Cuidado de sí - cuidado de ti
l. INTRODUCCIÓN
Los de nuestra generación hemos hecho de la autonomía una necesidad y de la autosuficiencia un signo de identidad. Por eso nos encanta ir a nuestro aire y sentimos un rechazo instintivo a que “nos organicen la vida”. Pese a todas las estadísticas, vemos como remota la posibilidad en un futuro de tener que recibir auxilio de los otros. En cualquier caso, estamos persuadidos de que, si eso ocurriera, alguien cuidará de nosotros.
Más allá de conservar la autonomía, el cuidado de sí engloba el cultivo de hábitos que refuerzan los vínculos con los demás. Y es que, como veremos, el cuidado de si es inseparable del cuidado de las relaciones. O, dicho de otro modo, la salud de las relaciones forma parte del cuidado de sí.
La transición de una situación de autonomía a una de dependencia puede ser brusca o gradual, pero nunca es automática, sino que atraviesa un periodo de adaptación que supone vencer una cierta crisis.
La clave para adaptarnos con éxito a una minusvalía está en acometer el desafío de un nuevo aprendizaje y hacerlo con una actitud positiva, convencidos, porque es verdad, que ha de conducirnos a un crecimiento de orden más elevado. Los cuatro escalones de este aprendizaje son: aceptar las limitaciones, desprenderse de las pérdidas, pedir ayuda y, lo que más cuesta, acoger con gratitud la ayuda que nos ofrezcan. Aterrizar en la dependencia solo se convierte en un tormento cuando el interesado renuncia a participar en esta escuela.
El cuidado de sí tiene mucho que ver con el arraigo de las virtudes de la vida buena(1). Las personas que se hacen generosas, pacientes, templadas, alegres... no solo afrontan la adversidad sin dramatismos, sino que crean a su alrededor el clima más adecuado para el propio cuidado.
II. IMPORTANCIA DE LA ATENCIÓN
Tanto el respeto como la empatía se basan en la atención del otro. Cuando nos hacemos mayores suelen solaparse cuatro fenómenos que dificultan la percepción y el correcto procesamiento de la información que recibimos:
Pérdida auditiva o sordera.
Falta de interés por aprender cosas nuevas.
Falta de esfuerzo por atender, entender y retener lo que nos dicen.
El exceso de confianza en la propia ciencia/experiencia nos hace precipitar conclusiones y pensar que hemos comprendido algo que, en realidad, no hemos comprendido.
Estos inconvenientes enturbian la comunicación y terminan por contaminar las relaciones. Afortunadamente hay una forma de prevenirlos: entrenar el “músculo” de la atención. Las vías principales de comunicación son: la mirada, la palabra y la escucha. Toda capacidad creadora, toda inspiración genial, toda actividad humana que aspire a ser contemplativa tiene su origen en la atención profunda: atención en la mirada, atención en la escucha..., atención que sintoniza mente y corazón.
CONSEJOS PRÁCTICOS
Presta atención al que te habla: detén la mirada. Una mirada atenta, una mirada amigable.
Trabaja el hábito de interesarte por las personas que te rodean. Escucha con benevolencia. Escuchar sin interrumpir.
Preserva las dos facultades que hacen posible la comunicación: ver bien y oír bien: acude a especialistas y vence la pereza de adoptar nuevas tecnologías.
Pon los cinco sentidos en la lectura y en la audición musical.
III. EL CARÁCTER Y EL DECORO EN LA TERCERA EDAD
Los hábitos de autocuidado condicionan la calidad de la atención que recibiremos en el futuro. Basta pensar en lo distinto que es cuidar de una persona que siempre ha vivido entregada a los demás, a cuidar al que nunca “ha tenido tiempo” de hacerlo; como lo es atender a un viejo cascarrabias que no hace más quejarse y exigir, o cuidar a una anciana amable que acepta con gratitud y mansedumbre los servicios que se le prestan. O lo diferente que resulta cuidar del abuelo amable y aseado, o cuidar del abuelo que abomina del agua y del jabón.
El autocuidado de una persona mayor empieza por lo más elemental: ser competente en su higiene y decoro personal. Cuando la persona deja de ser competente en estas materias, resulta imprescindible acordar con el interesado el modo de suplirle en lo que no alcancen sus recursos.
La cultura del cuidado se basa en una premisa de disponibilidad, virtud que funciona como una llave de doble paso: disponibilidad para ofrecer ayuda y disponibilidad para recibirla cuando la necesitamos. Los que en su madurez dedicaron una parte preciosa de su vida a cuidar de sus padres, de su esposa o esposo, de sus hijos o nietos, nunca les falta compañía cuando llega la vejez. Son moderados en sus demandas, dóciles y agradecidos con los cuidados que reciben -sean pocos o muchos-, porque previamente ellos ya han recorrido ese camino. En cambio, los que en su madurez blindaron su disponibilidad, en el crepúsculo de sus vidas suelen ser recalcitrantes, hiper-demandantes y gruñones... lo que explica numerosas situaciones de soledad “no deseada”.
Del mismo modo que un terreno sin cultivar se “asilvestra”, los que en la etapa previa relajan sus modales y descuidan su higiene, al llegar a la vejez, sufren un rápido desaprendizaje. Esta regresión se expresará en distintas formas de tosquedad y rudeza de carácter, que tienen como denominador común la falta de autodominio. Se trata de una “primitivización” que hace ingrata la convivencia y propicia el aislamiento. Por eso importa advertir a tiempo y enderezar en su inicio costumbres chocantes o indecorosas.
El buen gusto en el vestir, la amabilidad y la pulcritud preservan la dignidad y la autoestima del anciano. En particular, la elegancia arroja un aura de distinción y honorabilidad en nuestros ancianos y ancianas. Estas cualidades transparentan la belleza del alma, belleza que cubre y protege su dignidad.
Existe también un desaprendizaje patológico por el deterioro de las funciones de la corteza prefrontal, que es el centro del autocontrol, la toma de decisiones, la planificación y la moderación de impulsos. La merma en la capacidad de inhibir y moderar comportamientos automáticos, se expresa en la imposibilidad de contener las emociones y los impulsos. Evidentemente, en estos casos, conviene acudir al médico ante los primeros síntomas.
RECOMENDACIONES FINALES
Cuida de los tuyos como te gustaría que te cuidaran en sus mismas circunstancias. Si no lo haces nunca aprenderás a hacerlo, y, cuando tengan que cuidar de ti, todos los cuidados que te prodiguen te resultaran insuficientes.
Pide ayuda con sencillez y acepta con gratitud la ayuda que te ofrecen: a veces justificamos nuestro silencio porque no deseamos incomodar, ser una carga..., pero en el fondo somos vanidosos y vergonzosos, tememos perder la honorabilidad, la dignidad… y nos callamos.
Cultiva las amistades, pero..., ante todo, ocúpate del cuidado de los de tu casa.
Identifica las posibles fuentes de ansiedad para eliminarlas o gestionarlas mejor. No te quedes a solas con los problemas. Verbaliza lo que te pasa. El callar y disimular genera ansiedad. Complicación que, no pocas veces, agrava patologías o desórdenes que, con un poco de ayuda, son sencillos de resolver, como, por ejemplo, la incontinencia.
Cuando pidas consejo, ten decidido -madurado- confiarte al cuidado de los otros.
Lluís Segarra M. Barcelona, 21 de desembre 2026
(1) El concepto socrático de la vida buena (eudaimonia) es vivir virtuosamente a través del autoconocimiento y la razón, cuidando el alma sobre el cuerpo y los bienes materiales, y entendiendo que la virtud es conocimiento; una vida sin examen, reflexión y búsqueda de la verdad no merece ser vivida, ya que el intelecto guía hacia el bien, generando una felicidad duradera.