DÍA DOS
Nuestras actividades diurnas turísticas fueron de lo mejor; además me dieron tiempo suficiente para digerir la experiencia y reflexionar sobre la razón de mi rechazo. Con cierta paz concluí que lo más probable era una cuestión de cupo y no algo personal. Por la mañana, mientras visitábamos la East Side Gallery, convencí a mi hermana de pasar por el club, aunque fuera de día; un ejercicio documental de cierta forma. El edificio lucía estático, inerte, como si todo lo que sucede dentro de ese brutalismo ahora expuesto bajo la luz fuera un secreto herméticamente guardado. El templo mantenía su presencia masiva, pero su geometría, al quedar completamente revelada, perdía parte de su misticismo.
Habíamos terminado nuestra turisteada, esta vez más tarde. Si todo salía según el plan, estaría llegando al lugar poco después de la una de la mañana. La noche había decidido complicar más las cosas: era la más fría hasta entonces, rozando los cero grados. Una llovizna fina caía constantemente, más molesta que dramática por lo que opté por usar el transporte público. Mi impulso explorador había quedado satisfecho la noche anterior. No había necesidad alguna de caminar largas distancias en esas condiciones. Tomé el autobús que pasaba a una cuadra. Dentro viajaba poca gente, casi todos jóvenes, pertenecientes al mismo arquetipo que había visto en el hostal la noche anterior. Había algo en ellos, en su vestimenta, en la manera en la que ocupaban el espacio, que me hacía pensar que teníamos planes similares. El silencio que había tenía un aire sacro, como si todos compartiéramos un pacto de introspección previo al ritual nocturno. Me contuve y permanecí mudo. De igual manera, los alemanes nunca me parecieron particularmente cálidos.
Desde la ventana observaba, con una cotidianidad prematura, las calles que apenas conocía. Tras unos minutos, el transporte me dejó en Ostbahnhof, partiendo desde esta estación sólo era necesario atravesar dos mega cuadras berlinesas para llegar. Mucho mejor que enfrentarme otra vez al frío mordaz que se encargaba de incomodar a cualquiera lo suficientemente necio como para caminar. Esta vez, la fila estaba muchísimo más corta, no se extendía más allá de los límites de la propiedad del club. Ya formado, sentía una comodidad casi arrogante. En ese momento no tenía nada que hacer más que admirar el edificio. No veía señales de la fiesta, ninguna luz móvil o láser, solo alcanzaba a ver siluetas en las ventanas, siempre iluminadas de un color estático.
Frente a mí se formaba una persona aparentemente de mi edad. Tenía una calma firme, como si todo esto le resultara rutinario. Como todos, vestía completamente de negro. Una pequeña mochila deportiva pequeña colgaba baja en su espalda, probablemente cargando todo lo necesario para sobrevivir hasta el lunes. Me impactó su postura escultórica; no volteaba a ningún lado más que hacia el frente, donde se encontraba un hombre más fornido y masculino. No pensé más en él hasta que, sin previo aviso, se quitó su chamarra gruesa y reveló su arnés de cuero azul lustrado. Esto me recordó que en estos lugares suele haber un guardarropas entrando, por lo que la capa exterior negra no es más que un envoltorio utilitario temporal para proteger de los elementos. Ya dentro, las verdaderas identidades y la verdadera piel de las personas salen a relucir. Aquello me hizo cuestionar mi propio papel dentro del club. ¿Realmente pertenecía yo ahí dentro? ¿El bouncer iba a poder oler mi heterosexualidad? Desplacé esas dudas para concentrarme en mi proximidad inmediata a la serpiente. Al entrar a ella mi mente quedó en blanco. A diferencia de la noche anterior, mantuve un estado impasible, dispuesto a digerir la experiencia tal como se presentara.
Llegó el momento de ser juzgado por segunda vez. Observaba que la mayoría lograba entrar, aunque de repente surgía algún rechazo misterioso. Faltaban tres personas para llegar a la puerta. Mientras las miraba discretamente, intentando descifrar la energía de quienes si entraban, un hombre me dirigió la palabra tomándome por sorpresa. Llevaba tiempo parado a mi lado, en mi visión periférica, sin que yo le prestara atención. Con un tono suave, me hizo una pregunta en alemán.. Le respondí que hablaba inglés. Repitió su pregunta: ¿vienes solo? Apenas entonces comprendí que ese hombre era un cadenero también.
Siempre había creído que, aunque hubiera varios en rotación, sólo uno operaba a la vez. Pero él me había abordado a quemarropa, sin darme tiempo de prepararme mentalmente. Me encontró en mi estado más auténtico, distraído, sin saber que ya estaba siendo evaluado. “Estoy solo” respondí. Primer filtro superado, pensé. Luego pareció prepararse para la siguiente pregunta. Juntó las palmas en un gesto amable, hizo una leve inclinación, y con una expresión de disculpa preguntó: “¿Cuántos años tienes?” Algo en su lenguaje corporal me inquietó. Parecía saber que mi respuesta representaría un problema y, aun así, decidió hacer la pregunta por si acaso. “Veintiuno”, respondí. Su rostro se volvió aún más conciliatorio. Sonrió con cortesía, sosteniéndome la mirada, y pronunció el veredicto: “No.”
¿Cuándo volvería yo a Berlín? Me veía de vuelta en Europa en unos años, pero, ¿a Berlín específicamente? No sin pagarme el viaje yo mismo, y para eso faltaba. Acepté el rechazo de inmediato. Asentí y me alejé. Aprendí que los cadeneros de ese lugar son ávidos telépatas: en dos preguntas y un “no”, ese hombre me comunicó mucho más. Había una matiz de protección, como si dijera: “vuelve cuando estés listo.” “Regresa en unos cinco años”. Era demasiado joven para ese tipo de fiesta. La responsabilidad ahí dentro es absoluta. Es común el uso abierto de drogas, hay densidad corporal alta, la interacción con personas en estados alterados es asegurada, al igual que la desinhibición colectiva, el fetichismo extremo, entre otras cosas que pueden ser inapropiadas incluso para un adulto jóven como yo. No hay mediadores. No hay guías. Suficientes variables para que algo salga mal si no tienes experiencia. Berghain es dos cosas a la vez: el templo máximo del techno, y un espació histórico de liberación gay. Yo sólo conectaba con la primera de esas identidades. Quizá eso también lo vió en mí. Sea como sea, lo tomé con calma. Honestamente su veredicto me rompió un poco el corazón, pero de manera ceremonial: a pesar de no haber quedado satisfecho, lograba entender que todo estaba ocurriendo como debía, según el plan que tenía para mí el dios del techno. Al alejarme del edificio, mantuve la mirada baja. No por decepción, sino para teclear una sola palabra en la aplicación de mapa en mi celular: Tresor.