Un trabajo como cualquier otro

Podría decirse que ya debiera estar acostumbrado a que las personas me vean con extrañeza, de reojo, como quien mira y no mira, cabizbajos y con esa curiosidad que no quiere perder detalle de mi rostro, de mi figura, y cuando su cerebro, confundido, no se decide entre si soy o no soy, se apartan temerosos de mi camino. veo entonces como sus cuerpos se encorvan y achican, como deseando al mismo tiempo no ofenderme al rehuir de mi paso.


Y es que mi piel es muy pálida, en un tono azul verdoso que me confiere un aspecto enfermizo. Mis ojos más negros que el carbón parecen atrapar a las personas que se atreven a posar su mirada por más de un instante y se quedan perdidos, como hipnotizados. Mis cabellos, escasos y en mechones, dejan entrever parte de mi cráneo en una especie de calvicie dispersa. En contraste, llegan de largo a mis hombros. Mi altura es algo mayor al promedio y mi cuerpo muy delgado, debido a que prefiero llevar una dieta líquida.

Mi metabolismo es tal, que sólo me alimento cuando realmente siento hambre, pero cuando ese momento llega, debo satisfacer mi apetito a toda costa y sin parsimonia. La levedad de mi ser me confiere un paso sigiloso, que a más de uno asusta cuando al fin se percatan de mi presencia. Mi aspecto es rematado por dos largos colmillos, que sobresalen y llegan al bordes de mi labio inferior: «Displasia ectodérmica», dijo en una ocasión un señor bien vestido cuando me vio en la calle. Se paró frente a mí, sacó los lentes de la bolsa interior del saco y se los puso. Tomó firme con su mano mi mentón y giró varias veces mi cara de izquierda a derecha, examinándome bajo la amarillenta luz de un farol. «Displasia ectodérmica», volvió a repetir, «…eso explica sus dientes y cabello, y también porfiria, que explicaría las llagas en su piel por exposición al sol», agregó. «Vaya a verme cuando esté por la ciudad», y me dio su tarjeta. «Doctores, ¡qué saben ellos!», pensé.


Aunque el invierno trae algunos inconvenientes, es la época de más trabajo para mí, pues en este pueblo a estas latitudes, el atardecer sucede a las cuatro y cuarto, y es cuando mi superior aprovecha para encargarme algunos asuntos que se han vuelto urgentes y necesitan de ser resueltos antes de que termine el año y en horario normal, horario en el que en otras épocas del año no podría salir de la oficina debido a mi sensibilidad a la luz solar.


Hoy, sin embargo, posibilitado por la temprana despedida del sol, me encuentro ante la casa del señor Tremblay. En la parte superior del marco de la puerta veo un atado de ajos. «Alguien debió avisarle que venía», pienso. Toco la puerta y unos segundos después aparece el señor Tremblay. «Ah, es usted», dice, aparentando una calma sorpresa. Sus chapeadas mejillas regordetas delatan una subida en su presión sanguínea. Coincidentemente siento una punzada en el estómago y me doy cuenta de que tengo hambre. Me da la espalda y se dirige hacia el interior de la casa. A medio camino se detiene y voltea y me ve todavía parado afuera. «¿No va a pasar?», pregunta. «¿Me está invitando?», respondo (No me gusta entrar a una casa sin invitación). «Por supuesto. Adelante», dice, con una sonrisa maliciosa, recordando quizá la supuesta protección que le otorgarían los ajos en la puerta.

Pongo un pie dentro, ante su cara de sorpresa. Con una mueca me indica una silla en la mesa del comedor. Me siento y él se sienta en la cabecera. Coloco el portafolio sobre la mesa pero antes de abrirlo, aparece la señora Tremblay con un crucifijo en la mano. Se hace un silencio incómodo mientras ambos me clavan la mirada, en espera de mi reacción. Miro detenidamente el crucifijo, luego a la señora Tremblay quien rehuye mi mirada y esconde la suya en la de su marido mientras aprieta con fuerza el símbolo, al punto que se ponen rojos sus nudillos y siento de nuevo una punzada de hambre en la boca del estómago.

Con parsimonia, pero en un movimiento firme, libero con ambos pulgares los seguros de la cerradura del portafolio, que hacen un ruido sordo que rasga el silencio y se aloja como un eco en el palpitar de sus corazones. Extraigo una hoja que coloco y deslizo sobre la mesa con la punta de la larga uña de mi dedo índice, hasta ponerla al alcance del señor Tremblay. «Esta es la tercera notificación, señor Tremblay», le digo. «Mis anteriores compañeros han sido amables e indulgentes, pero yo no», continúo diciendo, al tiempo que inclino mi cuerpo hacia el suyo. De forma instintiva se cubre el cuello con la mano. «De no pagar antes de treinta días, tomaremos posesión de su casa y todo lo que ésta contenga», finalizo.

Él toma el papel, cruza una mirada con su esposa, golpea la mesa con fuerza y exclama: «¡Ustedes los del banco son unos…!».

Me levanto interrumpiendo sus palabras y sonrío: mis colmillos se hacen aún más presentes y la señora Tremblay aprieta el crucifijo contra su pecho.

Me retiro, seguro de que pronto tendremos el cheque con su pago.