Si hay una palabra que inspira aventura, novedad o descubrimiento, esa palabra es viaje. Quedarse quieto o moverse, en sus múltiples contextos e interpretaciones, es el conflicto que nos define, acaso incluso nos mantiene vivos. Viajar es el polo activo, la pieza irredenta de esa lucha. Viajar para avanzar, para aprender, para descubrir, para progresar. Pero las definiciones no están nada claras. Socialmente entendemos que viajar es tomar un medio de transporte, recorrer quilómetros, pasar tiempo fuera de casa, conocer otros lugares. Y sin embargo en lo estático de una persona que permanece, viajar es también muy posible. No solo es una cuestión de quién viaja (si lo hace el cuerpo, o lo hacen la mente y las emociones), sino de adónde lo hace. El viaje físico, el que involucra quilómetros, es expansivo, y aunque haya una cierta interiorización, se produce a través del contacto con lo ajeno, con el escenario externo que visitemos. En cambio el otro viaje, el inmóvil (la meditación, la contemplación, ciertas lecturas y conversaciones) conduce la exploración hacia un interior, inédito o sorprendente y acaso tomado por externo, pero interior, en última instancia.
Todas estas reflexiones no me eran en absoluto ajenas a mitad de agosto, justo antes de tomar un vuelo con Ángela, rumbo a Colombia. Sin embargo durante el viaje esa duplicidad se presentó unificada, como si un espejo fuera capaz de reflejar nuestra imagen a la perfección, y al mismo tiempo pudiéramos ver a través suyo, sin ninguna sensación de pérdida. Nuestro viaje transportó nuestros cuerpos y también nuestras mentes y emociones, no solo en el plano externo, sino también el interno, de manera que todas aquellas direcciones (el movimiento y su ausencia, el viaje hacia afuera y hacia adentro) se intercambiaron, se solaparon y después se fundieron, o como le dijo a Ángela un amigo suyo cuando le contó nuestra experiencia, “entonces habéis hecho dos viajes en uno”.
Este fenómeno de doble difuminación no es nada extraño, más bien es común. Con la suficiente relativización o relajación semántica todo es posible, y acaso solo sorprenda a mentalidades como la mía, de herencia sufridamente aristotélica, casi irritante, donde los unos no pueden ser ceros, las cosas iguales no pueden ser diferentes, o es paradójico que algo sea cierto y falso al mismo tiempo. La literatura, el arte y la vida en general, por suerte hace tiempo que han superado estas barreras (o acaso nunca las tuvieron y soy yo quien insiste en verlas), y más de una vez me he preguntado si no debiera dejar de creer en ellas. Colombia, en un principio, parecía un contexto ideal para ello. A través de un viaje como ese, no el primero ni el segundo a Latinoamérica pero sí especialmente deseado, por compartido con Ángela, y porque hacía tiempo que no cruzaba el charco, pensaba que podría despegarme un poco de mi escritorio, lugar que, a medias con la biblioteca y la sala de estudio del pueblo donde vivo, casi no había abandonado en lo que llevaba de verano. La ocasión era pues óptima para relajar todo el cúmulo de reflexiones, de ensoñaciones y de interpretaciones en clave matemática que escribo y que a veces publico en este sitio, y que venían acompañándome desde hacía meses, pues de septiembre a junio enseño matemáticas en un instituto. Pero supongo que la cabra siempre tira al monte, y lo que había de despojarme de esa afición o esa dolencia o esa debilidad, resultó actuar en sentido contrario, y aún confirmó mis sospechas, reafirmándome, casi a mi pesar, en mis intuiciones matemáticas.
La idea del viaje nació en Barcelona, hace unos meses. En un afortunado arrebato moderadamente alcoholizado, Ángela y yo nos propusimos recorrer buena parte de Colombia en quince días, y a pesar del trajín por la acumulación de quilómetros en poco tiempo, tengo la impresión de que lo conseguimos. En Bogotá subimos al cerro de Monserrate, estuvimos en el Museo del Oro, y compartimos con los locales la tradición de esconder las cervezas cuando venía la policía en la plaza del Chorro de Quevedo, en La Candelaria. De allí volamos a Cali, una ciudad caliente y rumbera donde pudimos comprobar a qué se referían los colombianos con la expresión “puras negritudes”, con ese acento meloso a medio camino entre la excesiva desenvoltura del cubano y la vocalización tan típica del mexicano. En el Festival Petronio Álvarez, entre arrechones y viches y extenuantes bailes de raíces africanas, descubrimos, sin visitarla, la costa pacífica de Colombia. Hasta ese momento la oxigenación parecía estar surtiendo efecto, y a pocos días de iniciar el viaje teníamos la sensación de que habían pasado muchas cosas, y yo no echaba de menos ni la literatura, ni sus proyecciones matemáticas. Pero de camino a Medellín nos paramos en el valle de Cocora, en medio del eje cafetero, y allí se produjo el cambio, en cierto modo también el retroceso. En Salento nos animamos a completar a pie una ruta que excedía en mucho nuestro escaso entrenamiento, y fue durante esa ruta, con los imponentes árboles de palma elevándose al cielo como obstinados vectores perpendiculares al suelo, y los habituales silencios que se producen cuando se camina por la montaña, cuando volví a las andadas.
El culpable esta vez fue la teoría del eneagrama, muy extendida en el ámbito de la psicología. Ángela y yo somos parecidos en varias cosas, un cierto entusiasmo intelectual es una de ellas. No recuerdo por qué pero debí de hablarle con efusión sobre la teoría, sin duda evocando mis conversaciones con mi amiga Itxaso, terapeuta Gestalt y conocedora del eneagrama. Ángela picó en el anzuelo, y a la salida del Museo de Botero, en Bogotá, decidió comprar el libro que constituye la biblia del tema, Carácter y neurosis, de Claudio Naranjo.
La teoría del eneagrama, si soy capaz de explicarla correctamente, afirma que todos nosotros, al terminar nuestra infancia, sufrimos el comprensible trauma de ser arrancados de lo que hasta entonces había sido un indiscutible amor de nuestros padres, una etapa de afectos y de atenciones incondicionales durante la cual, sin necesidad de hacer nada, se daba por supuesto que obtendríamos ese afecto. Sin embargo, progresivamente y hasta cumplir los siete años, ese amor se convierte en abandono, en pérdida, pues se acerca el momento de ingresar en la vida adulta. Cada uno de nosotros experimenta entonces un proceso inconsciente de invención de un personaje, y desarrollamos una serie de técnicas y de engaños (de contramanipulaciones), que tienen por objetivo recuperar esa estima, mantenerla, o protegerla de nuevas pérdidas mediante un conjunto de estrategias que se imprimen en nuestro carácter, y que terminan por conformar nuestra personalidad.
La primera vez que escuché hablar del eneagrama pensé que se trataba de un tipo de horóscopo, y estoy seguro de que Ángela pensaba lo mismo. Pero en los primeros capítulos del trabajo de Naranjo vimos cómo abundaban las referencias a los grandes autores del psicoanálisis, y en ellos se apreciaba, sin lugar a dudas, que aquel ejemplar no era un manual de autoayuda ni de pseudociencia, sino el fundamento de una taxonomía con un sustento estadístico serio, escrito además con un rigor y una erudición que terminó de convencernos.
La teoría divide las personalidades en nueve eneatipos, que se caracterizan por lo que llaman su pasión fundamental. Aprendimos que el eneatipo uno es la ira, el dos el orgullo, el tres la vanidad, el cuatro la envidia, el cinco la avaricia, el seis el miedo, el siete la gula, el ocho la lujuria y el nueve la pereza. Ningún eneatipo es más afortunado que otro, pues “todos estamos locos, solo que cada uno a su manera”, y aunque todos pequemos en algún momento de caer en alguna de las nueve pasiones, siempre hay alguna que nos predomina. Estas pasiones no son tampoco totalmente definitorias, sino que sitúan el lugar donde cada arquetipo tiende a poner la atención, y explican, con mucha más justificación y detalle de los que soy capaz de volcar aquí, los comportamientos y pensamientos automáticos, su carácter en definitiva. En las descripciones de los procesos inconscientes de cada eneatipo, Ángela y yo descubrimos multitud de coincidencias, o bien con nosotros mismos, o bien con personas que conocíamos. El propio Naranjo explicaba que, de tan inconscientes, a menudo hay resistencia a reconocer estas pasiones. Para nosotros la revelación llegó a ser incluso dolorosa, pues muchas de las verdades se nos presentaban con casi humillante precisión, como si el libro fuera capaz de expresar con delatora clarividencia nuestras inconfesadas mentiras personales.
Javier Marías dice en Corazón tan blanco que el matrimonio es una institución narrativa, refiriéndose a cómo la fragmentada pero constante conversación entre los miembros de la pareja, la que se produce a lo largo de toda su intimidad, construye el mundo alrededor de ella, narrándolo a medias como en un relato. En nuestro caso, la institución fue más bien lectora. Medellín se abría a nosotros desde su telecable, caminábamos por las comunas y sus independencias (los barrios que pueblan sus lomas recostados sobre ellas), pero a cualquier rato de taxi, buseta, metro, o descanso turístico, aprovechábamos para leer las descripciones de cada eneatipo, a veces cansados por su densidad, pero con la curiosidad siempre activa, pues las similitudes y reflejos propios eran constantes. El viaje había pues tomado una segunda dirección inesperada, y mientras visitábamos Cartagena de Indias, descubríamos bosques y playas tropicales en el parque de Tayrona, o nos inspirábamos con otro tipo de literatura en la casa natal de Gabriel García Márquez, el núcleo de nuestras personalidades zozobraba, interrogados sus fundamentos.
Viajes estáticos, viajes de desplazamiento, viajes internos y viajes externos. Viajes también matemáticos en mi caso. Como ya he dicho, sitúo en el valle de Cocora el nacimiento de la primera intuición, apenas un soplo de conexión, pero que me acompañó el resto del viaje. Uno de los diagramas presentaba los nueve eneatipos sobre un círculo, uniendo cada vértice con otros dos, no necesariamente contiguos. Las perfección de la geometría sencilla tiene un poder muy magnético, es comprensible que los antiguos le diesen significados místicos. En la teoría del eneagrama la referencia matemática era más bien simple, nueve puntos sobre una circunferencia, algunos segmentos sobre ellos. Pero supongo que el entusiasmo por la psicología, aparentemente alejada de las matemáticas, me hizo pensar que quizá habría algo más por explorar, por interpretar o traducir bajo un prisma matemático. Barrer para casa, como se suele decir. En aquella inocente circunferencia quise entrever la insinuación de algún resultado significativo, un paralelismo, con un poco de suerte la materialización de un teorema, quizá incluso el teorema de la psicología.
Pero a pesar de la tenue inquietud geométrica, el viaje continuaba por buen camino. Después del parque de Tayrona descubrimos un hostal delicioso, la Brisa Tranquila, donde pasamos más días de los programados, pues encontramos allí el verdadero contacto con el Caribe. Ni las picaduras de los mosquitos, ni alguna que otra desafortunada lluvia torrencial impidió que en aquella playa alcanzáramos el máximo de la relajación, al tiempo que nos acercábamos al final de nuestra lectura. Sin embargo, aunque los aprendizajes estuvieran calando, empezáramos a aceptar las verdades incómodas, y la satisfacción por el viaje fuera ya sólida e indiscutible, yo aún no me había quitado de la cabeza el dichoso círculo, y empecé a desear secretamente volver a casa, pues ni el contexto del viaje, ni el tamaño de mi teléfono, ni tampoco la wi-fi de los hostales me parecían adecuados para entretenerme con búsquedas matemáticas en internet.
Aún antes de volar de regreso nos dio tiempo a visitar Santa Marta, Minca y Barranquilla. En ese momento se produjo la segunda intuición, la definitiva, la que aceleró mis urgencias por escribir esto. La teoría del eneagrama establece que cada eneatipo tiene un subtipo, de nuevo, según el foco de atención de cada persona. Estos subtipos son tres, llamados sexual, conservación y social. Se establecen de nuevo según la preferencia que cada uno prioriza, la pareja en el caso sexual, la logística o la seguridad en el conservación, o los amigos, en el social. El hecho de que la división convirtiese el asunto en una potencia de tres, pues se daban en total veintisiete personalidades, era, de entrada, sugerente. El tres es esbelto, armónico, su asociación con el triángulo es suficiente prueba. Pero las conexiones que yo andaba buscando no podían limitarse a propiedades tan básicas, más cercanas a la numerología que a la matemática, así que pospuse mis cavilaciones, pues había llegado el momento de empezar el extenuante periplo de aeropuertos que iba a llevarnos de regreso a casa, de Barranquilla a Bogotá, de Bogotá a Atlanta, y de Atlanta a Barcelona.
Fue al llegar a casa cuando vi la luz. Como si fuera un niño travieso que ha estado aplazando la consumación de un capricho, o de un adulto que se reencuentra con su postergado vicio, corrí a conectarme a internet. A tan poca distancia como teclear “circunferencia, nueve puntos”, encontré un teorema precioso, completamente conectado con el eneagrama. El teorema demostraba que, si uno dibuja cualquier triángulo, y toma los tres puntos medios de cada lado, los tres pies de cada altura, y los tres puntos medios de cada segmento que une los vértices con el ortocentro del triángulo, entonces se obtienen nueve puntos que pertenecen a una misma circunferencia, la denominada circunferencia de Euler. Ahá, pensé entonces, ya lo había encontrado. La representación gráfica del teorema, además, era exactamente la misma que aparecía en los libros sobre enagramas, sin duda copiada de algún manual de geometría. Una vez más, mis sospechas se veían confirmadas, y un concepto en principio ajeno a las matemáticas tenía su traducción inmediata en el lenguaje de los teoremas. Como tantas otras veces con otros pequeños descubrimientos, en seguida planeé cómo hacer demostrar y visualizar el teorema a mis alumnos, entusiasmado por sus conexiones, esta vez con la psicología. Pero el descubrimiento en seguida me supo a poco, y una sed de completitud (o una crónica insatisfacción, según se afirmaba en mi eneatipo), me impedía dar por terminado el asunto, y me quedé observando el círculo, sus nueve puntos y su triángulo, meditando.
Yo no sé cómo actúa la memoria. No sé si responde a mecanismos conscientes, o si es el azar quien se ayuda de conexiones para rescatar los recuerdos con voluntad disimulada. En cualquier caso, la pieza que andaba buscando impactó en mi conciencia como un golpe certero sobre la rótula, provocando uno de esos resortes que lanza la tibia adelante, en un reflejo automático. Recordé entonces, como se recuerdan las grandes anécdotas que han sido un poco olvidadas, mi primera etapa en Inglaterra, cuando estuve de Erasmus en la Universidad de Birmingham. Mis motivos para estar allí estaban mucho más relacionados con el ocio que con lo académico, pero aún así cursé un par de asignaturas. Una de ellas, “History of Mathematics”, consistía únicamente en presentar un trabajo y realizar una exposición sobre un tema libre que el tutor debía aprobar previamente. En aquel momento, no recuerdo por qué, elegí un teorema que había escuchado definir como “la verdadera gema de la geometría proyectiva”. El teorema demuestra que toda superficie de orden tres (en un espacio proyectivo, asimismo, de dimensión tres) contiene exactamente veintisiete rectas. Contener ni una más, ni una menos que veintisiete rectas es un resultado muy sorprendente, puesto que el número veintisiete parece elegido arbitrariamente, además de que contradice la naturaleza de las superficies regladas del espacio euclídeo. En un primer momento, recordar el teorema fue como sufrir un flechazo iluminador, una especie de eureka arquimediano. Sin embargo, casi inmediatamente después de ver satisfechas mis intuiciones (todo tiene que ver con las matemáticas, todo es traducible al lenguaje matemático), sentí el varapalo de regresar a la decepcionante realidad. La circunferencia de los nueve puntos era sencilla, fácilmente visualizable, pero el teorema de las veintisiete rectas resultaba mucho más difícil de relacionar con la teoría de los eneatipos, al menos de un modo significativo.
El espacio proyectivo convierte rectas en puntos, pues se rige por proporciones. Dos puntos del espacio euclídeo pasan a ser el mismo si sus coordenadas son múltiples, esto es, si pertenecen a una misma recta que pase por el origen de coordenadas. Este hecho, sin embargo, solo parecía apuntar a que la magnitud importante eran las direcciones, quizá interpretables como tendencias del ser humano. Pero aún había que encontrarle sentido a que hubieran exactamente veintisiete rectas en una superficie de orden tres, en un espacio proyectivo también de dimensión tres. Es cierto que, mediante su construcción, el espacio proyectivo de dimensión dos convierte al cero y al infinito en los polos norte y sur de una esfera, una simplificación de una brillantez fascinante, pero no se apreciaban significados más ricos. Lo único palpable era que tres elevado a tres es veintisiete, que tres son los subgrupos del eneagrama (hay tres eneatipos mentales, tres emocionales y tres viscerales), así como tres son los subtipos de cada eneatipo (luego tres por nueve veintisiete), que tres son los lados del triángulo que da lugar al círculo de los nueve puntos, o tres la dimensión del espacio proyectivo, y también de la superficie que contiene las veintisiete rectas, los veintisiete eneatipos. Pero eran muchos treses, demasiados treses, además demasiado evidentes. Pensé entonces que las conexiones eran débiles, casuales, o que el asunto excedía mi capacidad y conocimientos. Dudé así del resto de mis reflexiones, y de repente las encontré triviales, casi infantiles. El círculo de los nueve puntos, el teorema de las veintisiete rectas, mis dos aspirantes a teorema de la psicología, ¿de verdad tenían algo que ver con el eneagrama? ¿No estaba cayendo en una de esas gratuitas identificaciones, carentes de rigor o de significación científica, y que yo mismo solía criticar con insolencia?
Ante esa cuestión me sentí azorado. El castillo de naipes de mis ensoñaciones se derrumbaba ante mis ojos, y además no era lo único que lo hacía. De repente fue como si todo el impacto, todo el aturdimiento de descubrir los secretos de mi ego hubiera cristalizado en una oscuridad hiriente, y me sentí un farsante, un pusilánime, un charlatán que vendía humo. La sensación fue frustrante, y tardé unos días en deshacerme de ella. Pero me di cuenta entonces de que tampoco es posible desprenderse de uno mismo. Cada uno transforma la realidad con sus pensamientos, lo aprendí en los eneatipos, en la demostración tan explícita de cómo trabaja la mente. El eneagrama descubría las sombras de mi carácter, pero también reforzaba mi naturaleza. La conciencia objetiva de que no sé nada, de que nunca obtendré todo lo que anhelo, son realidades que asumí entonces con naturalidad. No soy especial, y sin embargo sostengo una convicción, un deseo ambicioso y en el que sí me permito soñar. Este deseo es un modo de fantasía, una creencia, un núcleo de fe. Mi eneatipo es el número siete, el de la gula, el del constante buscador. Quizá fallé en traducir la teoría del enagrama al lenguaje matemático, pero hay una pulsión irrenunciable que habita en mí: la certidumbre profunda de que sigue valiendo la pena buscar. Mi creencia es que algún día las matemáticas van a abarcar la totalidad del saber humano, y de que tarde o temprano completarán un diccionario absoluto (una especie de Aleph de los teoremas, la biblia del universo), que traducirá todos los elementos y todas las relaciones de todas las ciencias y todos los ámbitos al lenguaje matemático, incluso los más alejados, empezando por el eneagrama, que pronostico formulado en lenguaje matemático por algún estudiante del futuro. Esta creencia, este deseo o esta búsqueda, son para mí la esencia, el motor de otro viaje, el viaje matemático hacia el conocimiento. Sin él, sin la posibilidad de su existencia, tendría la intolerable sensación de haber fracasado en ese conflicto entre moverme y quedarme quieto, y hay algo ahí que me dice (la voz inconsciente de mi eneatipo, diría Naranjo) que estática, inmóvil, interior o exteriormente, voy a seguir viajando, que voy a seguir moviéndome, y a continuar atendiendo al polo activo, a la pieza irredenta de esa lucha, de ese conflicto que nos define, que acaso incluso nos mantiene vivos.