En el proyecto educativo de crianza de los hijos de un hogar, muchos padres justifican sus decisiones con la frase "es por el bien de mi hijo". Sin embargo, en ocasiones, este supuesto bienestar esconde un proceso de modelado extremo, donde los progenitores moldean la vida de sus hijos según sus propias expectativas, valores y frustraciones, sin permitirles desarrollar una identidad propia. Esta tendencia, influenciada por un conductismo parental rígido, puede generar consecuencias devastadoras en la autoestima y seguridad de los hijos.
Cabe preguntarse el origen del excesivo control, para llegar a moldear aquello que pensamos "debe ser" y que impide precisamente "el ser de él mismo". El fijar como objetivo aquello que pensamos "debe ser" nos conlleva a diseñar no solo un objetivo sino el comportamiento, quitando la posibilidad de que nuestros hijos aprendan, incluido de sus propios errores. Ello lleva a una hiperprotección, y lo que es peor, a un ambiente de "miedos": miedo al fracaso, miedo al sufrimiento y algunos otros, a los que hay que sumar el miedo "a que les pase algo" que nos haga sufrir a los padres.
Jean Piaget, en sus estudios sobre el desarrollo cognitivo, argumentaba que los niños aprenden a través de la experiencia directa y la interacción con su entorno. Carl Rogers, desde la pedagogía humanista, introdujo el concepto de empatía y la importancia de la no directividad en el acompañamiento educativo. Ambos aportaron un aire fresco a la psicopedagogía en los años 70, promoviendo una visión más respetuosa y centrada en el niño. Sin embargo, con el tiempo, sus ideas han sido llevadas a extremos y manipuladas, generando a veces interpretaciones erróneas que perjudican tanto a docentes como a familias.
El conductismo, desde las teorías de B.F. Skinner, también influyó fuertemente en la educación del siglo XX, demostrando que los seres humanos pueden ser moldeados a través de estímulos y refuerzos. Si bien este enfoque ha sido útil en ámbitos educativos y terapéuticos, llevado al extremo puede derivar en un control absoluto sobre la personalidad y el futuro del niño. Padres que eligen la carrera, las amistades, los hobbies y hasta las opiniones de sus hijos crean individuos sin voz propia, que terminan por adaptarse a lo impuesto, en lugar de descubrir su verdadera esencia.
Demasiadas veces, se enfoca el futuro de los hijos en el triunfar en la vida, y ese triunfo no pasa por hacer lo que realmente se desea o aquello en lo que se es útil, sino en aquello en que la sociedad, inmersa en materialismo y superficialidad, nos marca como éxito, es decir, poder y dinero. Este enfoque impide que los niños descubran sus propias pasiones y capacidades, llevándolos a carreras y estilos de vida que no necesariamente los harán felices, sino simplemente exitosos bajo los estándares sociales. La presión de cumplir con estas expectativas puede generar una profunda insatisfacción, ya que se prioriza el reconocimiento externo por encima del bienestar interno y la autorrealización.
Demasiados padres valoran los estudios por la numeración de las notas y no se preocupan del estado emocional del hijo en la escuela. Demasiadas veces se pregunta por el resultado y no por el esfuerzo o dificultades en el desarrollo de su labor estudiantil. Como señala Piaget, el aprendizaje significativo no se basa en la mera repetición de información o en la obtención de calificaciones, sino en la construcción de conocimientos a través de la experimentación y el descubrimiento autónomo.
¿Cuántos padres se preguntan en realidad "¿qué le falta a mi hijo para ser feliz?", en lugar de preguntarse "¿por qué saca malas notas?"
La mayoría de los padres enfocan su preocupación en el rendimiento académico sin detenerse a considerar el bienestar emocional de sus hijos. Un niño que se siente apoyado, comprendido y motivado en su educación tendrá mayores posibilidades de éxito a largo plazo que aquel que solo es evaluado por sus calificaciones. La felicidad y el desarrollo emocional son elementos esenciales para un aprendizaje pleno y significativo, y es fundamental que los padres cambien su perspectiva hacia una educación más integral.
Consecuencias de la falta de autenticidad
Según la psicóloga Patricia Ramírez, la sobreprotección y el control excesivo pueden convertir a los hijos en adultos dependientes, incapaces de tomar decisiones y con un profundo miedo al fracaso. De igual manera, la psicóloga infantil Katia Aranzabal advierte que los niños criados sin espacio para ser ellos mismos pueden desarrollar conductas de complacencia extrema o rebelión desmedida, ambas respuestas a la falta de una identidad propia y validada.
Además, el doctor en psicología Walter Riso, en su libro "Desapegarse sin anestesia", menciona cómo el apego a la aprobación externa puede destruir la autoestima de una persona, volviéndola vulnerable a la manipulación y la insatisfacción constante.
Un factor adicional a considerar es el concepto de "padres endiosados", desarrollado en el texto adjunto "El endiosamiento paternal: entre la adoración y la asfixia". Este fenómeno describe a padres que, movidos por el deseo de perfección o la convicción de tener siempre la razón, convierten sus opiniones en dogmas incuestionables. Los hijos de estos padres no solo crecen bajo una sombra idealizada, sino que también sufren un silencioso desplazamiento de su propia voz. El endiosamiento paternal se manifiesta en frases como “yo sé lo que es mejor para ti” o “cuando seas padre entenderás”, expresiones que refuerzan una jerarquía inquebrantable que desalienta el diálogo y la comprensión mutua. Esta dinámica refuerza una dependencia emocional tóxica, ya que los hijos buscan aprobación constante en una figura que parece inalcanzable e infalible.
Este tipo de relación erosiona la autoconfianza del niño, quien interioriza que su criterio nunca será suficiente o válido. El resultado es un adulto con dificultades para tomar decisiones autónomas, con miedo al juicio ajeno y con una necesidad constante de validación externa. Es urgente desmontar esta figura idealizada del progenitor infalible y sustituirla por un modelo más humano, en el que el error y el aprendizaje mutuo tengan cabida.
¿Cómo evitar el modelado extremo?
Los padres deben encontrar un equilibrio entre guiar a sus hijos y permitirles autonomía. Algunas estrategias recomendadas incluyen:
Fomentar la toma de decisiones: Permitir que los hijos elijan dentro de opciones saludables. Esta práctica refuerza su seguridad personal y les ayuda a comprender las consecuencias de sus actos.
Escuchar sin imponer: Dar espacio a la expresión de opiniones sin invalidarlas. Validar lo que sienten y piensan fomenta un ambiente de confianza y aceptación, en el que el hijo no siente que debe actuar para complacer constantemente.
Aceptar la diferencia: Comprender que cada hijo es un individuo único, con talentos y sueños propios, no una copia de sus progenitores. Apreciar y apoyar esas diferencias es esencial para el desarrollo de una identidad sólida.
Enseñar el valor del error: Permitir que los hijos se equivoquen y aprendan de sus experiencias. La sobreprotección impide este aprendizaje vital y genera adultos inseguros que temen actuar si no tienen garantías de éxito.
Priorizar el bienestar emocional sobre los logros externos: Preguntar cómo se sienten, qué les ilusiona, qué les preocupa. Fomentar un entorno en el que se valore el proceso más que el resultado, y en el que el afecto no esté condicionado al rendimiento.
Reconocer las propias limitaciones como padres: Ser conscientes de que no siempre se tiene la razón y estar dispuestos a aprender y a evolucionar junto a los hijos.
Evitar el modelado extremo es una invitación a educar desde la humildad, entendiendo que los hijos no son propiedad, ni extensión de los padres, sino seres autónomos en construcción. La misión más noble de un padre o madre no es crear un "éxito" según sus estándares, sino acompañar al hijo a descubrirse, equivocarse, levantarse y, finalmente, ser feliz siendo quien realmente es.
Educar es un arte que exige respeto, paciencia y la capacidad de dejar ir la imagen preconcebida del hijo ideal, para abrazar con amor y apertura al hijo real.