Sobre el agua en el departamento

Hay una llave, la del fregadero, en la que el chorro de agua sale como tosiendo. Hay otra llave, la del lavabo, y otra más, la de la regadera. Y las tres mienten: al principio el agua sale a una temperatura normal, al tiempo. Uno le toma confianza, humedece ambas manos, agarra el jabón y lo frota contra las palmas para hacer espuma, coloca de nuevo la pastilla en la jabonera, mete las manos bajo el chorro y ahora está como agua pa’ pelar pollos. Lo mismo si uno comienza a lavar platos o se mete bajo la regadera. (Sobra decir lo que uno exclama ante tal situación). Por supuesto, después de las primeras dos o tres quemadas, se le toma la medida y se acostumbra a dejar la llave abierta, apenas metiendo un dedo, tentativamente y a intervalos, para comprobar la temperatura, hasta que el agua regresa a una soportable por el ser humano. Sin embargo, las prisas o el descuido lo hacen a uno caer de nueva cuenta en este indeseable beso húmedo y ardiente, de manera más habitual de lo que se quisiera.


A la regadera, además, la he diagnosticado con «Síndrome de Carencia Afectiva»: el agua no fluye hasta que uno no acaricie su verde boca de hule: hay que pasar los dedos por las pequeñas protuberancias con orificios igual de pequeños, para que se destapen por el sarro acumulado.


En la parte de atrás hay un aljibe y una bomba color verde que sube el agua hasta un tinaco de plástico que se encuentra en el techo. La bomba arranca de forma automática cuando está por vaciarse el tinaco arriba. Aunque en ocasiones creo que funciona por cuenta propia: he notado que cuando me he quemado con el agua hirviente, coincidentemente se enciende y escucho un ruidito agudo como el de una risita apagada. O cuando entro al baño y froto la boca de la regadera, sucede que a medio bañar se pone en funcionamiento, pero ahora el ruido es como el ronroneo de un gato.


El tinaco en la azotea es de plástico negro. Su forma cilíndrica, coronada con un cuello y una tapa en forma cónica, semeja la figura de un humanoide. El elevarse sobre una base de cuatro bloques de concreto, lo hace ver más imponente y lóbrego. He elucubrado y llegado a la conclusión que es ahí, en su negro interior, en donde se calienta el agua sin más que su furia contenida. Afortunadamente el tinaco no tiene ojos, pero si los tuviese, seguro serían rojos, como despidiendo fuego. Considero que es muy difícil para uno el estar enojado todo el tiempo, y también parece serlo para el tinaco, puesto que en la época de invierno el agua ya no sale caliente, sino fría, y entonces veo que le gusta llevar la contraria: cuando el clima es cálido el agua sale hirviendo, y cuando es frío, el agua sale congelada. En ocasiones, en esos días de frío invierno, salgo y le tiro piedritas para hacerlo enojar y que se calienten sus ánimos, pero ni así.

Y entonces profiero otra serie de quejas y tirito bajo la regadera.