El Tercer Jinete: El Caballo Negro – El peso de la carencia
Tercera entrega de la serie “Los Cuatro Jinetes del Alma”
Cuando el alma se mide en balanzas.
Introducción: Después del fuego
La semana pasada, el caballo rojo nos atravesó con su fuego.
Hablamos de la ira: de esa energía ardiente que brota cuando algo en nosotros se enciende al sentir que perdemos el control.
Muchos me escribisteis para contarme cómo os reconocíais en ella: en el enfado silencioso, en el gesto apretado de la mandíbula, en la palabra que se escapa sin querer, o en esa tensión que sube por los hombros como una cuerda demasiado tensa.
Y algo curioso se repetía en casi todos vuestros mensajes.
Después de la rabia… llega el cansancio.
No un cansancio cualquiera: uno que no se quita durmiendo, ni con café, ni con vacaciones.
Es un cansancio que pesa por dentro, como si el alma necesitara sentarse en un rincón para recuperar aire.
El fuego se apaga, y lo que queda no es ceniza: es un aroma tenue a vacío.
Una sensación de falta difícil de nombrar.
Y es entonces cuando, casi sin ruido, aparece el tercer jinete.
Montado sobre un caballo negro.
Sin brillo.
Sin prisa.
Sin drama.
Pero con un peso inmenso.
La sensación de que algo falta.
No sabes qué.
No sabes desde cuándo.
Solo sabes que falta.
El peso de la carencia
Recuerdo un día cualquiera —uno de esos días sin historia— en que abrí la nevera sin hambre real.
Miré dentro como quien busca respuestas entre yogures y verduras olvidadas.
No era comida lo que buscaba.
Tampoco dulzura.
Ni distracción.
Era otra cosa… algo más sutil, más íntimo, más indefinido.
Cerrar la puerta fue casi cómico.
Me reí solo y pensé:
“El caballo negro ha venido a visitarme.”
Porque este jinete no entra a galope.
No grita.
No amenaza.
Se acerca despacio, como el sueño que no llega o la nostalgia que aparece sin invitación.
Y se sienta. Sin pedir permiso.
El caballo negro lleva una balanza en la mano.
Pesa lo que tenemos, lo que creemos que tenemos, lo que tememos no tener, lo que imaginamos perder.
Pesa el amor, la atención, el éxito, el tiempo, la belleza, el cuerpo, la voz, la fuerza, los resultados.
Pesa incluso lo que no debería pesar.
Vivimos en un tiempo que confunde valor con medida.
Contamos pasos, calorías, ingresos, seguidores, horas productivas, horas de sueño.
Hemos convertido la vida en una auditoría constante.
Y cuando la vida se vuelve cifra, el alma inevitablemente siente carencia.
Cada vez que nos miramos a través de una balanza, perdemos algo:
un poco de espontaneidad,
un poco de inocencia,
un poco de paz.
El caballo negro no nos dice que falte el mundo.
Nos susurra algo más duro:
que nos sentimos insuficientes nosotros.
Su voz no acusa: señala una herida.
Una herida temprana, casi siempre.
La que aprendió a preguntar:
“¿Soy suficiente?”
“¿Me verán?”
“¿Qué tengo que hacer para merecer amor?”
El tercer jinete en la vida cotidiana
La carencia rara vez se muestra de manera explícita.
A veces aparece como esa sensación de no encajar del todo.
O como la necesidad de demostrar algo —sin saber exactamente qué o a quién.
O como la duda insistente: “¿Podría haber hecho más?”
A veces surge cuando ves la vida de otros y, sin querer, la comparas con la tuya.
A veces con un comentario inocente que te hace temblar por dentro.
A veces cuando llega un silencio inesperado en una conversación.
A veces cuando miras alrededor y sientes que todo va demasiado deprisa… o demasiado lento.
La carencia no siempre duele.
A veces solo pesa.
Y aunque ese peso es invisible, modifica nuestra postura interna: nos encoge, nos contrae, nos vuelve más exigentes con nosotros y más distraídos con la vida.
Psicología de la carencia: la voz que aprendió a medir
Psicológicamente, este jinete representa la carencia afectiva internalizada.
Esa voz temprana que, quizás sin palabras, aprendió que debía esforzarse para ser vista, o para no molestar, o para no perder lo que tenía.
Esa voz infantil que convirtió el amor en puntuación.
Que asoció valor con rendimiento.
Que confundió afecto con recompensa.
Y que, ya adulta, sigue midiendo… incluso cuando ya no hace falta.
Lo trágico de esta herida es su lealtad:
intenta protegernos, incluso cuando su método —la comparación, la exigencia, el juicio— nos hace daño.
Cuando la mente se acostumbra a pesar, el corazón se olvida de sentir.
La presencia se convierte en cálculo.
La vida en tarea.
El alma en contabilidad.
Por eso, el caballo negro no trae oscuridad para asustar, sino para detenernos.
Para que escuchemos el silencio que hay debajo de tanta medida.
Ese silencio es a veces más verdadero que cualquier logro.
La ilusión de la falta
La carencia es muchas veces una ilusión:
una sombra que confundimos con un hueco.
No falta tanto en el mundo como creemos.
Faltamos nosotros: faltamos en presencia, en gratitud, en descanso, en ternura hacia lo pequeño.
Faltamos en ese gesto silencioso de reconocernos tal y como somos, sin necesidad de añadir nada.
He acompañado a personas que tenían éxito, amor, reconocimiento… y aun así vivían con un nudo en el pecho.
He acompañado a otras que tenían poco, casi nada, y vivían con una serenidad luminosa.
Y aprendí algo que el caballo negro enseña con paciencia:
la sensación de falta no se calma con más cosas, sino con más conciencia.
Un recuerdo que pesa y enseña
Recuerdo a una paciente que, después de años de crecimiento profesional, un día se derrumbó en consulta y dijo:
—“He logrado todo lo que quería. Y, aun así, siento que me falta algo. No sé qué es, pero lo siento.”
No era ambición.
No era vacío material.
Era esa voz interna que nunca se había sentido suficiente, y que ahora pedía —por fin— ser vista.
Sin disfraces.
Sin méritos.
Sin logros.
Ese día entendí que el caballo negro es, quizá, el más honesto de todos los jinetes.
Se acerca cuando ya no quedan excusas.
Cuando no podemos culpar al mundo.
Cuando lo que falta no está fuera.
Está dentro.
El maestro silencioso
Este jinete, a diferencia de los anteriores, no busca movimiento.
Busca quietud.
La carencia nos obliga a frenar, a mirar hacia dentro, a preguntarnos de dónde viene ese hueco.
Y en ese mirar, podemos descubrir algo que asusta y libera:
la abundancia no es tener más, es necesitar menos.
No porque renunciemos, sino porque dejamos de medirnos.
Dejamos de compararnos.
Dejamos de exigirle a la vida que nos complete.
Y empezamos a completarnos con la vida.
Quizás el secreto no esté en equilibrar la balanza… sino en soltarla.
Soltar la costumbre de juzgarlo todo.
Soltar la obligación de llegar.
Soltar el mito de la perfección.
Soltar la creencia de que valor es cantidad.
Cuando uno suelta, algo sorprendente ocurre:
la vida, de pronto, empieza a sentirse más llena.
Y uno se descubre respirando con más espacio, con más calma, con más gratitud por lo pequeño.
“Cuando uno deja de pesar lo que tiene y lo que le falta, algo se aligera por dentro.”
Despedida del tercer jinete
El caballo negro se aleja igual que llegó:
despacio, sin ruido, casi con ternura.
Nunca pretende asustar: pretende mostrar.
Pretende revelar que aquello que creíamos vacío… quizá solo estaba dormido.
A su paso deja una quietud nueva, una claridad suave.
Esa calma extraña que llega cuando dejamos de buscar fuera lo que solo puede nacer dentro.
Esa certeza silenciosa de que la abundancia empieza en el instante en que dejamos de medirla.
La próxima semana llegará el cuarto y último jinete: el caballo pálido.
Su nombre intimida, pero su enseñanza es luminosa.
Porque no habla del fin, sino de la transformación.
Del arte de soltar.
Del renacer.
De aprender a continuar con menos peso y más verdad.
Esteban Noguer