Ciertamente, las familias han atravesado grandes cambios en los últimos años y la falta de capacidad de los mayores para poner límites a los niños es sin dudas uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.
Pero, ¿qué son los límites?
Los límites son unas pautas de actuación, la puesta en práctica de una norma de convivencia, el conocimiento sobre lo que se puede o no se puede hacer. Y en este sentido nos dan identidad, nos definen como personas y nos ubican en la realidad, porque nos permiten saber quiénes somos y quiénes no.
Estas normas, que deben ser enseñadas desde los padres, están ligadas a la educación y se enfocan hacia el autocontrol. Y cuando hablamos de autocontrol nos referimos a que los límites, puestos adecuadamente, permitirán al niño comprender y aceptar que no todo saldrá siempre según su deseo, que no siempre conseguirá lo que quiere, para que el niño pueda adquirir lo que se denomina “tolerancia a la frustración”.
Por otra parte, estas normas posibilitan que los pequeños vaya desarrollando su autonomía. Es decir, si hoy tengo que decirle a mi hijo varias veces que no puede irse a dormir si no guarda primero los juguetes, mi objetivo es que en el futuro sea capaz de hacerlo sin necesidad de que se lo tenga que estar recordando.
¿Por qué cuesta poner límites?
Para muchos padres poner límites resulta una tarea difícil. En los últimos años se volvió un tema recurrente de consulta que angustia a muchos adultos, planteándolo como la mayor dificultad en la crianza de los hijos.
Los motivos son diversos. Hay quienes expresan que han sido criados desde el “autoritarismo” y buscan diferenciarse de sus propios padres, y en este diferenciarse terminan siendo “amigos” de sus hijos.
Otra razón que podría explicar la actitud permisiva de los padres está ligada al sentimiento de culpa. Por el trabajo pasan mucho tiempo afuera de sus casas y ven poco a los chicos, y en esos momentos intentan no retarlos en busca de compensar las ausencias.
Creen que los niños los van a dejar de querer si les ponen límites, y hay que desprenderse de la fantasía del límite como algo negativo, al contrario, los límites son la mayor expresión de amor y cuidado.
¿Qué pasa si no hay límites?
Entendamos que los límites son principalmente “contención”. Los niños no nacen con límites incorporados, sino que necesitan aprenderlos e interiorizarlos
Cuando esto falla los padres se sientes “desbordados”, porque los niños se han “desbordado”, han cruzado ese “borde” que los adultos esperan que los “contenga”.
Y respecto a los más chicos, una vida sin límites, lejos de ser gratificante, les produce mucha frustración y termina siendo autodestructiva. Porque la falta de límites favorece la formación de un carácter débil, orientado hacia la persecución del placer, con tendencia a transgredir reglas sociales y la perdida de la consideración por los demás.