by Creadora Hub
Cuando cursaba mi carrera de diseño, la metodología de aprendizaje consistía en entregas constantes del trabajo cuatrimestral, lo que nos tenía sin dormir a muchos de nosotros. De hecho, era la cultura de no dormir o llegar a la entrega pegando rótulos a minutos de la hora de entrega. En este caos absoluto, yo tenía una compañera coreana que llegaba impecable, bien vestida y peinada. En silencio, nos mirábamos y no podíamos creer lo que veíamos. Nos comparábamos, y de manera silenciosa nos juzgábamos por ser exactamente lo opuesto. Ella, con todo bajo control; nosotras, tan descontroladas.
Esta experiencia, que en su momento parecía una simple anécdota universitaria, me dejó reflexionando sobre la relación que tenemos con el control, especialmente en el ámbito creativo. ¿Es realmente posible tenerlo todo bajo control? ¿Y qué significa estar “descontrolada”?
La imagen de mi compañera era fascinante. Su disciplina, su impecabilidad y la tranquilidad con la que entregaba sus proyectos eran el sueño de muchos de nosotros. Representaba una seguridad que parecía imposible alcanzar en medio del torbellino que vivíamos.
El control absoluto puede darnos una sensación de poder: todo está planificado, nada se escapa, y las crisis se gestionan con elegancia. Este enfoque puede ser muy efectivo, especialmente en carreras como el diseño, donde la estructura y la planificación son esenciales para cumplir con plazos y estándares de calidad, pero en realidad para toda actividad en la que se deban respetar plazos.
Menos estrés: Saber qué hacer y cuándo hacerlo puede reducir enormemente la ansiedad.
Resultados consistentes: La planificación te permite cumplir con tus metas de manera efectiva.
Proyección profesional: La capacidad de controlar y organizar te hace lucir confiable y profesional.
Sin embargo, el control absoluto también tiene un lado oscuro. En el caos creativo, donde las ideas fluyen y cambian, un exceso de control puede convertirse en una cárcel. Durante aquellos años, notaba que mi compañera rara vez improvisaba o se desviaba del plan. Mientras tanto, nuestras noches caóticas, aunque agotadoras, estaban llenas de descubrimientos y soluciones inesperadas. Nosotras tuvimos que aprender a “controlarnos”, ella a navegar el “descontrol”.
Falta de flexibilidad: En el diseño, lo inesperado puede ser una bendición. Un enfoque demasiado rígido puede sofocar la innovación.
Ansiedad por el perfeccionismo: Intentar controlar cada detalle puede generar más presión que alivio.
Desconexión emocional: A veces, enfocarte en el control te aleja de disfrutar el proceso.
Si algo aprendí de esa época fue que la magia está en el equilibrio. Ni el caos total ni el control absoluto son ideales. Aprender a organizarme sin perder la chispa de la improvisación fue un camino largo, pero valioso.
Define lo esencial: Prioriza lo que debe estar bajo control (plazos, calidad básica) y suelta lo que pueda fluir naturalmente.
Acepta lo inesperado: Aprende a ver los imprevistos como oportunidades, no como fracasos.
Planea tiempo para el caos: Dedica espacios a experimentar, equivocarte y descubrir nuevas ideas. Corre riesgos “controlados”
Una herramienta muy efectiva para no perder la cabeza surfeando las responsabilidades diarias son los círculos de control son un concepto popularizado por Stephen R. Covey en su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”. Covey los introduce como una herramienta para comprender dónde debemos enfocar nuestra energía y atención, enmarcada dentro del primer hábito que él llama “Ser proactivo” y no morir literalmente en el intento (eso lo agrego yo).
Hoy, miro hacia atrás y agradezco lo aprendido. La experiencia me enseñó que el control y el descontrol son dos caras de la misma moneda. Todavía día a día busco el control y muchas veces se me va la mano con la exigencia… pero vuelvo al eje cuando me doy cuenta que la empiezo a pasar mal. En el diseño y en la vida, no se trata de elegir entre una u otra, sino de bailar entre ambos.
¿Y tú? ¿Cómo encuentras tu equilibrio entre el caos y el control? 🌟