Daniel Alejandro Ponce Vázquez, nací el 30 de Septiembre del 2000 en la exuberante ciudad de Tapachula, Chiapas, México, conocida como "La Perla del Soconusco". Soy el benjamín de mi familia, con una hermana mayor, Paola, y unos padres amorosos, Alejandra y Jacinto.
Desde temprana edad, mi camino se vio impregnado de una formación católica, gracias a la influencia de mi abuela paterna, quien me introdujo a la fe, llevándome al catecismo, misas y rosarios. Así, desde los siete años, comenzó a gestarse mi conexión con lo divino, y una inquietud surgió en mi alma, llevándome a anhelar una vida sacerdotal al servicio de la comunidad. Fue en ese momento cuando mi viaje personal hacia la vocación social dio sus primeros pasos.
Mi camino de vocación social se trazó desde temprana edad, cuando una mezcla de curiosidad e inspiración me llevó a interesarme por la vida sacerdotal. A los catorce años, siguiendo un llamado interior, ingresé a un retiro vocacional (pre-seminario) en el seminario menor San José. Sin embargo, los designios del destino me llevaron por otros senderos, ya que no había culminado la secundaria, lo que me impidió ingresar al seminario. Pero en lugar de desalentarme, encontré una alternativa valiosa: ser Seminarista en Familia. Acepté con gratitud esta nueva senda, llevando a cabo un seguimiento vocacional en casa, con reuniones periódicas cada dos meses durante dos años. Este período fue fundamental en mi desarrollo espiritual, permitiéndome profundizar en mi fe y descubrir mi amor por la vocación social.
A los quince años, asumí el rol de catequista de un grupo de niños de 8 a 9 años, una experiencia que me conectó con la esencia de compartir y transmitir los valores que había recibido en mi formación. Al cumplir los dieciséis años, mi corazón encontró su lugar como monaguillo, donde experimenté una conexión más profunda con la liturgia y los rituales sagrados. Pero la travesía no terminó allí; a los diecisiete años, inicié una emocionante aventura como coordinador de un grupo juvenil. Durante este periodo, el servicio a la comunidad se convirtió en la piedra angular de mi vida, y este compromiso me permitió cultivar mis habilidades de liderazgo y comunicación. Cada experiencia fortaleció mi determinación para seguir mi vocación social y convertirme en un agente de cambio en el mundo que me rodeaba.