Ictus emocional
Pocas palabras infunden tanto respeto como “ictus”. Basta oírla para que el cuerpo se alerte. Y con razón: hablamos de una interrupción repentina del flujo sanguíneo al cerebro. Un coágulo, una obstrucción, una rotura… y de pronto, todo lo que dábamos por sentado —el habla, el movimiento, la conciencia— tambalea, se detiene, se cae.
Algunos ictus se resuelven con medicación y reposo. Otros, sin embargo, exigen intervenciones mucho más complejas: cirugía de urgencia, riesgo vital, equipos enteros tratando de evitar una tragedia irreversible. Porque hay momentos en que no basta con dejar que el cuerpo se recupere solo. Hay que entrar, abrir, actuar. A veces incluso corriendo el riesgo de dañar, para salvar lo esencial.
Pero hoy no quiero hablar de neurología. Al menos no en su forma más convencional.
Quiero hablar de los ictus emocionales.
Sí, emocionales.
Porque si el cuerpo tiene su sangre, el alma tiene su sentir. Y si en las arterias se cuelan coágulos físicos, en nuestras emociones se cuelan improntas, traumas, heridas no digeridas. Esos “microinfartos afectivos” que en su momento no mataron, pero dejaron huella. Y esa huella, como un trombo silencioso, puede activarse años después, en el momento más inesperado.
Y al igual que ocurre con los ictus físicos, hay ictus emocionales leves, que se resuelven con tiempo, descanso y algo de contención. Y hay ictus emocionales graves, que exigen una intervención quirúrgica del alma. Una que, muchas veces, da miedo emprender. Porque requiere abrir zonas doloridas, remover tejidos antiguos, tocar lo que llevamos años evitando. Requiere psicoterapia profunda, confrontación, duelo, honestidad radical. Y sí, a veces puede doler más antes de empezar a sanar. Pero ¿qué alternativa hay cuando ya no podemos seguir sintiendo como antes?
¿Dónde nace un ictus emocional?
Un ictus físico puede deberse a una malformación, a una presión arterial prolongada, a una caída tonta bajando las escaleras, a una imprudencia ajena en la carretera, o incluso a un golpe de viento que hace caer una rama justo encima de quien pasaba por allí. Nadie lo previó. Nadie lo quiso. Pero ocurrió. Y el daño fue real.
Del mismo modo, hay hechos en la vida emocional que, sin ser necesariamente trágicos, dejan marca. A veces son heridas silenciosas, sin sangre ni drama, pero que impactan profundamente. A veces vienen de una frase desafortunada, una decisión ajena que nos descoloca, una traición sin intención, o incluso un abandono involuntario. Padres que aman, pero no saben cómo. Parejas que huyen de sí mismas y de paso nos arrastran. Amistades que cambian sin previo aviso. Son accidentes afectivos.
Y lo que nos queda… es un trauma.
El trauma emocional: el coágulo del alma
Un trauma emocional no es simplemente un recuerdo doloroso o una experiencia desagradable guardada en el cajón de la memoria. Es mucho más profundo. Es un suceso que, en el momento en que ocurrió, nos superó completamente. Nuestro sistema nervioso no supo cómo procesarlo ni digerirlo, y como mecanismo de defensa, lo encapsuló, lo selló internamente —como un coágulo que bloquea una arteria— para evitar que el dolor nos desbordara.
Pero este trauma no queda solo en la memoria consciente. Se instala en lo más profundo de nuestro mundo interior: ese espacio íntimo donde se guardan nuestras impresiones, percepciones y la capacidad de contemplación y reflexión. Allí también reside nuestra sensibilidad personal, la manera en que cada uno experimenta la realidad y se conecta con sus emociones.
En ese mundo interior se acumulan las improntas de nuestras vivencias. Para una persona con alta sensibilidad —como es el caso de las Personas Altamente Sensibles (PAS)— la herida causada por un trauma puede ser mucho más intensa y profunda, porque su sistema nervioso está diseñado para percibir, procesar y reaccionar con mayor intensidad a estímulos emocionales y ambientales. Esta intensidad amplifica el impacto del trauma, marcando de forma más profunda el “coágulo” emocional.
Ese trauma se manifiesta en nuestro cuerpo: en el tono muscular que se tensa sin razón aparente, en la respiración que se vuelve superficial o agitada, en el sistema límbico que regula nuestras emociones y respuestas al entorno. Incluso cuando no recordamos con claridad el evento original, las secuelas permanecen y moldean nuestra forma de ser y de relacionarnos.
Las consecuencias son visibles e invisibles:
Visibles: ansiedad que nos paraliza, bloqueos emocionales, llanto inesperado, apatía, insomnio persistente, desconfianza hacia los demás.
Invisibles: culpa que flota sin nombre ni causa clara, dificultad para disfrutar de los momentos buenos, incapacidad para pedir ayuda, una sensación profunda y persistente de “no ser suficiente” o de no estar realmente a salvo.
Lo más complejo de todo es que, con el tiempo, muchas personas terminan creyendo que “simplemente son así”. Que su forma de ser, sus miedos o sus bloqueos son parte de su personalidad inmutable. Pero la realidad es otra: es el trauma, ese coágulo del alma, el que ha endurecido y cerrado sus emociones, tal como una arteria se endurece y estrecha antes de un ictus físico.
Entender este proceso es fundamental para el planteamiento de la sanación. Porque solo reconociendo que ese dolor no es un defecto personal sino una herida, podremos abrir ese espacio interior para que la circulación emocional vuelva a fluir libremente, con la sensibilidad y la profundidad que cada persona merece.
Trauma corporal, trauma emocional
La medicina ya reconoce que un trauma físico —como un accidente de tráfico, una caída violenta o una lesión repetitiva— puede desembocar en un ictus. El cuerpo responde al impacto, se tensa, se inflama, y a veces, en esa cadena de reacciones, el sistema vascular colapsa. Todo está conectado.
¿Y si aceptáramos que un trauma emocional puede hacer exactamente lo mismo… pero en nuestro mundo interior?
Un shock afectivo, una pérdida súbita, una traición inesperada, una infancia cargada de silencios o sobrecargas… todo eso también es trauma. No rompe huesos, pero desestructura mapas internos. No deja hematomas, pero agrieta la confianza, el sentido, el deseo de estar presente.
Lo emocional también puede bloquear el flujo natural de la vida.
Puede hacer que dejemos de sentir alegría, que perdamos el apetito de estar, de vincularnos, de soñar.
Puede dejar zonas de nuestra alma sin oxígeno, sin luz, sin afecto.
Y aunque no se vea en una resonancia, se nota.
En la forma en que amamos, en los vínculos que evitamos, en los gestos que reprimimos, en las palabras que no pronunciamos.
En cómo desconfiamos de los demás… y de nosotros mismos.
En la rigidez emocional que disfrazamos de carácter fuerte.
En la hipersensibilidad que confundimos con debilidad.
En el cansancio que no se va ni con mil horas de sueño.
Estas reacciones no son fallos de carácter.
No son falta de voluntad.
No son “dramas exagerados”.
Son lesiones del alma.
Y como toda lesión, si no se atiende… se agrava.
No hay que temerles, pero sí escucharlas. Y tratarlas con el mismo respeto y urgencia que trataríamos una herida física grave.
El tratamiento: disolver el coágulo
¿Qué se hace ante un coágulo sanguíneo? Se detecta, se diagnostica y se inicia un tratamiento. Anticoagulantes, fisioterapia, cirugía, reposo, tiempo. Lo que haga falta. No se deja ahí, “a ver si se disuelve solo”.
En lo emocional, hacemos justo lo contrario: tapamos, callamos, seguimos. O peor aún: lo negamos. “Eso ya pasó”, “no fue para tanto”, “no tengo tiempo para esto”. Nos volvemos médicos negligentes de nuestra propia historia. Y, sin saberlo, alimentamos el riesgo de un ictus emocional.
Pero hay anticoagulantes del alma.
La terapia. La palabra. El arte. La pausa. La naturaleza. La honestidad. El vínculo verdadero.
Todo lo que permita que vuelva a circular lo que estaba atascado. Que abra las emociones retenidas. Que libere lo que no se supo decir, llorar, despedir, perdonar.
Y si eso no basta, si el daño ha sido profundo, puede que haga falta una cirugía emocional: decisiones difíciles, rupturas necesarias, un cambio de vida. Porque a veces, para seguir viviendo, hay que intervenir. Con respeto. Con ayuda. Pero intervenir.
¿Y si hiciéramos prevención?
La mejor manera de evitar un ictus físico es cuidarse antes de que ocurra. Revisarse. Escucharse. No ignorar las señales. ¿Y si hiciéramos lo mismo con lo emocional?
¿Qué pasaría si habláramos antes de que duela, si descansáramos antes de agotarnos, si pidiéramos ayuda antes de caer?
Quizás así podríamos detectar a tiempo nuestros pequeños coágulos afectivos antes de que taponen lo esencial. Antes de que bloqueen una relación, una vocación, una vida entera.
Porque el problema de los ictus —físicos y emocionales— no es solo lo que destruyen en el momento.
Es todo lo que impiden vivir después.
Esteban Noguer Gelma
Neuropsicologo clínico
Terapeuta familiar.
Acompaño procesos donde lo emocional se estanca, hasta que vuelve a circular.
Si algo de esto te resuena, tal vez sea el momento de escucharlo.