Una historia como cualquiera, una historia que como todas las demás historias en las que no se sabe en qué tiempo sucedió, ni hay una patria definible, sólo aquella en la que yacen los vestigios de los personajes, sólo en la que un caminante los vio por última vez. La historia debería comenzar con los datos biográficos del actor principal, como su nombre o edad, el lugar dónde vivía y si era de una familia honorable o no, la verdad eso quedará a juicio del lector durante las próximas líneas. Del chico sólo sabemos que era varón de cabello negro petróleo, liso, como la adamita, los ojos no eran ajenos a aquel color que parecía ser algo más que natural en él; ojos del color del cosmos, podrían atrapar a cualquier mujer que los viera fijamente. La eternidad de su mirada se fijaría en la mente de aquellas que los vieran de forma directa y sincera, su piel caoba culminaba con cualquier pequeña idea de algo terrenal en su estructura perfecta y suave. Esta obscuridad, con lejanos tintineos de luz, no veían en la belleza femenina nada que pudiese interesarle. En el mundo de los hombres, donde el trabajo es primordial, el muchacho se burlaba de su seriedad, no daba importancia alguna a las responsabilidades que los mayores le decían debía adoptar como adulto, se mofaba de las costumbres y los intereses, hacía lo que quería con las normas y aún cuando parecía complacer las peticiones de sus más allegados, sus acciones culminaban en ruptura de reglas y tradiciones. Es su naturaleza- decían algunos ancianos- ya llegará la mujer que lo haga entrar en cabal- decían las ancianas, pero el tiempo pasó y su espíritu indomable continuó esa misma trayectoria.
Una tarde de Marzo unos extranjeros llegaron al lugar que él habitaba, venían de un viaje muy largo pues se notaba que eran de tierras lejanas, dos hombres y una mujer; uno de ellos viejo, los otros dos jóvenes. El viejo fue el encargado de hablar con los habitantes del pueblo, quienes, no sin celo, dejaron que los viajeros se instalasen en una vieja casa cerca de los límites de los bosques selváticos y el arrollo.
Las estaciones fueron pasando y aun cuando Ek, el joven de ojos negros, ya entablaba conversaciones con los extranjeros, no terminaba de saciar su curiosidad por las historias y conocimientos tan diversos que traían consigo. El hombre viejo, tenía la luz en su cabello platinado, como las nubes en el cielo contrastaban con el azul de sus ojos los cuales miraban frío y profundo; un mirar totalmente distinto a las miradas de las tierras cálidas y los ojos morenos. El siguiente en el rango de edad, era un joven, alto y fornido, de forma esbelta, grande entre los suyos, de estatura promedio en el extranjero, callado la mayor parte del tiempo con la mirada que refleja el recelo, no sólo del que llega, sino de los que ven llegar al ser extraño a su morada. Sin embargo había un elemento que se deslindaba de cualquier prejuicio, de una mirada refinada y pensativa, silenciosa en actos pero escandalosa en sentimientos; una mirada aún más pesada que las de sus acompañantes que escudriña hasta los huesos de quien la mira, la mujer de cabellos ondulados como las corrientes de agua y una tez que parecía estar congelada; blanca azulada que brillaba con la luna, que de hecho parecía ser una con aquel astro nocturno, Schnee. Tal vez fueron esas características tan distantes las que convencieron a Ek de conocer sus artes, de indagar en sus saberes. El tiempo paso y con el tiempo se fueron conociendo, no sólo como maestros alumnos si no como individuos y un amor extremo, como su humanidad, se extendió por lo más jóvenes. Sin embargo con el paso del tiempo también llego el final, los viajeros debían continuar, seguir el eterno vaivén de su trayectoria, y Ek no pudo soportar la idea de dejar ir a Schnee. Sin embargo, no tuvo el carácter suficiente para partir con ellos y dejar atrás lo que antes fue, sus ojos negros se inundaron de rabia, al darse cuenta de que cambiaría nada, por lo que decidió juntar las más antiguas y diversas magias, las del fuego, las de la nieve. En consecuencia y en tributo a su amor perdido, por lo que decidió inmortalizarlo para que siempre hubiese conciencia de la unión de las más opuestas fuerzas, impenetrables e inmutables por separado, y aún a distancia, inseparables y esenciales para la vida la una de la otra. Ek, ofreció su color, su corazón. Schnee, su frialdad y fuerza, sus corazones se fundieron de una vez para siempre en una roca, como no ha existido otra igual, en un mineral que es fácil de encontrar, en una substancia que está presente en todos los lugares del mundo, y se usa para trazar los mapas del rostro, del mundo, del cosmos, de todo aquello que nos separa y conecta, el Grafito.