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En Bosa, donde el tejido social se construye a pulso entre la memoria, la resistencia y la creatividad, florece una escuela que hace del arte una forma de cuidar la vida. Se llama AkaPacha Escuela.
Por:
Equipo La Maravillosa.
21 enero
2026
Bogotá, Colombia.
En Bosa, donde el tejido social se construye a pulso entre la memoria, la resistencia y la creatividad, florece una escuela que hace del arte una forma de cuidar la vida. Se llama AkaPacha, un colectivo popular de artes y con enfoque ambiental que, desde 2018, viene tejiendo comunidad en el “aquí y el ahora”, como lo nombra su propio significado ancestral AkaPacha, el mundo presente, la Tierra viva donde todo está conectado.
AkaPacha nació el 5 de julio de 2018, en el colegio Fe y Alegría San Ignacio, también en Bosa. Su origen no está marcado por un acta fundacional, sino por un gesto profundamente humano: el cuidado. El primer día de regreso de las vacaciones de mitad de año, alguien había abandonado unos bebés gatos recién nacidos en la huerta del colegio. Un profesor de artes avisó de la situación a Zarina Núnez, lidereza de la localidad, y con ella, junto a estudiantes de octavo grado, iniciaron una historia que unió arte, sensibilidad y protección de la vida. Desde entonces, AkaPacha no ha dejado de crecer.
Hoy, la escuela desarrolla procesos en artes plásticas, artesanías, arte manual, danza y teatro, elaborando y enseñando a crear productos dedicados al cuidado del planeta Tierra. Su trabajo se extiende por Bosa El Recreo, La Palestina, San Pablo II, El Anhelo, y también por Kennedy Central, vinculando a personas adultas mayores, adolescentes con habilidades diversas, grupos familiares, comunidad LGBTIQA+, niños y niñas víctimas del conflicto armado, entre otros sectores históricamente excluidos.
"Visualiza una cápsula audiovisual para conocer más del trabajo de la escuela AkaPacha”
Después de casi nueve años de trabajo colectivo, AkaPacha decidió abrir un nuevo ciclo: crear un espacio donde la comunidad pudiera mostrar sus creaciones, compartir saberes y sensibilizarse frente al cuidado del planeta. Así nació el Festival AkaPacha de Arte y Cultura, una idea que llevaba años gestándose y que encontró su impulso definitivo a comienzos de 2025.
La historia de Chocolate, un perrito abandonado en Bosa y acogido por el colectivo, marcó el punto de partida. Su fallecimiento, a causa de una enfermedad grave, transformó el dolor en acción comunitaria. La primera actividad del festival se realizó en su honor y en defensa del bienestar de los animales no humanos, retomando una de las causas fundacionales del grupo.
“El territorio nos dio permiso”, dice su gestora. Y ese permiso se tradujo en un festival itinerante, profundamente comunitario, que recorrió distintos espacios de Bogotá y Bosa.
“En la siguiente galería de imágenes encontraremos algunos momentos de la escuela y el festival AkaPacha 2025"
El festival inició en la Casa LGBT Sebastián Romero, en Teusaquillo, con una jornada dedicada al bienestar animal. Allí se reunieron emprendimientos animalistas y proyectos con productos amigables con la Tierra; se realizaron pinturas con tintas naturales elaboradas a partir de hierbas, semillas y frutas; juegos, rifas solidarias, un concurso de disfraces animales y una invitación abierta a asistir con animales de compañía. Uno de los momentos más simbólicos fue la presentación del reconocido animalista de Bosa, el Toro Abelardo, quien, a través del arte, alzó su voz contra el toreo.
En la Casa de Juventud José Saramago, en Bosa, el festival propuso talleres artísticos y de tejido, explorando los lunares del cuerpo como formas de juego, identidad y reconocimiento de la diversidad corporal.
La ruta continuó en la Casa LGBTI Edward Hernández, en Kennedy, con la elaboración de tejidos Ojo de Dios Huichol, acompañados de conversaciones sobre los colores que representan la diversidad y la identidad de cada persona.
En Bosa El Recreo, junto al colectivo Niños y Niñas Los Frailejones, se realizó una comida comunitaria y un taller de arcilla en honor a los animales, cerrando con una sesión de baile liderada, nuevamente, por el Toro Abelardo.
“En la siguiente cápsula conoceras a Nukak Suma, un colectivo de mujeres de Soacha cuyas danzas están dedicadas a la fuerza del ser femenino y a la memoria de vidas atravesadas por la violencia"
El cierre del festival tuvo lugar en Rancho Memoria, en Bosa, con una potente muestra artística que unió danza, teatro y memoria histórica. Participaron Folclore de Antaño, un grupo de mujeres adultas mayores de Bosa que ensayan en parques y celebran la danza tradicional como forma de rescatar los saberes de abuelas y abuelos; Nukak Suma, un colectivo de mujeres de Soacha cuyas danzas están dedicadas a la fuerza del ser femenino y a la memoria de vidas atravesadas por la violencia; y Franklin Roberto Dance, joven de Tumaco, víctima del conflicto armado, residente en Bosa, quien, a pesar de su discapacidad auditiva, contagió al público con su energía y amor por el baile.
“En la siguiente cápsula conocerás a Folclore de Antaño, un grupo de mujeres adultas mayores de Bosa que ensayan en parques y celebran la danza tradicional como forma de rescatar los saberes de abuelas y abuelos"
AkaPacha Escuela cerró con una obra teatral en honor a las madres de Soacha y Bacatá, mujeres —madres, esposas, hermanas, abuelas— marcadas por los falsos positivos. La presentación dio paso a un círculo de palabra donde varias mujeres compartieron sus sentires, recordando que la Tierra también es madre y que la memoria es parte del cuidado de la vida.
Para AkaPacha, su mayor logro no se mide en cifras, sino en permanencia: mantenerse unidos y haber creado espacios de encuentro en distintos puntos de Bosa donde la comunidad asiste, crea y se reconoce.
Su proyección a futuro es clara: consolidar un emprendimiento colectivo donde las ideas creativas se transformen en objetos, pinturas, obras teatrales y procesos de danza, siempre con el planeta Tierra como centro.
La participación es abierta: cualquier persona puede asistir a los talleres que ofrece la escuela en Bosa, sin condiciones excluyentes, solo con un registro básico para el cuidado colectivo.
“AkaPacha existe porque Bosa lo permitió”, afirman. Y es que Bosa es maravillosa por su gente, por sus historias, por la capacidad de unir colectivos, memorias y territorios a través de la creatividad. En este rincón del sur de Bogotá, el arte no es un lujo: es un lenguaje común, una forma de sanar, de resistir y de cuidar el mundo de aquí y ahora.
AkaPacha es, en esencia, el reflejo de esa Bosa viva que teje, crea y sueña. Una Bosa que, sin duda, es maravillosa. 🌱