Alma del desierto: La Árida lucha por uno mismo en medio del Baldío
"We are in the process of remaking an age-old song...
singing, dreaming, praying, talking into existence
once again the knowledge of our people".
Alma del desierto (2024), es una película colombo-brasileña dirigida por la cartagenera Mónica Taboada-Tapia y producida por Beto Rosero que retrata la vida, naturaleza y lucha de Georgia Epiayu, la primera mujer indígnea wayuu transgénero en el ocaso de su vida, ilustre de su próxima muerte en un tiempo que se deshace cómo la arena y el fuego. Georgina, en medio de los áridos territorios de La Guajira, deberá luchar contra la burocracia Colombiana en pos de obtener una nueva identificación que refleje su género e identidad desfigurada en la maquinaria de un sistema dictado por las hojas de papel, los sellos de tinta y una documentación metódica que exenta a los más vulnerados.
La película, que parte como una extensión de un cortometraje documental previo llamado Two Spirit, por sí misma representa el reconocimiento de las diversidades en Colombia por medio de una narrativa profundamente íntima que luce una identidad y enfoque sensible y a su vez sin escrúpulos. Reafirmando las voces y las vivencias invisibilizadas por la historia y exponiendo la complejidad de una cultura desde una perspectiva tan lacerante cómo auténtica. Alma del desierto surge por sí sola cómo una historia planteada desde la resiliencia y la estoica lucha por la obtención de la justicia.
La historia se plantea desde el comienzo con Georgina realizando un trámite comúnmente identificado cómo sencillo en la Registraduría: la renovación de la cédula de ciudadanía. El filme se dota de un montaje intenso, natural y biológico en sí mismo por medio de una dramatización franca y pura. Cada tramo de su avance en medio de la multitud dibuja la línea de su lucha, que clama reconocimiento detrás de la ventana de cristal en la registraduría dónde ahondaba al comienzo del primer acto. Su bienvenida se ve maltrecha por las miradas trazadas por la incomprensión e intransigencia, orgánicas, sentenciantes y distantes al viaje de Georgina, a quién se le ve negada nuevamente la oportunidad de una identidad.
Georgina parte en un viaje que exhibe la naturaleza de su sociedad, sus allegados y sus más contiguos familiares. El rechazo a Georgina es retratado, así como la vanidad y la comprensión de los más solidarios. La historia sigue su curso, dejándonos en situaciones universales que a su vez son cotidianamente identificables pese a las diferencias sociales.
Su viaje por el territorio y el desierto árido encausa a sí mismo un viaje dentro de sí misma desde el momento en el que interactúa con sus hermanos, quiénes son presentados cómo un catalizador de repulsión al cambio de género de Georgina. Desde el cruel llanto en la sepultura de su madre casi cómo si buscara un acuñamiento, hasta la exposición de una corriente sucia de agua; única fuente de vida para el pueblo circundante.
Si se es atento, se percibe una presencia bibliográfica en la cinta que toma fuerza cuando la ficción es desdibujada por las crudas y reales representaciones de una realidad poco manipulada por parte de Mónica Taboada, quién realiza tomas orgánicas y diegéticas, reflejadas en las miradas de los terceros cuando el lente se encuentra frente a nuestros personajes cuyas representaciones se perciben auténticas y despojadas de un sobre dramatismo. Aunque la interpretación que cada uno de nosotros podamos darle a la obra parece reducirse a la totalidad de la historia de Georgina; la cinta permite proyectar nuestras propias vivencias que aunque parecen pecar de distantes, en algunas ocasiones pueden confrontar las mismas condiciones y luchas de la película: Tal cómo la búsqueda de una identidad y las consecuencias que aquello nos atrae. Consecuencias que no deben de empequeñecer nuestra necesidad por emanciparnos de las problemáticas que no nos permiten ser nosotros mismos.
La catarsis de la obra alcanza un punto magno cuando lo único que observamos es la leña de la antigua vivienda de Georgina crujir, cremarse lentamente mientras el humo asciende al cielo, deshaciéndose entre ascuas víctimas de la crueldad y la desgracia. Somos ilustres de cómo la transfobia y el rechazo alcanza su pico al directamente violentar lo poco que le quedaba a Georgina. Entre heridas abiertas y recuerdos, la reconstrucción de una nueva vivienda tras sobrevivir al fuego inapagable es a su vez un reflejo de una voluntad dotada por fortaleza, lucha y el acompañamiento de unos pocos que son capaces de ver más allá del prejuicio. La obra es un testimonio y representación de las diversidades en Colombia, abrazando los internos simbolismos de la cultura Wayúu en los gestos de sus habitantes y los territorios ilustrados con naturalidad. Desplegando un enunciado de lucha, resistencia y una celebración a la vida de quiénes buscan dentro de sí mismo en medio de los márgenes del opaco sistema burocrático del país desde la vista de Georgina.
Aunque el montaje de ligeros saltos entre locaciones que en algunas ocasiones puedan generar una sensación de rebote; poco se percibe cuando se trata de orientar la historia desde la visión de nuestra protagonista. Sin embargo, cuando se trata de representar escenas intensas mediadas por la aspereza de la naturaleza humana tal cómo el cruel incendio de la vivienda de Georgina, la planimetría toma fuerza, dibujando planos que se esclarecen entre el fuego y rápidamente se abren en horizontes generales que evocan silencio y regalan al espectador una posición que se connota cómo contemplativa ante la lucha que ha abrazado a Georgina, abrazada por el fuego cómo una alma en el desierto.
Los planos abundan en variedad; cómo los abiertos generales de las duras caminatas de Georgina en medio del desierto o los cerrados e íntimos planos de cada personaje, abrazando un sentimiento de cercanía a cada uno de ellos. Aquellos planos permiten, precisamente, entender cada rasgo y sensación de cada persona frente al lente. Cada plano abraza la calidez de los intensos colores que se apegan a la luz del desierto que pierde luz en mitad de la noche y es apenas guiada por las fuentes orgánicas de fogatas remotas en la plenitud de una iluminación más fría; capturando la intensidad y la esencia gutural de cada escena y cada diálogo. La arena se siente, casi cómo si la arrastrásemos desde el comienzo de la cinta hasta el final, las texturas están presentes y la profesional calidad de la imagen dota de cercanía cada imagen perceptible entre intensas sombras marcadas por la rigidez de un sol resistente, que sin escrúpulos ni blanqueamientos se convierte en un puente para que «Alma del desierto» se alce cómo un homenaje; un homenaje a Georgina, a la diversidad, a La Guajira, y a quiénes cada día enfrentan obstáculos que nos desapegan de nosotros mismos.
Mónica se toma el tiempo de explorar con sinceridad cada trazo y herida, abordando sin suplicios aquellos trópicos que aunque mediáticamente parezcan aislados, son en realidad la vivencia de miles de personas que buscan constantemente encontrarse. En algún momento todos fuimos almas marginales en el desierto, añorando una parte de nosotros mismos que desconocemos en la plenitud de nuestra sociedad enmarcada por los prejuicios y las vistas gordas.
Con esta obra y con un último plano medio que rompe con la fidelidad de una historia de ficción; Georgina habla a la cámara y se consolida el hecho de que; en vida o muerte, solo nos queda abrazar la enteridad de nuestras vivencias, culturas, y los momentos que nos dotan de fuerza para abolir los muros que tratan de negarnos nuestro propio ser.
Samuel Urueta.