No puedo evitar el plasmar lo vivido hace escasos días , en los que me fue comunicado el fallecimiento de una niñita de 8 meses hija de una familia a la que aprecio mucho.
Era una bebe “inviable” y con serias lesiones cerebrales que presagiaban desde el inicio una gran dificultad en todos los aspectos vitales.
Acudí al Tanatorio con el corazón compungido, viviendo el dolor que pudiera sentir unos padres al perder a su hijo.
Pienso que si fuera posible medir el dolor con un “dolorometro” las mayores intensidades recogidas en ese imposible aparato harían referencia a la pérdida de los hijos, por ser algo no esperado , y como algunos dicen “es contranatural”.
Sin embargo durante la estancia en ese lugar ocurrió un hecho que me llamó la atención y que me gustaría transmitir al lector de estas letras.
Dejaré para mas tarde el encuentro con los padres de la niña , Bernadette de nombre, para centrarme de momento en mi encuentro con la hermana, Lourdes.
Me acerqué , reconozco tímidamente, con cierto temor ya que sólo tiene 7 años, y ha sido el ángel de la guarda de Bernadette durante estos meses. “hola que tal...¿cómo estás?, fueron las pocas palabras que salieron en ese momento, condicionadas por la presión de mis temores y por la dureza de las circunstancias.
Lourdes como por arte de magia convirtió ese saludo en algo mágico.
Empezó a hablarme de que estaba con su mejor amiga, que se querían mucho, que siempre jugaban juntas, me hablo de su colegio, y su cara no solo mostraba la ternura e inocencia típica de una niña de su edad, sino que transmitía una serenidad y una paz que iluminaba la sala.
Me quedé un rato observándola, seguía manteniendo una amigable conversación con su amiga, y permanecieron juntas, a veces interrumpidas por los saludos de las gentes de iban y venían en la sala donde estábamos ubicados.
¿Qué estaba pasando allí?
Voy a regresar al inicio, cuando entré en la sala, saludé a mis amigos, me recibieron con un abrazo ambos, de esos abrazos que te acogen, de los de “verdad”, la madre de Bernadette me susurró mientras me abrazaba. “Tenemos un pedacito de cielo en la tierra”.
He estado dando un “paseo” por esos dos momentos con el recordatorio que me dieron cuando me despedí y que os acompaño al escrito.
En todo el conjunto de los hechos aquí relatados hay un hilo conductor que quizás sea el que pudiera dar sentido a esta historia, ese hilo conductor es el Amor, con mayúscula.
Bernadette, ha dejado un legado en el seno de esa familia, ha hecho algo grande, no en los términos de la grandeza que entiende la sociedad, de triunfos, logros, metas, objetivos etc.….
En el transcurso de los 8 meses, corrijo, 17 meses, ha ido moldeando los corazones de sus padres y hermana, con todas las sondas y artilugios clínicos y con apariencia de total inactividad, logrando engrandecer lo más grande del ser humano que es la capacidad de amar ya que el hombre y la mujer han nacido para amar y ser amados.
En la medida que entendamos que esa capacidad precisamente es lo realmente importante, tendremos en nuestras manos el bálsamo que suaviza las heridas provocadas cuando el “dolorometro” se dispara por circunstancias que el transcurrir de la vida y del tiempo nos trae.
Lourdes recibió en su hogar la lección mas importante que jamás le podrán dar, le dieron un Máster en amor, de entrega, y lo puso en práctica volcándose en cuidar a su hermana y a sus padres y de ahí su paz, su armonía, y su mirada de luz en aquellos momentos que a los demás se nos antojan duros y difíciles.
Hasta aquí un tosco relato de un momento, de un chispazo de existencia, que no ha podido pasar inadvertido.
Esteban