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Esteban Noguer
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La incomprensión de los buenos

Introducción


Hay dolores discretos, difíciles de explicar. No por lo que se ve, sino por lo que no se ve. Dolor sin culpables, sin palabras hirientes, sin rupturas explícitas. Dolor que llega desde donde esperábamos refugio. ¿Cómo explicar que quienes nos rodean con buenas intenciones, quienes jamás quisieron herirnos, puedan ser causa de una herida profunda?

En este texto no hablaremos del mal evidente, sino del desconcierto que produce la incomprensión cuando viene de los justos, de los bondadosos, de los nuestros. Esa incomprensión que, sin mala fe, nos niega, nos descoloca, nos deja a la intemperie. Y que, sin embargo, si no cerramos el alma, puede también revelarse como umbral hacia una forma más libre y más honda de estar en el mundo.

La incomprensión de los buenos


Vivimos en una sociedad paradójica. Nunca antes habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, tan aislados. En el entorno contemporáneo —marcado por la hiperconectividad digital y la necesidad constante de validación externa— buscamos con afán pertenecer. Anhelamos encontrar a los “nuestros”, aquellos con quienes compartir referentes, ideologías, formas de sentir y de interpretar el mundo. De este modo, nos tejemos pequeños micromundos de afinidad: ambientes ideológicos, emocionales y afectivos donde sentirnos seguros, comprendidos, acogidos. A veces estos micromundos se construyen espontáneamente a partir de relaciones reales; otras veces son artificios, simulacros creados a través de redes sociales, impulsados por el miedo, la pereza o la falta de coraje para construir comunidades verdaderas y complejas. En todo caso, son espacios que ofrecen la promesa de una pertenencia emocional profunda.

Este micromundo no es solo un entorno; es una extensión del yo. Allí proyectamos nuestra identidad, confiamos en que seremos vistos y reconocidos no por lo que aparentamos hacer, sino por quienes somos en esencia. Es decir, confiamos en que el otro sabrá mirar más allá de la forma, hacia la sustancia. Esperamos comprensión, coherencia, y —en el mejor de los casos— un cierto tipo de amor. No tanto el amor romántico o afectivo tradicional, sino esa forma honda de acogida que permite decir: “Aquí puedo ser sin defenderme”.

Y sin embargo, sucede algo trágico. A veces, desde el interior mismo de ese micromundo, aparece la herida. No es un ataque frontal, no es una traición evidente. Proviene de aquellos que consideramos buenos. Personas cuya intención es aparentemente noble, que no buscan herir, pero que desde su incomprensión —incluso desde su honestidad— nos niegan. No nos ven. O peor: nos juzgan sin entender.

El daño de los malos es previsible. Nos defendemos. Pero el daño de los buenos es desconcertante, descoloca. Porque no encaja en el marco emocional en que confiábamos. Ese es el dolor más profundo: el que se genera no desde la maldad, sino desde la imposibilidad del otro de vernos tal como somos. Es una forma de abandono afectivo que ocurre incluso en presencia, un rechazo silencioso, no agresivo, pero sí negador.

Desde una perspectiva antropológica, podríamos decir que el ser humano no solo necesita vínculos funcionales o sociales, sino vínculos de reconocimiento. Lo que construye la identidad no es solo el yo que me cuento, sino el yo que el otro confirma. Cuando ese reconocimiento se fractura —cuando, desde dentro del círculo que uno creía seguro, se niega la validez de mi ser—, no solo se pierde un vínculo: se resquebraja el propio suelo sobre el que uno había construido parte de su identidad.

Psicológicamente, esto puede generar un estado de disonancia cognitiva y emocional: si quienes me rodean, a quienes elegí, no reconocen lo que soy, ¿seré yo quien está equivocado? ¿O ellos no están viendo con claridad? El dolor no viene del desacuerdo en las formas, sino de la ruptura del fondo: cuando no se acepta el "quién" y solo se juzga el "cómo". En ese contexto, la lógica emocional se colapsa. La mente busca sentido, pero no lo encuentra, y el alma siente rechazo, pero no puede ubicarlo con claridad. De ahí surge un vacío difícil de nombrar: la ausencia del “abrazo existencial” del otro.

Y este rechazo, por venir de los buenos, por no ser producto de la violencia sino de la ceguera, es más duro de integrar. Porque no se puede culpar a quien no quiso herir. Pero, al mismo tiempo, el daño está hecho.

La herida invisible y el inicio de una reconstrucción


Cuando el “bueno” nos hiere sin querer, desde su verdad parcial, su lógica rígida o su miedo mal disimulado, algo dentro de nosotros se fractura. Porque no es el juicio lo que hiere, sino la ausencia del reconocimiento. Ese otro, que quizás todavía nos abraza, nos sonríe o nos escribe, ya no nos acoge como antes. Ha cambiado la mirada. Y sin embargo, su bondad sigue intacta. Su imagen sigue “limpia”. Esto deja al herido en un lugar incómodo: no puede señalar al culpable sin parecer injusto; no puede expresar el dolor sin parecer débil o excesivo.

Aquí surge un abismo silencioso, difícil de elaborar. Como diría Martin Buber, en su filosofía del “yo-tú”, la verdadera relación humana exige una presencia que reconozca al otro en su totalidad, como un fin en sí mismo. Cuando esa relación se desfigura, y el tú se convierte en un objeto de análisis, corrección o juicio, ya no hay encuentro: hay distancia. Y el alma lo sabe. Incluso si las palabras siguen siendo amables, el espacio interior ha cambiado.

¿Puede resignificarse esta experiencia? ¿Puede transformarse este dolor que no proviene del odio, sino de la ceguera del amor?

Tal vez. Pero no sin un trabajo profundo. Primero, aceptando que incluso los buenos fallan. Que incluso los que amamos —y los que nos aman— no siempre podrán vernos. Porque sus límites no son maldad, sino humanidad. Luego, reconociendo que nuestra necesidad de pertenencia no puede hipotecar nuestra esencia. El precio de ser acogido no puede ser dejar de ser quien uno es.

Finalmente, aprendiendo que hay una soledad inevitable en el acto de ser. Y que no todo reconocimiento vendrá del otro. Como sugiere Emmanuel Levinas, el rostro del otro nos llama a la responsabilidad, pero no siempre nos devuelve la imagen que buscamos. A veces solo el silencio, la fidelidad al propio camino y la ternura hacia uno mismo pueden suturar lo que el otro no supo cuidar.

Este proceso no implica renunciar al amor, ni cerrar los micromundos que nos sostienen. Pero sí implica dejar de idealizarlos. Comprender que incluso en ellos, la incomprensión puede surgir. Y que el verdadero acto de amor, en esos momentos, es no devolver rechazo por ceguera, sino distancia por dignidad. Porque a veces, proteger el propio ser implica aceptar que no todos los buenos sabrán amarlo.

Las instituciones en el micromundo: del soporte al corsé


Y cuando ese micromundo también incluye instituciones —escuelas, comunidades religiosas, espacios terapéuticos, entidades normativas— el dolor adquiere otra capa. Porque confiamos en que esas estructuras serán ámbitos de contención, de soporte, de complemento al vínculo humano. Pero en ocasiones, desde una estructura normativa rígida, lo institucional no acompaña sino que margina.

La normatividad impersonal reemplaza la acogida personal. Se prioriza el procedimiento sobre el discernimiento, la forma sobre la escucha, el protocolo sobre el alma. Lo que fue creado para sostener, se vuelve corsé. La institución que debería complementar el micromundo, lo subvierta. No deja lugar al funcionamiento natural del sujeto, a su modo irrepetible de ser y manifestarse. Como diría Romano Guardini, cuando la forma no acoge el espíritu, lo sofoca. Y como advertía Benedicto XVI (Joseph Ratzinger), una institucionalidad sin caridad degenera en mecanismo. El rostro concreto del otro se pierde tras la burocracia de lo correcto.

Entonces, incluso lo institucionalmente bueno puede volverse tóxico para el yo. No por malicia, sino por desajuste. Y esa toxicidad no solo confunde, sino que hiere profundamente: porque uno había confiado, uno se había entregado creyendo que sería visto.

Cuando el alma madura en silencio


Hay un momento, después del desconcierto, después de la rabia muda y la tristeza sin nombre, en el que el alma —si no se endurece— comienza a entender. No con la mente, que sigue sin encontrar lógica en el rechazo, sino con una sabiduría más antigua y más honda: la del espíritu. Es entonces cuando la herida comienza a hablar, no ya como una queja, sino como una grieta por donde entra luz.

Porque hay dolores que no vienen a destruirnos, sino a desnudarnos. Dolores que no exigen comprensión humana, sino apertura interior. Y quizás, lo que más duele de la incomprensión de los buenos, es que pone en evidencia nuestra necesidad de ser mirados con ternura. Nos muestra cuán esencial es para nosotros ese reconocimiento. Pero también —si no nos resistimos— nos enseña que no todo amor esperado llegará del modo que habíamos previsto.

Toda espiritualidad profunda nace de una experiencia de ruptura. En algún momento, el alma comprende que el otro no puede completarnos. Que la mirada del otro es siempre parcial. Y que solo en una dimensión más alta —que podríamos llamar Dios, Presencia, Amor con mayúscula o Misterio— puede hallarse el verdadero hogar del ser.

Es entonces cuando la herida se transforma. Ya no es solo una falta, sino una escuela. Ya no se trata de que “los buenos no me entendieron”, sino de que esa incomprensión me ha enseñado algo sobre la fragilidad de todos: la mía, la suya, la del mundo entero. Y en esa fragilidad, quizás, surge la primera forma auténtica de compasión.

Porque el camino espiritual no consiste en ser aceptado plenamente por los otros, sino en aprender a seguir siendo, incluso cuando no se es comprendido. Es el camino de muchos santos, de místicos, de sabios silenciosos: personas cuya luz fue malinterpretada, cuya verdad fue rechazada, pero que no por eso dejaron de amar.

A veces, ser fiel al propio ser implica aceptar ser rechazado por aquellos a quienes amamos. Y en ese acto, lejos de la desesperación, puede nacer una forma serena de libertad. No la libertad soberbia del que ya no necesita a nadie, sino la libertad humilde del que ya no mendiga aprobación.

Como escribió Simone Weil: “El amor puro es la capacidad de mirar al otro y decirle: tú no me comprenderás nunca del todo, y aun así, yo elijo no dejar de amarte”.

Epílogo: la luz que no sabíamos buscar


La incomprensión de los buenos nos confronta con un límite: el de ellos, pero también el nuestro. Nos enfrenta al misterio de las relaciones humanas, donde a veces incluso el amor se vuelve ciego, y el abrazo se retira sin querer. Pero si no cerramos el corazón, si en lugar de endurecernos permitimos que el dolor abra un nuevo espacio interior, algo crece. Una madurez que no renuncia a la ternura. Una sabiduría que no pierde la esperanza.

Quizás nunca seamos del todo comprendidos. Quizás ese anhelo profundo de ser vistos y amados en plenitud sea una nostalgia de algo más alto. De una mirada que todavía no hemos recibido del todo, pero que intuimos. Y tal vez, sólo tal vez, cada herida humana sea también una cita con esa otra mirada: la que no juzga, no mide, no condiciona. La que abraza el ser sin pedirle explicaciones.

Y entonces, incluso la incomprensión de los buenos —ese dolor sutil, invisible, difícil de narrar— puede convertirse en un umbral. Un paso hacia lo más verdadero de nosotros. Hacia lo más verdadero del otro. Y quizás, hacia lo más verdadero de Dios.


Esteban Noguer

Junio.2025

 


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