Uno de mis primeros recuerdos es de cuando tenía 8 años e iba con otros niños de mi edad a cuidar los animales al campo. Los más mayores iban con las vacas, nosotros cuidábamos de las ovejas y las cabras. Juntábamos los pocos animales que llevaba cada uno cuando estábamos ya en los prados, lejos del pueblo.

Dos se encargaban de vigilar, sobre todo a las cabras que eran las más inquietas; y los demás nos poníamos a jugar: al escondite en el bosque o a otros juegos que nos inventábamos nosotros mismos. A mí me gustaba echar a suerte para los turnos de guardar el ganado y organizar los juegos.

Algunas veces rezábamos el rosario como lo hacía el sacerdote en la iglesia del pueblo los domingos por la tarde.

Un día del mes de noviembre que hacía mucho frío y estaba nublado, yo les dije a mis compañeros:

- Venid, amigos, vamos a rezar el rosario, luego hacemos fuego y nos calentamos.

Todos estuvieron de acuerdo, y después de rezar, nos dispersamos para recoger ramas secas por el bosque cercano. Hicimos un buen montón y Gabriel, mi primo, que era un poco más mayor y tenía siempre cerillas, encendió el fuego. Empezaron a subir las llamas rápidamente y cuando quisimos recordar habían empezado a quemar el abeto bajo el cual habíamos hecho el fuego sin darnos cuenta. Todos nos asustamos muchísimo.

Entonces yo dije:
"Amigos, estamos perdidos, ¡vamos a perecer todos quemados!"

Mientras mis compañeros empezaron a correr para recoger cada uno sus animales, yo entoné las letanías de la Virgen María:

"Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Santa María…"
Y cada uno respondía como podía, mientras se alejaba corriendo.

Entonces sucedió algo inesperado: empezó a llover con fuerza, un buen chubasco y el incendio se apagó él solo en pocos minutos.

Aquello nos sirvió de lección y a mí me dio mucha confianza para acudir a la oración en casos de peligro y de problemas en los que uno no sabe cómo hacer.