Un viaje por nuestras fuerzas interiores
Hay imágenes que resisten el paso del tiempo porque no describen el mundo exterior, sino el interior.
Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis son una de ellas.
Durante siglos se los ha visto como presagios de catástrofes, símbolos del fin de los tiempos. Pero si uno los contempla desde otro ángulo, tal vez no vengan a anunciar el final del mundo, sino el inicio de la conciencia.
Porque cada uno de esos jinetes también cabalga dentro de nosotros, apareciendo cuando algo en la vida se quiebra, cuando perdemos el rumbo o cuando un ciclo pide transformarse.
El Caballo Blanco representa la ilusión de control.
El Rojo, el fuego de la ira.
El Negro, la sensación de carencia.
Y el Pálido, la muerte interior que precede al renacer.
No son enemigos, aunque a veces duelan. Son fuerzas psíquicas que nos acompañan, espejos que nos revelan nuestras zonas ciegas.
Esta serie no busca interpretar la Biblia, sino escuchar su eco en la vida cotidiana.
Durante cuatro semanas recorreremos este paisaje interior con mirada sensible y psicológica, no para temer a los jinetes, sino para reconocerlos y transformarlos.
“El Apocalipsis no es el fin del mundo. Es el fin de una forma de vivir dormidos.”
Primer Jinete: El Caballo Blanco – La ilusión del control
Cuando la conquista deja de ser expansión y se convierte en dominio interior.
Hace unos meses, mientras intentaba organizar mi escritorio, me descubrí reorganizando también las carpetas del ordenador, el móvil, los correos, las notas del calendario…
Cuando terminé, me sentí en paz. Por fin todo estaba en su sitio.
Cinco minutos después, recordé que había olvidado actualizar una carpeta compartida y volví a empezar.
Ahí me reí —solo, frente a la pantalla— porque entendí que no estaba ordenando cosas: estaba tratando de ordenar la vida.
El primer jinete suele entrar así: vestido de eficiencia, de responsabilidad, de buena intención.
Cabalgamos su caballo blanco cuando queremos tenerlo todo bajo control, cuando confundimos la serenidad con el dominio, cuando intentamos evitar el desorden del alma a base de planificarlo todo.
Durante mucho tiempo pensé que el control era una forma de amor: mantener el orden, evitar el caos, anticipar el dolor.
Pero con los años he visto que hay una línea fina —casi invisible— entre cuidar y dominar, entre sostener y poseer, entre guiar y decidir por el otro.
Y cuando cruzamos esa línea, el caballo blanco comienza a galopar dentro de nosotros.
El caballo blanco es seductor.
Nos hace sentir competentes, seguros, necesarios. Nos susurra que, si nos esforzamos lo suficiente, nada se saldrá de su sitio.
Pero si escuchas con atención, su galope tiene un ritmo inquieto: late con miedo a perder.
Porque quien intenta controlarlo todo, en el fondo, teme que todo se desmorone.
Controlar nos da la sensación de poder, pero nos roba la capacidad de confiar.
Nos convierte en estrategas emocionales, vigilando cada gesto, cada palabra, cada posible desenlace.
Hasta que un día nos damos cuenta de que, por mantener todo en orden, hemos dejado de sentir.
Psicológicamente, este jinete simboliza lo que Jung llamaba la inflación del yo: la fantasía de omnipotencia, de ser quien sostiene el mundo.
El ego se viste de propósito, de perfeccionismo, de “responsabilidad”, y bajo ese disfraz se esconde el miedo a rendirse, a reconocer la vulnerabilidad.
Así, lo que empezó siendo deseo de claridad acaba siendo mandato.
Y la conquista deja de ser crecimiento para convertirse en dominio del alma.
El caballo blanco no es malo; solo está asustado.
Nos muestra la parte de nosotros que necesita entenderlo todo para no sentir el vacío, que busca certeza porque teme la confusión.
Nos hace creer que el control traerá calma, cuando en realidad la calma aparece justo después de soltar.
A veces basta un gesto pequeño —llegar tarde sin justificarse, dejar un mensaje sin responder, permitir que alguien no nos entienda— para descubrir algo liberador: el mundo sigue girando igual.
Y ahí, en ese pequeño derrumbe del control, nace una sonrisa.
No dominar también es una forma de poder.
Tal vez la verdadera victoria sea poder mirar el mundo sin necesidad de poseerlo.
Dejar que la vida nos sorprenda, incluso cuando no la entendemos del todo.
“Quizá el primer paso para vivir en paz no sea conquistar el mundo, sino dejar de necesitar hacerlo.”
La próxima semana conoceremos al segundo jinete, el del caballo rojo.
Y hablaremos del fuego que despierta cuando sentimos que perdemos el control: la ira.
Un fuego que puede destruir… o iluminar.
Esteban
Noviembre-25