La palabra proceso nos habla de algo que lleva tiempo y que atraviesa etapas. Todos los aprendizajes y los logros de la vida requieren procesos.
Aunque resulte difícil, debemos aceptar que muchas cosas no suceden en el tiempo ni a la velocidad que deseamos. Tampoco suelen darse de la forma que imaginamos.
Dios trabaja en sus hijos por medio de procesos, más que por medio de sucesos. Basta con mirar la vida de personajes como José, Moisés o David para ver que, antes de llegar a sus destinos, atravesaron largos periodos de espera, formación, pruebas y transformación. Y seguramente también puedas verlo en tu vida: momentos que parecían estancamiento, eran en realidad preparación.
Pero no solo puede resultarnos difícil aceptar el proceso en nuestras propias vidas, sino también en las vidas de otros, sobre todo en aquellos que amamos.
Quisiéramos evitarles el dolor a nuestros hijos, cónyuges, padres o hermanos. Pero debemos entender que ellos también necesitan aprender a transitar sus propios caminos.
Podemos cometer el error de interferir y no dejarlos aprender. Esto suele verse especialmente en la crianza: para que nuestros hijos no sufran ninguna privación, ni espera, ni consecuencia de sus actos, solucionamos sus problemas, les damos todo lo que desean o hacemos por ellos lo que deberían hacer ellos mismos.
Sin embargo, cuando hacemos eso, sin querer interrumpimos el proceso que Dios puede estar usando para moldear su carácter y fortalecer su fe.
Pedir sabiduría a Dios para saber cuándo intervenir y cuándo soltar.
Acompañar desde el amor, pero no desde el control.
Confiar en que Dios está obrando, incluso si no lo vemos.
“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” Salmo 46:10
A veces, quedarse quieto es una forma de fe.