Zona de Interés: La bestia que no miramos a los ojos.
Zona de Interés: La bestia que no miramos a los ojos.
You can document everything to death for the Germans….
Yet the mass murderers walk around free,
live in their little houses, and grow flowers.
Joseph Wulf
«Zona de Interés» (2023), es una película británica-polaca estadounidense escrita y dirigida por el británico Jonathan Glazer, producida por James Wilson y Ewa Puszczyńska, basada libremente en la novela homónima de Martin Amis. La historia gira entorno a la familia Hess, cuya autoridad, Rudolf Hess, comandante del campo de concentración de Auschwitz, mantiene una vida corriente con su esposa Hedwig y sus cinco hijos en una casa idílica apenas separada por una dócil barrera del exterminio encausado por el histórico momento del holocausto alemán. Quieta, pausada, contemplativa, la película ofrece una perspectiva narrativa aparentemente indiferente a la crueldad, pero que en realidad puede llegar a ser tan cruda cómo las más explícitas muertes que ahondan detrás de la cotidianidad que se oculta tras la familia, quiénes viven sin ver aquello que no les interesa ver.
Desde el comienzo se plantea una dicotomía cuyo valor trasciende en la reflexión individual: Una larga pared es suficiente para separar la normalidad de una familia corriente y tal vez la mayor masacre en la historia de la humanidad, cruel, atroz, pero muda; detrás del acero y concreto, relegada a un eterno segundo plano que persigue el silencio por el resto del metraje.
Rudolf se presenta cómo un padre amoroso que lleva a los niños a pasear, nadar y pescar cuando no cumple sus funciones autoritarias. Hedwig por otro lado; su prometida, se dedica tiempo completo a cuidar el jardín. Los sirvientes se encargan de las tareas del hogar y las pertenencias de los prisioneros se entregan a la familia. La normalidad es total para ellos, quiénes plantean tener una familia de costumbres corrientes, regando plantas, jugando con animales y recordándonos que habían humanos en la totalidad de su esencia al otro lado del muro pese a las crueldades implícitas que se llevaban a cabo, pues más allá del muro del jardín abunda el sonido de los disparos, gritos y maquinaria de trenes y hornos. Cuando la noticia de que Rudolf será ascendido y deberá trasladarse llega a oídos de su prometida Hedwig, quien se mantiene profundamente apegada a su hogar, ella acaba convenciendo a su marido de que sólo él sea trasladado, para dejar la casa añorada a su esposa e hijos.
La preocupación de los protagonistas por los problemas intrafamiliares adquiere una naturaleza enfermiza cuando quitamos el foco de los dramas, que podrían ser los de cualquier familia promedio, y contemplamos cómo aquellos problemas les afectan tanto aún acosta de la masacre; resaltando cómo han normalizado toda la crueldad de los campos de concentración de los cuáles son vecinos. El horror es natural, las matanzas constantes no tienen peso y se interioriza la atrocidad que permitía los lujos de la familia Hess. Entre todos los personajes, la madre de Hedwig es la única que rechaza la idea de mantenerse en aquella casa por la presencia del campo de concentración aledaño: Pero lo hace porque el humo le incomoda, sin grado de conciencia alguno por los gritos y la ceniza.
Al final, resulta que el único acercamiento real de la familia con los campos de concentración se da en la escena del lago, dónde su baño recreativo acaba siendo interrumpido por los restos del genocidio llevado a cabo… Una escena tan terrorífica e inquietante cómo la naturaleza del metraje. Aquella escena deja en evidencia una narrativa que es perseguida por un retrato de maldad que nunca grita y sólo se muestra, banalizada, convirtiéndose en una bestia a la que nunca miramos a los ojos.
Lo primero que llama la atención en esta obra es el uso que se le da a la cámara y montaje: La mayoría de planos que componen la película son fijos y contemplativos, recordando ligeramente a la composición habitual de un documental. La cámara se transforma en un elemento narrativo que dota de realismo a la historia, pues, los personajes componen los planos a medida que la cámara se mantiene fija cuál reality show o cámaras de seguridad, siguiendo sus movimientos. Eso provoca la sensación de no estar viendo una película guionizada sino de estar entrando de manera invasiva en la vida de los Hess. Por otra parte, los paisajes adquieren una naturaleza siniestra cuando el humo de los campos siempre ensucia el cielo, cómo un aviso fúnebre. A su vez, el vapor de los trenes que cargan con los seres humanos que llegan ahí se introduce a los planos dónde la familia comparte, evidenciando una maestría visual totalmente impactante por encima de los muros de aquel hogar mientras los niños juegan en los jardines.
Durante algunas escenas, una joven polaca se resiste a la crueldad del régimen dejando manzanas clandestinamente a las víctimas allegadas: siendo mostrada con una cámara térmica que resalta sus tonos luminosos en medio de la penumbra. A medida que la crueldad se da en la plenitud del día, la noche acaba convirtiéndose en el puente de aquella muchacha que se convierte en una antítesis total a la normalidad anunciada de los alemanes que habitaban al lado de la masacre y la muerte; una luz de bondad que brilla en la oscuridad de un plano inmenso plagado por la crueldad.
La película ofrece en función a sus planos una contraposición cromática constante que provoca conexión: por un lado, se evidencia vida en el verde de sus jardines, los exteriores de las murallas, las llanuras y senderos de Auschwitz y por otro lado, se alude a la muerte en el gris del cemento con hormigón de su vivienda y los campos de concentración, cómo si el verde fuese una convivencia anormal de lo que está creciendo por encima de la grisácea muerte constante. Por otro lado, cuando hablamos de personajes es importante destacar el detalle de cómo Rudolf empieza a vestir de largo por unas largas secuencias que nos hacen darnos cuenta de ello… El blanco después de todo es un color atribuido a la pureza y sanidad, cómo si de alguna manera se nos declarara por medio de los colores que Rudolf se siente exento de cualquier atisbo de remordimiento mientras que por otro lado los planos protagonizados por los jefes de los campos de concentración son dotados en la totalidad de un gris friolento.
El ruido adquiere una naturaleza más personal, hostigando cada plano aún con su silencio. Aplaudirle a esta película su refinado audio es ideal, pues convierte el diseño de sonido en un personaje más. Terminamos conviviendo con los gritos, disparos y crematorios que representan las condiciones de una vida que se desarrolla, de manera voluntaria, ajena a la muerte que la rodea; lo que nos convierte en cómplices involuntarios de la masacre. Nos acostumbramos a los gritos al estar inmersos en las imágenes y eso nos convierte en parte de la familia sin darnos cuenta.
Entrando en materia y para concluir con un largo viaje de detalles grises que provocan miedo sin atisbos de violencia, es importante darnos cuenta de que hay una presencia maligna dibujada a través de detalles ineludibles que asedian el hogar de Rudolf, recordándonos que por muy altos que sean las murallas no podremos escapar de la verdad evidente a la que tratamos de hacer ojos ciegos.
Al final, la película expone la frialdad con la que se diseña y prepara la muerte de humanos, helando la sangre de manera deshumanizante. Poco después de celebrar una fiesta dónde se premia el ascenso de Rudolf y se conmemora a la autoridad Nazi, nos otorgan una secuencia magistral: Dónde acaba sintiendo arcadas al bajar las escaleras de la grisácea edificación, arcadas ajenas a alguna enfermedad… Pues la película se esfuerza en dejarnos claro que está sano de cuerpo y pulmón al dedicarle una secuencia entera en el galeno que finalmente lo aprueba para volver a su hogar.
Rudolf tiene una reacción física involuntaria subyacente, tal vez, a su naturaleza humana, cómo si muy dentro de sí mismo sintiera asco y se repugnara con resentimiento de los actos que está llevando a cabo conscientemente.
El metraje se despide trasladándonos finalmente al futuro, dónde somos ilustres de un legado inevitable de las acciones de Rudolf… Museos de Preservación histórica, memoriales a las víctimas, zonas abandonadas dónde antaño sólo hubo muerte: Un recordatorio de que no podrían existir palabras suficientes para explicar las profundas heridas que ahora hacen parte de la historia de la humanidad.
La escena finalmente vuelve a Rudolf en mitad de un largo pasillo oscuro, dónde encara la cámara que lo postra en la mitad de un plano abrazado por la oscuridad… Pero más que eso, Rudolf encara su legado a través de un tiempo que sólamente el cine es capaz de malear en función a los diálogos que busca transmitir. Al final, Rudolf se da la vuelta, despidiéndose con una vanidad repugnante y sigue su camino por las escaleras, en un descenso a convertirse en el monstruo invisible que fue durante toda la película.
Zona de Interés nos enseña que el terror no se esconde necesariamente en el Shock, en la sangre, la carne o las vísceras, si no en las ideas y las declaraciones: Tan poderosas y brutales cómo para ser el motor de una masacre entera. La película es un recordatorio de que incluso en el cine dónde “nada sucede”, todo puede suceder al mismo tiempo.
Una obra sigilosa dónde el silencio sólo deja espacio a los gritos ahogados de las víctimas que nunca son mostradas, resignificando sus presencias… Una película que sin imágenes explícitas es capaz de provocar náuseas, trazando un metraje perturbador que nos hace reflexionar sobre la naturaleza del mal.
Samuel Elías Ferrer