La ansiedad escolar se entiende como una respuesta emocional y fisiológica de aprensión, tensión y temor ante situaciones relacionadas con el contexto educativo (Gómez-Pérez, López-Gómez & Ramírez, 2020). Esta conceptualización va más allá de la fobia escolar estricta, abarcando respuestas como el miedo a la evaluación, las dificultades de socialización y la preocupación excesiva por el rendimiento académico.
A nivel global, la OMS (2021) y UNICEF (2021) señalan que los trastornos de ansiedad constituyen uno de los principales problemas de salud mental en la infancia y adolescencia, con prevalencias que oscilan entre 7% y 14%. Estas condiciones afectan el rendimiento académico, aumentan el riesgo de abandono escolar y se asocian con problemas posteriores en la adultez.
La Teoría de los Sistemas Ecológicos de Bronfenbrenner (1979) permite analizar la ansiedad considerando los niveles individual, familiar, escolar y sociocultural.
La pandemia por COVID-19 intensificó estos factores, incrementando síntomas ansiosos en niños y adolescentes (Wang et al., 2020; OPS, 2021).
La psicología interconductual (Ribes, 2009; Rangel Bernal & Torres Ceja, 2023) fundamenta la necesidad de un enfoque multidisciplinar, articulando niveles neurobiológicos, sociales y educativos.
La ansiedad escolar surge no por la escuela en sí, sino por contingencias percibidas como amenazantes: presión académica, evaluaciones de alto riesgo, comparación social y temor al fracaso. La evitación alivia el malestar momentáneamente, reforzando patrones ansiosos (interpretación funcional inspirada en Skinner, 1953, sin atribuirle nociones clínicas modernas).
El TDAH, las dificultades de aprendizaje y la baja autoeficacia incrementan vulnerabilidad (Soria-Oliver & Poveda-Giraldo, 2021; Bandura, 1997). La inhibición conductual es un predictor sólido de ansiedad futura (Chronis-Tuscano et al., 2018).
Dinámicas coercitivas, expectativas irreales y sobreprotección parental aumentan la probabilidad de ansiedad escolar (Díaz-Rodríguez et al., 2019). La ansiedad o depresión parental actúa como factor de riesgo mediante modelamiento (Murray et al., 2015).
El acoso escolar es uno de los predictores más consistentes de ansiedad (Sánchez-Sánchez & García-Gómez, 2021). Las evaluaciones estandarizadas de alto riesgo también contribuyen a altos niveles de estrés escolar (Sánchez-García et al., 2017).
El estigma, la precariedad económica y la inseguridad social incrementan el riesgo (UNICEF, 2021; CEPAL, 2018).
A nivel macro, el gasto en salud mental es menor al 2% del presupuesto sanitario global, limitando la atención escolar (OMS, 2022).
La flexibilidad psicológica (ACT) y la regulación emocional actúan como factores protectores. Intervenciones basadas en mindfulness reducen ansiedad y mejoran resiliencia (Shapiro et al., 2017; Dunning et al., 2019). Estudiantes con mayor flexibilidad psicológica reportan menos ansiedad escolar (Ruiz et al., 2019).
Un estilo de crianza cálido, empático y con buena comunicación protege de la ansiedad (Rivas-López et al., 2022). En México, el apoyo parental reduce claramente la ansiedad escolar (Gómez-Pérez, 2020). La calidez parental disminuye el riesgo de ansiedad y depresión adolescente (Yap et al., 2014).
Los programas SEL mejoran adaptación emocional y reducen ansiedad (Durlak et al., 2011). En México y Chile se han obtenido resultados positivos (Ortega-Ruiz & Zegarra-Ruiz, 2019).
Las redes de apoyo comunitario disminuyen síntomas de ansiedad (Vera-Villarroel et al., 2018). La educación socioemocional obligatoria en el currículo nacional fortalece la prevención (SEP, 2017).
En adolescentes, escalas autoinformadas como la SCAS permiten detección temprana (Spence et al., 1999). Herramientas digitales complementan la autoevaluación (Grist et al., 2019).
El SCAS-P permite valorar síntomas desde la perspectiva parental (Spence et al., 1999). Talleres de psicoeducación mejoran la identificación de síntomas (Creswell et al., 2017).
Los docentes observan señales clave como ausentismo, somatización y retraimiento (Fazel et al., 2014). La Escala de Ansiedad Escolar (EAE) es útil para tamizajes grupales (Sáez-Narváez & García-Gómez, 2021). La SEP incluye protocolos específicos para detección temprana (SEP, 2017).
Líderes comunitarios entrenados pueden identificar señales de malestar emocional (Villar & Ramos, 2019). La APA (2017) recomienda modelos de detección multinivel. En México, Salud en tu Escuela integra evaluaciones psicosociales (IMSS & SEP, 2018). La OMS (2022) impulsa tamizajes universales en infancia.
Intervenciones en autorregulación, mindfulness y flexibilidad psicológica reducen ansiedad en adolescentes (Dunning et al., 2019; Ruiz et al., 2019).
Intervenciones como Coping Cat para padres son eficaces (Kendall & Hedtke, 2006). La psicoeducación disminuye estilos sobreprotectores y conductas ansiosas (Yap et al., 2014). Talleres de mindfulness parental incrementan la calidez familiar (Lo et al., 2017).
Los programas SEL reducen ansiedad y mejoran la adaptación escolar (Durlak et al., 2011). La SEP adoptó educación socioemocional como contenido obligatorio en 2017.
Campañas de psicoeducación reducen estigma (López-Gómez et al., 2020). Programas como Salud en tu Escuela promueven bienestar emocional. La OMS recomienda inversión específica y SEL obligatorio (OMS, 2022).
La Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) es primera línea (James et al., 2020). Incluye exposición gradual, reestructuración cognitiva y habilidades sociales. ACT ha mostrado eficacia en población infantojuvenil (Hayes et al., 1999; Wicksell et al., 2016). Mindfulness modula la actividad cerebral asociada al estrés (Zoogman et al., 2015).
La TCC familiar es eficaz para ansiedad infantil (Thulin et al., 2014; Wood et al., 2006). La psicoeducación y el entrenamiento parental mejoran resultados terapéuticos (Peris et al., 2017).
Programas como Friends for Life disminuyen ansiedad y depresión (Barrett et al., 2006). Prácticas integradas al aula como relajación, resolución de problemas y círculos de diálogo son efectivas (Mychailyszyn et al., 2011).
La adaptación cultural aumenta la eficacia de intervenciones (Bernal & Domenech-Rodríguez, 2012). Líderes comunitarios amplían el alcance. Programas gubernamentales como Salud en tu Escuela integran salud mental en educación.OPS/OMS recomiendan integración en atención primaria y contratación de psicólogos escolares (OPS/OMS, 2020).
La ansiedad escolar constituye un fenómeno complejo y multifactorial que afecta de manera significativa el bienestar y el desempeño académico de niños y adolescentes en México y América Latina. Su abordaje requiere trascender una visión meramente diagnóstica para situarse en un análisis funcional que integre factores individuales, familiares, escolares y socioculturales.
La evidencia revisada muestra que la detección temprana en contextos escolares y familiares es clave para prevenir la cronificación de los síntomas. Sin embargo, persisten limitaciones estructurales como la falta de personal especializado, recursos insuficientes y estigma social. En este sentido, los programas de prevención universal, especialmente los de educación socioemocional implementados en escuelas, representan una estrategia eficaz y costo-efectiva.
En cuanto a la intervención, los tratamientos basados en la Terapia Cognitivo-Conductual siguen siendo la primera línea de elección, mientras que las terapias contextuales como la ACT y los programas basados en mindfulness han mostrado evidencia creciente de eficacia en población infantojuvenil. El trabajo con familias y la adaptación cultural de intervenciones en América Latina emergen como elementos indispensables para garantizar relevancia y sostenibilidad.
En el plano de las políticas públicas, iniciativas como Salud en tu Escuela y la incorporación de la educación socioemocional al currículo nacional representan avances significativos, aunque aún insuficientes frente a la magnitud del problema. Es necesario incrementar la inversión en salud mental escolar, fortalecer la coordinación intersectorial entre educación y salud y promover la capacitación docente en la identificación y manejo de la ansiedad.
En conclusión, la ansiedad escolar debe entenderse como un desafío de salud pública y educativa que exige un enfoque multidisciplinar. La articulación entre psicología contextual, interconductual, análisis experimental de la conducta y neuropsicología permite construir marcos más integrales para comprenderla y atenderla. La investigación futura en la región debe centrarse en la evaluación de programas de prevención y tratamiento adaptados culturalmente, así como en el estudio de factores macrosistémicos que condicionan la salud mental de los escolares.
Solo mediante la combinación de evidencia científica, políticas sostenibles y prácticas educativas sensibles será posible garantizar que las escuelas no solo sean espacios de aprendizaje académico, sino también entornos protectores para el desarrollo socioemocional.
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