Después de un día ajetreado se dirige a su propio país de las maravillas, donde se dedica a trazar el arte sobre la piel y hacer su metamorfosis: pasar de Tanya a Vecast. Tanya es universitaria, amorosa con su familia y disfruta de actividades extracurriculares como el gimnasio, Vecast es una talentosa tatuadora con tres años de experiencia que cuenta con su propio estudio, distinguida por su estilo inspirado en el anime.
Tanya siempre ha sido una admiradora del arte, de niña sus ojos se transformaron en telescopios para admirar el universo que creaba su hermana mayor, quien se convertía en una magical girl al tomar el lápiz para crear magia sobre el papel, dibujando trazos que cobraban vida y contaban historias sin necesidad de palabras. La pequeña Tanya no imaginaba que la admiración por los dibujos de su hermana serían el primer escalón para convertirse en Vecast.
Vecast es una maga de la tinta, con ella plasma recuerdos en la piel, una decisión que anteriormente era motivo de señalamiento, pues el tatuaje era sinónimo de las marcas de un delincuente. Afortunadamente esa mirada estigmatizadora ha cambiado a una que aprecia las diferencias como un medio de expresión. En Villahermosa, amantes del el arte se han reunido en espacios como el Tabasco Tatto Fest, el cual cuenta con 7 ediciones hasta ta fecha.
Vecast se acerca a su área de trabajo, saludando a su nuevo cliente con su característico “¡Hola, corazón!”, y ambos se encaminan escaleras arriba para entrar a su estudio privado. El lugar es acorde con la energía de la artista: iluminado, con olor dulce proveniente de las velas con formas de postres que podrían engañar a cualquier despistado, de paredes rosadas que transpiran arte, luciendo memorias e historias sobre el papel stencil. Vecast se siente segura, sabe que está resguardada por el brillante murciélago en la pared, logo y guardián del lugar.
Antes de empezar con la magia, Vecast invita al cliente a que se ponga cómodo, como buena hechicera tiene uno que otro truco debajo de la manga, desde agüitas hasta galletas; quiere que su cliente se sienta en confianza, la artista más que nadie reconoce el nivel de responsabilidad que su trabajo conlleva. La persona que está frente a ella está a punto de convertirse en su lienzo, en donde pondrá los afilados pinceles para plasmar aquello que el corazón del cliente desee expresar.
Para aquellos ajenos al arte puede parecer que el tatuaje solo son rayones en la piel, y no podrían estar más equivocados, es un proceso delicado, íntimo y emocional, un medio en el que las personas pueden hacer visible un fragmento de su alma. En palabras de Vecast “tatuar no es solo dibujar, sino capturar emociones, recuerdos y significados profundos en cada trazo de tinta”, por lo que intenta conectar con sus clientes, que ambos estén canalizados en la misma vibra, para ello utiliza su mejor arma: su carisma.
Tanya siempre ha sido una mujer carismática, transparente y expresiva, eso le facilita el trabajo a Vecast, pues los clientes apenas inician la conversación son envueltos por el hechizo, absorbidos por el aura de la artista, que en combinación con el olor a dulcecito del lugar y el sonido de su serie o canción favorita de fondo entran en un ambiente relajado y personal. Entonces Vecast logra su cometido, “algunos son primerizos, trato de ganarme su confianza, que no se sientan nerviosas porque las vaya a tocar, los nervios también pueden afectar el tatuaje”.
Entre la plática y los chistes el cliente poco a poco empieza a sentirse más relajado, mientras tanto Vecast está sentada con lápiz y tableta en mano puliendo la primera fase del proceso: el diseño. Mueve sus dedos alejando y acercando el dibujo, trazando de forma virtual lo que en unos minutos estará adornando la piel del que ahora es su nuevo amigo. Apenas termina le muestra la pantalla con orgullo, el cliente observa con detenimiento el corazón con diseño de cerebro adornado con flores, dando el visto bueno, sintiéndose seguro de marcarse con aquello que pide su alma.
Vecast manda a imprimir el diseño al papel stencil, siguiendo con la plática se entera que la persona frente a ella es un estudiante de psicología, por lo que la artista finalmente entiende la intención de marcar su piel con el corazón y el cerebro. Cuando la impresión está lista la maga de la tinta comprueba que el corazón mida los 12 centímetros deseados y procede a la primera parte íntima del proceso, plasmar la impresión en la piel. Para ello el cliente se quita la camisa con un poco de timidez y dándole la espalda a la artista, esta pega el papel sobre su espalda.
La tatuadora sabe que será un proceso doloroso, pues el corazón atraviesa parte de la región cervical y la región torácica de la espina dorsal, un lugar bastante sensible, especialmente osado para ser el primer tatuaje; sin embargo, Tanya intenta no hacer ese hecho evidente para no doblegar la valentía del cliente. Es tatuadora, pero es humana, no disfruta del sufrimiento ajeno “no me gusta que sufran, no me gusta que les duela. Pero tienen que vivir el dolor, si no doliera todo el mundo va a querer tatuajes, a muchos como no les duelen van por más y más, hasta que sienten uno realmente doloroso y le paran”.
Una vez que la tinta está impregnada en la espalda del cliente, la maga de tinta captura la imagen con su celular para mostrar la guía del tatuaje, el lienzo aprueba el trabajo. Entonces la artista se alista para sacar la artillería pesada, como de costumbre sigue el protocolo frente a su cliente: cubriendo la camilla morada y la mesita de trabajo rosa con plástico film, desinfectando y embolsando los productos a utilizar, todo esto con el mayor cuidado y limpieza posible. Vecast también se envuelve a sí misma, utilizando guantes, cubrebocas y un mandil, todo en tonos rosados; el proceso se lo sabe de memoria, pues lo fue creando haciendo una mezcla de lo aprendido en capacitaciones, de lo preguntado y de lo investigado, por lo que se le facilita seguirlo mientras suena Hora de aventura suena de fondo.
Vacía las gotas de tinta que le darán permanencia al corazón (coincidentemente lo hace en un pequeño envase rosado en forma de corazoncito) y arma su pincel, reconstruyendo la máquina de tatuar previamente desinfectada. “Todo listo, corazón”, le anuncia Vecast al cliente, quien se recuesta boca abajo en la camilla, poniéndose en bandeja de plata para que la artista pueda trabajar. La hechicera toma la varita y empieza con la magia, manteniendo el hechizo que comenzó desde que el cliente entró al lugar, tapando el dolor del cliente con una buena conversación.
Vecast lo hace ver fácil, pues a la vez que sostiene las agujas que trazan sobre la piel mantiene una conversación fluida, haciendo chistes y preguntas que entretienen a su cliente; es una escena natural, que, si cerramos los ojos y solamente escuchamos la plática, uno no se enteraría que le están atravesando la piel a una persona. Tanya explica su sentimiento al tatuar como sentirse entre las nubes, relajada, como si hubiera nacido para ese arte.
Por momentos la voz del estudiante se corta, pues siente como su piel es marcada en zonas sensibles, la artista se da cuenta inmediatamente, por lo que intensifica el hechizo, haciendo preguntas sobre Freud que como buen estudiante de psicología quiere aclarar, y conforme se envuelve en la conversación el tono de su voz regresa a la normalidad. Vecast ha pulido su técnica de distracción con los años, “Al inicio me costaba ponerles atención a las personas mientras tatuaba. El tatuar y platicar es como un ejercicio mental, hay tatuadores que trabajan en silencio, a mí me gusta platicar para distraerlos del dolor, aunque hay personas que no hablan porque el dolor no las deja”
Después de casi una hora de trabajo la maga de tinta se encarga de dar los últimos detalles a las flores que adornan el corazón del cliente, observando con atención cómo su afilado pincel cubre con tinta negra la azulada guía. En el proceso se siente calmada, ese nerviosismo manifestado en forma de un abrazo aprensivo y caluroso ya no se aparece por ningún lado; la artista conoció el abrazo de los nervios la primera vez que puso la aguja sobre piel ajena, con un pequeño tatuaje del caracolito de Hora de aventura.
Tanya recuerda ese primer tatuaje con cariño, lo hizo marcando la piel de una amiga muy especial, aquella que confió en su arte y que se apuntó a ser lienzo de Vecast; ya han pasado tres años de ello, y las cosas han cambiado mucho, la artista reconoce que ese caracolito nació chueco y que pudo quedar mucho mejor, pero ha aprendido y mejorado con el tiempo, al punto de poder tener su propio estudio. Uno que les agradece a sus padres, pues ellos han impulsado sus alas de tinta, respetando y apoyando su pasión.
Incluso su madre luce orgullosamente el arte de su hija, Tanya cuenta esa anécdota con gracia, siendo la vez que sintió el abrazo de los nervios más apretado de su vida, “mi mamá llegó al primer lugar en donde tatuaba, llega con su bolsita y me dice ‘vengo a que me tatúes’. Yo le dije que no, que si cómo la iba a tatuar, pero me dijo ‘si no me tatúas tú me voy con otro tatuador’, entonces la tuve que tatuar; estaba muy nerviosa, ella es una mujer mayor y su piel es delgadita, me pidió un símbolo religioso con muchas líneas y círculos, pero si me salió y a ella le gustó mucho”.
“Listo, corazón”, Vecast le anuncia con alegría al cliente que terminó la obra, este suspira con alivio mientras la artista rocía la obra con un spray para adormecer la piel; después de unos segundos de reposo el cliente se levanta de la camilla morada con cuidado y la artista le da instrucciones para que ella pueda capturar la obra con su celular y mostrársela, el cliente agradece gustoso por su trabajo, satisfecho por su primer tatuaje. Vecast sella la obra con el parche protector mientras le da instrucciones respecto a los cuidados que debe de tener.
Explica que debe de tener el parche de 24 a 72 horas, cuando sea el momento de quitarlo debe de hacerlo despacio para no lastimar la piel, debe de lavar el tatuaje con jabón neutro y agua de botella (ya que el agua de los garrafones viene un poco contaminada, y ni hablar de la del grifo), usar una toalla exclusiva para el tatuaje, o en su defecto servitoallas, además de utilizar antiséptico y crema hidratante para evitar la picazón, y muy importante que no debe de rascarse para evitar daños al trabajo. El cliente anota mentalmente las instrucciones, pero cuando se voltea la artista nota su duda, por lo que las vuelve a repetir y lo tranquiliza con un “cualquier cosa me puedes mandar mensajito”.
Finalmente, el cliente vuelve a vestirse y le agradece a la maga por su trabajo, abandonando el lugar, y así termina una cita más con su nuevo amigo estudiante de psicología. La tatuadora trabaja casi todos los días, es raro el día que tiene un espacio sin marcar la vida de las personas; a sus 24 años ha logrado posicionarse con éxito dentro del rubro del tatuaje, y en su camino se ha tropezado con una que otra piedra envidiosa que no tolera el éxito de una mujer tan joven en el arte de la tinta, sin embargo, la artista se mantiene al frente junto con su murciélago brillante.
Esa es Tanya Vecast, estudiante y tatuadora, aprendiz de idiomas, de la vida y de la tinta, ilustradora de las historias y sentimientos que las personas deciden plasmar sobre sí mismos, una mediadora entre el alma y la piel y amiga de todos los que que han desfilado por su estudio.