Bosa es Maravillosa
por las oportunidades que nacen en una cancha
por las oportunidades que nacen en una cancha
Deporte Local
10 minutos
Bosa es Maravillosa por las oportunidades que nacen en sus colegios, en sus parques y en sus canchas. Esta es la historia de un grupo de mujeres que hace más de 20 años encontró en el Colegio El Porvenir una cancha, un balón y a un profesor dispuesto a creer en ellas. Una historia que comenzó con el voleibol, pero que terminó hablando de disciplina, educación, amistades, viajes, sueños y posibilidades.
Por:
Equipo la Maravillosa
20 agosto
2026
Bosa
Bogotá Colombia.
En Bosa, soñar también puede ser un acto de resistencia. Para muchas niñas y niños que crecen en una localidad donde las oportunidades no siempre están al alcance de todos, imaginarse como deportistas, viajar para competir, conseguir una beca o representar a Bogotá puede parecer lejano. Sin embargo, existen historias que demuestran que una oportunidad, en el momento indicado, puede cambiar el rumbo de una vida. En 2025, el Instituto Distrital de Recreación y Deporte reportó 1.075 deportistas vinculados a procesos de Talentos Deportivos en Bogotá; 40 de ellos correspondían a Bosa. Detrás de estas cifras hay niñas, niños, jóvenes, familias, docentes y entrenadores que encuentran en el deporte una posibilidad de construir otros caminos.
Bosa es maravillosa por las oportunidades que nacen en sus colegios, en sus parques y en sus canchas. Esta es la historia de un grupo de mujeres que hace más de 20 años encontró en el Colegio El Porvenir una cancha, un balón y a un profesor dispuesto a creer en ellas. Una historia que comenzó con el voleibol, pero que terminó hablando de disciplina, educación, amistades, viajes, sueños y posibilidades.
En 2001, cuando tenía 11 años, Liced Mahecha conoció el voleibol en el Colegio El Porvenir. Allí había llegado un nuevo profesor de Educación Física: Juan Carlos Bautista Gómez, quien comenzó a seleccionar niñas para conformar el primer equipo de voleibol de la institución. Había pruebas de destreza, categorías y también un requisito que para Liced parecía definitivo: la estatura. Ella no era lo suficientemente alta. Pero tenía algo que terminaría siendo mucho más importante: las ganas.
Junto con su amiga Sandra, insistió para que el profesor les permitiera entrenar. Juan Carlos decidió darles una oportunidad y puso a prueba su disciplina y sus ganas de aprender. El primer reto que Liced recuerda parece sencillo, pero para ellas significaba mucho: conseguir 50 antebrazos seguidos y dicho reto se convirtió en una obsesión. Lo intentaron una y otra vez hasta conseguirlo. Cuando llegaron a los 50, fueron aceptadas oficialmente en el equipo de El Porvenir. Aquello fue mucho más que entrar a un grupo deportivo. Para Liced significó descubrir un mundo que hasta entonces no sabía que podía pertenecerle.
Después llegaron los viajes. El primero fue a Neiva, para participar durante ocho días en un torneo. Para unas niñas de Bosa, salir de su localidad para representar a su colegio significaba descubrir que el mundo podía ser mucho más grande de lo que imaginaban. Después llegaron Medellín, Cartagena, Armenia, Paipa y otros lugares. Llegaron los campeonatos, los equipos de otras regiones, los enfrentamientos contra Valle, Antioquia y Bolívar, y la posibilidad de representar a Bogotá.
Pero también llegaron aprendizajes. En una ocasión, Liced Mahecha tuvo una mala actitud durante un partido y su entrenador decidió no llevarla a la final de la Copa Solor, un torneo que sería transmitido por Canal Capital. Ella recuerda haber visto aquella final desde su casa, llorando porque quería estar allí con sus compañeras. Con los años entendió que aquella derrota había sido necesaria. El talento no era suficiente: también estaban el respeto, la disciplina, la responsabilidad y la capacidad de aceptar una corrección. El voleibol comenzó a enseñarle que lo que ocurría en la cancha también podía aplicarse fuera de ella.
Hoy Liced Mahecha vive en Chía, trabaja como independiente, entrena en el gimnasio y continúa jugando voleibol. Ha pasado por la Liga de Voleibol de Bogotá, la Liga de Voleibol de Cundinamarca, diferentes clubes y procesos de voleibol de piso y arena. Ha viajado, conocido personas, culturas y lugares diferentes, y encontró oportunidades académicas gracias a su desempeño deportivo.
Pero cuando habla de lo que realmente significó el voleibol, su respuesta va mucho más allá de los campeonatos. Durante su infancia, sus padres trabajaban y ella y su hermana pasaban buena parte del tiempo solas en casa. Entrenar significaba estar ocupada, tener un propósito y rodearse de personas que compartían su misma pasión. “El voleibol no permitió que yo tomara un camino que no quería”, cuenta. El deporte la mantuvo enfocada, le dio disciplina y la alejó de situaciones que podían cambiar su vida. Por eso hoy lo define como una especie de cura para el alma y asegura que quiere seguir practicándolo mientras su cuerpo se lo permita.
En esta historia hay otro nombre que resulta imposible dejar de lado: Juan Carlos Bautista Gómez. Su propia relación con el voleibol comenzó en 1986, cuando cursaba octavo grado en Neiva, Huila. Años después, convertido en docente de Educación Física, llegó al Colegio El Porvenir y encontró en sus estudiantes una posibilidad para hacer crecer aquella pasión.
No comenzó con grandes recursos. Faltaban implementos especializados. No siempre había dinero para comprar zapatos, rodilleras o balones. Algunas de sus jugadoras entrenaban y competían con los zapatos del colegio. Para viajar a determinados torneos tuvieron que hacer rifas o buscar apoyos. El propio Juan Carlos recuerda que uno de los principales obstáculos fue el poco respaldo de algunas instituciones y sectores políticos.
Pero siguieron.
Y los resultados comenzaron a aparecer. El equipo femenino de El Porvenir consiguió campeonatos distritales en diferentes categorías, primeros lugares en torneos de Bogotá y participaciones nacionales. Llegaron segundos y terceros puestos en campeonatos nacionales, incluyendo el segundo lugar en categoría prejuvenil en Bucaramanga en 2011, el campeonato de Bogotá en categoría prejuvenil en 2012 y un segundo lugar en categoría juvenil en Barranquilla en 2019.
Sin embargo, cuando Juan Carlos habla de sus mayores logros, no se refiere únicamente a las medallas. Habla de sus estudiantes. De aquellas niñas que después llegaron a la universidad. De quienes consiguieron becas gracias a su desempeño deportivo. De las jóvenes que pudieron estudiar y construir una profesión.
Para él, el deporte forma personas integrales: disciplina, compromiso, sacrificio, respeto y sentido de pertenencia. Su sueño ahora es continuar ese camino y conformar su propia escuela de formación de voleibol. Porque su historia demuestra que un profesor puede ser mucho más que alguien que enseña una técnica deportiva. Puede ser quien vea una posibilidad donde otros solamente ven una niña que no tiene la estatura suficiente, quien insista cuando faltan recursos y quien acompañe a sus estudiantes hasta que descubran que tienen capacidades que ni siquiera conocían.
Y Liced no fue la única. Sandra Castañeda, quien hoy vive en Madrid, Cundinamarca, y se desempeña como subgerente de una entidad bancaria, encontró en el voleibol una familia que todavía conserva después de casi 20 años. El deporte le permitió estudiar becada en la universidad, ganar campeonatos distritales con El Porvenir, ser campeona universitaria y recibir reconocimientos como mejor líbero en diferentes competencias. Pero hay algo que considera todavía más importante: el voleibol la ayudó a construir una vida diferente a la que parecía estar destinada a vivir.
Heidy Mahecha, quien actualmente vive en Bosa y trabaja en el sector educativo, también recuerda los viajes nacionales, los partidos y la posibilidad de competir contra equipos de regiones con una enorme tradición deportiva. Recuerda Medellín, Cartagena, Armenia y Paipa, pero también recuerda el tiempo que pasó en la cancha mientras su mamá trabajaba. El deporte la mantuvo lejos de la calle y le dio un propósito. “Este espacio transformó mi vida”, afirma.
Por su parte, Paola Sandoval Ramírez, quien vive en Bosa El Anhelo, es docente de preescolar, estudia alemán y continúa jugando voleibol. Después de sus años en El Porvenir, llegó al equipo titular de la Universidad Distrital, fue capitana durante dos años y consiguió el segundo lugar en el torneo Cerros. Posteriormente ingresó a la Liga de Voleibol de Bogotá y participó en los Juegos Deportivos Nacionales de 2019, donde consiguió el tercer lugar representando a Bogotá. Más adelante disputó la Super Liga de Bogotá y volvió a subir al podio.
También está Paula Ávila, quien conoció el voleibol en El Porvenir entre 2008 y 2009. Para ella, el deporte significó conocer grandes personas, aprender valores y encontrar una forma de afrontar incluso momentos difíciles de su vida. Llegó a representar a su universidad y recibió beneficios académicos gracias al deporte. Hoy continúa participando en eventos y reconoce que, aunque ya no compite al mismo nivel, conserva intacta su competitividad y el amor por la cancha.
Son historias distintas, pero todas tienen algo en común: una niña de Bosa encontró una oportunidad y decidió aprovecharla.
Por eso, la historia del voleibol de El Porvenir no debería quedarse solamente como un recuerdo de quienes alguna vez levantaron trofeos. Es también una historia sobre lo que puede suceder cuando una institución educativa abre sus puertas, cuando un docente decide apostar por sus estudiantes y cuando una comunidad entiende que el deporte puede ser una herramienta para transformar vidas.
Bosa es maravillosa por sus niñas y niños que sueñan, por sus docentes que creen, por sus entrenadores que acompañan y por las comunidades que convierten una cancha en una oportunidad.
Hoy necesitamos seguir construyendo esos espacios. Necesitamos aulas de clase, escenarios deportivos, recursos y procesos sostenidos, pero también docentes que miren más allá de las notas, entrenadores que entiendan que están formando personas antes que deportistas y líderes capaces de defender estos espacios cuando los recursos no alcanzan.
Porque una cancha puede parecer solamente una cancha. Pero para Liced fue un refugio. Para Sandra fue una puerta hacia la universidad. Para Heidy fue una forma de mantenerse lejos de la calle. Para Paola fue el camino para representar a Bogotá. Y para Juan Carlos fue la posibilidad de dejar un legado que todavía vive en sus antiguas estudiantes.
Quizás ese sea el verdadero sentido de esta historia. El legado de un profesor no está solamente en las medallas que consiguió su equipo, sino en las vidas que ayudó a transformar.
Y hoy la pregunta queda abierta para Bosa: ¿quiénes serán los próximos docentes, entrenadores y líderes que estarán dispuestos a abrir esa puerta?
Porque seguramente hay otra Liced, otra Sandra, otra Heidy, otra Paola esperando una oportunidad. Y quizá todo comience, nuevamente, con un profesor que en medio de una clase de Educación Física pregunte: “¿Quieres jugar voleibol?”
Bosa es maravillosa por eso: porque cuando existen oportunidades, también nacen historias capaces de cambiar vidas.