RELATO
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RELATO
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Huésped de este cuerpo
Elías llegó al edificio en donde yo rentaba. Había pasado ya un mes desde la última vez que nos vimos. Decidí buscarlo cuando a propósito encontré su número de teléfono en mis papeles. Lo logré localizar. Fue una llamada corta, mínimamente incómoda y con el único propósito de verlo pronto. Acordamos que él vendría el miércoles siguiente. Llegó a las cuatro de la tarde. Estuve sentado, acostado, parado, esperando todo el día los golpes en la puerta o sus pasos al subir las escaleras, esperando a que él estuviera frente a mi puerta, lo estuvo.
Abrí la puerta incitándole a pasar. Cerré y no hice más que estrecharlo, sentir su cintura y apretar su espalda y recorrerla con mis manos. Se sentó en el único pequeño sillón que había, le ofrecí de tomar, aceptó cerveza. Mi cama seguía en el lugar donde él me había dicho desde hace meses que era más conveniente ponerla, pues me sugirió que en esa ubicación no era posible verla desde la calle a través de la ventana, a diferencia del lugar donde siempre estuvo. Me senté frente a él, en la cama, también con una cerveza a la que le daba sorbos en espera de que él se acercara a mí. Me preguntó sobre lo que había hecho en el tiempo que estuvimos distanciados, preguntó sobre mi estado de salud, sobre mi mamá, preguntó sobre lo que yo hacía siendo universitario, si además de salir de ese cuarto para ir a la universidad, frecuentaba o visitaba otros lugares y con qué personas lo hacía.
Apoyó su codo izquierdo en el reposabrazos del sillón, colocó el mentón en su mano, como pensando, prestándome atención detenidamente. Paré de hablar por un segundo. Abandonó su postura. Tomé la cerveza, le di un sorbo y la volví a dejar en el piso. Elías bebió de la suya para después dejarla en el escritorio a un lado de él. Sospeché que ya no tenía, « ¿quieres otra?» Le pregunté, a lo que respondió asintiendo. Me levanté. Él se levantó enseguida que yo me di la vuelta. Escuché como se sentó en la cama. Tomé nuevas cervezas. Lo acompañé en la cama, le di la suya.
Nos vimos sin decir una palabra, nos apreciamos, frente a frente, los ojos color avellana. Nos besamos. Yo no comencé, ni el me incitó a hacerlo, fuimos ambos. Nos tomamos. Nos soltamos y Elías cerró las cortinas. Nos tiramos en la cama. Nos importó un carajo si con el movimiento de la cama se caían los envases de cerveza, si se rompían o se derramaban. Éramos nosotros dos, eran nuestras manos palpando nuestros muslos y torsos ardientes e impacientes debajo de la ropa. Quitamos nuestro calzado sin soltarnos. Nos desnudamos poco a poco, ansiosos, tranquilos, con deseo, con calma, con un amor muy sutil que nos llegó a quemar, casi a consumirnos por completo. Desabrochamos nuestros pantalones. Retiramos nuestras camisas y calzones. Nos tocamos por completo, no nos resistimos a hacerlo, no nos resistimos a apretar nuestros traseros o a tomarnos el miembro a ratos. Sobre todo, él no se resistió a soltarme, dejarme boca arriba, resbalar por mis piernas y meter mi pito en su boca, algo inusitado, algo que siempre quise hiciese y, que siempre rechazó. Para mí su boca era algo loable, una lengua que merecía ser ilícita, tanto así que por un instante sospeché del origen de esas prácticas suyas. Me dejó boca arriba. Se apartó de mí y subió, volvió a besarme. Cuando separó nuestros labios, se montó en mí. Lo penetré convencido de su posición. Era evidente el dolor. Se resistía a continuar. Se desprendía de mi cuerpo, daba un respiro y volvía a colocarse para dejarse penetrar. Al cabo de un momento, mi pene se incrustó en él con la misma seguridad con la que lo acomodó. Se apoyaba de sus piernas frágiles y obedientes que se doblaban y estiraban. Por fin se desvaneció el dolor. Me tomaba de las manos. Hacía que me estremeciera. Lo hacía lento y aumentaba la velocidad poco a poco, gemía, suspiraba, resoplaba, se movía con la misma naturalidad que el viento; sus piernas eran del mar, olas intranquilas que iban y venían. Chocaban. Comenzábamos a sentirnos pegajosos a causa del sudor desprendido.
El coito se prolongó hasta que ambos quedamos rendidos. Temí que esa fuera, por fin, la última vez en que eso sucediera.
Carlos Le Blanc
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Colaboró con el presente relato el 20 de mayo de 2026.
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