Y no tener tiempo para vivir
Paseaba un cazatalentos por el campo, uno de esos hombres de ciudad que han hecho del crecimiento una religión y de la estrategia un dogma. Caminaba con la cabeza llena de planes, números, ideas, proyecciones. Pero algo detuvo su paso: bajo un árbol, en mitad de un prado silencioso, un hombre mayor contemplaba el atardecer. Sentado con una tranquilidad que desconcertaba. A su alrededor, unas cuantas vacas pacían con calma.
El visitante se acercó con curiosidad profesional:
—Buenas tardes, ¿qué hace usted aquí?
—Contemplo la naturaleza y disfruto del atardecer mientras vigilo a mis vacas. —respondió el hombre, sin moverse.
—¿Tiene muchas vacas?
—No muchas, las justas.
El cazatalentos, intrigado, no pudo resistirse:
—¿Y nunca ha pensado en ampliar el negocio? Podría construir una granja más grande, modernizarla, invertir en tecnología, producir derivados de la leche, diversificar el producto, desarrollar una marca, explorar mercados, contratar personal, asumir riesgos calculados, contratar seguros, y escalar el modelo. ¡Podría convertirse en referente!
Cuando terminó su entusiasta explicación, el hombre lo miró fijamente y preguntó:
—¿Y todo eso… para qué?
—Para que pueda tener una vida tranquila, segura, apacible… y gozarla.
—Eso ya lo tengo —dijo, volviendo la vista al horizonte.
No hace mucho, me ocurrió algo que me llevó a pensar en esta historia. Olvidé una cita. Una simple omisión, pero muy inusual en mí. Estaba anotada en mi agenda digital, sincronizada con el ordenador, con el teléfono, señalada con colores y con avisos sonoros. Todo previsto. Todo, excepto la vida.
No era una gran catástrofe, claro, pero sí un reflejo de algo más profundo: de cómo vivimos engañados por la falsa promesa de eficiencia. Creemos que por tener muchas herramientas de organización vamos a organizarnos mejor, cuando en realidad lo que ocurre es que cada vez tenemos menos claridad, menos presencia, menos alma en nuestras acciones.
Todavía conservo una vieja agenda de papel, de las de antes. La compré en 1978. Los recambios llegaban por correo postal desde Holanda, cuando aún no existían los envíos urgentes. Las anotaciones eran a lápiz, como quien sabe que lo esencial puede cambiar. “Ir a ver a Carlos al hospital”, escribí un día. Una frase. Un sentido. Un día entero que tenía propósito con solo eso.
Ahora nuestras agendas digitales están repletas de tareas que se solapan, de notificaciones que suenan pero no dicen, de alarmas que nos despiertan pero no nos activan. Y no solo en las agendas: la vida entera se ha convertido en una carrera sin dirección, una coreografía de compromisos automáticos. Decimos que no tenemos tiempo. Pero no es tiempo lo que falta, es atención lo que escasea.
Una paciente llegó hace poco a consulta. Su cara desencajada hablaba antes que ella.
—No tengo tiempo, no llego a todo, no puedo más.
Quizá con cierta brusquedad —y pido disculpas si soné tajante—, le dije:
—Permíteme que te corrija: tienes exactamente el mismo tiempo que todos. Veinticuatro horas al día.
Le pedí que imaginara un vaso. Da igual su forma, su color o su material. Lo importante es su capacidad. Y todos tenemos la misma. Si lo llenas de agua hasta el borde, ya no cabe nada más. Pero si metes primero piedras grandes, luego arena, y después agua… el resultado es muy distinto.
El quid no está en el vaso, sino en el orden y la calidad de lo que introduces dentro.
Simplifiquemos aún más
Un tercio del día lo dedicamos a dormir.
Otro tercio, al trabajo.
Y el tercio restante… es el que realmente podemos decidir cómo llenar.
Ese tercio —unas ocho horas, si tenemos suerte— es el espacio de la vida consciente, el de las decisiones reales, el del sentido personal. Y es ahí donde muchos fallamos. Lo llenamos con cosas pequeñas, urgentes, livianas… pero que ocupan demasiado. Lo llenamos con harina en lugar de piedras. Cosas que no pesan, pero lo saturan todo.
Es importante no confundirse de tercios ni de horas.
Y cuando queremos meter algo importante —una conversación, un paseo, una lectura, un abrazo—, ya no cabe. Y es ahí donde aparece esa sensación de vacío, de correr mucho pero no llegar a ningún sitio.
Hoy vivimos una época paradójica. Nos empujan a comprar compulsivamente, a consumir más de lo que necesitamos, a renovar lo que no está roto, a desear sin saber por qué. Nos enseñan a usar el teléfono compulsivamente, a mirar cuántos seguidores tenemos, a comprobar quién nos ha visto, a mantenernos “actualizados” minuto a minuto.
Son curiosidades inmediatas, sí. Pero también son migajas de atención que se acumulan hasta formar una dieta tóxica para el alma.
Y así, como quien no quiere la cosa, acabamos llenando ese tercio de vida libre de la misma forma compulsiva.
Y no queda espacio para lo esencial.
Por eso, no es extraño que uno se sienta agotado y perdido. Porque estamos corriendo… ¿pero hacia dónde? Como suelo decir, medio en broma y medio en alarma:
—¿Dónde va usted?
—No lo sé… pero tengo prisa.
Esa frase nos retrata. Hemos hecho de la prisa una identidad. Creemos que por movernos rápido vamos bien. Pero nadie pregunta si el destino vale la pena. Y eso es tan absurdo como trágico.
Y hay algo más. La mala gestión del tiempo no solo nos impide hacer lo que deseamos. Nos roba la paz interior.
Nos deja frustrados, insatisfechos… y —permitidme que lo diga con franqueza— de mal humor.
Sí, con frecuencia vamos por la vida enfadados con todo: con el tráfico, con los correos, con el móvil que no carga, con la pareja, con los niños, con nosotros mismos.
Y como nadie da lo que no tiene, cabe hacerse una pregunta incómoda:
¿Cómo pueden relacionarse, de forma sana y constructiva, las personas que viven en ese estado?
¿Cómo van a transmitir serenidad a sus equipos, a sus hijos, a sus amigos?
¿Cómo van a ser creativos si están irritados, crispados, a la defensiva?
Si tuviera que dibujar esta situación, la imagen que se me viene es la de una persona agitada, haciendo aspavientos, como quien intenta espantar moscas invisibles.
Mucho movimiento. Cero eficacia. Un teatro de acción vacía.
Un gesto desesperado, reflejo de un mundo interno saturado, confuso, sin eje.
Y así andamos muchos: ocupadísimos pero improductivos, activos pero ausentes, conectados pero solos.
Porque cuando no hay orden en lo interior, el exterior se convierte en un laberinto sin salida.
Quizá sea momento de rebelarse con amabilidad. De detenernos no por cansancio, sino por conciencia. De mirar el vaso del tiempo y preguntarnos: ¿qué he estado metiendo ahí? ¿A qué he dicho sí sin pensar? ¿Qué decisiones están ocupando espacio que podría dedicar a algo que sí deseo?
No es cuestión de ser productivos, sino de ser significativos.
No se trata de “optimizar el día”, sino de vivirlo con intención.
No hace falta planificar cada minuto. Basta con recuperar el derecho a decidir en qué gastar lo más valioso que tenemos: el presente.
Porque vivir tranquilamente no debería ser una meta futura para cuando todo esté hecho.
Debería ser, en todo caso, el punto de partida.
Y quizás, como el hombre de las vacas, debamos reaprender que lo esencial no se consigue al final de la carrera… sino que ya está, si sabemos mirar.