Debemos preguntarnos en primera instancia si existe realmente una clara distinción entre alta y baja cultura. Hay quienes afirman que desde el momento en el que este debate existe y diferenciamos entre unos productos artísticos u otros ya existe la distinción, una frontera que parece inquebrantable. Históricamente, de hecho, para ponernos todas en contexto, hemos de destacar las jerarquías que se han dado dentro del mundo del arte: durante el Romanticismo, se diferenciaba entre artes mayores y artes menores; yendo aún más atrás en el tiempo, en el Renacimiento, se trató de poner en valor las artes liberales (de pensamiento) sobre aquellas manuales, algo que tiene mucho que ver con el debate actual sobre la alta y la baja cultura.
Pues bien, tratemos de definir qué son exactamente (si es que existe algo exacto en esta vida) la alta cultura y la baja cultura, o al menos pongamos en común un terreno sobre el cual plantear cuestiones en el presente artículo. En primer lugar, alta cultura es el arte que entra en el museo, o que es consumido por las clases pudientes históricamente (ópera, literatura, etc.). Se trata de un arte institucional, considerado fervientemente elitista; un arte intelectual e integrado. En segundo lugar (literalmente), la baja cultura es el arte popular, un arte relacionado con el consumo de las masas (que no la multitud), a lo material (y a la basura). Es decir, nuestros juicios sobre la calidad de una obra vienen profundamente marcados por el público que la consuma o haya consumido en el pasado.
Ese segundo lugar dado a la baja cultura, en una dinámica vertical con respecto al valor de la alta cultura por encima de (pues lo alto siempre se ha relacionado con lo mejor: en sociedad, en religión, en individuos), se ha ido desplazando a un lugar más horizontal. Incluso, con expresiones como “poner los pies en la tierra” (como indica Antonio Valdecantos en una tertulia del Círculo de Bellas Artes que podéis encontrar en Youtube) se refleja el sentimiento que acompaña a la institución museística desde el último siglo. En vez de estar de “estar en las nubes”, una expresión que pone a lo alto como un lugar despectivo, los museos actuales tratan de acercarse a un público más general mediante la autocrítica y la democratización.
Esto ya se daba en el siglo XX, con exposiciones, por ejemplo, como High and Low en el MOMA, en la que se refleja la consideración inferior que se tenía, por lo general en el momento, hacia las actividades artísticas de la calle, reivindicando que merecen una posición de mayor reconocimiento (“we hope to show that within their realm, artists can be found who made work of originality and intensity”). No obstante, en esta exposición se pone en valor el arte popular moderno con relación al arte propio del museo; no se crea un espacio de estudio y difusión de obras populares, sino que se afianza la separación que existe entre ambos mundos. Quizá la realidad sea que las obras de la calle pertenecen a la calle. Quizá no sea buena idea traer a la Academia actividades artísticas que no funcionan en el espacio museístico. Pero como los museos no han desaparecido, y ya no parece que lo vayan a hacer, ¿qué podemos hacer para valorar el arte de las masas de una forma paralela al arte institucional?
Pues bien, este debate viene generado por figuras importantes de la historia y la crítica de arte contemporánea. Umberto Eco, en su libro Apocalípticos e integrados de 1964 demuestra esta clara diferencia entre alta y baja cultura (integrados y apocalípticos, respectivamente), que venía marcada en el siglo XX por figuras como Greenberg con su texto sobre la vanguardia y lo kitsch de 1939. Lo que Eco plantea es la incapacidad de la alta cultura por comprender y seguir unas pautas democráticas en el arte. Es decir, la alta cultura es aquella inaccesible, mientras que la baja cultura apela a un público muchísimo más heterogéneo cuyas preocupaciones son menos conceptuales y más cotidianas. De hecho, la gente valora la cultura popular por su “honestidad” frente al elitismo de la alta cultura.
Esta inaccesibilidad que caracteriza a la alta cultura, por tanto, no es solo económica (en tanto a quién pueda acceder a ese arte de “mayor calidad” por cuestiones de coste de entradas). De hecho, yo veo la inaccesibilidad más en el plano intelectual, aunque ambas vienen a significar lo mismo finalmente. La alta cultura funciona en mecanismos de superioridad moral e intelectual que se han tratado de legitimar tan férreamente a lo largo de la historia y la contemporaneidad que aquellas personas que ven arte empiezan a sentir un gran rechazo por las instituciones de poder. Pero este plano elitista de la alta cultura se ha tratado de romper a lo largo del siglo XX. Un ejemplo claro es el fuerte impacto del arte y la filosofía pop.
En España, de hecho, vemos este fenómeno de una forma muy interesante: una de las mayores preocupaciones de la vanguardia, tal y como refleja Ortega y Gasset en La deshumanización del arte, fue el creciente rechazo del público general hacia el arte que se exponía en los museos del momento. La incomprensión conlleva rechazo, odio, sentimiento de engaño (algo que se mantiene hoy en día). Por ello, la vanguardia, como sabréis, trata de unir lo popular con lo culto, de academizar la cultura popular. La intención es buena; sin embargo, creo que intelectualizar lo popular es hacerle un feo a la cultura apocalíptica, es tratar de darle valor de una forma que no entiende su esencia y que, de raíz, considera lo popular como algo peor y necesitado de ser intelectualizado. ¿Por qué consideramos que el arte que consume la mayoría de las personas, más honesto y cercano a casa, es de menos calidad intelectual? De personas que “no son capaces” de comprender el arte de la alta cultura. Personas “demasiado simples”. Creo que este es el origen y el verdadero problema.
Claro que va a haber rechazo hacia el Museo si desde las instituciones que manejan el cotarro del mundo del arte se manda el mensaje de que sólo los educados en él (o las personas con una mayor “sensibilidad intelectual”) son capaces de comprender el arte verdaderamente bueno. Estos son planteamientos muy arcaicos que ya es hora de que dejemos atrás como público o como futuras curadoras, críticas, historiadoras… No podemos abrazar las ideas de Hume o Diderot como verdades puras sobre que una persona con educación, formada (signo de privilegio de clase), va a tener un gusto más válido que una persona que nunca fue a la escuela. Sí, entender un fenómeno artístico puede que te acerque más a valorarlo, pero creo que todo el mundo es capaz de comprender una obra de arte, o al menos aprender algo de ella, y considero que existe muchísima sabiduría tanto fuera de las universidades como dentro de las mismas (si no más). Por supuesto no debemos rechazar la formación, todo el mundo debería tener acceso a una educación pública de calidad. Pero no toda la inteligencia se concentra en los textos y la alta cultura intelectual. La cultura popular refleja una humanidad tan fuerte, importante y necesaria como lo hacen los clásicos de literatura o los cánones artísticos (que en ocasiones no son más que un mantenimiento que llevan a cabo sistemas políticos conservadores y violentos).
Es más, se puede aprender tanto de un clásico de la literatura, como puede ser El Quijote, como de una novela romántica. La cultura popular no es, como se ha calificado históricamente, un entretenimiento inferior y nocivo que amenace a la reflexión individual e intelectual de la alta cultura. Ambas formas de creación artística expresan algo humano, o al menos, que todos somos humanos. Para eso sirve el arte, lo cree quien lo cree: para conectarnos con nuestro pasado y con nuestra condición inevitable de seres humanos, pues todos lo somos, dadas o no las diferencias particulares de cada uno. Parece ser que el rechazo se da de ambas partes; la alta cultura no comprende cómo funciona la baja cultura (sus preocupaciones, aproximaciones, formatos…), y las personas de a pie no se sienten capaces de entender el arte contemporáneo. Y la pregunta que surge es, ¿puede la alta cultura funcionar con dinámicas democratizadoras? Acercarse, realmente, al pueblo y a las artes consideradas inferiores durante toda la Historia del Arte. Realmente, la identidad de definición de alta y baja cultura ha ido cambiando mucho; el cine, por ejemplo, en sus comienzos era considerado un arte menor y ahora consta de su propia Academia.
Si con el paso del tiempo el mundo artístico va ampliando sus fronteras y poniendo en valor artes que antes no se consideraban nada más que un entretenimiento vacío, quizá lo que debamos hacer es acabar con la fuerte diferencia que en nuestras mentes existe al ver una u otra obra según su formato y el nombre que haya detrás de su producción. Debemos consumir todo tipo de culturas sin sentirnos superiores por entender y disfrutar una o culpables por entender y disfrutar la otra. Aunque exista la dicotomía y cada arte tenga su espacio, unos espacios no debieran ser más valorados que otros. De nuevo, se puede aprender tanto de un videoclip de Lady Gaga, como de una visita al Museo del Prado. Hemos de ser sensibles a todas las expresiones artísticas que nos rodean y componen nuestra realidad porque si no, ignoramos una gran, y realmente impactante, parte de la misma.