Ayer me invitaron a una fiesta en el colegio de mis nietos. El olor inconfundible de las aulas, el griterío alegre de los niños... Se trataba de una obra de teatro en inglés para festejar a los abuelos, un detalle que los mayores agradecemos y que nos hace sentir niños otra vez, aunque solo sea por un momento.
Las sillas diminutas no ofrecieron demasiada resistencia ni incomodidad a nuestras achacadas espaldas, y cabe decir que incluso resultaba ilusionante estar en una postura algo más baja de lo habitual. Todo estaba preparado, el silencio se hizo y la profesora nos dio la indicación de no subir a las redes si grabábamos algo, ya que no todos los niños admiten el derecho de imagen.
Comenzó el espectáculo. Poco a poco, la función tomó cuerpo, sucediéndose las escenas. Unos niños con más soltura que otros, pero todos con gran ilusión, representaban la historia que habían preparado. Mis ojos se perdían en las miradas, sobre todo en la de mi nieta. Estaba más guapa que nunca. Me miraba, seguía interpretando, pero me sonreía. Ambos nos sentíamos a gusto.
De vez en cuando, alguna que otra abuela impaciente y animosa se levantaba para ir de un lado a otro, inmortalizando las escenas de sus nietos. "Lo grabo para verlo en casa", decía una. "Voy a ver desde otro ángulo", comentaba otra. Así, algunos espectadores iniciaron diversos paseos en busca del mejor encuadre para capturar con el máximo rigor posible lo que allí se representaba.
Eran bastantes los chicos que interpretaban. Una y otra vez sus miradas buscaban a su abuelo, a aquel que había venido a visitarles. Algunos se sonrojaban, otros miraban a otro lado. Era un fluir de emociones, sonrientes y chispeantes. Terminó la función y fue extenso el aplauso que recibieron. Fue bonito el reencuentro de los nietos con los espectadores: saltos de alegría, abrazos y las cámaras de los móviles sin dejar de grabar.
Luego vino el bizcocho y la bebida. En este tema cabe agradecer al colegio el detalle, no solo por la exquisitez del bizcocho, sino por la alegría de ver cómo los niños se desvivían por servir refrescos y comida a sus mayores. Un acto de servicio que les enseña la importancia de servir a los demás, y a nosotros, los mayores, nos enseña a ser agradecidos con los pequeños detalles. Podríamos decir que, en ese momento, era una escuela de valores.
Estuvimos hablando con unos y con otros. Algún niño me hablaba de que sus abuelos no podían venir, que andaban en tierras lejanas, más allá del continente, pero que pronto podrían ir a visitarles. Se desvivían por explicarme cómo eran sus abuelos, cómo se llamaban y detalles familiares muy interesantes de escuchar.
Disfruté de mi nieta, de sus sonrisas y de sus abrazos, de unos instantes peculiares y quizá de pequeña exclusividad. Me ayudó a levantarme de la diminuta silla y allí fue la despedida: yo a casa y ella a sus quehaceres. Antes de despedirnos, alguien me preguntó: "¿Lo has grabado todo?". Dije: "Sí, pero no en el teléfono". La señora en cuestión no entendió mi respuesta y se limitó a decir: "Ah, vale...".
Regresando al parking, mientras recorría los pasillos del colegio, pensé en la situación de la pregunta: "¿Lo has grabado todo?". No tuve la oportunidad de explicarle a mi interlocutora mi respuesta. No pude decirle que el disco duro de un teléfono graba imágenes, colores, movimientos, caras, sonidos y quizá muchas cosas más que mi desconocimiento del tema no alcanza a comprender. Sin embargo, en mi respuesta estaba implícito algo distinto a esa grabación.
Me hubiera gustado decirle que yo lo había grabado todo en un disco duro distinto. Quizá no tenga soporte digital y quizá no pueda repetir su visionado una y otra vez, pero cuando miras a la cara de alguien, cuando miras con cariño, hay algo que penetra en el disco duro "emocional". No es solo un recuerdo, es algo más profundo que se puede revivir sin necesidad de visionarlo digitalmente. Recuerdas lo que sentiste más que lo que viviste, te emocionas con la emoción del otro, vives la expresividad que ninguna cámara logra captar. Y quizá, solo quizá, en el afán de grabar en modo digital, no prestamos atención y nos perdemos el grabar en modo emocional. Lo uno perdura en el disco duro, lo otro en el corazón. Allá cada cual.