A propósito de
El ladrón de perros
Para determinar el objeto que me limitaré a describir en las siguientes líneas, lo mejor será empezar por decir que si se trata de caracterizar la película El ladrón de perros, del director chileno Vinko Tomicic —que además sirvió de apertura en la sección Cine en los Barrios del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) en su edición 64—, diría que trata sobre la necesidad permanente de pertenecer a algo, de tener certeza sobre nuestra identidad.
En ese camino va Martín, un joven adolescente que lustra zapatos en las plazas de La Paz, Bolivia. Martín es lanzado al mundo sin un rostro en el momento en que muere su madre, y es doblemente lanzado porque su padre nunca estuvo. Ahí empieza su incesante búsqueda de identidad y de un bienestar emocional urgente. Martín usa un pasamontañas, y no solo lo hace para ocultar su rostro de las miradas estigmatizantes, sino porque también puede expresar la idea de que no tiene un rostro. Cuando se mira al espejo, no sabe si sus rasgos físicos y su tez provienen de la línea paterna, porque el único rostro que reconoce es el de su madre.
La aparición del sastre llamado Novoa se convierte en el centro de gravedad del anhelo imparable de Martín por hallar un hogar estable. Su deseo es tal que, en el marco social y cultural en el que vive —marcado por el abandono estatal hacia su existencia como miembro de la comunidad indígena—, ve como único camino llamar la atención de Novoa robándole su perro, para luego mostrarse como un salvador y así tender un puente hacia él.
En ese sentido, no me ubico en juicios morales, pues el robo es uno de los signos de la pobreza. Veo más bien el robo, como lo he venido diciendo, como la guerra interna de Martín por construir una identidad, por poder finalmente quitarse el pasamontañas y mostrar ese rostro ennegrecido por la ausencia paterna.
Así pues, El ladrón de perros no va sobre el robo en sí mismo. La película expone de forma amplia esa desigualdad latente en nuestra región y retrata lo que muchos niños y adolescentes viven: la ausencia paterna, y cómo esa ausencia condiciona nuestra existencia en el mundo. Entonces, ¿cómo abordamos la vida de manera “sana” y ajustada a las normas sociales cuando algo se quiebra y duele?
Aura Pérez