Se dicen, de un tiempo a esta parte, demasiadas cosas inexactas ‒a veces totalmente imaginarias‒ acerca del Romanticismo, que poco o nada tienen que ver con lo que éste fue, pero que han de justificar su presunto influjo funesto sobre el presente. Y, sin embargo, las consecuencias muy dañinas que sí ha tenido (como, en su vertiente política, el ser cuna de los nacionalismos identitarios que tanto han contribuido a las guerras del pasado y a problemas irresueltos del presente en Europa), ésas precisamente, no se señalan con el mismo afán de revanchismo histórico, sino que hasta se apropian y reivindican, y esto por parte de las mismas personas y movimientos acusadores. No es causalidad: lejos de la espontaneidad y transparencia “cultural” con que se venden tales críticas, y hasta de su cientificidad psicológica, sociológica y antropológica ‒totalmente ficticia‒, se trata realmente de puros activismos políticos sin ninguna base teórica firme, que “piratean” corrientes históricas pretéritas mucho más sólidas y necesitan tergiversar elementos fundamentales de la cultura occidental para justificar su propia existencia y el statu quo (académico, mediático, etc.) alcanzado por sus nombres más destacados. Al fin y al cabo, esos movimientos son el reducto en que se ha refugiado lo que quedaba del posmodernismo y la contracultura del ámbito académico e intelectual de los años sesenta y setenta, ya bastante anémico y desprestigiado; son las nuevas formas en que aquéllos han reaparecido, con mutaciones producidas en los años noventa en la universidad estadounidense que han servido para conectar con las generaciones jóvenes descontentas, desesperanzadas y necesitadas de un proyecto sociopolítico desde la crisis económica de 2008 hasta hoy. Pero con semejante proyecto no se va muy lejos, pues, como decía, carece de una base teórica firme (su carácter “científico” suele consistir en las opiniones de sus impulsores, envueltas en una retórica que sólo vagamente suena a ciencias sociales), y se dedica a apropiarse sistemáticamente de ideas que encaja arbitrariamente con otras, dando lugar a toda clase de inconsistencias teóricas y consecuencias psicosociales lamentables.
Un ejemplo singularmente llamativo de esta “apropiación cultural” ‒la cual con tanto denuedo se vitupera como a la vez se practica‒ es el del Romanticismo, cuyas ideas le son claramente arrebatadas a la vez que se lo convierte en causa de casi todos los males actuales. Así, ha llegado a ser moneda corriente el hablar de “romantizar” como “idealizar algo malo” (que envuelve alguna relación de poder o de desigualdad), de “amor romántico” como “relación de control” (marcadamente destructiva) y, en general, se asume como un hecho obvio que el “Romanticismo” es el modelo de la sujeción de la mujer al hombre (patriarcado) mediante unos vínculos sentimentales que, por lo visto, serían un “constructo histórico”. Pero todo esto es históricamente falso, por no decir sin más ridículo; y no deja de ser irónico que lo genuinamente romántico consistiera realmente en el ideal contemporáneo de una pareja de amantes que deciden estar juntos con independencia ‒o incluso en contra‒ de los requerimientos sociales que pesasen sobre ellos (matrimonios concertados, incluso por poderes; imposibilidad de emparejamientos entre clases sociales distintas; enlaces como arreglos económicos entre familias a cambio de la dote, etc.). De ahí lo literariamente “trágico” de tal decisión, como lo es siempre la libertad enfrentada a la necesidad; de ahí lo que tenía de “aventura”, y hasta de “gesta”, de oposición a un orden establecido injusto que es desafiado “por amor” (por lo visto, un invento históricamente reciente que ahora toca “deconstruir”).
En realidad, cuando los antirrománticos hablan de “Romanticismo” se están refiriendo al “amor cortés”, es decir, al de los trovadores de la Baja Edad Media que cantaban al amor caballeresco, puro y abnegado por el que merece la pena arriesgar la vida y, llegado el momento, sacrificarla; ese amor para el que la dama aparece como el objeto inalcanzable que, finalmente, ha de rendirse a los esfuerzos del caballero que ha pasado una serie de pruebas para demostrarle su devoción ‒que, ciertamente, tiene algo de sacra‒. Es en este tipo de cantar cortesano donde encontramos los rasgos definitorios de ese supuesto “amor romántico” que explicaría la toxicidad de las relaciones sentimentales actuales; básicamente, esa idea de la mujer recluida en lo alto de la torre, cuya virginidad vale su precio en oro (y ella es consciente de ello, y la vende muy cara, hasta que se ablanda y cede ante el caballero al cual está dispuesta a “ofrecerse” no por su fortuna, sino por su mérito) en el mercado del intercambio matrimonial. Pero esto ni siquiera es un reflejo cierto de aquella época medieval-renacentista, pues sólo se trataba de eso: de cantares cortesanos que constituían ideales estéticos (como hoy el cine de Hollywood o los best sellers literarios), no realidades prácticas; y, en cualquier caso, tampoco eran ideales pensados para la inmensa mayoría de las mujeres, sino únicamente para las de alta cuna (la aristocracia y la incipiente alta burguesía) sobre las que cantaban los poetas; nunca para las plebeyas, en relación con las cuales tal ideal hubiera resultado ridículo ‒sin embargo, hoy se cree que era así‒. Para entender las relaciones sentimentales y sexuales del vulgo de la época se haría mejor en leer la “literatura” goliardesca, mucho más mundana y libertina, donde se ve el comportamiento del pueblo, muy distante de los ideales (ni siquiera de las auténticas costumbres) de los señores.
Pero ¿y qué más da?, se objetará; ¿qué importa si el “amor romántico” es romántico o cortés? ¿Es que eso cambia algo? A lo que sólo puedo responder esto: no puede dar igual que un discurso se ampare en supuestos históricos que no resisten el más mínimo examen; un discurso que es mero activismo político justificándose en un falso revisionismo histórico ‒el cual revela, ya de por sí, o la ignorancia o la tergiversación del material‒ y que, como todo lo que se ampara en falsas justificaciones, es consustancialmente espurio en sus intenciones. Así pues, lo que quiero hacer seguidamente es exponer de forma breve y sencilla, pero libre de atribuciones falaces y argumentos capciosos, lo que sí supuso el Romanticismo. Es importante aclarar siempre las cosas, pues quien reescribe el pasado es porque quiere ofrecer una visión distorsionada del presente. Una, por supuesto, al servicio de la causa política que defiende (algo perfectamente lícito), pero que oculta semejante procedimiento “narrativo” (y esto no lo es tanto).
Por D+D Puche Díaz
Filosofía | 12-5-24
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