Cuántas veces había buscado el sosiego en la mente. Cuántas veces había creído que sería el pensamiento quien me ayudaría a digerir todo aquello que me impactaba en el corazón. Cuántas veces había evitado, o desplazado, o sustituido los sentimientos que más me dolían, y me había refugiado de ellos en la razón, donde parece que las cosas son más llevaderas porque se las puede nombrar y elaborar, porque se pueden entender e incluso tener la fantasía de que se pueden resolver, como si fueran matemáticas. Y sí, por supuesto, cuántas veces este refugio habían sido las matemáticas, un lugar frío y neutral y asimismo cálido y seguro, el lugar perfecto en el que esconderse mientras no se es capaz de mirar de cara al dolor, o mientras uno se va preparando para atravesarlo sin evitarlo, la única forma que existe de superarlo.
Así fue también cuando murió Saúl y me obsesioné con construir su envase. Pocas desgracias son tan abruptas como la muerte, pero pocas lo son tan devastadoras como la de un niño. En un descanso de una salida que el grupo de segundo había realizado, Saúl, uno de nuestros alumnos, cayó desde una altura insalvable y murió en el acto. Toda la comunidad educativa quedó sacudida por el horror de la pérdida, y durante muchas semanas una nube de dolor se instaló encima de todos nosotros. Todas las imágenes de aquellos días están tiznadas de pesadumbre en mi memoria. Los llantos, los abrazos, las conversaciones, los círculos de palabra. Un abatimiento generalizado, un silencio denso y oscuro en nuestro pecho. Recuerdo también con especial amargura todos los relatos de los que confesaban sentirse en alguna medida responsables, porque en algún lugar de la triste cadena de sucesos podrían haber cambiado el desenlace. Si yo no hubiera hecho tal cosa no habría pasado, si hubiera hecho esta otra lo podría haber evitado. Rebatir estos pensamientos era especialmente complejo -el azar no es lineal y es injusto juzgar los sucesos cuando ya han sucedido-, así que solo nos quedaba ayudarnos a aceptar, seguir abrazándonos los unos a los otros y seguir acompañándonos, porque “somos un grupo y nos cuidamos”.
Yo nunca había vivido tan de cerca la muerte de un joven, de un alumno. Los primeros días recuerdo llorar a todo momento, prácticamente por cualquier motivo. Pensar en él me hundía. Recordar todas las interacciones con él me hundía. Pensar en su madre, en su padre, en sus abuelos y en sus mejores amigos me hundía. Pensar en la fragilidad de la infancia, pensar en la crueldad de romper de un modo tan violento unos vínculos tan profundos e inocentes también me hundía. Todo me hundía. Y como suele suceder, además, se me mezclaban otras tristezas y otras angustias propias que afloraban sin que yo tampoco me esforzara en contenerlas: la muerte tiene un enorme poder de conmoción y yo tampoco luchaba en su contra.
Fueron días terribles, pero había también que atender a los jóvenes. Los educadores nunca dejamos de modelar el comportamiento, y tocaba estar presente y acompañar a un grupo de adolescentes desorientados. Cada uno gestionaba y expresaba a su manera. Algunos lloraban, otros no eran capaces, otros no sabían. Algunos hablaban, otros no sabían qué decir. Algunos pedían dejar de hablar del tema, y en cambio otros, como Jordi, Quim y Gael, necesitaban consuelo, necesitaban palabras y pedían también ser escuchados en intimidad. Recuerdo con mucha claridad el momento en que se me acercaron y me pidieron hablar a solas. Me sorprendió que lo hicieran y de pronto sentí una enorme responsabilidad. Nos fuimos a un aula vacía, nos sentamos en círculo los cuatro, y allí compartimos pensamientos y sensaciones. Asumí que mi función era acompañarles a abrirse y me propuse hacerlo yo también. Cada uno de nosotros iba aportando pequeñas frases a la conversación. Fue un conjunto de confesiones sencillo y puro, una expresión conjunta de dolor, también de dudas, de interrogantes. Jordi, Quim y Gael eran tres de sus mejores amigos e intentaban procesar lo sucedido. Hablábamos de un modo sosegado y lento, y recuerdo que había pausas muy largas entre nuestras intervenciones, pausas inusualmente largas, como si el tiempo se hubiera congelado y se moviera arrastrándose. Pocas veces me he sentido tan conectado a tres jóvenes como en aquel momento de dolor compartido. Todavía ahora me emociono, cuando escribo sobre ello.
Aquella conversación me impactó de un modo profundo y por algún motivo me quedé enganchado a ella. La visitaba y revisitaba en mi memoria una y otra vez buscando no sé bien el qué, hasta que de pronto supongo que mi inconsciente encontró lo que andaba buscando. Fue entonces cuando recordé que Saúl, en el proyecto en el que habíamos estado trabajando el trimestre anterior, había diseñado un envase plegable muy original. Era el diseño de una botella con forma ortoédrica -un prisma alargado, vertical, de base y tapa cuadradas- pero que tenía las caras laterales marcadas en triángulos de manera que, con un giro y una leve presión sobre la tapa en la dirección del giro, el envase se plegaba sobre sí mismo a través de los triángulos, y quedaba reducido a un cuadrado plano, sin volumen.
Aún recuerdo el momento en que nos enseñó el prototipo de envase fabricado en un papel de color rojo. Les habíamos dado folios corrientes, tamaño dinA4. El diseño se salía tanto de lo que habían hecho el resto de sus compañeros que lo usamos de ejemplo de creatividad, para motivarles. Saúl debió de sentirse orgulloso, detrás de su tímidez. Era un chico reservado, pero su mirada era brillante, y era evidente que había habilidades en las que tenía talento. Recuerdo que un día se dio cuenta de que mi patito amarillo -el objeto de palabra que yo usaba para los círculos con mis tutorandos- se había roto, y me pidió que se lo dejara, que él me lo arreglaría. Me quedé fascinado contemplándolo. Su habilidad para desmontar y volver a montar el objeto es otro de los recuerdos que he visitado una y otra vez. Gracias, por cierto, Saúl, por arreglarme el patito. Todavía lo guardo en la mochila que llevo al instituto.
En aquel proyecto los alumnos respondían a varias preguntas, alguna de ellas con enfoque matemático. Uno de los retos era construir un envase que contuviera setecientos cincuenta mililitros de volumen, pero que tuviera un diseño libre y original. El cálculo de volúmenes es un procedimiento mecánico relativamente fácil de aprender, pero la propuesta era resolver el problema inverso y plantearse, una vez pensada la forma, cómo habrían de ser las dimensiones para que que el volumen fuera el deseado. No es que yo no sintiera interés por la pregunta, pero sí he de confesar que no me apasionaba. Es cierto que la situación permite introducir el lenguaje algebraico para plantear el problema, pero a la práctica el artefacto matemático quedó reducido a una mirada más bien algorítmica, y muy pocos alumnos aprovecharon al máximo el aprendizaje disponible.
Las preguntas interesantes surgieron más tarde. A decir verdad, demasiado tarde. Los profesores nos quejamos a menudo de las preguntas huecas que nos hacen los alumnos (¿esto cómo se hace? no entiendo nada, profe, ¿voy bien así?, o, como les llama Peter Liljedahl, las “stop-thinking questions”, preguntas que nos hacen porque quieren dejar de pensar), y en cambio celebramos poco las “thinking questions”, esas que sí generan pensamiento matemático. De un modo implícito Saúl me formuló una de esas preguntas, y yo no solo no la celebré, sino que la desatendí.
El prototipo en papel que había diseñado se plegaba bien, pero según los planes del proyecto, la versión final del envase la íbamos a construir con una cortadora láser, a partir del despliegue plano del poliedro -o combinación de poliedros- escogido. Para ello íbamos a usar cartones más gruesos y rígidos que el folio corriente, menos flexibles y por lo tanto menos plegables. “Con el material que vamos a usar, no sé si tu envase va a poderse plegar, Saúl”, le advertí. Aún recuerdo su cara de decepción, quizá también de incomprensión. Les habíamos dado a elegir entre dos materiales distintos, pero ninguno parecía que fuese a permitir que el envase se plegase de la manera en que él pretendía, y recuerdo que le di una solución menor, una compensación insuficiente. “Vamos a probar con los materiales que tenemos”, le dije, “y si con ninguno de los dos materiales conseguimos que el envase se pliegue, en la exhibición pública puedes mostrar el prototipo en papel y explicar por qué el envase final no se pliega”.
Solo se me ocurre describir mi profesionalidad como insuficiente, y aun sigue pareciéndome un adjetivo generoso. Hubiera podido decirle “vamos a tener que encontrar un material específico para tu envase”, pero no lo hice, no estuve a la altura, y ahora esa espina se me atragantaba como una daga clavada en la espalda y que me doliera en diferido. Así es el arrepentimiento. Su herida se alarga y se retuerce, y se mantiene presente durante mucho tiempo. A pesar de que todo ha pasado y sirve de poco el lamento, miramos atrás y pensamos: “por qué no hice lo que tenía que hacer, por qué prioricé otras cosas que ahora me doy cuenta de que no eran importantes, por qué no actué como debía de actuar ni fui como debía de ser, por qué me equivoqué, cuánto le fallé, qué poco amor le di”, y nos flagelamos con el azote de la culpabilidad, como si así hiciésemos justicia, punitivos con nosotros mismos.
Como era de esperar, ninguno de los dos cartones tenía la mezcla de elasticidad y dureza que la función de pliegue del envase necesitaba, así que Saúl y su grupo hubieron de presentar en la exhibición pública un envase que tan solo se plegaba en su versión en papel. Imagino que podría haberlo añadido a la larga lista de fracasos pedagógicos que se acumulan a lo largo de la experiencia docente si no hubiera pasado lo que pasó. Pero Saúl nos dejó, y después de la conversación con Jordi, Quim y Gael, sentí que estaba en deuda con él. Decidí entonces ir a la tienda donde habíamos comprado los materiales, y dedicar el tiempo que no dediqué en su momento para encontrar el material que sí podría hacer que el envase se plegase. Después de aproximadamente una hora de búsqueda y gracias a la ayuda de uno de los trabajadores de los almacenes, encontré un cartón llamado de patronaje (del mundo del diseño y la confección de moda) que tenía las características perfectas. Darme cuenta, sin embargo, de que encontrar el material que Saúl necesitaba me había costado tan poco esfuerzo extra, fue un momento muy triste, de una amarga decepción.
Aún así continué con la misión, y una vez conseguido el material, me descargué de las entregas del classroom los prototipos que el equipo de Saúl había presentado, y los analicé. Me puse de objetivo construir yo mismo el envase y regalárselo a sus padres a modo de homenaje, consciente también de que tan solo era una forma de redención.
El proceso fue una contradicción dolorosa. Por una parte sentía que estaba resolviendo un problema matemático, pero era imposible no sentime mal. Replicar el efecto que había conseguido Saúl no me fue fácil, pero además su diseño planteaba buenas preguntas matemáticas y no me pasó por alto el potencial y la belleza que tenía el problema. El giro del envase que convertía el ortoedro en un cuadrado plano parecía ser un movimiento que se salía de los principios de la papiroflexia, puesto que no se basaba exclusivamente en el doblado de las paredes. Pero, era eso cierto, ¿o tal vez sí se pudiera tan solo plegando? Aún recuerdo a Saúl mostrándome el sentido del giro, que había de acompañarse con una leve presión hacia la base. Ese giro rotacional lo convertía en un proceso diferente y por ello más interesante, una combinación de giros y simetrías en el espacio tridimensional. ¿A qué se debía que fuera posible? ¿Qué propiedad permitía que la sección en triángulos que había diseñado Saúl funcionase para plegar el prisma? ¿Funcionaría con cualquier sección de las paredes? ¿Y con qué secuencia de movimientos? ¿Funcionaría con cualquier poliedro, o con cualquier cuerpo en el espacio? ¿De qué otras maneras se podría conseguir?
Como todos los problemas bonitos, el de Saúl generaba nuevas y buenas preguntas, y abría diferentes perspectivas, ventanas abiertas al placer del descubrimiento. Esta verdad me azoraba en lo más profundo. La vida de Saúl había quedado interrumpida en muchísimos aspectos hermosos, y este sería otro de las infinitos caminos productivos que le quedaron pendientes. Su paso por la vida nos había dejado preguntas a los que aún seguimos aquí y eso, dentro de la tristeza, me parecía hermoso.
El día del acto de despedida que celebramos en el instituto les di el envase a los padres de Saúl y les compartí muy brevemente estas reflexiones. Me escucharon con comprensión e indulgencia y aceptaron mi ofrenda. Su madre me sonrió con ternura y su padre asintió con los ojos, y siguieron atendiendo a todos los que se les acercaban para darles el pésame. Volví a la parte de atrás del evento, y entonces, de pronto, sentí una especie de frío en el alma, y me quedé inmóvil, contemplándolo y abrazándolo durante un rato muy largo.
No. No estamos acostumbrados a mirar de cara al dolor y necesitamos llevarlo a otro lugar, ya sea a la mente, a la palabra, o a las manos. Necesitamos bajarlo a la tierra, darle forma, concepto. Los procesos internos se gestionan mejor si pueden pensarse y tocarse, materializarse. Por eso los convertimos en ritos, en símbolos, a veces también en expresión artística. Sabemos que nunca funciona del todo y que nunca se termina de restaurar por completo el daño, pero no lo hacemos por eso. Lo hacemos porque así sublimamos aquello que está más allá, más adentro, más afuera. Saúl se marchó y con su ausencia quedaron, como con su problema, miles de preguntas abiertas. ¿A dónde van, todas esas preguntas, todos esos problemas que aún no ha resuelto nadie? Con Saúl se abrió también nuestra herida, si acaso la más profunda de todas. Me quedé un rato más ahí, inmóvil, con el alma en vilo, como si tuviera en frente la misteriosa infinitud que hay dentro del vacío. De todo esto está hecho el duelo, pensé, todo esto es la pérdida. Así es la luz que hay detrás de la muerte, así es el silencio y así es la nada, y así es también nuestra esencia. En nuestro interior vive un vacío insondable, una soledad infinita que le da sentido a la vida y que nos rodea por todas partes. Ya bastaba, pues, de matemáticas y de artificios y evitaciones. El dolor solo se atraviesa si se siente y se abraza y se transforma con amor.
Gracias, Saúl. Descansa en paz.