Los delfines en el vaso medio vacío

El profesor Halfway entró deslizándose al salón, colocó su maletín de piel sobre el escritorio, tomó la jarra de agua que ya se encontraba ahí y vertió el líquido en el vaso hasta la mitad.


—Podemos decir que el vaso se encuentra ahora medio lleno, pero también podríamos referirnos a dicho estado como medio vacío —se detuvo un instante—, o bien, utilizar la negación y decir que el vaso está medio no lleno o medio no vacío.


Levantó la vista hacia el aula abarrotada. Después del huracán la utilizaron como bodega temporal para guardar mercancías y víveres para los damnificados.


Contó apenas nueve alumnos con la mirada, esparcidos por el salón como pasas en un panqué barato.


No era él ni su clase muy popular desde antes, y tampoco ayudaba mucho el título de «Tira a tu mamá del tren». Pero se rehusaba a cambiarlo pues le parecía una alegoría inteligente y sarcástica sobre el contenido y tema de la materia: la programación en nuestras mentes de las ideas y valores de nuestros padres y el gobierno e intereses económicos de su época.


La idea del título para la clase la había tomado de aquella película del mismo nombre, con el gigante de la actuación, Danny DeVito.


↞↞⇹↠↠


—Me parece una gran teoría de la conspiración —había dicho Michael, el joven millenial hecho su superior—. ¿Por qué no la titula psicología avanzada o incluso podría darle uno de esos nombre rimbombantes que acostumbran los de su…? —cortó la frase.


Se rehusó.


—«La ciencia avanza un funeral a la vez» —dijo Halfway, parafraseando a Max Planck, el físico originador de la teoría quántica—. La verdad no triunfa, sus oponentes simplemente mueren —volvió a parafrasear a Planck.


—¿Pero eso que dice qué tiene que ver con…?


Halfway levantó enérgico la mano, indicándole silencio.


—Además, conozco bien a los de su tipo, mocosos millenials, para el final del semestre ya no estará aquí porque creerá que por el simple hecho de existir será su derecho el haber sido promovido a director de departamento, y como seguramente no lo hagan, irá a buscar trabajo a otra universidad argumentando que esta no llenaba sus expectativas o que el trabajo no era satisfactorio ni apreciaban su esfuerzo. El título de la asignatura se queda como está —dijo enérgico.


Miró a Michael fijamente a los ojos por un momento, se dio media vuelta y salió deslizándose de la oficina.


Michael permaneció sentado, su cuerpo hacia adelante con los codos sobre el escritorio y los puños apretados. Había anticipado problemas con el profesorado viejo, pero no este nivel de insolencia.


—No es más que un viejo decrépito —pensó en voz alta—. Un cuerpo decadente y putrefacto que deambula por los pasillos exudando pus y naftalina. El que no estará en seis meses será él.


Descolgó el auricular y marcó a su secretaria.


—Rose, al final del semestre envíe una docena de lirios a la esposa del profesor Halfway.


—No tiene ya esposa —replicó Rose—, es decir, no se han divorciado, pero ya no viven juntos. Ella lo abandonó al inicio del semestre cuando se enteró de que le dieron a usted el puesto del fallecido profesor Rubinstein y por el que el profesor Halfway había trabajado y esperado durante cuarenta y tantos años. Vino ella a la escuela y le gritó incompetente e inútil y varias cosas más que me da pena repetir. Se quitó el anillo de bodas de la mano, lo arrojó al suelo y lo pisoteó. Luego levantó el puño y le hizo una seña con el dedo medio y le dijo, «Me iré con Mathew, un verdadero hombre, no un pedazo como tú» y se marchó. Mathew es un muchacho que trabaja en una cafetería a la salida del campus —aclaró Rose—. El profesor Halfway quiso ir detrás de ella, pero las ruedas de sus patines tropezaron con el anillo, cayó de bruces y se rompió la nariz.


—Vaya, la discusión debió romper con el silencio que inunda el ala del edificio de profesores—apuntó Michael.


—Fíjese que no tanto, la señora es muda desde que nació.


—¿Y entonces, cómo…?


—Todo quedó registrado en el video de la cámara de seguridad. Las chicas y yo contratamos a un señor que sabe lengua de señas y nos tradujo la escena y así nos enteramos.


—Vaya, ahora entiendo. Pobre profesor Halfway, debió ser muy duro para él. No me imagino en esa situación… Rose, anote en su agenda mejor enviarle dos docenas de lirios.


—Sí, señor.


↞↞⇹↠↠


Hoy era el último día del semestre.


—¿Entendieron las formas de ver el vaso? —preguntó Halfway a los alumnos.


Hubo un breve silencio. Las miradas falsamente ocupadas en las libretas.


—Pero si como usted menciona, son cuatro los estados de la materia —dijo tímidamente un alumno—, entonces ¿por qué son cinco los jinetes del apocalipsis?


—Cierto —dijo una joven a su derecha—, ¿por qué cinco y no seis? ¿Por qué impares y no pares? ¿No acaso eso se consideraría como una discriminación de género?


—Tiene razón —dijo otro alumno atrás, el fortachón capitán del equipo olímpico masculino de nado sincronizado—, ¿por qué siendo caucásico no puedo no sólo cambiar el género con el que me identifico, sino también cambiar de raza? ¿Me explico? Considerarme una mujer china y exigir un trato y derechos diferentes. Es decir, sexos sólo hay tres, pero los géneros son tan sólo preferencias, constructos sociales, ¿qué no?


—Creo que discutir eso nos tomaría más de una clase —medió los ánimos otra chica al fondo—. De mayor importancia sería preguntarnos por qué ninguno de los jinetes cabalga un delfín y así aprovechar su inteligencia para tomar el control sobre la raza humana.


—¡Ah, los delfines y su falsa inteligencia! —exclamó Halfway.


El estruendo de su voz retumbó en las latas de comida y rasgó el aire en el aula.


Estupefactos, los alumnos levantaron la vista y la clavaron en la figura del profesor. Sus tiernos cerebros todavía intentando dilucidar lo que acababa de decir Halfway. Para ellos, la inteligencia de los delfines era tema sagrado y estaba fuera de discusión, enraizado junto con las más profundas de sus creencias.


Desde maternal, el sistema educativo los había adoctrinado para creer en la inteligencia de los delfines como algo mayor aún que la de los humanos.


Las figuras de los delfines y las maquetas de la tierra plana estaban presentes en todos los salones hasta el nivel de doctorado, programando de forma sutil en el estudiantado un sistema de creencias que se colocaban por encima de la familia y de la patria y de la propia conciencia del ser.


En consecuencia, las universidades vomitaban generaciones de biólogos marinos formados bajo dichas doctrinas, quienes a su vez, solicitaban enormes presupuestos para estudiar a los delfines y su inteligencia, lo que en turno generaba los datos y comprobaciones que querían escuchar, en una especie de profecía auto cumplida que alimentaba al sistema mismo.


Como si pudiese leer los pensamientos del narrador, una joven mujer femenina que no conocía el mar, de piel blanca y lacio cabello castaño a los hombros y vestida con zapatos negros de piel, pantalón negro, blusa gris, chaqueta negra y una boina también negra sobre su cabeza, lo interrumpió:


—Tenía un amigo argentino que vomitaba conejos.


El resto de los alumnos voltearon a verla con una mirada de incredulidad acusativa.


—¿Qué? ¡Es verdad! Me lo dijo en una carta cuando yo aún era señorita y vivía en París.


—Estamos hablando sobre el vaso medio vacío —le recordó entredientes una chica a dos sillas de ella.


La reacción de los alumnos no pasó desapercibida para Halfway, quien por el contrario, la esperaba: de una u otra forma el tema de los delfines salía siempre a colación cada semestre.


Abrió pausado su maletín y extrajo una hoja en blanco que colocó con parsimonia frente a él, alineándola con ligeros golpecitos de su dedo meñique contra las esquinas del papel.


—Citaré de forma textual lo que alguna vez dijo en una entrevista el biólogo Justino Greggorio —aclaró su garganta antes de continuar—: «Sus vidas sociales son complejas y pueden congregarse en grandes grupos. Sus ritmos cardíacos aumentan cuando notan que un miembro de la familia está sufriendo. Hacen sonar la alarma cuando descubren comida o una amenaza potencial. Y los experimentos han demostrado que incluso anticipan eventos futuros» —Halfway aplicó énfasis con su tono de voz en esto último.


Hizo una pausa mientras observaba a los alumnos relajar la tensión y zambullirse de nuevo en el respaldo de sus asientos.


—Por supuesto, Greggorio se refería a las gallinas.


Un cacareo de incredulidad se elevó por encima de sus cabezas.


—¡Silencio! —pidió Halfway y tomó un respiro— Lo que pretendo resaltar es que mientras en los delfines este tipo de conductas las consideramos como un signo de inteligencia, en las gallinas no les prestamos mayor importancia y las hacemos caldo sin más miramientos.


Hizo una pausa.


—Con seguridad todos ustedes saben quién es Yohannes Lillie.


—¡Claro! —señaló una alumna con entusiasmo— En el salón teníamos la foto del Presidente junto a la de él. La del presidente siempre cambiaba, pero la del señor Lillie seguía ahí.


—Mi maestra colocaba su cuadro más arriba que el del presidente —dijo alguien, mientras los demás aprobaban en un gesto de complicidad—. Antes del señor Lillie los delfines eran unos peces estúpidos y él les dio la inteligencia.


—Bueno —dijo Halfway—, tienes razón, en parte. Entonces también sabrán que de pequeño le gustaba mucho la química y que cuando entró al colegio le entusiasmó la filosofía y que después, su padre quería que él fuese banquero, pero Lillie decidió estudiar física, aunque después de leer Un mundo feliz de Aldous Huxley, decidió dejar la física y dedicarse a la biología, para después moverse hacia la neurofisiología y que al poco tiempo de casarse, y debido al estrés de los estudios, tomó un descanso de la universidad y trabajó como leñador, en donde tuvo un accidente y se lastimó el pie con el hacha, y que dicho incidente lo hizo interesarse en la medicina, la que estudió después de graduarse en ciencias, y que después también cambió su interés de la práctica médica hacia la investigación.


—Eso ya lo sabíamos —dijo la misma chica—, en primaria nos explicaron que el señor Lillie siempre seguía lo que le apasionaba y que debía ser un ejemplo de vida para nosotros: que no deberíamos comprometernos con nada y que siempre podríamos navegar hacia donde nos llevara el viento.


—Entonces también sabrán —comenzó a decir a Halfway, midiendo sus palabras— que toda esta idea sobre la inteligencia de los delfines surgió mientras Lillie, el señor Lillie como ustedes lo llaman, torturaba a un delfín durante sus experimentos ¿y que creyó que en el momento de su muerte, el delfín se comunicaba con él?


El silencio se hizo tan pesado como el chamorro en la cena. Pero ya no había marcha atrás ni forma de desdecir lo ya dicho.


—A partir de eso el señor Lillie comenzó a drogarse con LSD para, según él, lograr así trascender de estado y comunicarse con los delfines. Falsificó entonces gran parte de su investigación para probar que dichos animales eran tan inteligentes como él los creía en sus viajes alucinógenos. Después se convirtió en un líder de la generación hippie y del movimiento new age, lo que popularizó aún más sus creencias sobre la inteligencia de los delfines. Lamento ser el portador de esta noticia, pero todo es falso. Las personas se emocionan cuando ven que un delfín puede utilizar una esponja de mar como herramienta, mientras que un castor puede construir una represa más fuerte que la que pueden lograr los estudiantes de ingeniería civil del primer año.


—¡No es cierto! —exclamaron varios chicos al unísono, tapańdose la boca con la punta de los dedos de ambas manos, aterrorizados ante la idea que se les planteaba.


—Eso significaría —dijo uno de los chicos, conteniendo el enojo en su voz— que Spock y la tripulación del USS Enterprise no tendrían por qué regresar en el tiempo a rescatar una ballena jorobada, lo que de forma clara y rotunda contradice los libros de texto.


Los cuerpos temblaban incómodos en los confines de las sillas. Podía escucharse el crujir de sus corazones al hacerse añicos.


—Cuando tenía cuatro años —rompió el silencio con su voz cadenciosa una chica de blusa amarilla y una tiara en la cabeza— creía que había monstruos bajo la cama o dentro del clóset. Recuerdo una noche en que grité entre sueños y mis padres acudieron a la recámara. «¡Hay un monstruo en el clóset!», les dije apuntando a la puerta entreabierta. La habitación todavía oscura, la voz de mi madre me tranquilizó y me dijo que mi padre entraría a investigar. Vi la sombra de su figura ingresar al clóset y cerrar la puerta, después ruidos. Unos momentos más tarde, mi madre que prende la luz de la recámara, entonces el quedo rechinar de la puerta que se abre y la figura de mi padre que aparece y dice en voz alegre, extendiendo los brazos: «¡Ya salí del clóset!», y a partir de entonces dejé de temerle a los monstruos.


—Te educaron bien tus padres —dijo uno de los chicos—, yo también tuve suerte pues mi madre me inculcó que siempre que tuviese miedo, cerrara los ojos y me tapara la cabeza con la sábana y mis temores desaparecerían. «Los valientes son alimento de gusanos», solía decirme, y citaba el ejemplo de mi padre quien murió en la guerra. «Las personas de éxito en esta vida —decía mi madre— son las que mienten, roban, delatan a sus compañeros, se atribuyen los trabajos o ideas de otros y le echan la culpa a los demás por sus errores. No enfrentes los problemas y rehúye de las responsabilidades y serás feliz. Sólo importa que seas feliz. Sólo importa tu felicidad».


—¿Acaso también eso es una mentira? No me diga —sostuvo desafiante una de las chicas— que los valores que se nos han inculcado están equivocados y que toda la sociedad actúa de forma errónea. Eso me suena a una gran teoría de la conspiración.


—Bien, bien —dijo Halfway, intentando retomar el control—, no les voy a decir que todo lo que les enseñaron sus padres o sus maestros está equivocado, sólo les pido que consideren otro punto de vista acerca de la inteligencia de los delfines...


La joven mujer femenina que no conocía el mar había estado conteniendo los sollozos hasta que ya no pudo hacerlo más. Bajó la boina hasta que le cubrió los ojos y salió del salón hecha un mar de lágrimas. El chico fortachón capitán del equipo olímpico masculino de nado sincronizado le reclamó con la mirada a Halfway y salió tras de ella.


—¡Claudette! ¡Espera! ¡No es cierto! ¡No es verdad lo que dicen de nosotros! ¡Los del equipo de nado sincronizado no somos así como dicen!


En el camino a la puerta se detuvo, volteó desafiante hacia el profesor y de un manotazo deshizo una torre de frijoles charros enlatados.


—Creo que es hora de dar por finalizada la clase y el semestre —dijo Halfway, quien tomó enseguida su maletín y salió deslizándose del salón..


↞↞⇹↠↠


Esa misma mañana, último día de clases, Michael había llegado tarde a la universidad. No había dormido bien, preocupado desde hace algunos días por la decisión que quería tomar.


—Hola, Rose —dijo sin usar la frase «buenos días», consciente de lo tarde que era—. ¿Envió los lirios al profesor Halfway?


—Hola, señor. Sí, señor, a primera hora. Por cierto, me dejó el dir…


Michael la interrumpió con la mano, en señal de silencio. Extrajo de la bolsa interior de su saco un sobre y lo colocó sobre el escritorio.


—Supongo que las flores ya no se pueden cancelar... Tenga, es mi carta de renuncia. Hágame el favor de entregársela al director. Este trabajo no cumple con mis expectativas y sólo impide mi crecimiento personal y profesional.


Rose miró otro sobre en su escritorio con la notificación de despido emitida por el director y que le había entregado personalmente temprano en la mañana. Michael no había cumplido con las metas y obligaciones del puesto.


«Si le entrego la carta de despido», pensó Rose, «con toda seguridad recibirá algún tipo de compensación, pero si no se la entrego y como está presentando su renuncia, se irá sólo con lo que trajo».


Rose empujó disimuladamente el sobre con la carta de despido por debajo de una pila de papeles.


—Sí, señor. Fue un placer trabajar para usted. Lo extrañaremos —dijo Rose, mientras le extendía la mano en un cordial apretón de despedida.


↞↞⇹↠↠


Después de terminada la clase, Halfway pasó a su oficina a finiquitar algunos reportes pendientes. Acabó y antes de levantarse de la silla, notó suelta la agujeta del patín derecho. Rehizo el moño y reparó en que estos nuevos cordones que había comprado, muy seguido se desamarraban. «Tal vez el material no presenta mucha fricción y se deslizan las puntas del nudo», pensó Halfway y salió de su oficina.


Había apenas cruzado el portón de la universidad, cuando al otro lado de la calle vio a su mujer salir de la cafetería en la que trabajaba Mathew. Ella había cortado toda comunicación. No quería verlo ni tomar sus llamadas ni mensajes.


Halfway quiso alcanzarla, decirle que la amaba, pero al cruzar la calle no se fijó en que el semáforo peatonal acababa de cambiar al rojo. El nudo de la agujeta de su patín derecho se deshizo y la punta del cordón se enredó entre las ruedas y éstas se amarraron, deteniendo de golpe su movimiento.


Halfway tropezó y se estampó contra el concreto a media calle. El distraído chofer revisaba los mensajes en el celular y le pasó por encima con su camión de basura. Al mismo tiempo, cerca de ahí el timbre de la casa del profesor era accionado por el florista que entregaba dos docenas de lirios.


Halfway murió en el momento, su cuerpo partido a la mitad. Salidos de quién sabe dónde, una parvada de cuervos se arremolinaron en un instante a su alrededor y comenzaron a picotear su espectáculo.