Ver y mirar no son la misma cosa. Ver es un acto que ocurre sin esfuerzo, una función del ojo que atrapa formas, colores y contornos, y los deja escapar en la corriente de la memoria. Mirar, en cambio, es un gesto del alma: requiere detenerse, abrir los sentidos y la conciencia, permitir que cada instante nos atraviese con toda su complejidad. Ver nos da datos; mirar nos ofrece comprensión, resonancia y presencia. Ver es la superficie; mirar es el fondo, la textura, la vibración oculta detrás de lo evidente.
La persona sensible conoce esta diferencia con naturalidad. Para ella, el mundo no se limita a lo visible: se siente. No basta con ver un rostro, un gesto, un paisaje; la mirada sensible escucha sus silencios, siente sus ecos, percibe sus matices más sutiles. Mientras la visión apresurada se limita a captar contornos, la mirada atenta se demora, se inclina sobre los detalles y los deja florecer en su conciencia. Sin mirar, no se puede sentir; se va de paso, de prisa, arrastrado por la vida, sin detenerse a contemplar ni a percibir la hondura de lo que nos rodea.
Pero siempre miramos a través de cristales. Algunos son limpios, transparentes, y dejan que la luz nos atraviese sin deformarla. Otros llevan polvo, huellas de la vida, manchas invisibles de antiguos golpes, decepciones o prejuicios. Incluso nuestras improntas más íntimas, nuestras memorias y aprendizajes, tiñen los cristales y nos hacen ver manchas donde no existen. Así, la percepción se enturbia: no es la realidad la que se oscurece, sino nuestra manera de mirarla.
El perfeccionismo y el racionalismo son enemigos silenciosos de esta pureza de mirada. Nos enseñan a medir, clasificar, controlar y juzgar antes de permitir que la realidad nos atraviese. Bajo su influencia, lo que vemos se convierte en un problema: la mancha parece más grande que el folio que la sostiene, el detalle más imperfecto que la totalidad, la sombra más oscura que la luz que la rodea. Quizá sea este perfeccionismo lo que nos hace fijarnos en la mancha, y no en el folio entero. Nos volvemos expertos en identificar errores y defectos, mientras dejamos de percibir la amplitud, la proporción, la armonía que sostiene todo lo demás.
En la consulta, a menudo muestro un folio en blanco con un solo punto y pregunto: “¿Qué es esto?”. Muchos fijan su mirada en la mancha y pierden de vista el folio. Solo unos pocos perciben que esa mancha es parte de un todo: un folio con un punto. Esa inclinación a centrarse en lo negativo, a detenerse en las imperfecciones, revela cómo los cristales teñidos nos nublan la percepción y cómo la mirada distraída se pierde en lo irrelevante, dejando de ver la totalidad que sostiene la experiencia.
Caminar por la vida es ensuciar inevitablemente nuestros cristales. Cada herida, cada pérdida, cada desilusión deja su polvo invisible; cada encuentro doloroso, cada expectativa incumplida, cada fracaso se imprime como una mancha en nuestra visión. Pero la tarea no consiste en pretender que los cristales permanezcan inmaculados, sino en reconocer las manchas, aceptarlas y dedicar tiempo a limpiarlos con conciencia. Esta limpieza exige humildad, atención y paciencia; requiere escuchar los avisos que nos envía el mundo: un amigo que nos señala un error, una discusión que nos confronta con nuestra rigidez, un fracaso que nos recuerda nuestra vulnerabilidad, un logro que no llega y nos interpela sobre cómo miramos. Todo nuestro entorno puede ser espejo que nos muestra que necesitamos detenernos y cuidar nuestra manera de mirar.
La mirada, en su máxima expresión, es un acto de presencia y refinamiento constante. Detenerse antes de juzgar, observar con cuidado, permitir que cada emoción y cada sensación hablen, abrirse a la retroalimentación del mundo… todo ello forma parte de un arte sutil y paciente. Fijarse en las manchas del pasado no construye; entretenerse en lo que ya está marcado solo nos aleja del folio completo. La fuerza de la mirada reside en situarse con seguridad en el presente, reconociendo lo que queda por hacer y enfrentando cada instante con determinación. Mirar con claridad es abrazar la totalidad del folio, incluso con sus imperfecciones, y permitir que la vida se despliegue sin perderse en sombras antiguas.
Sin mirar, no se puede sentir; y sin sentir, la vida se reduce a un desfile de imágenes inconexas. Mirar es un ejercicio que conecta los sentidos con la conciencia, que permite que lo pequeño se reconozca dentro de lo grande y que la imperfección se integre en la armonía del todo. Incluso cuando los cristales se limpian solo parcialmente, la luz atraviesa las manchas y revela matices insospechados: los contornos de lo que somos, lo que hemos vivido, y lo que aún podemos crear.
Entre perfección y sensibilidad, entre luz y polvo, entre ver y mirar, se teje el arte de vivir. La persona sensible aprende que mirar no consiste en evitar las manchas, sino en sostener la totalidad del folio con la mirada del corazón. La pureza de la percepción no surge de la ausencia de suciedad, sino del equilibrio entre reconocimiento y aceptación. La claridad no es un regalo de la perfección, sino el fruto de la atención consciente, de la apertura a la vida y de la voluntad de seguir observando, a pesar de los cristales empañados.
Mirar bien es un acto de dignidad: dignidad hacia lo que observamos y hacia quienes somos al mirar. Es aprender a percibir sin apresurarse, a sentir sin perderse en la mancha, a avanzar con seguridad, sostenidos en la totalidad y no en los fragmentos que oscurecen. Cada instante se convierte en un encuentro; cada detalle, en revelación; cada sombra nos recuerda que incluso en la imperfección, la vida ofrece siempre la posibilidad de ver con claridad.
Entre luz y polvo, entre manchas y folios, entre perfección y sensibilidad, se revela el arte de mirar: un arte que nos invita a habitar el mundo con atención, ternura y coraje, abrazando cada instante con la conciencia de que la verdadera visión nace cuando los ojos se abren y el corazón se dispone a sentir. Solo quien sabe mirar, sin perderse en las manchas, puede avanzar con determinación y abrazar plenamente la totalidad de la vida.