Introducción
El ser humano no ha nacido para encerrarse en sí mismo, sino para amar y donarse. La filosofía de Leonardo Polo y Juan Fernando Sellés nos recuerda que la persona se realiza en la apertura: en aceptar al otro, en dar de sí, en convertirse en don. Somos, en lo más íntimo, relación. Y sin embargo, como si hubiera una paradoja semejante a la que ocurre en el cosmos, existe en nosotros la posibilidad de invertir ese movimiento natural de apertura y volcarlo hacia adentro, en un giro oscuro y autodestructivo.
El narcisismo y el autoanálisis obsesivo
A veces el yo se convierte en su propio centro de gravedad. No se trata solo del narcisismo clásico —esa fascinación por la propia imagen, por ser admirado y reconocido— sino de algo más profundo y sutil: un autoanálisis obsesivo, una atención desmedida a uno mismo, a los propios sentimientos, pensamientos y heridas, en la búsqueda incesante de beneficio o seguridad personal.
Como un ojo que no mira ya al mundo, sino que se refleja solo en su propio espejo, el ser humano puede caer en una espiral donde lo demás deja de importar. El otro, el mundo, incluso lo divino, se desdibujan hasta desaparecer del horizonte de lo real.
El yo como agujero negro
La metáfora del agujero negro nos ayuda a comprender este fenómeno con una fuerza especial. En el cosmos, un agujero negro es un cuerpo cuya atracción es tan intensa que nada puede escapar de él, ni siquiera la luz. Todo lo que se acerca queda absorbido, desaparece, se vuelve invisible.
Del mismo modo, cuando el yo se convierte en agujero negro, todo lo que no forma parte de “mí” deja de existir. Los demás ya no aparecen como personas con quienes compartir y construir, sino como objetos útiles o prescindibles. El horizonte relacional se evapora. El mundo entero queda reducido a mi mundo; y lo que no me pertenece, simplemente, no cuenta.
Una sociedad que fomenta el agujero negro del yo
No podemos analizar el “agujero negro del ser” únicamente como un problema individual. Nuestra sociedad contemporánea ha creado un terreno fértil para que los yoes se encierren en sí mismos. El ideal de éxito se ha identificado con la autopromoción, la constante exhibición de la propia imagen, la búsqueda de validación inmediata.
Las redes sociales se convierten en espejos infinitos donde uno no se relaciona, sino que compite por ser visto. La cultura del consumo invita a medir la propia valía en función de lo que poseo, de lo que muestro, de lo que conquisto. La educación, con frecuencia, refuerza la excelencia entendida como rendimiento, no como desarrollo personal en relación con los demás.
De este modo, el yo termina inflándose como un globo que, paradójicamente, se vacía por dentro: se vuelve incapaz de acoger, de escuchar, de entregarse. Todo está diseñado para girar alrededor de un único centro: el beneficio personal, la imagen personal, la realización personal… como si los demás solo existieran en la medida en que alimentan ese circuito cerrado.
Señales de alarma: demasiados yoes en evaporación
No hablamos ya de una metáfora distante: basta mirar alrededor para percibir cómo abundan los síntomas de este fenómeno.
Soledad creciente: nunca hubo tantos medios para comunicarnos, y nunca hubo tantas personas sintiéndose radicalmente solas. La incapacidad de abrirse de verdad al otro convierte las relaciones en vínculos frágiles, casi utilitarios.
Ansiedad e insatisfacción crónica: cuando todo depende del propio yo, cualquier fallo o carencia se convierte en abismo. El autoanálisis obsesivo devora la paz interior.
Fragilidad en los compromisos: relaciones que se rompen con facilidad, proyectos vitales que no se sostienen, porque el centro no es el encuentro con los demás, sino la conveniencia momentánea.
Desaparición del otro como otro: tratamos a los demás como proyecciones de nuestras necesidades. Ya no son personas con rostro propio, sino extensiones de mi utilidad.
Vacío espiritual: al cerrarse a la trascendencia, el yo queda atrapado en su propia finitud. Sin apertura a lo divino, el horizonte vital se reduce y se oscurece.
Estos síntomas nos advierten: demasiados seres humanos están convirtiéndose en agujeros negros de sí mismos, y lo más dramático es que lo hacen convencidos de que esa es la forma natural de vivir.
La evaporación interior
Stephen Hawking mostró que los agujeros negros no son eternos: poco a poco, imperceptiblemente, van perdiendo energía, hasta evaporarse en el silencio del cosmos. En lo humano, ocurre algo parecido: quien se encierra en sí mismo puede parecer fuerte, seguro, autosuficiente, pero lentamente empieza a evaporarse. La vitalidad se apaga, la alegría se marchita, la soledad se vuelve insoportable.
El ensimismamiento no solo borra a los demás, borra también al propio yo. Porque el ser humano, que ha nacido para amar y donarse, se niega a sí mismo cuando se encierra.
El resquicio de luz
Y sin embargo, igual que el agujero negro emite radiación, también en la clausura más radical del yo puede brotar una chispa de apertura. Un gesto de generosidad, una palabra compartida, un acto de entrega. Pequeñas fugas de luz que anuncian que el yo no está condenado al vacío.
La clave está en redescubrir que la plenitud no se alcanza en el encierro, sino en la comunión. Que el verdadero centro de gravedad de nuestra existencia no somos nosotros mismos, sino ese lugar misterioso donde yo y tú nos encontramos, y donde lo divino habita.
Conclusión
El ser humano corre el riesgo de convertirse en un agujero negro del ser, donde todo lo que no es “yo” desaparece y donde, lentamente, también el yo se evapora. Pero no es este nuestro destino. Fuimos creados para amar, para aceptar y dar, para ser don.
El amor personal, como recuerda Polo, es el acto supremo del ser humano. Y en ese acto descubrimos que, lejos de perdernos, nos encontramos; lejos de evaporarnos, nos encendemos. No se trata de mirar interminablemente hacia dentro, sino de abrirnos al otro y dejar que nuestra existencia resplandezca.