Prefacio
“¿A dónde va?”, me preguntó la checadora de los pochimóviles al verme de pie cerca de la parada. “No, no espero pochi, gracias”, le contesté. Sí, tenía cara de esperar una unidad perfecta para subir, pero no quería ir a un lugar exacto, sino llegar a una historia, a un testimonio de riesgos y peligros sobre lo que es trabajar en el transporte local. Esperaba aquel chofer que mostrara a simple vista su accesibilidad para compartirme su experiencia y, hasta donde se pueda, su vida.
“¿A dónde va?” preguntó la checadora por tres veces más hasta que decidí contarle mi intención. Sin dudar de mí, aquella dama mostró su ayuda hacia mí para dar con el indicado, y por eso le agradezco. Pero antes de estar ahí, en la orilla urbana de la carretera rumbo a Teapa, consulté en las fuentes de internet, las cuales demuestran algunas aristas del sector pochimovilero en Tabasco. Entre ciertas irregularidades en su circulación, riesgos latentes que amenazan los choferes y pasajeros, y la rápida propagación de las unidades, son casi 25 mil pochis que hay en la entidad, hasta ahora.
La colonia Gaviotas fue testigo del nacimiento de este medio de transporte pequeño que creció y creció hasta llegar al pueblo grande de Parrilla. Era lo más que sabía hasta que coincidí con una chofer de un pochi que arribó a la parada. Entonces, la ví y pensé: “Es ella”. Me subí a la unidad, le comenté acerca de lo que quería encontrar y aceptó, a lo cual le agradezco mucho. Esto pasó mientras la conductora llevaba a los pasajeros hacia el próximo destino.
Crónica
“Si sacas a pasear a tu hijo(a), páguele su pasaje”, y “Subiendo y pagando; si no me pagas, queda en tu conciencia”, son dos de los mensajes del quelonio rojo número 26 que conduce la señora Nidia del Carmen en las miles de venas de Villa Parrilla, una que está cerca de una Villa más grande, la capital.
Cuatro asientos, tres ruedas, una carroza y ninguna puerta son rasgos de los miles de pochitoques mecánicos que habitan en tierra tabasqueña desde tiempos ochenteros. Son los mototaxis de cortos caminos y de pocos pasajeros. Les llaman pochimóvil, porque nos recuerda a los pochitoques. Para más fácil, son llamados simplemente pochis.
Ellos se cruzan con la especie blanca de cuatro ruedas, su versión más renovada, que hacen ver a los pochis rojos como anticuados. Pero ambos vehículos viven para cumplirle al pasajero su viaje, o por lo menos, impulsarlo en el camino hacia su llegada final.
Y eso es lo que ha hecho la señora Nidia en 6 años de su aún joven vida. Con raíces de noviembre en el edén, la conductora de mototaxi ha moldeado una historia de nómada a partir de 1987, al haber pasado por Atasta, las Mercedes y, por último, Parrilla.
Su rutina semanal la mide con regla. La comienza al timbre de las cuatro de la mañana y sujeta el volante del pochi las 5 para realizar su primera de varias encomiendas especiales. Recoge a sus primeros pasajeros, quienes ya la esperan de lunes a viernes. Son niños con rumbo a la secundaria. A las 7 de la mañana, atiende a otros infantes con llevarlos a la primaria y a la mitad de las 8 horas, transporta a una niña que también funda su estudio.
Los viajes especiales toman una pausa y Nidia comienza a ruletear por toda la urbe de Parrilla, las calles de La Lima, los rincones de Huapinol, los condominios y muchos otros recodos de la zona, hasta al kilómetro 9, que es el límite de los pochis. A las 10 desayuna lo que ya es su comida. A la hora de la salida escolar, regresa por sus pasajeros asignados para llevarlos a casa. Es a partir de las 3 de la tarde que retoma su recorrido aleatorio, hasta las 4 que prueba su descanso.
Suben y bajan del pochi una variedad de rostros, de varias edades, tamaños y complexiones. De varios colores, olores, pendientes y con múltiples objetos. Suben de distintos ánimos, deseos e historias, sobre todo historias. Ella no pide los relatos de la gente. Habrá quienes cuenten su silencio y quienes cuenten su vida, así que tendrá qué escucharlas.
“De nada, buen día”
Nidia maneja frente a un vacuno de felpa, una botella con agua gastada, unos lentes oscuros, un paño para el sudor, su celular y la marimba de monedas y billetes. A sus lados tiene las cortinas cerradas de su unidad, las hebras del viento y el escándalo del motor encendido.
Ella se uniforma con un pantalón azul marino y camisa manga larga blanca, aparte con su cinturón diagonal. También se viste de actitud dulce, vivaz y jovial. Cruza por la carretera que une la capital con la rivera de piedras; por los pueblos que crecen ahora mismo; por las cerradas largas, y por puentes fugaces.
Ejemplo de esto fue un domingo despierto en 16 de febrero. Debido al estrépito que produce la velocidad su vehículo rojo, la señora Nidia se detuvo para atender un llamado al servicio por el celular. Era un señor que la esperaba frente a un supermercado verde. En cuanto los asientos se desocuparon, la chofer se dirigió al lugar. El saludo entre los dos ya es de tal confianza que, durante el trayecto hasta una terracería de Santa Bárbara, el señor compartió con gusto parte de su día con Nidia:
—Fui al mercado a comprar unas bolsas que me hacían falta, y rapidito me fui a Costco, de Costco vengo ahorita. Ando corriendo, si no… no llego hoy.
—A la mecha —asentó Nidia.
—A las cuatro de la mañana me fui hoy. Fui a la central de abasto a comprar, a las cuatro de la mañana me levanté.
—A la mecha
—Ya empezarás a hacer lo que hiciste hoy, de buscarme. Es que nosotros salimos de aquí caminando porque casi…
—Nadie quiere meterse para acá —concluyó Nidia con risa tenue.
—No, otro día me dio el número uno, pero… habla y habla. Ya me cansé de hablarle.
—No quiere dinero —refirió Nidia luego de soltar una risa más fuerte.
—Sí pues —confirmó el pasajero.
Todavía buscando las monedas para pagar el viaje terminado, el señor contó sus planes sobre su próximo trabajo en una línea de autobuses informales. “De nada, buen día”, se despidió Nidia tras el agradecimiento de su cliente. Entrar y salir de Santa Bárbara fue turbulento. El pochi, aún a paso lento, fue meneado bruscamente debido a que navegó sobre baches y piedras durante la senda.
El deber continuaba, por lo que Nidia se formó en la fila de la parada donde más pasajeros aguardan. Cuando fue su turno, la vigilante de pochis, la que checa, se acercó a ella para cruzar palabras íntimas.
De inmediato, dos señoras a pocos años de alcanzar la tercera edad abordaron la unidad, con más bolsas de despensa que brazos, para luego comenzar una charla con destino a La Lima, una de las rutas más pedidas. "Ya hasta va a llover", sospechó una de las damas. Los temas fueron cambiando hasta que la misma que observó aquellas nubes oscuras relató el caso de su padre:
—Yo estoy joven, señora, y me duele todo. Yo creo que esa pinche vacuna que nos pusieron a todos nos va a poner chuecos —Ambas se rieron al escuchar esas palabras.
—Porque créame que mi papá, el 25 que estuvimos con él, estaba bueno y sano, pasó con nosotros toda la tarde y lo dejamos comiendo galleta y viendo tele, para que a las 6 de la mañana me avisara mi hermana que lo habían internado, y cuando yo llegué, mi papá estaba agonizando… Le encontraron neumonía, una herida en el corazón. La diabetes se le subió, la glucosa, casi a 600…
—¡Hazte a un lado! —susurró la señora Nidia con signos del claxon. Le gritó a una combi que se emparejó en el camino:
—Hey, negro, no me andes pirateando el trabajo, ¿lo oíste? Me estás pirateando y eso no se vale entre compañeros —terminó su queja con una carcajada.
—¿Era de aquí, verdad? —preguntó una de las señoras a Nidia y ella respondió:
—Sí, trabajaba aquí en los pochis.
“De nada, buen día”
Tras servir a las señoras de experiencia en algún lugar de la gran ranchería, Nidia ruleteó una vez más, a pesar de que su espalda le pedía detenerse ya entre tanto calor. Entre un lapso libre, llamó a su casa y mandó la indicación de dejar listo el pescado para la comida del día, pues justo a las 2:49 de la tarde terminó su labor. Pero antes de ir al descanso, fue por su gente para hacer unas compras.
Subieron a bordo su hija y los hijos pequeños de su hija. Nidia consintió a sus tres nietos con apapachos, amor maternal y un helado que compró para cada uno. Su hija, en cambio, se quejó por no haber recibido ninguna nieve, a lo que su madre le respondió a costa de burla:
—cómprate el tuyo.
Después, pasaron por aguacate, limón, cebolla y carbón, productos que se sumaron al pescado a pocos minutos de cocinar. Finalmente, Nidia regresó a casa con sus descendientes y guardó su mototaxi. Al menos ese domingo ayudó, pero hay otros que están muertos, como mayormente pasa. Por ello, la chofer suelta el volante hasta las 2 de la tarde debido a que solo gira la bola de paja en la calle; no tiene caso tirar el combustible a la basura.
El pochi también debe descansar, que, por cierto, en ciertas ocasiones, las unidades pueden fallar a medio asfalto. Sin embargo, los choferes no prefieren arreglarla por su cuenta, sino que los indicados van a repararla. 103 unidades anidan en Villa Parrilla, pero no todas corren, ya sea por defectos tardíos o por falta de chofer.
Los conductores caminan por el tablón. Comenzando por la inexistencia de prestaciones, las ganancias compartidas entre el chofer, la gasolina y el dueño del pochi, porque sí, los quelonios mecánicos no son de los quienes lo manejan. Lo único adicional que reciben es el regalo monetario de diciembre, pero nada más. Todos ellos ganan de lo que les da los días.
Aparte, una regulación que no les beneficia, al contrario, los somete. Los choferes pierden por los descuentos, por los reportes que amagan con multas, así como por el seguro, los impuestos, el uniforme y la licencia que tienen que cubrir con su bolsillo.
Los pochimovileros sobreviven bajo el respaldo de un permiso, pero este no es confiable. El gobierno puede arrebatárselos en el momento que quiera, barrer todas las unidades y entonces todo acabaría.
“De nada, buen día”
La señora Nidia comenzó su acercamiento a este transporte como checadora en Playas del Rosario. Estuvo así por un año, hasta que el azote del sol y el disgusto, la motivó a ilustrarse con el volante. En su proceso, el pochi le dio una lección. Le mostró los peligros que puede ofrecer a quien lo maneja.
Nidia desconoció el volante, y se dirigió a una banqueta con la que dio su primer golpe, rompiendo el cristal de las brisas con el estallo de su cabeza; aguantó lo que pudo ser peor. Ella aceptó el accidente como la experiencia más importante; hasta ahora no ha tenido otra.
Hoy, Nidia es clarividente en el camino, y no solo ha sido ella. Su compañero de vida también es compañero de trabajo en la misma zona. Dos de sus tres hijas ya dirigieron una unidad, pero el dolor de espalda y cabeza, junto con el estrés de los pasajeros, las orillaron a abandonarla.
Andar en el pochi es una esclavitud, declara Nidia. Todos sus compañeros y ella cargan peligros en el asiento, como un accidente de tránsito, la violencia, o un asalto. “A veces subimos a pasajes que son violentos. A veces te encuentras a muchos pasajes que les gusta platicar contigo, contarte sus cosas. Borrachos a disoras de la noche. Entre topes y baches, huecos y todo eso, a veces de noche me llevan hasta allá lejísimos y eso es muy peligroso, son cosas muy peligrosas, más que nada para mí, como mujer”.
Gracias a Dios, Nidia no ha pasado por los colmillos de la crueldad. Sí ha transportado la caballerosidad y la falta de respeto. Sin embargo, le carcome la memoria lo que padeció una de sus hijas, quien recién sentía la adultez, cuando manejaba una unidad en las Mercedes. Ese día, la delincuencia envió a un repugnante a quitarle las pertenencias a la chica, pero eso no fue suficiente para el infeliz.
Con sus manos repugnantes tentó el cuerpo de la joven para buscar algo más que dinero. Abdomen, pelvis, entrepierna y muslo. Brusca y lascivamente. Lenta y reiteradamente. La hija quedó inmovilizada hasta que ya no sintió los gusanos de ese hombre. Sin ningún rasguño, pero con el trauma en su cuerpo, fue a protegerse con su mamá.
La señora Nidia no avanza sin su familia, aquellos que son su motivo para no detenerse aún con lluvia y sol por encima, con sueño y cansancio por dentro. En domingos como este, Nidia guarda su quelonio a las 2 de la tarde y el resto del día se lo regala a su clan.
Hay momentos que la desesperación le toca su hombro diciéndole que ya no quiere seguir ruleteando en las rutas de Parrilla. Pero ella sigue ahí, sacando luz de su rostro, en ese pochimóvil prestado, cuyo tercer mensajes dice: “No azotar la puerta; por su comprensión, gracias”.