En los tiempos antiguos, los hombres levantaron una torre para alcanzar el cielo. Usaron ladrillos de barro y asfalto, y soñaron con hacerse un nombre que nadie pudiera borrar. Pero Dios confundió su lengua, y ya no hubo entendimiento posible.
Hoy, sin ladrillos ni betún, estamos construyendo otra torre. No se alza en la llanura de Sinar, sino en cada parlamento, en cada plató televisivo, en cada foro digital donde todos gritan y nadie escucha. Es un Babel de fibra óptica, hormigón y pantallas táctiles; un edificio intangible que se eleva a base de discursos, “likes” y titulares.
Ya no necesitamos que Dios confunda nuestra lengua: lo hemos hecho nosotros solos. Basta encender un debate político o abrir cualquier red social para comprobarlo. Diputados que hablan el mismo idioma y, sin embargo, no se entienden; discursos que repiten las mismas palabras, pero cargadas de significados opuestos. “Libertad”, “progreso” o “justicia” suenan con idénticas sílabas, pero cada boca las pronuncia con un eco diferente, casi irreconocible.
Los ladrillos del nuevo Babel
Las redes sociales son los nuevos ladrillos de este Babel: bloques diminutos de frases rápidas, insultos veloces, consignas copiadas y pegadas. Se levantan muros de 280 caracteres, se construyen andamios con filtros de Instagram, se colocan vigas invisibles con vídeos virales que duran lo que dura el impulso del dedo sobre la pantalla. Miles de “likes” no son comunidad: son aplausos huecos que, al acumularse, no edifican comprensión, sino paredes más gruesas entre unos y otros.
Mientras tanto, las corporaciones y los grandes medios de comunicación alimentan la torre con publicidad, rankings y logros ostentosos. Las campañas de marketing no solo venden productos, sino también identidades: “sé único”, “destaca entre los demás”, “hazte un nombre”. Miles de influencers y ejecutivos repiten el mismo mantra digital, creyendo que la fama instantánea sustituye al significado profundo. Cuanto más sube la torre, más se hunde el suelo que pisamos.
Hacerse un nombre: el mismo impulso de Sinar
Y, como en Sinar, prevalece el mismo impulso: hacerse un nombre que perdure. Entonces querían ser recordados por generaciones futuras; hoy, no es muy distinto. No se trata ya de nombres grabados en piedra, sino en servidores de Silicon Valley, en perfiles de LinkedIn, en cadenas de TikTok que desaparecen al día siguiente. Lo que antes era inscripción en tablillas, hoy es biografía cuidadosamente editada: currículos inflados, títulos académicos sobrevalorados, cuentas que cuentan más de lo que uno es.
Todo gira en torno a ese “ser recordado”, aunque sea por quince segundos de viralidad. El ego busca inmortalidad en trending topics, en placas conmemorativas virtuales, en artículos de Wikipedia editados por uno mismo. La torre, en realidad, es solo un pretexto: lo que se persigue es que el propio nombre resuene, aunque sea vacío de contenido.
Hubo un tiempo en que ciertos excesos se escondían. En que los desmesurados beneficios bancarios intentaban pasar desapercibidos, quizá para no herir a una sociedad trabajadora de escasos recursos. Hoy, en cambio, los balances récord se anuncian a bombo y platillo, y los bonus millonarios se muestran como trofeos, sin importar que en esas mismas ciudades de rascacielos y torres de cristal, miles de hombres duerman en la calle, invisibles bajo los cartones.
Ya no hay pudor —y no hablo del vestir—: no hay pudor en seguir mostrando la torre y proclamar que estamos casi en el cielo, aunque el suelo esté cubierto de grietas y cuerpos desechados. Cuanto más alto se anuncia el éxito, más profundo es el abismo que se abre debajo.
La dispersión multiplicada
En la antigüedad temían ser dispersados sobre la faz de la tierra. Hoy estamos más dispersos que nunca, aunque vivamos conectados. Cada cual en su tribu digital, en su burbuja informativa, creyendo que el cielo se alcanza con hashtags o con algoritmos que prometen orden, pero que solo multiplican el ruido.
Pero la dispersión no se limita a las calles ni a las ciudades. Se ha instalado también en el hogar, en el seno de lo que debería ser el lugar de mayor protección del individuo. Es doloroso comprobarlo cada mes en la consulta: jóvenes que llegan vacíos, que arrastran el silencio como un peso. Algunos se atreven a verbalizarlo: “no me siento querida por mis padres”. Otros se preguntan: “¿qué hago en esta familia?”. Y los hay que afinan aún más: “mi padre está físicamente, pero como padre siempre está ausente”.
Cuando la confusión entra en el propio hogar, cuando la incomprensión se instala en la mesa familiar, ese núcleo —la célula básica de cualquier sociedad— ya está disperso. Se ha convertido también en Babel. Los vínculos se rompen sin ladrillo ni asfalto, sin que nadie perciba la torre que se derrumba desde dentro. Cada mirada vacía, cada silencio sostenido, cada palabra que no encuentra eco es una piedra que se cae de esa torre invisible.
Ejemplos de nuestro Babel moderno
En las ciudades, políticos de distintas filiaciones gritan por la pantalla, cada uno asegurando que su verdad es la única, aunque compartan el mismo idioma. Se lanzan cifras, decretos y promesas que nadie escucha. Las noticias se replican, se distorsionan y se viralizan, creando un ruido que tapa cualquier intento de comprensión real.
En las redes sociales, los influencers muestran sus vidas perfectas, sus viajes, sus compras y sus cuerpos, mientras millones observan desde la pobreza, el cansancio o la desesperanza. Todo el mundo sigue el mismo idioma del consumo y la ostentación, pero nadie entiende a nadie.
Incluso en el trabajo, la universidad o el barrio, las discusiones son ecos de esta torre: todos hablan, todos leen, todos escriben, pero no comprenden. Se discute por ideologías, modas, algoritmos de TikTok, trending topics de Twitter; y en el fondo, el mensaje se diluye, como arena entre los dedos.
La paradoja final
Quizá lo más irónico sea que ahora sí hablamos la misma lengua: el idioma global del consumo, de la publicidad, de las modas y los trending topics. Todos repetimos las mismas marcas, los mismos slogans, las mismas consignas. Y aun así, en el mismo plató, en el mismo parlamento, en la misma cena familiar, seguimos incapaces de comprendernos.
El nuevo Babel no es una torre de piedra: es una torre de voces superpuestas, de egos que pugnan por escalar más alto, de discursos que se contradicen mientras se presentan como absolutos. Es un edificio hecho de ruido, de vanidad, de ostentación sin límites. No necesitamos esperar a que Dios descienda a confundirnos. Basta mirar alrededor: ya estamos viviendo en medio del ruido de un Babel que hemos fabricado nosotros mismos.
Un grito de rebeldía
Y sin embargo, no todo está perdido. Porque frente a la confusión y la dispersión cabe todavía la rebeldía:
Me niego a no entender con los míos.
Me niego a dispersarme en tierras desconocidas que me lleven al absurdo.
Me niego a no mirar a los ojos a mis hijos, a mis nietos, a mi esposa, y entrever en ellos algo más que un proyecto o un objetivo.
Me niego a no descubrir la potencia del ser, de la comprensión, incluso en aquello en lo que no coincidimos.
Me niego a que la lucha sea construir una torre.
Me niego, en fin, a no entenderme con mis semejantes, más allá del idioma, del pueblo o de la raza.
Quizá nunca tenga un nombre en este mundo debido a mi rebeldía. Quizá no aparezca en ningún ranking, ni acumule millones de seguidores, ni se grabe mi rostro en la memoria colectiva. Pero tendré algo que no puede medirse, ni comprarse, ni exhibirse en ninguna torre: algo intangible que me hace sentir persona.
Porque la verdadera grandeza no consiste en levantar muros hasta el cielo, sino en tender puentes en la tierra; no en hacerse un nombre, sino en sostener un rostro frente a otro, con el valor de comprenderlo. No se trata de la viralidad ni del aplauso: se trata de la mirada que encuentra otra mirada, de la palabra que atraviesa el silencio, de la comprensión que se hace resistente a la confusión. Ese es mi Babel invertido: no construido hacia el cielo, sino hacia el corazón de los demás, y hacia mi propio corazón.