somos. Es a través de este cuidado consciente y decidido que prevenimos las "deformaciones" y "vibraciones" internas, evitando que la relación con nosotros mismos se vuelva tóxica y nos cause daño inútil, liberándonos de ser víctimas de nuestro propio desequilibrio emocional.