Aproximarse al juego tradicional es acercarse al folklore, a la ciencia de las tradiciones, costumbres, usos, creencias y leyendas de una región. Resulta difícil disociar el juego tradicional del comportamiento humano, el estudio del juego folklórico, de la etnografía o la etología.
La universalidad del juego es evidente y ni tan siquiera es exclusivo del ser humano: los animales también juegan. Del mismo modo, cuanto más básica es la actividad del hombre, más amplio es el común denominador y menores los rasgos diferenciadores. Si bien habrá algunas diferencias en la forma del juego, en el diseño, en la utilización o en algún otro aspecto, la esencia del mismo permanece. Y es curioso cómo todos estos juegos se repiten en los lugares más remotos aún con la marca característica de cada lugar y cultura.
En la sociedad rural es imprescindible un reparto de roles entre sus miembros que parte desde el núcleo familiar. Roles que dependen del género y de la edad. Además, el cuerpo es de suma importancia, ya que de él depende la actividad física y los resultados directos de la productividad.
La transmisión de los juegos ha ido casi siempre unida a la transmisión oral ya sea generacional o socializadora. La escuela entra ahora también como vehículo de transmisión de esta cultura, como medio para enseñar y/o perpetuar estos juegos mediante su enseñanza y práctica en los centros, y ayudar así a conservar esa tradición en la historia y al mismo tiempo perpetuar los valores de la comunidad de generación en generación.
La influencias culturales y la presencia de diferentes pueblos a lo largo de la historia enriquece y deja un legado de enorme calidad. Dentro de éste encontramos a los juegos y deportes tradicionales y/o populares que contribuyen también a nuestro patrimonio. Practicar estas actividades como lo hacía nuestros antepasados, supone recrear, revivir e intentar comprender parte de nuestra historia. De ahí nace un gran valor educativo que traspasa las barreras de más de un área.