Las guardias no comienzan, simplemente se heredan. Uno llega al hospital y toma el relevo de otro que se va con el cansancio dibujado en la cara. El reloj marca la hora, pero el tiempo dentro del hospital no es el mismo que afuera. En la calle la gente va a dormir; aquí, el cuerpo humano empieza a contar sus urgencias.
Apenas ingreso, suena el teléfono interno: accidente de tránsito en camino, dos heridos. Mientras reviso el material quirúrgico, escucho el sonido de la ambulancia acercándose. No hay nada heroico en esa escena, solo rutina. El primer paciente entra consciente, con el rostro cubierto de polvo y el abdomen tenso. El segundo, inconsciente. En esos minutos se borran las palabras y queda solo la secuencia mecánica de la emergencia: evaluar, decidir, actuar.
En el quirófano, la luz es blanca y cruel. Cada movimiento tiene que ser exacto, porque aquí los errores no se corrigen con disculpas. El abdomen se abre y el cuerpo revela su verdad: sangre donde no debería haberla, tejidos desgarrados, un órgano que lucha por mantenerse vivo. En ese instante, el cirujano no piensa, reacciona. Los años de estudio, las madrugadas de aprendizaje, todo se condensa en una serie de gestos. El bisturí, la pinza, la sutura. El sonido del monitor marca el pulso de una vida que todavía no se rinde.
Hay momentos en que el silencio se vuelve más pesado que la urgencia. Cuando se logra detener la hemorragia, cerrar una herida, estabilizar un paciente, lo que queda no es euforia, sino alivio. Una calma momentánea que dura hasta el siguiente llamado.
A veces pienso que las guardias son una forma de meditación forzada. La noche entera escuchando los ruidos del hospital: los pasos en el pasillo, las ruedas de las camillas, los murmullos de las enfermeras, el suspiro de quien espera noticias. En medio de ese paisaje hay historias que no llegan a contarse: el niño que cayó de una bicicleta, el anciano con dolor abdominal que resultó tener una perforación intestinal, la joven que sangra sin saber aún por qué. Cada uno de ellos ocupa un instante, pero deja una marca.
Con los años se aprende que no todas las victorias son visibles. A veces el triunfo está en lograr que alguien despierte, en detener una hemorragia a tiempo, en explicarle a una familia que su ser querido sobrevivirá. Pero también se aprende a perder. A veces, pese a todo, el cuerpo no responde. Y ahí no hay palabras que consuelen ni protocolos que alivien. Solo queda acompañar el silencio y seguir.
Una noche, recuerdo, llegó un adolescente con una herida de arma blanca. La hoja había atravesado el abdomen. Lo operamos de inmediato. En la mesa, su cuerpo delgado parecía aún de niño. Afuera, su madre esperaba sin hablar. Durante casi tres horas trabajamos en un terreno minado de lesiones. Al final, logramos estabilizarlo. Cuando salí y le di la noticia, ella me abrazó sin decir nada. Ese gesto vale más que cualquier premio. No hay aplausos en la cirugía de urgencias, pero hay momentos que justifican toda una vida profesional.
Otras noches no terminan tan bien. Hay familias que esperan una palabra que no se puede pronunciar sin quebrarse: “murió”. Uno aprende a decirla con respeto, sin adornos, porque la verdad, aunque duela, es el único modo de honrar la vida que se perdió. Después de cada muerte, el quirófano queda igual: la luz sigue encendida, los instrumentos esperan, y el hospital continúa su ritmo implacable. Pero en el fondo, algo cambia. Cada paciente deja una enseñanza, incluso los que no sobreviven.
La guardia hospitalaria no tiene espectadores, solo participantes. Nadie se mantiene al margen del dolor ni de la esperanza. Los cirujanos vivimos entre ambos extremos, moviéndonos en esa delgada frontera donde el cuerpo decide si sigue o se rinde. Aprendemos a respetar la fragilidad de la vida, no como una idea, sino como una certeza.
En esas madrugadas, cuando el ruido se apaga y queda solo el zumbido de los monitores, miro alrededor y pienso que la medicina, en su esencia, es un acto de fe. No una fe religiosa necesariamente, sino la convicción de que vale la pena intentarlo, incluso cuando las probabilidades no acompañan. Cada cirugía es una conversación con la vida: a veces se gana, otras se pierde, pero siempre se aprende.
El amanecer llega sin aviso. Salgo del hospital y la ciudad ya despierta. Los autos pasan, la gente camina rumbo al trabajo, ajena al mundo que quedó dentro. Pienso en los pacientes que sobrevivieron, en los que no. En las manos cansadas que todavía temblarán un poco al sostener un café. La guardia termina, pero la mente sigue dentro. Y aunque nadie lo note, esa jornada dejó una huella.
La vida, vista desde el quirófano, es frágil y al mismo tiempo obstinada. Cada vez que el monitor vuelve a sonar, cada vez que una respiración regresa, se renueva la certeza de que estar en el límite vale la pena. Ser cirujano de guardia no es una profesión, es una manera de mirar la vida: con urgencia, con respeto y, sobre todo, con gratitud por cada segundo ganado al tiempo.
Dr. Hernán Sacoto MD,FACS
Cirujano General y Digestivo
Hospital del Río y Vicente Corral Moscoso
Profesor de Cirugía : Facultad de Medicina de la Universidad del Azuay.