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Todas las personas que llevamos tiempo comprometidas con nuestro autoconocimiento y desarrollo espiritual tarde o temprano llegamos a una misma conclusión: la importancia de conocer y comprender el funcionamiento de la mente. De ahí que sea fundamental que dediquemos tiempo a observarla con atención. Nuestra mente cuenta con una parte consciente (aquello de lo que nos damos cuenta) y otra inconsciente, también llamada “subconsciente”. Aquí es donde reside todo aquello de lo que no nos damos cuenta. Es decir, el conjunto de creencias y pensamientos inconscientes que tanto condicionan nuestra forma de ver y de actuar en el mundo. Y dado que en general vivimos con el piloto automático puesto, casi por inercia, la calidad de nuestro subconsciente determina la calidad de nuestra vida. De forma metafórica, nuestra mente es “tierra fértil” y los pensamientos son “semillas”. Cuando nos repetimos con frecuencia ciertos pensamientos terminan germinando en forma de creencias o “raíces”. A partir de ahí surgen unas determinadas emociones, que vienen a ser los “brotes” desde los cuales van floreciendo unas determinadas actitudes, conductas y decisiones en forma de “tallos” y “hojas”. Con el tiempo, éstas se convierten en hábitos, los cuales determinan los resultados existenciales que cosechamos. Es decir, los “frutos”.
¿DE DÓNDE VIENEN NUESTROS PENSAMIENTOS SUBCONSCIENTES? Con respecto a la creación de nuestro sistema de creencias y, por ende, de nuestra identidad, los seres humanos atravesamos tres etapas, tal y como describe el sabio Gerardo Schmedling. La primera se conoce como el estadio de “inocencia”, la cual significa “ausencia de información”. Todos nosotros nacemos como un casete en blanco, en la cual los adultos van grabando e impregnando su sistema de creencias. Nuestra forma de pensar no es nuestra. No en vano, durante nuestra infancia nos creemos indiscriminadamente todos los mensajes procedentes de la sociedad en general y de nuestros padres en particular. Nos lo creemos porque somos inocentes: no tenemos ninguna referencia con la que comparar o cuestionar de forma escéptica la información que nos llega del exterior. Por medio de estas creencias de segunda mano vamos creando nuestra personalidad. Es decir, nuestro falso concepto de identidad: el ego. Al ser niños indefensos, no podemos protegernos de la poderosa influencia que ejercen los demás en nosotros. Por medio de las neuronas espejo, desde muy pequeños empezamos a absorber e imitar la forma de pensar y comportarse de los adultos que nos rodean. Y dado que carecemos de criterio, sentido común y pensamiento crítico, en ningún momento nos preguntamos si eso que absorbemos es realmente lo que nos conviene absorber. La segunda etapa en el proceso de construcción de nuestra identidad se denomina “ignorancia”, la cual significa “información falsa” y suele comenzar durante la pubertad. Una vez ya se ha conformado nuestro sistema de creencias, empezamos a pensar y a comportarnos en base a la programación con la que hemos sido adoctrinados. Y dado que este condicionamiento está compuesto por creencias limitantes y erróneas, nos sentimos profundamente inseguros, acomplejados y confundidos, lo que ocasiona nuestra primera gran crisis existencial. Al repetirnos una y otra vez determinados mensajes e ideas escuchados en nuestra infancia sobre lo que hemos de ser, hacer y tener para ser aceptados como individuos normales por la sociedad, finalmente terminamos convirtiéndonos en eso que creemos ser. Y lo cierto es que muchos nos quedamos anclados en esta fase de ignorancia el resto de nuestra vida, la cual se caracteriza por el egocentrismo, la reactividad, el conflicto, el sufrimiento, el victimismo y el afán de culpa. Dado que cambiar de creencias implica remover pilares muy profundos de nuestra psique, algunos no volvemos a modificar la información interiorizada a los 18 años. Si bien todos pasamos por el estadio de inocencia e ignorancia, la tercera fase es opcional. Se la conoce como “sabiduría”, la cual significa “información verdadera”. En esencia, consiste en manejar información verificada a través de nuestra experiencia para saber cómo cosechar resultados satisfactorios en las diferentes dimensiones y áreas de nuestra vida de forma consciente y voluntaria. Esta etapa comienza el día que nos comprometemos con mirarnos en el espejo y realizar dos grandes aprendizajes: en primer lugar, cuestionar las creencias con las que de pequeños fuimos educados. Y en segundo lugar, reprogramar nuestra mente con información de sabiduría. Solamente así podemos “limpiar” nuestro subconsciente, tan lleno de creencias falsas, erróneas y limitantes. Así es como iniciamos el apasionante viaje de ir más allá del ego para reconectar con nuestra verdadera esencia.
PASO 1 Gozar de más energía vital
El primer paso para reprogramar nuestro subconsciente consiste en gozar de más energía vital. Principalmente porque cuanta más energía acumulamos, mayor es nuestro nivel de consciencia y mayor es nuestro grado de comprensión y sabiduría. En este sentido hemos de procurar, en la medida de lo posible, reducir nuestra actividad diaria para dedicar más tiempo al descanso y el reposo. Y esto pasa por hacer menos, para ser y estar más. Combatir el sedentarismo con ejercicio físico para así transformar el estrés y la tensión en tranquilidad y relajación. Dejar de vivir tan enchufados a las diferentes pantallas tecnológicas para vivir más conectados con nuestro ser esencial. A su vez, la meditación y la contemplación nos permiten salir del matrix mental del que solemos ser esclavos, aprendiendo a desechar los pensamientos negativos, sustituyéndolos por otros mucho más positivos. Para aumentar nuestra energía vital y poder así subir nuestra frecuencia vibratoria, también es fundamental que reduzcamos al máximo el consumo de productos prefabricados y procesados, aumentando la ingesta de alimentos orgánicos y ecológicos. Y que dejemos de beber tantas bebidas gaseosas y alcohólicas, sustituyéndolas simplemente por agua o infusiones. También nos conviene pasar menos tiempo en el asfalto y el hormigón de las ciudades, tan marcadas por la contaminación y la polución. Y a poder ser ir con más frecuencia a conectarnos con la naturaleza para respirar aire puro y cargar las pilas.
PASO 2 Observar la mente
El segundo paso para reprogramar nuestro subconsciente consiste en observar la mente para dejar de auto-sugestionarnos negativamente. Y es que por medio del “efecto psico-somático”, cuando nos creemos lo que pensamos se convierte en lo que sentimos. Este fenómeno es también conocido como “efecto placebo”, el cual pone de manifiesto el enorme poder que tiene la mente sobre el cuerpo. Por ejemplo, si nos creemos el pensamiento “nadie me quiere” crearemos la emoción correspondiente: la tristeza, lo cual minará nuestra autoestima y nos hará sentirnos mucho más dependientes emocionalmente. Si por el contrario nos creemos el pensamiento “me amo a mí mismo” no sólo estaremos sanando nuestra autoestima, sino que además nos sentiremos mucho más alegres e independientes. El quid de la cuestión es que se estima que el 90% de los pensamientos que deambulan por nuestra mente se originan de forma automática e inconsciente. Proceden de la frecuencia vibratoria (Ignorancia FM o Sabiduría FM) a la que está conectada nuestra mente. De ahí que sea fundamental cultivar la auto-observación para poder cuestionar y modificar todos aquellos pensamientos que nos alejan de la felicidad, la paz y el amor. En última instancia, conquistar nuestro diálogo interno (lo que sucede en nuestra mente) depende solamente de nosotros. Para lograrlo, es condición sine qua non vivir despiertos y de forma consciente, lo cual nos lleva de vuelta al paso 1: gozar de más energía vital. Recordemos que cuanta mayor es nuestra energía vital, mayor es nuestra capacidad de cultivar la atención plena, estando atentos a lo que pasa por nuestra mente. Y es que cuanto más la comprendamos, mejor será el uso que haremos de ella de forma consciente, sabia y voluntaria.