La liturgia de la Misa de este domingo, después de haber conmemorado la entrada de Jesús en Jerusalén, se centra en la Pasión del Señor, ejemplo de una vida sumisa a la voluntad del Padre. La primera lectura nos presenta la profecía de Isaías sobre la pasión de Cristo, con el tercer cántico del Siervo del Señor. El salmo responsorial es el que Cristo proclamó estando en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado». Como Ev. se lee la Pasión según san Mateo; y, clavado en la cruz, lo aclamamos: «Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre», Dios del universo, Yhavé Sabaot, Kyrios, vencedor del pecado y de la muerte (segunda lectura).
La misa crismal, que el obispo celebra con su presbiterio, y dentro de la cual consagra el Santo Crisma y bendice los demás óleos, es como una manifestación de comunión de los presbíteros con el propio obispo (cf. OGMR, 203). Con el Santo Crisma consagrado por el obispo se ungen los recién bautizados, los confirmados son sellados, y se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y la iglesia y los altares en su dedicación. Con el óleo de los catecúmenos, estos se preparan y disponen al Bautismo. Con el óleo de los enfermos, estos reciben el alivio en su debilidad.
La Liturgia de hoy se centra en la institución de la Eucaristía durante la Última Cena pascual de Jesús con sus Apóstoles. La primera lectura nos presenta las prescripciones sobre la cena pascual de los judíos. A partir de Cristo, el pan ázimo de esa cena será su Cuerpo entregado por nosotros: él es el Cordero sacrificado por nosotros. Y el vino de la tercera copa será su Sangre derramada para el perdón de los pecados (segunda lectura). Lavando los pies a los discípulos, nos dio ejemplo de cómo debemos servirnos mutuamente en el amor. El rito del lavatorio de los pies nos lo recuerda. Con la adoración eucarística de hoy prolongamos la celebración de estos misterios.
Hoy tiene lugar la celebración de la Pasión del Señor. La primera lectura es una profecía de Isaías —cuarto cántico del Siervo del Señor— «traspasado por nuestras rebeliones», que se cumple en la Pasión de Cristo: «uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (Evangelio). En la segunda lectura, de la carta a los Hebreos, se nos recuerda que Jesús experimentó la obediencia, y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que lo obedecen. No se celebra hoy la Misa; pero, después de haber adorado a Cristo en la Cruz, en la sagrada comunión nos uniremos de manera especial al sacrificio de Cristo.
Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte, su descenso a los infiernos, y se abstiene absolutamente del sacrificio de la Misa, quedando desnudo el altar hasta que, después de la solemne Vigilia o expectación nocturna de la Resurrección, se inauguren los gozos de la Pascua, con cuya exuberancia iniciarán los cincuenta días pascuales.
Durante la Cuaresma nos hemos preparado para la celebración de esta noche en la que renovaremos las promesas bautismales desde la fe en la Resurrección del Señor. Comenzaremos con la bendición del cirio pascual que significa Cristo Resucitado, desde quien brota para nosotros la luz de la fe. Y con los cirios encendidos escucharemos el pregón pascual. Después, la liturgia de la Palabra, que con las oraciones que siguen a cada lectura nos irá acercando a la plenitud de la revelación que oiremos en el Ev.: «Cristo ha resucitado como había dicho». Antes, el canto del Gloria y, de modo especial hoy, del Aleluya, que nos introducirá en la alegría pascual. Acabada la liturgia de la Palabra, se procede a la liturgia bautismal, con la bendición del agua y la renovación de las promesas bautismales, con los bautismos (si los hay) y la aspersión de todos con el agua bendita. Prosigue la celebración con la liturgia eucarística de la Misa, en la que Cristo Resucitado se hace presente realmente en el pan y el vino consagrados, prenda de vida eterna para quienes lo reciban.
Nuestra fe en Cristo Resucitado nos viene a través de la Iglesia que a lo largo de los siglos nos transmite el testimonio de los apóstoles que vieron el sepulcro vacío y creyeron (Evangelio), y comieron y bebieron con Él después de resucitar (primera lectura). El primer día de la semana es el día en que actuó el Señor (salmo resp.) resucitando de entre los muertos, y será ya para siempre el día del Señor, el domingo. En la segunda lectura san Pablo nos recuerda que hemos resucitado con Cristo, lo que ha ocurrido por la fe y el bautismo, y que, por ello, debemos buscar los bienes del cielo donde está Cristo, la Víctima propicia de la Pascua (cf. secuencia y aleluya).