México se caracteriza por ser un país en donde las historias orales son relatadas de generación en generación, con el propósito de que no se pierda una parte de la identidad nacional. Es de esa manera, como en muchas partes del país podemos escuchar diferentes versiones de la leyenda de la llorona, un cuento doloroso y triste, pues siempre la protagonista termina sufriendo.
Hoy rescatamos la adaptación de la leyenda de la llorona de Guanajuato. En la época de la colonia, el poblado conocido como Villa Real de Minas, se encontraba en pleno crecimiento. Ahí vivía un rico hacendado junto con su esposa y su hija.
La joven era de ascendencia española, con su tez blanca, cabello negro y unos hermosísimos ojos verdes. Como era de suponerse, su padre no la dejaba salir sola a ningún lugar, pues siempre que la chica quería pasear por el pueblo, era acompañada por una de las criadas de la hacienda.
Los jóvenes adinerados de esa región, no dejaban de pretenderla. Sin embargo, en el pueblo se sabía que Azucena (así se llamaba) no tenía novio. Era frecuente ver cómo los hombres iban a ofrecerle grandes dotes al hacendado, para que éste les otorgara la mano de su preciosa hija.
Todo parecía tranquilo, hasta que una noche de invierno, una de las criadas entró al cuarto de la chica y vio que no había nadie en la habitación. Al asomarse por la ventana, notó una soga tirada a media calle. La joven se había escapado en secreto.
Su padre la buscó por todos lados, hasta que la encontró después de varios meses. De inmediato, se percató de que su hija estaba embarazada, por lo que la obligó a deshacerse de la criatura, una vez ésta naciera.
Dicen que cuando el niño nació, de inmediato le fue arrebatado de sus brazos y llevado a un orfelinato ubicado en otro estado. Azucena perdió la razón y fue recluida en un convento.
Fue así como la gente del pueblo empezó a contar distintas leyendas de lo que le había pasado. Transcurrieron los años y fue entonces cuando se empezaron a escuchar en las calles terroríficos gemidos a mitad de la noche.
Eran unos alaridos que hacían estremecer al más valiente. Quienes llegaron a ver a ese fantasma, lo describieron como una dama de estatura media, delgada, cubierta totalmente por una tela de color blanco, con el cabello oscuro y que llevaba en sus brazos a un pequeño bulto envuelto en mantas.
Aseguraban que la mujer se detenía en las casas en donde se escuchara la risa de algún niño. Después se agachaba y dejaba al bultito afuera de la puerta, desapareciendo inmediatamente después de eso.
Otras personas dicen que la vieron en algunos panteones de Guanajuato, aunque otras aseguran que el lugar en donde más aparece es cerca del museo de las momias.
Una última acotación antes de concluir con esta historia de la llorona. Ten cuidado, pues si escuchas su llanto, puede que sea un aviso de que tu hora final está por llegar.
En Ecuador se habla de una mujer fea, que tiene una pata de palo a veces molinillo, otras la de raíz de un árbol, y la otra es semejante a la de un bebé. Ella tiene por costumbre de llevarse a los infantes sin bautizar o los que se porten mal y es la principal protagonista de la leyenda de la tunda.
Este relato se escucha mayormente en las comunidades que se encuentran en la costa ecuatoriana del Océano Pacífico. Muchos son los que afirman haber visto a esta fea mujer y su pie de molinillo, o de raíz de tingui-tingui tomando a los bebés sin bautismo, a los niños desobedientes, a los maridos trasnochadores e infieles y a jóvenes hombres o mujeres, para llevarlos a los confines del monte y convertirlos asi en sus amantes.
La Tunda toma la forma de un ser querido, especialmente de madres para engañar a sus víctimas y no tener problemas para llevarlos al monte; una vez que los tiene donde quiere, los alimenta con camarones y cangrejos, y se ven imposibilitadas para huir debido a que ella los hipnotiza con su olor, y aprovecha esto también para sacarles la sangre.
Aquel que se encuentra bajo el control de esta mujer se conoce como “entundado” y su maldición consiste en creer que aman profundamente a su captora y rechazan todo contacto humano. Para salvarlos de este cruel destino hay que echar mano del padrino y madrina del afectado, un sacerdote, amigos y otros familiares, para que se internen en el monte tocando tambores, quemen pólvora, disparen escopetas, recen oraciones y digan palabras obscenas que obliguen a la tunda a desaparecer.
Hay quien dice que la tunda es negra y tiene un olor desagradable, y a pesar de tener poderes sobrehumanos, experimenta sentimientos propios de nuestra especia, se enamora y odia, principalmente a los niños. Ella es la encargada de la conjugación de sol y lluvia, y cuando esto pasa la gente del Pacífico dice que: “la Tunda está pariendo”.