Uno de los personajes más polémicos en la historia de México es la figura de Agustín de Iturbide, consumador de la independencia y primer emperador de México. Su vida refleja como pocas los vaivenes del proceso que condujo a la emancipación de nuestro país. De realista a patriota, de emperador a traidor. Carismático y de temperamento conservador, pero sin ninguna ideología concreta, Iturbide trató de adherirse siempre a la opción que juzgaba ganadora, encarnando el paradigma del político pragmático y oportunista. Pese a no ser tan admirado como otras figuras de la emancipación, México le debe la independencia efectiva: Iturbide triunfó donde Hidalgo y Morelos fracasaron.
Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburu nació en la antigua Valladolid –hoy Morelia– el 27 de septiembre de 1783. Hijo de un terrateniente español llamado José Joaquín de Iturbide y Arregui, y una criolla noble, María Josefa de Aramburu y Carrillo de Figueroa. Iturbide deja sus estudios en el seminario de su población natal a los 15 años para trabajar en labores de administrador en la hacienda de su padre; pero en el año 1800, teniendo apenas 17 años ingresa al ejército realista en la categoría de alférez. En 1810 se negó a participar en la insurrección contra los españoles dirigida por Miguel Hidalgo y defendió la ciudad de Valladolid contra las fuerzas revolucionarias. Curiosamente, Iturbide e Hidalgo eran parientes lejanos, ya que compartían un antepasado común, el conquistador capitán Juan de Villaseñor.
Durante el transcurso de los siguientes tres años gana gran reconocimiento por su labor en combatir la causa independiente, por lo que se le confiere el rango de coronel y más tarde obtendría el cargo de comandante general en la provincia de Guanajuato. Aunque no hay la certeza documental de ello, todo apunta a Iturbide era masón, del Rito Escocés, tendiente a la conservación del statuo quo, es decir con una ideología conservadora y monárquica, en contraposición con el Rito Yorkino, masones liberales de tendencia progresista.
En 1816 llega a la Nueva España el nuevo virrey Juan Ruiz de Apodaca, quien implementa una política de indulto a la mayoría de los líderes insurgentes (como Nicolás Bravo e Ignacio López Rayón), pero otros como Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria, Andrés Quintana Roo y Leona Vicario se negaron a acogerse a esa figura. Gracias a esta política, la Nueva España vivió casi tranquilamente hasta finales de 1819. Sin embargo, debido al reconocimiento de la constitución de Cádiz por parte del rey Fernando VII, en 1820 el proceso emancipador resurgió de sus cenizas. En la Nueva España, la oligarquía absolutista veía peligrar sus privilegios y querían impedir a toda costa la deriva liberal, llegando a plantearse el establecimiento en México de una monarquía independiente, cuyo cetro sería ofrecido a un príncipe borbón.
El virrey Apodaca nombra a Iturbide comandante general del Ejército del Sur y le encomienda la tarea de someter a las tropas de Vicente Guerrero, quien se había sublevado nuevamente. Sin embargo, al comprender que no conseguiría derrotar fácilmente a Guerrero, Iturbide se sumó a la causa independentista, sabedor de que las élites del virreinato, antes que aceptar un régimen liberal, preferirían la independencia como modo de perpetuar el absolutismo en el territorio. Iturbide se reunió con Guerrero y ambos protagonizaron el simbólico Abrazo de Acatempan, en el cual se fundieron los espíritus de la independencia de México. Juntos proclamaron el Plan de Iguala el 24 de febrero de 1821, un programa político cuyos objetivos se basaban en tres principios irrenunciables: la independencia de México, la igualdad de derechos para españoles y criollos y la supremacía de la Iglesia Católica en el nuevo estado.
Poco después, Apodaca fue relevado como virrey y en su lugar llegó Juan O'Donojú, quien sería el último virrey. Iturbide se entrevistó con él en Córdoba, el 24 de agosto, y le hizo ver que la causa hispánica ya estaba perdida, suscribiendo los Tratados de Córdoba, que dieron fin a la Guerra de Independencia y que reconocían la soberanía de México. Finalmente, el 27 de septiembre el Ejército Trigarante, con Iturbide a la cabeza, hizo su entrada triunfal a la Ciudad de México y puso fin a tres siglos de dominación española.
Una vez independizado nuestro país –y en razón de que la familia de los borbones se hallaba Francia– aprovechó la coyuntura para que se le nombrara Emperador de México, con el nombre de Agustín I, el 10 de marzo de 1822. Durante los apenas diez meses que duró su reinado, la falta de apoyos más allá del de sus partidarios incondicionales y las impopulares medidas encaminadas a resolver los graves problemas financieros fueron debilitando su posición. Muy pronto hubo de enfrentarse a una conspiración de carácter republicano, liderada por el gobernador de Veracruz, Antonio López de Santa Anna, quien después de fracasar en su intento de apoderarse del castillo de San Juan de Ulúa, último reducto español, fue cesado por Iturbide. Santa Anna proclamó la República en diciembre de 1822, e inmediatamente recibió el apoyo de otros generales. En marzo de 1823, Iturbide se vio obligado a abdicar.
Se exilió en Europa y un año después volvió a México, ignorando que el Congreso lo había declarado traidor. Detenido a su llegada, el forjador de la independencia fue fusilado a los 41 años de edad en Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824, por traidor a la Patria que él mismo había consumado. En 1838, bajo la presidencia de Anastasio Bustamante, sus restos fueron trasladados e inhumados con honores en la Capilla de San Felipe de Jesús de la catedral de la Ciudad de México, donde descansan en una urna de cristal.
Los claro-oscuros de Agustín de Iturbide lo ubican como uno de los personajes olvidados y vituperados de nuestra historia. Sin embargo, no se le puede negar el hecho de ser el Consumador de la Independencia de México, durante su corto mandato organizó la administración pública del imperio mexicano con los primeros ministerios de Hacienda, Relaciones Exteriores, Justicia y Negocios, y de Guerra y Marina. Los errores de Agustín I estuvieron cifrados en la alianza con el clero político de la época y su exceso de egolatría, que lo llevaron a que perdiera la esencia de su papel como mexicano ilustre en la historia oficialista. No obstante, para muchos historiadores Agustín de Iturbide es el verdadero Padre de la Patria.
Las últimas palabras de Agustín de Iturbide ante el pelotón de fusilamiento fueron:
“Mexicanos, en el acto mismo de mi muerte os recomiendo el amor a la patria y a observancia de nuestra santa religión católica, ella es quien os ha de conducir a la gloria, Muero por haber venido a ayudaros, muero con honor….”