La Torre es una carta popularmente temida, polémica. Por lo impredecible de su naturaleza, por lo violento de su mensaje, por lo ingobernable de su poder... Se la considera una carta de caos y destrucción, de crisis, de quiebre, y por eso se le rehuye siempre que se puede... Pero ahí es cuando su verdadera "furia" sale a la luz.
¿Por qué? Es simple: ¿Qué ocurre cuanto más evadimos un hecho que se cae de maduro? Cual olla a presión, eventualmente nos termina explotando en la cara, haciendo mucho más daño que el que originalmente planteaba con sus transformaciones y giros, arrasando con todo a su paso.
Por eso es que se la puede considerar una carta sagrada. Una demostración del poder del Universo (Dios, Cosmos, Naturaleza, llamalo como sientas) para recordarnos sin miramientos que el ego que nos protege, al que nos aferramos, y al que muchas veces terminamos adjudicándole una importancia que no merece, no es nuestra verdadera esencia, no somos "nosotrxs". Es una máscara.
Cuando el rayo golpea, no tiene piedad. No le importa cuán blindada esté la torre, cuán preparados sus habitantes, cuán supuestamente segura sea la estructura que se alza desafiante en el aire, orgullosa y sólida. Él cae para desestabilizar. Para recordarnos que somos más fuertes cuando somos adaptables, y que resistencia y rigidez no son realmente cualidades del espíritu, sino el verdadero punto débil de nuestro carácter.
Cae, para hacernos conscientes de nuestro auto-engaño. Para volvernos humildes y despiertos.
Estas últimas semanas (este año, en realidad), el Universo se encargó de destrozar mis certezas respecto a quien yo era o apuntaba a ser. Me sacudió, me cuestionó, se burló de mis supuesta seguridad y me obligó a meterme el orgullo en el bolsillo, teniendo que aceptar ayuda, amor y cuidado incluso si la parte más soberbia de mí se resistía a mostrarse vulnerable. Tomó cada una de las rocas que yo tan contenta había apilado en mi torrecita y las derrumbó como si fuesen un castillo de naipes; obligándome a recordar que la verdadera fuerza, el verdadero poder, no nacen de nuestros logros materiales, nuestra fachada estoica, nuestro ego o nuestra armadura, sino de nuestro espíritu. De nuestro corazón.
¿Podría haber evitado la crisis? Tal vez. Si cuando recibí las señales de alarma hubiese prestado atención o aceptado que estaba siendo negadora. Si en lugar de reprimir las emociones que bullían en el fondo de mi pecho, hubiese dejado que las mismas se expresasen. Pero, ¿hubiese sido suficiente? ¿O es que está explosión tenía que ocurrir tarde o temprano, para sacudirme hasta los cimientos, y no dejar que continuara reutilizando el viejo armazón de mi personalidad en un vano intento por preservar mi adorada “dignidad”?
Pregunta retórica, está claro que era inevitable. Porque así es la Torre, la carta del cachetazo; la que sólo surge cuando un cambio interno estuvo pidiendo a gritos poder ocurrir y se le negó la expresión; la que habla de represión, de resistencia, de soberbia; la que nos pide que dejemos de sostener una mentira y abracemos el poder destructivo, purificador, de su fuego sagrado.
¿Duele su golpe? Siempre. Mucho. Pero eventualmente el aturdimiento pasa, la ansiedad disminuye, y todo lo que estaba acumulado dentro (y explotó en forma espectacular por los aires) se asienta, dándonos la oportunidad de comenzar de cero, más livianxs, más sinceros, sin tantos adornos ni cuentos que sostener a toda costa, en detrimento de nuestra sanidad.
¿Qué quedará después? Renacer. Reconectar. Re-inspirarse. Cuando la Estrella brille sobre nuestras cabezas y seamos capaces de tocar nuestras emociones con gracia, dejándolas por fin fluir… Pero no debemos apresurarnos a llegar a esa instancia, no sin vivir por completo la experiencia abrumadora y adrenalínica de soltarlo absolutamente todo primero. De dejar caer nuestra máscara para encontrarnos cara a cara, por fin, con nuestro verdadero ser.
¿Por lo pronto? “Suelto y confío”. Es lo único que realmente podemos hacer.
Bárbara 🌙